La utopía del mercado total y el poder imperial



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Lander, Edgardo. La utopía del mercado total y el poder imperial. En: Revista Tareas, Nro. 118, septiembre-diciembre. CELA, Centro de Estudios Latinoamericanos, Justo Arosemena, Panamá, R. de Panamá. 2004. pp. 31-64.

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LA UTOPÍA DEL MERCADO

TOTAL Y EL PODER IMPERIAL*
Edgardo Lander**
*Original editado por razones de espacio.

**Profesor de Sociología, Universidad Central de Venezuela, Caracas.


El pensamiento utópico, como horizonte normativo, hace posible concebir la realidad social como momento histórico superable, imaginar que el mundo podría ser de otra manera. Nos permite pensar que, a pesar de las tendencias que apuntan con fuerza en dirección contraria y aunque las alternativas no están garantizadas, éstas son posibles y, por ello, vale la pena reflexionar y actuar en función de la construcción de una vida mejor para las grandes mayorías. Una vida más democrática, más equitativa, más solidaria, más fraterna, más compatible con la preservación de la vida en el planeta Tierra. Tanto el pensamiento crítico, en su más amplia gama de perspectivas, como las luchas sociales de los oprimidos siem­pre han tenido una dimensión utópica. Esta consiste en la reivindicación de la libertad humana, en negarse ter­ca­men­te a reconocer la inexorabilidad de lo existente, a pesar del realismo que pretenden siempre imponer los poderes dominantes.
I. La sociedad del mercado total

¿Qué podemos entender por utopía del mercado total? ¿Cuáles son sus dimensiones básicas? La utopía del mercado total es el imaginario de acuerdo al cual los criterios de asignación de recursos y de toma de decisiones por parte del mercado conducen al máximo del bienestar humano y, por ello, es tanto deseable como posible la reorganización de todas las actividades humanas de acuerdo a la lógica del mercado. Es tanto un imaginario de futuro, como un proceso de diseño/construcción del mundo de la llamada era de la globalización. La utopía del mercado total no es simplemente un modelo económico, (lo que ha sido llamado una economía de mercado), es la extensión de la lógica de la racionalidad del mercado a todos los ámbitos de la vida colectiva. Es esto lo que Polanyi llamó la sociedad de mercado, que para él : "... quiere decir nada menos que el funcionamiento de la sociedad se da como un apéndice del mercado. En lugar de estar la economía enmarcada en las relaciones sociales, las relaciones sociales están enmarcadas en el sistema económico.”1

La expansión de la lógica del mercado es un proceso de penetración y subordinación de todas las actividades, recursos, territorios y poblaciones que hasta el presente no habían estado plenamente sometidos. Esto implica que los criterios del mercado (rendimiento, competitividad, eficacia, y sus diversas y cambiantes normas de gestión -como la calidad total- se extienden progresivamente hasta convertirse en normas consideradas como legítimas para juzgar las bondades relativas de las decisiones y acciones en cada uno de los ámbitos de la vida individual y colectiva. En este proceso, cada una de estas actividades es transformada profundamente. Se trata de un modelo cultural totalizante y totalitario.

Algunos ejemplos son suficientes para ilustrar estas ten­den­cias. En primer lugar, cabe destacar las trans­for­ma­cio­nes de la teoría y la práctica de lo político y de la política que ha ve­nido ocurriendo en todo el mundo como consecuencia del co­lapso de los regímenes socialistas, la crisis de los Estados de bienestar social y la generalización de reformas políticas y e­conómicas liberalizadoras en todo el planeta. Los procesos de privatización de actividades que hasta recientemente se con­sideraban como propias del ámbito de lo público avanzan con fuerza, tanto en los países del centro como en el mundo periférico. Estas transformaciones de lo público en privado responden tanto al dogma ideológico neoliberal (de acuerdo a los cuales el mercado es portador de eficiencia y libertad mientras el Estado es ineficiente y representa una amenaza a la libertad), como a una exigencia de un capital especulativo que crece sin cesar y va requiriendo cada vez nuevos ámbitos para su inversión/valorización. En palabras de Franz Hinkelammert:


Cualquier actividad humana tiene que ser transformada en una esfera de inversión del capital, para que el capital especu­la­ti­vo pueda vivir; las escuelas, los jardines infantiles, las uni­versi­dades, los sistemas de salud, las carreteras, la infraestructura energética, los ferrocarriles, el correo, las tele­co­mu­­nicaciones, los otros medios de comunicación, etc. Inclusive la policía, la función legislativa y el mismo gobierno, se pretende trans­formarlas en esfera de inversión de estos capitales.2
No se trata simplemente de un cambio de la "ineficacia y corrupción "estatales por la «transparencia y eficiencia" de la gestión privada, sino de profundas transfor­maciones de la esfera pública que en la medida en que reducen el espacio de la ciudadanía, amplían el de los clientes y consumidores.

Otro ámbito que hasta relativamente pocos lustros se su­po­nía que debía regirse por criterios diferentes a la lógica de la rentabilidad mercantil, es el de la vida universitaria y, en ge­­neral, los procesos de producción de conocimiento científico. La proliferación de institutos de educación y universidades pri­vadas en todo el continente latinoamericano con fines es­tric­tamente mercantiles, y las tendencias crecientes al cobro de matrícula en las universidades públicas, no constituyen si­no la parte más visible de cambios que están alterando ra­di­calmente las condiciones de la producción del conocimiento en escala global. La imposición de criterios de evaluación del ren­dimiento académico basado en exigencias de com­pe­ti­ti­vi­dad y productividad indivi­dua­liza­da está produciendo trans­formaciones ampliamente reconocidas en la cultura académica.3

La idea misma de autonomía universitaria, como ámbito de la sociedad en la cual se pueda pensar libremente, en función de nociones normativas del bien común, libre de las exigencias políticas inmediatas, y demandas de rentabilidad, es crecientemente cuestionado como un anacronismo en un mundo regido por la competencia global. En EEUU, país de vanguardia en estos procesos, la tendencia apunta en la dirección de lo que ha sido llamado el "modelo de universidad de mercado".4 En la medida en que se recortan los fondos estatales, aun las universidades públicas más prestigiosas se hacen cada vez más dependiente del financiamiento privado. Los recursos públicos que una vez constituían casi la totalidad del financiamiento de la Universidad de Berkeley, representaron sólo 34 por ciento del total en el año 1999.5 Para los de­partamentos de las universidades estadounidenses, la competencia por fondos privados es una actividad cada vez más vital. "Las cabezas de las universidades van asumiendo el pa­pel de vendedores viajantes, y su desempeño es juzgado prin­cipalmente por su capacidad para obtención de recursos."6 Estos recursos están cada vez más condicionados por los intereses de las empresas que los aportan.
En noviembre de 1998 la Universidad de California en Berkeley fir­mó un acuerdo controversial con Novartis, la gigante empresa suiza de pro­ductos farmacéuticos y biotecnológicos. A cambio de 25 millones de dólares para su Departamento de Biología de Plantas y de Microbios, la universidad le otorgaría el derecho a la empresa a ser la primera en tener acceso a la negociación de patentes de alrededor de la tercera parte de los descubrimientos del departamento (incluidos los resultados de investigaciones financiadas con recursos estatales o federales). Novartis también estaría representada por dos de los cinco integrantes del comité de investigación del departamento, que determina como se gastan los recursos.7

Dada la interdependencia creciente que en algunos cam­pos del conocimiento existe entre investigación ciencia y a­pli­cación tecnológica, y dados los inmensos costos de la in­ves­tigación en áreas como la ingeniería genética, se han es­ta­blecido imbricaciones cada vez más estrechas entre in­ves­ti­gación básica, aplicación tecnológica y valorización del ca­pi­tal. En estas nuevas condiciones, tanto la agenda y el diseño de la investigación, como la divulgación/uso de resultados es­tán crecientemente sometida a exigencias mercantiles.

Esta creciente subordinación de la actividad científica a las demandas de sus financistas ha llegado a tales extremos que, en septiembre de 2000, doce de las más pres­tigiosas revistas biomédicas del mundo, incluidas Lancet, la New England Journal of Medicine y el Journal of the American Medical Association publicaron un editorial conjunto donde denunciaban que las grandes empresas farmacéuticas distorsio­nan los re­sul­tados de la investigación científica en función de sus exi­gen­cias de beneficio. De acuerdo con este editorial, las em­presas imponen exigencias draconia­nas que los in­ves­ti­ga­dores se ven obligados a aceptar como condición para la ob­ten­ción de financiamiento. Entre estas condiciones están las restricciones a su participación en el diseño de los ex­pe­ri­mentos y una participación limitada en la interpre­ta­ción de los resultados. Los editores concluyen que, en con­se­cuen­cia, los resultados poco favo­ra­bles a los productos de las em­pre­sas permanecen sin divulgarse y los que se publican pue­den estar sesgados a favor de los intereses de éstas.8

La separación tan celebrada por Weber, Habermas y demás teóricos occidentales de la modernidad, entre los diferentes ámbitos de la razón, entre la razón instrumental, la razón ética y la razón estética,9 tiende crecientemente a ser reabsorbida por una sola lógica que construye el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo a partir de la lógica ex­pan­si­va de la eficacia y el rendimiento del capital.

Quizás es en las normas de los derechos de propiedad intelectual donde se exp­re­sa hoy con mayor vigor la aspiración a una sociedad de mercado total. Como expresión de la ra­di­ca­li­zación del proceso de mercantilización capitalista, en los a­­cuerdos de crea­ción de la Organización Mundial de Comercio, se ha definido un régimen global de pro­piedad intelectual des­tinado a convertir todo conocimiento en propiedad privada al ser­vicio de la rentabilidad del capital.10 En este nuevo régimen transnacional de pro­pie­dad intelectual se asume que hay un solo tipo de conocimiento, que puede ser con­side­ra­do co­mo propiedad intelectual y que, por lo tanto, merece un régi­men privilegiado de pro­tección. Es éste el conocimiento uni­ver­sitario-empresarial occidental cuya autoría indivi­dua­li­­zada puede ser reconocida gracias a las patentes o las pu­blica­ciones. Todo otro conocimiento, el conocimiento de los otros, el conoci­miento aborigen, el llamado conocimiento tradicional, todas las formas de conocimiento comunitario, no constituyen propiedad intelectual y, por lo tanto, pueden ser apropiadas libremente por las transnacionales.11

Por la vía de extensos procesos de investigación antro­po­ló­gica y bioprospección, los departamentos de antropología y de biología y bioquímica de las universidades del Norte, y también del Sur, se han convertido en instrumentos mediante los cuales se realiza este masivo proceso de expropiación que, como señala Vandana Shiva, no puede ser catalogado sino de biopiratería.12 Se asume, desde la cosmovisión liberal y su con­cep­ción unilateral del dominio sobre la naturaleza, que es posible la creación de nuevas formas de vida y, por lo tanto, es posible ser propietario de la vida y convertirla en mercancía.

Una vez que estas nuevas variedades han sido convertidas en propiedad intelectual de las transnacionales farmacéuticas, agroquímicas y de semillas, se impulsa globalmente, con la ayuda de los programas internacionales y nacionales de extensión agrícola y la participación de las escuelas de agronomía del Norte y del Sur, el desplazamiento de los animales y semillas tradicionalmente utilizadas por los campesinos del Norte y del Sur, por las nuevas variedades patentadas por las cuales hay que pagar derechos de propiedad intelectual. En el caso de las semillas, éstas forman parte de paquetes tecnológicos que obligan a comprar los otros insumos de la empresa (fertilizantes e insecticidas), y obligan a la compra de nuevas semillas para cada cosecha.13

Este proceso de subordinación forzada de la vida campesina a la lógica mercantil, socava la autonomía de los productores para preservar sus modos de vida. La drástica reducción de la diversidad genética que resulta de estos procesos tiene per­versas consecuencias ambientales ampliamente conocidas.


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