Las tres caras de la mente El desarrollo de las inteligencias mentales, emocionales y del comportamiento Elaine de Beauport con Aura Sofía Díaz



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LA BOCA
Sabemos que los ojos se relacionan con la inteligencia de leer y ver y los entrenamos conscientemente. Colgamos móviles en las cunas de los infantes para comprometer sus mentes a través de sus ojos. Entrenamos los oídos para escuchar los sonidos y hacer distinciones, primero relacionadas con los padres y luego con las instrucciones de la escuela primaria y secundaria y las conferencias en las universidades. En resumen, somos entrenados para hacernos inteligentes por medio de los ojos y oídos.

¿Qué hacemos con la boca? Ciertamente estamos felices cuando la boca del infante se cierra alrededor del pezón y chupa leche para nutrirse. Nos sentimos seguros de que esa vida sobrevivirá. Sin embargo, nuestra conciencia empieza y se queda en el nivel de la supervivencia. Nunca buscamos enseñarle a esta boca que haga distinciones entre los sabores o enseñarle las conexiones entre el sabor y la vida. Cualquier objeto que el niño ve, lo investimos de significado: sabemos cuando nota la maraca, el libro, el osito, la alfombra, todo lo que hay en el cuarto. A la comida la despojamos de significado y desesperadamente tratamos de que el niño acepte todo, de que no haga distinciones, de que lo coma todo porque es bueno para él. Le enseñamos al niño a que distinga objetos, sonidos, pero nunca a que lo

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haga con los alimentos. Cuando lo hacen espontáneamente, nos irritamos, y para el momento cuando tienen 6 o 7 años, somos nosotros, como representación de la autoridad, los que nos ganamos de parte de ellos una mirada pasiva-agresiva al insistir que el niño no debe expresar ninguna preferencia por ciertos sabores. Al principio establecemos un patrón de supervivencia y luego un patrón de autoridad con la comida. ¿Cómo puede volverse inteligente nuestra conexión con la comida?

El patrón de comida-supervivencia continúa. A medida que tratamos de liberarnos del patrón de autoridad en los años adolescentes, ciertamente experimentamos con la comida, finalmente permitiéndonos tanto la selectividad como llegar hasta la exageración. Más adelante, algunas veces, encontramos una manera balanceada de comer, bajo nuestro propio ojo censor de adulto. En la mediana edad adoptamos dietas como substitutos de las figuras de autoridad, la propia o la de los padres. A medida que cambia nuestra química y se producen ciertos efectos en la mitad de la vida, nos entregamos a comer en exceso, a hacer trampa y luego a arrepentirnos, siendo perseguidos a menudo por la culpa y por la voz autoritaria de «yo sé que no debo pero...». Esta batalla contra el comer en exceso también se presenta en nuestros cincuenta años o tardíos sesenta, pero esta vez acompañada de enfermedades reales o al menos de severas advertencias de nuestro médico.

¿No constituye esta continua dependencia de la autoridad un real abandono a la ignorancia? ¿No existirá un posible enfoque inteligente? Si podemos volvernos inteligentes con los objetos como lo hacemos con el arte, con las palabras como en la lógica, la poesía y el lenguaje, con el sonido como con la música, ¿no habrá manera de volvernos inteligentes con la comida?
La comida y la agresión
El enlace entre nuestras emociones agresivas y nuestra boca tiene muchas implicaciones prácticas. Cuando estamos disgustados o frustrados y sentimos que no hay seguridad para expresar nuestra rabia, o cuando nos sentimos incapaces de salir de nuestra frustración, intentamos tratar de satisfacer o calmar nuestra agresividad con la comida. Aún más, podríamos comer para impedirnos ser agresivos física o verbalmente. ¡La comida tranquiliza! Nos proporciona una sensación de bienestar, o por lo menos un sentimiento de relajación y placer. Es como un tranquilizante que está a nuestra disposición, que es aceptable socialmente y al cual estamos condicionados desde nuestro nacimiento.

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El hecho de sentirse bien por medio de la comida se remonta a nuestras primeras reacciones ante la vida. Cuando nacen los bebés, comienzan a respirar, llorar o gritar y luego viene la búsqueda del alimento. La boca se estremece y se expande cuando deja salir su primera señal de frustración, y luego se cierra, calmada y satisfecha a medida que penetra la leche y se tranquiliza el niño. ¿Sería en el primer día de vida que se formó un patrón: primero la frustración -no puedo conseguir lo que quiero- luego el alarido, la boca reacciona, luego entra la comida y finalmente llega la calma? Este patrón primario de satisfacer la frustración por medio del uso de la boca nos ayudó a sobrevivir. Probablemente puede haber establecido las bases para ese nuestro patrón de utilizar la comida como satisfacción de nuestras frustraciones emocionales. Comemos cuando nuestro poder está bloqueado: yo quiero, no puedo obtener lo que quiero, falla la satisfacción por otros medios, la comida satisface, se siente bien y me relaja. Comemos para calmar nuestra rabia. Nuestro deseo inicial está siendo reemplazado por el deseo de comida. Satisfacer un deseo inicial puede tomar demasiado esfuerzo o más poder del que tenemos a la disposición, pero sí tenemos suficiente poder como para ir hasta el refrigerador y satisfacer nuestro deseo de sentirnos bien por medio de la ingestión de alimentos.

¿Cómo podremos distinguir entre la alimentación necesaria para sobrevivir y la alimentación usada para calmar nuestra rabia? Creo que necesitamos estar en capacidad de reconocer nuestros deseos, de reconocer cuándo nuestro poder está bloqueado o frustrado, y ser capaces de satisfacer nuestros deseos y sanar nuestra rabia por otros medios diferentes a la comida. Necesitamos a las tres inteligencias emocionales para hacernos conscientes de aquello que nos está afectando, para así sanar nuestra rabia, y motivarnos a satisfacer nuestros deseos por cuantos medios posibles y saludables tengamos a disposición. Si tenemos un sobrepeso tal, que se ha convertido en algo peligroso, podríamos necesitar a la inteligencia de los patrones para intervenir en nuestra adicción y la inteligencia de los parámetros para guiarnos hacia un nuevo condicionamiento. Podemos tomar el primer paso al relacionar la boca con la inteligencia emocional y al aprender a hacernos alerta para así conocer qué es lo que nos está afectando. Hago mención del título de un libro escrito por Jack Schwartz: No es lo que comes, sino lo que te come.

Fumar y beber licor son otras dos maneras relacionadas con el área de la boca, que hemos empleado para calmarnos. Durante el día, fumar nos es útil. Cuando estamos irritados, ansiosos, preocupados, frustrados o bajo las garras de cualquier emoción, a la cual no estamos acostumbrados o que no

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hemos logrado sentir de una manera adecuada, podemos responder a la tensión del sistema del nervio trigémino que rodea a la boca, así como también a cualquier patrón de agresión recurriendo a la seguridad de un cigarrillo. Al haber realizado esto miles de veces y haberlo asociado con la relajación, ante cualquier situación en que estuviéramos involucrados, nos hemos condicionado a relajarnos a la mera señal de un cigarrillo. ¿Qué podemos hacer en vez de ello? Una manera sería aprendiendo la respiración abdominal y practicándola a lo largo del día, especialmente en momentos de tensión. Mantenga ocupada la boca con objetos que no son conocidos como productores de cáncer pulmonar.

El cigarrillo nos ha servido durante el día, mientras que el alcohol ha sido la elección nocturna. Llegar al hogar y tomarse una cerveza o cualquier otra bebida hace que todo parezca bien. Ciertamente produce una relajación de los músculos y, además, la asociación mental con el happy hour le envía señales al cuerpo para que se relaje. La ubicación de una persona en ese rango que va desde una simple relajación hasta la intoxicación etílica es un asunto de salud. Lo que si es seguro es que, al usar el método adictivo del alcohol, la persona remueve la posibilidad de hacerse consciente de sus propios sentimientos. Encubre, entierra o mata sus reacciones emocionales del día. Estas personas no están interesadas en hacerse inteligentes emocionalmente. Esto puede ser debido a una falta de experiencia con las emociones, a malas experiencias con ellas, o a un sistema de creencias que considera que los sentimientos no tienen nada importante que revelarnos por ser una simple reacción, sin una información valiosa para nuestra vida. Durante el día puede ser que tengamos que vivir en nuestros cerebros mentales y de acción no reconociendo nuestra experiencia emocional. Sin embargo, estoy convencida de que nuestras emociones constituyen nuestra vida interior; ellas poseen una información vital para nuestros deseos y para la habilidad de disfrutar y llevar una vida satisfactoria. ¿Qué se puede hacer al respecto? Una reflexión de quince minutos antes de tomar una bebida o de cenar nos permitiría el acceso a nuestros sentimientos. Echarnos sobre nuestro lecho para tratar de encontrar lo que está ocurriendo dentro de nuestro estómago nos haría más bien que llenar nuestros estómagos antes de obtener la información a través de la emoción. Si estamos tensos o constreñidos, una larga ducha que haga salir nuestra tensión, también nos permitiría expresar nuestros sentimientos en privado mientras buscamos sus significados. Entonces la información estará a la disposición de nosotros, nos relajaremos y podremos proceder con nuestra velada y con la comida y bebida de nuestra escogencia.

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EL HABLA Y LA AGRESIÓN
Nuestra boca no solamente es usada para ingerir alimentos, fumar cigarrillos y beber alcohol, sino que también es utilizada para expresarnos verbalmente. El mismo patrón de la agresión puede emerger en nuestra conversación al igual que en nuestra ingesta de comida. Todos nosotros hemos tenido experiencia con la supresión de emociones difíciles, con mordernos la lengua en el trabajo o tragarnos palabras de molestia en un evento social, para luego encontrarnos explotando de rabia en los momentos más inesperados con la familia, con personas queridas o más débiles que nosotros. Éstos son ejemplos obvios de la agresión verbal.

Puede ser que la boca esté relacionada con el patrón de la agresión desde nuestra historia como mamíferos. Una leona no va de compras al supermercado, ni lee una lista ni estudia los precios para poder alimentar a sus cachorros. Ella sale a cazar, buscando agresivamente el alimento y para ello tiene que matar. Observe la ubicación de la amígdala, tan cercana al tálamo; casi es parte de él. Es fácil imaginarse que la agresión es inherente a la afectividad. Si la leona no hubiera sentido afecto, ¿sería ella suficientemente agresiva para matar y así poder alimentar a sus cachorros?

Sería difícil determinar si este patrón de los mamíferos es el que todavía influye para que nos gritemos y ataquemos verbalmente. Lo que sí es seguro es que somos agresivos verbalmente. En la búsqueda para hacernos inteligentes emocionalmente, necesitamos darnos cuenta de que la agresividad está relacionada con nuestro cerebro límbico. Cualquier proposición sobre una inteligencia emocional debe tomar en cuenta la influencia de la amígdala sobre las emociones al igual que los usos múltiples que posee la boca: para nutrirnos, para expresar emociones tanto agresivas como amorosas y para proveer una expresión verbal a nuestro cerebro neocortical de la razón y la imaginación.

¿Cómo podremos manejar esta conexión con nuestras emociones? Primero que todo, podemos hacernos conscientes de que la boca está asociada con la agresividad. Segundo, podemos aprender que el hecho de colocar algo en nuestra boca puede ser con el fin de calmar nuestras frustraciones. Tercero, tomar en cuenta que cada cosa que sale de nuestra boca lo hace con el tinte de nuestro estado de ánimo y quizás también de nuestra agresividad, ya sea ello de una manera intencional, sutil o reprimida. Una vez que ya estamos conscientes de todo esto, se vuelve muy importante aprender a orquestar nuestros estados de ánimo. Más específicamente, se hace impor-

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tante que nos coloquemos en buenos estados de ánimo y no culpemos a los demás por nuestros malos humores. La inteligencia de los estados de ánimo implica que seamos capaces de entrar y salir de todos los diferentes estados de ánimo. La inteligencia oral pudiera tener que ver con la posibilidad de colocarnos en buenos estados de ánimo antes de comer o hablar, más que hablar o comer para ponernos de buen humor.

El desarrollo de una inteligencia oral podría resultar crucial para desenredar aquellas conexiones entre nuestro deseo de vivir y la necesidad de amenazar a los otros cuando estamos frustrados o molestos. La boca puede ser tan crucial para las inteligencias emocionales como los ojos y oídos son para la inteligencia visual y la auditiva.


LA NARIZ
Una vez que tomamos esa profunda inspiración al nacer para comprobar que estamos vivos, pareciera que quedamos satisfechos. De allí en adelante, en vez de explorar el poder expansivo-contractivo de la respiración en relación con la vida y toda emoción, funcionamos automáticamente o utilizamos la respiración para indicar una reacción a una emoción. Constreñimos nuestra respiración con el miedo, causando irregularidades en nuestro ritmo cardíaco y en el fluir de nuestra sangre. Nos contraemos en la tristeza, declarándonos tristes e indefensos en vez de bajar nuestra respiración a un ritmo más suave y gentil para acompasar la tristeza. Esperamos que el destino o los sucesos de la vida nos levanten y aumenten nuestra energía en vez de saber que, conscientemente, podemos expandir nuestra respiración y levantarnos a nosotros mismos para sentirnos mejor.

Esta inhabilidad de comprometernos en el proceso de expansión-constricción de la respiración, lleva a una condición que hemos llamado el estrés. El estrés, como ya se ha dicho, es estar constreñido o no querer o ser capaces de expandirnos a través de la respiración o de cualquier otro medio. El estrés es un indicador serio de nuestra inhabilidad de lidiar en forma apropiada con nuestras emociones o de modular nuestras formas de vivir.

The Relaxation Response de Herbert Benson1 indica claramente el camino a seguir. Cuando estemos estresados, Benson nos dice que nos relajemos. ¿Cómo? La práctica de la respiración inicia el proceso de la expansión que

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nos permite abrirnos y ser afectados por realidades menos inmediatas que aquellas que nos están presionando. La respiración nos libera de cualquier tensión generada por lo que estemos pensando, imaginando, sintiendo o actuando. La respiración nos relaja.

La respiración nos aporta aún más. Aumenta el flujo del oxígeno hacia las diferentes áreas del cuerpo, dependiendo de hacia dónde nos concentremos y de cómo nos expandemos y contraemos con nuestra respiración. La respiración es como un masaje interno. Dirigiendo nuestra respiración podemos relajar no solamente nuestros músculos, sino también nuestros órganos internos, especialmente las áreas alrededor del estómago, páncreas e hígado, es decir, en todas las áreas potencialmente constreñidas debido a su conexión con el proceso digestivo. La respiración profunda o la concentración sobre el abdomen mientras permitimos que la respiración expanda y contraiga toda esa área, relaja los músculos y afecta el flujo de sangre hacia los intestinos al tiempo que relaja a todo el cuerpo. Concentrándonos también podemos orientar nuestra respiración hacia otras áreas del cuerpo tales como la garganta y el corazón, ya sea para mantenerlos saludables o para fortalecerlos si se han debilitado. Si usted tiene antecedentes familiares de una cierta enfermedad o debilidad en una área particular del cuerpo, la respiración consciente dirigida a esa área resulta una sabia práctica preventiva

El área pulmonar puede haberse tornado constreñida debido a largos años de una respiración superficial, por fumar o por las dos cosas. Si los fumadores hubieran aprendido las variaciones de respiración en sus primeros años de vida, quizás ellos no hubieran constreñido sus áreas pulmonares hasta el punto que se hicieron insensibles al humo. Para ellos, la inhalación del humo se convirtió en un sustituto de la inhalación de oxígeno. El no fumar puede liberarlos de unos carcinógenos importantes, pero no los provee del positivo remedio expansivo que un programa de respiración consciente puede proveerles.

De cualquier forma, respirar es un fenómeno aún más amplio: afecta directamente a toda emoción. Todos hemos experimentado una respiración rápida a medida que hacemos el amor. Hemos experimentado hiperventilación cuando estamos emocionados, más lenta cuando estamos tristes, caótica cuando tenemos miedo. Conociendo este hecho, ¿debemos aceptar una identificación pasiva de la respiración con la emoción? o ¿debemos tomar la iniciativa y entrar en el aprendizaje del proceso de la respiración, de la misma forma como aprendimos a pensar? La respiración podría convertirse en un arte humano que todos podemos aprender tal como aprendimos a escribir.

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La respiración nos permite variar la profundidad e intensidad de nuestras emociones. Los yoguis han sabido cómo utilizar la respiración para controlar no solamente los estados emocionales sino también la tensión arterial y el número de latidos del corazón, dos indicadores físicos del estado emocional de cualquiera. Por medio de la respiración los yoguis pueden haber alcanzado también ciertos estados sexuales aunque sean denominados de otro modo. La gran proximidad de los bulbos olfatorios a la región septal me hace preguntarme si el estado meditativo del éxtasis yoga no podría ser descrito más exactamente como un estado sexual -en los rangos vibracionales más finos-. La sexualidad puede no requerir de una pareja, puede requerir solamente de un afecto profundo, de una excitación sexual, y de una capacidad para modular las vibraciones involucradas. Los yoguis ya han desarrollado una inteligencia de la respiración. Simplemente porque este conocimiento ha sido asociado con la filosofía oriental y con una religión diferente a la nuestra, no hay razón para que ignoremos este conocimiento. Es una contribución importante para la vida humana. El primer paso para el desarrollo de la inteligencia de la respiración, es pues, la revisión de los textos de los yoguis.

La inteligencia de la respiración puede ser tan necesaria para la inteligencia emocional como la inteligencia verbal lo es para la racional. Sabemos que el esfuerzo mental para articular palabras acompaña y facilita al pensamiento racional, tal como la articulación de números facilita al proceso matemático. En resumen, la respiración es a la inteligencia emocional lo que las palabras y números son a las inteligencias racional y asociativa. Los artistas, al intensificar sus capacidades visuales también incrementan su inteligencia visual. Los músicos, al aumentar sus capacidades auditivas también incrementan su inteligencia auditiva. Si buscamos ser inteligentes emocionalmente, podemos necesitar desarrollar nuestra inteligencia de la respiración para así poder intensificar, variar, someter, amplificar y cambiar nuestras emociones.
LOS GENITALES
La necesidad de reexaminar nuestro acercamiento a la apertura sexual de nuestro cuerpo es tan grande o mayor que la necesidad de reconsiderar la sensibilidad y complejidad de la boca y la nariz. La lucha entre padre e hijo para entrenar los genitales en un funcionamiento regular en tiempos y lugares determinados, domina los primeros tres años de la vida. La primera gran prueba para los padres es la limpieza del bebé, lo que muy pronto se vuelve la primera batalla campal de

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voluntad, confusión, culpa y obligación. No es una sorpresa que aunque Freud ligó el entrenamiento del retrete a la relación sexual adulta, la mayoría de nosotros bloqueamos esta memoria temprana de lucha con nuestros padres y nuestros genitales. ¿Vamos a ser conscientes o inconscientes de nuestros genitales? ¿Cuándo comenzaremos y qué haremos con la historia de nuestros primeros años?

Control, regulación, obligación, deseo de complacer a los padres, mas la culpabilidad por los fracasos inevitables constituyen la herencia de nuestros esfuerzos por lidiar con nuestros genitales. Esta no es ciertamente una herencia favorable para comenzar un proceso de búsqueda de amor y de hacer crecer el amor que se extiende a lo largo de toda la vida. Sin embargo, ésta sí es la herencia con la cual comenzamos nuestras vidas sexuales adultas. A todo esto le agregamos las advertencias de no tocarnos «por allá» a una edad temprana o las falsas amenazas de locura utilizadas para impedir que los jóvenes adolescentes exploren las sensaciones placenteras asociadas con sus genitales.

La presencia de la región septal en el cerebro límbico y su asociación con la excitación sexual evidencia que no podemos esperar un acceso pleno o hacer uso de este sistema del cerebro límbico sin una elaboración más clara y consciente del poder pleno de la sexualidad y de su relación inextricable con todas las emociones. Si aspiramos a hacernos emocionalmente inteligentes, necesitaremos hacernos sexualmente inteligentes.

Es difícil imaginar por dónde comenzar. Hemos relacionado a la sexualidad con el placer, con el crimen, con las enfermedades, con la identidad y con el nacimiento de nueva vida... pero, ¿la hemos relacionado con la inteligencia? Hemos tratado la educación sexual, pero no tenemos claro si ésta debe contener solamente descripciones biológicas o si debería incluir una variedad de otros tópicos tales como sensualidad, moralidad, fatalidad, enfermedad, elección de pareja, elección de género, ejemplos de conducta sexual, pornografía, edad apropiada para la sexualidad, abuso sexual.

No tenemos acuerdos sobre lo que se puede considerar una conducta sexual apropiada, o una pareja sexual apropiada: heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad. Las culturas, religiones y grupos étnicos están enredados en una pelea por lo que cada uno considera como clave a toda moralidad. Y como si esto no fuera suficiente, el resultado de la sexualidad es a menudo una vida que no pueden o no están dispuestos a cuidar la madre, el padre o la sociedad. Estamos profundamente divididos ante el hecho de prevenir la concepción de la vida o eliminar la vida antes de su nacimiento. Enfrentamos la lucha entre la vida de la madre y la vida del bebé. Poseemos capacidad tecnológica para prevenir la vida, pero no consenso sobre el uso

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de esa tecnología. La sexualidad se ha visto sumergida en una batalla de vida y muerte. Con la presencia del SIDA, esta lucha entre vida y muerte se ha intensificado y extendido más allá de la madre y el niño para incluir a todos los miembros adolescentes y adultos de la comunidad. En medio de esta penumbra, el gobierno busca el camino de menor resistencia, más pendiente de los votos que de proveer un verdadero liderazgo. Las religiones chocan y la ciencia posterga, lanzando estudios estadísticos periódicos.

Mientras tanto, debido al sexo sin protección, más de un millón de infantes nacen cada año de madres solteras que no desean o no tienen capacidad para cuidar de ellos. Miles de vidas, si no más, son interrumpidas antes de que los bebés nazcan. Otros miles, si no más, mueren cada año a causa del sexo sin protección entre adultos infectados por el virus del SIDA. ¿Cuántas muertes más necesitamos? ¿Cuánta más ignorancia debemos soportar hasta que encontremos la manera de ser inteligentes con nuestros genitales? Quizás los genitales sean los últimos órganos del cuerpo humano a estar cubiertos con ese velo de oscuridad. Quizás ellos constituyan la última frontera. Quizás si los declaráramos como desastre nacional podríamos levantar fondos suficientes y un liderazgo eficaz para luchar con esta confusión y oscuridad.

La inteligencia sexual no puede ser desarrollada por un solo investigador. Son tan intrincados los lazos entre los factores neurológicos, biológicos, comportamentales, culturales y espirituales involucrados, que solo una fundación o un esfuerzo a nivel nacional para convocar a los especialistas de diferentes disciplinas podrá producir una inteligencia que realmente pueda llegar hasta el público.

Sin embargo, estoy interesada en la vida y en el amor por la vida, y a lo largo de este libro he estado hablando a favor de la vida. El asunto de la vida es demasiado crítico para mantenerse callado; por ello yo quisiera ofrecer ciertos puntos básicos que podrían servir para abrir diálogos en la búsqueda de un mayor consenso.

Primero, los genitales constituyen unas aberturas fisiológicas, tal como lo son otras aberturas del cuerpo. Necesitan ser disasociadas de nuestra prolongada historia de ignorancia y asociadas con el conocimiento actual.

Segundo, cuando se hace contacto en estas áreas, se produce una gran energía. Esa energía es tan poderosa, que resulta extremadamente placentera y adictiva, aún después de una sola experiencia.

Tercero, la energía que vibra a través de nuestros genitales es también la más poderosa: bajo condiciones adecuadas produce las conexiones necesarias para crear vida.

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Cuarto, desde la infancia tocarse los genitales produce una energía placentera.

Quinto, entre los 10 y 13 años «se abre» la glándula pituitaria, causando una «explosión» en el cerebro límbico que ocasiona un cambio en la química cerebral y determina el desarrollo físico de vellos y senos que asociamos con la adolescencia. La persona se siente diferente, el cuerpo y el cerebro están diferentes y una energía dominante se libera, produciendo una atracción o impulso hacia lo sexual, hacia el contacto genital con otros seres humanos. A esa edad el contacto genital con alguien del género opuesto puede crear vida.

Sexto, no existen explicaciones verbales adecuadas para preparar a un adolescente para el poder de esa atracción o contacto sexual. Existen muchas descripciones ampliamente desarrolladas, prevenciones, mandatos y amenazas, pero no hay manera de experimentar de lo que tanto se habla. La sexualidad segura no ha funcionado para millones de madres solteras porque no pudieron nunca imaginarse lo fuerte de la atracción sexual. Creo que la única sexualidad verdaderamente segura es la autosexualidad, que además prepararía al adolescente para ese poder de la atracción energética que probablemente sienten. Por autosexualidad no quiero referirme al hecho de estimularse a sí mismo con el objeto de liberar tensión. Me refiero a la capacidad de hacer el amor consigo mismo, de explorar y aprender de una forma amorosa y sensual a partir del cuerpo propio. De esa forma, los adolescentes estarán más preparados para amar a otra persona y a la vez estarían en capacidad de esperar para elegir una pareja apropiada.

Séptimo, estar dispuesto a amarse a sí mismo no es apropiado solamente para los adolescentes, sino también para todos aquellos adultos, que por distintas razones, se encuentran solos sin una pareja. Si la elección radica entre ser dependiente de la presencia de otro para que nos ame o la de amarnos a nosotros mismos, la escogencia necesita estar a favor de nuestro propio bienestar y salud.

Octavo, las endorfinas son los químicos de nuestro cerebro límbico relacionados con el placer y son importantes para sustentar nuestra salud y para la prevención de enfermedades. El placer es vital para la salud y la sexualidad es una forma primaria del placer. Creo que la sexualidad necesita estar a la disposición de todas las edades sin la amenaza de crear una vida de la cual no podemos hacernos cargo, sin la amenaza de poner en peligro la vida de otros al traspasarles el virus del SIDA y también sin la amenaza de unos años de soledad durante los cuales abandonamos nuestros cuerpos porque estamos dependientes de otros para lograr el placer.

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Más allá de estos puntos básicos, tenemos a la disposición para guiarnos la aplicación de nuestras tres inteligencias emocionales. Con la inteligencia afectiva nos hacemos conscientes de que ciertamente nos sentimos atraídos y somos afectados, pero que no necesitamos declararnos enamorados y listos para irnos a la cama con cualquiera. Podemos saber que seguramente nos vamos a sentir atraídos y aún más vamos a ser afectados por otros, pero no necesitamos concluir que ese es nuestro «verdadero amor». ¿Cuántos matrimonios no se han roto porque estamos esperando ser fieles todas nuestras vidas y de repente somos atraídos tremendamente por alguien más? Entonces concluímos que la nueva persona es nuestro «verdadero amor», rompemos nuestros parámetros con nuestro esposo/a, y nos casamos con el otro, solamente para descubrir demasiado tarde que la atracción y afectividad pueden ocurrir a menudo, puede ocurrir de manera profunda y puede seguir ocurriendo a lo largo de la vida. Necesitamos ser capaces de utilizar nuestra inteligencia afectiva para bajar el tono de nuestras emociones si no resulta apropiado para nuestra vida continuar ese sentimiento hasta la acción.

El afecto no debe tomarnos por sorpresa. Necesita ser practicado con muchas personas, con todas las formas de vida, con nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestro arte, nuestra familia, nuestra nación. Necesita ser tratado como la música: debe ser escuchada, aumentado su volumen, expandida, apagada o disminuido su volumen. Disminuya el volumen cuando la atracción afecte a los genitales y no desee continuar hasta el coito. Baje el volumen y desplácese a la inteligencia de los parámetros. Sabemos cómo limitar la cantidad de alimentos que ingerimos porque hemos aprendido a prestarle atención a la señal de que nos sentiríamos incómodos si siguiéramos comiendo, y dejamos de ser afectados por la comida delante de nosotros: así también podemos aprender a desplazarnos de la energía que está afectando nuestros genitales para protegernos a nosotros mismos.

La inteligencia afectiva también nos permitirá seleccionar lo que debemos amar en una persona. Si podemos concentrarnos y ser afectados por las cualidades de una persona, sin ser afectados por nuestra imagen de cómo sería esa persona en la cama, estaríamos en capacidad de ser afectados y de amar a mucha gente sin poner en peligro las relaciones que hemos escogido para ser nuestra familia. Necesitamos liberar nuestra habilidad para amar. Creo que la clave de ello está en la inteligencia afectiva y en la habilidad de nuestra neocorteza para estar alerta y guiar esta inteligencia con capacidad selectiva.

La práctica de todas las escalas emocionales puede darnos una libertad con las emociones que resulta básica para la inteligencia emocional. Expe-

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rimentar las múltiples variaciones de sentimientos es como aprender a leer palabras. Eventualmente nosotros unimos las palabras formando párrafos y libros. Con la experiencia podemos unir los sentimientos hacia un disfrute del cuerpo, una música del cuerpo y una sinfonía del cuerpo. El ser afectado por los múltiples aspectos del otro nos nutre más que destruirnos. ¿Te puedes imaginar escuchando la Novena Sinfonía de Beethoven y luego preguntarse, y ahora que hago con eso? La música es para escuchar, para disfrutar: el sentir es para sentir y disfrutar. Déjate afectar por las variaciones. Libérate de la necesidad de actuar tus sentimientos; libérate a sentir tus sentimientos. Entonces te involucrarás en las sutilezas, matices y diferencias que siempre han sido característicos de la inteligencia. Entonces te harás inteligente emocionalmente.

Nuestra historia alrededor de la sexualidad ha sido tan oscura, que pocos de nosotros hemos sobrevivido sin un trauma o por lo menos una herida profunda. Las experiencias de la tristeza, pérdida, impotencia, violación, frustración y rabia están todas registradas en nuestras historias personales. Ahora por lo menos tenemos a la disposición los rudimentos básicos de la inteligencia de los estados de ánimo y en particular sabemos cómo sanar las cicatrices dejadas por la tristeza y la rabia. Para ser inteligentes y poder disfrutar la sexualidad, necesitamos sanar nuestro pasado, el cual fue experimentado cuando desconocíamos o éramos incapaces de protegernos a nosotros mismos. No es emocionalmente inteligente llevar nuestras heridas de amores pasados hasta los amores actuales. El resultado es que acusamos o culpamos al otro por nuestra falta de disfrute, por la presión, la culpa y proyección de lo que forma parte de nuestra propia historia. La inteligencia de los estados de ánimo nos invita a tomar responsabilidad por todo aquello que ocurrió en nuestras experiencias sexuales del pasado y a convertir ese dolor en amor por nosotros, para que así seamos capaces de amar plenamente de nuevo.

La inteligencia motivacional honra el deseo y respeta nuestro querer y anhelo de amor. El deseo nos mantiene vivos. Esta es una vibración básica, expansiva y afecta tanto a nuestros genitales como afecta a nuestro corazón o boca. Queremos comer, queremos amar, queremos respirar y queremos sentir la inmensa energía en nuestros genitales y parte inferior de nuestro cuerpo. Sin embargo, a lo largo de la historia hemos negado que deseamos esta energía sexual. Por supuesto que la hemos encontrado peligrosa: puede romper corazones, destruir hogares, crear bebés y aún puede exponernos a la muerte. Todo esto es verdadero. Sin embargo, lo que también es cierto es que los genitales existen. Ellos hacen circular energía, bloquean energía y

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almacenan energía. Cuando las partes más bajas del cuerpo no están relajadas y expandidas, están contraídas. Si están constreñidas, la energía creará distorsiones en otras aberturas, tratando de lograr la calma por medio de la comida o de la actividad. Mi punto es que toda la energía desea circular, llenando y Balanceando el cuerpo. Deseamos sentir esa energía de los genitales. Deseamos el sexo, lo admitamos o no. Algo más importante aún: si esta energía de los genitales no está gobernada conscientemente explotará dominando no solamente nuestro comer y nuestra actividad, sino nuestros estados de ánimo y deseos de vivir. La inteligencia motivacional honra a la existencia del deseo y establece que algunos de nuestros deseos necesitan ser satisfechos. La inteligencia motivacional no solamente reconoce el hecho de que el deseo es básico para el cerebro límbico, sino que insiste en que debemos ser responsables de movernos y motivarnos a nosotros mismos a lo largo de la vida. Nosotros debemos encender la llama interna que cada uno lleva dentro de sí para poder llevar adelante esta creación de vida que somos nosotros mismos, pero también para preservar este fuego y compartirlo con los otros.

La búsqueda de la inteligencia sexual debe seguir adelante si queremos alcanzar la inteligencia emocional y en consecuencia ser capaces de proteger nuestra salud y a la vez darnos cuenta de la capacidad tan tremenda de la vida humana para amar y conectarse con toda otra vida. Hemos logrado unirnos frente a grandes causas como la lucha contra el cáncer y el SIDA. Ahora necesitamos unirnos frente a esta triple amenaza fisiológica que está afectando nuestro comportamiento y fragmentando nuestra sociedad: estamos tomando parte en las muy bien organizadas batallas sobre el problema del aborto y estamos disparándonos los unos a los otros; los crímenes sexuales están forzando a las organizaciones ciudadanas a proteger sus vecindarios ante el hecho de que los tribunales están dejando libres a los enjuiciados que no poseen antecedentes penales. Todo esto sucede en vez de que combinemos nuestros esfuerzos en la búsqueda de la inteligencia sexual.

La obesidad acorta la vida; lo mismo hace el alcohol y el cigarrillo. El alcohol y las drogas arrastran consigo no solamente la vida del consumidor, sino miles de otras vidas no involucradas en esas actividades de forma directa. El problema de la droga es un problema de consumo: es un problema del cerebro emocional. Nuestros esfuerzos para regular la entrada al país del tráfico de drogas suenan bien, pero en ello se está pasando por alto el hecho de que se necesita que un cerebro humano quiera la droga y actúe robando para conseguirla. Estamos invirtiendo billones para reglamentar el tráfico de drogas y el consumo del alcohol y quizás estas cantidades estarían mejor

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invertidas si lo hiciéramos para desarrollar una inteligencia oral-nasal que nos aportara alternativas y reglamentaciones a nivel del consumo humano.

Tales batallas continuarán destruyendo nuestra sociedad, hasta que reconozcamos y nos unamos alrededor de la verdadera causa del problema: las tres aberturas que llevan hasta el sistema central del cerebro límbico. Si no somos educados con respecto a esto, estas aberturas serán mucho más destructivas para nosotros que lo que es el analfabetismo para la sociedad.

Los comentarios en este capítulo son sólo unos esbozos presentados para llamar nuestra atención sobre la necesidad y las posibilidades existentes. Quizás también estos esbozos puedan servirte a tí, lector, permitiéndote tomar ciertos pasos en tu vida personal y la de tus hijos mientras esperamos por soluciones más amplias y totales.

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