Las tres caras de la mente El desarrollo de las inteligencias mentales, emocionales y del comportamiento Elaine de Beauport con Aura Sofía Díaz



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NOTAS
1. Herbert Benson, The Relaxation Response, New York, Avon Books, 1975.

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Tercera parte


La inteligencia del comportamiento: la existencia y el cerebro básico

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CAPÍTULO 13


TRASPASEMOS EL UMBRAL DEL INCONSCIENTE
Yo no soy una cosa suspendida y sin raíces en el mundo. Yo soy tierra de Su tierra y hálito de Su hálito
NIKO KAZANTZAKIS

The Saviors of God


El cerebro básico, es acerca de la tierra. Es acerca de la estabilidad y la seguridad; se trata de la aceptación de la vida tal como se presenta. Se trata acerca de la vida, la preservación y la creación, no en forma definida sino en un continuum. Estamos en el continuum. La vida o la onda básica del movimiento de la energía sigue sucediéndose sin nosotros y también con nosotros, a medida que emergemos a la existencia.

A través de las estructuras del cerebro básico hacemos nuestra primera aparición como vida humana. Este es nuestro primer cerebro, el del ritmo básico, el del movimiento, de la acción y de la reacción. Este cerebro nos expone a la vida a través de nuestra piel, que ya no se desliza sobre la tierra pero que, sin embargo, busca adherirse a lo que tenga cerca.

Nos volvemos conscientes de nuestro ser si detectamos las maneras que inventamos para estar en la tierra. Nos daremos cuenta de los esfuerzos que hacemos para sentirnos seguros, formando tribus y naciones, y familias o al menos parejas; por controlar y dominar por medio de nuestro trabajo, nuestros hijos, Dios y, finalmente, por medio de nosotros mismos. Para formar parte de, o ser partícipes de algo, nos involucramos de cualquier forma posible, sea ésta social o anti-social, positiva o negativa, criminal o correcta, liberadora o posesiva, original o adictiva. Hacemos esfuerzos de todo tipo para llegar a ser.

Es a este primer cerebro al que cualquiera puede decirle que como somos estamos bien, que Dios nos ama tal como somos, que la naturaleza es así, que ya pertenecemos. Una y otra vez la vida humana sigue apareciendo y sigue sin ser capaz de oír este sonido más cercano a la tierra. La esencia del ser. Es en este cerebro profundo donde aún permanecemos vivos cuando ya los otros cerebros no funcionan más. ¿Qué tipo de conciencia está allí?

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• El continuo latir del corazón.

• El continuo respirar de los pulmones.

• La continua expansión/contracción.

Al menos allí existe la continuidad, el continuum.


¿CÓMO LLAMAR A ESTE CEREBRO?
Es difícil encontrar un nombre apropiado para este cerebro, el más profundo. Desde una perspectiva evolutiva, es nuestro primer cerebro. Fue nombrado sistema-R por Paul MacLean, porque su formación física es semejante a la del cerebro de los reptiles. No obstante, también está descrito en los textos médicos como parte del sistema nervioso central.

Aunque nuestro cerebro más profundo es similar en su estructura al de los reptiles, y aunque algunas de las actividades básicas de nuestro cerebro parecen muy «reptilianas», tales como la repetición, la imitación y el engaño, hay también sutilezas de este cerebro humano que el nombre «sistema-R» no llega a transmitir. Aún más, considero que el nombre «cerebro del sistema nervioso» pareciera comunicar mejor las máximas implicaciones que creo están involucradas cuando tomamos en cuenta la conexión entre este sistema cerebral y toda la columna vertebral, la médula espinal, incluyendo el sistema nervioso aferente y eferente que recibe impulsos por los poros de nuestra piel. Sistema-R, primer cerebro o cerebro del sistema nervioso son nombres más o menos adecuados, pero he decidido resolver la dificultad llamándolo simplemente cerebro básico, y esto debido a que, a mi parecer, es básico para los otros sistemas cerebrales como también para el manejo sutil de la energía. No obstante, uso cualquiera de estos nombres cuando resulta relevante.

Podemos estar conscientes o inconscientes de la energía que llamamos «nosotros mismos» o de la energía que nos rodea. Sin embargo, la vida continúa con o sin nuestra conciencia. Este cerebro básico continúa filtrando energía en cualquier estado que nosotros llamamos de «inconsciencia»: sea causado por un daño físico al cerebro, por períodos normales de descanso, por el sueño, o simplemente por no estar alerta. Existe vida en tu cuerpo mientras la energía pase a través de este sistema cerebral básico.

Para lograr el acceso a esta energía necesitamos, al menos, las siguientes habilidades:

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• La habilidad de entrar en el ritmo de lo que está sucediendo

• La habilidad de crear parámetros y de disolverlos cuando sean inapropiados.

• La habilidad de observarnos de manera neutral a nosotros mismos y a todo lo que nos rodea.

• La habilidad de «acercarse a... y alejarse de...» yendo «en tándem» con la vida más cercana a nosotros, lo cual significa la libertad en este cerebro más profundo.


CARACTERÍSTICAS DEL CEREBRO BÁSICO
Paul MacLean define al cerebro básico como el sistema-R incluyendo al tallo cerebral, al sistema reticular activador que está dentro del tallo cerebral y al ganglio basal que rodea a este tallo cerebral. «El tallo cerebral y la médula espinal constituyen un chasis neural que provee la mayor parte de la maquinaria neural requerida para la autopreservación y la preservación de las especies»1.

Las estructuras principales involucradas en el cerebro básico son el tallo cerebral y la médula espinal, que sirven como un canal para los impulsos y la información entre el medio externo y el cerebro básico; el sistema reticular activador dentro del tallo cerebral, el cual canaliza la información hacia el cerebro límbico y los sistemas neocorticales, los ganglios basales que proveen de la función motora, como también del almacenamiento de la memoria básica de los patrones sensoriales.


El tallo cerebral y la médula espinal
La médula espinal filtra las vibraciones que entran hasta el tallo cerebral y, por lo tanto, es esencial para la comprensión plena del comportamiento humano relacionado con este cerebro. La médula espinal se extiende a lo largo de la espalda y es la conductora de los impulsos desde la piel o mundo exterior hacia el tallo cerebral.

A lo largo de la médula espinal se extiende el sistema nervioso aferente y eferente. La figura 10 nos muestra al sistema aferente que transporta los impulsos desde las aperturas o poros de la piel hasta la médula espinal y luego hasta el tallo cerebral. Dentro del tallo cerebral estos impulsos pasan

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a través de un grupo de fibras conocido con el nombre de sistema reticular activador y así llegan al cerebro límbico y luego a la neocorteza. Desde allí los impulsos son entonces devueltos a través del sistema nervioso eferente a los músculos para efectuar la acción en el mundo exterior.
Fig. 10. Sistema aferente y eferente. Circuito piel-cerebro-acción2.
*Consultar el original para una revisión más precisa de la figura.*
Es de hacer notar que nuestra médula espinal nos une con el medio ambiente por medio del sistema aferente y eferente que recibe continuamente impulsos desde nuestros músculos y nuestra piel. Vemos también que nuestra piel está cubierta de poros, los cuales constituyen un sistema de aperturas que nos exponen constantemente al mundo. Aunque estamos acostumbrados a pensar que nuestra piel es un cobertor para nuestro cuerpo, casi como una defensa, sería más apropiado verla como nuestro intermediario, nuestra «interfase» con el mundo.

Nuestros poros son los ojos de nuestro cuerpo. Ellos son las aperturas que permiten que la energía entre en este cerebro profundo; así como la nariz, la boca y los genitales son las aperturas hacia el sistema límbico y los ojos y los oídos

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son las aperturas más relacionadas con la neocorteza. Por supuesto que todas las aperturas están interrelacionadas dentro de los tres sistemas cerebrales.

Lo que está implícito en esta descripción es que estamos constantemente expuestos el uno al otro y todos a nuestro medio ambiente. La conexión entre el mundo exterior, nuestra piel, y este cerebro más profundo nos aporta una base fisiológica que apoya la famosa frase del monje trapense Thomas Merton: «Ya todos somos uno»3. Esto también ayuda a explicar el inconsciente colectivo propuesto por Carl Jung que tanto afecta nuestra vida interior. Podemos tratar de no dejarnos afectar por los otros o de no pensar en ellos, pero en el cerebro más profundo no podemos mantenerlos fuera, ignorarlos. Siempre estarán allí. Seamos conscientes o no de estas conexiones, todos estamos conectados colectivamente.

La información procedente de nuestro medio ambiente penetra, por lo menos, hasta nuestro tallo cerebral sin nuestro consentimiento consciente. Somos conscientes de ello en forma de sentimiento solamente a medida que pasa por nuestro sistema límbico, o posteriormente como pensamiento o imagen o intuición al entrar en la neocorteza. Estas señales podrían mantenerse «inconscientes» hasta que aparecen como información en nuestro hemisferio izquierdo o en el derecho.

Todo lo que nos circunda y las personas cercanas a nosotros nos están condicionando continuamente. El contexto completo en el cual vivimos y trabajamos está informando a nuestro cerebro a través de los poros de nuestra piel, del mismo modo que una sinfonía informa a nuestro cerebro a través de las aperturas de nuestros oídos. Lo que podemos deducir de estos procesos es que necesitamos mirar al contenido de nuestro medio ambiente tan cuidadosamente como veríamos el libro que leemos, la música que escuchamos o el arte que observamos. Nuestro entorno está impactándonos continuamente.

Nuestro cerebro básico no solamente es afectado por el entorno en que vivimos, sino también está a la vez afectándolo y creándolo. La importancia del entorno en nuestro desarrollo me ha llevado a concebir a la inteligencia de los parámetros, como una búsqueda de los parámetros que definen y circunscriben el entorno o los diferentes medios ambientes de nuestra vida, tales como nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestras relaciones y nuestra salud.

Dado que nuestro medio-ambiente nos está «imprimiendo» constantemente, surgen ciertas preguntas en relación a nuestro grado de conciencia. ¿Hasta qué punto estamos involucrados activamente en aceptar esta graba-

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ción? o ¿es que estamos condicionados inconscientemente por ella? ¿Tenemos participación en este nivel más profundo? Por supuesto que este cerebro profundo participa y de alguna manera convierte los impulsos que le entran en información pero, ¿cómo podemos nosotros volvernos conscientes de lo que estamos recibiendo o de lo que ya ha recibido este cerebro? Es exactamente este proceso de cómo los impulsos se convierten en información reconocible el que buscamos traer a un estado de conciencia suficiente para permitirnos nuestra participación consciente.

Es obvio que un primer paso para concientizarnos sería enfocarnos en este proceso de recepción de nuestro medio ambiente a través de las aperturas de nuestra piel. Este conocimiento implicaría, entonces observación y estudio, tomando en cuenta que el entorno en el cual vivimos no sucedió casualmente ni fue predeterminado. Más bien, éste es el resultado del continuo impacto-influencia-grabación-aceptación-reacción ante la gente, los lugares e información de nuestro medio ambiente. Nuestro cerebro más profundo ha ido grabando, registrando y almacenando en la memoria distintas combinaciones de información desde nuestro nacimiento.

Así pues, para ser conductualmente inteligentes necesitamos estar dispuestos a percatarnos de nuestras interacciones, desde el punto de vista de un observador y no desde el punto de vista de un propietario de esa conducta. Estamos acostumbrados a observarnos desde el juicio neocortical o con el agrado o disgusto del cerebro límbico. Es necesario ser un testigo imparcial de esta interesante combinación de interacciones complejas que se suceden durante toda nuestra vida y que influyen en nuestro comportamiento actual. Esta neutralidad nos da la capacidad y el deseo de estudiar nuestras experiencias de la niñez con la misma curiosidad y aceptación que podemos utilizar para estudiar cualquier historia, ya sea la historia familiar o la de una nación.

Pregúntate a ti mismo qué ocurrió en el pasado que influyó sobre tu desarrollo y te está afectando en el presente. En vez de enfocarte en tu padre y madre y en lo que hicieron o no hicieron en tu niñez, concéntrate en las conclusiones que probablemente sacaste bajo esas condiciones. Haz lo mismo con las huellas tempranas dejadas en ti por tu cultura, religión y educación. ¿Qué sería lo que tu cuerpo probablemente decidió en ese momento?

Necesitas tomar en cuenta los estímulos y tus respuestas, así como también las conclusiones o reacciones-decisiones de tu cerebro básico si quieres realmente cambiar tu comportamiento. Si no, tu herencia servirá como una red de resistencia contra cualquier nuevo deseo de tu cerebro límbico o nueva

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decisión de tu neocorteza. Esta red de resistencia explicaría por qué la fuerza de voluntad sola, independientemente de su fortaleza o buenas intenciones, no puede hacer mucho para cambiar la conducta.

La inteligencia de los patrones fue concebida como una manera de descubrir estos eslabones tempranos formados como resultado de la exposición e interacción continua de este cerebro básico con su medio ambiente.
El sistema reticular activador
El sistema reticular activador se encuentra dentro del tallo cerebral tal como se puede ver en el siguiente dibujo:
Fig. 11. Sistema reticular activador4.
*Para revisar la figura, consultar el original.*
Portero de la conciencia, chispa de la mente, la formación reticular se conecta con los nervios principales en la columna vertebral y el cerebro. Él escoge los cien millones de impulsos que asaltan al cerebro cada segundo, desviando lo trivial y permitiendo entrada a lo vital para poner la mente en

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alerta. La mente no puede funcionar sin este paquete catalítico de células. El resultado de su daño es el estado de coma, la pérdida de la conciencia5.

¡Cien millones de impulsos asaltan tu cerebro por segundo! ¿Qué pasa con estos impulsos? Entran al menos hasta el tallo cerebral y entonces, a través del sistema reticular activador, la energía puede pasar hasta el cerebro emocional o límbico y luego hasta la neocorteza, tal como se muestra en la figura 11.

Cuando estos impulsos se registran en nuestro cerebro límbico, comenzamos a sentir o a permitirnos estar conscientes de lo que estamos sintiendo. Al registrarlos en la neocorteza comenzamos a pensar, imaginar o intuir. También es posible que no nos hagamos conscientes de buena parte de la energía que nos está llegando sino hasta más tarde. En la noche, entrando en la relajación más profunda al dormir, quizás nos permitamos tener acceso a más información, la cual puede aparecer en imágenes o mensajes verbales que llamamos sueños, el lenguaje más sutil de este cerebro.

La energía puede también surgir como una comprensión repentina o como un darse cuenta de forma inesperada. Puede ocurrir que semanas o aún años después, ocupados en otras actividades, de repente, tengamos un acceso a los impulsos, un «¡Ajá!». De alguna forma, nos hemos concedido el permiso para tener acceso a la información que estaba almacenada dentro de nosotros, estructurándose ésta de una manera nueva y significativa.
El ganglio basal
El ganglio basal se forma alrededor del tallo cerebral e incluye al cau-date nucleus, al putamen y al globus pallidus. El daño a alguna parte de esta área puede traer como consecuencia la incapacidad de controlar el movimiento del cuerpo.

Aunque creemos controlar nuestras acciones y aunque queramos controlarlas, para hacerlo, tenemos que contar con la participación del ganglio basal de nuestro cerebro básico. Como describe Richard Restak en The Brain, podemos decidir escribir nuestro nombre y queremos escribirlo, pero para hacerlo, nuestro ganglio basal tiene que estar involucrado6.

No obstante, MacLean pone énfasis en que el ganglio basal está involucrado en mucho más que la mera actividad motora. En vez de esperar por

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los resultados de nuevas investigaciones sobre el cerebro, decidí elaborar más, basándome en los estudios del comportamiento humano. Me pregunté entonces: ¿es que el ganglio basal guarda ciertos datos que fueron aprendidos como acción instintiva para la protección de la vida?, ¿es que los primeros datos de estímulos-respuestas están guardados en este cerebro como patrones que luego siguen dirigiendo nuestro comportamiento?, ¿podrá ser que los impulsos, básicos a la vida misma, se archivan a sí mismos como un patrón sensorial disponible para ser recuperado automáticamente?

Por ejemplo, aprendimos a caminar siendo niños en interacción con nuestro medio ambiente y por medio de respuestas al estímulo. Archivamos el patrón de cómo caminar, y ahora caminamos sin pensar en cómo hacerlo. De la misma manera, fuimos impactados por diferentes tipos de comportamiento en general, no solamente de un comportamiento motor, de la gente a nuestro alrededor, y aprendimos a actuar en respuesta a lo que estaba sucediendo. Nuestra reacción al estímulo puede haber sido imitativa o una reacción contraria. Todo lo que sabemos es que estábamos expuestos y que nuestro cerebro básico registró nuestra reacción. Así pues, la memoria sensorial, el mensaje o el patrón, como queramos llamarlo, está registrado en nuestro cerebro básico.

Aunque los reptiles pueden tener acceso a estos patrones directamente, a través de sus cerebros reptilianos, quizás los seres humanos solamente pueden recuperar estos patrones instintivos cuando hay el mandato del centro neocortical en colaboración con el deseo del sistema límbico. O quizás es aquí, en el cerebro básico, que todos los patrones están archivados y pueden en un nivel más sutil, ser activados por estímulos del medio ambiente, aun sin el acuerdo consciente del sistema neocortical o del sistema límbico. Todos hemos vivido la experiencia de decidir no tomar otro trago o no comer más torta creyendo que realmente no queríamos más, hasta encontrarnos, sin darnos cuenta, con más bebida o postre en nuestras manos. Decimos luego: «No sé cómo pasó». Hemos decidido innumerables veces que definitivamente no vamos a reaccionar frente a la persona que nos pone furiosos, pero algo ocurre y reaccionamos. ¡Y de qué manera!

Algo en nosotros es estimulado por algo de la otra persona. Hasta ahora hemos llamado a esto el inconsciente, y de esa manera nos hemos sentido liberados de conocer y aceptar nuestro propio comportamiento, o peor aún, nos hemos sentido liberados para culpar a la otra persona, a la situación o a la vida misma. Ahora bien, conociendo nuestro cerebro básico, podemos hacernos conscientes de que lo estimulado es el mensaje o patrón que tenemos archivado en nuestra memoria.

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En vez de culpar al otro o escondernos de nuestra memoria como si fuera un área oscura inmanejable o una sombra, podemos volver de nuevo a esta memoria, para buscar y conformar nuevas decisiones. Y, cuando no podamos tomar una decisión nueva, al menos podemos estar conscientes de que la raíz de un problema específico yace dentro de nosotros y no en la otra persona. El otro es solamente un espejo que nos estimula.

La existencia de los patrones sensoriales archivados en el cerebro básico también explica el proceso de adicción en el que estamos todos involucrados, si no es con alcohol o con drogas, entonces es con comportamientos habituales y repetitivos. Creo que es importante darse cuenta y admitir que todos somos adictos a algo. Ciertamente que las adicciones positivas pueden ser de gran ayuda. El punto estaría en hacerse consciente del proceso adictivo y escoger adicciones que vayan a favor de nuestras vidas.

Hemos estado concentrados en la memoria motora de este cerebro más que en nuestros patrones de comportamiento. Yo creo que es en este cerebro donde debemos buscar para así descubrir las raíces y las sutilezas repetitivas de nuestros patrones. Para hacernos conscientes a este nivel, de huellas y adicciones, estoy proponiendo el uso de la inteligencia de los patrones.


LA ENERGÍA Y EL CEREBRO BÁSICO
Cuando comencé a investigar cómo las características del reptil podrían ser útiles al desarrollo humano, me sentí atascada en cierta visión limitada y predeterminada. Al relacionar este cerebro básico con las vibraciones gruesas de estímulo-respuesta, me sentí atrapada por las interpretaciones de la psicología conductista, así como por el enfoque científico sobre el estímulo-respuesta. Recurrí entonces a otra de mis actividades favoritas: observar el cerebro humano a través de los lentes de la nueva física. Aprendí de ésta que no existe separación entre la materia y la energía. Sólo hay energía y toda energía es vibración. Por ello, este cerebro básico debe también ser energía en continua vibración.

Si toda realidad es energía, la energía se nos presenta a veces en forma de onda, otras veces en forma de onda interrumpida que llamamos partículas. Toda forma ondulada es vibración. La intensidad, variación o amplificación de una onda produce lo que llamamos ondas altas y ondas bajas o la cresta de una ola. El alza y la baja es la onda en movimiento continuo. Empecé a reflexionar sobre la forma de onda como característica de este cerebro básico.

¿Qué tal si viéramos al comportamiento humano en forma de onda? ¿Cómo comenzaría la pulsación? Si continuara en forma repetitiva como las olas

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del mar, ¿qué produciría esto en el aprendizaje del ser humano? Si la vida fuera una pulsación repetitiva de energía, ¿cómo se llevaría a cabo el aprendizaje?

Así surgió en mi mente un diagrama (ver la Figura 12) en la que el centro se ve como una onda que se mueve hacia algo y se aleja de algo, ilustrando así los movimientos básicos o la conducta de un aprendiz. Las líneas horizontales sugieren a la energía del aprendizaje moviéndose en forma de onda repetitiva, cada onda representando a una fase más intensa o acumulación de aprendizaje. Una y otra vez nos lleva la fuerza del movimiento y de la repetición. Recibimos continuamente una retroalimentación sensorial, que, si es favorable, nos mueve hacia adelante en el aprendizaje y nos aleja si es desfavorable. Yo concebí a la onda como energía neutra en un ritmo continuo y repetitivo.
Fig. 12. El aprendizaje y el comportamiento como una onda repetitiva de movimiento.
*Para ver la figura, remitirse al original.*
Por favor léelo de abajo hacia arriba como si estuvieras leyendo un proceso neutro, repetitivo, que comienza con atracción y repulsión y que a lo

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largo de la repetición continua, se convierte en una ruta y luego en rutinas. Una vez que las rutinas son repetidas, se vuelven hábitos y luego adicciones, valores, rituales, religiones, profesiones y finalmente instituciones7.

Día y noche, nos acercamos y alejamos, sutilmente o no tan sutilmente, de gente, sitios, situaciones, ideas, colores, sentimientos, etc. Esto lo conocemos como instinto, aunque a menudo nos referimos a este proceso básico sensorial como al inconsciente. Aunque no sabemos cómo sucede dentro de nuestro cerebro, nuestro comportamiento revela un ritmo continuo y repetitivo. Cuando nos acercamos a algo una y otra vez, vibramos con ello, pulsamos con ello, somos atraídos a ello, lo imitamos una y otra vez, entonces comprobamos la capacidad para hacerlo. Si podemos una y otra vez, perseveramos y entonces seremos capaces de actuarlo y de repetir esas actuaciones. Cuando hemos hecho esto suficientes veces, se transforma en nuestra ruta, rutina o hábito, algo que valoramos profundamente.

Al añadir pensamientos conscientes, arte y música a una rutina, tenemos un ritual. De estas rutinas y rituales vienen nuestros valores y la conciencia. Si construimos una rutina en el espacio, se convierte en una organización o una institución. A mayor escala y a través del tiempo, estas rutinas, rituales, valores, e instituciones emergen como nuestras rutas, nuestra cultura o la nación. Si miramos hacia atrás en nuestras historias personales, familiares o institucionales podemos detectar las rutas que hemos trazado a lo largo del tiempo.

De la misma forma que nos acercamos a algo, también nos alejamos. Cuando repetimos ese proceso de retiro o distanciamiento una y otra vez, ya no estamos pulsando con ello, lo rechazamos, nos distanciamos y nos engañamos a nosotros mismos, decimos que ya no somos capaces, que no queremos hacer la acción y la evitamos. Continuamos evitándola hasta que nos desplazamos, lo que quiere decir que ni siquiera nos damos cuenta de nuestra propia evasión. Podremos desarrollar hábitos de engaño, escondiéndonos de nosotros mismos y de los demás. A medida que nos alejamos de las personas, cosas, ideas, o grupos, podemos llegar a desarrollar rutinas antisociales, que pueden luego convertirse en rutinas criminales.

Creo que este movimiento sutil y neutro del cerebro básico explica por qué estas rutinas, hábitos, rituales y valores antisociales se arraigan tan profundamente al igual que cualquier valor socialmente aceptado. También desarrollamos profesiones y organizaciones antisociales tales como las pandillas

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o grupos organizados del crimen, para continuar con este comportamiento. Observemos el alto índice de reincidencia cuando tratamos de cambiar el comportamiento criminal. Ni el castigo ni los premios han tenido mucho éxito en erradicar el comportamiento antisocial. Muchos programas bien elaborados por la neocorteza acompañados de la mejor buena voluntad, corazón y deseo del cerebro límbico, no tienen éxito. Creo que obtendremos buenos resultados con la conducta criminal solamente cuando aprendamos a tomar en consideración a este cerebro básico de los patrones y condicionamientos.

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