Lanza del vasto comentario del evangelio traducción de enrique pezzoni segunda edición



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LANZA DEL VASTO
COMENTARIO

DEL EVANGELIO
Traducción de

ENRIQUE PEZZONI
Segunda edición

Editorial SUR

Buenos Aires, 1960
Título del original francés: Commentaire de l´Evangile
Éditions DENOËL, 1954

Nihil obstat

P. MENESSLER

o.p.


París, 15 de noviembre de 1951
Imprimatur

LOUIS LIAGRE

Obispo de La Rochelle y de Saintes
La Rochelle, 26 de noviembre de 1951

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PREFACIO
El Comentario del Evangelio no forma parte de la obra literaria de Lanza del Vasto. Pertenece a su enseñanza oral. No estaba desti­nado a la publicación y se dirigía a un reducido grupo de compañeros que, para llevar a la práctica su doctrina y librarse de los compro­misos, errores y encadenamientos de nuestro mundo, se agruparon alrededor de Lanza del Vasto unidos en el trabajo manual. Carpinte­ros, cinceladores, tejedores trabajaban en talleres situados en los barrios más populosos y vetustos de París, y cultivaban en los alrededores un huerto. Se reunían todos los viernes en el taller de las hilanderas de la calle Saint-Paul. También asistían algunos visitantes que se arriesgaban por la escalera hendida, crujiente, negra de siglos.

Reinaba allí una dulce paz y una agradable tibieza. Los telares estaban plegados y las ruecas apoyadas contra la pared. Todos se sentaban en torno a Lanza del Vasto en círculos apretados. Tras un largo silencio de recogimiento, él abría el libro y leía. Y después hablaba, improvisando. Mónica, una adepta llamada la Abeja, tomaba al vuelo notas que servirían de guía.

Ahora que el Peregrino se ha hecho trabajador sigue reuniendo a los suyos en torno del hogar, al regreso de los campos. Si es durante el estío, se juntan bajo la gran haya. Y nuevas notas se han agregado a las anteriores.

Nos alegra que el grupo no haya querido ocultar celosamente su tesoro: esos fragmentos verán la luz y en el curso de los años otros habrán de seguirlos. Pensamos que todos los que buscan la verdad (y no tan sólo aquellos que se han consagrado a las disciplinas y la dirección de vida que Lanza del Vasto impone a los suyos) encon­trarán en ellos un excelente alimento y un saludable auxilio.

Nos complace que el autor de la Peregrinación haya sentido la ne­cesidad de dar al mundo un testimonio cristiano.

Como Lanza del Vasto ha publicado ya la Peregrinación a las Fuentes y no ha publicado aun la Peregrinación al Sepulcro, suele olvidarse, a pesar de sus vehementes y reiteradas afirmaciones, que es cristiano y sigue siéndolo: que no ha visitado tan sólo las riberas del Ganges y las alturas del Himalaya, sino también Jerusalén, Na­zareth, el mar de Galilea. A pie ha cruzado Grecia, Turquía, Siria y el Líbano, "apenas con un manto y sin una moneda en el cinto", como enseña que hemos de marchar el librito que llevaba en las manos y que leía durante el viaje. Sin armas atravesó la Tierra Santa devastada por la guerra y entró en la gruta de Bethlehem en la Navidad de 1938, entre dos filas de tanques. Antes de que se publique -dentro de muy poco tiempo, si Dios quiere- esa segunda Peregri­nación esperada con tanta impaciencia por los lectores de la primera, el Comentario atestigua que la Gruta de la Natividad y el Santo Sepulcro son en el Pensamiento del autor las Supremas Fuentes. Y sobre todo ese librito de la Nueva Alianza, de la Buena Nueva, en que se dice: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. El que cree en mí. . . de su vientre correrán ríos de agua viva".

Como ha frecuentado a los yoguis del Himalaya y ha atormentado su cuerpo con sus prácticas para alcanzar o al menos vislumbrar toda la verdad que la naturaleza humana puede obtener de su propio fondo, con harta frecuencia lo han hecho pasar por hindú y hasta por budista -tal es la confusión, la ligereza de los juicios-, mientras que en todas sus obras ha hecho profesión de fe católica ferviente:

"Si no hubiera conocido a los yoguis -dice-, si no hubiera sido iniciado en sus métodos, muchas verdades de nuestra fe segui­rían siendo para mí, como -para muchos de mis correligionarios, fórmulas que se repiten de memoria. Y salvo algún fulgor que pudo traspasarme en los puntos culminantes de mi vida interior para dejarme más bien deslumbrado en ese instante preciso que debida­mente aclarado, quizá nunca habría llegado hasta Dios sino por medio de fórmulas. Mientras que ahora he pasado de la repetición mecánica a la conciencia. No por mérito propio, sino como resultado natural del ejercicio, capaz de transformar la materia humana y de hacerla permeable a la luz".

Jacques Maritain, al referirse al "inmenso esfuerzo místico que atraviesa el Pensamiento hindú" reconoce que ese esfuerzo "pone en marcha los procedimientos naturales de ascesis e intuición que for­man como un lugar de espera frente a la Contemplación perfecta" (J. MARITAIN, Les Degrés du Savoir, pág. 148). En otro estudio (autor citado, L'Expérience mystique naturelle et Le vide, pág. 133 (Études carmélitaines, octubre de 1938)) llega a declarar: "creemos que una reflexión atenta sobre la contemplación hindú obliga a reconocer en gran número de yoguis (por ejemplo, en Pamana Maharshi) la posibilidad de unaexperiencia mística negativa" de orden natural, si no de las "pro­fundidades de Dios" por lo menos del Absoluto, "ese Absoluto que es el eje sustancial del alma y, en sí y Por sí, del Absoluto divino". Comparemos con la declaración de Lanza del Vasto que acabamos de citar, examinemos todos sus términos y deduzcamos si tienen un carácter más hindú que la del filósofo contemporáneo más celosa­mente ortodoxo.

En cuanto a la singular estima que Lanza del Vasto siente por las técnicas aprendidas en la India no es cosa de asombrarse, al menos para quienes conocen los notables alegatos del R. P. Poucel en favor del "Arte del recogimiento", ese "recogimiento activo" recomendado a todos los cristianos (y no sólo a los que se inician en las vías espi­rituales) por todos los Maestros de la Vida interior; ese recogimiento cuya fórmula (Pongámonos en presencia de Dios) encontramos, por las mañanas y las tardes, al comienzo de las plegarias de nuestros catecismos y devocionarios, sin que por desgracia podamos decir que nos facilite en mucho el acceso.

"Hay que reconocer que el recogimiento se practica con muy poca frecuencia -escribía el padre Poucel-. Es que, por así de­cirlo, nunca lo aprendemos, cosa monstruosa. Nos instruimos sobre mil trivialidades y tenemos escuelas para todo, salvo para eso. Nues­tra época supersticiosa ha instituido culturas de todo y ha olvidado lisa y llanamente la del pensamiento. El resultado de tal omisión es que pocos cristianos saben rezar mentalmente.. . Pero no me explico por qué motivo el arte del recogimiento habría de ser exclusivo de los budistas o los teósofos, cuando en verdad debería ser virtud natural del bautizado. El arte del recogimiento existe y no es privi­legio de nadie". Y en otra obra: "Existen entre los hindúes escue­las de perfeccionamiento respiratorio cuyo objeto es un progreso espiritual. . . Estos ejemplos extranjeros deberían avergonzarnos. ¿De modo que un cristiano es incapaz de emular la concentración espiritual del musulmán en el instante del rezo o el intenso esfuerzo espiritual del yogui? Podríamos imitar su escuela al menos en esto". Cierto que el padre Poucel agrega en seguida: "En cuanto a sus métodos, nada nos obliga, evidentemente, a adoptarlos". Conven­gamos que eso significa que nada se opone a ello, en todo caso.

Por lo demás, si estamos persuadidos de que toda verdad perte­nece al Verbo y de él se refiere por derecho propio, si recordamos la sentencia del Apóstol y pensamos que "todo lo que es cierto, todo lo que es venerable, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es digno de elogio debe formar el objeto de nuestros pensa­mientos", no comprendemos por qué motivo un cristiano, seguro de la trascendencia de su religión, ha de creerse en el deber de cerrar los ojos frente a lo que hay de bueno en una religión extranjera, en lugar de reconocer en ella su bien y obtener de ella su provecho.

Hace unos veinte años el R. P. Allo, poco adicto, como es sabido, a los admiradores del pensamiento hindú, admitía la posibilidad de un futuro contacto con dicho pensamiento y veía en él "la oportu­nidad de un retorno a los mejores principios de nuestra propia cultu­ra, demasiado olvidados o descuidados por la mayoría de los cre­yentes, tanto laicos como sacerdotes". "Y como el mundo cambia visiblemente agregaba-, quizá esté a punto de llegar e! momen­to." Parece que en verdad ha llegado el momento. Un religioso como el R. P. Dandoy, católicos como Jacques Maritain, Louis Massignon, Emile Dermenghen, Olivier Lacombe y Lanza del Vasto han comprendido que en esta trágica encrucijada de la historia del mundo es más importante destacar los puntos comunes de las reli­giones que perderse en discusiones estériles acerca de sus diferencias.
No significa esto que no debamos preservar las distinciones: nues­tro autor las mantiene con firme honestidad intelectual. Más aún, siente horror por las mezclas sincréticas, que considera "faltas de buen gusto" y "suciedades".

Tampoco su condición de discípulo de Gandhi ha de impedir que los cristianos lo consideren como uno de los suyos. "Si he tomado a Gandhi por maestro es porque, sintiéndome cristiano, he querido serlo hasta sus consecuencias últimas y no sólo en la doctrina, el rezo y el rito, sino también en mi actitud con respecto a la ciudad huma­na. Ahora bien, he recorrido el mundo y la historia, y en ninguna parte he encontrado una doctrina política, social económica y prác­tica que esté, en mi parecer, tan de acuerdo con la doctrina de Cristo como la de Gandhi." "Si no hubiese conocido a Gandhi -insiste-, pensaría como la mavoría de los cristianos que varios preceptos del Sermón de la Montaña sólo tienen validez en el plano místico y no pueden ser aplicados sino por santos, y que es imposible instaurar su práctica en el mundo actual; para seguir a mi maestro y para hacer mis ´experiencias con la verdad' he tenido que 'ensayar' de algún modo la solución evangélica para todos mis problemas, desde el de mis pensamientos hasta el de mi pan cotidiano, o e! de mis relaciones con mi prójimo o mi adversario. Y cuando encontramos el apoyo exacto para la palanca y hacemos la presión requerida, tan asom­broso es el poder adquirido y tan desproporcionado con nuestras fuerzas que nos sentimos inclinados a creer, o sea vislumbrar al ser a través de las apariencias."
Tal es la influencia deliberadamente aceptada (ya hemos visto con qué ánimo, con qué ímpetu) por Lanza del Vasto en el ámbito polí­tico, económico, social y práctico. La objeción es previsible: "Por admirables que hayan sido la vida y la muerte de Gandhi, el maestro no ha dejado de profesar, en los planos filosófico y religioso, ciertas opiniones que están en flagrante oposición con el dogma cristiano. Su influencia, ¿no ofrecería, en tal caso, un verdadero riesgo para la fe?" El problema debe plantearse. Y la respuesta es sencilla: el riesgo no fue menor -por el contrario, fue mucho mayor aún- cuando, en tiempos de san Agustín y después de santo Tomás y san Buenaventura, se trató de admitir en la filosofía lo que tenían de cierto las doctrinas de Aristóteles y de Platón. Y algunos agregarán, sin duda, que en nuestra época es necesario vivir enfrentando el riesgo o resignándose a perecer.

Sea cual fuere el valor que asignemos a las concepciones gandhia­nas aceptadas por Lanza del Vasto, un hecho es innegable: su adop­ción por los compañeros del "Arca" ha intensificado el carácter cris­tiano de la vida que se lleva en Tournier. Vida de recogimiento y de trabajo en la caridad fraternal, la pobreza, la simplicidad, la alegría. Más que en una reunión de hastiados, maniáticos del exotismo, hace pensar en aquella comunidad de la cual dice el libro de los Hechos que tenía un solo corazón y una sola alma. Al llamado de la cam­pana responden los rezos matinales y vespertinos, recitados y canta­dos ante el gran crucifijo de madera, obra de un compañero; antes y después de las comidas, el Benedicite y las Gracias; los domingos, partida hacia la lejana iglesia; durante la misa, canto gregoriano; en circunstancias excepcionales (erección de una cruz sobre el erial o fuego de san Juan), bendición por el capellán, sacerdote a quien el obispo de La Rochelle ha encomendado la misión de visitar mensual­mente al grupo. Más elocuente aún que las profesiones de la fe del Jefe, más elocuente que este Comentario cuya lectura vais a iniciar, ese testimonio que son los actos de la comunidad toda, ¿no disipa cualquier duda? Al declararlo no hacemos más que cumplir con un deber.

Una observación final: ¿qué pensar de ciertos desbordes verbales de nuestro autor, de esa posición espiritual tan peculiar que a veces lo muestra como un "peligroso innovador", ya que no como herético? ¿Debemos alarmamos por ello? Por nuestra parte, consideramos que de este frescor, de esta inocencia del lenguaje proviene en buena parte el poder de persuasión y conversión de Lanza del Vasto. De otro modo no habría logrado que las jóvenes generaciones escucharan los pensamientos eternos.

Por lo demás, no es preciso recurrir a los tecnicismos de los teólo­gos para reconocer, en este descendiente de santo Tomás de Aquino por su sangre, a un hombre entroncado en la tradición. Quizá no haya una sola de sus audaces fórmulas que no se afirme en alguna cita de san Agustín o de la Imitación, de Tauler o del Bienaventurado Ruysbroek. En esta última obra, su familiaridad con el pensamiento de los Padres y Doctores de la Iglesia es en todo momento evidente.

¿Querrá decir esto que en el Comentario sólo habrán de hallarse cosas manidas? Por el contrarío, lo creemos de una profunda origi­nalidad. "Para ser original -suele decir el propio Lanza del Vasto no hay la menor necesidad de ser novedoso; original significa lo-que-tiene-el -gusto-de-la-fuente. Para ser original basta con ser ver­dadero, con hablar de una verdad cuyo gusto conocemos."

"Y ninguno que bebe de lo añejo, quiere luego lo nuevo, porque dice: Mejor es lo añejo. (Lucas, V, 39.)

"Lo que debemos hacer -concluye Lanza del Vasto- no es pre­dicar una nueva religión o corregir la Iglesia: corrijámonos a nosotros mismos. No encontraríamos tantos defectos en nuestra Religión si la practicáramos cabalmente. La verdad es que nuestra Religión sólo tiene un defecto: nosotros."
ABAD A. VATON,
Capellán del Arca
Navidad de 1949.

LIBRO PRIMERO DEL Comentario del Evangelio, de Lanza del Vasto

I
DEL ASOMBRO O INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO
11 de octubre de 1949. Calle Saint-Paul.
Después de tantos santos, mártires, doctores y exegetas que se inclinaron sobre este libro para tomar de él la sustancia de su vida interior, ¿será conveniente que un oscuro cristiano alce de nuevo su voz?

Si algo tengo que decir, amigos míos, es que el Evangelio es un libro que conozco muy poco. Y no porque no me haya esforzado en comprenderlo, o porque no lo haya llevado en mis bolsillos o en mis alforjas a través de mis viajes, o porque no lo hojee e interrogue todos los días. Pero sí porque su sentido se me escapa sin cesar. Y hasta suele ocurrirme que durante una conversación o una lectura me quede perplejo ante una frase asombrosa, como si nunca la hubiese oído: y esa frase es una cita de Mateo, de Marcos, de Lucas o de Juan. Al acudir al libro la encuentro y descubro que la he leído ya veinte veces, sólo que ahora se me aparece enteramente nueva y me quedo boquiabierto.

En tales condiciones parecería vano arriesgarse a un comentario. ¿Cómo podría explicaros algo que, según confieso, apenas comprendo yo mismo? Pero mi designio no es tanto atribuir a tal o cual pasa­je un sentido preciso y menos aun afirmar que dicho sentido es el verdadero y el único que pueda encontrarse, cuanto renovar el asombro.

"Encontraréis la verdad -dice un padre oriental (del siglo II, se­gún creo) - y frente a ella sentiréis asombro, y después temor, y por fin amor."

Asombro en primer término, porque todo empieza en el asombro. En francés, la palabra étonnement está relacionada con la palabra tonnerre (trueno): es el hecho de quedar ensordecido por el trueno y herido por el rayo. Durante el asombro abrimos los ojos, apretamos los labios, el corazón parece dejar de latirnos, no sabemos si sentimos alegría o espanto, si estamos en nuestro propio cuerpo o en alguna otra parte, si somos nosotros mismos u otra persona, si lo que vemos es real o fabuloso. Súbitamente todo se vuelve incierto: todas las verdades del buen sentido, todas las evidencias pueriles, todo lo que sabemos acerca de nosotros mismos, de los otros y de otras cosas. Platón dijo que el estupor es el comienzo de la filosofía. En todo caso, es el comienzo de la religión.
Y después temor. Sí . .. Porque si es cierto, como Lucas Die­trich dice en el Diálogo de la Amistad, que "la verdad no puede des­cender sobre nosotros sino matándonos", es muy explicable que en nuestra flaqueza sintamos temor, puesto que sabemos que todo lo que llamamos "yo", todo lo que es nuestro, todo lo que nos es que­rido, todo lo que es fuente de nuestros amores, de nuestros odios, de nuestros apegos y nuestras vanidades, carece de razón de ser y la verdad habrá de quemarlo, habrá de devorarlo y aplastarlo y herirlo con su rayo. Por eso el segundo sentimiento en presencia de la ver­dad es de temor.
El tercer sentimiento es, por fin, el sentimiento del amor. Pero un amor asombrado, un amor lleno de temor. Tal sentimiento nace el día en que surge una convicción: esa Verdad que nos destruirá, ese fuego que nos quemará es preferible a nosotros mismos; esa cosa por la cual seremos sacrificados, esa otra cosa tan sorprendente y extraña, o sea tan otra, esa otra cosa es más nosotros que nosotros mismos. Y por lo tanto es bueno, justo, enaltecedor que esa cosa sea impere­cedera mientras nosotros perecemos. Y esa cosa se regocija consigo misma, mientras nosotros sólo podemos sentir vergüenza y el deseo de desaparecer. Y esa cosa es el Yo que ignoramos en nosotros. Y el yo que dice "yo" ha de disminuir para que esa cosa se engrandezca. Nos pasamos así al bando opuesto, tomamos el partido de lo que habrá de destruirnos. Pasamos con nuestra sustancia al bando opuesto y optamos contra nosotros mismos. Y así perdemos nuestra alma para reencontrarla, así morimos para renacer, así no renacemos tan sólo en una vida posterior a la vida sino en el presente inmediato con la aprehensión inmediata de la eterna Presencia.
Cuántas personas imaginan poseer este amor supremo, cuando en verdad sólo veneran una imagen brillante, fácil y placentera a la mente y sólo veneran la admiración que sienten por sí mismos. En su contento, son más dignos de lástima que las personas que ni siquiera creen en Dios. Están más alejados de la salvación que aquellos que saben que no quieren a nadie y no creen en nada y languidecen a causa de esa incapacidad mortal.

Quiero conquistar ese amor supremo y guiaros hasta él; pero que nuestra meta sea por el encuentro con la verdad y no la fuente de una ilusión. Andémonos, pues, con cautela y procuremos por ahora subir el primer peldaño, que es el del asombro.

Tratemos de encontrar el asombro, fruto de nuestro primer con­tacto con la verdad; tratemos de reencontrarlo a pesar de la costra que hemos depositado sobre las palabras de vida, a pesar de las puerilidades azucaradas con que han atosigado nuestra fe de niños, a pesar de las naderías morales y teóricas con que se ha atiborrado nuestro juicio de hombres, a pesar de la nauseabunda idolatría ex­puesta a la adoración de los fieles.

Hagamos en nosotros el vacío por medio de la meditación, lim­piémonos de las larvas del recelo, ahuyentemos como a ratas las argu­mentaciones turbulentas. A solas el libro, abramos los ojos para ver, abramos los oídos para oír, abramos el corazón para consultar el eco.

El primer asombro consiste, pues, en entrar en un jardín donde todo florece bajo la luz de la evidencia, en el que están excluidas la explicación, la discusión y la duda (en verdad, en verdad os digo ...), en el que sólo se nos habla de cosas familiares, con el lenguaje de todos los días: de trigo, de un grano de pimienta, de una medida de levadura y de una moneda perdida; de una oveja perdida, de un hijo que regresa junto a su padre; del agua, de la sal, del vino, de los peces, de las aves del cielo y de los lirios del campo; de un padre de familia, de los viñadores y de un pastor; de las zarzas, de los higos, del pan y otra vez de la viña... Y en cada página, como un estribillo en las canciones, este grito de advertencia: ¡El que tiene orejas para oír, oiga!

Y cuando percibimos la voz conocemos un segundo asombro: el de comprobar que hemos sido transportados al corazón de otro mun­do, que toda esa sencillez que al principio nos había atraído era de doble fondo, que la claridad que nos había impresionado es una claridad abismal, que toda palabra está posada allí como una flor sobre un lago de silencio donde se hunde su tallo y se pierden sus raíces

Es el asombro de comprobar que todas las verdades que ya nos habían convencido tienen su lado opuesto, como para sacudirnos del torpor de la certeza en que empezábamos a amodorrarnos; el asombro de comprobar que el texto es, en verdad, un tejido cuyos hilos se juntan, se entrecruzan, se ocultan y se sostienen mutuamente; pero un tejido de carne viviente en que ninguna regla mecánica preside el orden de la trama.

Lo que ante todo sorprende -"signo de contradicción"- es que la exposición de los hechos y frases de un mismo hombre se presente en cuatro relatos distintos y convergentes, análogos y autónomos: lo cual exalta y contrarresta la percepción. Es como un prisma de cua­tro fases donde la misma imagen aparece inmediata y a la vez pro­yectada en la lejanía; recta y a la vez de sesgo; fragmentada y a la vez exaltada en su relieve; llameante y a la vez brumosa. Los cuatro relatos son de dimensiones casi idénticas y -a pesar de todo cuanto se ha dicho- del mismo tono y estilo. A tal punto que no sólo los mismos giros, sino además las mismas frases se encuentran en unos y otros. Sin embargo, las mismas frases vuelven a encontrarse en otros contextos, los mismos acontecimientos se refieren a otras épocas y circunstancias, los mismos símbolos sufren otras interfe­rencias y otras refracciones. Ahora bien, el sentido de que están car­gadas las mismas palabras y figuras en un pasaje determinado va a precisar el sentido que adquieren en otro pasaje: lo explican, lo corri­gen, lo completan. A tal punto que es necesario maniobrar continua­mente el prisma y observar cada punto a través de las cuatro fases sucesivamente, a fin de recomponer el objeto en su consistencia. Y así como en un poema cantado se desprende un sentido de los versos, otro sentido de la música y hasta un tercer sentido de la relación entre la música y los versos, asimismo se desprende un sentido de los textos en sí y un nuevo sentido de la relación entre los textos. Por eso, el primer y mejor comentario del Evangelio es el Evangelio mismo.

Y al velarse y revelarse todo, sentimos un nuevo asombro: nin­gún jeroglífico de Egipto, ningún libro mágico, ningún arcano de la Cábala o del Hermes Trimegistos, ningún criptograma de Pitá­goras, ningún tratado de la piedra filosofal es más arduo ni contiene más escondida esencia que este librito tan divulgado.
Pero no es ése el asombro capital. El asombro capital surge -a través de todos los procedimientos de embalsamamiento y enterra­miento que son la composición, la transcripción, la transmisión, la traducción, la impresión y la lectura de un libro- del encuentro con Aquel que lleva entre todos el nombre de El Viviente. Aquel que de sí mismo dijo: “Soy la vida, soy la fuente de las aguas vivas”, y con más intensidad, absolutamente: "Soy". Aquel que, entregado a la muerte hace dos mil años, volvió y ha de volver.

Lo mataron en la carne, lo negaron ante Dios; los suyos lo nega­ron, lo traicionaron, lo olvidaron incesantemente; hasta lo negaron en la carne, trataron de borrar su existencia pasada. Pero todo pasa, y sus palabras no pasarán. Donde haya ser, vida, presencia; donde alguien diga yo allí estará Él, presente y oculto:



He alzado la piedra, lo he encontrado debajo; he hendido la madera: ¡dentro estaba! (Citado por



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