Las ciencias sociales



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Parte III

LAS CIENCIAS SOCIALES

 

    La segunda parte de nuestro trabajo ha tratado exclusivamente del tema de las revoluciones científicas en el campo de las ciencias naturales. Llegados a este punto surge, casi naturalmente, un nuevo interrogante: ¿son estos procesos de cambio, estas rupturas revolucionarias, aplicables también en el terreno de las ciencas humanas y sociales? Para avanzar hacia una respuesta es preciso, antes que nada, obtener una visión sintética de los problemas metodológicos que, de un modo particular, se presentan en este caso, cuando intentamos penetrar en el estudio de las sociedades humanas. Ello implica regresar a lo que hemos expuesto en la primera parte de este libro -en relación a la existencia de un método científico en general- pero con la atención puesta en las especificidades metodológicas que, por su propia naturaleza, significa el estudio de lo social. A ello dedicaremos este capítulo.



    Acotado así nuestro campo de interés fundamental pasaremos, en los capítulos 9 y 10, a considerar la aplicación del concepto de revolución científica a las ciencias sociales. Para ello hemos seleccionado algunos aportes que merecen, a nuestro juicio, tal calificativo. No obstante, creemos oportuno advertir al lector que la tarea implica necesariamente operar de acuerdo a un criterio selectivo: nos moveremos en un terreno a veces poco explorado, donde coexisten diferentes perspectivas y donde los valores y las orientaciones ideológicas de cada autor ejercer una fuerte influencia. Nuestra selección, por lo tanto, no habrá de considerarse en ningún caso como una proposición cerrada o definitiva. Otros aportes, distintos a los considerados, hubieran podido incluirse para la discusión y, además, los autores y obras que presentamos, se pueden evaluar -sin duda- de un modo diferente. Pese a los riesgos que, en consecuencia, presenta esta tarea, hemos pensado que resultará util abrir esta discusión, porque de ella puede surgir una perspectiva que valorice y afirme a la ciencia social en lo que tiene de específico aunque sin perder la vista los elementos que la unen al conjunto del pensamiento científico.

    Antes de proseguir con la exposición queremos hacer otra aclaratoria que nos parece necesaria: si bien toda esta parte de la obra se centra en el análisis de las ciencias sociales, se incluyen también en ella dos pensadores, Kant y Freud, que se consagraron a temas filosóficos y psicológicos ajenos de por sí a lo estrictamente social. Sus respectivas obras, sin embargo, engarzan de un modo tan completo y estricto con la línea de razonamiento que sostenemos que no hemos querido dejarlos fuera de la exposición. Sus aportes se presentarán, por cierto, apenas de un modo sumario, puesto que no nos consideramos especialistas en la materia, pero de tal modo que permitan una visión globalmente coherente como la que en todo momento intentamos alcanzar.

    Del mismo modo, en varias ocasiones, habremos de referirnos a las ciencias humanas más que específicamente a las ciencias sociales, en la medida en que muchos problemas de estas últimas son compartidos por todo este dilatado ámbito del conocimiento. Retengamos que, en tales casos, lo social será considerado como un subconjunto particular que forma parte del conjunto más vasto de lo que se denominan ciencias del hombre.

 

Capítulo 8



 

Los Obstáculos Metodológicos

 

8.1 Lo Social como Objeto de Estudio

Nuestros lectores están familiarizados, seguramente, con la potente influencia del pensar científico en los últimos siglos. Existe una especie de aceleración en la marcha de la ciencia, una eclosión de resultados sucesivos que van conquistando nuevas regiones del conocimiento a un ritmo inconcebible para los antiguos. No nos hemos detenido, naturalmente, en los hallazgos de la ciencia contemporáneamente pero, de haberlo hecho, no hubiéramos sino multiplicado nuestro asombro: los astrónomos estudian objetos situados en los confines del universo y se interrogan acerca de sus inicios, ocurridos hace miles de millones de años; los físicos han descubierto decenas de partículas subatómicas, aún mucho más elementos que los protones y electrones; los bioquímicos desentrañan la estructura molecular y cada día sintetizan componentes más complejos de las estructuras vitales; los mecanismos que gobiernan la herencia, el clima y hasta el propio pensamiento, son comprendidos cada vez con más exactitud. En fin, la lista podría proseguirse sin riesgo de agotarla, llenando páginas y páginas con la simple enumeración de resultados.

    Pero, cuando de conocernos a nosotros mismos se trata, las cosas parecen cambiar radicalmente. Apenas si entendemos la forma en que se reparte la riqueza en nuestro planeta, o los ciclos de recesión y propiedad que tanto nos afectan a todos; guerras y crisis políticas estallan súbitamente, sin que podamos preverlas sino poco antes de que comiencen, del mismo modo que varían el estado de ánimo y las ideas de las poblaciones o que se modifican instituciones tan importantes como la familia, la empresa o el Estado. Un desnivel evidente en los conocimientos científicos se percibe por el observador menos avisado: mientras la humanidad ha alcanzado a saber cómo nacen, evolucionan y mueren las lejanas estrellas, no es capaz, en cambio, de conocer conscientemente sus sentimientos y valores, o de entender la forma en que maduran las instituciones políticas y sociales.

    Ciencia y técnica, conocimientos puros y aplicados, están estrechamente vinculados, como lo esbozamos más arriba (v. supra, 5.1). Pero en el plano de la práctica, si se quiere, el desnivel del que hablamos es todavía más acusado. Mientras somos capaces de lanzar sondas que escapan del sistema solar y encerrar en un centímetro cúbico un verdadero cerebro artificial, una quinta parte de la humanidad corre permanentemente el riesgo de morir de hambre, se acumulan devastadores arsenales, se persigue a mucha gente -en muy diversas partes- simplemente por sus opiniones. Todavía el analfabetismo y las más simples enfermedades limitan la vida de millones de personas.

    La ciencia, en sí, no es un pensamiento utilitario, pero no resulta absurdo pedirle que tenga alguna capacidad para modificar nuestro entorno inmediato. Es por eso algo desconcertante constatar que la ciencia y la tecnología modernas hayan desarrollado ampliamente sus posibilidades en algunos campos, mientras que en otros aparezcan casi totalmente ineficaces, con escasas o nulas repercusiones en la vida cotidiana.

    La discrepancia que apuntamos, por cierto, constituye un verdadero problema de investigación que incumbe también a las ciencias sociales pues, si de analizar el progreso de la ciencia se trata, si nos interrogamos acerca del desenvolvimiento de las tecnologías, habrá que aceptar que ciencia y técnica son construcciones humanas, que hacen los individuos y las instituciones en sociedades específicas. Para hallar las respuestas, entonces, sería preciso indagar respecto a muchas facetas de lo que ha sido y es la organización social que nos envuelve, comprender su estructura, encontrar los mecanismos que la determinan. Pero, el hecho mismo de que aún no existen respuestas bien elaboradas y mayormente compartidas para la comprensión de estos fenómenos plantea, indirectamente, una nueve pregunta, una interrogación que se refiere a la misma lentitud con que han evolucionado las ciencias sociales -y las del hombre en general- impidiéndoles una marcha paralela a la de otras disciplinas. Las posibles respuestas a esta cuestión tienen relación, indudablemente, con los particulares problemas metodológicos que afrontan las ciencias humanas, derivados en gran parte de las características de sus objetos de estudio. Por ello resulta esencial que concentremos nuestra atención en este punto, pues de allí derivan gran parte de las especificidades del estudio de lo social.

    Sin pretender agotar la lista de los desafíos metodológicos que obstaculizan el desarrollo de la ciencia social, y de un modo más bien introductorio, habremos de referirnos seguidamente a tres de ellos, que nos parecen de suma importancia:

1)  al hecho de que los fenómenos sociales nos involucran tan directa y plenamente que en este caso la separación entre un sujeto investigador y un objeto de estudio independiente se hace poco menos que difusa: el investigador "pertenece" siempre a una sociedad de un modo que lo compromete mucho más que su pertenencia al mundo físico o biológico

2)  a la complejidad evidente, y ya muchas veces señalada, [Cf. Weber, Max, Ensayos sobre Metodología Sociológica, Ed. Amorrotu, Buenos Aires, 1973, pp. 67 y ss.] de todo lo social. Las sociedades humanas son complejas porque sus instituciones y su organización suponen y multiplican las conocidas complejidades de los seres vivos: su estudio implica entonces un riesgo, el del reduccionismo, y una dificultad para construir modelos abstractos útiles y significativos

3)   la realidad social involucra un algo de apremiante, plantea problemas inmediatos, perentorios, que hay que resolver porque de ellos dependen nuestra felicidad, nuestra estabilidad emocional y, muchas veces, nuestra propia existencia. Ello, unido a lo que se deriva del primer punto de esta lista, reduce sensiblemente la posible libertad intelectual del investigador, colocándolo en una situación desventajosa con respecto al científico que se dedica a las ciencias naturales.

    Estos tres factores que hemos seleccionado, cada uno de los cuales implica una variedad de problemas concomitantes, imponen de suyo serias restricciones al pensamiento científico en el ámbito de las ciencias humanas. Ellos han llevado a proponer, a su vez, indagaciones y métodos que, a veces, se distancian bastante de las modalidades propias de la investigación científica de los fenómenos naturales. Por eso nos dedicaremos seguidamente -aunque, por razones expositivas, en un orden inverso al presentado- al análisis de cada uno en particular.



8.2 La Tentación de la Alquimia

¿Qué es un problema social? La mayoría de nuestros lectores, probablemente, pensarán en temas tales como el desempleo, el terrorismo, el consumo de drogas, la pobreza u otros hechos semejantes que, en su opinión, debieran ser resueltos para mejorar la vida en nuestras sociedades. Implícita pero transparentemente sus opiniones y sus valores políticos, económicos y religiosos estarán presentes en la respuesta ofrecida. No ocurrirá lo mismo sustituimos, en el interrogante, la palabra social por la más neutras químico o geológico. La diferencia es evidente, y revela un hecho que produce indudables consecuencias: cuando del campo de lo social se trata tendemos a confundir, casi impensadamente, lo que es un problema científico con lo que es un problema práctico. El primero se define, en realidad, por un saber que todavía no poseemos, y puede reducirse en última instancia a un conjunto de preguntas que sólo se satisfacen con un nuevo conocimiento; [V. supra, 2.1, así como la explicación que damos en Cómo Hacer una Tesis, Op. Cit., pp. 89 a 91, y en El Proceso.., Op. Cit., pp. 53 a 57.] el segundo involucra, de un modo más o menos directo, una acción, pues se trata de superar inconvenientes, amenazas o dificultades. Conocer por qué hay quienes se encuentran sin trabajo a pesar de buscarlo es, así, un problema de investigación que concierne a las ciencias sociales; adoptar medidas para reducir el número de personas que se encuentras en tal situación es, por el contrario, una medida de política económica práctica, que puede adoptarse quizás gracias a esos conocimientos, pero que se refiere esencialmente a la esfera de la acción social, no solamente de su conocimiento.

    Se nos dirá, en respuesta, y eso constituye una objeción natural, que el conocimiento se requiere siempre para guiar la acción y que raramente se busca en sí y para sí, como algo desvinculado de nuestro horizonte práctico. Es cierto, desde luego, que toda acción supone conocimientos que la orienten, pero no puede negarse que cualquier actividad, por otra parte, incluye mucho más que puros conocimientos: involucra sentimientos y valores, y no puede llevarse a cabo sin una voluntad y un deseo de realización determinados. Confundir estos planos diferentes no aporta, en definitiva, ninguna ventaja a la ciencia ni a la práctica, porque ni ésta por sí sola nos lleva al conocimiento general y abstracto de las cosas, ni la ciencia es capaz de extraer, de su seno, una ética o juicios de valor que puedan orientar la acción. [V. Weber, Max, Ensayos.., Op. Cit., pp.39 a 102, passim.] Si es injusto responsabilizar a la física, por ejemplo, por la fabricación de armas nucleares, aunque gracias a la física es que éstas hayan podido construirse, resulta también impropio censurar a las ciencias sociales por su manifiesta incapacidad para superar ciertos problemas que agobian a la humanidad. Ciencia y técnica, problemas prácticos y de conocimiento, pertenecen a dos planos diferentes, influenciados entre sí, sin duda, pero no por ello menos distinguibles. Y separarlos, aunque en algunos casos pueda parecer artificial, es imprescindible para entender lo que ocurre, en general, en el campo de las ciencias del hombre.

    Decíamos ya (v.supra, 5.1) que no es lo mismo elaborar primero una teoría, desentendiéndose momentáneamente de sus posibles aplicaciones, que aceptar el desafío de las práctica, tratando de resolver sus problemas cuando a veces no se cuenta con los conocimientos mínimos para enfocar racionalmente su solución. La libertad de pensamiento que está implícita en el primer caso será trocada, en el segundo, por una presión más o menos coactiva, por una especie de apremio que en poco puede ayudar. Claramente esto ocurre en las ciencias que ahora nos ocupan, como bien lo destaca el mismo Kuhn:

"A diferencia de los ingenieros y de muchos doctores y la mayor parte de los teólogos, el científico no necesita escoger problemas en razón de que sea urgente resolverlos y sin tomar en consideración los instrumentos disponibles para su resolución. También a este respecto, el contraste entre los científicos naturalista y muchos científicos sociales resulta aleccionador." [Kuhn, Op.Cit., pp. 253-254.]

Lo anterior tiene por efecto estimular el desarrollo de las ciencias naturales pues, en este caso:

"...el aislamiento de la comunidad científica con respecto a la sociedad, permite que el científico individual concentre su atención en problemas sobre los que tiene buenas razones para creer que es capaz de resolver." [Id., pág. 263.]

    En este sentido conviene puntualizar que la ciencia tiene una especie de lógica interior, de hilo conductor que guía su desarrollo. La investigación debe proseguir hasta el final ciertas líneas de trabajo, cualquiera sea la probable utilidad inmediata de sus resultados esperados; se hace conveniente concentrar los esfuerzos en aquellas áreas donde ya hay un suficiente trabajo previo acumulado -bajo la forma de observación sistemática, de criterios clasificatorios o de construcciones teóricas hipotéticas- o en las que se dispone de herramientas de análisis apropiadas; la elaboración de lenguajes conceptuales precisos orienta, a su vez la definición de problemas de investigación más fructiferos. Parece poco aconsejable, en cambio, según la experiencia histórica, ir modificando las áreas de trabajo o las perspectivas temáticas de acuerdo al interés cambiante de los asuntos políticos o sociales.

    Se desnaturalizarían nuestras palabras si de lo anterior se infiere la propuesta de convertir a la ciencia en una práctica puramente conservadora, apegada siempre al pasado, [V. Gyemonat, El Pensamiento..., Op.Cit., pp. 27 a 33.] o de hacer de la ciencia social una actividad totalmente desligada de las preocupaciones contemporáneas. No abogamos a favor de una ciencia "inútil", y reconocemos la imposibilidad de dar la espalda al horizonte temático que cada época va trazando. Sólo queremos destacar que es ilusoria la suposición de que, concentrando los esfuerzos científicos en la problemática inmediata, la investigación obtenga resultados más efectivos. La confusión entre la labor teórica y las demandas por resolver problemas concretos sólo puede pesar negativamente sobre el desarrollo de las ciencias sociales, especialmente cuando son poderosas instituciones estatales o privadas las que formulan tales demandas.

    No se piense que esta circunstancia sea privativa, históricamente hablando, de las ciencias sociales; podemos encontrar situaciones paralelas en casi todas las otras ramas del saber. Particularmente ilustrativos son los casos que se refieren a la química y a la astronomía, donde registramos circunstancias que, a nuestro juicio, resultan bastante similares. Veamos un poco más de cerca estos dos ejemplos.

    Los hombres somos criaturas del cosmos, y todo lo que en él ocurre de algún modo nos afecta. Esto es cierto hasta el punto en que todos los átomos de nuestro cuerpo han sido generados, alguna vez, en algún momento remoto, en las reacciones termonucleares de estrellas que han existido a años luz de donde habitamos. Nuestro cuerpo está hecho, literalmente, de materia estelar, y la vida de la Tierra no se sostendría un solo instante sin el concurso de la energía que nos aporta el sol. El ciclo diario y los cambios de estaciones, las mareas, el clima y muchas otras cosas, sólo pueden entenderse gracias a la influencia de los astros más próximos. Todas estas incuestionables relaciones han llevado a postular, desde tiempos antiguos, una cerrada relación entre nuestras vidas y el cosmos, tratando de vincular simplificadamente cada uno de los movimientos planetarios con los avatares cotidianos. La astrología, que ha contado con seguidores tan ilustres como el mismo Kepler y a la que todavía siguen millones de personas, se ha caracterizado por buscar estas conexiones directas entre la posición de los astros y lo que nos ocurre a cada uno a lo largo de nuestra vida.

    Esta idea, por lo que decíamos en el párrafo precedente, no pueden en principio rechazarse de plano: existe sin duda una alguna conexión entre cada mínimo acto que realizamos y el conjunto del cosmos. Pero la relación que postula la astrología, sin embargo, muestra su intrínseca debilidad cuando se la analiza más detenidamente. Porque cualquier influencia que exista debería pasar, en primer lugar, por consecuencias de tipo físico, que a su vez tendrían que encadenarse con determinaciones bioquímicas, psicológicas, culturales y sociales. Solamente a través de esta larga y complejisima cadena de elementos disimiles, sólo considerando paso a paso las interrelaciones entre los diversos niveles implicados en que podría aceptarse que, pongamos por caso, la conjunción entre Júpiter y Saturno tuviera alguna influencia sobre nuestra salud o sobre nuestros amores. Al pensar de otro modo, al rechazar no sólo el análisis minucioso sino también la confrontación entre proposiciones teóricas y hechos verificables, es que la astrología se ha cerrado las puertas a una comprensión efectiva de las cosas, deviniendo en cambio una débil, oscura y mística pseudociencia. La obsesión por conocer el indescifrable futuro, por dominar de eventos que nos rodean, no ha dado ningún resultado provechoso; la impaciencia por saber ha producido una caricatura de conocimiento.

    Algo semejante ocurrió también con la alquimia, predecesora de la moderna química, que contó entre sus practicantes a genios de la talla de Newton. Los alquimistas buscaban desesperadamente la piedra filosofal, capaz de transmutar los vulgares minerales en luciente oro, y perseguían el elixir de la vida, que otorgaba el don de la inmortalidad y de la eterna juventud. Pero no investigaban rigurosamente la naturaleza del oro -y de los otros elementos- ni se dedicaban a la paciente labor de estudiar las complejidades del cuerpo humano, como hace la moderna medicina. Se aplicaban, en cambio, a ensayar herméticas fórmulas antiguas, a probar, por tanteo, diversas reacciones, pensando que existía una correlación directa entre cosmología, mundo físico y espíritu. El saldo de sus dilatadas labores fue decepcionante.

    Las ambiciones desmesuradas hicieron perder de vista la importancia de algunos modestos resultados que se iban obteniendo, de hallazgos poco sugestivos que han sido, a la postre, de mucha importancia para el nacimiento de la química como ciencia. Porque los alquimistas descubrieron en verdad varios elementos y algunas reacciones químicas fundamentales, aunque estos logros se produjeron muy esporádicamente, como subproductos de una búsqueda que tenía otras metas. Sin embargo, sobre la base del humilde trabajo de investigación sistemática posterior, la química ha logrado alcanzar hoy muchos de los fines de los alquimistas: las piedras preciosas sintetizadas artificialmente, cierto plásticos y aleaciones de notables propiedades y muchos logros de la farmacopea moderna hubieran sido calificados como auténticamente mágicos de haber sido conocidos por los alquimistas medioevales. Todos sabemos que no existe tal magia: ninguno de los grandes adelantos modernos, desde la televisión hasta los satélites de comunicaciones, desde las vacunas hasta la cirugía mediante láser, son productos de un pensamiento mágico o pseudocientífico, sino resultado de la paciente labor de científicos y tecnólogos, de quienes aceptan sin dogmatismos la falibilidad de todo conocimiento.

    Con estos dos ejemplos creemos haber ilustrado el punto de vista que sostenemos respecto a las ciencias sociales contemporáneas: la desmedida preocupación por los resultados inmediatos y espectaculares tanto como la búsqueda de teorías generales que no van determinando concretamente sus referentes empíricos, constituyen más bien un factor retardatario en su desarrollo, revelan una especie de impaciencia que en poco ayuda a la edificación de una sólida comprensión de sus fenómenos. Esto, como acabamos de ver, no es una problema exclusivo de las ciencias del hombre, sino que parece característico de aquellas ramas del conocimiento que aún no poseen un cuerpo de teoría bien definido o comprobado y métodos confiables de indagación. Por eso tales disciplinas se hacen más sensibles a las presiones del entorno, a los deseos profundos de los seres humanos, que se convierten en obstáculos epistemológicos a superar, aunque a la postre la ciencia pueda responder, indirectamente y a largo plazo, también a estos deseos. [El concepto de obstáculo epistemológico ha sido desarrollado en un interesante libro por Bachelard, Gastón, La Formación del Espíritu Científico, Ed. Siglo XXI, México, 1976, pp. 7 a 15, passim.]

    Porque muchos de los objetivos tácitos -o poco explícitos- que se encuentran en el sustrato de la indagación social se asemejan, creemos, a los propósitos desproporcionados de los alquimistas o de los astrólogos. El sueño de alcanzar una sociedad perfectamente armónica, donde desaparezcan para siempre toda dominación o explotación; la búsqueda de una conducta grupal o individual enteramente inscripta dentro de los límites de la razón; la eliminación de las desigualdades económicas o los intentos planificadores a largo plazo nos recuerdan, de algún modo, las metas características de la alquimia. No las estamos negando en un a priori antihistórico: al fin y al cabo, hoy, por medio de la tecnología atómica es perfectamente posible la transmutación de los elementos. Lo que estamos afirmando es que una ciencia social constructora de utopías, o que proclama la ineluctable aparición de un mundo drásticamente nuevo, poco puede facilitar la laboriosa aproximación al entendimiento de lo social; que la premura por encontrar rápidas soluciones para problemas como los de las drogas, la discriminación racial o la inflación, no es el mejor acicate para un trabajo teórico ordenado; que la preocupación por resolver dificultades apremiantes puede desembocar en una irritante paradoja: ni se pone fin a tales problemas, porque no se los conoce teóricamente a fondo, ni se hace una verdadera contribución a la ciencia social como ciencia pura.





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