Las Catequesis bautismales de Juan Crisóstomo introducción las Catequesis bautismales de Juan Crisóstomo



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Las Catequesis bautismales de Juan Crisóstomo

INTRODUCCIÓN
1. Las Catequesis bautismales de Juan Crisóstomo

Las Catequesis bautismales, dentro de la amplia producción de san Juan Crisóstomo, ocupan un puesto importante no solamente por el gran número de las que han llegado hasta nosotros (doce, en conjunto), sino, sobre todo, porque ellas vienen a representar una fuente preciosa para 


la historia de la concepción y de la liturgia bautismal en Antioquía, una de las sedes más ilustres de la Iglesia oriental, al final del siglo IV. 
Juan Crisóstomo, ordenado de sacerdote el 16 de febrero del año 386, al comienzo de la Cuaresma, empezó enseguida su actividad de predicador, cuyos primeros testimonios son las Ocho homilías sobre el Génesis, desarrolladas durante el mismo año. 
Pertenecen a la Cuaresma del año 387 las veintiún Homilías sobre las estatuas, con las cuales Juan Crisóstomo, junto con la participación del obispo Flaviano, logró interrumpir y evitar represiones sangrientas ulteriores, por parte del poder imperial, como consecuencia de la sedición popular que llegó a mutilar las estatuas de Teodosio y de su familia. 

2. Teoría y praxis bautismal en Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo, desde el comienzo de su actividad pastoral, reveló una clara y penetrante concepción del bautismo debida, ya sea a su experiencia personal, que con 


frecuencia subraya en las Catequesis 15, ya sea también a la tradición presente en la Iglesia de Antioquía. Su estilo sencillo y vivo, que, aun en la inmediata y constante relación con el auditorio, conserva siempre la impronta de la pura elocuencia ática, nos permite 
comprender sin dificultad su pensamiento. 
El primer aspecto fundamental que san Juan Crisóstomo capta en el bautismo es el sentido del misterio que lo rodea y que la misma expresión «sacramento», si se entiende en su 
acepción original, siempre refleja. La terminología que indica la distinción entre fieles y 
catecúmenos, en la comunidad cristiana de la época, es reveladora al respecto: únicamente los fieles (pistoi) son los «iniciados» (memuemenoi), mientras los catecúmenos (katéchoumenoi) son los «no iniciados» (amuetoi). 
Y la separación entre los dos grupos que se realizaba al comienzo de la liturgia eucarística, en la cual sólo los fieles podían participar mientras que los catecúmenos eran invitados a salir, se justifica por aquella «disciplina del arcano», profundamente enraizada en la Iglesia de 
Antioquía y que san Juan Crisóstomo refleja con frecuencia con la utilización de términos como «terrible», «tremendo», «inefable» 18, de los cuales desgraciadamente en los momentos actuales, se ha perdido su significado genuino. 
El sentido del misterio, viene sugerido a san Juan Crisóstomo por la viva fe que tenía en la nueva realidad a la cual el catecúmeno es llamado a participar: la adhesión plena y definitiva a Cristo; y para expresarla se sirve con mucha frecuencia de la imagen humana y sugestiva del 
matrimonio 19. La conocida cita de Efesios (5, 31-32), que constituye la base de la interpretación patrística del matrimonio, es reiterada y reelaborada originalmente por san Juan 
Crisóstomo con un realismo muy suyo, que es otra de las características típicas de su pensamiento. Y este realismo es lo que le impide caer en lo genérico y abstracto, incluso en los momentos de más alta tensión y precisamente cuando uno se sentiría inducido a pensar que 
la teoría sobrepasa y anula la praxis en su apasionada elocuencia. Pero a pesar de la exaltación del bautismo y de sus dones 20, y a pesar de sus cálidas y repetidas exhortaciones, él sabe muy bien que numerosos catecúmenos están esperando para solicitar el bautismo hasta el momento de la muerte 21 y otro hecho, aún más descorazonador, es ¡que muchos cristianos apenas bautizados e introducidos en las reuniones litúrgicas, no dejan de asistir a las carreras de 
caballos y a los espectáculos del teatro! 22, Él, sin embargo, no deja de exigir continuamente de los catecúmenos una seria preparación moral y doctrinal para merecer la recepción del bautismo y llegar a ser como «nuevos iluminados» (neophotistoi) 23 que pueden comprender con fe la luz resplandeciente de las nuevas verdades cristianas. 
En esta visión se encuadran las diversas etapas que van marcando progresivamente la reparación de los catecúmenos: la elección de los fieles que les acogen como a hijos y que vienen a ser como «padres espirituales» para ellos (los futuros «padrinos»), garantes de la seriedad de su 
compromiso 24; los exorcistas a quienes son confiados, cubiertos únicamente con la túnica de penitentes, con los pies desnudos y las manos levantadas al cielo como los suplicantes o los prisioneros 25. La hora nona del Viernes Santo, que recuerda el trágico momento de la muerte de Cristo en la Cruz 26 es el momento culminante de la liturgia bautismal.

 San Juan Crisóstomo que, con frecuencia y durante largo tiempo, ha insistido sobre la plena libertad del hombre en contraste con la inmutabilidad de la naturaleza 27, reclama toda la atención de los catecúmenos sobre la importancia de la elección que ellos debían realizar 28. 


La fórmula litúrgica de la renuncia al demonio: «Renuncio a ti, Satanás, a tus seducciones, a tu servicio y a tus obras» 29, es un compromiso solemne que san Juan Crisóstomo asimila a la elección total y definitiva que se realiza en el matrimonio. 
La liturgia bautismal, testimoniada por san Juan Crisóstomo, después de la renuncia a Satanás, hacía seguir la unción con el signo de la cruz sobre la frente del catecúmeno; después durante la celebración nocturna, seguían la unción de todo el cuerpo, la profesión de fe y la bajada a la piscina sagrada, para recibir el bautismo de las manos del obispo o del sacerdote, que extendía la mano sobre la cabeza del bautizado y la sumergía tres veces en el agua, pronunciando la fórmula sacramental: «Fulano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» 30. 
San Juan Crisóstomo, después del bautismo, hace mención únicamente del beso de la paz 31, al cual seguía la participación de los nuevos bautizados en la liturgia eucarística 32.
En Antioquía se prolongaban durante siete días los festejos en honor de los nuevos bautizados, período de tiempo análogo a las fiestas en honor de los nuevos esposos 33, y cada día debían asistir a la reunión litúrgica destinada a ellos, como lo testimonian las cinco últimas Catequesis 
prebautismales editadas por Wenger. Así se nos presenta la concepción que san Juan 
Crisóstomo tiene del bautismo y, después de tantos siglos, su voz parece conservar todavía inalterada toda su frescura, inspirando un sentido profundo de serenidad y de confianza, 
de la cual también el hombre de hoy tiene necesidad para renovar con plena libertad, como los catecúmenos de otro tiempo, su adhesión a Cristo

15. Cf., por ejemplo la IV Cat., c. 5; la VI, c. 19; la IX, c. 26. 


18. Cf. por ejemplo, VI Cat., c. 27; X, cc. 1 y 15. 
19. Cf. por ejemplo, IV Cat., cc. 1 y 2; V, cc. 1-18. 
20. Cf. VII Cat., c. 5ss. 
21. Cf. II Cat., c. 1. 
22. Cf. X Cat. c. 1ss.
23. WENGER señala también a este propósito cómo no es exacto 
traducir este término por el de «neófitos», aunque tenga un sentido 
análogo. 
24. Cf. VI Cat., cc. 15-16. 
25. Cf. II Cat., c. 2; III, cc. 6-7. 
26. Cf. IV Cat., c. 4. 
27. Cf. por ejemplo V Cat., c. 10; IX, c. 24. 
28. Cf. VI Cat., c. 20; para la historia de esta fórmula cf. WENGER, 
Introd. cit., pp. 79-90. 
29. Cf. en especial la IV Cat., cc. 1-18. 
30. Cf. IV Cat., c. 3; VI, c. 26. 
31. Cf. IV Cat., c. 10. 
32. Cf. VI Cat., c. 27. 
33. Cf. X Cat.. c. 24.

 

PRIMERA CATEQUESIS


«A los que van a ser iluminados, acerca de las mujeres que se adornan con trenzas y oro, y sobre aquellos que se sirven de agüeros, de amuletos o de hechizos, todo lo cual es completamente ajeno al Cristianismo». 

Finalidad de la catequesis

1. Me he presentado antes, con el propósito de reclamaros los frutos de lo que dije hace muy poco tiempo a vuestra caridad. Efectivamente, no hablamos únicamente para que nos 


oigáis, sino también para que recordéis lo dicho y nos déis prueba de ello con las obras; mejor dicho, no a nosotros, sino a Dios, que conoce lo más secreto de la mente. Y para eso se 
llama también Catequesis: para que, al ausentarnos nosotros, la palabra siga resonando en vuestras mentes. 
Y no os asombréis de que, habiendo transcurrido solamente diez días, vengamos ya a reclamaros los frutos de las semillas, porque, en verdad, incluso en un día es posible a la vez 
sembrar y cosechar. Efectivamente, no se nos llama a luchar equipados solamente con nuestra propia fuerza, sino también con el firme apoyo que viene de Dios. 
Por consiguiente, cuantos acogieron las cosas que dijimos y las han puesto en práctica con las obras, que sigan proyectados hacia lo que tienen delante 2; en cambio, los que todavía no han puesto mano en este excelente ejercicio, que lo emprendan desde este momento, para que, mediante el esmero por estas cosas, puedan alejar de sí con la subsiguiente diligencia, la condena originada por su negligencia. Es posible, en efecto, es posible que incluso el que vive en el mayor descuido, si en adelante se vale de la diligencia, pueda compensar el daño del tiempo anterior. Por eso dice la escritura: Si hoy oyéreis su voz, no endurezcáis vuestro corazón 
como en la exacerbación 3. 
Y dice esto exhortándonos y aconsejándonos que nunca desesperemos, al contrario, que mientras estemos acá, tengamos buenas esperanzas de alcanzar lo que está delante, y de perseguir el premio al que Dios llama desde arriba 4. 

El nombre de fieles

Hagamos, pues, esto, y examinemos cuidadosamente los nombres de este gran don, porque, de igual modo que la grandeza de una dignidad, si es ignorada, hace bastante negligentes a los que han sido honrados con ella, así también, cuando es conocida, los vuelve agradecidos y los hace más diligentes. 


Y por otra parte, sería vergonzoso y ridículo que quienes disfrutan de gloria y honor tan grandes de parte de Dios, ni siquiera sepan qué quieren significar sus nombres. 
¡Y qué digo de este don! Con que pienses en el nombre común de nuestra raza, recibirás una enseñanza y una exhortación a la virtud grandiosas. Este nombre de hombre, en realidad nosotros no lo definimos según lo definen los de fuera, sino como ordenó la divina Escritura. 
Efectivamente, hombre no es quien simplemente tiene manos y pies de hombre, ni sólo quien es racional, sino quien se ejercita con confianza en la piedad y la virtud. 
Escucha, pues, siquiera lo que dice sobre Job. Efectivamente, al decir: Había un hombre en la región de Ausitide 5, no lo describe en los términos en que lo hacen los de fuera, ni dice sin más que tiene dos pies y uñas anchas y planas, sino que, conjuntando las señales de aquella piedad, 
decía: Justo, veraz, piadoso y apartado de toda maldad 6, con lo cual daba a entender que éste era un hombre. Lo mismo, pues, que dice otro también: Teme a Dios y guarda sus 
mandamientos, porque esto es el todo del hombre 7. 
Ahora bien, si el nombre de hombre ofrece una tan gran exhortación a la virtud, ¿con cuánta mayor razón no la ofrecerá el de fiel?.

Pues te llamas fiel por lo siguiente: porque tienes fe en Dios, y por él tienes confiada la justicia, la santificación, la limpieza del alma, la adopción filial, el reino de los cielos.

Todo te lo confió y encomendó a ti. Sin embargo, por tu parte, también le confiaste y encomendaste a él otras cosas: la limosna, las oraciones, la castidad y todas las virtudes. 

¡Y qué digo la limosna! Aunque no le des más que un vaso de agua fresca, ni siquiera eso perderás 8, antes bien, incluso esto lo guarda con cuidado para el día aquel, y te lo devolverá muy colmadamente. En efecto, esto es realmente lo admirable, que no solamente guarda cuanto se le ha confiado, sino que lo acrecienta con las recompensas. 


También a ti te mandó que, según tus fuerzas y respecto de lo que se te confió, hicieras esto: aumentar la santificación que recibiste, abrillantar más y más la justicia que procede del baño 
bautismal y hacer más fúlgida la gracia, como hizo Pablo, quien con sus trabajos, su celo y su diligencia, aumentó luego todos los bienes que había recibido. 
Y mira la atención solícita de Dios: en aquel momento, ni te dio todo ni te privó de todo, sino que te dio unas cosas y te prometió otras. ¿Y por qué motivo no te dio entonces todo? 
Para que tú demuestres tu confianza en Él, creyendo en lo que todavía no te da, basado únicamente en su promesa. Y una vez más, ¿por qué motivo allí no se reservó todo, sino que dio la gracia del Espíritu, la justicia y la santificación? Para aliviar tus trabajos y para hacerte concebir buenas esperanzas sobre lo futuro, basado en lo ya otorgado. 

El nombre del nuevo iluminado

Y estás a punto de ser llamado nuevo iluminado por la razón siguiente: porque, si tú quieres, tienes siempre una luz nueva, y nunca se apaga. Efectivamente, a esta luz de acá, lo queramos 


o no lo queramos nosotros, le sucede la noche; en cambio la tiniebla no conoce aquel rayo de luz, pues la luz brilla en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendieron 9.
Así pues, el mundo no es tan resplandeciente después de alzarse el rayo solar, como brilla y refulge el alma después de recibir la gracia del Espíritu. 
Y aprende con mayor exactitud la naturaleza de las cosas: mientras es de noche, efectivamente, y todo está oscuro, muchas veces uno, al ver una cuerda, la toma por una serpiente, o al acercársele un amigo, huye de él creyéndolo un enemigo, o al percibir cualquier ruido, se asusta; en cambio, mientras es de día, no podría ocurrir nada semejante, al contrario, todo aparece como es. Esto mismo sucede también con nuestra alma. Efectivamente, en cuanto la gracia llega y expulsa la oscuridad de la mente, aprendemos la exacta realidad de las cosas, y los antiguos temores se nos hacen fácilmente despreciables: ya no tememos a la muerte después de haber aprendido, a lo largo de esta sagrada iniciación a los misterios, que la muerte no es 
muerte, sino sueño y dormición pasajeros; ni tememos ya la pobreza, la enfermedad o cualquier otra cosa de éstas, porque sabemos que estamos caminando hacia una vida mejor, intacta, 
incorruptible y libre de cualquier imperfección parecida. 

2. Por consiguiente, no nos quedemos embobados ante las cosas mortales, ni por los placeres de la mesa ni por el lujo de los vestidos: en realidad tienes un vestido incomparable, tienes una mesa espiritual, tienes la gloria de arriba, y Cristo se hace todo para ti: mesa, vestido, casa, cabeza y raíz. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos 11 ¡mira cómo se hizo vestido para ti! ¿Quieres saber cómo se hizo también mesa para ti? Quien 


me come -dice-, igual que yo vivo para el Padre, también él vivirá por mí 12. 
Y que también para ti se hace casa: El que come mi carne, en mi permanece y yo en él 13. 
Y que se hace raíz, lo dice también: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos 14. 
Y que se hace hermano, amigo y esposo: Ya no os llamo más siervos, porque vosotros sois mis amigos 15. Y Pablo, por su parte: Os he desposado a un solo mando, para presentaros a Cristo como virgen intacta 16; y además: Para que él sea el primogénito entre muchos hermanos 17. 
Y no solamente nos hemos convertido en hermanos suyos, sino también en hijos, pues dice: Mira, yo y los hijos que Dios me dio 18; y no sólo esto, sino también sus miembros y su 
cuerpo 19. 
Efectivamente, como si no bastara lo dicho para demostrar el amor y la benevolencia de que ha hecho gala para con nosotros, añadió todavía algo mucho mejor y más íntimo que lo anterior, al llamarse a sí mismo cabeza nuestra 20. 

Necesidad de una conducta ejemplar

Puesto que ya sabes todo esto, querido, corresponde a tu bienhechor con una conducta inmejorable, y después de reflexionar sobre la grandeza del sacrificio, embellece los 


miembros de tu cuerpo. 
Piensa en lo que recibes en tu mano, y jamás la levantes para golpear a alguien, y no mancilles con semejante pecado 21 la mano enaltecida con un don tan grande. 
Piensa en lo que recibes en tu mano, y consérvala limpia de toda avaricia y rapiña. 
Piensa que no solamente lo recibes en tu mano, sino que también te lo llevas a la boca: guarda, pues, tu lengua limpia de palabras torpes e insolentes, de blasfemia, de perjurio y de todo lo demás de análoga ralea. Realmente es pernicioso que la lengua, que está al servicio 
de tan tremendos misterios, enrojecida con tal sangre y convertida en espada de oro, sea transferida al servicio del ultraje, de la insolencia y de la chocarrería. 
Ten en gran respeto el honor con que Dios la honró, y no la rebajes a la vileza del pecado, antes bien, reflexiona una vez más que, después de la mano y de la lengua, es el corazón 
quien recibe ese tremendo misterio, y nunca más urdas engaños contra tu prójimo, sino guarda tu mente limpia de toda maldad, y así podrás también asegurar tus ojos y tu oído. 
Pues, ¿cómo no va a ser absurdo, después de aquella misteriosa voz que venía del cielo -quiero decir la de los querubines- ensuciar el oído con cantos de burdel y cascadas melodías? Y, ¿cómo no va a ser digno del último castigo mirar a las rameras con los mismos ojos con que miras los inefables y tremendos misterios, y cometes adulterio de pensamiento? 

A una boda fuiste convidado, querido, no vayas a entrar vestido con ropa mugrienta, al contrario, ponte un traje adecuado para la boda. Porque, si los hombres convidados a las bodas terrenales, aunque sean los más pobres del mundo, muchas veces alquilan o se compran un vestido limpio, y así se presentan a los que les invitaron, tú, convidado a una boda espiritual y a un banquete regio, piensa qué vestido tan extraordinario sería justo que compraras. Pero hay más: ni siquiera es preciso comprarlo, sino que el mismo que te invita te lo da gratis, para que ni la pobreza puedas presentar como pretexto. 

Por consiguiente, conserva el mismo vestido que recibiste, porque, si lo pierdes, en adelante no podrás ya ni alquilarlo ni comprarlo, pues tal vestido no se vende en parte alguna. 
¿Oíste cómo sollozaban los que habían sido iniciados anteriormente en los misterios y cómo se golpeaban el pecho, porque entonces la conciencia los estimulaba? Mira, pues, querido, no tengas tú que padecer eso mismo. Pero, ¿cómo no vas a padecerlo, si no echas fuera la pésima costumbre del mal? 

La corrección de las faltas

Por esta razón os dije recientemente, y os digo ahora y no cesaré de repetirlo: si alguno no ha rectificado los fallos de las costumbres y no ha conseguido facilidad en la virtud, que no se 


bautice. 
Efectivamente, los pecados anteriores puede perdonarlos el baño bautismal, pero existe un temor no pequeño y un peligro no casual de que alguna vez volvamos a las andadas y el 
remedio se nos mude en llaga, porque, cuanto mayor fue la gracia, tanto mayor será el castigo para los que pecan después de aquello. 

3. Por consiguiente, para no volver al prístino vómito 22, tratemos de instruirnos a nosotros mismos ya desde ahora. Pues bien, respecto de que es necesario que primero nos convirtamos y nos apartemos de los males anteriores y así nos acerquemos a la gracia, escucha lo que dicen, de una parte, Juan, y de otra, el primero de los apóstoles, a los que van a bautizarse. Aquél, efectivamente, dice: Dad fruto digno de la conversión, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: 


Tenemos por padre a Abrahán 23: Este otro, por su parte, repetía a los que le preguntaban: Convertíos, y cada uno de vosotros se bautice en el nombre del Señor Jesucristo 24. 

Ahora bien, el que se convierte ni siquiera toca ya las mismas cosas de las que se ha convertido, y por esta razón se nos manda decir: «Renuncio a ti, Satanás», para que no tornemos a él ya más. 


Lo mismo, pues, que ocurre con los pintores, que suceda también ahora. Éstos, efectivamente, después de ponerse ante la tabla, de trazar blancas líneas y de esbozar las regias imágenes, antes de aplicar los colores definitivos, con toda libertad borran unas cosas y sustituyen otras, y así enmiendan los errores y cambian lo que estaba mal. Pero después que han dado el color, ya no son dueños de volver a borrar y repintar, porque esto dañaría la belleza de la imagen y seria motivo de reproche. 
Haz también tú lo mismo: piensa que el alma es para ti una imagen. Por lo tanto, antes de darle el verdadero color del Espíritu, borra las malas costumbres que han prendido en ti: si tienes la costumbre de jurar, de mentir, de injuriar, de hablar obscenidades, de hacer ridiculeces o de cualquier otra obra parecida, de las que no son lícitas, arráncate esa costumbre, para que no vuelvas otra vez a ella después del bautismo. 
El baño del bautismo elimina los pecados: tú enmienda la costumbre, para que, una vez dados los colores y con la regia imagen ya en todo su esplendor, no tengas que borrar ya más, ni producir heridas o cicatrices en la belleza que Dios te ha dado. Reprime, pues, tu ira, apaga tu furor, y si alguien te perjudica, si te ultraja, llóralo a él; tú no te sulfures, conduélete, no te encolerices ni digas: «¡En el alma me ha perjudicado!». 
No hay nadie que sea perjudicado en el alma, a no ser que nosotros mismos nos perjudiquemos en el alma, y voy a decirte de qué forma. 
¿Alguien te robó la hacienda? No te perjudicó en el alma, sino en los bienes; pero, si tú guardas rencor, te perjudicas a ti mismo en el alma, porque en realidad los bienes robados en nada te dañaron, más bien te favorecieron; en cambio tú, si no depones tu ira, darás cuentas allá de este rencor. 
¿Alguien te insultó y te ultrajó? Tampoco te perjudicó en el alma, ni siquiera en el cuerpo. ¿Tú devolviste insultos y ultrajes? Tú te perjudicaste a ti mismo en el alma, y allá tendrás que dar cuentas de las palabras que dijiste. Y sobre todo quiero que vosotros sepáis esto: al cristiano y 
fiel nadie puede perjudicarle en el alma, ni el mismo diablo. Pero lo admirable no es únicamente esto: que Dios nos hizo inexpugnables frente a todas las insidias, sino también que nos hizo aptos para la práctica de la virtud, sin que nada lo impida, con tal de quererlo nosotros, aunque seamos pobres, débiles de cuerpo, marginados, sin nombre o esclavos. 
Efectivamente, ni pobreza, ni enfermedad, ni manquedad corporal, ni esclavitud, ni cualquier otra cosa parecida podría nunca ser impedimento para la virtud. ¡Y qué digo pobre, esclavo y sin nombre! ¡Aunque estés prisionero! Tampoco esto te será impedimento para la virtud. 
¿Y cómo? Voy a decírtelo yo. ¿Uno de tus domésticos te contristó y te irritó? ¡Ahórrale tu ira! ¿Acaso para hacer esto tuviste como impedimento tus cadenas, tu pobreza o tu baja condición? ¡Y qué digo impedimento! ¡Incluso te ayudan y cooperan contigo para abajar tus humos! 
¿ Que ves a otro en pleno éxito ? No lo envidies, porque ni siquiera aquí es impedimento la pobreza. 
Por otra parte, cuando hayas de orar, hazlo con la mente sobria y despierta, que nada podrá tampoco impedirlo. 

Muestra en todo mansedumbre, equidad, moderación, dignidad, porque esto no necesita de ayudas externas. Y esto sobre todo es lo más grande de la virtud: que no tiene necesidad de la riqueza, ni del poder, ni de la gloria, ni de cualquier otra cosa parecida, sino únicamente del alma santificada, y no busca más. Pero mira cómo esto mismo sucede también con la gracia.

 Efectivamente, aunque uno esté cojo, aunque tenga vacías las cuencas de los ojos y mutilado el cuerpo, y aunque haya caído en extrema enfermedad, nada de esto impide a la gracia venir: 
ésta busca únicamente al alma que la acoge con diligencia, y deja de lado todas esas cosas externas.

Es cierto que, en los soldados de fuera, quienes los alistan para el ejército buscan talla corporal y músculo vigoroso, pero quien ha de servir como soldado no debe tener solamente eso, sino que además ha de ser libre, porque, si uno es esclavo, lo rechazan. En cambio el rey de los cielos no busca nada parecido, antes bien, admite en su ejército incluso esclavos, 


viejos e inválidos, y no se avergüenza de ello.

¿Qué puede haber de más bondadoso y de mayor provecho que esto? Porque éste busca únicamente lo que está en nuestra mano, en cambio aquellos buscan lo que no está en nuestra mano. Efectivamente, el ser esclavo o libre no está en nuestro poder; y tampoco está en nuestra mano el ser alto, bajo o viejo, el estar bien proporcionado y cuanto se quiera de parecida índole. En cambio, el ser clemente y benigno y tener las demás virtudes es cosa de nuestra voluntad.

Y Dios nos exige únicamente aquello de que nosotros somos dueños. Y con muchísima razón, pues no nos llama a su gracia para su propio provecho, sino por hacernos bien a nosotros, mientras que los reyes llaman para servicio suyo. Estos, además, arrastran a una guerra material, en cambio Él a un combate espiritual. 
Puede ser que alguno vea la misma relación de semejanza no solo en las guerras externas, sino también en las competiciones. Efectivamente, los que van a ser arrastrados a dar el espectáculo no bajan a la liza antes de que el heraldo los haya cogido y hecho circular a la vista de todos mientras va diciendo a voz en grito: «¿Acaso alguien acusa a éste?» Y sin embargo, allí no se trata de luchas del alma, sino de los cuerpos: ¿por qué, pues, exiges dar cuentas de la nobleza? 
Pero aquí no hay nada parecido, sino todo lo contrario. 
Como quiera que nuestra lucha no consiste en trabarse las manos, sino en la sabiduría 26 del alma y en la virtud de la mente, nuestro juez de competición hace lo contrario de aquél: 
no lo coge y lo conduce alrededor mientras va gritando: «¿Acaso alguien acusa a éste?, sino que grita: «¡Aunque los hombres todos, y aunque los demonios apiñados con el diablo le acusen de las mayores y más ocultas atrocidades, yo no lo rechazo, ni abomino de él, sino que, después de arrancarlo a los acusadores y de librarlo del mal, lo conduzco a la competición!» Y no sin razón, pues allí el árbitro no ayuda a ninguno de los luchadores a lograr la victoria, sino que se mantiene en el medio; en cambio, aquí, en los combates de la piedad, el juez de competición se convierte en camarada y coadyuvador de los atletas, y junto con ellos entabla la batalla 
contra el diablo. 

4. Pero lo admirable no es únicamente el hecho de que nos perdona los pecados, sino también que no los descubre, ni los pone en evidencia, ni a los que llegan los obliga a pregonar en medio las faltas propias, sino que manda defenderse ante Él sólo y confesarse a Él. Ciertamente, si uno de los jueces de este mundo 27 dijese a un bandolero o a un ladrón de tumbas, apresados, que con sólo declarar sus fechorías quedarían libres del castigo, acogerían la propuesta con toda diligencia y por el deseo de salvarse despreciarían todo sentimiento de vergüenza. Aquí, sin 


embargo, no hay nada de esto, al contrario, Dios perdona los pecados y no obliga a exponerlos en presencia de algunos, sino que busca solamente una cosa: que quien disfruta del perdón 
aprenda la grandeza del don. 

¿Cómo, pues, no va a ser absurdo que en las cosas en que nos hace el bien Él se contente únicamente con nuestro testimonio, y nosotros en cambio, cuando se trata de rendirle culto a Él, busquemos otros testigos y lo hagamos por ostentación? Por consiguiente, admiremos su benevolencia y mostremos abiertamente lo nuestro, y lo primero de todo refrenemos el ímpetu de nuestra lengua para no estar hablando constantemente, ya que en las muchas palabras no falta el pecado 28. 


Si tienes, pues, algo útil que decir, abre tus labios; pero si en nada es necesario, cállate, porque es lo mejor. ¿Eres artesano? Canta salmos mientras estás sentado. 
¿Que no quieres salmodiar con la boca? Hazlo con la mente: el salmo es un gran compañero de conversación. Y con ello no tomarás sobre ti nada pesado, antes bien, podrás estar sentado en tu taller como en un monasterio, pues no es la comodidad de los lugares, sino la probidad de las costumbres, la que proporcionará la tranquilidad. 
Lo cierto al menos es que Pablo ejerció su oficio en el taller y no sufrió daño alguno en su propia virtud 29.
Por consiguiente no digas: «¿Cómo podré yo ejercer la sabiduría 30, pues soy artesano y pobre?» ¡Por esta razón sobre todo podrás ejercerla! Para nosotros, en orden a la piedad, es más conveniente la pobreza que la riqueza y el trabajo que la ociosidad, del mismo modo que la riqueza se torna impedimento para los que no andan con cuidado.

 Efectivamente, cuando sea preciso abandonar la ira, apagar la envidia, refrenar la cólera; cuando sea menester demostrar la oración, la honradez, la mansedumbre, la benevolencia y el 


amor, ¿en qué punto podría ser obstáculo la pobreza? Y es que, realmente, no es posible realizar todo eso repartiendo dinero, sino demostrando una voluntad recta. La limosna es la que más necesita de bienes, pero también ella resplandece todavía más con la pobreza, pues la que echó los dos óbolos 31 era la más pobre de todos, pero a todos sobrepasó. Por consiguiente, no consideremos la riqueza como algo grande, ni pensemos que el oro es mejor que el barro, porque el valor de la materia no depende de la naturaleza, sino de nuestra opinión. 
Efectivamente, para quien lo examine con rigor, el hierro es mucho más necesario que el oro, pues éste no aporta ventaja alguna para la vida, y en cambio aquél, por servir para incontables oficios, nos ha proporcionado la mayor parte de lo necesario. 
¿Y por qué comparar solamente el oro y el hierro? Estas mismas piedras son mucho más necesarias que las piedras preciosas pues de éstas nada útil podría salir, en cambio con 
aquellas se han levantado casas, murallas y ciudades. 
Y tú muéstrame cual podría ser la ganancia proveniente de estas perlas, o más bien, qué daño no podría derivarse, porque incluso para que tú luzcas un solo aljófar, innumerables pobres 
sufren la angustia del hambre: por tanto, ¿qué disculpa obtendrás?, ¿qué perdón? 
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