Las implicancias de la génesis Michel Espagne



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Las implicancias de la génesis
Michel Espagne

La librería Autrement dit, situada aproximadamente en el punto de intersección del boulevard Saint-Michel y de la calle Gay-Lussac, en el corazón del Barrio Latino y por lo tanto en el corazón de aquello que se ha dado en llamar las modas parisinas, adopta un tipo singular de presentación de los libros nuevos. Si la vitrina ofrece siempre a la mirada un ejemplar de la obra, ella está sobre todo ocupada por facsímiles de manuscritos y borradores que corresponden al texto expuesto. La obra debe en adelante producir la prueba de su historicidad material, excusarse por su aspecto tipográfico acabado, pura contingencia en el flujo de una escritura donde la multiplicidad de variantes testimonia hesitaciones dominadas. La génesis está de moda, todas las ramas de las ciencias humanas sondean sus textos de referencia. Hace ya mucho tiempo que el psicoanálisis con Jean-Bellemin Noël o la sociología con Claude Duchet han pisado la tierra desconocida de los borradores ¿Acaso no vemos la poética estructural hacer irrupción con el reciente trabajo de Gérard Genette, Palimpsestes? No hay nada de sorprendente en que el órgano de lingüistas, Langages, consagre en 1983 un número especial a la producción lingüística en los manuscritos. Pero ¿por qué la epistemología viene con Michel Serres a dar un halo metafísico a la noción de génesis? Las recientes ediciones de bolsillo tienen en cuenta las variantes manuscritas y las pocas revistas que las ignoran toman un perfume de arcaísmo. ¿Acaso existe una exposición de pintura que no haga la autopsia de algún cuadro y no descifre sus fases de elaboración?

Pero, de hecho, ¿qué es una moda? Y si la definimos como una novedad obligada, un signo de reconocimiento superficial que disimula mal el conformismo de un grupo social, ¿por qué la génesis, cuyo lugar de paso es siempre el desciframiento de manuscritos poco atractivos, estaría a la moda? ¿O será que es necesario separar la cizaña del trigo, oponer un verdadero método genético a los usos abusivos? La pregunta nos parece, en efecto, mal formulada. La moda puede tener valor de síntoma, ser el signo de una conmoción más profunda en las representaciones que orientan el campo de las ciencias humanas. Se trata, precisamente, de despejar algunas de estas implicancias latentes.

La escritura como provocación del escrito

La teoría de la producción intelectual a través de los manuscritos no puede sino ir al encuentro de tendencias actualmente tradicionales en la crítica de los textos. Es particularmente flagrante el divorcio con la estética de la recepción que se desarrolló en Alemania a partir del artículo canónico de H.R. Jauss “L’histoire littéraire provocation de la critique littéraire” (Literaturgeschichte als Provokation der Literaturwissenschaft, Konstanz, 1967). La representación de la obra como apertura total y puro producto de consumo ignora a la vez las condiciones de la génesis de un texto y su valor de impacto, su intencionalidad. Para la teoría de la recepción las potencialidades de sentido de una obra son actualizadas en función de horizontes de expectativa diferentes para los lectores sucesivos, que confieren a la obra su historicidad. ¿Pero cómo se mide esta recepción? Sobre este punto H.R. Jauss ha sido siempre muy discreto. Mientras que sus continuadores tienden a componer compendios de lecturas-testimonios, incluso a librarse a análisis estadísticos de la prensa que se basan en un esquematismo a menudo grosero, él mismo se complace en observar cómo cierto gran hombre de la historia literaria responde a otro, cómo el Faust de Goethe entra en una relación pregunta-respuesta con el de Valéry. A la estética de la recepción le falta un modo riguroso de aprehensión de la lectura.

La crítica genética realiza aquello que la estética de la recepción se contenta con prometer. La génesis es la verdad de la lectura. En efecto, si un presupuesto de la recepción es que cada lector recrea prácticamente la obra, es importante observar esta recreación cuando no es solamente metafórica, sino que puede verificarse en un lector que toma nota para escribir él mismo, o en un lector que relee su antigua obra antes de escribir. El estudio genético se propone como objetivo estudiar cómo un lector lee textos extranjeros y, sobre todo, sus textos antiguos en función de condiciones históricas siempre transformadas y de una intención de comunicación. Observar, por ejemplo, la manera en la cual Henri Heine relee sus artículos de la Gazette d’Augsbourg para componer la recopilación de Lutece, es analizar una lectura en el único lugar donde ella es verdaderamente verificable, en el mismo proceso de escritura. Esta recuperación es el verdadero desarrollo de un potencial de sentido. La escritura de un texto no se produce, en efecto, ex nihilo, sino que constituye frecuentemente el resultado de un metabolismo textual que se observa en los borradores. La lectura realizada por Wincklemann de los autores antiguos que desemboca principalmente en la Histoire de l’art dans l’antiquité está atestada por sus innumerables notas conservadas en la Biblioteca Nacional. Los cuadernos de estudio de Marx, conservados en Amsterdam, testimonian de sus lecturas económicas que, retrabajadas en las pruebas de los Grundisse, conducen a la redacción de El capital. Las numerosas notas de Walter Benjamin sobre París editadas bajo el título demasiado ambicioso de Passagenwerk son la sustancia misma de un libro abortado sobre Baudelaire cuyos planes han sido recientemente descubiertos. El recorte de fragmentos, sus múltiples transposiciones, son a la vez los únicos documentos que permiten analizar verdaderamente una lectura, como también la parte integrante de un proceso de producción. Los recientes análisis realizados por A. Schone sobre los manuscritos de ciertos poemas de Goethe, y no de pocos1, muestran a la inversa que la recepción de un texto, en tanto desconoce su producción, lejos de desarrollar un potencial de sentido, puede constituir la paráfrasis infinita de un sinsentido.

El análisis de la producción de un texto a través de sus manuscritos, por otro lado, hace intervenir en la teoría literaria una noción que está lejos de ser universalmente aceptada cuando se reseñan las implicancias, por fuera del ghetto de la pura filología: la noción de historia del texto. Haciendo intervenir esta noción la genética se opone directamente en Francia a los múltiples avatares del estructuralismo. Los materiales que han servido a la elaboración de un texto se analizan en una cronología que, en sí misma, se inserta en una historia global de la cual es uno de los elementos. Estamos así obligados a considerar que el tiempo en el curso del cual se escalonan las fases de redacción de Atta Troll de Heine no es otro que el tiempo de la monarquía de Julio, puesto que es más difícil negar la coincidencia de dos textos que la de un tiempo y de un arquetipo textual. Así como ningún instante en el continuum temporal tiene valor absoluto, ningún momento en la historia del texto puede ser considerado como el equilibrio absoluto en relación al cual las hesitaciones anteriores y posteriores no serían más que actos fallidos. Y si el pasado de cierta obra consiste en el acercamiento progresivo de fragmentos heterogéneos, la noción misma de texto, que implica en rigor una estructura cerrada sobre sí misma, pierde su validez. Ya no hay más que una corriente de escritura cuya temporalidad no es otra que el tiempo histórico general y cuyas interrupciones, aun bajo la forma de publicaciones autorizadas por el autor en vida, no están exentas de una porción de arbitrariedad. Dimensionamos así hasta qué punto la introducción de los manuscritos en el campo de los estudios literarios y filosóficos constituye una provocación para el fetichismo de la estructura no histórica del texto, cerrado sobre sí mismo a fuerza de temer a su reflejo. La penetración forzada de la historia en el campo de predilección de un pensamiento que por sus premisas resulta incapaz de aprehenderla, desemboca, cuando las formas de rechazo han sido agotadas, en tentativas de neutralización y asimilación cuya medida está dada por la evolución reciente de la retórica y la poética.

El fenómeno amerita que nos detengamos un instante, dado que se trata de una verdadera retractación pública del estructuralismo.

Si tomamos, por ejemplo, la obra de G.Genette Palimpsestes (París, 1982) observamos desde el título una tentativa de tener en cuenta los estratos sucesivos de una obra negando el tiempo: la imagen del codex palimpsesto reconcilia la pluralidad de niveles y la ausencia de una tercera dimensión. En lugar de sondear una profundidad, podemos contentarnos con rascar una superficie. A ese título corresponde un esfuerzo por encerrar las diferencias de nivel en una retórica específica que expulsa de sí la temporalidad. La noción de “escisión” o de “concisión” de un “hipotexto” en un “hipertexto”2 no dice nada ni del proceso de escritura ni de su sentido; ella designa simplemente sobre el modo de invocación la red tranquilizadora de signos que constituye el texto, refugio que jamás ha sido abandonado. Es, por cierto, característico que el paradigma al cual están subsumidos los manuscritos sea el de la parodia, forma de literatura en segundo grado donde dos niveles deben ser, por definición, confundidos. Los múltiples neologismos formados a partir del prefijo “trans” disimulan penosamente la paradoja de una sucesión sin temporalidad, pero no basta con bautizar “transdiegetización3” al deslizamiento del horizonte histórico para suprimir en él todas las implicancias. Sin reconocer abiertamente que los manuscritos confieren al texto una historia y que esta historia es la historia a secas, G. Genette expresa desde el comienzo de su libro las dificultades que encuentran los a priori estructuralistas:

El objeto de la poética, decía yo en cierto modo, no es el texto, considerado en su singularidad (este es más bien el asunto de la crítica) sino el architexto, o si se prefiere la architextualidad del texto (como se dice, y es un poco la misma cosa, la “literariedad de la literatura”) es decir el conjunto de categorías generales o trascendentes –tipos de discursos, modos de enunciación, géneros literarios, etc.- que identifica cada texto singular. Yo diría más bien hoy, más extensamente, que este objeto es la transtextualidad, o trascendencia textual del texto, que había definido ya, groseramente, como ese todo que lo pone en relación, manifiesta o secreta, con otros textos. La transtextualidad supera, entonces, e incluye la architextualidad[…]4.
¿Paralelismo azaroso? Si la crisis de Saussure y su silencio se explican por la angustia frente a la fractura binaria del signo, donde el significante reenvía eternamente al significado sin que jamás la relación de la lengua con la realidad pueda ser elucidada5, se tiene la sensación de que la introducción de los manuscritos en la teoría literaria podría posiblemente provocar una crisis semejante en sus lejanos herederos.

Un efecto boomerang

Pero ¿por qué, se objetará, querer dar a los manuscritos un lugar fundamental en los estudios literarios y en las ciencias humanas si tienen su dominio propio, el de las ediciones críticas y más particularmente el de las ediciones histórico-críticas alemanas donde las variantes son exhaustivamente inventariadas? Es cierto que el nacimiento de un interés por los manuscritos modernos, contemporáneos de la obra de filólogos medievalistas como Lachmann y enraizados en el renacimiento del sentimiento nacional, se expresa en las primeras grandes ediciones de autores modernos, entre las cuales conviene citar, desde el siglo XIX, la edición de Herder por Suphan o bien, para la primera mitad del siglo XX, la monumental edición de Jean-Paul Richter por E. Berend. Estas ediciones no se interesaban aún demasiado por los borradores, poco susceptibles de ayudar a restaurar el texto en su pureza definitiva, y los cuadernos de vocabulario de Jean-Paul descansan todavía en la Staatsbibliothek de Berlín. Una nueva etapa es superada con la edición de Hölderlin por Fr. Beissner donde son registradas todas las variantes de génesis en un cuadro cronológico que por momentos violenta la realidad de los manuscritos y cuyo propósito es el de retrazar un proceso de perfeccionamiento que es abolido en el resultado final. Beissner reproduce la racionalidad de un sistema industrial donde la complejidad del material en bruto se transforma en simplicidad del producto acabado6. Se trata, ante todo, de neutralizar la abundancia de los manuscritos poniéndolos al servicio del arquetipo textual. Las ediciones críticas cuyo objeto es, presuntamente, el manuscrito de trabajo, son en efecto su cementerio. La desproporción entre los aparatos cada vez más sobrecargados y desbordados de siglas múltiples y el texto cuya validez garantizan, roza el absurdo dado que los únicos lectores concernidos, los especialistas del autor, se encuentran en la incapacidad de reconstruir alguna página manuscrita o fase de trabajo intermediario como no sea a partir del aparato que les es suministrado.

En las antípodas de la edición de Hölderlin por Fd. Beissner, la edición llamada de Francfort de Hölderlin por E. Sattler7 esgrime el manuscrito presentado bajo la única forma fiel, la del facsímil; una transcripción diplomática vuelve su lectura más cómoda, y si E. Sattler propone correctamente un texto, este no reivindica ninguna autoridad especial. Entre el texto que no compromete más que al individuo Sattler y la fotocopia de manuscrito donde por primera vez pueden ser tenidas en cuenta las menores particularidades del grafismo hölderliniano se abre por primera vez el campo a un estudio de la escritura de Hölderlin. La nueva comprensión de los textos fundada sobre la lectura de las variantes, impide que estos sean presentados bajo una forma falsamente objetiva. La perspectiva del editor y la del exégeta tienden a identificarse. El estudio genético se sitúa entonces en las antípodas de los registros teleológicos de las variantes. La teleología es una suerte de mala fe de la genética, puesto que mantiene los ojos fijos sobre el arquetipo en el cual aspira a abolirse al término de un mejoramiento continuo. Así sería totalmente errado ver un parentesco cualquiera entre los stemmas, que presentan bajo la forma de un árbol invertido la relación entre diversos manuscritos antiguos o medievales con el afán de aproximarse al máximo a un original perdido, y la genética que se interesa ante todo por la distancia. Observamos, por otra parte, el cuestionamiento por parte de los medievalistas, sobre la base de los manuscritos modernos, de su propia tradición. Este efecto boomerang del stemma sobre sí mismo ¿se concretará por una presentación simultánea de las variantes virtuales8? Lo cierto es que, para la genética, se trata de observar lo que sucede antes del texto impreso, sin justificar o interpretar esta incertidumbre permanente que es la escritura elaborándose por el conocimiento de un estadio final alcanzado a posteriori.

La interpretación genética de Kafka, que sustenta la nueva tentativa de edición y ha sido principalmente desarrollada desde hace algunos años por uno de los coeditores, Gerhard Neumann, reposa precisamente sobre la incompatibilidad fundamental de la génesis y de la teleología9. El manuscrito de las nouvelles de Kafka muestra una corriente de escritura continua, muy trabajada y con ramificaciones múltiples de las cuales las nouvelles no son más que una segmentación provisoria, frecuentemente cuestionada por el mismo Kafka, cuando ellas no provienen de un juicio póstumo implícitamente solicitado a su amigo Max Brod10. Esta ruptura entre una tendencia a perderse en el curso anónimo de la escritura y el deseo de dominar esta pretendida subjetividad para ser reconocido, presentando al público una obra, define según G. Neumann el concepto moderno de autor. Si desde el punto de vista de la edición podemos esperar dar cuenta de esta dicotomía presentando por un lado la transcripción diplomática de la corriente de escritura, y por otro la obra exteriorizada en su segmentación, es muy evidente que no podemos reducir las variantes a una suerte de preparación de la obra y que la comprensión de los textos de Kafka exige que tengamos en cuenta la corriente de escritura en tanto tal. Entre la obra editada por Brod o el mismo Kafka y la escritura se abre un hiato que excluye la teleología y constituye el objeto mismo del escritor.



¿Una moda o una ascesis?

El parentesco de los estudios genéticos con una de las disciplinas más rigurosas de las ciencias humanas, la presentación de las variantes en las ediciones críticas, conduce a interrogarse sobre el estatus de una moda que por lo novedoso de las metáforas que pone en juego -el flujo, el crecimiento- ejerce una fascinación certera pero se presenta, para quien pasa de las metáforas a los métodos, como un ascesis intelectual. En una de sus últimas obras (Genèse, París, 1982), donde el lirismo de las imágenes marinas lleva por momentos a la intención epistemológica, Michel Serres se esfuerza por dar a ver el caos original anterior a las formas, el torbellino primero que las genera. El término del francés antiguo noise, cuya doble acepción de ruido y de furia se ha distinguido en francés y en inglés puede, si es que se recusan los dos sentidos, expresar la amenaza irracional o pre-racional del desorden que genera el orden, del ruido de fondo del que nace el silencio de los sistemas:

El ruido de fondo existe en el fondo de nuestra percepción sin ninguna interrupción es nuestro alimento perenne, es el aire del programa informático. Es el residuo, la cloaca de nuestros mensajes. No hay vida sin calor, no hay materia ni aún calor sin aire así como no hay logos sin ruido. El ruido es el aire del informático, o es al logos lo que en otro tiempo la materia era a la forma. El ruido es el fondo de la información, la materia de esta forma11.

Ese caos cuya presión transforma inexorablemente las combinatorias más sutiles en proceso12, ese fluyo múltiple que atraviesa y transforma todos lo códigos y todos los sistemas esconde en sí mismo el conjunto de cosas posibles que el filósofo, “guardián de las semillas”, debe preservar contra la esterilidad del viejo racionalismo, “cemento del mundo". Numerosos aspectos del pensamiento de Michel Serres no habrían, sin duda, sorprendido mucho a Jakob Bhöme o Franz von Baader. Pero el contenido de Genèse vale también como un síntoma. En un universo de las ciencias humanas donde dominaban las configuraciones estables, la penetración del devenir no puede ya ser detenida sino que se impone bajo la forma de un desorden mayor, incluso de un cataclismo. Las categorías de pensamiento dominantes son apenas aptas para aprehender el movimiento, siempre rodeado, por este hecho, de un halo de irracionalidad. Las fases de existencia anteriores de todas las formas intelectuales suscitan a la vez una angustia difusa y un interés apasionado que viene quizás a sostener el desarrollo de las ciencias biológicas. Pero vestir una impresión justa de un nuevo lirismo presocrático o querer pensarla en una inmediatez heideggeriana, hacer intervenir las turbulencias estelares de la génesis bíblica, es designar un problema más que resolverlo. Al menos la evocación lírica de una angustia no debería mudar en método y Michel Serres entra en contradicción consigo mismo cuando, queriendo oponer la noción de obra a las nociones que la atraviesan, opone lo inesencial de la obra a lo esencial de la obra maestra: “la obra maestra es desconocida, sólo la obra es cognoscible. El maestro es la cabeza, el capital, la reserva, el stock y la fuente, el comienzo, la abundancia. Está en los intersticios intermediarios entre las manifestaciones de la obra13”. Aun adornada con los prestigios de la etimología y transformada en matriz universal de las obras, la noción de obra maestra conduce siempre a una estructura inmóvil de la obra hipostasiada en arquetipo ¿El devenir habría sido introducido para encontrarse tan tempranamente relegado en un lejano reservorio original o trascendente de todos los arquetipos?



Si bien las modas no son más que una fantasmagoría, un eterno retorno de lo nuevo, ellas cumplen una función de señales y reflejan fenómenos latentes. A la génesis como goce angustiado de lo irracional sobre el fondo de la capilla Sixtina se opone una tentativa de introducir en las ciencias de los textos y entonces, virtualmente, en el conjunto de las ciencias humanas, métodos particularmente rigurosos con frencuencia tomados del arsenal de las ciencias exactas. El pionero de esta crítica, cuyos ecos y avatares, a menudo muy seductores, han casi disimulado la explosión inicial, ha sido ciertamente Louis Hay. A él debemos el haber introducido en el campo de las investigaciones científicas un objeto hasta entonces casi desconocido, el manuscrito o, más precisamente, el borrador literario; haber definido las primeras perspectivas metodológicas para abordar este nuevo objeto; en fin, haber impulsado, desde hace quince años, las investigaciones más diversas sobre los manuscritos. Renunciando a fijar de entrada un cuadro teórico, él contribuía a diversificar y a unificar las perspectivas que designamos bajo el término global de crítica genética. A fines de los ‘60, mientras que Hans Robert Jauss desde la Universidad de Constance inscribía la crítica alemana en la vía de la estética de la recepción por más de un decenio, y que en Francia la nueva crítica se encerraba en la clausura del texto, Louis Hay facilitaba la adquisición por la Biblioteca Nacional del rico fondo de manuscritos de Heine conservado por el banquero israelí Salman Schocken. Se daba así la oportunidad de otorgar al manuscrito su valor de objeto, de producto material de una actividad humana. Los borradores de Heine debían ser paginados, clasificados según las fases de redacción, reagrupados en cuadernos, etc. Pero al mismo tiempo en que se desarrollaban las técnicas auxiliares, como el análisis material de las fibras del papel, los registros de las filigranas, el análisis óptico de los trazos, las técnicas de laboratorio que no tenían nada de específicamente heiniano y no debían nada a las ciencias humanas, conmocionaban más y más manifiestamente las representaciones existentes sobre la producción de un texto14. Negándose a sí mismos por un rigor intelectual autodestructivo obstinadamente aferrado a un objeto despreciado, los estudios literarios actualizaban progresivamente una “tercera dimensión de la literatura”15, diseñándose el proceso de producción de las obras a través de un análisis de los manuscritos. La historia cultural se procuraba los medios de seguir los procesos sociales mediante el prisma de la conciencia que los aprehende. Esta “tercera dimensión de la literatura” –más generalmente una tercera dimensión de todas las ciencias humanas fundadas en lo escrito- sustituye el estudio de las relaciones entre los elementos estables de un sistema por el estudio de las diferencias entre estadios también fluctuantes. Pero esta perspectiva, que exige un trabajo particularmente árido, renovaba en efecto el conjunto de los conocimientos sobre un texto. Louis Hay escribía:

Este método nos confronta con los elementos familiares a toda reflexión crítica: las palabras, los temas, las estructuras. Pero el manuscrito los presenta en el flujo de la escritura y los ilumina de este modo con una luz nueva. Las palabras surgen al término de una elección que a veces les confiere resonancias imprevistas, los temas fundamentales se desprenden por su fijeza en el fondo de variaciones con las que se envuelven los temas adventicios, las estructuras se ponen en movimiento y se articulan alrededor de pivotes que ya no aparecen en el texto acabado. Los enigmas que este nos presenta pueden así hallar una respuesta en el manuscrito, del mismo modo que este puede hacer surgir otras preguntas, que el texto final no habría permitido vislumbrar16.

Frente a la angustia metafísica del caos original que hace ceder las estructuras en un estruendo bíblico, Louis Hay prefiere el análisis riguroso de una realidad ciertamente abundante, pero donde es posible, operando acercamientos sorprendentes en una historia literaria que parcela, esperar extraer los principios de una teoría general de la producción de los textos17. La innegable popularidad de la que goza la crítica genética, por cuanto permite percibir tensiones latentes en el orden de las ciencias humanas, nos remite a un esfuerzo ascético por arrancar los secretos a trazos apenas legibles sobre los papeles consumidos.

El llamado de la génesis

En Pour une théorie de la production littéraire (París, 1966) Pierre Macherey escribía : « El libro no se edifica en el prolongamiento de un sentido, sino a partir de la incompatibilidad de muchos sentidos, que es también el lazo más sólido por el cual se vincula con la realidad, en una confrontación tendida y siempre renovada18.” Sin embargo, los manuscritos constituyen el testimonio casi arqueológico del recorrido de un autor a través de los conflictos constitutivos del sentido del texto. Aparentando sumergir al intérprete en la inmanencia del texto, ellos remiten a la confrontación del texto y de su afuera. El conjunto de teorías de la mente a menudo muy espinozianas que tratan de identificar el estudio de las ideas con el estudio de su producción pero otorgan a este término de producción un valor abstracto, extraño al gesto de la mano corriendo sobre el papel, encuentran una concretización en el análisis de las producciones intelectuales a través de la escritura. Karl Mannheim, en su Sociologie du savoir, define el modo de interpretación sociológico como el más pertinente, dado que se caracteriza por una puesta en perspectiva de las constelaciones intelectuales y su funcionamiento en relación con una esfera de referencia, un ens realissimum19. Este vínculo de las ideas con una situación específica de los autores o usuarios se modifica permanentemente: “La historia de las ideas no puede satisfacer el proyecto que ella misma se ha fijado –analizar la historia del pensamiento en una evolución sistemática- sino a fuerza de ser completada con un análisis histórico de las perspectivas de sistematización tomadas en su sucesión dinámica20.” En suma, Mannheim propone reemplazar una historia de las ideas o de los saberes por una historia de las perspectivas material y existencialmente definidas que han suscitado su emergencia. Según un principio que se remonta a Vico, no se conoce aquello que se ha producido o reproducido. Sin embargo, la sociología del saber de Mannheim, como la mayoría de las teorías de la producción intelectual existentes, conlleva una grave laguna: la relación entre las condiciones y la idea está planteada inmediatamente, en una síntesis abusiva, cuando en verdad es el resultado de un trabajo de escritura muy complejo. Asociada al relativismo de Mannheim, subsidiario de una búsqueda de la “pertenencia” práctica21 de los sistemas intelectuales, la genética deviene crítica de la ideología.

La moda de la génesis que atraviesa todas las ciencias humanas es el signo de un cambio radical que resulta especialmente del efecto de atracción, diríamos casi de aspiración, producido por el despliegue histórico del texto. Las teorías de la producción intelectual son, lo hemos visto, inmediatamente confirmadas por la intervención de los borradores. Pero la lingüística es interpelada en sí misma por este nuevo objeto. ¿Cómo las investigaciones sobre la enunciación podrían por ejemplo, de ahora en más, evitar estos principios de capítulo donde a través de un verdadero balbuceo gráfico un autor se esfuerza por comenzar? La enunciación siempre ya enunciada, verdadero arquetipo de lo incognoscible según Todorov,

aparece frecuentemente bajo un sol diferente, verdadero porque nada, ni siquiera los manuscritos, podría revelar el cómo, el porqué, en fin, el verdadero origen de una escritura. Falso porque “lo incognoscible” pierde su poder absoluto desde el momento en que la mirada voyeurista posada sobre el manuscrito retira una parte del velo y descubre subrepticiamente los fragmentos de una enunciación in statu nascendi22



¿Cómo separar una especulación sobre la emergencia del tiempo lingüístico del análisis de los cambios temporales en el comienzo de los borradores de la Recherche du temps perdu? Pero si es necesario integrar en las investigaciones lingüísticas los datos de los borradores, esto no puede efectuarse sino al término de un análisis cognitivo de la lectura lingüística del manuscrito. ¿Qué es para un lingüista leer un borrador23? El objeto nuevo amenaza con poner en cuestión la disciplina que lo aborda. Porque la lingüística está tan despojada como las otras disciplinas ante la abundancia que caracteriza un manuscrito de trabajo pero, más preocupada por un formalismo riguroso, ella se ubica en la medida en que utiliza la herramienta informática. La búsqueda de modelos formales susceptibles de registrar, almacenar e interrogar con todo rigor la abundancia del borrador proviene directamente de la atracción que ejerce la génesis. El obstáculo para una difusión más extensa de la genética entre los lingüistas parece hasta ahora haber residido en la “literariedad” de los textos de los que se han conservado los borradores. ¿Por qué la enunciación en Proust o en Heine sería más significativa que en cualquier otro? Pero esta exclusión parece haber suscitado la pregunta inversa que abre más ampliamente la genética a los estudios lingüísticos: ¿por qué los grandes autores que son ciertamente garantes de la identidad de una lengua no merecerían el modesto status de locutor competente?

De la génesis a la etiología no hay más que un paso y la imagen de la profundidad del texto invita a situar allí el inconsciente. No obstante, un estudio de la elaboración de las ideas a través de los manuscritos debe diferenciarse del psicoanálisis aplicado a la literatura, del textanálisis. Ciertamente, J. Bellemin-Noel posee el mérito de haber sido el primero en utilizar los manuscritos a los fines de un análisis literario, llegando a comenzar su trabajo Le texte et l’avant-texte (París, 1972) mediante la fórmula programática “La literatura comienza con la tachadura”. Él ha contribuido extensamente a forjar una terminología del estudio de los borradores, y es cierto que la oposición de lo consciente y lo inconsciente proporciona una metáfora cómoda para percibir las relaciones del texto y los manuscritos de trabajo. “La lectura interpretativa que aspira a percibir el murmullo del inconsciente en los agujeros, los giros y los desvíos del texto “evidente” resulta ser la mejor posicionada para sacar provecho de la conjunción del texto y del pre-texto24”. Pero además de que el trabajo con los borradores está lejos de ser siempre inconsciente, el psicoanálisis tiende a dar a las metáforas un valor de epistemología, transponiendo arbitrariamente al análisis de manuscritos la imagen de la cura psicoanalítica. El empeño en determinar que el texto no es su autor no hace más que subrayar las posibilidades de confusión. El deslizamiento perpetuo y necesario entre el sujeto que produce el texto y el sujeto en el texto desemboca en una hipertrofia del momento subjetivo en la escritura que hace poco caso de su historicidad–frecuentemente, admitámoslo, una historicidad de las formas de desear- y a menudo transpone la identificación tradicional del texto y del autor. Si el juego de las connotaciones o la gratuidad de las búsquedas de anagramas expresan en definitiva los fantasmas del lector, el número limitado de los estereotipos psicoanalíticos a los que remiten esos fantasmas tiende a dar una explicación mecanicista de las supresiones, de los inflamientos o de todas las modificaciones que jalonan la génesis. En conclusión, la perspectiva psicoanalítica de los borradores sacraliza paradójicamente el texto final en la medida en que este es portador, en adelante, de un no-dicho esencial. Este no-dicho presente-ausente es el garante de una autenticidad en la cual percibimos que el “Ursprung” heideggeriano se yuxtapone fácilmente con el inconsciente freudiano. Así como la autenticidad del ser no altera jamás la autenticidad del ente, el textanálisis no pone nunca en cuestión la validez del texto final. Por el contrario, más bien evita el análisis de los manuscritos, y de manera muy característica el reciente estudio de J. Bellemin-Noël Vers l’inconscient du texte (París, 1979) los ignora. ¿Qué habrían aportado a la genética las perspectivas psicoanalíticas que de Reich a Marcuse pasando por Ferenczi o Fromm han postulado la socialidad del inconsciente? Resulta difícil decirlo dado que la pregunta parece no haber sido jamás formulada.

Como podemos ver, el efecto de atracción que ejerce la genética puede a veces apoyarse sobre frágiles metáforas. El injerto que se produce en todas las direcciones no es necesariamente viable. Sin embargo, este efecto es una de las implicancias más importantes de la génesis y es también objeto de un escándalo latente. Ya que finalmente, la etnología, la arqueología, la sociología empírica, manifiestan actualmente pocas aptitudes, a pesar del reconocimiento institucional del que gozan, para generar perspectivas teóricas universales. Y es de los estudios literarios, condenados por muchas instancias científicas oficiales a un insondable desprecio, y peor aún, de la parte más notoriamente polvorienta de los estudios literarios, del análisis de variantes, que nace una ola de fondo que cuestiona todas las situaciones conseguidas: la moda ama los escándalos.



Los horizontes de un método

El tratamiento estrictamente filológico de los manuscritos en vistas de la constitución de una edición crítica es tradicionalmente considerado como el dominio de un formalismo cuyas discusiones bizantinas sobre el mejor aparato posible son su expresión y que ignora extraordinariamente el enraizamiento del devenir textual en un devenir social global. Ahora bien, si admitimos realmente las consecuencias de una historicidad interna del texto-estructura, la alternativa de un texto-reflejo o de un texto totalmente ajeno al mundo circundante se desplaza por completo, dado que la distancia que separa dos fases de elaboración es del mismo orden que la que separa dos eventos sucesivos. Desembocamos así en una perspectiva singular que podríamos designar como una sociología del en sí del texto. En efecto, a medida que se multiplican las redes de sentido de las que se compone el texto, se vuelve cada vez menos necesario compararlo a un afuera a menudo inconmensurable y el problema se desplaza hacia el interior del texto, hacia las múltiples relaciones entre sus diversos estratos. Podemos decir también que la distinción entre interior y exterior se desdibuja en la medida en que las relaciones internas entre los niveles de redacción son el residuo de un debate con los movimientos ideológicos contemporáneos. Al devolverle al texto su dimensión de objeto histórico observamos su interpenetración con su referente exterior. El texto no corre ya el riesgo de ser confundido con un reflejo sino que, mejor dicho, constituiría una analogía en el sentido escolástico de participación en el ser que conlleva ese término. No estamos ya frente una estructura congelada que confronta con un flujo histórico, sino ante dos realidades consustanciales. Los manuscritos son así el lugar mismo de conflicto entre movimientos ideológicos, y hacer de eso un objeto de estudio implica renunciar a los equilibrios armoniosos para encerrarse en una precariedad perpetua donde se elaboran los pensamientos nuevos. En los manuscritos coinciden corrientes ideológicas diversas y heteróclitas que no solamente tratan de alcanzar una síntesis original siempre amenazada sino que, sobre todo, determinan el desplazamiento que se opera entre dos fases de elaboración, las presiones que son el motor del texto en gestación.

Contrariamente a la extrema diversidad de los corpus de manuscritos, un método único o, más bien, perspectivas metodológicas congruentes tienden a afirmarse, matizando cada nuevo objeto un cierto punto de la metodología de aproximación. Como prueba de esta perspectiva metodológica única pero virtual, remarquemos la convergencia de algunos corpus heterogéneos, cuyo análisis preciso queda a veces por hacerse, y de principios generales. En diversos estudios consagrados a la génesis de los textos de Zola, Henri Mitterand pone en evidencia la presencia de un discurso colectivo en los manuscritos del novelista:

Un enunciado cualquiera reutiliza y encadena materiales en general no inéditos, en el sentido propio del término; ellos han sido hablados (o escritos) en otra parte, en otros tiempos y en otros lugares; han participado y continúan participando de un discurso múltiple, colectivo. […] Todo enunciado es un enunciado proyectado, proyección –al menos para una parte- de la cultura donde enraíza, es decir de un estereotipo previamente construido. Todo texto está sobredeterminado por modelos de pensamiento y figuras que forman su medio matricial.25


Ese prefabricado genético, de donde por una cadena de derivaciones va a emerger la novela l’Assommoir, no es otro que el artículo “obrero” en el diccionario Larousse del siglo XIX. Este artículo resume lo que H. Mitterand llama la “competencia” del autor Zola, conjunto de frases ideológica de base que son sometidas a un segundo elemento de la génesis, el “programa”, teoría explícita de la novela, representaciones formales, etc. La interferencia de esos elementos provoca cambios abruptos, especialmente al nivel del plan. Los manuscritos de Zola parecen invitar, a primera vista, a la reconstrucción de una génesis perfectamente lineal. ¿El autor no conservó ni transmitió sus documentos de trabajo, todas las fases de la composición y del plan? No obstante, el estudio genético, al poner esgrimir la noción de prefabricado tiende a romper esta linealidad que da un lugar privilegiado a la intención afirmada para ponerla casi en contradicción consigo misma al volverla ampliamente subsidiaria del medio matricial, al hacer intervenir sin reflejo el contexto ideológico en el texto. Aun en un autor cuya obra está tan excepcionalmente programada como la de Zola, la genética pone el acento sobre la ausencia de todo telos en el proceso concreto de escritura, sobre la manera en que los contenidos adquiridos subvierten las intenciones iniciales al punto de transformarlas permanentemente.

Lo posible reemplaza al telos. Y por posible no entendemos ese texto imaginario que completaría un fragmento y cuyos manuscritos validarían la reconstrucción, sino un modo de ser del texto mismo en su dinamismo. La noción de posible es uno de los puntos de anclaje teórico más o menos directamente expresados por todo método genético de acercamiento a los textos. Los manuscritos de l’Homme sans qualités de Robert Musil proporcionan con respecto a esto un ejemplo de las interacciones de la escritura y de la idea de posible, que se transforma él mismo en contenido. Musil no pudo jamás resolverse a terminar su novela, renunciando en 1938 a publicar una continuación provisoria ya concretada mediante pruebas. No obstante, los manuscritos –conservados en Viena y parcialmente publicados en la última versión Frisé de 1978- presentan una singular hipertrofia del tipo de borrador donde se elabora generalmente el cierre del texto, notas organizativas. Esas notas se caracterizan además por un sistema de siglas extremadamente complejo que cada una de las hojas reunidas remite al menos a otras tres o cuatro hojas, componiendo una vastísima red cuyo funcionamiento exacto queda por descifrar y que forma una estructura en perpetuo movimiento. Los usos del famoso “conjunctivus potentialis” se encadenan al interior de una misma nota organizativa, donde se trata de hacer funcionar un sistema de siglas aparentemente riguroso pero que sirve de argumento perpetuo a una fuga hacia afuera de la estructura en camino de ser elaborada. El empleo obsesivo del adverbio “eventualmente” otorga una concretización semántica a esta incertidumbre programada. En cuanto al acercamiento de fragmentos, que hace que algunas páginas parezcan desarrollos matemáticos y corresponde a un verdadero juego, conduce frecuentemente a ciertas aporías, a contradicciones que liberan a una estructura posible de la necesidad de constituirse en realidad. Si muchas hojas se titulan “Aufbau” (plan) porque tratan efectivamente de constituir un capítulo, o “Ideenblatt” porque bosquejan un reagrupamiento temático, esos son precisamente los lugares donde la fuerza cetrífuga del sistema de siglas está llevada a su paroxismo. Esos acercamientos sistemáticos en forma de fuga a menudo suscitan, por otra parte, hallazgos (“Einfälle”) calificados como tales y volcados en el sistema. Al poner nuevamente en cuestión el desarrollo lineal de una génesis, Musil tiene la impresión angustiada de sacudir las leyes mismas de la causalidad: “¿Podemos describir de manera unívoca un todo (un sistema) cuando cada elemento está en función de otros elementos26?” Las tesis sobre la causalidad del físico positivista E. Mach, en boga en la Austria de los años ’20, son también principios de la escritura de l’Homme sans qualités. La atención exacerbada puesta en el gesto de escritura y su inadecuación a todo determinismo causal hace del posible el sujeto mismo de la novela. El posible que se corresponde con rechazo del telos en los estudios de génesis contribuye evidentemente a socavar la representación del texto como sistema cerrado y las consecuencias de esta representación en la edición y las interpretaciones perfectizantes. Sin embargo, la genética no excluye toda forma de sistema. Pero aquello que era sistematicidad de un escrito deviene sistematicidad de una escritura, de un devenir. Un ejemplo de esta nueva sistematicidad donde la coherencia de una escritura se sustituye a la coherencia postulada –de hecho a la incoherencia- de un texto y de una filosofía, es proporcionado por los manuscritos encontrados en París del Passagenwerk27 de Walter Benjamin. Los cuadernos de estudio de Benjamin, seguidilla de fragmentos sobre el París del siglo XIX o de notas sobre la historia o la estética fueron consideradas, desde el momento en que Adorno entró en posesión de estos documentos hasta la edición de R. Tiedemann en 1981, como la suma filosófica adaptada a la situación de estallido propia del siglo XIX. Ese modelo supuesto ha influenciado extensamente las orientaciones teóricas de la Escuela de Francfort. No obstante, los planes parisinos de un libro sobre Baudelaire, superponiéndose al proyecto del Passagenwerk, transforman la obra virtual en un sistema de escritura ininterrumpida. Vemos a Benjamin componer listas temáticas de sus extractos y aforismos que traicionan ya una reinterpretación del material de base. Sus listas temáticas son luego articuladas en planes de cinco o seis secciones, estando el conjunto de planes y secciones repartido, según un formalismo ancestral, en tres partes: tesis, antítesis y síntesis. En tanto que la tesis es la categoría barroca renovada de la alegoría, la antítesis presenta la figura concreta de Baudelaire, flâneur en medio de la masa, héroe moderno, mientras que la síntesis transpone la tesis sobre el plan de una historia cuyas nociones de mercancía y de eterno retorno constituyen el centro. La proyección de la alegoría barroca sobre una teoría de la historia de inspiración marxista es tan poco evidente que Benjamin, para asumirla, está obligado a hacer intervenir no solamente una serie de notas organizativas, sino también una seguidilla de giros, verdadera circulación entre las listas de resúmenes temáticos. Una serie de símbolos de color, cuyo origen debe ser buscado en la filosofía del lenguaje un poco cabalística profesada por Benjamin, jalona los movimientos de los borradores. ¿Qué sucede? Un mito filosófico ha sido transformado en sistema de escritura generando movimientos textuales incesantes. Cada fragmento está siempre en equilibrio entre un resumen interpretativo y un giro que modifica su naturaleza. Ese movimiento es el de un pensamiento vivo, el de Benjamin a fines de los años ’30.

En las antípodas de la obra filosófica de Walter Benjamin, enraizado en problemas intelectuales de la república de Weimar, los muy numerosos manuscritos estéticos de Winckelmann conservados en la Biblioteca nacional deberían mostrar cómo esta sistematicidad de la escritura ha podido presentarse al siglo XVIII en un autor cuya obra mayor, l’Histoire de l’art dans l’antiquité (1763), tiene al menos cuatro fases de redacción conocidas28 y de la cual Goethe, más prudente, decía que sólo las necesidades de la tipografía lograron fijarla bajo una forma rígida. Así, el borrador de las Anmerkungen (Observaciones complementarias) de 1766 corrige la concepción del Bello desarrollada durante la fase de redacción precedente reuniendo mediante una red de referencias de notas aparentemente heterogéneas, de la misma naturaleza que aquellas que encontramos en los dossiers de fragmentos de lecturas sobre páginas casi en blanco29. Cuando, por ejemplo, Winckelmann hacia 1754 resume en tres partes el libro fundamental del Abad Batteux les Beaux Arts réduits à un même principe (París, 1746) insistiendo en la idea del carácter artificial del arte30, su recorte arbitrario es ya un momento en la escritura de l’Histoire de l’art. Este procedimiento deja suponer una disminución extrema del proceso que va de la lectura pluma en mano de textos extranjeros a la redacción de una obra. ¿Esta disminución es propia de Wickelmann o del siglo XVIII? Lo cierto es que él pone el modo de lectura, la elección de fragmentos, la manera de practicar los recortes, en el centro de un análisis del sistema de escritura.



¿Zola, Musil, Benjamin, Winckelmann o Kafka? El carácter a la vez heterogéneo y arbitrario de esta lista tiene valor de programa. Porque el método único utilizado para estudiarlos, por más dependiente que sea de la especificidad empírica del objeto, se inscribe en un movimiento de horizontes todavía impredecibles de análisis de textos a partir de su génesis. ¿La génesis una moda? Posiblemente pero sobre todo una nebulosa cuyo origen percibimos claramente, de la cual sería vano querer delimitar los contornos y que atraviesa todas las disciplinas fundadas sobre textos, el conjunto de las ciencias humanas. Una sorprendente explosión de aquella que ritualmente suele juzgarse la menos fecunda. Se producen así impactantes giros: el formalismo, presumido de variantes, deviene el lugar de un análisis de las producciones ideológicas. La noción misma de texto tiende a desdibujarse en un dinamismo que mitiga las insuficiencias de la teoría alemana de la recepción y hace trastabillar a un estructuralismo agotado. Los estudios literarios abandonan la retórica por una clasificación minuciosa de folios, si no por análisis ópticos de los trazos, y auxilian a las disciplinas vecinas. Todos nuestros conocimientos sobre los autores de los que conservamos borradores están virtualmente contaminados de insuficiencia ya que es necesario tener en cuenta una “tercera dimensión” de la obra literaria, o filosófica, o histórica, o económica, o estética: la del proceso material de su elaboración. Cuando el interés a veces excesivo que ponemos en el tartamudeo enunciativo, la atracción sospechosa por sus sobrecargas marginales que es de buen gusto exhibir, el vértigo sacerdotal frente al misterio de los orígenes, se atenúen, la moda, cuyos movimientos habrán entrenado al Barrio Latino sobre nuevas pistas, habrá al menos ejercido una función mayéutica, despertando a los estudios textuales a la conciencia de un nuevo rigor.


1 Albrecht Schone, Gotterzeichen Liebeszauber Satanskult, Munchen, 1982

2 Gérard Genette, Palimpsestes, París, Du Seuil, 1982, p.279. Traducción al español Palimpsestos. La literatura en segundo grado. Madrid, Taurus, 1989. Traducción de Celia Fernández Prieto (N.B.: consigna erróneamente 1962 como año de la primera edición francesa). En adelante citaremos por la edición de Taurus.

3 Ibid, p. 378.

4 Ibid, p. 9

5 Émile Benvéniste, « Saussure après un demi-siècle», en Problemes de linguistique général I, París, Gallimard, 1976 (reed.), p. 37-38, cita de Saussure: “Preocupado sobre todo desde hace mucho tiempo por la clasificación lógica de estos hechos, de la clasificación de los puntos de vista desde los cuales los tratamos veo cada vez más a la vez la inmensidad del trabajo que haría falta para mostrar al lingüista aquello que hace, al reducir cada operación a su categoría prevista, y al mismo tiempo la vanidad –demasiado grande- de todo lo que se puede hacer finalmente en lingüística. Es, por ultimo análisis, solamente el lado pintoresco de una lengua, aquel que hace que ella difiera de todas las otras al pertenecer a un cierto pueblo que tiene ciertos orígenes, es este lado casi etnográfico el que conserva para mí cierto interés y, precisamente, no tengo ya el placer de entregarme a este estudio sin segundas intenciones, ni de gozar del hecho particular que resulta de un medio particular.” –Ver también el comentario de Benvéniste por Giorgio Agamben, Stanze, París, 1981

6 Los análisis del sociólogo Niklas Luhmann (Zweckbegriff und System-rationalitat, Tubinga, 1968) encontrarían en los grandes emprendimientos de edición un objeto inesperado pero muy adecuado.

7 Frankfurter Holderlin-Ausgabe Historisch-kritische Ausgabe, ed D E Sattler aparecido desde 1975, vol.8 previsto para 1985

8 Ver Bernard Cerquiglini, « Eloge de la variante », Langages, marzo 1983. El conjunto del número titulado Manuscrits-Ecriture-Production linguistique y editado por Almuth Grésillon y Jean-Louis Lebrave ilustra el enfoque lingüístico de las preguntas de la génesis.

9 Ver Gerhard Neumann, « Schrift und Druck, Erwagungen zur Edition von Kafkas Landarzt-Band », Zeitschrift fur deutsche Philologie, 101, Band, 1982, Sonderheft y « Kafkas « Drucke zu Lebzeiten » - Editorische Technik und hermeneutische Entscheidung », Freiburger Universitatsblatter, Herf 78 – diciembre 1982

10 Ver Gerhard Neumann, , « Schrift und Druck », p.125

11 Michel Serres, Genèse, París, 1982, p.22

12 Ver Ibid. , p.160

13 Michel Serres, Genèse, París, 1982, p.39

14 Louis Hay, « Éléments pour l’étude des manuscrits modernes », Codicologica, Leiden, 1976

15 Louis Hay, « Notizen zu einer ‘critique génétique’ », conferencia pronunciada en la Universidad de Constanza en mayo de 1981

16 Louis Hay, « Critique, textes et manuscrits », en Scolies 1, 1971, p.39

17 Ibid, p.40

18 Pierre Macherey, Pour une théorie de la production littéraire, París, 1966, p.98

19 Karl Mannheim, Wissenssoziologie, Ed Wolff, Luchterhand, Neuwied am Rhein, 1970, p 392

20 Ibid, p.373

21 Ver Luis J. Prieto, Pertinence et pratique, París, 1975

22 A. Grésillon y J. L. Lebrave, Avant propos de Langages, marzo de 1983, número titulado Manuscrits-Ecriture-Production linguistique, p.7

23 Ver Jean Louis Lebrave, « Lecture et analyse des brouillons », Langages, marzo de 1983

24 Jean Bellemin-Noël, le Texte et l’avant texte, París, 1972, p.127

25 Henri Mitterand, « Programme et préconstruit génétique : le dossier de l’Assommoir », en Essais de critique génétique, París, 1979

26 Robert Musil, Der Mann ohne Eigenschaften, Reinbek, 1978, p.1880

27 Ver M. Espagne y M. Werner, « Les manuscrits parisiens et le Passagenwerk », comunicación en el coloquio Benjamin, París, junio de 1983

28 Ver Carl Justi, Winckelmann und seine Zeitgenossen, Leipzig, 1898, p.74

29 Ver André Tibal, Inventaire des manuscrits de Winckelmann, París, 1911

30 Manuscrito BN All 62 fol 46




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