La vida moderna: la dimensión francesa



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Calder, que había estudiado ingeniería, fue a París en 1926 y allí conoció a Miró, a Duchamp, a Mondrian y a otras figuras importantes de la vanguardia. Era un hombre de un ingenio y una inventiva visual muy fértiles, que fabricó juguetes sumamente peculiares y un circo portátil con pulcros figurantes de alambre y madera. Le gustaba que las cosas se movieran. Hacia 1931 llegó a las que serían sus obras características: los «móviles», bautizados así por Duchamp. El que se muestra aquí como ejemplo, uno de sus primeros móviles, es más sencillo que los posteriores, pero en él aparecen todos los elementos esenciales. Una bola lateral, no demasiado grande, equilibra una unidad compuesta de bolas y aletas coloreadas. Se trata de un lúcido truco: la unidad compuesta por varios elementos está suspendida más cerca del eje central que la bola más grande, mientras que cada una de las subunidades suspendidas están equilibradas entre sí de tal modo que pueden girar sobre sus ejes sin afectar el equilibrio del conjunto. A simple vista no parece tan difícil, pero el móvil depende de que cada subunidad sucesiva esté suspendida asimétricamente de un modo bastante delicado y precario. El conjunto y cada parte son sensibles a la más mínima corriente de aire, que los hará deslizarse por el espacio ondulante como un ballet silencioso. La escultura ya puede moverse. Como no podía ser de otra manera, costaba mucho conseguir este elegante aspecto. Al igual que otras grandes obras del arte abstracto, los móviles de Calder son milagros de ingeniería natural que no imitan a la naturaleza.

Alexander Calder, Móvil, c. 1932



A lo largo de poco más de medio siglo ha habido varios intentos de decirnos que el arte no es lo que creíamos que era. Una y otra vez se nos pedía que hiciéramos cosas inesperadas, y topábamos con una resistencia inevitable cuando ciertas cuestiones se planteaban por primera vez. Provocar se convirtió en una cuestión de convicción tanto como de pose. Ser ridiculizado por el establishment se estaba convirtiendo en norma; en realidad, era casi un requisito si uno quería que se le tuviera por verdaderamente creativo.

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