La voluntad de equilibrio



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LA VOLUNTAD DE EQUILIBRIO

Mariano Peyrou

CONVIVENCIA
Parecen más, pero sólo

son veinticuatro horas. La primera

puede ser azul pálido, sal,

horizonte; la segunda es sin duda un

cesto vacío, la tercera dos cestos vacíos

o un cesto por la mitad (es casi lo

mismo); para la cuarta desembocamos

en cualquier otro plano, por ejemplo en el

recuerdo del día en que se arranca

un pedazo de corcho de un árbol con

la idea de regalarlo a la vuelta del campo;

en la quinta jugamos al ajedrez, yo

suelo ser alfil; la sexta y la séptima

son un resbalar jabonoso y lunático;

la cera de las velas, todos los atributos de la

cera de las velas abundan en la hora

octava y sellan lo que será la primera

parte siempre que estructuremos a partir del número

tres (se recomienda el tres, es tanto más

justo y cómodo, a la humana medida);

entonces la novena, o nona

si uno tiene mal gusto, será otra vez

azul o rosa pálido pero menos, y algo de

hastío, de círculo, como cuando

estamos sentados en esos lugares desde los que

es tan evidente que la tierra es redonda,

y así la décima puede consistir en preguntarse cómo

es que tardaron tanto en darse cuenta;

todo va rodando por el círculo

enjabonado: claro, es tan fácil pensar así ahora,

autocrítica en la undécima; y atravesamos

la duodécima dudando si no hubiera sido

mejor trabajar con el dos, al fin y al cabo

la decimotercera parece algo nuevo

o recién barnizado; la decimocuarta confirma que

la estructura es binaria: ahora se ve que son las horas

las que nos vienen buscando; por ejemplo la

decimoquinta, una rubia que baila

y nos pide bailar; no importa

qué hayamos contestado, ya van

dieciséis y se intuye la costura, se siente la proximidad del ombligo;

la decimoséptima es la hora de entender, incluso

la televisión se justifica; Bach

sabía de todo y la decimoctava lo trae con su brisa,

las matemáticas son sólo el esqueleto;

una medusa se evapora en la arena,

ya es la decimonovena y sin embargo hace frío,

soledad, desde tan cerca no te veo mientras

la vigésima nos sigue empujando cruelmente,

nos sigue la vigesimoprimera, corremos

escapando del tiempo

que no quiere alcanzarnos sino hacernos correr;

durante la siguiente sufriremos un breve

ataque de epilepsia sentimental,

y la vigesimotercera traerá la voluntad de

equilibrio, para esto recomendamos la puesta

de sol o el amanecer (son las dos

puntas del mismo ovillo) pero con

mesura porque la vigesimocuarta será

un semáforo y una banda

de Moebius sobre la que ya no

hace falta jabón para que sigamos

deslizándonos siempre por el mismo día,

deslizándonos siempre por el mismo día

hasta que algo alguna vez se rompa y sea mañana,

que es el ayer del próximo amor.


¿Y SI FUERA EL DÍA?


¿Y si fuera el día la mentira, y estuviera

en la serenidad la distorsión,

en casa el enemigo?

Hay una continuidad en el

sueño similar a la de la vigilia.

A veces se manifiesta. Ocurre entonces

la caída lenta que está más allá de los

relojes y la prudencia (pero un cigarrillo

es un reloj, un caracol es otro, un

corazón; y más allá de la

prudencia están los asteroides, o

Finlandia y todas las veces que resbalaré en el

hielo). Ahora hay que confiar en

lo que no se entiende, elegir el

recipiente más adecuado para

contener el desconcierto. Un

poema puede ser bastante capaz, aunque

siempre será mejor usar el mar o la fogata.

O la caricia. Se extienden

las pupilas en la oscuridad, palmas que se

abren para acariciar la decepcionante

espuma tras la cual está ella,

está él. La caída de su

párpado es una ola que se

rompe, un movimiento de

bailarina antes de dejar la escena.

Mi cuerpo está fuera de mí.
Yo defiendo lo leve, lo menor.

Es mi trabajo.

Mi trabajo es estar ahí

sentado, contando mentiras. Mi

trabajo es contener un mar.

No hay nada tan inútil. Nada

tan bello como lo que no sirve.

ELEGIRÍA SIEMPRE


Elegiría siempre la mucho más

sutil tortura del más abstracto de ambos. Resumiendo:

está el vulgar despertador con su catálogo

de ademanes excesivos, sus fuegos de

artificio, su apego a lo concreto, y está el otro despertador, el

metafísico, que con su silencio

grita, que con su grito ilumina y

nombra un río que asciende una

montaña. Para empezar elijo siempre las ocho y veintiséis y no las

ocho y media, por si eso indicara algo, la apuesta de Pascal. Para

seguir veo una buena cuota de

locura en un reloj; para empezar, es tan

ingenuo disgustarse porque se hizo tarde: el

reloj es la tierra girando, nunca le vas a

ganar; para seguir, veo muy extravagante eso de llevar

una metáfora de la rotación en la muñeca.


Cualquier hora. Una

lluvia que cae desde abajo. Los ojos como

platos rompiéndose contra el radiador o la persiana.

Elegiría siempre recorrerlo al revés.

También la lluvia es la máquina del tiempo.

ESOS NOVIOS


Qué bien, acaban de dar las

tres, confirmo en la mesilla que

son exactamente las

tres, qué suerte ya que

no podría ser mejor hora, las

tres, es coincidencia casi milagrosa; pero qué

increíble, hay una hora aún más excelente, ya son las

tres y uno.


INTERRUMPEN


Interrumpen el juego para

invitarme pero les

contesto que estoy mejor

tomando notas en un cuaderno que ellos nunca

verán y no les importa. Ellos

juegan y yo juego. Me

parece que el cuaderno se

termina y que tendré que

interrumpir mi juego y

pedir otro cuaderno. Pero a quién

dirigirme si todos

juegan en el reloj y no



sé quién manda más, si la aguja grande o la pequeña.


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