Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002. Cap. Los límites de la representacióN



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3. LA ORGANIZACIÓN DE LOS SERES
En el dominio de la historia natural, las modificaciones que pueden comprobarse entre los años 1775 y 1795 son del mismo tipo. No se pone en duda lo que está al principio de las clasificaciones: éstas tienen siempre como fin el determinar el “carácter” que agrupa los individuos y las especies en unidades más generales, que distingue estas unidades unas de otras y que, por último, les permite ajustarse de tal manera que formen un cuadro en el que todos los individuos y todos los grupos, conocidos o desconocidos, pueda? encontrar su lugar. Estos caracteres son tomados de la representación total de los individuos; son el análisis de ella y permiten, al representar estas representaciones, constituir un orden; los principios generales de la taxinomia -los mismos que habían dirigido los sistemas de Tournefort y de Linneo, y el método de Adanson- siguen teniendo el mismo valor para A. L. de Jussieu, Vicq d'Azyr, Lamarck, Candolle. Y, sin embargo, la técnica que permite establecer el carácter, la relación entre la estructura visible y los criterios de identidad se han modificado del mismo modo en que las relaciones de la necesidad y el precio fueron modificadas por Adam Smith, todo a lo largo del siglo XVIII, los clasificadores establecieron el carácter por medio de la comparación de estructuras visibles, es decir, mediante la relación de elementos que eran homogéneos, ya que cada uno de ellos podía servir, de acuerdo con el principio ordenador que se hubiera elegido, para representar todos los demás: la única diferencia residía en que, para los sistematizadores, los elementos representativos estaban fijados de antemano y, para los metódicos, se desprendían poco a poco a partir de una confrontación progresiva. Pero el paso de la estructura descrita al carácter clasificador se hacía por completo en el nivel de las funciones representativas que lo visible ejercía con respecto a sí mismo. A partir de Jussieu, Lamarck y de Vicq d'Azyr, el carácter o más bien, la transformación de la estructura en carácter, va a fundamentarse en un principio extraño al dominio de la visible en principio interno irreductible; un juego recíproco de las representaciones. Este principio (al que, en el orden de la economía, corresponde el trabajo) es la organización. En cuanto fundamento de las taxinomias, la organización aparece de cuatro maneras diferentes.

  1. 1) Primero, bajo la forma de una jerarquía de caracteres. En efecto, si no se despliegan las especies unas al lado de otras y en su mayor diversidad, sino que se acepta, a fin de delimitar de golpe el campo de investigación, los grandes agrupamientos que impone la evidencia las gramíneas, las compuestas, las crucíferas, las leguminosas, por lo que respecta a las plantas; o, por lo que respecta a los animales, los insectos, los peces, las aves, los cuadrúpedos se ve que ciertos caracteres son absolutamente constantes y no faltan en ningún género, en ninguna de las especies que pueden reconocerse: por ejemplo, la inserción de los estambres, su situación en relación con el pistilo, la inserción de la corola cuando en ella están los estambres, el número de lóbulos que acompañan al embrión en la semilla. Otros caracteres son muy frecuentes en una familia, pero no alcanzan el mismo grado de constancia; esto se debe a que están formados por órganos menos esenciales (número de pétalos, presencia o ausencia de corola, situación respectiva del cáliz o del pistilo): son los caracteres “secundarios sub-uniformes”. Por último, los caracteres “terciarios semi-uniformes” son unas veces constantes y otras variables (estructura monofila y polifila del cáliz, número de celdas en el fruto, situación de las flores y de las hojas, naturaleza del tallo): estos caracteres semi-uniformes no permiten definir las familias o los órdenes no porque no sean capaces, si se los aplica a todas las especies, de formar entidades generales, sino porque no se refieren a lo que hay de esencial en un grupo de seres vivos. Cada una de las grandes familias naturales tiene requisitos que la definen y los caracteres que permiten reconocerla son los más cercanos a las condiciones fundamentales: así, dado que la reproducción es la función mayor de la planta, el embrión será su parte más importante, y se podrá dividir a los vegetales en tres clases: acotiledóneas, mono. cotiledóneas y dicotiledóneas. Los otros caracteres pueden aparecer e introducir distinciones más finas sobre el fondo de estos caracteres esenciales y “primarios”. Vemos que el carácter no se destaca ya sobre la estructura visible y sin más criterio que su presencia o su ausencia; se basa en la existencia de funciones esenciales para el ser vivo y sobre relaciones de importancia que no surgen sólo de la descripción.

2) Los caracteres están, pues, ligados a funciones. En un sentido, se vuelve a la vieja teoría de las signaturas o marcas que suponía que los seres llevaban, en el punto más visible de su superficie, el signo de lo que en ellos era lo más esencial. Pero aquí las relaciones de importancia son relaciones de subordinación funcional. Si el número de los cotiledones es decisivo para clasificar los vegetales, esto se debe a que desempeñan un papel determinado en la función de la reproducción ya que están ligados, por ello mismo, a toda la organización interna de la planta; indican una función que domina toda la disposición del individuo.8 Así, por lo que respecta a los animales, Vicq d'Azyr ha demostrado que las funciones alimenticias son, sin duda alguna, las más importantes; ésta es la razón por la que “existen relaciones constantes entre la estructura de los dientes de los carnívoros y la de sus músculos, sus pezuñas, sus uñas, su lengua, su estómago, sus intestinos”.9 Así, pues, el carácter mismo no es establecido por una relación de la visible consigo mismo; en sí, no es más que la punta visible de una organización compleja y jerarquizada en la que la función desempeña un papel esencial de dominio y de determinación. Un carácter no es importante por ser frecuente en las estructuras observadas, al contrario, se le encuentra con frecuencia por ser funcionalmente importante. Como lo señalará Cuvier, resumiendo la obra de los últimos grandes metódicos del siglo, a medida que nos elevamos hacia las clases más generales, “las propiedades que siguen siendo comunes son también constantes; y dado que las relaciones más constantes son las que pertenecen a las partes más importantes, los caracteres de las divisiones superiores se sacan de las partes más importantes... Así, el método será natural, ya que tiene en cuenta la importancia de los órganos”.10

  1. 3) Se comprende cómo, en estas condiciones, la noción de vida pudo hacerse indispensable para la ordenación de los seres naturales. Se convirtió en indispensable por dos razones: primero, era necesario poder apresar, en la profundidad del cuerpo, las relaciones que ligan los órganos superficiales a aquellos cuya existencia y forma oculta aseguran las funciones esenciales; de esta manera, Storr propone clasificar los mamíferos de acuerdo con la disposición de sus pezuñas, pues tal disposición está ligada a sus modos de desplazamiento ya las posibilidades motrices del animal; ahora bien, estos modos están, a su vez, en correlación con la forma de alimentación y los diferentes órganos del sistema digestivo.11 Además, es posible que los caracteres más importantes sean los más ocultos; ya en el orden vegetal ha podido comprobarse que no son las flores ni los frutos las partes más visibles de la planta los elementos significativos, sino el aparato embrionario y órganos como los cotiledones. Este fenómeno es más frecuente aún entre los animales. Storr consideraba que era necesario definir las grandes clases por las formas de la circulación; y Lamarck, que no practicaba la disección, rechaza un principio de clasificación para los animales inferiores que no se funda más que sobre la forma visible: “La consideración de las articulaciones del cuerpo y de los miembros de los crustáceos ha hecho que todos los naturalistas los consideren como verdaderos insectos y yo mismo seguí durante mucho tiempo la opinión común al respecto. Pero como se reconoce que la organización es la más esencial de todas las consideraciones para guiar en una distribución metódica y natural de los animales, lo mismo que para determinar las verdaderas relaciones entre ellos, resulta que los crustáceos, que respiran sólo por medio de branquias a la manera de los moluscos y que, como éstos, tienen un corazón muscular, deben ser colocados inmediatamente después de ellos y antes de los arácnidos y de los insectos que no poseen una organización semejante.”12 Así, pues, clasificar no será ya referir lo visible a sí mismo, encargando a uno de sus elementos la representación de los otros será relacionar lo visible con lo invisible, como con su razón profunda, en un movimiento que hace girar el análisis, y después subir a partir de esta arquitectura secreta hasta los signos manifiestos de ella que se dan en la superficie de los cuerpos. Como decía Pinel, en su obra de naturalista, “el atenerse a los caracteres externos que asignan las nomenclaturas no equivale a cerrarse la fuerte más fecunda de instrucciones ya rehusarse, por así decirlo, a abrir el gran libro de la naturaleza que, sin embargo, se propone uno conocer”.13 De ahora en adelante, el carácter vuelve a tomar su viejo papel de signo visible que señala hacia una escondida profundidad; pero lo que indica no es un texto secreto, una palabra velada o una semejanza demasiado preciosa para ser expuesta; es el conjunto coherente de una organización que retoma lo visible, en la trama única de su soberanía, tanto como lo invisible.

4) El paralelismo entre clasificación y nomenclatura desatado por el hecho mismo. En tanto que la clasificación consistía en un recorte progresivamente ajustado del espacio visible, era muy bIen concebible que la delimitación y la denominación de estos conjuntos pudieran cumplirse a la vez. El problema del nombre y el problema del género eran isomorfos. Pero ahora, cuando el carácter sólo puede ser clasificado refiriéndose de inmediato a la organización de los individuos, no se “distingue” ya según los mismos criterios y las mismas operaciones con que se “denomina”. Para encontrar los conjuntos fundamentales que reagrupan los seres naturales, es necesario recorrer este espacio en profundidad .que va de los órganos superficiales a los más secretos, y de éstos a las grandes funciones que aseguran. En cambio, una buena nomenclatura continuará desplegándose en el espacio plano del cuadro: será necesario llegar, a partir de los caracteres visibles del individuo, al casillero preciso en el que se encuentra el nombre de este género y de su especie. Existe una distorsión fundamental entre el espacio de la organización y el de la nomenclatura: o, mejor dicho, en vez de cubrirse exactamente son ahora perpendiculares uno a otro; y, en su punto de unión, se encuentra el carácter manifiesto que indica una función en profundidad y permite reencontrar un nombre en la superficie. Esta distinción, que en unos cuantos años va a volver caducas tanto la historia natural como la preeminencia de la taxinomia, se debe al genio de Lamarck: en el “Discurso preliminar” de la Flore française, opone, como radicalmente distintas, las dos tareas de la botánica: la “determinación” que aplica las reglas del análisis y permite encontrar un nombre por el simple juego de un método binario (o bien tal carácter está presente en el individuo que se examina y es necesario tratar de situarlo en la parte derecha del cuadro; o bien no está presente y es innecesario situarlo en la parte izquierda; y esto hasta llegar a la última determinación) ; y el descubrimiento de las relaciones reales de semejanza, que supone el examen de toda la organización de las especies.14 El nombre y los géneros, la designación y la clasificación, el lenguaje y la naturaleza dejan de estar entrecruzados con pleno derecho. El orden de las palabras y el orden de los seres no se recortan ya sino en una línea artificialmente definida. Su vieja pertenencia, que fundó la historia natural en la época clásica, y que había llevado, con un solo movimiento, la estructura hasta el carácter, la representación hasta el nombre y el individuo visible hasta el género abstracto, empieza a deshacerse. Se comienza a hablar de cosas que tienen lugar en un espacio distinto al de las palabras. Al hacer, y muy pronto, tal distinción, Lamarck cierra la época de la historia natural y entreabre más bien la de la biología, de una manera más cierta y radical que al retomar, unos veinte años después, el tema ya conocido de la serie única de las especies y de su transformación progresiva.

El concepto de organización existía ya en la historia natural del siglo XVIII de la misma manera que, en el análisis de las riquezas, la noción de trabajo, que tampoco fue inventada al salir de la época clásica; pero entonces servía para definir un cierto modo de composición de los individuos complejos a partir de materiales más elementales; Linneo, por ejemplo, distinguía la “yuxtaposición” que hacía crecer al mineral, de la “intususcepción” por medio de la cual se desarrolla el vegetal al alimentarse.15 Bonnet oponía el “agregado” de los “sólidos brutos” a la “composición de los sólidos organizados” que “entrelaza un número casi infinito de partes, fluidas unas y sólidas las otras.”16Ahora bien, este concepto de organización nunca había servido antes del fin del siglo para fundar el orden de la naturaleza para definir su espacio ni para limitar sus figuras. A través de las obras de Jussieu, de Vicq d'Azyr y de Lamarck empieza a funcionar por primera vez como método de caracterización: subordina los caracteres unos a otros; los dispone con funciones; los dispone de acuerdo con una arquitectura tanto interna como externa y no menos invisible que visible; los reparte en un espacio distinto al de los nombres el discurso y el lenguaje. Así, pues, no se contenta ya con designar una categoría de seres entre las otras; no indica solamente un corte en el espacio taxinómico; define, con respecto a ciertos seres, la ley interior que permite que la de sus estructuras tome el valor de un carácter. La organización se inserta entre las estructuras que articulan y los caracteres que designan introduciendo entre ellos un espacio profundo, interior, esencial.



Esta importante mutación se realiza aún en el elemento de la historia natural; modifica los métodos y las técnicas de una taxinomia; no rechaza las condiciones fundamentales de su posibilidad; ni siquIera toca el modo de ser de un orden natural. Sin embargo, entraña una consecuencia mayor: la radicalización de la partición entre lo orgánico y lo inorgánico. En el cuadro de los seres que desplegaba la historia natural, la organizado y lo no organizado no definían más que dos categorías; éstas se entrecruzaban, sin coincidir necesariamente, con la oposición entre lo vivo y lo no vivo. A partir del momento en que la organización se convierte en el concepto fundador de la caracterización natural y permite pasar de la estructura visible a la designación, debe dejar de ser ella misma sólo un carácter; rodea el espacio taxinómico en el que estaba alojada y es ella, a su vez, la que da lugar a una clasificación posible. Por este hecho mismo, la oposición entre lo orgánico y lo inorgánico se convierte en fundamental. En efecto, a partir de los años 1775-95, desaparece la vieja articulación de los tres o cuatro reinos; la oposición de los dos reinos orgánico e inorgánico no la sustituye exactamente; más bien la hace imposible al imponer otra partición, en otro nivel y en otro espacio. Pallas y Lamarck17 formulan esta gran dicotomía, con la que viene a coincidir la oposición de lo vivo y lo no vivo. “No hay más que dos reinos en la naturaleza -escribe Vicq d'Azyr en 1786- uno de los cuales goza de la vida y el otro está privado de ella.”18 Lo orgánico se convierte en lo vivo y lo vivo es lo que produce, al crecer y reproducirse; lo inorgánico o lo no vivo, .lo que ni se desarrolla ni se reproduce; esta en los límites de la vida, es lo inerte y lo infecundo -la muerte. Y, si está mezclado con la vida, es como aquello que, en ella, tiende a destruirla y a matarla. “Existen en todos los seres vivos dos fuerzas poderosas muy distintas y siempre en oposición, de tal suerte que cada una de ellas destruye perpetuamente los efectos que la otra ha logrado producir”19 Se ve cómo, al romper en su profundidad el gran cuadro de la historia natural, va a hacerse posible algo así como una biología; y también como va a poder surgir de los análisis de Bichat la oposición fundamental entre la vida y la muerte. No será el triunfo, más o menos precario, de un vitalismo sobre un mecanicismo; el vitalismo y su esfuerzo por definir la especificidad de la vida no son más que los efectos superficiales de estos acontecimientos arqueológicos.
4. LA FLEXIÓN DE LAS PALABRAS
Por el lado de los análisis del lenguaje se encuentra la réplica exacta de estos acontecimientos. Pero tienen, sin duda, una forma más discreta y una cronología más lenta. Hay allí una razón fácil de descubrir durante toda la época clásica, el lenguaje ha sido planteado y reflexionado como discurso, es decir, como análisis espontáneo de la representación. De todas las formas de orden no cuantitativo, era la más inmediata, la más concertada, la más profundamente ligada al movimiento propio de la representación. Y, en esta medida, estaba mejor enraizada en sí y en su modo de ser que estos órdenes reflexionados -doctos o interesados- que fundaban la clasificación de los seres o el cambio de las riquezas. Las modificaciones técnicas como las que han afectado la medida de los valores de cambio o los procedimientos de la caracterización han bastado para alterar considerablemente el análisis de las riquezas o la historia natural. Para que la ciencia del lenguaje sufriese mutaciones igualmente importantes, se necesitaron acontecimientos más profundos, capaces de cambiar, en la cultura occidental, hasta el ser mismo de las representaciones. Así como la teoría del hombre en los siglos XVII y XVIII se alojaba lo más cerca de la representación y por ello dominaba, hasta cierto punto, el análisis de las estructuras y del carácter en los seres vivos, la del precio y el valor en las riquezas, así, al final de la época clásica, es la que subsiste por más tiempo, deshaciéndose tarde en el momento en que la representación misma se modifica en el nivel más profundo de su régimen arqueológico.

Hasta principios del siglo XIX, los análisis del lenguaje no manifiestan aún sino pocos cambios. Las palabras se interrogan siempre a partir de sus valores representativos, como elementos virtuales del discurso que prescribe a todas un mismo modo de ser. Sin embargo, estos contenidos representativos no son analizados ya solo en la dimensión que se relaciona con un origen absoluto, sea mítico o no. En la gramática general, en su forma más pura, todas las palabras de una lengua eran portadoras de una significación más o menos oculta, más o menos derivada, pero cuya primitiva razón de ser residía en una designación inicial. Toda lengua, por compleja que fuera, estaba colocada en la abertura procurada, de una vez por todas, por los gritos arcaicos. Las semejanzas laterales con otras lenguas +sonoridades vecinas que recubren significaciones análogas- sólo eran notadas y recogidas para confirmar la relación vertical de cada una con estos valores profundos, encallados, casi mudos. En el último cuarto del siglo XVIII, la comparación horizontal entre las lenguas adquiere otra función: no permite ya saber lo que cada una puede guardar de la memoria ancestral, qué marcas anteriores a Babel están depositadas en la sonoridad de sus palabras; pero debe permitir medir hasta qué punto se asemejan, cuál es la densidad de sus similitudes, dentro de qué límites son transparentes una a otra. De allí esas grandes confrontaciones de diversas lenguas que vemos aparecer a fines del siglo y, a veces, por la presión de motivos políticos, como las tentativas hechas en Rusia20 para establecer una relación detallada de las lenguas del Imperio; en 1787, apareció en Petrogrado el primer volumen del Glossarium comparativum totius orbis; debía hacer referencia a 279 lenguas: 171 del Asia, 55 de Europa, 30 del África y 23 de América.21 Estas comparaciones se hacen exclusivamente a partir de los contenidos representativos y en función de ellos; se confronta un mismo núcleo de significación que sirve de invariable con las palabras que pueden designarlo en las diversas lenguas (Adelung22 da 500 versiones del Paternoster en lenguas y dialectos diferentes); o también, eligiendo una raíz Como elemento constante a través de formas ligeramente variadas, se determina el abanico de sentidos que puede tomar (se trata de los primeros ensayos de lexicografía, como el de Buthet de La Sarthe). Todos estos análisis remiten siempre a dos principios que eran ya los de la gramática general: el de una lengua primitiva y común que habría proporcionado el grupo inicial de raíces y el de una serie de acontecimientos históricos extraños al lenguaje, y que, desde el exterior, lo pliegan, lo usan, lo afinan, lo doman, al multiplicar o mezclar las formas (invasiones, migraciones, progreso de los conocimientos, libertad o esclavitud política, etc.).

Ahora bien, la confrontación de las lenguas a fines del siglo XVIII saca a luz una figura intermediaria entre la articulación de los contenidos y el valor de las raíces se trata de la flexión. Es verdad que los gramáticos conocían desde tiempo atrás los fenómenos flexionales (así como, en la historia natural, se conocía el concepto de organización antes de Pallas y de Lamarck; y, en economía, el concepto de trabajo antes de Adam Smith); pero las flexiones sólo eran analizadas por su valor representativo sea que se las considerara como representaciones anexas, sea que se las viera como una manera de ligar las representaciones entre ellas (algo así como otro orden de las palabras). Pero cuando se hace, como lo hicieron Coeurdoux23 y William Jones,24 la comparación entre las diferentes formas del verbo ser en sánscrito y en latín o griego, se descubre una relación de constancia que es inversa a la admitida por lo general: lo que se altera es la raíz y lo análogo son las flexiones. La serie sánscrita asmi, asi, asti, smas, stha, santi, corresponde exactamente, pero por analogía flexional, a la serie latina sum, es, est, sumus, estis, sunt. Sin duda alguna, Coeurdoux y Anquetil-Duperron permanecieron en el nivel de los análisis de la gramática general cuando el primero vio en este paralelismo los restos de una lengua primitiva; y el segundo el resultado de la mezcla histórica que pudo hacerse entre hindúes y mediterráneos por la época del reino de Bactriana. Pero lo que estaba en juego en esta conjugación comparada no era ya el lazo entre la sílaba primitiva y el primer sentido, sino una relación más compleja entre las modificaciones del radical y las funciones de la gramática; se descubrió que entre dos lenguas diferentes había una relación constante entre una serie determinada de alteraciones formales y una serie, igualmente determinada, de funciones gramaticales, de valores sintácticos o de modificaciones de sentido.

Por este hecho mismo, la gramática general empieza a cambiar de configuración: sus diversos segmentos teóricos no se encadenan ya de hecho de la misma manera unos a otros; y la red que los une dibuja un recorrido ya ligeramente diferente. Por la época de Bauzée o de Condillac, la relación entre las raíces de forma tan hábil y el sentido recortado en las representaciones o aun el lazo entre la capacidad de designar y la de articular, estaba asegurada por la soberanía del Nombre. Pero ahora interviene un nuevo elemento: por el lado del sentido o de la representación no indica más que un valor accesorio, necesariamente secundario (se trata del papel de sujeto o de complemento representado por el individuo o la Cosa designados; se trata del tiempo de la acción); pero por el lado de la forma, constituye el conjunto sólido, constante, inalterable o casi inalterable, cuya ley soberana se impone a las raíces representativas hasta modificarlas a ellas mismas. Es más, este elemento, secundario por su valor significativo, primordial por su consistencia formal, no es él mismo una sílaba aislada, como una especie de raíz constante, es un sistema de modificaciones cuyos diversos segmentos son solidarios unos de otros: la letra s no significa la segunda persona, como la letra e significaba, según Court de Gébelin, la respiración, la vida y la existencia; es el conjunto de las modificaciones m, s, t, lo que da a la raíz verbal los valores de la primera, la segunda y la tercera personas.



Este nuevo análisis se aloja, hasta fines del siglo XVIII, en la investigación de los valores representativos del lenguaje. De lo que se trata es aún del discurso. Pero ya aparece, a través del sistema de flexiones, la dimensión de !o gramatical puro; el lenguaje no está ya constituido solamente por representaciones y sonidos que a su vez los representan y se ordenan entre sí de acuerdo Con las exigencias de los lazos del pensamiento; está constituido además por elementos formales, agrupados en sistema, y que imponen a los sonidos, a. las sílabas, a las raíces, un régimen que no es el de la representación. Se ha introducido así en el análisis del lenguaje un elemento que le es irreductible (así como se introduce el trabajo en el análisis del cambio o la organización en el de los caracteres). A título de primera consecuencia puede señalarse la aparición, a fines del siglo XVIII, de una fonética que no es ya una investigación de los primeros valores expresivos, sino análisis de los sonidos, de sus relaciones y de su posible transformación de unos en otros; en 1781, Helwag definió el triángulo vocálico.25 Puede señalarse también la aparición de los primeros esbozos de gramática comparada; no se toma ya, como objeto de comparación en las diversas lenguas, la pareja formada por un grupo de letras y un sentido, sino conjuntos de modificaciones con valor gramatical (conjugaciones, declinaciones y afijaciones). Las lenguas se confrontan no ya por aquello que designan las palabras, sino por lo que las liga unas a otras; ahora van a comunicarse directamente una con otra no ya por la mediación de ese pensamiento anónimo y general que tienen que representar, gracias a esos minúsculos instrumentos de apariencia tan frágil, pero tan constantes, tan irreductibles, que disponen las palabras en relación unas con otras. Como dice Monboddo: “El mecanismo de las lenguas es menos arbitrario y está mejor regulado que la pronunciación de las palabras, por ello encontramos en él un criterio excelente para determinar la afinidad de las lenguas entre sí. Es por esto por lo que cuando vemos que dos lenguas emplean de la misma manera estos grandes procesos del lenguaje, la derivación, la composición, la inflexión, podemos concluir que la una deriva de la otra o que ambas son dialectos de una misma lengua primitiva”.26 Mientras la lengua se definió como discurso, no podía tener más historia que la de sus representaciones: las ideas, las cosas, los conocimientos, los sentimientos cambiaban y entonces, y sólo entonces, se modificaba la lengua en proporción exacta con estos cambios. Pero ahora hay un “mecanismo” interior de las lenguas que determina no sólo la individualidad de cada una de ellas, sino también sus semejanzas con las otras: es este mecanismo, portador de identidad y de diferencia, signo de vecindad, marca de parentesco, el que va a convertirse en soporte de la historia. Gracias a él, podrá introducirse la historicidad dentro del espesor de la palabra misma.


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