Las dimensiones del cambio



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MARCELO MANUCCI
CONTINGENCIAS

5 desafíos de cambio para una nueva década


DESAFÍO I



Prepararse para lo desconocido

LAS DIMENSIONES DEL CAMBIO

Vivimos un momento histórico que nos enfrenta a dos graneles dimensiones de cambio. Por un lado, un cambio en la dinámica del contexto relacionado con la inestabilidad de muchos sistemas que se manifiesta en una serie de aconteci­mientos inéditos y por otro, un cambio personal relacionado con los modos de abordaje de esta dinámica para operar sobre nuevos territorios desconocidos.

La complejidad global de los procesos económicos se podría reflejar en un collage de imágenes contrapuestas, aparentemente paradoja-Íes, de un mundo que exhibió sus indicadores de crecimiento más importantes de las últimas cuatro décadas en medio de imágenes de desesperación y enfrentamientos. Cinco meses antes de que comenzara la debacle financiera en los Estados Unidos, en una misma semana pescadores franceses, italianos, portugueses y españoles bloquearon los puertos de sus países en una medida que se extendió a toda la costa del Mediterráneo. Al mismo tiempo, agricultores franceses interrumpieron carreteras y camioneros británicos marcharon sobre Londres, todos protestando por el aumento del precio del petróleo y el impacto en su actividad productiva. En Argentina, llegaron a más de cien los días de enfrentamiento entre sectores de la agroindustria y el gobierno por la retención de un porcentaje mayor en las utilidades de la exportación de granos; mientras que en las provincias más ricas de Bolivia comenzaron a gestarse los enfrentamientos por la autonomía en el control de la administración de recursos económicos, entre otras situaciones en diferentes latitudes. La rentabilidad y la desesperación convivieron en un mismo proceso histórico que aglutinó las imágenes más contradictorias del desarrollo económico de esta primera década del siglo.


Pocos meses antes de la crisis financiera global, el precio del pe­tróleo había duplicado su precio en una escalada que atentaba contra el futuro productivo de muchas actividades en diferentes escalas. Al mismo tiempo, la escasez de alimentos y el aumento de los precios de trigo y arroz (entre otros) intensificaban "las revueltas del ham­bre" en países de África, Asia y en algunos países importadores de América. Seis meses después de esta escalada, a pocas semanas de la crisis financiera, el precio del petróleo se había desplomado más de la mitad, al igual que los precios de los commodities agroindustriales El presente pendular desplegaba un futuro resquebrajado en nuevos frentes de conflicto social e inestabilidad económica. Por su parte, los gobiernos habían volcado todos sus recursos a la salvación de las finanzas mundiales. Las empresas multinacionales y los bancos regio­nales se dedicaron a mover sus capitales, en un intento que al mismo tiempo buscaba frenar las cifras históricas de despidos y aumentar la proyección de casi trescientos millones de personas bajo la línea de alimentación.
Sobre el final de la primera década, los indicadores del hambre en el mundo habían alcanzado los índices más altos de la historia. Un triste récord que se exhibía junto a los números históricos de creci­miento, muchos de los cuales involucraban escándalos corporativos. Mientras tanto, los actores políticos corrían de un extremo a otro en su propio desconcierto, de la manía a la depresión, debatiéndose en esta encrucijada de crecimiento y conflicto. Acostumbrados a pensar en paisajes medievales, el mundo previsible había estallado en sus propios rostros. Había terminado la ilusión de la secuencia histórica armónica, los territorios de sucesos previsibles y acontecimientos controlados.
Las sociedades se mueven a través de procesos económicos, políti­cos, culturales, etc., que muchas veces tienen diferencias contrapuestas y contradictorias conviviendo en un mismo momento histórico. En la resolución de estas contradicciones, los sistemas humanos van alcan­zando niveles de creación y organización cada vez más complejos. En las dos últimas décadas, los cambios en el contexto, cada vez más profundos y en períodos de tiempo cada vez más cortos, ampliaron la brecha de inestabilidad e imprevisibilidad que naturalmente se genera en la dinámica de cualquier sistema.
Dentro de los sistemas sociales se dan muchos ciclos paralelos que conviven con el "ciclo hegemónico" que protagoniza un momento histórico. Esto es lo que hace que la sociedad sea una trama compleja de intereses y motivaciones que buscan su espacio de desarrollo. Por lo tanto, los ciclos paralelos de conformaciones contrapuestas o con­tradictorias son procesos normales que forman parte de la dinámica compleja de un sistema social. Esta convivencia se transforma en una estructura disfuncional por la imposición forzada de determinados procesos (económicos, políticos, sociales, culturales, etc.) y la sim­plificación extrema de su complejidad inherente. Las contradicciones naturales se convierten en estructuras disfuncionales y sintomáticas cuando se fuerza a los sistemas sociales a actuar como una máquina programada, estructurada y rígida. La convivencia se torna disfun­cional cuando las contradicciones se resuelven a través de síntomas que en determinado momento estallan y generan profundas rupturas en la estructura social. ¿Por qué son sintomáticas? Porque abortan la posibilidad de una transformación de la estructura hacia un nivel de organización diferente. Bajo estructuras disfuncionales, la única forma de integración en el sistema es a través de síntomas.
Los ciclos paralelos son movimientos que tienen una conformación distinta al ciclo hegemónico imperante y conviven en un mismo espacio de tiempo. Los ciclos paralelos nos sitúan en diferentes dimensiones sociales y económicas que tienen que ver con procesos productivos, culturales, ideológicos, intelectuales, tecnológicos, etc. que están presentes en la historia, muchas veces sin cruzarse o sin encontrarse con el ciclo hegemónico. El problema no es la convivencia de con­tradicciones. En la dinámica de un sistema complejo, lo importante es cómo se resuelven sus contradicciones internas. Lo que sucede es que generalmente se fuerza la dinámica natural de un sistema para mantener estructuras excluyentes. procesos unívocos, cosmovisiones imperantes y modelos dominantes.
De esta manera, las contradicciones no se resuelven, se niegan, se aplastan, se esconden hasta que esta dinámica oculta aparece a través de síntomas en otros procesos. El mundo contemporáneo ha generado una convivencia disfuncional en distintas escalas de siste­mas sociales (desde las estructuras familiares, hasta la estructuras de grupos, ciudades, países y regiones geopolíticas), cuya característica es la homogeneidad forzada y excluyente que se ha estabilizado ar­tificialmente a través de procesos políticos, económicos, ideológicos, financieros y hasta militares. Todo síntoma necesita procesos y personas que lo sostengan. Estos protagonistas van desde políticos, gobernantes, empresarios, consultores, académicos, líderes sociales, periodistas y público adepto a los procesos que generan todos los actores.
Pensar los momentos históricos como un ciclo homogéneo que se extiende en una línea recta sin interferencias es una ilusión post medieval. Distintos movimientos sociales con diferentes unidades de tiempo, ideologías, estructuras económicas y culturales conviven con las conformaciones imperantes (ideológicas, económicas y políticas) en un mismo período de tiempo. En la dinámica de los contextos sociales, una estructura hegemónica comparte la historia con ciclos paralelos que se generan, crecen y reproducen sobre los márgenes de las condiciones imperantes. La capacidad para entender la dinámica de los ciclos paralelos define las posibilidades de intervención en de­terminado contexto, porque podemos comprender el entramado de intereses que se juegan en determinado momento histórico. Se trata de un juego de posiciones, donde el objetivo no consiste en sacar a otros de la competencia sino en mantenerse operativo bajo estas condiciones de inestabilidad.
La transición inconclusa de ciclos paralelos: el cambio del contexto
Los procesos humanos tienen una dinámica de cambio intrínseca que les permite mantener una sintonía y adaptación al contexto de relaciones en el cual viven. Todos los procesos humanos se autoorganizan en diferentes instancias de cambio con distintos niveles de profundidad. La homogeneidad de los ciclos imperantes se redefine o se termina en algún momento porque no se puede sostener una dinámica de procesos .sociales sin cambios estructurales a lo largo del tiempo. Estas perturbaciones estructurales surgen del movimiento de los ciclos paralelos. La historia oficial, en algún momento, se corre hacia los márgenes y se cruza con ciclos paralelos. Lo que estaba con­viviendo en 'los márgenes" de la historia, de pronto, por diferentes causas, aparece protagonizando la historia oficial de un sistema social. Justamente en este entrecruzamiento está la riqueza de una sociedad que introduce rupturas y cambios en su dinámica y en la diversidad de factores estructurales que lo componen.
El encuentro entre ciclos paralelos es un punto de bifurcación; es un momento histórico en el cual se encuentran sistemas de vida dife­rentes, actores diversos y estructuras de producción, de pensamiento y culturales distintas. Es un momento histórico porque es un punto de apertura, donde el futuro se abre a estados posibles que surgen de ese encuentro. Este es el detalle fundamental de las bifurcaciones, la apertura hacia nuevos órdenes posibles, muchos de los cuales son imprevisibles en el momento histórico de la bifurcación. De hecho. cotidianamente se entrecruzan ciclos paralelos en los sistemas sociales que llevan a puntos de tensión porque se produce un encuentro de di­versidades, de intereses y motivaciones. Sin embargo, estos encuentros generalmente quedan sojuzgados bajo un orden imperante (político, económico, cultural, etc.) y no llegan a ser puntos de bifurcación por­que no hay posibilidades de apertura. Así, lo que podría haber sido una posibilidad de reorganización en la estructura del sistema social queda abortado por los movimientos de una resistencia imperante.
En estas últimas dos décadas hemos generado, como sociedad, una diversidad enorme de encuentros de diferentes procesos económicos, culturales, políticos y sociales, pero con mucha resistencia hacia nuevos órdenes posibles. Los síntomas de la historia que hoy estamos viviendo han sido generados al forzar la implantación de modelos unívocos y excluyentes para mantener la permanencia de determinados ciclos hegemónicos. Estas estructuras disfuncionales se sostienen explícita­mente (por los protagonistas y beneficiarios directos de los síntomas) e ingenuamente (por los beneficiarios secundarios de los síntomas). De todas formas, este no es un proceso exclusivo de esta década. En diferentes ciclos históricos se han generado convivencias disfuncionales que estallan en una situación de ruptura que abre el sistema a nuevos órdenes. Hoy estamos en el final de un ciclo con numerosos síntomas financieros, productivos, sociales y políticos. La historia, en estas últimas décadas, fue marcando señales del movimiento de los ciclos paralelos conviviendo que podrían generar encuentros históri­cos para la sociedad. Uno de los acontecimientos convencionalmente definido como un punto de bifurcación histórica ha sido la caída del muro de Berlín en 1989. Este acontecimiento, hace veinte años, sig­nificó un momento de cambio tanto como factor geopolítico (en la integración de las dos Alemania y el comienzo de la desintegración de la URSS); como un factor simbólico (el final de la polarización y de los límites claros entre los polos opuestos del mundo). A partir de este hecho histórico, la geografía artificialmente repartida entre los dos estados protagonistas de "la Guerra Fría" se desintegró. Desde ese momento, muchos analistas comenzaron a plantear una transición en la historia relacionada con los nuevos procesos económicos y socia­les que se vislumbraban como posibles tendencias del momento. La BBC de Londres hablaba del "día que cambió la historia" haciendo referencia a la caída del muro como símbolo del fin de la Guerra Fría, de los enfrentamientos ideológicos, del final del estado comunista; pero también como el paso a un nuevo mundo, regido por nuevas reglas, nuevos retos y nuevas esperanzas. Así mismo planteaba, "el comienzo de un difícil período de transición para la economía mundial y la consolidación de viejos problemas como la pobreza, las guerras étnicas y las desigualdades". Hacia finales de los años noventa ya aparecían más claras las tendencias de transformación. Ya se habían consolidado determinados procesos como la mundialización del mer­cado, el desarrollo e intercambio de la información, el avance de la tecnología, la aceleración de los fenómenos migratorios, el debilita­miento de numerosos referentes de pensamiento, entre otros factores, que fueron conformando el nivel de incertidumbre que viven nuestras sociedades de hoy.
En esta primera década del siglo XXI, estos fenómenos de transi­ción no han tomado una forma definitiva y, lejos de encontrar una dimensión de equilibrio, su desarrollo ha generado mayor inestabilidad e incertidumbre. Estamos viviendo una transición inconclusa que re­presenta el pasaje desde un orden económico social conocido (el ciclo histórico de la Era Industrial), con márgenes de estabilidad y previsión, hacia un modelo global de negocios aún indefinido, con tendencias y rupturas desafiantes. Es un momento de la historia mundial en el que están cambiando profundamente algunos procesos y, paralelamente, está cambiando el modo en que se producen los cambios. Esta trama de nuevos condicionamientos es un desafío para las concepciones clásicas de proyección estratégica basada en contextos económicos estables, con actores conocidos, niveles de interacción controlada y previsibilidad de resultados.
Entonces, ¿a qué contexto nos enfrentamos? Esta pregunta habría tenido una respuesta relativamente accesible unas décadas atrás. Probablemente los líderes, en momentos de decisiones importantes, se enfrentaban con un panorama de variables más claras sobre su entorno y con mayor previsibilidad sobre el devenir de los procesos económicos y sociales. En este momento, la certeza sobre el desarro­llo de los acontecimientos es una ilusión. Frente a las condiciones de inestabilidad estructural, la perdurabilidad de los ciclos hegemónicos imperantes es cada vez más efímera por la multiplicación de ciclos paralelos que amplían la diversidad de condiciones de vida.

El incipiente siglo XXI aparece como un período de transición histórica debido a la convergencia de profundos cambios simultáneos en diferentes dimensiones. En esta transición está claro el contexto de producción industrial como punto de partida de la transformación eco­nómica, el pasaje reciente por la era del conocimiento y la generación de los llamados trabajadores "de cuello blanco". Pero aún es incierto el destino final y las repercusiones de este desarrollo. Hace más de dos décadas que se está planteando un momento de transición y aún hoy no sabemos muy bien qué figura tomará este proceso histórico. Por el contrario, cada día se amplían los diferentes escenarios y se hace más compleja aún la imagen deseada de un nuevo orden mun­dial homogéneo, o de nuevos órdenes de ese tipo. De allí la obsesión de muchos analistas y la ilusión de directivos por tratar de entender dónde estamos parados y a qué procesos nos vamos a enfrentar, como un intento por encontrar formas definidas a la historia que posibiliten un marco de referencia más claro para diseñar intervenciones opera­tivas en medio de la inestabilidad. Más allá de los estudios, ensayos y tendencias sobre la definición del desarrollo mundial, el futuro se despliega en muchos estados posibles, ampliando los ciclos paralelos, que conviven sin certezas de resolución homogénea.


Bajo este marco de múltiples estados posibles como paisaje de las decisiones actuales, la inestabilidad deja de ser un factor de transición (de crisis momentánea) para establecerse como un estado permanen­te. Desde este punto de vista, los momentos de estabilidad se están transformando en períodos transitorios en un contexto de inestabi­lidad estructural. Lo más estable es lo inestable. La tranquilidad de lo conocido y lo previsible se está reduciendo, y en los límites de la estabilidad conviven contradicciones, disrupciones, entre otros pro­cesos, que marcan los cambios en nuestro entorno. Forzar la ilusión de estabilidad es lo que ha llevado, por una parte, al desarrollo de todas estas situaciones sintomáticas (económicas, sociales, políticas, ambientales, culturales, tecnológicas, etc.) que están ampliando las contradicciones del sistema; y por otra parte a la proliferación de ac­tores (políticos, económicos, sociales, académicos, periodísticos, etc.) que resultan funcionales y necesarios para sostener la perdurabilidad de las estructuras disfuncionales.
La complejidad de un sistema, desde un punto de vista metodo­lógico, depende de la cantidad de actores que participan y, funda­mentalmente, de la dinámica de interacción entre esos actores. Todo sistema se fundamenta en la interacción de sus partes. Por lo tanto, la complejidad no está determinada solo por el tamaño del sistema sino por la dinámica de interacción entre sus partes, es decir por la cantidad de conexiones e influencia mutua que tengan los actores. Puede haber muchos actores, pero con poca interacción mutua. Esta dinámica define un sistema de complejidad simple, o baja complejidad, que funciona casi como un sistema cerrado con alta predictibilidad en sus movimientos. El caso contrario sería una estructura con muchos actores con multiplicidad de conexiones e interdependencia mutua. Esta conformación típica de los sistemas humanos define un nivel de complejidad mayor, con tendencia hacia la inestabilidad y menor nivel de certezas en la predicción de sus movimientos.
Gran parte de los problemas que transforman la complejidad na­tural de los sistemas en una dinámica disfuncional se debe a que se intentan forzar los sistemas abiertos e inestables, como los humanos, a que se comporten como máquinas cerradas y predecibles. Estas intervenciones fuerzan la dinámica compleja de las estructuras a una estabilidad impuesta, con una dinámica irreal de las relaciones de un sistema, lo cual genera procesos disfuncionales. Cuando los síntomas estallan, el sistema entra en crisis.
Las contradicciones son inherentes a los procesos sociales y eco­nómicos. La diferencia radica en que, desde una perspectiva dinámica de la realidad, se puede ver complementariedad de situaciones donde otros, desde una posición reduccionista y determinista, ven procesos excluyentes. La visión imperante en el abordaje de los sistemas hu­manos ha sido la segunda, forzando determinadas estructuras que han trasformado la convivencia de ciclos contrapuestos en estructuras disfuncionales.
En el momento en que procesos contrapuestos se encuentran y generan puntos históricos de bifurcación, hay tres factores clave que es importantes analizar, porque de ellos depende la resolución de la tensión hacia nuevos órdenes posibles:


  • SUPERPOSICIÓN DE LOS CICLOS (¿QUIÉNES CONVIVEN?): Aquí es importante analizar qué estructuras estaban convivien­do de manera paralela, quiénes son los protagonistas de estos ciclos y las características diferenciales entre ellos.

  • COLAPSO DE LOS CICLOS (¿CÓMO SE ENCUENTRAN?): Esto lleva a analizar cómo se produce el punto de encuentro: por procesos formales de integración o bien por situaciones fortui­tas; en qué contexto histórico se produce este encuentro; qué procesos imperan, cuáles se pierden en el encuentro y hacia qué nuevos órdenes se abren los estados posibles.

  • AUTOORGANIZACIÓN DE LOS CICLOS (¿QUÉ SURGE DEL PUNTO DE ENCUENTRO?): En este aspecto es importante analizar el modo como las estructuras asimilan el punto de bifurcación y qué conformación global surge de este encuentro, quiénes predominan, quiénes quedan sometidos, qué tipo de estructura surge de esta resolución y cuál es la dinámica (o las reglas de interacción) en esta nueva conformación.

La resolución de un punto de bifurcación puede ser un proceso de creación para el sistema que le permita un desarrollo hacia un nivel de mayor complejidad, o bien un choque traumático. ¿Cuándo se torna traumático el encuentro? Cuando un ciclo imperante intenta sostener por la fuerza sus condiciones hegemónicas. Se sostiene de manera ficticia y reactiva. El resultado es una estructura disfuncional que solo puede mantener su integración a través de síntomas. El juego de fuerzas deforma lo que podría ser un factor de encuentro y desarrollo en un choque feroz con resultados y consecuencias negativas.


La secuencia de síntomas históricos señalan los límites de los mode­los clásicos de intervención sobre los sistemas económicos y sociales. El crecimiento natural de la diversidad en estos sistemas sociales (por el aumento de actores y niveles de interacción) se ha potenciado por una diversidad artificial (por la amplitud de la interacción global). De esta manera, hoy aparece un paisaje muy diferente a décadas anteriores (en términos económicos, sociales, políticos y culturales) que lleva a desarrollar una capacidad de lectura y comprensión que derive en otras formas de posicionamiento y acción, de lo contrario seguirán aumentando los síntomas. Lo que estos síntomas de principio de siglo muestran es que se está forzando el comportamiento de los sistemas sociales como si fueran sistemas mecánicos. En realidad las máquinas no cambian, se desgastan o se rompen; mientras que los sistemas sociales tienen patrones muy variables de cambio. Pueden permanecer sin transformaciones por muchos años y de pronto generar profundos cambios en pocos años, para permanecer nuevamente sin movimientos significativos.
Entender el juego del contexto tiene que ver con la identificación de los patrones repetitivos que se dan en determinados sistemas eco­nómicos. Convencionalmente, "entender" se relaciona con "predecir" los acontecimientos de un sistema o las decisiones de determinados actores. Pero esta posición clásica de lectura tiene muchas limitaciones frente a las características actuales de los sistemas económicos, políti­cos y sociales. Aún en condiciones de inestabilidad todo sistema tiene patrones repetitivos que definen su comportamiento. Entender el juego del contexto implica, para una empresa u organización, aprender a leer esos patrones de movimiento que le permitirán definir posiciones en un tablero de condicionantes (económicos, políticos, financieros, sociales, ambientales, etc.).
Ahora bien ¿cómo trabajar una aproximación a las transformaciones sectoriales para no quedar atrapados en un equilibrio ficticio? Para ello es necesario comprender que en la complejidad de un sector económico se ponen en juego diferentes niveles de previsibilidad producto de esta trama de ciclos contrapuestos en intereses, motiva­ciones y orientaciones. La diversidad de actores interactuando bajo determinadas reglas, en diferentes escalas, genera situaciones nuevas e impredecibles en muchos casos. De acuerdo al nivel de previsibi­lidad, se puede analizar en la dinámica sectorial tres dimensiones de complejidad:


  • DIMENSIÓN DE ESTABILIDAD: Es el territorio donde se pueden definir más claramente algunos procesos, identificar protagonistas, conocer las variables que comparten y las mo­dalidades de interacción que condicionan sus relaciones. Este espacio es de baja complejidad, por lo tanto son ámbitos de mayor previsibilidad que se pueden identificar en lo geográ­fico (localidades o regiones de bajo intercambio) o sectorial (mercados específicos o nichos bien definidos). Para una orga­nización este es un espacio conocido, donde puede establecer mayores certezas en la lectura de los procesos y predicción de determinados resultados en los movimientos del sector.

  • DIMENSIÓN DE TENDENCIAS: Es un intermedio entre lo cercano conocido y las zonas de imprevisibilidad. En este espacio conviven variables conocidas (actores y modalidades de interacción) y otras más inestables que, según como se den las situaciones, pueden generar rupturas y llevar el contexto a cambios profundos o bien quedar bajo una dimensión de estabilidad previsible. Lo que sucede en esta dimensión es que, al momento del análisis, no se puede saber con certeza el resultado de determinados movimientos (por ejemplo: há­bitos culturales, movimientos sociales, nuevas generaciones de consumidores, innovación tecnológica, etc.). Por lo tanto el nivel de predicción es relativo, depende de la interacción de actores y variables en el tiempo. Algunos movimientos se pueden predecir pero otros tendrán un nivel más probabilístico de resolución.

  • DIMENSIÓN DE RUPTURAS: Es un espacio abierto, una zona muy inestable, con límites más difusos en cuanto a la dinámica de variables y su impacto en el tiempo, donde los sectores geo­gráficos y productivos aparecen muy mezclados en su interacción y por lo tanto mucho más impredecibles en sus niveles de impacto. Esta es una estructura con profundas contradicciones conviviendo en espacio y tiempo, donde pequeños movimientos (sociales, tecnológicos o políticos) pueden generar cambios sustanciales en los parámetros cotidianos de vida, en los modelos de negocios o en las conformaciones geopolíticas de una región. En esta dimensión el nivel de previsibilidad es bajo porque los cambios se dan por irrupciones, generalmente impredecibles.


Fig. 1 La dinámica sectorial en tres dimensiones de complejidad


A medida que nos alejamos de la dimensión de estabilidad, aumenta la imprevisibilidad de movimientos y la incertidumbre de los resultados de las intervenciones. Cotidianamente participamos en procesos esta­bles e inestables, en diferentes escalas de sistemas. Algunos procesos productivos son estables por la conformación del mercado, las varia­bles de producción y comercialización, la incidencia de las políticas gubernamentales, etc. Estos procesos productivos, a su vez, conviven con otros más inestables generados por escalas de producción, la diversidad de actores participantes, la inestabilidad de las situaciones políticas, la volatilidad de precios y costos, etc.
Todas las decisiones estratégicas tienen impacto en estas tres di­mensiones. Cuanto más estable es el espacio de intervención, resulta más conocido y por lo tanto más predecible. Cuanto más inestable, resulta más desconocido y por lo tanto más impredecible. En defini­tiva, no estamos parados sobre una base estable. Nuestra ilusión de control y certezas está limitada al pequeño espacio de la dimensión de estabilidad, pero convivimos con dimensiones que tienen distintos niveles de inestabilidad y complejidad dentro de un mismo sector.
La dinámica de estas tres dimensiones permite analizar los con­dicionamientos y comprender movimientos en ciclos históricos que pueden afectar la vida de un proyecto u organización. Una persona, proyecto u organización, en cada una de sus intervenciones enfrenta espacios más conocidos y previsibles y espacios abiertos de impacto desconocido. Esta es la dinámica natural de los ciclos paralelos. En este punto, uno de los errores más comunes es abordar contextos inestables (sean en escalas económicas, políticas o sociales) como si fuesen estables. Esta ha sido la tradición de la mayoría de los sistemas de gestión. En este punto es donde la mayoría de los problemas y conflictos se agravan porque se intenta controlar una interacción des­conocida forzando la estructura del sistema a una dinámica ficticia.
En este marco, comprender la dinámica sectorial es clave para dimensionar el impacto de las decisiones y el alcance probable de las intervenciones. Esto se materializa en la capacidad para identificar protagonistas de diferentes situaciones; comprender condicionantes de interacción; y definir niveles de previsibilidad de los movimientos. Para ello, es necesario analizar algunos aspectos claves:


  • DEFINIR LOS LÍMITES DE LOS ÁMBITOS CONOCIDOS: Este punto se refiere al análisis de la dimensión más estable: de qué manera participa en el sector de mercado o ámbito social en el que desarrolla la actividad (con un modelo innovador, con procesos convencionales, aportando investigación y desarrollo, como intermediario o comercializador, etc.); cuál es su nivel de protagonismo (de alta presencia pública, con presencia global, con desarrollo local, con redes de acción conjunta, etc.); cuáles son los actores que condicionan la dinámica del sector (gobierno, empresas, organizaciones, tanto facilitadores como competidores de su actividad); y cuáles son las modalidades de interacción que condicionan su actividad (procesos económicos, políticos, técnicos, culturales, etc.).

  • IDENTIFICAR LOS PROCESOS ACTUALES QUE MARCAN TENDENCIAS: Este punto se refiere a la identificación y aná­lisis de los movimientos sectoriales que pueden transformar los límites de la estabilidad. La dimensión de tendencias está conformada por una serie de procesos (económicos, sociales, tecnológicos, políticos, etc.) que pueden generar una nueva dinámica en el sector económico o ámbito de intervención. En cierta medida, las tendencias significan un cambio progresivo en el tiempo donde es posible analizar: cuál es la dinámica en gestación, cuáles podrían ser los posibles niveles de impacto, y de qué manera se podrían redefinir posiciones y reorganizar las actividades frente a estas transformaciones probables.

  • PROYECTAR SITUACIONES DE INFLEXIÓN QUE CAMBIAN EL CONTEXTO: Implica un ejercicio de anticipación de las posibles rupturas que irrumpen en el entorno y cambian pro­fundamente las condiciones de vida de un sector económico y social. Este es el punto de mayor dificultad de análisis para las personas y las organizaciones por el nivel de ansiedad y temor que implica enfrentar un espacio absolutamente abierto. Este es el punto donde es necesario analizar: cuál podría ser la capacidad de respuesta frente a los cambios sin generar síntomas, la solidez de la visión estratégica para atravesar en las oscilaciones del presente y qué capacidad tiene una orga­nización para gestionar (leer, anticipar, prever) estos factores desconocidos.

Hay contextos que tienen mayor estabilidad porque tienen mayor regularidad en su dinámica como sistema y contextos mucho más inestables, que producto de la interacción, pueden tomar distintas formas en su estructura. Cuanto más se avanza sobre la "dimensión de ruptura", más sobresalto tiene un proyecto. Cuánto más innovador es un proyecto o modelo estratégico (producto, servicio, tecnología o intervención social) más se aleja de la "dimensión de estabilidad" y tendrá un mayor costo de gestión de lo imprevisible porque se enfrenta con variables o modalidades inéditas de interacción.


Cualquier intervención en un sector interactúa con estos niveles de complejidad e imprevisibilidad. Si los líderes se encierran dentro del espacio conocido, en la dimensión de estabilidad, aferrado a las evidencias de los hechos, no podrán trascender la coyuntura de los síntomas y quedarán al margen de las situaciones emergentes y, mucho más riesgoso aún, puede encontrarse con profundas rupturas y cambios sustanciales en el contexto, cuando ya sea demasiado tarde. Mantener una estabilidad forzada de un sistema genera síntomas porque los movimientos del contexto presionan sobre la dinámica ficticia de las relaciones. La presión agrava los síntomas hasta que estalla la crisis.
Este momento histórico está generando un avance de las rupturas sobre espacios conocidos de estabilidad, por lo tanto la progresión de las tendencias tienen más probabilidades y menos certezas. Esta situación de cambios tan profundos en creencias, hábitos de trabajo y estilos de vida marca esta etapa en la que factores históricos tradi­cionales se transforman, se redefinen y hasta desaparecen. La ruptura es un momento de inflexión tan profundo que desarma la estabilidad y nos deja sin puntos de referencia para afrontar las situaciones que van apareciendo en lo cotidiano. Una situación de ruptura marca un punto de cambio significativo en la vida del sistema. Hacia atrás, no hay retorno a las condiciones del pasado y hacia delante aparece un espacio multiforme con una diversidad de escenarios y estados difusos de situación.
Los sectores económicos tradicionales están atravesando momentos de rupturas, con lo cual uno de los errores más riesgosos es vivirlo como turbulencias transitorias que terminarán pronto en una nueva dimensión de estabilidad con condiciones similares al pasado. Esta es una ilusión en la que incurren muchos líderes cuando trazan inter­venciones sobre la base de territorios estables o futurología predictiva. El orden surgido luego de la Segunda Guerra Mundial mantuvo un espacio de estabilidad controlada por casi medio siglo, luego de sus primeras fisuras en los años 60, pasando por la caída del muro de Berlín, hasta el atentado del 11 de septiembre de 2001, se convirtió en un vasto territorio fragmentado de estados, ideologías, proyectos políticos y modelos de vida. Las consecuencias de este estallido son profundos cambios en los actores sociales, en las estructuras geopolí­ticas y en la conformación de las relaciones globales (cuestionamiento a la supremacía occidental que luego de cinco siglos de predominio se enfrenta con otras naciones no occidentales) y las modalidades de interrelación (donde los mayores desafíos, además de la economía como el terrorismo, el medio ambiente, las enfermedades y las inmi­graciones, no tienen fronteras físicas).
La transición inconclusa es una metáfora que refiere a la imposibi­lidad de encontrar una imagen homogénea del futuro en términos de orden estable y unívoco. La imagen de la transición inconclusa lleva a afrontar la inestabilidad de convivir con varios órdenes posibles, ya no con un orden establecido de movimientos previsibles como si fuese un reloj. Esta fue la ilusión de muchas décadas atrás. En todo caso, el reloj colapso y hoy las organizaciones navegan en procesos complejos de destinos inciertos.
Prepararse para lo desconocido significa integrar la dinámica de los ciclos paralelos, ampliar la capacidad de lectura, manejar distintas esca­las de tiempo y gestionar las bifurcaciones para que no se transformen en choques traumáticos. En este sentido, la posición estratégica frente a la dinámica de los ciclos paralelos tiene dos aspectos claves:


  • AMPLIAR LA CAPACIDAD DE LECTURA: Permite trabajar sobre realidades estratégicas alternativas (basadas en los ciclos paraidos), para generar posibilidades más allá de las tendencias homogéneas.

  • PREPARARSE PARA PUNTOS DE BIFURCACIÓN: Permite trabajar en el encuentro de ciclos paralelos, para generar, participar y protagonizar encuentros y transformaciones en el sistema en el cual actúa.

El concepto de transición inconclusa, como multiplicación exponen­cial de situaciones nuevas, permite estar atentos a los márgenes de la historia como una oportunidad para marcar tendencias y protagonizar cambios en un sistema que está más cerca de los futuros posibles, que de los destinos unívocos.



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