La vida moderna: la dimensión francesa



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El cuadro desconcertó incluso a Émile Zola, el gran autor y polemista, a quien Manet había retratado en 1868. Zola recurrió a una explicación que vaciaba la obra de contenido: «Desde luego, la mujer desnuda en Almuerzo en la hierba está ahí sólo para proporcionar al artista la ocasión de pintar un poco de carne». Sin embargo, unas líneas antes había dado con lo que parece la mejor explicación: «En el Louvre hay más de cincuenta pinturas en las que aparecen mezcladas personas vestidas y otras desnudas, pero nadie va al Louvre para escandalizarse». El ejemplo más obvio es la Fête champêtre, atribuida a Giorgione o a Tiziano, en la que dos jóvenes vestidos con ropas de la época del pintor están acompañados por dos mujeres sensualmente desnudas. Más directamente, las posturas de las tres figuras en primer plano del cuadro de Manet están basadas en dos dioses del río y una ninfa acuática reclinada desnuda en la orilla que aparecen en un grabado del Juicio de Paris, de Rafael. Manet ha imitado incluso la mirada directa y desvergonzada de la ninfa de Rafael. Ya empezamos a comprender lo que está haciendo. En palabras de Baudelaire, ha elegido un tema «de una naturaleza general y aplicable a todas las épocas», y evita disfrazarlo «con ropajes de la Edad Media, el Renacimiento u Oriente». Como «pintor de la vida moderna» está trasladando al presente una convención de los antiguos maestros. Es, deliberadamente, un cuadro sobre los cuadros y la pintura de la época. El propio Manet era consciente del revuelo que causaría su gesto modernizador.

La técnica era una parte esencial de la actualización. En lugar del suave modelado y los colores tenues de un antiguo maestro, Manet permite que la pálida piel de la mujer desnuda resplandezca con rotundidad, como si la iluminara un foco, mientras las levitas oscuras de los hombres son planas y negras. La pintura se ejecuta con un esquematismo abrupto. La mujer que está en el río, vestida con un camisón húmedo, no es más que un ébauche [un bosquejo tosco], y el paisaje también está esbozado con la velocidad de una improvisación. En resumen, el cuadro parecía inacabado, pero ello forma parte del hecho de ser una representación «del momento», natural y directa.



En 1872, Claude Monet profundizó en la idea de que un cuadro moderno debía ofrecer al espectador sensaciones cautivadoras y aparentemente espontáneas, en una obra que representa un amanecer en el puerto de Le Havre. Sin que el artista se lo propusiera, esta obra tendría una importancia trascendental y daría su nombre a un «movimiento». Como se exhibía en una exposición independiente organizada por la Société anonyme des artistes peintres, sculpteurs et graveurs [Sociedad Anónima de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores], el cuadro de Monet necesitaba un título. Monet explicó que «en realidad no se podía considerar una vista de Le Havre, así que les dije: “tituladlo Impresión”». Una revista satírica, Le Charivari, recogió la reacción burlona de un pintor conservador: «Impresión… desde luego, sí que lo era. Me dije a mí mismo que, como estaba impresionado, debía de haber en aquel cuadro alguna impresión… ¡El papel pintado en estado embrionario está más terminado que esta marina!». Otras críticas mordaces se aferraron al título «Impresión» para condenar aquella pintura cuyos efectos eran aparentemente tan transitorios, insustanciales y subjetivos. Sin embargo, a los artistas el término les pareció apropiado, y lo adoptaron para subrayar la inmediatez que querían transmitir al espectador. Así quedaron bautizados el impresionismo y los impresionistas.

Claude Monet, Impresión, sol naciente, 1872

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