La Virtud formal de la prudencia



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La Virtud formal de la

PRUDENCIA

por José María Méndez


La prudencia ha sido vista siempre como una virtud formal, es decir, algo que afecta a todas las demás virtudes, o en nuestra terminología, valores con un contenido material. Y así, para ser veraces, hemos de ser al mismo tiempo prudentes, pues no a todo el mundo hay que decirlo todo. La prudencia nos hará ponderar en cada caso el derecho a saber que tiene quien nos pregunta. Y para ser justos, también hay que ser prudentes, pues a veces la seca y estricta justicia podría ser injusta. En dos situaciones, exactamente iguales en lo referente a la justicia pura y dura, pueden incidir circunstancias diferentes y que haya que tener en cuenta. Y lo mismo ocurre con todos los demás valores materiales o virtudes.

Entre los tratadistas clásicos era costumbre presentar la prudencia como auriga virtutum, como el arte de moderar y armonizar todas las demás virtudes, siguiendo la imagen del auriga que ya usó Platón, aunque en otro contexto. Y Santo Tomás de Aquino indica el carácter formal de la prudencia con su breve sentencia toda virtud debe ser prudente (Q.D. de Virtutibus in communi, 12, ad 23).

Pero la prudencia no es la única virtud formal. En nuestro esquema hay tres virtudes formales, que denominamos humildad, constancia y prudencia. Antes de seguir adelante, hagamos una observación sobre la terminología usada en este trabajo. La palabra virtud es acertada para designar estas tres actitudes básicas.

En cambio, la palabra valor suele ser entendida habitualmente, y en este texto también, con referencia a una materia o contenido específico.

Por otra parte, en nuestra terminología procuramos evitar la palabra virtud referida a los valores materiales, pues éstos no son sólo éticos, sino también estéticos, religiosos, y hasta económicos. Tradicionalmente la palabra virtud se ha entendido por lo general, y se sigue entendiendo hoy día, como algo referido única y exclusivamente a lo ético u obligatorio. Por eso, emplear la palabra virtud como enteramente sinónima de valor llevaría a reducir la Axiología a Etica, y nada más que Etica. O al menos, así pudiera interpretarse lo que se está diciendo. Si bien es cierto que la prudencia encuentra su más frecuente aplicación en la vida ética, su radio de acción se extiende de suyo a toda la vida humana, a todos los valores y no sólo a los éticos. En resumen, aquí reservamos la palabra virtud para las tres actitudes formales y básicas antes citadas, aunque de modo redundante usemos a veces, y para mayor claridad, la expresión virtud formal. Y cuando decimos valor sin más se entiende un valor con contenido o materia. Aunque también se emplee a veces la expresión valor material. Insistimos en estas redundancias para que la terminología aquí usada sea entendida sin equívocos.

El adjetivo moral es empleado como equivalente a ético en todas mis obras. Pero en este texto, unas veces es igual a ético, y otras igual a axiológico o relativo a todos los valores y no sólo éticos. Con todo aquí se emplea de modo enfático, y puede suprimirse la palabra moral sin que la frase se haga equívoca.

Antes de entrar en el tema propio de la prudencia, a la que hemos situado como tercera virtud formal, digamos unas breves palabras sobre las dos primeras, humildad y constancia.

Llamamos humildad a la actitud básica y primaria de aceptar el hecho de que la libertad propia de cada ser humano, o si se prefiere, cada persona, tiene delante de sí un mundo de valores materiales. Eso es tanto como admitir que la razón de ser de nuestra presencia en este mundo no es otra que la de realizar, en la medida de nuestras fuerzas, esos valores. Estamos en este mundo para eso y nada más que para eso; para vivir los valores. En frase que todos entienden se suele decir que los valores dan sentido a la vida humana.

Otra manera de expresar lo mismo es ver los valores como fines objetivos de nuestra vida (Zwecke, en la terminología alemana; en parecido sentido Aristóteles llamaba ergon a la función propia de algo). Lo mismo que un cuchillo está hecho para cortar y no para apretar tornillos -valga este sencillo ejemplo-, el hombre está hecho para vivir valores, y para ninguna otra cosa. Y si a veces rompemos el cuchillo al emplearlo como destornillador, o sea, al usarlo para lo que no está hecho, para lo que no es su fin-objetivo o Zweck, el hombre siempre se destroza a sí mismo cuando no dedica su vida a vivir valores, cuando se aparta de su fin-objetivo.

Así pues, se nos ha dado la libertad para hacer el bien; no el mal. No somos libres para hacer el mal. Si hacemos el mal, atentamos contra nuestra finalidad objetiva y más pronto o más tarde tendrán que aparecer las indeseables consecuencias, si es cierto que los valores son fines-objetivos.

Decía Santa Teresa que humildad es andar en verdad. La frase no podría ser más certera, si pensamos en la verdad propia del conocimiento axiológico, en el hecho de que los valores -todos los valores y no sólo los éticos- son los fines objetivos de la vida humana.

Por tanto, lo primero que hay que hacer para vivir de modo axiológicamente correcto, o si se prefiere, de modo auténticamente humano, es aceptar que estamos en este mundo para vivir valores y nada más que para eso. Eso es la humildad. Es al mismo tiempo un acto del entendimiento y una decisión de la voluntad; afecta a la totalidad de la persona.

La segunda virtud formal es la constancia. Supuesto que ya somos humildes en el sentido antes indicado, y que excluye obviamente las caricaturas tan frecuentes del falso humilde, además hemos de ser constantes. No bastan las buenas intenciones, ni es suficiente la buena voluntad. Hay que ponerse manos a la obra. La realización de los valores requiere normalmente esfuerzo, y aún más trabajosa es la perseverancia durante toda la vida en esa tarea por ser mejores. Tenemos que llegar hasta el final de nuestra vida siendo fieles a los valores. Hemos de levantarnos y reemprender la marcha, si es que hemos caído en el camino de esa fidelidad a los valores-fines. Y hemos de reiniciar esa marcha tantas veces como hayamos desfallecido en nuestro itinerario axiológico.

Esta porfía en el esfuerzo es particularmente necesaria en ese terreno o sector de los valores éticos, que en nuestro esquema denominamos Valores de Autodominio. Pero la constancia se extiende a todos los valores materiales y no sólo a los éticos.

Para vivir cualquier valor material hemos de ser perseverantes y tenaces en la lucha contra nuestras pasiones, y especialmente contra la desidia y la pereza.

Es importante observar que estas dos primeras virtudes formales, humildad y constancia, pueden ponerse en relación con la famosa tesis socrática el único mal moral es la ignorancia. Según Sócrates, de la misma manera que basta enseñar a alguien la técnica de tocar la flauta para convertirle en un buen flautista, bastaría también enseñar a alguien en qué consiste la virtud moral para convertirle en una buena persona, en ser humano virtuoso. La virtud puede ser enseñada, es una frase que le atribuyen repetidamente Platón y Jenofonte. En efecto, Sócrates debía ser él mismo tan buena persona, que no le cabía en la cabeza que alguien pudiese hacer el mal a sabiendas. Si alguien lo hace, es porque ignora qué es el bien o en qué consiste la virtud.

En su ingenuidad, o en su enorme bondad natural, Sócrates pensaba que conocer la virtud implica ser virtuoso. Si la gente hace el mal, es porque no sabe lo que hace. Lo mismo que si da notas falsas en la flauta, es porque no sabe cómo manejar adecuadamente el instrumento. Por tanto, lo mismo que se puede enseñar la técnica de la flauta, también se puede enseñar la técnica para ser virtuoso. Basta poseer esa técnica para serlo.

Aristóteles se dio cuenta del error lógico de Sócrates. Este confundió la condición suficiente con la condición necesaria. La frase conocer la virtud implica ser virtuoso, asigna al conocimiento de la virtud, el status lógico de una condición suficiente, o del tipo si esto, entonces también aquello.

Pero la idea socrática se hace perfectamente aceptable y comprensible, si la proponemos como condición necesaria, del tipo si no esto, tampoco aquello. Es fundamental la presencia del negador lógico. Aristóteles hace verdadera la tesis de Sócrates, simplemente introduciendo dos noes. Si no se conoce la virtud, no se es virtuoso. En rigor, ni siquiera se puede ser virtuoso.

Por todo ello, la ignorancia no es propiamente un mal moral, y aún menos el único mal moral, como creía Sócrates. La ignorancia es más bien un impedimento, o una condición sine qua non, para alcanzar la virtud. Aunque obviamente, la ignorancia querida o consentida pueda luego trasformarse en auténtico mal moral. Pero eso no sucede a causa de la ignorancia como tal, sino por la decisión de la voluntad de permanecer en la ignorancia. Es la ignorantia affectata de que hablaban los moralistas medievales.

Por otra parte, esta corrección de Aristóteles a Sócrates nos hace ver cuán necesario es el uso de la lógica para avanzar en el conocimiento de cualquier cosa, y por tanto también en cuestiones axiológicas.

Traduciendo todo esto a nuestra propia terminología, podríamos decir que, según Sócrates bastaría ser humildes para automáticamente vivir los valores materiales. Entonces la humildad sería la única virtud formal. Pues por la palabra humildad entenderíamos aquí justamente lo que Sócrates denominaba conocimiento de la virtud, o sea, saber cuántos y cuáles son los valores materiales que dan sentido a la vida humana y cuál es su jerarquía según las dos dimensiones de la altura y la fuerza.

En cambio Aristóteles se da cuenta de que, además de conocer la virtud, hace falta algo más, hace falta la decisión de la voluntad, querer ser buenos.

Y eso es justamente lo que entendemos aquí por virtud formal de la constancia. El famoso verso de Ovidio video meliora proboque, deteriora sequor -veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor- describe de modo bien preciso cuál es la situación del humilde pero no constante, del que deja de hacer el bien por falta de decisión o de empeño en la vida práctica, a pesar de que, teóricamente o en el plano del mero conocimiento, sea plenamente consciente de que hace el mal. La enorme bondad natural de Sócrates le impedía comprender que pudieran existir en el mundo personas como Ovidio. Pero Aristóteles, con su proverbial sentido común, advierte que hacen falta dos virtudes formales y no una sola.

Esta observación es importante, pues el tema de las tres virtudes formales hay que ponerlo obviamente en estrecha relación con el problema del conocimiento moral. El conocimiento moral, aplicado a la vida real, es un conocimiento comprometido.

Dicho esto, volvamos al tema de la prudencia. Incluso en la situación más favorable en que humildad y constancia van juntas, tampoco eso basta para ascender por la penosa senda de los valores. Se requiere además una tercera virtud formal, que es precisamente la que ahora nos ocupa, la prudencia.

El campo de aplicación más corriente de la prudencia es la vida ética. Aunque también hay que ser prudentes en estética, en religión y en economía; en todo el ámbito de la Axiología. Con todo, en este trabajo nos referiremos preferentemente a cuestiones éticas u obligatorias.

La necesidad de la prudencia se echa de ver, de modo más obvio y frecuente, en el carácter dramático que tiene la vivencia ética. Por eso nos referiremos a la prudencia preferentemente dentro de un contexto ético. Pero no olvidemos nunca que la prudencia se extiende de suyo a todo el arco axiológico.

Vamos a describir ahora la virtud formal de la prudencia desde tres puntos de vista distintos. Aparentemente se trata de tres enfoques o tres perspectivas que nada tienen que ver entre sí. Pero si vamos al fondo de las cosas, nos daremos cuenta de que se trata más bien de tres maneras distintas de decir lo mismo. Más aún, la suma de estos tres enfoques es justo lo que nos permitirá comprender mejor en qué consiste propiamente la prudencia.

El primer enfoque se refiere a la relación entre los valores en cuanto reglas generales y su aplicación práctica a los casos concretos. El segundo enfoque ve la prudencia como el modo de solucionar conflictos de valores. El tercer punto de vista entiende la prudencia como el arte de encontrar los medios más adecuados para conseguir los valores, que ya hemos dicho son fines, y fines objetivos.

Veamos el primero de estos tres enfoques.

Sócrates y Aristóteles usaban la expresión conocer la virtud. Nosotros diremos más bien conocer los valores éticos. Pero lo importante es esto ¿de qué conocimiento estamos hablando exactamente? ¿Nos estamos refiriendo a un valor material cualquiera en su concepto abstracto o teórico, o más bien a la aplicación práctica de ese valor a una situación concreta de la vida real?

Pues se trata de dos maneras muy diferentes de entender la expresión conocer el valor ético. Son dos concepciones completamente distintas de saber sobre temas éticos. Conocer teóricamente el contenido o materia de un valor, como conocer la fórmula química de la aspirina, no nos compromete a nada. Pero conocer cuál es la respuesta que pide de mí tal valor en esta situación concreta, la que tengo delante y en la que ese valor interviene, justo ese saber es el que nos compromete.

En efecto, la primera función o uso de la prudencia en ética proviene del reconocimiento de que, si hablamos con rigor, no existe ciencia ética de los casos concretos. Sólo hay ciencia ética de los principios generales de conducta, y como tales hay que entender lo que en nuestro esquema llamamos valores materiales éticos.

En la literatura axiológica inglesa ha sido costumbre distinguir entre act ethics y rule ethics (ética de casos concretos y ética de reglas generales). La importancia de esta distinción salta a la vista.

La ética de normas abstractas, de valores éticos, de reglas o mandamientos genéricos, dice no matarás. Establece una regla general a la que en principio deben atenerse todos los casos concretos. Sin embargo, la ética no funciona lo mismo que la física o la química, en que la regla general puede aplicarse de modo automático a los casos concretos. La regla dice, el fósforo arde a los 70º C. Cada trozo de fósforo sometido a esa temperatura se comporta de acuerdo con la regla. Con métodos adecuados, siempre se puede aislar el caso puro, el que corresponde exactamente a la regla general.

Incluso en sociología o en economía los casos concretos se acomodan a la regla general con un margen de desviación lo suficientemente estrecho para que podamos asimilar esas ciencias a la física o la química.

El cumplimiento, al menos estadístico, de la regla general en las ciencias sociales es muy parecido al observado en las ciencias de la naturaleza. Por eso también la economía, y aun algunas zonas de la sociología, son un buen campo de aplicación para las matemáticas, pues las previsiones según cálculos se cumplen aceptablemente. Los casos son casi puros.

Pero es típico de la vida ética que para cada regla moral sea muy fácil encontrar el caso concreto que la contradice. Al mandato o regla general no matarás enseguida oponemos el caso concreto de la legítima defensa. Frente al mandato o regla general no robarás, el mismo Santo Tomás de Aquino afirma que en caso de extrema necesidad es lícito decidir robar, antes que morir de hambre. Más aún, incluso en lo que nos suele parecer la norma moral más estricta, rígida y vinculante de todas -no te suicidarás- nos encontramos con el caso de Santa Pascasia.

Durante la persecución de Diocleciano, cuando se llegó al extremo de registrar las casas de los presuntos cristianos, una patrulla de soldados enviados por el juez se presentó en la casa de Pascasia, cuando la joven estaba sola en ella. La orden era llevar a toda la familia ante el juez, para que incensaran a los dioses tutelares de la ciudad, lo que se aceptaba como abjuración pública. Sabido es que muchos cristianos prefirieron la muerte antes que renegar de su fe. Es menos sabido cómo se trataba a las mujeres.

En aquel ambiente generalizado de abuso de autoridad, los magistrados hacían la vista gorda, si los soldados violaban a las mujeres cristianas que, al haberse negado a abjurar de su fe, iban a ser ejecutadas.

Pascasia sabía muy bien, por tanto, cuál iba a ser su suerte, si los soldados se hubiesen dado cuenta de que estaba sola en casa. Tuvo la suficiente presencia de ánimo para desconcertarlos, pidiendo que esperasen un momento, porque iba a ponerse su mejor vestido para presentarse dignamente ante el juez. Antes de que los soldados pudieran reaccionar, fue capaz de subir a la azotea y arrojarse de cabeza al empedrado, muriendo instantáneamente.

Si nos atenemos a la materialidad exterior de su conducta, Pascasia fue una suicida. Y sin embargo se la consideró inmediatamente como santa. Pues el dilema de Pascasia fue éste: o morir violada, pues no pensaba renunciar a su fe, o matarse ella misma para evitar al menos el ultraje de la violación. En todo caso, de lo que no podía escapar era de la muerte, si quería ser fiel a su religión. Por tanto, entre morir y además ser violada, o morir sin ser violada, optó por esto último, dado que de todas formas había aceptado ya la muerte como inevitable.

Se entiende bien por qué es fácil encontrar para cada regla ética el caso concreto que la contradice. En ética es prácticamente imposible una situación concreta en que, aparte de la regla moral, no entren en juego aspectos complementarios que complican su aplicación. Son tantos los datos que interfieren en la vivencia humana concreta -las circunstancias, como dicen los moralistas-, que nunca damos con el caso puro.

El caso puro se adapta a la regla general exactamente, sin que sobre ni falte nada. Pero la vida humana real y efectiva es tan enrevesada, que el supuesto caso puro está siempre acompañado de adherencias que modifican substancialmente el juicio moral, o incluso a veces lo invierten. El caso concreto puro en ética es imaginario, no existe en la práctica. Ni siquiera se da el caso casi puro propio de las ciencias sociales. En teoría, podemos aislar una regla moral de todas las demás, delimitar con suficiente precisión el contenido o materia de los valores, pero en la vida real lo ordinario es que cada momento concreto de nuestra vida esté afectado a la vez por muchas circunstancias a tener en cuenta.

Muchas veces esas circunstancias consisten en la presencia de otras reglas éticas que inciden en la misma acción o conducta. Aparecen entonces los llamados conflictos de valores. Pero como éste es precisamente el segundo enfoque de la prudencia, prosigamos nuestro discurso sobre las reglas y los casos.

En efecto, no se trata sólo de las circunstancias. Todavía podemos ir más lejos en nuestra reflexión. Imaginemos dos personas en dos situaciones que, idealmente al menos, suponemos iguales en todos sus detalles. Y se trata también del mismo valor. Demos por bueno lo que en la práctica no sucede nunca o casi nunca, que todas las circunstancias del caso, absolutamente todas, sean iguales. Parecería entonces que en ambos casos debiéramos dar el mismo veredicto moral, aplicar de modo idéntico la misma regla ética, el mismo valor material. Pero ni siquiera esto es así, si somos rigurosos en nuestro análisis.

Incluso en dos situaciones exactamente iguales en todos sus datos externos se trataría de dos personas distintas. Y cada persona humana es única e irrepetible.

Para ilustrar mejor esta idea, veamos el caso de Santa Lucía. Por supuesto, es prácticamente imposible que dos personas humanas se encuentren exactamente en la misma situación, y que todas, absolutamente todas, las circunstancias se repitan. Pero dejando aparte esta salvedad, la situación en que se encontró Santa Lucía se pareció mucho a la de Santa Pascasia.

Concedamos, al menos de modo teórico, que las situaciones fuesen fundamentalmente iguales. Pues bien, ante la misma situación la misma al menos en lo esencial ambas santas reaccionaron de modo diverso, y el pueblo cristiano estimó, y con razón, que ambas acertaron en sus respectivas decisiones, a pesar de que sus conductas fueron, no sólo dispares, sino en realidad opuestas.

Se cuenta que Santa Lucía fue pretendida por un joven pagano, pero no aceptó este ofrecimiento. El muchacho, despechado por la negativa de Lucía, la denunció como cristiana. Llevada ante el juez, y dado que se negó a incensar, fue condenada a muerte. De acuerdo con las costumbres de la época antes aludidas, el juez no hizo nada para impedir que, antes de ser ejecutada, Lucía fuese llevada a casa del citado joven. En algunos textos es el mismo juez el que ordena esta violación previa, lo que quizá sea una exageración. En todo caso, la tradición quiere que los bueyes que la llevaban a casa del vengativo joven se negaran a andar, y se decidió entonces llevarla directamente al lugar del suplicio.

Pero este detalle carece de relevancia para lo que nos interesa. Lo importante aquí es la frase que se atribuye a Lucía: podréis ensuciar mi cuerpo, pero no podréis ensuciar mi alma.

Es posible que Lucía no tuviese una oportunidad, parecida a la que tuvo Pascasia, para burlar a los encargados de conducirla al suplicio. Pero tampoco esto hace al caso. Lo relevante ahora es que podemos interpretar su frase en el sentido de que Lucía no estaba dispuesta a suicidarse por evitar ser violada. Antes que suicidarse, pasaría por aquella vejación. En este mismo sentido interpretó Santo Tomás de Aquino la frase de Lucía, al considerar el caso de una monja forzada contra su voluntad. Pues, cuando esto sucedía, no era infrecuente que la pobre mujer se amargase la vida el resto de sus días con el recuerdo de la afrenta sufrida. Santo Tomás se apoya en la frase de Santa Lucía para tranquilizar la conciencia de la víctima de una violación.

Lo que nos interesa ahora enfatizar es esto. Es perfectamente posible que en dos situaciones absolutamente iguales, al menos en lo externo, dos personas tomen decisiones diversas, o incluso opuestas, y sin embargo ambas hayan actuado de modo éticamente correcto. Esto, desde luego no puede ocurrir en física o en sociología, so pena de incurrir en contradicción lógica. Pero sí puede ocurrir en ética, sin que haya contradicción lógica. Esta es quizá la mejor manera de expresar la idea de que, propiamente hablando, no hay ciencia ética de los casos concretos. Y no la hay, porque en las conductas de Santa Pascasia y Santa Lucía queda un resto irreductible a una norma común.

En efecto, es característico de la conducta humana personal, singular e individual, el hecho de que nunca quepa encontrar dos casos concretos absolutamente iguales, si tenemos en cuenta lo que significa ser persona. Un caso concreto, con todas y cada una de las circunstancias y detalles, nunca se repite en la práctica. Incluso si admitiéramos una absoluta identidad en las circunstancias y detalles de dos casos del mismo problema moral, hay algo más, y ese algo es decisivo. Pues entra en escena nada menos que el protagonista, el sujeto de la acción moral, la persona.

Nunca dos personas son absolutamente iguales. Por la sencilla razón de que cada persona humana es única e irrepetible en la historia de la humanidad. La mayor contribución del cristianismo a la civilización universal, a la entera humanidad, ha sido justamente ésta. Cada persona es absolutamente nueva e irrepetible.

Unamuno era especialmente sensible a esta obvia realidad. Se cuenta de él que, paseando por el jardín de San Esteban, el famoso Convento de los Dominicos en Salamanca, se asomó al brocal del pozo y gritó a pleno pulmón


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