Las formas de recepción de una teoría de la recepcióN. La teoría de los discursos sociales de eliseo veróN



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LAS FORMAS DE RECEPCIÓN DE UNA TEORÍA DE LA RECEPCIÓN.

LA TEORÍA DE LOS DISCURSOS SOCIALES DE ELISEO VERÓN
María Elena Bitonte

Publicado en Contemporanea. Revista de Comunicação e Cultura/Journal of Communication and Culture, Universidad Federal da Bahia (UFBA), Brasil [ISSN 1806-0269, print], Salvador, v.3, n.2, diciembre de 2005, www.contemporanea.poscom.ufba.br, p. 29 a 52

Resumen

Este trabajo tiene el propósito de seguir ciertos recorridos de la teoría de los discursos sociales o socio-semiótica, formulada por Eliseo Verón a mediados de la década del ´70. Seguir las pistas de aquellos conceptos cargados de significaciones históricas, instituidas, que la teoría adopta (nombra, usa). Conceptos que toma y hace circular dibujando sus propios contornos (los límites más allá de los que no puede ir sin perder su coherencia interna) y los puntos de fuga que le permiten desplegarse, entrelazarse, alimentarse y crecer. La idea es bosquejar ese mapa de filiaciones y observar cómo es el reconocimiento en una teoría que es, en gran medida, una teoría de la recepción. De modo que, paradójicamente, si usamos esta estrategia para leer a la teoría de los discursos sociales, de algún modo, estamos enfrentando a esta teoría consigo misma. Palabras clave: teoría de los discursos sociales – recepción – reconocimiento

“Hay un tipo de crítico que se pasa todo el tiempo disecando lo que lee para encontrar ecos, imitaciones e influencias, como si nadie fuera sencillamente sí mismo, sino alguien compuesto por un montón de otras personas” Stevens

No se trata de ir al encuentro de una supuesta originalidad en los conceptos que componen una disciplina, ni de alcanzar esa Fuente, ese Origen, ese Autor de donde provienen sus conceptos, sino de asignarles a las expresiones una correspondencia –es el término que Baudelaire eligió para describir las misteriosas asociones del poeta- con su interdiscurso1. No se trata entonces, de una escrutación hermenéutica al estilo de Jauss, como si la recepción fuera el terreno tranquilo de los intercambios comunicativos2. Horacio Gonzalez prefería hablar en sus cursos de la recepción como campo de batalla3.

Desde hace tiempo se ha tomado conciencia de que las palabras llevan la carga enorme de su sentido histórico. Y aún en el caso en que la remisión no sea explícita, aún cuando forme parte de lo no-dicho o del inconciente de la teoría, todo discurso social –según, entre otros, Verón- lleva las huellas de sus condiciones de producción. Pero a veces la atribución se vuelve opaca. Culpa –dicen algunos- de la ideología. Otros –dicen- del inconciente. Y ni hablar de la mala intención. Yo prefiero ahora detenerme en la responsabilidad del reconocimiento. Uno de los sentidos que precisamente Verón se ocupó de divulgar, vincula el reconocimiento a la actividad de lectura. Habría que considerar también, que el reconocimiento, supone advertir (distinguir, no confundir) cierta jurisdicción ajena al propio discurso y cierta profesión de respeto que puede llegar incluso al agradecimiento. Un diccionario4 vigila esta acepción: “Otorgar a alguno, con la solemnidad de rigor, la cualidad y relación de parentesco que tiene con el que hace este reconocimiento y los derechos que son consiguientes”. Voy a hablar, entonces, no solamente del reconocimiento de las figuras fuertes que señalaron el sendero de la teoría de los discursos sociales, sino de la recepción que borra sus huellas, o que deja señales como migas de pan en el camino del bosque. Es decir que bien mirados, hay conceptos que podrían convertirse en puertas hacia espacios (mundos) posibles5 de la teoría. De este modo, lo que podría parecer un límite teoría, resultará sin embargo, una vía de expansión.


El problema será, finalmente, dada la relación ideológica entre una teoría y los conceptos que utiliza, cómo se asume esa relación y cuáles son las formas de reconocimiento de aquellos teóricos (de los guardianes del otro discurso, de los Autores) que le donaron sus modos de nombrar. Para eso voy a recurrir a las formas de reconocimiento y de desconocimiento que Harold Bloom (1995) pensó, en relación con los poetas, en La angustia de las influencias y que acá resumo:

Clinamen: Es el desvío, la mala lectura del precursor que aparece, las veces bajo la forma de corrección en el propio texto.

Tésera: Es la lectura que completa el texto del precursor. Agrega el fragmento que supuestamente le faltaba.

Kénosis: Es la ruptura que aparece como mecanismo de defensa frente al temor a la compulsión a la repetición. Tiene un grado de humillación del precursor (como cuando Jesús renuncia a su condición divina).

Demonización: Es la relación entre un sublime y un contrasublime. El poeta posterior elabora su obra dando cuenta del carácter único del anterior.

Ascesis: Es la renuncia absoluta a toda ligazón con el precursor, con la consecuente disminución de la propia obra.

Apofrades: Es el retorno de los muertos. El poeta posterior deja su obra tan abierta a la influencia del precursor que se diría que el posterior ha escrito incluso el poema del anterior.

El recorrido que tengo in mente pasa por los conceptos de Sujeto, Ideología y Poder -las mayúsculas no se las pongo yo, se las puso la Historia. Y para realizarlo deberemos desentumecer(nos) y activar los vínculos entre el discurso de la teoría de los discursos sociales y los que cita, esto es, aquellos a los que invita a participar de su producción. Me voy a referir especialmente a Charles Peirce, Karl Marx, Michel Pecheux, Noam Chomsky, Jacques Derrida, Clifford Geertz, Michel Foucault y L.Wittgenstein.


Advertencia

Este ensayo puede perecer una reivindicación de los que quedaron entre telones. Se trata, antes bien, de ver cómo una teoría se constituye a partir de un doble movimiento de identificación y diferencia: apropiación y reconocimiento de aquello con lo que se identifica y rechazo de aquello que le resulta tan ajeno que se diría que teme parecérsele. La demarcación de este territorio, a partir de inclusiones y exclusiones, configura su propia identidad.

Interdiscurso

El proyecto teórico de Verón se ajusta a un tipo de pensamiento que muchos han denominado adivinatorio o indicial, opuesto al modelo positivista, encarnado según Verón sobre todo en Saussure y prolongado en los desarrollos de la teoría comunicacional (cfr. Verón: 1974, 1986c, 1988a, etc.). Tanto las teorías comunicacionales como la lingüística pragmática se vieron afectadas por una perspectiva funcionalista que pretendió encontrar el sentido en la intencionalidad del sujeto. Sin embargo, a la hora de explicar el paradigma llamado indiciario o semiótico, es notable que los ejemplos canónicos que figuran en la bibliografía sobre el tema (las pisadas de los animales, los síntomas de la enfermedad, los lapsus, los rasgos de la mano del pintor, los vestigios del delincuente, la huella dactilar, etc.), todos comparten el rasgo de ser producidos de modo involuntario. Corolario: los signos son independientes de cualquier intencionalidad.

Por lo tanto, la concepción del sujeto que propone la teoría de los discursos sociales la unidad de análisis no es el sujeto hablante sino el actor social. El análisis sociosemiótico se interroga, por una parte, acerca de la especificidad del tipo de discurso estudiado y responde siempre a esta pregunta confrontando un discurso con otro, es decir, por diferencia: “Liberado del funcionalismo, el estudio de la producción discursiva no tiene ya al sujeto hablante como soporte: el sujeto no es más la “fuente” del sentido, sino más bien el punto de pasaje en la circulación del sentido, relevador en el interior de un tejido de prácticas discursivas. La unidad de análisis minimal no puede ser otra que la de la interdiscursividad, es decir, aquella del intercambio” (Verón: 1986c p5). De este modo, el concepto de interdiscurso le sirve a Verón para escapar del tranquilizador recurso a al intención como determinante del sentido, que había dominado la tradición funcionalista y comunicacional: “Cuál es la relación entre un discurso a y otro discurso b que aparece como respuesta al primero? –se pregunta Verón: (1986) 2003 p 20- Trabajando sobre el inter-discurso, el análisis no necesita recurrir a ningún concepto concerniente a las “intenciones” o los “objetivos” de los actores sociales que intervienen en los procesos estudiados”. Como vemos, Verón hace suyo el concepto de interdiscurso de Pecheux, aunque rechaza su teoría general (kenosis), principalmente por su concepción reproductivista de lo ideológico6.


Diferencia y desfasaje en la producción de sentido
El problema del sujeto como causa del discurso que emerge de la noción de intencionalidad, condujo a Verón a formular la idea de una brecha a la que llamó desfasaje. A partir de este planteo lo que le interesa al análisis de los discursos no es ya el texto en sí, sino las distancias entre los discursos.

En algunos trabajos más recientes de Verón (1986b, 1988c) podemos observar la transformación que se produce en su concepto de desfasaje, con respecto a los escritos más antiguos de La semiosis social (que datan de los ´70), debido a la imprecisión de dicha noción, textos en los que prefiere hablar ya de manera más general, de no linealidad de la circulación discursiva. El cambio de denominaciones se relaciona con una cuestión claramente metodológica, a saber, si los efectos de sentido de un discurso no son calculables a partir del análisis de sus reglas de producción ¿cómo llevar adelante el análisis semiótico? Verón propone una doble entrada al análisis que resuelve el problema teórico-metodológico, conciliando el análisis sincrónico y el diacrónico (ahora denominado análisis secuencial7).

Otro texto donde se puede observar la transformación del concepto de desfasaje es La presse: produit, production, reception, de 1988. Allí se hace evidente que el concepto de diacronía que le había servido para analizar en una perspectiva histórica la relación entre la instancia de producción del Curso de lingüística general y la de su lectura, no le sirve ya para analizar la vertiginosa dinámica de producción discursiva en las sociedades –para decirlo suavemente- “posindustriales mediatizadas”: “En el pasado he insistido mucho sobre la solución de continuidad entre el análisis en producción y el análisis en reconocimiento de los discursos sociales. Para expresar esta solución de continuidad, cuya principal consecuencia es que el análisis de un discurso en producción no nos permite inferir sus “efectos”, he debido hablar de desplazamiento entre la producción y el reconocimiento. Esta noción de desplazamiento me parece hoy en día inapropiada, en particular cuando se trata del sistema productivo de los discursos de la prensa y en forma más general, de los medios de comunicación” (Verón: 1988b p 12). En efecto, en las sociedades capitalistas, la distancia temporal entre producción y reconocimiento se redujo a una mínima expresión y el hervidero que parece ser hoy ese campo competitivo entre discursos, ahora designados como productos, exige una modificación. “La noción de desplazamiento –dice- se justificaba en relación al tipo de problema con el cual me había enfrentado en esa oportunidad: se trataba de la formulación de un modelo relativo al surgimiento de las disciplinas científicas en la historia desde el punto de vista de los funcionamientos discursivos, modelo aplicado al caso particular de la lingüística de Saussure” (Verón: 1988b p 12). El concepto de desfasaje, siempre supuso en Verón un doble matiz fundamentalmente temporal e ideológico, a diferencia de otros teóricos (Eco, Hall, Bettetini) para quienes se juega sobre todo una cuestión cultural (enciclopedia, competencia). Hoy el problema se resuelve en función de la lógica de las azarosas trayectorias entre espacios mentales (Verón: 2002), que determinan universos de contextualización y recontextualizaciónde los discursos.

En resumen, por un lado, en el marco de la producción de discursos mass-mediáticos en la sociedad contemporánea, los otrora designados como discursos, devinieron productos, es decir, mercancías definidas por su valor, cuyo funcionamiento se caracteriza tanto por la competencia con otros productos como por su posición en este espacio de competencia8. Es decir que lo que antes era comprendido como el campo de lo social, ahora parece reducirse al mercado (la mercancía se presenta así como fetiche). Pero Verón se corre de las discusiones sobre la industria cultural. Parte de la base de que no hay capitalismo sin mercado y que en las sociedades post-industriales la producción de sentido es mercantilizable9. Y en este marco, el análisis sociosemiótico propone el circuito inverso del de la producción publicitaria de las mercancías, donde la operación es borrar las huellas de la producción. En Semiosis de lo ideológico y del poder (Verón (1978) 1984 p 49) afirma: “El dominio de lo ideológico concierne en realidad a todo sentido producido sobre el cual hayan dejado huellas las condiciones sociales de su producción. Esa es entre las lecciones de Marx, una que no hay que abandonar: él nos ha enseñado que si se sabe mirar, todo producto lleva las huellas del sistema productivo que lo ha engendrado. Esas huellas, están allí, pero no se las ve: son “invisibles”. Cierto análisis puede hacerlas visibles: se trata del análisis consistente en postular que la naturaleza de un producto sólo es inteligible en relación con las reglas sociales de su generación”. La relación que Verón establece con la obra de Marx le permite dar cuenta de la grandeza del precursor. Se trata, sin duda, de un gesto de demonización.

Entonces, si el estudio de los procesos semióticos que entran en juego en la producción social, es posible en la medida en que dicho proceso ha dejado huellas ostensibles en la superficie discursiva (premisa que remite a una formación discursiva evidentemente marxista), las nociones de marca y huella que usa Verón (1988a), también las había empleado Derrida (1968) para referirse precisamente a la ausencia del sujeto (si está la huella es porque no está el sujeto). La huella indica una doble ausencia: la del sujeto y la del objeto y, paradójicamente, es la única manera de apuntarlos. Esta formulación común a Verón y Derrida, es coherente con una posición anti-representacionalista y anti-esencialista que se caracterizó desde siempre por la oposición entre sujeto y objeto. Al respecto, Verón (1988a p129) sostiene que “no hay, propiamente hablando, huellas de la circulación: el aspecto “circulación” sólo puede hacerse visible en el análisis como diferencia, precisamente, entre los dos conjuntos de huellas, de la producción y del reconocimiento. El concepto de circulación sólo es, de hecho, el nombre de esa diferencia. En resumen, el concepto de diferencia conserva en Verón la disemia que lo caracterizó en Derrida: el sentido temporal de intervalo, en la circulación, por un lado, y el de distinto, por otro. La impronta de Derrida aparece también en un fragmento de la alocución de Verón en el Seminario Internacional de Semiótica de 1986, donde afirma: “Un discurso no produce jamás un efecto único; disemina, por el contrario, un campo de efectos posibles” (1986c). Hay indicios de Derrida diseminados en el texto de Verón. Pero no lo nombra. Tal vez haya palabras más poderosas que el nombre de su propio autor. O tal vez, en términos de Bloom (1977 p23), haya un “movimiento hacia la discontinuidad con respecto al precursor” (kenosis) en el que tanto el precursor como el posterior resultan vaciados.



Peirce

El mencionado artículo de Verón, Semiosis de lo ideológico y del poder se abre haciendo una presentación general de cómo su teoría concibe el proceso de producción de sentido, de un modo que recuerda la primera carta de Peirce a Lady Welby (12/10/1904)10 ya que ambos emprenden la exposición general y a gran escala de los fundamentos de su teoría. Es así que podemos cotejar las correspondencias entre ambas formulaciones. Cito a Verón: “Se trata aquí de concebir a los fenómenos de sentido como adoptando, por una parte, siempre la forma de investiduras en conglomerados de materias sensibles que, a raíz de eso llegan a ser materias significantes (investiduras susceptibles de resultar descriptas como conjuntos de procesos discursivos), y como remitiendo, por otra al funcionamiento de un sistema productivo. Todo sistema productivo puede considerarse como un conjunto de compulsiones cuya descripción especifica las condiciones bajo las cuales algo es producido, circula y es consumido” Verón: 1984 p43). Veamos el siguiente cuadro:

Concebidos como


Conglomerados de materias sensibles



Sistema productivo


Que llegan a ser


Materias significantes



Funcionamiento en 3 niveles
Insertos en

Descriptibles

como

Discursos

Condiciones de producción

circulación

Condiciones de reconocimiento

Por su parte, la primera carta que Peirce le dirige a Lady Welby puede ser tomada a la vez como síntesis y organización de su proyecto teórico. Su tesis comienza planteando la dificultad de presentar un modelo nuevo a partir de conceptos cargados históricamente de significación. Por eso para designar a este nuevo campo, aunque se reconoce como kantiano y aunque entiende como Kant, que de la realidad sólo se conoce su aparición fenoménica, no usa el término fenomenología sino que inventa los de ideoscopía o faneroscopía11. Peirce progresa planteando que –también como en Kant- el estatuto de los fenómenos y su conocimiento supone un cierto orden lógico. Entonces, todos los fenómenos, pueden ser agrupados de acuerdo con tres categorías: la Primeridad (la posibilidad, los afectos), la Secundidad (la existencia, los perceptos) y la Terceridad (la realidad, los conceptos).



Así, en Peirce el conocimiento como proceso semiótico parte de los fenómenos y se organiza en categorías. En Verón, quien comparte su perspectiva anticartesiana, también el punto de partida son los fenómenos y podemos observar cómo su modo de organizarlos se corresponde con el esquema de Peirce: lo que Verón presenta como conglomerados de materias sensibles (ver cuadro) es lo que en Peirce aparece como Primeridad, esto es, la esfera de las “cualidades del sentir”, es decir, todo aquello que tiene la posibilidad de ser pero aún no es. Estas materias sensibles sólo cobran existencia en la medida que devienen materiales concretos en virtud de su conexión dinámica con el objeto y perceptibles (hechos). Esto es a lo que Peirce denominaba la esfera de la Secundidad y que en Verón aparece bajo la forma de materias significantes. Finalmente, estas materias significantes revisten un carácter social, es decir que se instituyen como “la realidad”, en tanto sean codificados o decodificados (descriptibles) como Discurso. Esto sería en Peirce la esfera de la Terceridad, el lugar de las regulaciones culturales. Ahora bien, Verón parte de la base de Peirce y pega un salto hacia un planteo de lo ideológico –que desarollaré luego- como si agregara a una vasija el fragmento que le faltaba para reconstruirla (tésera). Dice Bloom: “Un poeta “completa” a su precursor al leer el poema-padre conservando sus términos, pero logrando otro significado, como si el precursor no hubiera ido suficientemente lejos” (Bloom: 1977 p23).

Chomsky


Es interesante notar cómo, partiendo del modelo semiótico de Peirce, Verón llega a una formulación de la producción social de sentido que parece arrastrar elementos naturalizados por estructuralismo y que sin embargo, y vuelve fructíferos en el marco de su propia teoría. Si toma la noción de gramática, no es tanto por devoción estructuralista sino porque Chomsky la convierte en algo productivo, semejante incluso, a la semiosis infinita12. Gramática, en Chomsky deja de ser un conjunto de reglas descriptivas de una lengua para convertirse en la capacidad de producirlas: “El transformacionalismo se presenta con un sesgo hipotético-deductivo (explicativo) por oposición al alcance puramente clasificatorio atribuido al estructuralismo, que derivaría del hecho de que la noción de lengua es una noción estática, que solo puede dar lugar a una concepción taxonómica del sistema abstracto. La teoría chomskyana se basa en cambio en un principio generativo y estaría por lo tanto en condiciones de dar cuenta, en un sentido dinámico, de la capacidad de lenguaje” (Verón: 1971 p 256). Por eso, en el marco del par competence – performance, el concepto de lo ideológico dice Verón, debe entenderse del lado de la competencia, como potencialidad, como posibilidad productiva: “La noción de competencia se refiere a la capacidad intrínseca de un hablante-oyente ideal para producir-interpretar un número indefinido de frases en una lengua determinada” (Verón: 1971 p 256).

La crítica de Verón a Chomsky (clinamen) es que si bien incorpora la dimensión de la creatividad humana en la producción de lenguaje, pierde el carácter social que tenía la lingüística tradicional, que consideraba la lengua como institución y queda atrapada en un individualismo psicologista.

Su concepción de lo ideológico se actualiza, como anticipé, en Semiosis de lo ideológico y del poder (Verón: 1984). En este texto, (que tiene como correlato el capítulo II. 6, de La semiosis social, “La red de distancias”), se explica la producción de sentido en su materialidad, como resultado de un proceso complejo, a partir de la categoría de “gramática”. Allí también, renueva su crítica en más duros términos: “La lingüística como ciencia de la lengua, como ciencia extraña a lo social, sólo pudo constituirse sobre la base de un dispositivo metodológico destinado a expulsar lo social del lenguaje, reduciendo la actividad relativa al lenguaje (siempre discursiva y siempre social) al modelo de la producción de oraciones por un “hablante-oyente ideal” (Verón: 1984 p 46).

Lo ideológico y el poder

El concepto de ideología que enuncia Verón tiene su primera forma de expresión en la compilación que hace en 1971, El proceso ideológico; este es el punto de referencia para comprender su propia concepción ya que no sólo la selección de autores constituye, según sus propias palabras el “horizonte conceptual” que guió su abordaje, sino que el artículo de su autoría, que integra la selección, titulado Condiciones de producción, modelos generativos y manifestación ideológica, se asienta sobre los postulados de aquellos mismos autores que incluye en el volumen. De hecho, los nombres que cita como propia fuente bibliográfica, son precisamente aquellos que conforman el índice del libro.

Fundamental fue la incidencia de uno de ellos, Clifford Geertz, con quien comparte la concepción de la acción social como una trama de relaciones en última instancia discursivas, lo que supone, en principio, analizar la ideología como sistema simbólico y leer la sociedad como un texto, tal como aparecerá luego, claramente, en Perón o muerte: “Como todo comportamiento social, la acción política no es comprensible fuera del orden simbólico que la genera y del universo imaginario que ella misma engendra dentro de un campo determinado de relaciones sociales. Ahora bien, el único camino para acceder a los mecanismos imaginarios y simbólicos asociados al sentido de la acción es, el análisis de los discursos sociales (...) La distinción entre acción y discurso no corresponde en modo alguno a la distinción entre “infraestructura” y “superestructura”; no corresponde tampoco a la distinción entre “hacer” y “decir”, puesto que la acción social misma no es determinable fuera de la estructura simbólica e imaginaria que la define como tal” (Verón: (1986a) 2003 p15)13.

En resumen, la apreciación de la cultura como texto y de lo ideológico en términos de lenguaje, parte de la propuesta de Geertz. Es desde esta perspectiva que se hace posible entender la dimensión significante de la violencia como una especie de discurso. Con todo, en lo que Verón considera una ampliación de su campo de aplicación, lo que entiende como manifestación ideológica abarca no sólo el campo de lo textual sino también los diversos procesos de acción social (comportamientos sociales, rituales, prácticas, consumos, instituciones, objetos y especialmente la organización de los objetos en el espacio (Verón 1971 p 269 y ss.). Es decir que en Verón, la manifestación ideológica es una configuración discursiva que supone no sólo significaciones lingüísticas o simbólicas sino también la acción14. Este movimiento de retoma y desvío parece tener la forma del clinamen.

Por otra parte, Verón, incipiente lector de Peirce15, establece en El proceso ideológico los enclaves de su formulación sobre lo ideológico (Peirce, Marx y Chomsky), y también, las exclusiones: “El desarrollo de esta teoría cobra una primera forma científica en El Capital de Marx (...) La contribución de la llamada semiología o semiótica (...) tiene a mi juicio una gran importancia” –sin embargo, advierte enseguida- “Hay síntomas bastante claros de una especie de “pansemiologismo” (Verón: 1971 p 252)16.

Así, la concepción de lo ideológico como proceso inscribe a Verón en la llamada semiótica de segunda generación (Kristeva, Derrida, Foucault, Deleuze y otros), que focaliza el aspecto generativo de la producción de sentido, acorde con una lógica de matriz peirceana. Pero Verón traza el área en la que inscribe su propia teoría, dejando afuera prudentemente, a los integrantes de grupo Tel Quel, a quienes se ocupa de denostar en el considerable espacio dedicado a la primera nota al pie de su artículo, en los siguientes términos: “Pienso en especial, en los trabajos del grupo Tel Quel (...) la mitología de la escritura que han elaborado entusiastamente, constituye la anulación de la posibilidad (real) de conectar de manera fecunda la teoría marxista con los desarrollos de la semiología. En efecto, o bien se limitan a proponer lo que en el fondo no es más que una nueva e inofensiva teoría de la literatura o bien –en el mejor de los casos- desembocan en una nueva e igualmente inofensiva filosofía, no obstante su ardiente retórica “revolucionaria”. En ambos casos, caen en la vieja trampa burguesa: neutralizar la incorporación efectiva de conceptos vinculados (o vinculables) con el pensamiento marxista, al campo de al práctica científica” (Verón: 1971 p 252).

Verón se pone a salvo de posibles malas interpretaciones que lo emparentarían con la vertiente post-estructuralista a partir de las nociones de genotexto, diseminación, differance y otras por el estilo, y deja establecido que su formulación de lo ideológico en términos de proceso es una lectura de la teoría generativo-transformacional de Chomsky17. Podríamos ver en este mecanismo de ruptura algo semejante a lo que Bloom describía como un mecanismo defensivo por temor a la repetición (kenosis).


Me voy a referir ahora, particularmente al artículo titulado Semiosis de lo ideológico y del poder, cuya primera edición data de 1978. Allí, antes de especificar su idea sobre la dimensión ideológica, Verón nos alerta acerca de lo que denomina “el obstáculo marxista”, aludiendo a cierta reificación de algunos conceptos claves, tales como los de infraestructura y superestructura (base material y contenidos). El asunto cobraba forma de malentendido en tanto que parecía entonces que sólo el contenido era ideológico mientras que la forma, neutra: “Una ideología –afirma Verón- no es un repertorio de contenidos (“opiniones”, “actitudes” o incluso “representaciones”), es una gramática de generación de sentido, investidura de sentido en materias significantes” (Verón: 1984 p48).

La discusión ocupaba la atención de gran parte de los intelectuales en la década del ´70 e impulsó a Verón a recontextualizar la cuestión. Es notable la afinidad que se percibe en las descripciones del estado de la cuestión que aportan algunos intelectuales de la época: “Se ha retomado la dicotomía infraestructura – superestructura –dice Verón- esta concepción geológica o más bien piramidal de la sociedad, que querría que esta última estuviera constituida por “mesetas” superpuestas. Se trata, ciertamente, de una metáfora, pero mucho es lo que dice sobre las otras propiedades de la teoría donde ella aparece. La “base” (extraña, como es obvio, a lo ideológico, que se encontraría en otra parte) es “determinante en última instancia”; la superestructura, más o menos desligada, “sigue” a dicha base” (Verón: 1984 p47). Como puede percibirse, la descripción de Verón trae los ecos del lenguaje y las metáforas de Deleuze cuando irrumpía con imágenes como esta: “Los estratos son fenómenos de espesamiento en el cuerpo de la Tierra, a la vez moleculares y molares: acumulaciones, coagulaciones, sedimentaciones, plegamientos” (Deleuze: 1988 p 512).

En similares términos, en la primera de una serie de conferencias dictadas en Río de Janeiro en mayo de 1973, Foucault aludía al problema que parecía constituir centro de los debates franceses de la época: las malas lecturas de Marx. “Existe una tendencia –dice- que podríamos denominar, de una manera un tanto irónica, marxista académica, o del marxismo académico, que consiste en buscar cómo las condiciones económicas de la existencia encuentran en la conciencia de los hombres su reflejo o expresión. Creo que esta forma del análisis, tradicional en el marxismo universitario de Francia y de Europa en general, tiene un defecto muy grave: el de suponer, en el fondo, que el sujeto humano, el sujeto de conocimiento, las mismas formas del conocimiento, se dan en cierto modo previa y definitivamente, y que las condiciones económicas, sociales y políticas de la existencia no hacen sino depositarse o imprimirse en este sujeto que se da de manera definitiva” (Foucault: (1973) 1992 p 14). Su disertación cierra volviendo sobre esta cuestión, pero relacionándola ahora con la idea de falsa conciencia: “En los análisis marxistas tradicionales –dice- la ideología es presentada como una especie de elemento negativo a través del cual se traduce el hecho de que la relación del sujeto con la verdad, o simplemente la relación de conocimiento es perturbada, oscurecida, velada por las condiciones de existencia, por las relaciones sociales o formas políticas impuestas desde el exterior, al sujeto del conocimiento” (Foucault: (1973) 1992 p 32).

El referido artículo de Verón ((1978)1984) está muy en sintonía con las formulaciones de Foucault no sólo en el tratamiento de la cuestión de lo ideológico sino también del poder. Allí, para explicar su idea del poder Verón recurre directamente a Foucault, quien un par de años antes la había expuesto en su Historia de la sexualidad I: “¿Qué es –se pregunta Verón- el poder? No podría decírselo mejor do lo que lo hace Foucault: “(...) el poder, no es una institución, ni una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre dado a una situación estratégica compleja, en una sociedad determinada”. Ahora bien, esas estrategias no existen fuera de los paquetes significantes que las contienen, no existen sin el acople, en las relaciones sociales, de los innumerables discursos que atraviesan la sociedad, no existen sin la intercalación de producciones de sentido y de reconocimiento de sentido, en una semiosis que Peirce describió con justeza como infinita” (Verón: (1978)1984 p 49).

Como vemos, Verón toma la definición de Foucault pero inmediatamente se desvía para continuar. En efecto, toma de Foucault una concepción del poder no como sistema de dominación proveniente de una institución o grupo sino como juego de relaciones de fuerza, como estrategia de irradiación capilar (microfísica)18. Así, desde la perspectiva de Verón, el poder que detentan los medios es inconcebible en términos de manipulación de las conciencias, pero sí como el efecto de una estrategia, sobre los cuerpos: “La noción de “poder” de un discurso –afirma Verón- sólo puede designar los efectos de ese discurso en el interior de un tejido determinado de relaciones sociales (...) Si, por ejemplo, tal tipo de “mensaje” de los medios masivos tiene efectivamente un poder sobre los “receptores”, ese poder sólo puede interesarnos en la forma del sentido producido: comportamientos, palabras, gestos” (Verón: 1984 p48). Verón se pone a salvo de aquellas interpretaciones a las que califica de “discurso terrorista-apocalíptico asociado a la nostalgia de un pasado imaginario, perdido para siempre” (Verón: 1984 p 50). La crítica va dirigida a las aproximaciones marxistas “reificantes” que sólo dejan lugar para una concepción reproductiva de lo ideológico (Al estilo de Frankfurt). En términos de Bloom, esto podría leerse como una práctica de ascesis, es decir, “un movimiento de autopurgación que tiene como meta lograr un estado de soledad” (Bloom: 1977 p24).

Para terminar, Verón es tributario, por un lado, de una concepción eminentemente relacional del poder, de matriz foucaultiana (Foucault habla, de relaciones de poder, de mecanismos del poder) y por otro, de una perspectiva que inscribe el poder en la tensión entre estrategias y efectos19. Pero también Verón es tributario de una concepción foucaultiana, en tanto que ambos entienden lo ideológico y el poder como grillas de inteligibilidad del campo social. La idea de condiciones de producción como conjunto de reglas de generación de los discursos se emparenta entonces, en algún sentido, con el concepto de formaciones discursivas de Foucault (1970), quien las define como sistemas de dispersión (por oposición al sistema de diferencias, que es la lengua) en el que se puede describir cierta regularidad entre los objetos, conceptos, elecciones temáticas y tipos de enunciación. Las formaciones discursivas constituyen reglas de formación a las que están sometidos los elementos del discurso y que organizan sus condiciones de existencia, co-existencia, conservación, transformación y desaparición (Foucault: 1970). Podemos agregar que en Foucault, como en Verón, las diversas formas de agenciamiento discursivo se especifican a través del reconocimiento de un sistema de invariantes y variantes (nociones emblemáticas, si las hay, acuñadas por el Estructuralismo.

Concluyendo, el reconocimiento de Foucault resulta dificultosamente ubicable entre el clinamen y la tésera porque una vez que fue tomado el aporte, no se prolonga ni se completa y ni siquiera se desvía. Directamente, se ignora.

Wittgenstein

Verón hace suya la noción de “juegos de lenguaje” en numerosos textos20 para explicar los intercambios comunicativos fuera de una dinámica mecanicista de acción y reacción, que fue el modelo que caracterizó a las teorías, de matriz funcionalista que hegemonizaron el campo de la comunicación. “El sentido –dice Verón (1986ª) 2003 p 18- no opera según una causalidad lineal (...) Este carácter no lineal (o si se prefiere, no “mecánico”) de la circulación del sentido, conduce a distinguir dos grandes capítulos en la investigación de los discursos sociales, que corresponden a dos modos de análisis del discurso: la producción y el reconocimiento. Si utilizamos “producción” en lugar de “emisión” y “reconocimiento” en lugar de “recepción” es porque emisión y recepción son términos inevitablemente asociados a las teorías de la comunicación social”. Esto supone fundamentalmente, que un discurso no tiene como efecto otro discurso predeterminado.

Ahora bien, para distanciarse del paradigma comunicacional, Verón toma la expresión “juegos de lenguaje” del filósofo austríaco Wittgenstein21, quien los define del siguiente modo: “Sistemas de mutuo entendimiento (...) voy a llamarlos “juegos lingüísticos” (...) Cuando aprendemos en la escuela especiales lenguajes técnicos de signos, como el uso de diagramas o tablas, geometría descriptiva, fórmulas químicas, etc, seguimos aprendiendo juegos lingüísticos” (Brand: 1987 p 121). La idea de juegos discursivos le sirve a Verón para acentuar el carácter regulado y a la vez azaroso de la dinámica comunicativa. La condición regular y regulada de todo discurso se explica a través del concepto de gramática (hay una gramática de producción), aunque los efectos de un discurso no son predecibles (puede haber múltiples gramáticas de reconocimiento). Lo que quiere decir que un discurso no puede significar cualquier cosa. Un discurso –afirma Verón- genera en un contexto social dado, un campo de efectos posibles.

Esta idea de campo de efectos remite por un lado al concepto peirceano de ground (esto es, el terreno de las posibilidades significativas de un signo) y, por otro, nuevamente, a la idea de cálculo que Wittgenstein asocia a los juegos lingüísticos: “Si el significado de una palabra es su uso podemos decir también que el significado de una palabra es el modo y manera como se calcula con ella en un juego lingüístico -dice Brand (1987 p 133), y cita a Wittgenstein- dije que el significado de una palabra es el papel que juega en el cálculo del lenguaje (la comparé a una pieza de ajedrez)”.

Entonces, así como en cualquier juego, pongamos el mismo caso del ajedrez, cuando un jugador va a mover una pieza, puede anticipar ciertas jugadas posibles de su adversario y también sabe que hay jugadas que jamás haría, las jugadas y contra-jugadas discursivas se mueven en una lógica de acción similar. Ese es el tipo de cálculo que Verón expresa en términos de campos de efectos. La interacción discursiva está determinada por ciertos presupuestos (cierto ground o esquemas virtuales de acciones comunicacionales posibles). Para explicar esta dimensión de los intercambios Wittgenstein había recurrido también a la fecunda metáfora de gramática: “El supuesto fundamental del cálculo o del juego –dice Brand (1987 p 133) parafraseando a Wittgenstein- determina su recinto de sentido. Un cambio de la gramática de ese juego nos lleva realmente a otro juego diferente (v. Gr.68)”. Creo ver en esta forma de recuperación una suerte de tésera, cuyo sentido, para Bloom conserva el rasgo de “contraseña”. En efecto, la mención de “juegos discursivos” y de “cálculo” son las contraseñas para reconocer al precursor.

La simpartía por Wittgenstein había sido compartida también por Foucault quien sostenía que “había llegado el momento pues, de considerar estos hechos del discurso ya no simplemente por su aspecto lingúístico sino, en cierto modo –y aquí me inspiro en las investigaciones realizadas por los anglo-americanos-, como juegos (games), juegos estratégicos de acción y reacción, de pregunta y respuesta, de domincación y retracción, y también de lucha” (Foucault: 1992 p15). La recuperación de los juegos de lenguaje permite a la siguiente generación de teóricos plantear una noción de verdad al margen de cualquier idea de inmanencia; una idea de verdad que alcanza para cuestionar los lugares de donde se definen las reglas de juego y se consensúan los saberes, las prácticas y las formas de subjetividad de la sociedad. Si hay un punto en donde la terceridad peirceana y los juegos de lenguaje se cruzan, es precisamente este.

Conclusión

Las palabras que se traen de otras formaciones discursivas, acarrean cierta tradición, no son neutras. Mi trabajo fue hacer perceptibles las formaciones discursivas de donde se desgajaron algunas expresiones que conforman la teoría de los discursos sociales.

Observar formaciones discursivas supone rastrear las huellas de formaciones ideológicas. En el caso de formaciones teóricas o disciplinas, esto implica muchas veces, reconstruir un tejido con retazos de la propia teoría y de otras que vienen a cubrir provisoriamente los agujeros que ella dejó, como quien emparcha (o como quien interpreta). Un agujero o una falta de enlace es una invitación a la inferencia. La interpretación surge, precisamente en el lugar de la hendidura. Interpretar es emparchar.



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1 Interdiscurso es una noción que viene a reemplazar lo que en los estudios lingüísticos era considerado bajo la forma de “lo extra-lingüístico” (contexto, situación, referente, etc.). En Pecheux (1984), fundamentalmente, toma la forma de lo no-dicho (presupuestos, implícitos) y emerge como discurso otro o discurso del Otro. Por eso interdiscurso se vincula metodológicamente con la concepción foucaultiana de arqueología: postula que el análisis del discurso debe buscar las huellas históricas de otros discursos, en la medida que concibe estas huellas como nudos en una red.

2 Cito a Jauss (1982 p 28): “El juicio estético, que exige de todos un respeto a la comunicación general, satisface un interés mucho más alto; recupera estéticamente algo del contrato social originario: cualquiera espera y exige de cualquier otro el respeto a la comunicación general, como si se tratara de un contrato originario dictado por la propia humanidad”.

3 Seminario “Formas y estilos de la recepción en la cultura intelectual argentina”, Maestría en Comunicación y Cultura, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, 2000, en alusión a Harold Bloom (1995 p 18): “La tradición no es sólo una entrega de testigo o un amable proceso de transmisión: es también una lucha entre el genio anterior y el actual aspirante, en la que el premio es la supervivencia literaria o la inclusión en el canon”.

4 Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana, Bs.As., Sopena, ¿debo confesar el año?

5 El nuevo concepto de espacios mentales anunciado en Verón: 2001, El cuerpo de las imágenes y desarrollado en Verón: 2002, Efectos de agenda II, viene a reemplazar al de representación mental, y alude a una configuración dinámica de trayectorias semióticas a partir de las cuales se conocen y organizan los fenómenos.

6 Para seguir la controversia ver S.Fisher-E.Verón: 1973 , “Branne est un crème”, Communications Nº 20, p162 a 181 y M.pecheux: 1975, “Analyse du discurs, langage et ideologies”, Langages 37, p 14

7 actualizado a partir de la dinámica de juegos de lenguaje de Wittgenstein

8 Se diría que se trata de un esquema muy similar al de una estructura, sin embargo a Saussure jamás se le hubiera ocurrido plantear que el valor de un signo (su significación) depende de la percepción que se tenga en producción, de la masa de lectores. Los postulados de Verón se apartan así de ese paradigma. De hecho cada vez que emplea sistema, noción de matriz funcionalista, siempre agrega productivo, que remite al transformacionalismo.

9 Cito la objeción que anticipaba Jauss a este tipo de abordajes: “El discurso acrítico sobre el “carácter comercial” del arte actual ignora que hasta los productos de la “industria cultural” siguen siendo artículos de consumo sui generis, cuyo carácter artístico permanente no puede comprenderse mediante categorías como el valor de uso o la plusvalía, ni su circulación explicarse por la relación oferta-demanda” (1982 p 24).

10 Peirce,: , 1987

11 En griego clásico,  significaba aparecer, hacer visible, designar, lo que suponía sobre todo la idea de que algo de eso quedaba oculto.

12 “Lo que llamamos gramática no es otra cosa que el sistema (finito) de reglas que define la competencia y que debe dar cuenta de la propiedad básica de la capacidad lingüística; engendrar, sobre la base de dicho sistema finito de reglas, un conjunto infinito de frases” (Verón: 1971 p254).

13 La operación de lectura de Perón o muerte consiste en el análisis de la recepción de la palabra de Perón por parte de la juventud peronista, a su vez confrontada con el peronismo tradicional (sindical). Esto es, el discurso de la juventud peronista como efecto de sentido del discurso de Perón.

14 “La acción es un mensaje” (Verón 1971 p171)

15 “Hacia 1970 me sumergí en los Collected Papers de Peirce” (Verón 1991 p 154)

16 La afección mencionada se refiere a los miembros del llamado grupo Tel Quel.

17 Esta línea de pensamiento que renovó las tradicionales fórmulas estructuralistas, se inauguró con Syntactic structures que data de 1957 y fue absorbida, evidentemente, por los intelectuales del ambiente francés de fines de los ´60 y ´70.

18 “las estrategias ... que las tornan efectivas y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales” (Foucault: (1976) 1983 p 175)

19 “La racionalidad del poder es la de las tácticas” (Foucault: (1976) 1983 p 176)

20 Ver Verón 1986a, 1986b, 1987, 1988, etc.

21 (1889-1954) de gran influencia en el círculo de Viena y en la filosofía inglesa. Su Tractatus logico-filosoficus (1921) sentó las bases del conductismo y la pragmática dentro de las teorías del lenguaje.



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