La teoría sociológica ante la estructura social: una mirada desde las nuevas sociologías del individuo



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La teoría sociológica ante la estructura social: una mirada desde las nuevas sociologías del individuo

(Primer borrador, texto en proceso de elaboración)

Jose Santiago



1. Introducción

El concepto de estructura social sigue siendo de uso recurrente en sociología a pesar de su enorme carga abstracción y ambigüedad. Su amplia utilización ha hecho de él una caja negra que los sociólogos damos por sentado sin cuestionarnos en la mayoría de las ocasiones qué se esconde en su interior. ¿Qué es la estructura social? ¿Realmente existe la estructura social en nuestras sociedades de modernidad avanzada? ¿Debemos seguir haciendo uso de ese concepto como parte de nuestro instrumental analítico? ¿Y si no fuese una más que una de esas “categorías zombies” (Beck et al., 2003) con las que los sociólogos nos empeñamos con terquedad en dar cuenta de un mundo que ha dejado de ser el nuestro? O si, por el contrario, acordásemos que todavía es una categoría útil para la teoría sociológica, entonces ¿cómo se manifiesta la estructura social en la sociedad actual?

Este artículo profundiza en esta problemática a la luz de los desarrollos de las nuevas sociologías del individuo, que, a pesar de ser poco conocidas aún en España, son una de las aproximaciones de mayor valor en el panorama sociológico actual. De hecho, estas sociologías se han originado a partir de la crítica de la concepción clásica de la estructura social, estrechamente vinculada con la idea de sociedad. En las páginas que siguen, vamos a ver cómo el estallido y la disolución de la estructura social, tal y como ha sido concebida por la tradición sociológica, sitúa al individuo como el auténtico protagonista de la vida social actual. Un proceso al que los sociólogos no podemos seguir dando la espalda y que nos debe conducir a reorientar nuestro oficio apostando decididamente por una sociología de (y para) los individuos.

Para el desarrollo de la argumentación, esta ponencia se estructura en tres partes. En primer lugar, indagaré en el concepto de estructura social, mostrando sus rasgos definitorios y centrando mi atención en las dos grandes tradiciones teóricas que han dado cuenta de la estructura social, que podemos entender como las dos grandes concepciones de la estructura social: la concepción cultural o institucional y la que concibe la estructura social como estructura de clases. En el primer caso, la estructura social, en línea con los planteamientos de Durkheim y Parsons, descansa en los valores y normas que regulan la acción social y en la que las instituciones de socialización ocupan un lugar preponderante. En el segundo caso, la estructura social viene definida por la relación entre las posiciones de clase. Esta interpretación de la estructura social, que tiene sus orígenes en la obra de Marx, alcanzó su máximo apogeo en la obra de P. Bourdieu, a la que prestaré especial atención en la medida en que a partir de ella toda la vida social se nos presenta como estructura social, ya sea de forma externa y objetivada o incorporada en los individuos. Tomando la obra de P. Bourdieu como referencia, a continuación me centraré en las críticas de las sociologías del individuo a las dos visiones de la estructura social. En tercer lugar, prestaré atención a la obra de Randall Collins que, en línea con las antiguas sociologías del individuo, pone en entredicho la concepción bourdieusiana de la estructura social haciendo especial hincapié en el desacoplamiento de esta con respecto a la interacción en los encuentros microsituacionales. Será el momento de preguntarnos si esta crítica a este tipo de concepciones de la estructura social, debe conducir a la sociología a privilegiar la interacción social como objeto de estudio en línea con los planteamientos de R.Collins y las antiguas sociologías del individuo. ¿No participa dicha crítica de la misma concepción de la estructura social que es criticada? ¿Cómo dar cuenta, en definitiva, de la estructura social en las sociedades de la segunda modernidad que han visto declinar la idea de sociedad? Para indagar en estas cuestiones, en el apartado cuatro profundizaré en las propuestas de tres de los más destacados representantes de las nuevas sociologías del individuo, François Dubet, Bernard Lahire y Danilo Martuccelli. Y ello con un doble propósito. Por un lado, mostraré las críticas a las concepciones clásicas de la estructura social y las consecuencias que de ello se derivan al hacer del individuo el principal foco de atención de la sociología. Por otro lado, se trata de dar cuenta del modo en que podemos concebir la estructura social o los nuevos condicionamientos y lógicas estructurales que constriñen las acciones de los individuos tras la disolución de la idea de sociedad.



2. La estructura social y la idea de sociedad

2.1. ¿Qué es la estructura social?

La estructura social es un concepto recurrentemente utilizado en sociología, sin ser definido en la mayoría de ocasiones. Como señalaban N. Abercrombie et al., (1986: 103), la estructura social “es un concepto que se usa frecuentemente en sociología pero que raras veces se presenta por extenso”. Este uso tan extendido conduce a E. Lamo de Espinosa (1998: 272) a señalar que “quizás no hay concepto más confuso y enredado en todas las ciencias sociales que el de estructura, debido, sin duda a su extensa utilización”. Podríamos, por tanto, decir que nos encontramos ante una caja negra, un concepto que los sociólogos damos por sentado sin explicitar la mayoría de las veces a qué nos referimos en concreto.

No obstante, dada su alargada presencia en el ámbito sociológico, los diccionarios, manuales de la disciplina y obras dedicadas a dicho concepto nos ofrecen, ciertamente no en todos los casos, definiciones más o menos explícitas y sistemáticas de la estructura social. La diversidad es tan amplia que resultaría imposible delimitar una definición que pudiera ser consensuada. En efecto, mientras que para algunos hablar de estructura social es tanto como hablar de sociedad, para otros el concepto debe ser utilizado de modo más delimitado para dar cuenta de la desigualdad o de la estratificación social. No obstante, a pesar de esta diversidad de formas de entender la estructura social, lo cierto es que la mayoría de los sociólogos convenimos que al utilizar dicho concepto nos estamos refiriendo a ideas como coherencia, estabilidad, orden, relación entre elementos, etc. Como señalaba R. Boudon (1973:14): “Quien dice estructura quiere decir sistema, coherencia, totalidad, dependencia de las partes respecto al todo, sistema de relaciones, totalidad no reducible a la suma de sus partes, etcétera”. Por ello, al margen de cómo se sustanciara posteriormente, la mayor parte de los sociólogos no pondría mayor reparo en suscribir una definición de mínimos como la que sostiene que “la estructura social se refiere a las relaciones duraderas, ordenadas y tipificadas entre los elementos de la sociedad” (Abercrombie et al., 1986: 103). El consenso se quebraría al establecer cuáles son los elementos más importantes de la sociedad de cuya relación nace la estructura social, ya fueran las clases sociales, los roles, etc.

Es así que podemos distinguir las que han sido las dos grandes interpretaciones de la estructura social, la institucional o cultural y la relacional o posicional (Bernardi et al., 2006). En el primer caso, la visión de la estructura social remite a una cultura compartida, a unos valores y normas que gracias a las instituciones conforman la personalidad de los individuos a través de los roles. Desde esta visión institucional o cultural, la estructura social se definiría atendiendo al patrón de relaciones y posiciones que constituyen el esqueleto de la organización social, entendiendo que “(l)as relaciones se dan siempre que las personas se implican en patrones de interacción continuada relativamente estables, y la mutua dependencia (ejemplos: matrimonios, instituciones educativas o los sistemas de cuidado de la salud a mayor escala)” mientras que “(l)as posiciones (a veces denominadas estatus) consisten en lugares reconocidos en la red de relaciones sociales (madre, presidente, sacerdote) que suelen llevar aparejadas expectativa de comportamiento (roles)” (Calhoun et al., 2000: 7). Por su parte, la visión relacional o posicional de la estructura social se fundamenta en las relaciones entre diferentes posiciones, especialmente las clases sociales. Pero debe quedar claro que desde esta perspectiva la estructura social no remite sin más a la jerarquía entre clases, a la desigualdad o la estratificación. En efecto, frente a la recurrente identificación de la estructura social con la desigualdad y la estratificación, debemos enfatizar que “no es suficiente que haya desigualdades sociales, grupos arriba, grupos abajo, y grupos en medio, para que se pueda hablar de estructura social; además este conjunto debe constituir un sistema legible, una estructura social. Debemos distinguir claramente el problema de las desigualdades del de la estructura social con el fin de preguntarnos si estas desigualdades forman un mecanismo que permite explicar la vida social” (Dubet, 2009: 49).

Efectivamente, el concepto de estructura social remite a algo de mayor calado teórico que desborda a la estratificación y a las desigualdades. Hace referencia al hecho de que estas desigualdades estén ordenadas formando un sistema legible que nos ayude a explicar la vida social1. En ello reside la enorme relevancia de este concepto. Durante mucho tiempo, la estructura social no sólo nos ha servido para dar cuenta de la organización de la sociedad, sino que nos ha permitido además explicar la acción social. De ahí que la concepción clásica de la estructura social haya sido deudora de la idea de “la sociedad (que) descansa sobre dos pilares: la estructura social y el ajuste de la acción a esta estructura” (Dubet, 2009: 107).

¿Pero a qué hace referencia la idea de sociedad? Con ella se busca dar cuenta de una determinada concepción de la vida social que considera la sociedad como una totalidad, un sistema organizado funcional y coherente. De forma más específica se puede señalar que “(l)a idea de sociedad caracterizó la vida social a través de una representación, orgánica o sistémica, como una serie de niveles imbricados unos dentro de otros y regidos por una jerarquía que establecía una correspondencia entre los estratos superiores y los inferiores. La idea de sociedad supone así los diferentes ámbitos sociales interactúan entre ellos, como las piezas de un mecanismo o las partes de un organismo, y que la intelegibilidad de cada una de ellas es dada justamente por su lugar en la totalidad” (Martuccelli, 2013).



2.2. La estructura social, la socialización y las instituciones

La tradición sociológica deudora de la obra de Durkheim concibió la moderna vida social a partir de la idea de sociedad en tanto que sistema organizado y funcional en el que cada elemento cumplía un papel o una función en la totalidad, a partir del cual se hacía inteligible. En La división del trabajo social este sistema derivaba de “la estructura de las sociedades en las que la solidaridad orgánica es preponderante” la cual se organiza como “un sistema de órganos diferentes, teniendo cada uno un rol principal y que están formados por partes diferenciadas” estando todos ellos “coordinados y subordinados unos a otros alrededor de un mismo órgano central que ejerce sobre el resto del organismo una acción reguladora” (Durkheim, 1987). No obstante, la constatación de que la división del trabajo social se desviaba de “su dirección natural” en tanto que productora de solidaridad orgánica, hizo que Durkheim fuera dando creciente importancia a los valores y normas como medio para asegurar la integración de las sociedades modernas. Frente a las sociedades de estructura social segmentaria en las que una conciencia colectiva “extensa y fuerte” cubría a todos los individuos que compartían una gran “similitud de las conciencias”, el proceso de diferenciación trajo consigo un mayor espacio para la iniciativa y la reflexión individuales. Ante ello Durkheim entendía que tenían que crearse nuevos valores y normas que permitieran la continuidad entre la sociedad y el individuo, entre el sistema y el actor. Su concepción de la vida social se fue desplazando así hacia una idea de sociedad en tanto que sistema integrado a partir de unos valores centrales que los individuos debían interiorizar por medio del proceso de socialización que garantizaba así la continuidad entre la sociedad y el individuo. De igual forma que Durkheim, Parsons también pensaba “que existe una continuidad funcional y formal entre la cultura (los valores), la sociedad (los roles), y las personalidades (los motivos de la acción). La socialización tiene por función asegurar esta continuidad entre la estructura social y la personalidad” (Dubet, 2006: 52). En efecto, desde esta perspectiva la socialización se convierte en el elemento fundamental que permite la continuidad entre la sociedad y el individuo, ya que con dicho proceso éste incorpora los valores y normas de aquella por medio del desempeño de unos roles. De tal modo que los procesos de socialización y subjetivación se confunden al ser, por así decirlo, las dos caras de la misma moneda.

Las encargadas de llevar a buen puerto ese proceso de socialización fueron las instituciones, especialmente la escuela, la iglesia y la familia, mediante las cuales las sociedades conformaron a los individuos al transformar los valores en normas, y éstos en roles que conformarían las personalidades de aquellos. De este modo, estas instituciones de socialización actuaron “como dispositivos prácticos y simbólicos cuya finalidad es producir al actor y, más todavía, al sujeto de la sociedad” (Dubet, 2009: 86).

El peso que tuvieron estas instituciones en su objetivo de instituir ha conducido a F. Dubet a hablar de un programa institucional, en tanto que “proceso social que transforma valores y principios en acción y subjetividad por el sesgo de un trabajo profesional específico y organizado” (Dubet, 2007: 32). Este programa institucional, que tiene un origen religioso, se ha transferido a las principales instituciones de la modernidad, y ha conformado la profesión de profesores, médicos, enfermeras, trabajadores sociales, etc., que han sido los encargados de realizar un “trabajo sobre los otros” mediante el cual la sociedad socializaba a los individuos2. Un trabajo basado en valores y principios sagrados, ya fueran religiosos o laicos3, administrado en “santuarios” por medio de individuos vocacionales y que tenía como objetivo lo que en principio parecería una paradoja, socializar a los individuos al mismo tiempo que se les conforma como sujetos, o, dicho de otro modo, acceder a la autonomía y libertad individual a través de la disciplina racional4.

En este programa institucional, el rol es el que define al individuo al que este queda sujeto. La personalidad se adecúa al rol y las relaciones se ven condicionadas y limitadas por roles sociales específicos. Así, la relación no “tiene autonomía propia ya que todo se enlaza en torno a una definición precisa del rol de los otros al que apunta el programa institucional. Me dirijo al alumno, la enfermo, al pobre, sin rebasar ese rol. Eso no quiere decir que en ese programa el profesional ignore a la persona y personalidad de los otros, sino que accede a esa dimensión más íntima y más difusa por el cauce de una definición precisa del rol” (Dubet, 2006: 385).

2.3. La estructura social como estructura de clases

La otra gran concepción de la estructura social es la que deriva de una idea de sociedad según la cual la vida social se organiza y por tanto se hace inteligible a partir de unas clases sociales que son concebidas de manera relacional formando el sistema o la estructura de la sociedad. Es por ello que durante un gran periodo del desarrollo de la teoría sociológica, las clases sociales devinieron una suerte de “objeto sociológico total”, al ser tanto el explanandum como el explanans que permitía dar cuenta la vida social (Dubet, 2004: 12). El enorme valor analítico de dicho concepto derivaba de la articulación de cuatro dimensiones: una posición, una comunidad o estilo de vida, una acción colectiva y un mecanismo de dominación (Dubet y Martuccelli, 1999: 93-125).

Los orígenes de esta concepción de la estructura social se encuentran en la obra de Marx, pero alcanza su cenit en el “núcleo duro” de la obra de Pierre Bourdieu, para el cual la vida social solo se puede entender si damos cuenta de las estructuras sociales, tanto las externas (campos) como las interiorizadas (habitus). En ella, como en pocas otras, se deja notar el peso de la idea de sociedad y los dos pilares en los que ésta descansa: la estructura social y el ajuste de la acción a esta estructura.

Este ajuste entre la estructura social y la acción deriva del hecho de que en el marco de la sociología de Bourdieu, esta última es explicada a partir de la posición que ocupa un elemento en la estructura social, tal y como él la concibe. De ahí la importancia que para él tienen los campos en tanto que espacios de relaciones objetivas entre posiciones, a partir de cuyo conocimiento, delimitación y posición concreta que en él ocupan los agentes podemos captar mejor sus tomas de posición. Para dar cuenta de la acción es por tanto un paso necesario dar cuenta de las posiciones ocupadas por los individuos en los campos, entre ellos el espacio social (en tanto que estructura de clases) que P. Bourdieu concibe como una hoja de papel. En él las distintas posiciones estructurales, en las que quedan encuadrados los individuos, son fijadas de forma relacional en función del volumen total de capital y de su composición (relación entre el capital económico y el capital cultural, los dos principios de diferenciación de las sociedades modernas avanzadas.). Son esas mismas posiciones estructurales las que le llevan a construir unas “clases teóricas” u “objetivas”, pues P. Bourdieu se cuida mucho para no caer en la ilusión intelectualista de entender esas clases teóricas como clases reales, es decir, grupos reales constituidos como tales en la realidad (Bourdieu, 1997:22). Esas clases teóricas, que P. Bourdieu construye teniendo en cuenta la proximidad de las posiciones en el espacio social, le permiten construir un modelo predictivo de las representaciones y prácticas de los individuos. En efecto, la socialización en unas determinadas condiciones de existencia, determinadas por la posición social, da lugar a la incorporación de una serie de disposiciones, habitus, a partir de los que los individuos están inclinados o predispuestos a llevar a cabo unas prácticas u otras. Estos habitus son propios de cada individuo pero la delimitación de unas clases objetivas permite hablar de habitus de clase en tanto que “forma incorporada de la condición de clase y de los condicionamientos que esta posición impone” (Bourdieu, 2012:16). De este modo, si bien las experiencias individuales pueden ser de lo más diverso, lo cierto es que el hecho de compartir la misma clase social impone una alta probabilidad a la hora de compartir una condiciones de existencia homogéneas: “Si está excluido que todos los miembros de la misma clase (o incluso dos de ellos) hayan hecho las mismas experiencias y en el mismo orden, es cierto que todo miembro de la misma clase tiene probabilidades más grandes que cualquier miembro de otra clase de encontrarse confrontado con las situaciones más frecuentes para los miembros de esta clase” (Bourdieu, 1980: 100).

De ahí que, en línea con una fuerte idea de sociedad, la concepción que tiene Bourdieu de la estructura social no sólo le conduzca a mostrar la forma en la que se organiza la sociedad, sino que además le permite explicar la acción de los individuos, al entender que existe una “relación entre las posiciones sociales (concepto relacional), las disposiciones (o los habitus) y las tomas de posición, las “elecciones” que los agentes llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica, cocina o deporte, música o política” (Bourdieu, 1997: 16). Dicho de otro modo, “el espacio de las posiciones sociales se retraduce en un espacio de tomas de posición a través del espacio de las disposiciones (o de los habitus)” (ibídem: 19).

La relación tan estrecha que hay, según Bourdieu, entre la posiciones, las disposiciones y las tomas de posiciones sociales es posible en la medida en que los habitus, se nos presentan como “sistemas de disposiciones duraderas y transponibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, en tanto que principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones (…) Bourdieu, 1980: 88-9). En la medida en que el habitus hace referencia a la transferibilidad de unas disposiciones de unos ámbitos de la vida social a otros, dicha categoría permite “dar cuenta de la unidad de estilo que une las prácticas y los bienes de un agente singular o de una clase de agentes (…) El habitus es ese principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas” (1997: 19).

Para Bourdieu, por tanto, la estructura social está incorporada en los individuos en forma de habitus, como fruto de la posición ocupada en el espacio social y en otros campos. Las prácticas de los individuos deben ser explicadas como fruto de estos dos tipos de estructura. Recordemos en ese sentido su ecuación de La distinción: Habitus (capital) + Campo= Práctica. (Bourdieu, 2012: 115).

3. De la estructura a la interacción: la crítica de las antiguas sociologías del individuo

¿Podemos seguir sosteniendo la existencia de una estructura en nuestras sociedades? ¿Están las sociedades actuales organizadas ya sea a partir de una estructura social que encuadra a los individuos en posiciones estructurales conforme a sus recursos y capitales o mediante una estructura institucional que instituye a los individuos a través de la socialización en unos valores, normas y roles? Y en relación con ello, ¿se puede, por tanto, sostener que existe una continuidad entre la estructura social y la personalidad y acción de los individuos? Intentar dar respuesta a estas preguntas es tanto como retomar uno de los grandes debates que atraviesa la historia de la teoría sociológica, me refiero al debate estructura-acción. ¿Hasta qué punto la posición que ocupan los individuos en la estructura social y la influencia que sobre ellos puedan tener las instituciones de socialización nos permiten dar cuenta de sus representaciones y prácticas?

En el siguiente apartado me detendré en las aportaciones de algunas de las más significativas nuevas sociologías del individuo que se vienen desarrollando en Francia en los últimos años5. Pero para entender en toda su medida estas aportaciones, atenderé a continuación a la visión de la estructura social por parte de uno de los mayores representantes actuales de las antiguas sociologías del individuo, como es Randall Collins. Para este autor, reflexionar sobre la vida social en términos de estructura social no tiene sentido alguno, si no se es capaz de mostrar de qué modo ésta influye en las realidades microsituacionales de la experiencia vivida por los individuos, que, según entiende, son el nivel elemental de la acción social y de toda evidencia sociológica. Según este planteamiento, no podemos sostener la existencia de una estructura social a menos que ésta se traduzca en la interacción social, en los encuentros microsituacionales de los individuos. Dicho de otro modo, y como respuesta a la concepción de la estructura social de P. Bourdieu, ¿hasta qué punto el capital económico y el capital cultural que pueda tener un individuo condiciona su interacción en determinados situaciones y encuentros micro? R. Collins se muestra muy crítico con estas concepciones macroestructurales de la sociedad, que, como la de Bourdieu, quieren dar cuenta de las representaciones y prácticas de los individuos a partir de la posición ocupada en la estructura en función de la categoría socio-profesional o el nivel de estudios. ¿Poseer este tipo de capital les concede a los individuos algún tipo de ventaja en las interacciones? O ¿por el contrario habría que sostener que entre la posición estructural y la interacción microsituacional hay un abismo? R. Collins así lo cree y por ello considera que dar cuenta de la vida social a partir de datos agregados sobre la posesión de determinados tipos de capital no es una buena forma de hacer sociología. Frente a ello nos propone que “en lugar de aceptar los datos agregados a nivel macro como inherentemente objetivos, empecemos a traducir todos los fenómenos sociales como distribuciones de microsituaciones” (Collins, 2009: 352). Con este propósito nos invita a llevar a cabo investigaciones situacionales dando cuenta de las interacciones en las que se ven inmersos los individuos en su vida cotidiana. De este modo la etnografía debería desplazar a la estadística como herramienta para mostrar la estratificación de nuestras sociedades.

En su gran obra Cadenas de rituales de interacción6, en concreto en el capítulo “Estratificación situacional”, R. Collins pone las bases para este giro con el que quiere dar cuenta de la estratificación de nuestras sociedades. Para ello propone traducir al nivel micro las categorías weberianas de clase, estatus y poder.

Según R. Collins, en la actualidad las clases sociales no están desapareciendo, sino todo lo contrario, como se puede evidenciar a nivel macro-estructural si prestamos atención al crecimiento de la desigualdad de la distribución de la renta y la riqueza tanto a escala nacional como internacional. Pero, ¿hasta qué punto podemos sostener que esta desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza se traduce en una desigualdad en la distribución de experiencias vitales? Frente a algunas sociologías del individuo, para las que la clase social ha dejado de ser un operador analítico, R.Collins todavía le reserva un cierto papel para dar cuenta de la estructura social contemporánea, y -lo que es más importante para lo que aquí me interesa- de cómo esta condiciona las experiencias de los individuos. Es decir, no sólo se limita a definir las clases como estratos con más o menos capital o renta, sino que además considera que éstas operarían condicionando los encuentros microsituacionales que tendrían lugar en los “circuitos de Zelizer” que son los que, según entiende, configuran las clases sociales en las sociedades actuales. Dicho de otro modo, las clases sociales se podrían concebir a partir de los diferentes circuitos de intercambio monetarios que existen en las sociedades contemporáneas, los cuales se caracterizan, entre otras cosas, por tener “una cultura distinta, siempre que se recuerde que una ‘cultura’ no es una entidad reificada, sino una manera abreviada de referirnos al estilo de los encuentros microsituacionales” (Collins, 2009: 359). De este modo, R. Collins distingue siete clases sociales o “circuitos de clase”: la élite financiera, la clase inversora, la clase empresarial, los famosos, multitud de circuitos de clase media/trabajadora, circuitos de mala reputación y la clase social más baja, que se encontraría al margen de cualquier circuito social de intercambio. No es este el momento para detenerme en cada una de estas clases sociales. Lo que me interesa destacar es que esta cartografía de las clases sociales, basada en el nivel micro de la experiencia, se opone a la concepción macro-estructural que defienden autores como Bourdieu. En efecto, “la traducción a nivel micro de la clase económica no muestra un tótem de clases, neta y jerárquicamente apiladas unas sobre otras, sino circuitos de transacción solapados, de amplitud y contenido muy diversos” (Collins, 2009: 360). Dicho de otro modo, en términos de la relación entre la clase social y la acción individual, aquella solo se traduciría en ventajas interaccionales dentro de cada uno de los circuitos de intercambio. Fuera de estos circuitos la influencia de la clase social en las interacciones sería casi insignificante.

El desacoplamiento entre las grandes categorías con las que los sociólogos hemos pensado la estructura social y las experiencias individuales, también se deja notar cuando nos centramos en las categorías weberianas de estatus y poder. Por lo que se refiere a esta última, R. Collins considera que la definición weberiana de poder basada en la idea de imponer la propia voluntad contra toda oposición no se ha visto reflejada en estudios microsituacionales. Cuando atendemos a este nivel micro, el poder se manifiesta de manera diferente a como se nos muestra cuando atendemos a nivel macro-estructural. Así la desigual distribución de este recurso cuando prestamos atención a la estructura jerárquica de una organización no se traduce en una desigual distribución del poder real acorde con dicha jerarquía. R.Collins propone por ello distinguir entre “poder-D” en tanto que poder de mando o de recibir deferencia y “poder-E” como poder efectivo. A partir de estas categorías estamos en mejor disposición de dar cuenta del gran poder efectivo que pueden tener individuos que sin embargo ocupan posiciones estructuralmente subordinadas. Un claro ejemplo es el caso de la “jerarquía en la sombra” del personal auxiliar administrativo en organizaciones burocráticas, que reciben órdenes y prestan deferencia a sus superiores jerárquicos, pero que cuentan con un poder invisible fundamental para hacer funcionar u obstaculizar el funcionamiento dichas organizaciones.

Frente a la imagen macro-estructural que ha privilegiado el análisis del poder-D, para R.Collins en nuestras sociedades dicho poder se ha fragmentado y ha quedado limitado a algunos ámbitos en los que todavía podemos encontrar relaciones de micro-obediencia del tipo “ordeno y mando”, si bien mucho más suavizadas que en otros tiempos. Dicho poder se ha desacoplado del “poder-E”, de tal manera que incluso se renuncia al “poder D” con objeto de ganar “poder-E”. El poder situacional todavía existe en las organizaciones tanto privadas como públicas, pero al igual que sucede con las clases sociales, el poder sólo opera dentro de esas organizaciones, sin que fuera de ellas los individuos puedan traducirlo en ventajas interaccionales.

Por lo que respeta a la categoría de estatus, la obra de R.Collins nos invita a pensar en dos cuestiones que considero de gran relevancia para el objeto de este artículo: ¿existen, y, en tal caso, cómo se delimitan los grupos de estatus en la estructura social de las sociedades actuales? ¿hasta qué punto la imagen macro-estructural y jerárquica a partir de la que la sociología ha pensado la estratificación social basada en el honor o el prestigio se ve reflejada en la interacción de los individuos?

Recordemos que Weber concebía los grupos de estatus como comunidades reales que comparten un estilo de vida. R. Collins destaca la importancia que tienen los rituales formalizados para poder constituir un grupo de estatus, tal y como Weber los entiende, de tal modo que estos solo pueden existir cuando la vida cotidiana está excesivamente formalizada, creándose así las condiciones de posibilidad para que las personas vivieran en términos de identidades categoriales. Es por ello que en las sociedades actuales, en los que encontramos una vida social menos formalizada, los grupos de estatus son en su mayoría invisibles, salvo en el caso que marca la frontera que permite distinguir lo que R. Collins define como “cuasi-grupos de estatus” de los jóvenes y los adultos.

Lo que me interesa destacar de la argumentación de R.Collins es el hecho de que en la actualidad la desigual distribución de estatus, entendiendo en este caso esta categoría como la capacidad de recibir deferencia en el comportamiento microsituacional, guarda muy poca relación con las identidades categoriales y, por el contrario, depende cada vez más de la reputación personal7. Dicho de otro modo, la posición social que ocupa un individuo en la estructura social, concebida como un espacio jerárquico, no se traduce de forma inmediata en su prestigio social. De ahí que las escalas de prestigio ocupacional que han sido utilizadas por los funcionalistas para medir esta categoría no sean de gran interés ya que dichas jerarquías no se traducen en la distribución de experiencias que derivan de los estatus microsituacionales. ¿Gozan las profesiones consideradas más prestigiosas de ventajas interaccionales en sus encuentros a lo largo del espacio social? De nuevo R.Collins nos invita a pensar en el estatus como una categoría que opera en determinadas redes y situaciones, más allá de las cuales una posición jerárquica en el nivel macro-estructural no asegura una mayor deferencia. Con la única excepción de los famosos que sí pueden gozar de una deferencia trans-situacional más allá de redes u organizaciones específicas, “la gente recibe hoy poca deferencia categorial; la mayor parte de la que consigue proviene de su reputación personal, que depende de mantenerse inserto en la red donde se le conoce personalmente” (Collins, 2009: 373).

De su concepción de la estructura social y de su desacoplamiento con la interacción en los encuentros micro-situacionales, R. Collins concluye de la siguiente forma: “La estructura social actual genera una experiencia vital en la que la mayoría de los individuos puede guardar distancias con las relaciones macro-estructuradas –como mínimo de manera intermitente, y, en algunos caso, casi por completo” (Collins, 2009: 390).


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