Las tres caras de la mente El desarrollo de las inteligencias mentales, emocionales y del comportamiento Elaine de Beauport con Aura Sofía Díaz


Parte II. La batalla de energía interna



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Parte II. La batalla de energía interna
Ahora todavía resta la necesidad de reprogramar tus pensamientos. Tu decisión en respuesta a esa rabia temprana —una decisión tomada a lo mejor cuando eras pequeño y joven- puede ser inapropiada para quien eres y como eres hoy en día. De todos modos, esa reacción está aún enclavada como una respuesta apropiada hasta que hagas un esfuerzo para reprogramar en tu mente una nueva decisión. Es como que si al tomar fotos en nuestra mente infantil, éstas quedaran activas hasta que les superpongamos unas nuevas. No creo que reemplazamos viejas decisiones, pero sí creo que podemos reprogramar sobre ellas (ver la inteligencia de los patrones).

La parte II consiste en una batalla de energía con la otra persona, en la que tienes la oportunidad de decidir de nuevo. Luego, cuando una situación similar aparezca, podrás enfrentarla con una decisión más reciente y más conscientemente considerada.

1. Date tiempo y ponte cómodo. Aunque la situación que quieres sanar puede haber ocurrido cuando eras muy joven, ahora eres un adulto. Posees un cuerpo y una mente diferente, con un mayor cúmulo de conocimientos. Visualízate ahora como un adulto con tu plena facultad de poder, aunque vayas a discutir ahora una situación que ocurrió hace mucho tiempo.

2. Visualiza la cara de la otra persona e imagínate cara a cara con él o ella.

3. Empieza un diálogo interno entre los dos. Permite que el otro se explique y se defienda pero es necesario que ésta vez ganes la batalla, que encuentres una manera de resolver la situación de forma que te sientas bien con ella. Es urgente que le expliques al otro cómo quieres que él actúe de manera diferente contigo. Es una batalla interna de energía, es la voluntad del otro contra tu voluntad y no puedes rendirte ni dejarlo en un estado de confusión.

4. Sigue hasta llegar a una resolución, un ganar-ganar en el que cada uno gane algo del otro. Sentirás calidez y te sentirás bien si lo logras. Sentirás un cambio de energía.

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5. Vuelve a visualizar la situación reciente que te provocó la rabia y visualízate respondiendo con el nuevo diálogo que acabas de aprender.

El propósito de la batalla interna de energía es reprogramarte a ti mismo. Estabas tratando no con la otra persona, sino con la conclusión que tenías de ella en tu mente. La fotografía que tomaste en aquella situación quedó grabada en tu memoria desde entonces. Si logras alcanzar una nueva decisión, una nueva programación dentro de ti, vas a saber reaccionar bien frente a personas y situaciones parecidas en el futuro. Entonces el que detonó tu rabia, enviándote a este viaje de sanación, te habrá ayudado, porque así habrás logrado entender tu dolor y tu rabia y habrás logrado hacer algo al respecto. Habrás tenido éxito al reemplazar tu dependencia del otro y tu rabia con él, a través del acto específico de darte algo a ti mismo que el otro no pudo o no quiso darte. El propósito fundamental de la rabia es diagnosticar exactamente dónde necesitas proporcionarte amor. Ningún médico puede llegar hasta este nivel de memoria dentro de tu cerebro límbico para sanarlo. Sólo la rabia puede proveer un indicador tan preciso de la localización de tu herida y tu deseo. Sólo tú, dispuesto a explorar tu propia rabia, puedes encontrar las heridas y convertirte en el sanador.


Parte III. Manejar tu poder más cuidadosamente
La rabia es tu reacción emocional ante la pérdida de poder. Es una señal para alertarte de que sí te importa tener poder en una situación específica o con una persona en particular. El poder es energía; es la fuerza de la vida dentro de tí. La rabia te muestra dónde están localizadas exactamente las obstrucciones a tu poder o fuerza de la vida en aquellos puntos en los que te sentiste o creíste ser poderoso antes de ser bloqueado.

1. Pregúntate a tí mismo cuál era la actividad que realizabas cuando te pusiste bravo.

2. Esa actividad te dirá dónde habías invertido tu poder. Aunque te sientas débil en este momento, porque eres incapaz de continuar, recuerda ahora que fue tu actividad y tu poder los que fueron interrumpidos y eso te hace sentir frustrado y molesto. Identifica la actividad que te estaba haciendo sentir poderoso. Podrías necesitar completar la frase: La actividad que me importa y fue interrumpida es...

3. Cierra tus ojos para poder concentrarte y reflexionar. Piensa y visualiza cómo manejarías mejor este poder en particular, que te importa bas-

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tante. ¿Cómo puedes ocuparte mejor de esta actividad en particular? ¿Necesitas ayuda, o más tiempo, o más sensibilidad, o más planificación, o la voluntad para evadir los obstáculos? ¿Cómo puedes proteger este poder específico?

Cuando te des cuenta de la profundidad de tu resentimiento ante la obstrucción de tu poder, también caerás en cuenta que realmente te importa este poder y que necesitas manejarlo mejor. Entonces, en vez de concentrarte en cuánto el mundo exterior te está ofendiendo, puedes comenzar a concentrarte en ocuparte conscientemente de tí y de lo que realmente te importa. La rabia puede mostrarte tus verdaderos intereses. Tus reacciones de frustración pueden servir como señal de alarma que indican que no has protegido cuidadosamente tu poder. Ahora te es posible manejar tu poder de una manera diferente, que sortees los obstáculos y sobre todo que cuando te sientas frustrado, lo tomes como una señal y veas cómo esquivar los obstáculos, en lugar de reaccionar cada vez con mayor rabia.

Durante un taller de trabajo que yo dirigía, alguien llamó a mi puerta y la esposa de Roberto me rogó que acudiera a su habitación. Su esposo estaba «perdido»; estaba murmurando para sí, gesticulando e indicando hacia arriba como si quisiera comunicarse con seres desconocidos. Después de yo haber mostrado una considerable empatía e identificación con él, comenzó a hablar conmigo de su vida. Aunque su esposa conocía su historia, se sentó pacientemente a escucharlo como si fuera la primera vez. Él habló de no haber sido querido por su madre soltera que se había enamorado de su padre, un personaje importante del pueblo. Ella prefirió la atención de su amante y no quiso avergonzarlo con el nacimiento de un hijo. Escondió a Roberto en la casa de sus padres y volvió a disfrutar de su asunto amoroso. ¿Cuál sería el mensaje que recibió Roberto en esos primeros siete años de su vida? «Me quieren pero no me desean». «Mi padre es poderoso, pero yo no puedo ser su hijo». «Mi madre me ama pero no me quiere consigo». No podremos tener la certeza de cuál de estos mensajes fue el que recibió. Pero lo que sí es cierto es que, mientras más me lo contaba, se iba poniendo cada vez más bravo, comenzando a gritar y a mover sus brazos. Vio a su esposa y le propinó un golpe. La agarró y yo traté de impedirle que siguiera. Su violencia iba en aumento. Lo sostuve por los brazos hasta que su esposa y yo pudimos salirnos de la habitación. Fue una larga y difícil noche. Eventualmente Roberto aceptó tomar unas pastillas que lo calmaron, por lo menos temporalmente. Recibió más ayuda y ahora presenta de nuevo un aspecto

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exterior calmo y gentil, manteniendo su posición profesional en una universidad. ¿Quién podría sospechar que debajo de este aspecto tranquilo yace la violencia, esperando alguna oportunidad para manifestarse?

Relato esta historia para ilustrar el hecho de que la rabia se almacena en la memoria, que la herida no desaparece, que espera, manteniéndose detrás del intelecto o surge con violencia cuando encuentra una víctima más débil. Por lo tanto, solamente nuestra decisión consciente para sanar nuestras viejas heridas es la que podría eliminar nuestra violencia interior.

Si le dedicáramos suficiente tiempo a la sanación de nuestra rabia, en vez de culpar a otros, podríamos cambiar el balance de la guerra y la paz a favor de una mayor paz.

Si supiéramos que la rabia existe para mostrarnos dónde necesitamos darnos amor, seríamos capaces de sanarnos a nosotros mismos al nutrir continuamente nuestra vida. La culpa y los «chivos expiatorios» desaparecerían. Finalmente, si supiéramos que nuestra rabia es una señal de que debemos manejar nuestro poder de manera diferente, realmente nos convertiríamos en protectores de la vida. Así, tendríamos una posición más elevada ante los mayores retos de la inteligencia de los estados de ánimo.

NOTAS
1. Candace Pert, entrevistada por Bill Moyers, Healing and the Mind, p. 191. Ver también el pensamiento apreciativo como soporte del pensamiento positivo, tema que se encuentra en el capítulo de la inteligencia asociativa; así como el uso del pensamiento apreciativo y la selectividad, que se encuentra en el capítulo de la inteligencia afectiva.
2. Ibid., p. 193.
3. Tom Cox, Stress, London, Macmillan, 1978, p. 51.
4. Candace Pert, entrevistada por Bill Moyers, Healing and the Mind, p. 178.
5. P. Svanborg y M. Asberg, «A New Self-Rating Scale for Depression and Anxiety States based on the Comprehensive Psychopathological Rating Scale», Acta Psychiatr. Scand. 89, nº 1 (Jan.1994): 21-28.
6. Redford Williams y V. Williams, Anger Kills, USA, Times Books, Random House, 1993.
7. Candace Pert, entrevistada por Bill Moyers, Healing and the Mind, p. 190.
8. Judith J. Wurtman, Managing your Mind and Mood Through Food. New York, Harper y Row Publishers, 1988.
9. Michio Kushi, The Cáncer Prevention Diet, New York, St. Martin's Press, 1983.

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CAPÍTULO 11


ENCIENDE TU PROPIO FUEGO
LA INTELIGENCIA MOTIVACIONAL
Bueno, ¿por qué crees que haces lo que haces? Todo lo que haces es manejado por tus emociones.
CANDACE PERT
Una persona motivada está en movimiento, deseando continuamente, yendo más despacio algunas veces, dando un paso aquí y un paso allá, moviéndose siempre intensa y profundamente. Algunas veces vemos a través de nuestro lente neocortical a una persona así y decimos: «No entiendo cómo lo hace, es incansable, no para un momento». Pensamos quizás que esa persona debería descansar un poco, ser más equilibrada, interesarse un poco en otras cosas. Nuestras críticas reflejan nuestros celos. En realidad, aun cuando criticamos, anhelamos saber su secreto. ¿Qué nos haría mover así? ¿Qué sería lo que realmente nos motivaría? ¿Qué nos impulsaría a hacer un trabajo bien hecho, a tener éxito, a obtener un logro, la felicidad y el amor? Todos estamos seguros de que si no es sólo la suerte la que cuenta, entonces esto tiene algo que ver con estar motivado.

La inteligencia motivacional es la capacidad de reconocer aquello que deseamos y que nos mueve a la acción. Es poder guiar nuestra vida en relación con nuestros deseos y anhelos. Utilizar la inteligencia motivacional significa darnos cuenta de lo que nos mueve y ser capaz de guiar eso que nos mueve. Tal como usamos la inteligencia racional para dirigir nuestra vida a través de un proceso de razonamiento, podemos usar la inteligencia motivacional para dirigir nuestra vida a través de un proceso de deseo.

Ciertamente, si la motivación consiste en movernos a través de la vida, entonces los tres cerebros deben estar involucrados de alguna forma en ese proceso. Podemos procesar nuestras visiones y sueños a través del hemisferio derecho, pero si no establecemos metas exactas y detalles específicos con el hemisferio izquierdo, puede que nunca lleguemos a realizar esos sueños.

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También es verdad que si nuestras metas o deseos van contra los valores o contra el condicionamiento profundo de nuestro cerebro básico, es probable que no seamos capaces de motivarnos a nosotros mismos, por más que tratemos. Aunque todos los sistemas cerebrales ayudan, yo creo que el secreto de la motivación es el amor, el deseo, el querer y la pasión que están asociados solamente con el cerebro límbico. Querer y desear son términos comúnmente empleados para identificar las vibraciones básicas que gobiernan al cerebro límbico.

¿Será que yo estoy condicionado a desear algo, o es que realmente deseo ese algo, independientemente de mi condicionamiento? Una frase que oímos a menudo es: «no puedes desear algo que nunca has conocido». Lo que quiero es llamar la atención sobre la conexión vital existente entre los patrones del comportamiento y el deseo (tema también discutido en el capítulo sobre la inteligencia de los patrones). A una edad muy temprana mi cerebro básico comenzó a ser condicionado. Más precisamente, los patrones que fueron registrados entonces en mi memoria, todavía continúan hoy en día afectando mi sistema nervioso. Los conductistas afirman y yo también lo creo, que podemos continuar actuando a lo largo de muchos años o de toda la vida siguiendo esos patrones que pueden determinar el querer. Sin embargo, también podemos querer algo independientemente de nuestro condicionamiento más profundo. Lo que me resulta más importante es que podemos enfocarnos en este desear -fenómeno único del cerebro emocional- para poder ser capaces de apartarnos de los patrones condicionados. Aunque esos patrones pueden habernos ayudado a sobrevivir en un momento dado, actualmente pueden ya ser obsoletos, e inclusive ser dañinos para nuestra vida.

La función más importante de un terapeuta o de un facilitador puede ser la de despertar este querer, este deseo de vivir a pesar de esos patrones que están determinando el comportamiento que llevó a la persona a la consulta. El terapeuta puede estar perdiendo su tiempo y el del paciente si no puede percibir y tener acceso a ese querer profundo de la persona que está requiriendo su ayuda. Rollo May se refería a este querer profundo como «la intencionalidad», el descubrimiento de las intenciones reales o del querer verdadero del paciente cuando las sesiones comienzan1. En la búsqueda de este «querer real», el terapeuta algunas veces intuye, otras veces pregunta y otras enfoca en las dinámicas de la emoción. Saber que el querer existe independientemente del proceso repetitivo involucrado en el condicionamiento, puede animar-

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nos a dejarnos afectar por el deseo y el placer mientras trabajamos en el largo proceso de superación de los condicionamientos tempranos.

Nuestros patrones pueden, por lo tanto, afectar nuestro desear, pero también nuestro desear puede existir independientemente de los patrones. Más importante aún es nuestro «querer», «desear» y la «pasión» que necesitamos estimular para darnos la fuerza de vivir y la fuerza para desenredarnos de patrones debilitantes y establecer nuevos que realmente nos ayuden.


DEL DESEO AL AMOR
Quizás la mayor contribución que el conocimiento del sistema límbico puede hacer a nuestra vida es darte la libertad para reconocer la importancia del querer y el desear. Con este querer y desear, se entra profundamente en conexión tanto con uno mismo como con cualquier otra vida. El deseo de comer nos mantiene vivos; el de amar y ser amado por otros también nos mantiene con vida. El querer es básico para la motivación. Lo que quieres, lo que te excita, lo que te emociona, lo que te mueve, son materia del cerebro límbico.

Si es cierto que se necesitan los tres cerebros para motivarnos, si es cierto que para motivarnos necesitamos la meta y el sueño de los hemisferios izquierdo y derecho, así como los valores o los patrones y rutinas que nos dan fundamento del sistema-R, entonces ¿por qué he osado identificar la inteligencia motivacional con el fenómeno de querer y desear exclusivo del cerebro límbico? La respuesta es la siguiente: porque creo que a menos que sintamos ese querer en la vida y lo hagamos tan fuertemente como para conocer qué es lo que queremos en términos muy específicos, utilizaremos nuestros otros sistemas cerebrales para gradualmente enervarnos, desmotivarnos, sabotearnos y finalmente destruirnos. Cuando no estamos conscientes de nuestros deseos, nuestra neocorteza puede encontrar razones o imágenes para justificar nuestro retiro de la vida o de los eventos de la vida que pueden nutrirnos. Es bueno que aquellos que han heredado un patrón de depresión de su familia o cultura, sepan que su cerebro básico puede estar haciendo esto sin que su neocorteza se dé cuenta. Si no se conoce o no se está consciente de la importancia del querer, se puede perder gradualmente el interés en los negocios, en el hogar, en la familia, se pierde el interés en los seres queridos, amigos y eventualmente en la propia vida. Por ello creo que la solución está en no rendirse y luchar, aprender la importancia del deseo e invitarlo cuida-

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dosamente a que vuelva a nuestra vida. La lucha comienza por convencer a la neocorteza de la relación que existe entre el querer y una administración sana y alegre de nuestra salud y nuestra vida.

Yo creo que no le hemos concedido atención, ni hemos honrado ni entendido el fenómeno del querer y desear. Con el descubrimiento del sistema del cerebro límbico podremos ver finalmente que el querer es un fenómeno clave de la vida y aún más, que puede ser el fenómeno principal que gobierna los otros fenómenos de los otros sistemas cerebrales. Entendemos si queremos entender. Percibimos si queremos percibir. Soñamos si queremos soñar, escuchamos, vemos y recordamos lo que realmente queremos, nos alimentamos o hacemos el amor si queremos. Actuamos si queremos hacerlo.

También podemos enterrar nuestros deseos pues al no reconocerlos y admitirlos preferimos permanecer inconscientes de que a algún nivel estamos siempre haciendo lo que queremos. El cerebro límbico sigue funcionando sin nuestra participación consciente. Si no fuera así, es posible que no estuviéramos vivos. Lo que realmente pasa es que sólo hemos enterrado nuestra excitación porque estamos más condicionados a decir que estuvimos trabajando todo el día, o ayudando a los demás o cumpliendo un deber, o haciendo lo que era lógico hacer. Hemos enterrado el más valioso fenómeno del querer, porque suena más aceptable en nuestra cultura decir que «estaba ocupado» en vez de decir que «estaba haciendo lo que quería hacer». Honramos y valoramos nuestras ocupaciones pero no nuestros deseos.

Para tratar de encontrar lo que estás queriendo vas a tener que ir en búsqueda de lo que realmente te emociona. Tendrás que estudiarte conscientemente a tí mismo para encontrar lo que estás queriendo, lo que te hace sentir excitado y expandido, lo que te hace estremecer con emoción y lo que te lleva al movimiento. El conocimiento de lo que te emociona y de lo que siempre te ha excitado se convierte en los fósforos o cerillas que tienes que seguir encendiendo para iluminar el fuego del querer. El deseo es el combustible para la motivación. Sólo ese combustible te puede mantener motivado o te puede mantener realmente enamorado de la vida.

«El querer» es la vibración constante del cerebro límbico. «Pensar» es en relación con el hemisferio izquierdo, lo que «imaginar e intuir» son al derecho, y lo que «querer» es en relación al cerebro límbico. Cuando el querer disminuye, también lo hacen las vibraciones del cerebro límbico, y en consecuencia son afectados la salud y el interés por la vida.

Creo que el querer es el fuego profundo al que Teilhard de Chardin aludía en su libro Toward the Future (Hacia el futuro).

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El día vendrá cuando, después de haber dominado el éter, los vientos, las mareas y la gravedad, consideraremos como Dios las energías del amor. Y en ese día, por segunda vez en la historia del mundo, el hombre habrá descubierto el fuego2.

El querer es el fuego lento que, mientras quema, va llevándonos cada vez más profundamente dentro de las emociones. Si aprendemos cómo permanecer en ese fuego y cómo movernos a través de él, llegaremos al amor, al amor personal y a la compasión. Si apagamos el fuego del deseo nunca dominaremos, ni para Dios ni para nosotros, a las energías del amor. Es solamente el deseo insistente y ardiente el que nos permite avivar el fuego del amor que comienza a morir. Solamente nuestro deseo de amar es el que puede mantener vivo el amor.

Hemos honrado el amor y la compasión. Ahora debemos honrar el proceso de querer y desear, tan íntimamente conectado con el amor y la compasión. No podemos permitirnos estar confusos respecto al deseo. La vida está en juego y el deseo es nuestro combustible.
LOS OBSTÁCULOS AL DESEO
Creo que el mayor obstáculo a la motivación es nuestra falta de claridad acerca del desear y el querer. A medida que tratamos de vivir nuestros deseos, entramos en conflicto con otras personas, experimentamos estados de ánimo dolorosos y muy a menudo, nos rendimos. La inteligencia de los estados de ánimo nos ayuda mucho, pero hasta que no lleguemos a un verdadero encuentro con esta enorme frontera emocional del querer y desear, creo que no viviremos plenamente la vida.

Existen muchos obstáculos para sentir claramente nuestros deseos. Querer es un fenómeno que las palabras describen inadecuadamente. Si alguien te pregunta lo que quieres, puedes confesar alguna fantasía o mencionar algún deseo escondido o quizás sólo contestar que no lo sabes. En los talleres de trabajo, la respuesta general es que «algunas veces quiero esto» y «otras veces quiero aquello». Esta vacilación, estas ojeadas aquí y allá son características del hemisferio derecho de la neocorteza y no del cerebro lím-

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bico. El querer del cerebro límbico se puede sentir en el cuerpo, decimos que es a nivel de las entrañas.

Otro problema es que la propaganda ha comercializado el querer. La continua seducción visual de la publicidad en la televisión nos bombardea, tratando de hacernos querer lo que vemos. Es dudoso, sin embargo, que estas respuestas que llamamos deseos sean a ese nivel profundo del fenómeno de las entrañas o ni siquiera a nivel del corazón. Podremos decir que, quisiéramos poder tener, pero raramente podremos sentir que: «Estoy verdaderamente deseando». A menudo si nos preguntamos dos veces si realmente queremos algo, solo éso es suficiente para hacernos abandonar el deseo. Realmente era sólo una aspiración, una impresión o atracción de la neocorteza. Otras personas pueden fácilmente hacernos olvidar nuestro deseo, o nos pueden persuadir que algo no nos conviene. Preferimos cambiar nuestras mentes en vez de comprometer nuestras entrañas. Mariposeamos suavemente de deseo en deseo, de anhelo en anhelo, rehusando sentir profundamente aquello de lo que tan libremente hablamos o imaginamos.

La acción tampoco es una indicación total y clara del querer. Algunas veces las acciones de alguien indican lo que está queriendo; sus deseos pueden haberlo movido y motivado a actuar. No obstante, también podemos querer algo profundamente y aún disipar la energía del querer, ya sea a través del hemisferio derecho sólo soñando al respecto, o por medio del hemisferio izquierdo, planeándolo con tanto detalle que nunca se llega a actuar al respecto. También podemos disipar nuestro querer en rituales bien establecidos o en obligaciones del cerebro básico, lo que encubre nuestra pasión o nos permite evitar lo que realmente estamos deseando. Muchos de nosotros nos despertamos un buen día, en la edad mediana, descubriendo que hemos estado ocultando nuestros deseos más profundos bajo nuestros rituales de trabajo y familia. Lo solemos llamar «una crisis», pero es sólo un llamado de alerta para que, finalmente, incluyamos en nuestras vidas lo que realmente hemos estado deseando.

Existen muchas maneras para encubrir nuestro querer sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. El querer también afecta la totalidad del cuerpo y a medida que no podemos obtener lo que deseamos, somatizamos, ponemos el cuerpo en un estado de somnolencia. El querer puede fácilmente disminuirse hasta llegar a una dinámica muy poco clara que a veces admitimos como querer y a veces ni siquiera logramos reconocer como tal.

Con nuestra neocorteza y especialmente con nuestra mente racional, concluimos muy a menudo que lo que queremos no es algo inteligente.

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¿Por qué quererlo cuando sé que no puedo tenerlo?, concluye la neocorteza. Pareciera razonable, pero ¿qué pasa con el interés y entrega a lo que se quiere? ¿Qué tal quedarnos con nuestro querer, mantener el deseo y recibir la retroalimentación de la realidad, en vez de evadirla? En lugar de quedarse en el proceso de querer, hacemos juicios apresurados. En vez de mantenerse en el deseo hasta tener éxito, decidimos que el éxito realmente no nos interesa. En vez de continuar queriendo a alguien, decides que no vale la pena tanto problema, que es mejor buscar otra persona. Y así, en cada aspecto de la vida, puedes ir dejando pedazos de tu corazón y de tus entrañas.

Preferimos juzgar antes que vivenciar una retroalimentación o respuesta difícil. Lo que queremos se vuelve menos importante que lo que estimamos, lo que juzgamos, o lo que adivinamos que es factible de lograr. Todo se vuelve más importante que poder lograr lo que queremos. Nos enfocamos en el resultado, en vez de enfocarnos en el proceso de vivir sin tratar de calcular los resultados a priori. Nos quedamos adheridos al objetivo de amar a alguien o de obtener dinero, más que involucrarnos en el proceso para llegar a aquel resultado. Así nos perdemos frecuentemente en un laberinto de pequeñas calles desviándonos de la vía principal. Debemos darle suficiente importancia al proceso de querer y a cómo motivarnos a vivir todo el proceso a fin de llegar al resultado deseado.

Muy a menudo, el miedo a fallar reduce nuestro entusiasmo y es la razón solapada por la cual cortamos el proceso de vivir plenamente nuestro querer. Debemos tener muy en cuenta que fallar no es un riesgo. Es una parte necesaria del proceso de ir adelante. El proceso científico es un ejemplo de un ritual bien desarrollado que no sólo valora y reporta las fallas para que otros aprendan donde no deben ir, sino que presupone que alguien seguirá el camino, seguro de que existen muchas alternativas.

Sin embargo, si no eres científico no estás entrenado en este ritual, y aun así los mismos científicos fallan en asociar este proceso del desear continuo con sus vidas personales. Los científicos que lean este libro se pueden sentir incómodos de que yo haya identificado su proceso científico altamente neocortical con este proceso límbico de querer y desear. ¿Por qué?

¿Por qué nos sentimos incómodos con el querer? Insistir en nuestros deseos frecuentemente se llama egoísmo. Cuando niños se nos instruyó que era egoísmo el querer demasiadas cosas. El «demasiado» nunca fue aclarado. Algunas veces era acompañado con frases que nos hacían sentir culpables, tales como: «tú sabes que no podemos permitírnoslo», «tu padre trabaja día y noche y tú quieres...», «no todos los niños tienen eso...». Los padres u otras personas dedicadas a nuestro cuidado hacían alusiones a niños de países o

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tierras lejanas, mientras nosotros teníamos los ojos puestos en el niño del vecindario que sí tenía eso que deseábamos.

Siento rabia cuando veo cómo nos hemos condicionado a nosotros mismos y a nuestros hijos a encubrir este fenómeno proporcionador de vitalidad, al enseñarles a ellos que querer algo es egoísmo, en vez de enseñarles la forma de obtener eso que desean o por lo menos de sentirse entusiasmados con ese deseo. Cuando dejamos de querer, morimos. Hay numerosos ejemplos de personas gravemente enfermas que se han mantenido vivas un mes más o un año más, sólo porque querían ver a un ser amado o querían ser testigos de un evento importante. A pesar de esto, cuando oímos a alguien decir claramente «yo quiero», pensamos que es egoísta y cuando lo oímos decir «no quiero», lo tildamos de mimado o consentido. Es nuestro concepto del «ego» junto con el de sus afiliados negativos, el egoísmo y la malacrianza, los que nos han impedido tomar una visión positiva del deseo y descubrir cómo éste nos puede ayudar a proteger y nutrir nuestra vida.

Las acusaciones del egoísmo y consentimiento han sido sostenidas, a menudo, por aquellos mandatos religiosos de servir a los demás en vez de servirnos a nosotros mismos. No obstante, yo creo que cuando tratamos de debilitar el desear como algo egoísta o antireligioso, estamos yendo contra un fenómeno de la vida que nutre constantemente a la creación. Realmente el deseo es básico a toda creación.

El deseo y anhelo profundo de cualquier persona es tanto un asunto profundamente religioso como material. Jesús fue un explorador apasionado de todo aquello que lo movía y tenía claro qué era lo que quería en este mundo. Quería limpiar al templo de los usureros y así lo hizo. Quería entrar en Jerusalén y lo hizo. Quería curar a los enfermos y lo hizo. Él mantuvo su deseo continuo de unir a la gente con Dios, aún a costa de soportar el sufrimiento a mano de sus captores. Quería ser testigo de Dios y hasta su muerte y resurrección, no dejó su querer ni abandonó su deseo. ¿No son éstos, magníficos ejemplos del desear?

También Buda, cuyos seguidores a menudo nos invitan a dejar de lado todo deseo, era otro explorador apasionado. Él deseó más que el resto de nosotros: deseó conocer a la naturaleza absoluta de la realidad hasta que lo consiguió. Ustedes me responderán que sólo encontró lo absoluto cuando se sentó bajo el «Árbol Bodhi» pero yo me pregunto: ¿Sería la pasión que hervía dentro de su ser la que hizo abrir las células de su cerebro, de forma tal que lo hizo capaz de experimentar la realidad absoluta? Si hubiera nacido bajo el árbol y nunca se hubiera movido, nunca hubiera anhelado la verdad, ¿la experiencia hubiera sido la misma? Yo no lo creo así, porque estimo que el cerebro límbico nunca se

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hubiera afectado, ni sus órganos nunca hubieran sido movidos y sin el calor que se genera dentro del cuerpo y de las células del cerebro, no hubiera visto la luz.

Cuando la neocorteza capta una experiencia, habla acerca de ella y los seguidores quieren continuar explicándola, yo creo que tenemos que recordar que ésa no es la experiencia original que fue sentida y actuada, sino un reportaje verbal. Los tres sistemas cerebrales nos permiten distinguir entonces que el pensamiento emana de la neocorteza; que el querer, asunto del corazón, está gobernado como ahora sabemos por el cerebro límbico; y, finalmente, que los esfuerzos de los discípulos por repetir la experiencia constituyen la repetición del cerebro más profundo, el cerebro básico. Así, para comprender la profundidad religiosa de querer algo, hay que enfocarse en el corazón de Jesús y de Buda y en sus largos y continuos procesos de querer y desear.

También tenemos dificultad con el desear porque está asociado en nuestras mentes con el placer. Deseamos placer porque nos hace sentir bien, pero nos frenamos frente a las preguntas: ¿no es éste prohibido?, ¿no estamos llegando muy de cerca al hedonismo? El placer fue rechazado por las raíces calvinistas del cristianismo, así como por la ética del trabajo tan fuerte en la sociedad norteamericana. Los valores sociales y religiosos parecen poner barreras en el camino. De nuevo estamos atrapados en la percepción de una sola realidad y de un solo sistema cerebral, el del cerebro básico de los valores y obligaciones.

Pero no se trata de una escogencia entre el trabajo fuerte o el placer: podemos tener los dos. Nuestro cerebro límbico y más particularmente los órganos de nuestro cuerpo, necesitan el estado expansivo de relajación de lo que llamamos placer. Como ya hemos visto en el capítulo sobre la inteligencia de los estados de ánimo, si no producimos placer de manera natural, hay la posibilidad de que nuestro sistema sienta la carencia química y busque entonces satisfacerla con el medio artificial de la droga.

El concepto del placer necesita ser revisado y reconsiderado como dador de vida en vez de ser considerado como hedonismo, codicia o pereza. Esta revisión es posible cuando nos damos cuenta de que estamos manejando tres sistemas cerebrales en vez de uno solo. Entonces, no necesitamos utilizar nuestra neocorteza para hacer un absoluto de nuestro enfoque de la vida, ni permanecer indulgentemente para siempre en el cerebro límbico del placer, ni abandonar esa necesidad más profunda del cerebro básico por el orden y la repetición que nos aporta el trabajo.

Quizás la mayor dificultad que tenemos con el querer, es pensar que tenemos que satisfacer todos nuestros deseos. Yo creo que esto es lo que hace que mandemos a callar a los niños cuando expresan lo que quieren: pensamos

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que tenemos que satisfacerlos. Lo mismo ocurre con los adultos, pues no nos gusta oír a un ser querido, esposa, esposo o amigo manifestar un deseo porque pensamos que tenemos que satisfacerlo. En vez de tildar a la persona de mimada o de pensar que tenemos que satisfacerle sus continuos deseos podemos honrar el deseo, reconocerlo y animar a la persona a que lo consiga o ayudarle a lograrlo. Éste es el cambio profundo que necesitamos lograr para poder honrar tanto los propios deseos como los deseos de los demás.




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