Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002. Cap. Los límites de la representacióN



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Foucault, Michel [1966]. Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002.

Cap. 7. LOS LÍMITES DE LA REPRESENTACIÓN
1. LA EDAD DE LA HISTORIA
Los últimos anos del siglo XVIII quedan rotos por una discontinuidad simétrica de la que había irrumpido, al principio del XVII, en el pensamiento del Renacimiento; entonces las grandes figuras circulares en las que se encerraba la similitud fueron dislocadas y abiertas para que pudiera desplegarse el cuadro de las identidades; ahora este cuadro va a deshacerse a su vez y el saber se alojará en un nuevo espacio. Discontinuidad tan enigmática en su principio, en su desciframiento primitivo, como la que separa los círculos de Paracelso del orden cartesiano. ¿De dónde proviene bruscamente esta movilidad imprevista de las disposiciones epistemológicas, la derivación de las positividades unas con relación a las otras y, más profundamente aún, la alteración de su modo de ser? ¿Cómo sucede que el pensamiento se separe de esos terrenos que habitaba antes gramática general, historia natural, riquezas y que deje oscilar en el error, la quimera, el no saber, lo mismo que menos de veinte años antes era planteado y afirmado en el espacio luminoso del conocimiento? ¿A qué acontecimiento o a qué ley obedecen estas mutaciones que hacen que, de súbito, las cosas ya no sean percibidas, descritas, enunciadas, caracterizadas, clasificadas v fatigadas de la misma manera y que, en el intersticio de las palabras o bajo su transparencia, no sean ya las riquezas, los seres vivos, el discurso, los que se ofrezcan al saber, sino seres radicalmente diferentes? Para una arqueología del saber, esta abertura profunda en la capa de las continuidades, si bien debe ser analizada, y debe serio minuciosamente, no puede ser “explicada”, ni aun recogida en una palabra única. Es un acontecimiento radical que se reparte sobre toda la superficie visible del saber y cuyos signos, sacudidas y efectos pueden seguirse paso a paso. Sólo el pensamiento recobrándose a sí mismo en la raíz de su historia podría fundar sin ninguna duda, lo que ha sido en sí misma la verdad solitaria de este acontecimiento.

La arqueología debe recorrer el acontecimiento según su disposición manifiesta; dirá cómo las configuraciones propias de cada positividad se modifican (analizará, por ejemplo, con respecto a la gramática, la desaparición del papel principal concedido al nombre y la nueva importancia de los sistemas de flexión; y también, la subordinación, en lo vivo, del carácter a la función); analizará la alteración de los seres empíricos que pueblan las positividades (la sustitución de las lenguas por el discurso, de la producción por las riquezas) ; estudiará el desplazamiento de positividades unas en relación con otras (por ejemplo, la nueva relación entre la biología, las ciencias del lenguaje y la economía) ; por último y sobre todo mostrará que el espacio general del saber no es ya el de las identidades y las diferencias, el de los órdenes no cuantitativos, el de una caracterización universal, una taxinomia general, una mathesis de lo inconmensurable, sino un espacio hecho de organizaciones, es decir, de relaciones internas entre los elementos cuyo conjunto asegura una función; mostrará que estas organizaciones son discontinuas, que no forman, pues, un cuadro de simultaneidades sin rupturas, sino que algunas son del mismo nivel en tanto que otras trazan series o sucesiones lineales. De suerte que se ve surgir, como principios organizadores de este espacio de empiricidades, la Analogía y la Sucesión: de una organización a otra, en efecto, el lazo no puede ser ya la identidad de uno o de varios elementos, sino la identidad de la relación entre los elementos (donde la visibilidad no tiene ya papel alguno) y de la función que aseguran; además, si estas organizaciones llegan a tener que vecindar, por efecto de una densidad singularmente grande de analogías, no es que ellas ocupen emplazamientos cercanos en un espacio de clasificación, sino que se han formado unas al mismo tiempo que otras, y unas inmediatamente después de otras en el devenir de las sucesiones. En tanto que, en el pensamiento clásico, la sucesión de las cronologías no hacía más que recorrer el espacio anterior y más fundamental de un cuadro que presentaba de antemano todas las posibilidades, de ahora en adelante las semejanzas contemporáneas y observables simultáneamente en el espacio no serán sino las formas depuestas y fijas de una sucesión que procede de analogía en analogía. El orden clásico distribuía en un espacio permanente las identidades y las diferencias no cuantitativas que separaban y unían las cosas: este orden reinaba soberano, pero cada vez de acuerdo con formas y leyes ligeramente diferentes, sobre el discurso de los hombres, el cuadro de los seres naturales y el camino de las riquezas.

A partir del siglo XIX, la Historia va a desplegar en una serie temporal las analogías que relacionan unas con otras a las organizaciones distintas. Es esta Historia la que, progresivamente, impondrá sus leyes al análisis de la producción, al de los seres organizados y, por último, al de los grupos lingüísticos. La Historia da lugar a las organizaciones analógicas, así como el Orden abrió el camino de las identidades y de las diferencias sucesivas.

Pero se ve muy bien que la Historia no debe entenderse aquí como la compilación de las sucesiones de hecho, tal cual han podido ser constituidas; es el modo fundamental de ser de las empiricidades, aquello a partir de lo cual son afirmadas, puestas, dispuestas y repartidas en el espacio del saber para conocimientos eventuales y ciencias posibles. Así como el Orden en el pensamiento clásico no era la armonía visible de las cosas, su ajuste, su regularidad o su simetría comprobada sino el espacio propio de su ser y aquello que, antes de todo conocimiento efectivo, las establecía en el saber, así la Historia, a partir del siglo XIX, define el lugar de nacimiento de lo empírico, aquello en lo cual, mas allá de cualquier cronología establecida, toma el ser que le es propio. Sin duda a ello se debe que la Historia, tan rápidamente, se haya partido, de acuerdo con un equívoco que sin duda no se ha podido dominar, entre una ciencia empírica de los acontecimientos y este modo de ser radical que prescribe su destino a todos los seres empíricos y a estos seres singulares que somos nosotros. Sabemos bien que la Historia es el dominio más erudito, más informado, más despierto, más encumbrado quizá de nuestra memoria; pero es también igualmente el fondo del que se generan todos los seres y llegan a su centelleo precario. Modo de ser de todo lo que nos es dado en la experiencia, la Historia se convirtió así en lo inmoldeable de nuestro pensamiento: en lo que, sin duda, no resulta tan diferente del Orden clásico. También es posible establecer éste en un saber concertado, pero más fundamentalmente era el espacio en el que todo ser llegaba al conocimiento; y la metafísica clásica se alojaba precisamente en esta distancia del orden al Orden de las clasificaciones a la Identidad, de los seres naturales a la Naturaleza; en breve, de la percepción (o de la imaginación) de los hombres al entendimiento y a la voluntad de Dios. La filosofía del siglo XIX se alojará en la distancia de la historia con respecto a la Historia, de los acontecimientos al Origen, de la evolución al primer desgarramiento de la fuente, del olvido al Retorno. No será, pues, metafísica sino en la medida en que será Memoria y, necesariamente volverá a llevar, el pensamiento a la cuestión de saber qué significa para el pensamiento el tener ya historia. Esta cuestión insoslayable presionará la filosofía de Hegel y Nietzsche y más allá. No vemos el fin de una reflexión filosófica autónoma, demasiado temprana y demasiado orgullosa para inclinarse, exclusivamente, ante lo que se dijo antes de ella por otros; no lo tomemos como pretexto para denunciar un pensamiento impotente para mantenerse de pie por sí solo y obligado, siempre a enrollarse en un pensamiento ya cumplido.

Basta con reconocer allí una filosofía, desprovista de una cierta metafísica, ya que está separada del espacio del orden, pero consagrada al Tiempo, a su flujo, a sus retornos ya que está presa en el modo de ser de la Historia.

Sin embargo, es necesario volver con un poco más de detalle a lo ocurrido entre fines del siglo XVIII y el XIX: a esta mutación dibujada con demasiada rapidez del Orden a la Historia ya la alteración fundamental de estas positividades que, durante casi un siglo y medio, habían dado lugar a tantos saberes vecinos análisis de las representaciones, gramática general, historia natural, reflexione sobre las riquezas y el comercio. ¿Cómo se borraron estas maneras de ordenar la empiricidades que fueron el discurso, el cuadro, los cambios? ¿En qué otro espacio y según que figuras tomaron su lugar y se distribuyeron, unos en relación con otros, las palabras, los seres, los objetos de la necesidad? ¿Qué nuevo modo de ser han debido recibir para que todos estos cambios hayan sido posibles y para que hayan aparecido, apenas al cabo de algunos años, estos saberes, ahora familiares que llamamos, a partir del siglo XIX, filología, biología y economía política? Nos imaginamos de buen grado que si estos nuevos dominios fueron definidos en el siglo pasado es porque un poco más de objetividad en el conocimiento, de exactitud en la observación, de rigor en el razonamiento, de organización en la investigación y en la información científica todo esto ayudado, con un poco de suerte o de genio, por algunos descubrimientos felices nos hicieron salir de una edad prehistórica en la que el saber balbucía aún con la Grammaíre de Port Royal, las clasificaciones de Linneo y las teorías del comercio o de la agricultura. Pero si bien es posible hablar, desde el punto de vista de la racionalidad de los conocimientos, de prehistoria, con respecto a las positividades no puede hablarse más que de historia sin más. y ha sido necesario un acontecimiento fundamental sin duda uno de los más radicales que se hayan presentado en la cultura occidental para que se deshiciera la positividad del saber clásico y se constituyera una positividad de la que, sin duda, a{m no hemos salido del todo.



Este acontecimiento nos escapa en gran parte, indudablemente porque aún estamos cogidos en su abertura. Su amplitud, las capas profundas que ha alcanzado, todas las positividades que ha podido trastocar y recomponer, la fuerza soberana que le ha permitido atravesar, y tan sólo en unos cuantos años, todo el espacio de nuestra cultura, todo esto no podría ser estimado ni medido sino al término de una investigación casi infinita que concerniría ni más ni menos que al ser mismo de nuestra modernidad. La constitución de tantas ciencias positivas, la aparición de la literatura, el repliegue de la filosofía sobre su propio devenir, el surgimiento de la historia como saber y como modo de ser de la empiricidad a la vez, no son sino otros tantos signos de una ruptura profunda. Signos dispersos en el espacio del saber ya que se dejan percibir aquí en la formación de una filología, allá en la de una economía política y más allá en la de una biología. Dispersión en la cronología también: ciertamente, el conjunto del fenómeno se sitúa entre fechas fácilmente asignables (los puntos extremos son los años 1775 y 1825); pero se puede reconocer, en cada uno de los dominios estudiados, dos fases sucesivas que se articulan una sobre otra casi en torno a los años 1795-1800. En la primera de estas fases, el modo de ser fundamental de las positividades no cambia; las riquezas de los hombres, las especies de la naturaleza, las palabras que pueblan la lengua siguen siendo aún lo que eran en la época clásica: representaciones duplicadas -representaciones cuyo papel es designar las representaciones, analizarlas, componerlas y descomponerlas para hacer surgir en ellas, con el sistema de sus identidades y de sus diferencias, el principio general de un orden. Sólo en la segunda fase adquieren las palabras, las clases y las riquezas un modo de ser que ya no es compatible con el de la representación. En cambio, lo que se modifica muy pronto, desde los análisis de Adam Smith, A. L. de Jussieu o de Vicq d'Azyr, hasta la época de Jones o de Anquetil-Duperron, es la configuración de las positividades: la manera en la que, en el interior de cada una, funcionan los elementos representativos en relación unos con otros, en que aseguran su doble papel de designación y de articulación, en que alcanzan, por el juego de las comparaciones, a establecer un orden. Esta primera fase será la estudiada en el capítulo presente.
2. LA MEDIDA DEL TRABAJO
Aseguramos de buen grado que Adam Smith es el fundador de la economía política moderna podría decirse de la economía, sin más al introducir el concepto de trabajo en un dominio de la reflexión que no lo conocía aún: de golpe, todos los viejos análisis de la moneda, del comercio y del cambio habrían sido relegados a una época prehistórica del saber con la (mica excepción, quizá, del Fisiocratismo al que se concede dando menos el mérito de haber intentado el análisis de la producción agrícola. Es verdad que Adam Smith refiere desde un principio la noción de riqueza a la de trabajo. El trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee de todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, y que anualmente consume el país. Dicho fondo se integra siempre o con el producto inmediato del trabajo, o con lo que mediante dicho producto se compra de otras naciones;1 también es verdad que Smith relaciona el “valor de uso” de las cosas con la necesidad de los hombres, y el “valor de cambio” con la cantidad de trabajo aplicada para producirlas: “El valor de cualquier bien, para la persona que lo posee y que no piensa usarlo o consumirlo, sino cambiarlo por otros, es igual a la cantidad de trabajo que pueda adquirir o de que pueda disponer por mediación suya.”2 De hecho, la diferencia entre los análisis de Smith y los de Turgot o de Cantillon es menos grande de lo que se piensa; o más bien, no estriba en lo que uno se imagina. Desde Cantillon, y antes de él, ya se distinguía perfectamente entre el valor de uso y el valor de cambio; después de Cantillon igualmente se usaba la cantidad de trabajo para medir este último. Pero la cantidad de trabajo inscrita en el precio de las cosas no era más que un instrumento de medida, relativo y reducible a la vez. En efecto, el trabajo de un hombre valía la cantidad de alimentos que era necesaria para mantenerlo a él ya su familia durante el tiempo que durara el trabajo.3 Tanto que, en última instancia, la necesidad el alimento, el vestido, la habitación definía la medida absoluta del precio de mercado. Todo a lo largo de la época clásica, es la necesidad la que mide las equivalencias, el valor de uso que sirve de referencia absoluta a los valores de cambio; es el alimento el que valora los precios, dando a la producción agrícola, al trigo ya la tierra, el privilegio que todos les han reconocido.

Así, pues, Adam Smith no inventó el trabajo como concepto económico, desde el momento en que se lo encuentra ya en Cantillon, en Quesnay, en Condillac; ni siquiera lo hace desempeñar un nuevo papel, pues también se sirve de él como medida del valor de cambio: “El trabajo, por consiguiente, es la medida real del valor en cambio de toda clase de bienes”.4 Pero el desplaza: le conserva siempre la función de análisis de las riquezas cambiables; sin embargo, este análisis no es ya un puro y simple momento para remitir el cambio a la necesidad (y el comercio al gesto primitivo del trueque) ; descubre una unidad de medida irreducible, insuperable y absoluta. De golpe, las riquezas no establecerán ya el orden interno de sus equivalencias por medio de la comparación de los objetos por cambiar, ni por una estimación del poder propio de cada uno para representar un objeto necesario (y, en última instancia, el más fundamental de todos, el alimento) ; se descompondrán de acuerdo con las unidades de trabajo que las hayan producido realmente. Las riquezas son siempre elementos representativos que funcionan: pero lo que representan finalmente no es ya el objeto del deseo, sino el trabajo. Pero, de inmediato, se presentan dos objeciones: ¿cómo puede ser el trabajo la medida fija del precio natural de las Cosas cuando él mismo tiene un precio que es variable? ¿Cómo puede ser el trabajo una unidad insuperable, cuando cambia de forma y el progreso de las manufacturas lo hace sin cesar más productivo dividiéndolo cada vez más? Ahora bien, justo por estas objeciones y como por su mediación es posible sacar a luz la irreductibilidad del trabajo y su carácter primigenio. En efecto, en el mundo hay comarcas y en una misma comarca hay momentos en los que el trabajo es caro: los obreros son poco numerosos, los salarios elevados; en cambio, en otros momentos la mano de obra es abundante, se la retribuye mal y el trabajo es barato. Pero lo que se modifica en estas alternativas es la cantidad de alimento que es posible adquirir con una jornada de trabajo: si hay pocas mercaderías y muchos consumidores, cada unidad de trabajo será recompensada tan sólo por una débil cantidad de subsistencia; por el contrario estará bien pagada si las mercancías son abundantes. Estas no son sino las consecuencias de una situación de mercado; el trabajo mismo, las horas pasadas en él, la pena y la fatiga son de cualquier modo los mismos; y mientras más haga de estas unidades, más costosos serán los productos. “Iguales cantidades de trabajo tienen el mismo valor para el trabajador.”5

Y, sin embargo, podría decirse que esta unidad no es fija, ya que, para producir un único y mismo objeto, será necesario, de acuerdo con la perfección de las manufacturas ( es decir, de acuerdo con la división del trabajo que se haya instituido) , un trabajo más o menos largo. Pero, a decir verdad, lo que ha cambiado no es el trabajo en sí mismo, es la relación del trabajo con la producción de que es susceptible. El trabajo, entendido como jornada, pena y fatiga, es un numerador fijo: lo único capaz de variaciones es el denominador (el número de objetos producidos). Un obrero que tuviera que hacer solo las dieciocho operaciones distintas que son necesarias para la fabricación de un alfiler, sin duda no produciría más de veinte en el curso de toda una jornada. Pero diez operarios que sólo tuvieran que realizar una o dos operaciones cada uno, podrían hacer entre ellos más de cuarenta y ocho mil alfileres en una jornada; y si consideramos que cada obrero hace una décima parte de este producto, puede decirse que hace cuatro mil ochocientos alfileres por jornada.6 La fuerza productora del trabajo se ha multiplicado; en una misma unidad (la jornada de un asalariado), los objetos fabricados han aumentado; en consecuencia, su valor de cambio va a bajar, es decir, que cada uno de ellos no podrá comprar a su vez más que una cantidad de trabajo proporcionalmente menor. El trabajo no ha disminuido con relación a las cosas; son las cosas las que, por así decirlo, se han reducido con relación a la unidad de trabajo.

Es verdad que se hacen cambios porque se tienen necesidades; sin ellas, el comercio no existiría, ni tampoco el trabajo ni, sobre todo, esta división que lo hace más productivo. A la inversa, las necesidades, una vez satisfechas, son las que limitan el trabajo y su perfeccionamiento: “Así como la facultad de cambiar motiva la división en el trabajo, la amplitud de esta división se halla limitada por la extensión de aquella facultad o, dicho en otras palabras, por la extensión del mercado”.7 Las necesidades y el cambio de los productos que pueden responder a ellas son siempre el principio de la economía: son el primer motor de ella y la circunscriben; el trabajo y la división que lo organiza no son más que efectos. Pero, en el interior del cambio, en el orden de las equivalencias, la medida que establece las igualdades y las diferencias tiene una naturaleza distinta a la de la necesidad. No está ligada al mero deseo de los individuos, ni es modificada por él y variable como él. Es una medida absoluta, si por ello se entiende que no depende del corazón de los hombres o de su apetito; se les impone desde el exterior: es su tiempo y es su pena. En relación con los análisis de sus predecesores, el de Adam Smith representa un viraje esencial: distingue entre la razón del cambio y la medida de lo cambiable, entre la naturaleza de lo que se cambia y las unidades que permiten su descomposición. Se cambia porque se tiene una necesidad y justo los objetos que se necesitan, pero el orden de los cambios, su jerarquía y las diferencias que allí se manifiestan son establecidos por las unidades de trabajo depositadas en los objetos en cuestión. Si, con respecto a la experiencia de los hombres al nivel de lo que habrá de llamarse la sicología, lo que cambian es lo que les es “indispensable, conveniente o agradable”, para el economista lo que circula, bajo la forma de cosas, es el trabajo. No se trata ya de objetos necesarios que se representen unos a otros, sino del tiempo y de la pena, transformados, ocultos, olvidados.



Este viraje tiene una gran importancia. Es verdad que Adam Smith analiza aún, como sus predecesores, este campo de positividad que el siglo XVIII llamó “las riquezas”; y con este término también él entendía los objetos de la necesidad así, pues, los objetos de una cierta forma de representación representándose a sí mismos en los movimientos y procesos del cambio. Pero en el interior de esta duplicación y para dar la ley, las unidades y las medidas del cambio, formula un principio de orden irreductible al análisis de la representación: saca a luz el trabajo, es decir, la pena y el tiempo, esta jornada que recorta y usa a la vez la vida de un hombre. La equivalencia de los objetos del deseo no se establece ya por mediación de otros objetos y de otros deseos, sino por un paso a lo que les es radicalmente heterogéneo; si existe un orden en las riquezas, si esto puede comprar aquello, si el oro vale dos veces más que la plata, no es ya porque los hombres tengan deseos comparables; no es porque a través de sus cuerpos experimentan la misma hambre o porque el corazón de todos obedezca a los mismos prestigios; es porque todos están sometidos al tiempo, a la pena, a la fatiga y, llegado el límite, a la muerte misma. Los hombres intercambian porque experimentan necesidades y deseos; pero pueden cambiar y ordenar estos cambios porque están sometidos al tiempo ya la gran fatalidad externa. Por lo que respecta a la fecundidad de este trabajo, no se debe tanto a la habilidad personal o al cálculo de los intereses; se funda en condiciones que también son exteriores a su representación: progreso de la industria, aumento de la división de tareas, acumulación del capital, partición del trabajo productivo y del improductivo. Vemos así cómo, con Adam Smith, la reflexión sobre las riquezas empieza a desbordar el espacio que se le había asignado en la época clásica; se la alojaba entonces en el interior de la “ideología” del análisis de la representación; desde ahora se refiere como de paso a dos dominios que escapaban, tanto uno como otro, a las formas ya las leyes de la descomposición de las ideas: por una parte, apunta ya hacia una antropología que pone en duda la esencia del hombre ( su finitud, su relación con el tiempo, la inminencia de la muerte) y el objeto en el que invierte las jornadas de su tiempo y de su pena sin poder reconocer en él el objeto de su necesidad inmediata; y por la otra, indica a{m en el vacío la posibilidad de una economía política que no tendría ya por objeto el cambio de riquezas (y el juego de representaciones que la fundamenta), sino su producción real: forma, de trabajo y de capital. Se comprende cómo, entre estas positividades formadas nuevamente -una antropología que habla de un hombre convertido en extraño para sí mismo y una economía que habla de mecanismos exteriores a la conciencia humana- la Ideología o el Análisis de las representaciones se reducirá, muy pronto, a no ser más que una psicología, en tanto que frente a ella y en contra de ella se abre y la domina con toda su altura la dimensión de una historia posible. A partir de Smith, el tiempo de la economía no será ya aquel, cíclico, de los empobrecimientos y los enriquecimientos; tampoco será el aumento lineal de políticas hábiles que, al aumentar de continuo ligeramente las especies en circulación aceleran la producción con una rapidez mayor que la elevación de los precios; será el tiempo interior de una organización que crece de acuerdo con su propia necesidad y se desarrolla de acuerdo con leyes autóctonas el tiempo del capital y del régimen de producción.
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