La teoría del valor y el método en la ciencia social Grupo de Propaganda Marxista



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La teoría del valor y el método en la ciencia social Grupo de Propaganda Marxista

Este formato no conserva las citas, algunos dibujos, e incluso algunas tablas. A pesar de esto lo incluimos en nuestra web porque nos lo han solicitado algunos compañeros pero, si te es posible visualiza el texto en word. Este es el programa donde elaboramos el documento originalmente y, por tanto, tiene todos los elementos que le hemos incluido.

La teoría del valor y el método en la ciencia social

1º sobre la plusvalía o plusvalor.

  1. El valor

  2. El plusvalor

  3. Tasa de plusvalor

  4. El plusvalor relativo

2º la diferencia entre valor y precio

  1. El plusvalor relativo

  2. Precio y dinero

  3. Precios de mercado

  4. Precios de producción

3º la cuestión de los obreros que invierten sus ahorros en acciones de bolsa
Los ahorros del proletariado y la supuesta “clase media”
anexo: Breve exposición sobre la teoría salarial de Marx

<> (F. Engels: “Antidhüring” Sección 3-II)

Estimado Angel:

Aunque tarde, esperamos que lo expuesto a continuación te sirva de ayuda en el debate con el interlocutor de la lista de correos. Los temas que nos propones tratar son tres:

1º sobre la plusvalía o plusvalor.

2º la diferencia entre valor y precio.

3º la cuestión de los obreros que invierten sus ahorros en acciones de bolsa.


1º SOBRE LA PLUSVALÍA O PLUSVALOR
a) El valor:

Hay que empezar por decir que en los dos primeros libros de “El Capital”, Marx analiza el movimiento económico de la sociedad burguesa ajustándose a dos supuestos: que las mercancías se intercambian por sus respectivos valores y que el mercado se encuentra en condiciones de permanente equilibrio entre oferta y demanda. Estos dos supuestos son irreales, porque las mercancías no se intercambian por sus valores sino por los precios de mercado, que fluctúan permanentemente según los desequilibrios entre la oferta y la demanda: cuando la oferta excede a la demanda los precios descienden por debajo de su valor de mercado (valor de la oferta) y viceversa cuando ocurre lo contrario. Esto es lo evidente y para la “ciencia” económica burguesa no hay más explicación de lo evidente que la evidencia misma. Y la evidencia dice que la divergencia entre los precios y los valores de mercado se explica por la inadecuación de la oferta a la demanda y sólo cuando la oferta de un producto coincide con la demanda, el producto se realiza o vende a un precio que coincide con su valor de mercado.

Pero el caso es que en una sociedad no regulada ex ante, es decir, conscientemente, donde la propiedad privada sobre los medios de producción determina que los distintos productores actúen independientemente los unos respecto de los otros, las cantidades de productos producidos y ofertados es aleatoria, de modo que valores de mercado o de oferta puede haber muchos con los que la demanda solvente o efectiva pueda eventualmente llegar a coincidir. ¿Qué es lo que determina la cantidad de dinero en que se expresan los precios de los distintos productos cuando la oferta y la demanda coinciden? Esta es una pregunta para la que el mercado y los economistas burgueses no tienen argumentos. Es que cuando las fuerzas de la oferta y la demanda coinciden, neutralizan sus efectos, el mercado se paraliza y queda mudo, perplejo y sin respuesta ante el hecho de que el precio de mercado que en cada caso colma la demanda solvente de una mercancía X se exprese en una determinada masa de dinero y no en otra cualquiera.

<> (Op. Cit. Libro III Cap. X)

Toda metodología científica respeta rigurosamente una premisa de la que sólo puede uno desentenderse por ingenuidad o intereses creados, y consiste en que lo evidente de la realidad es una interioridad, sustancia o ley de comportamiento, que se manifiesta en las cosas según determinadas condiciones externas. La realidad es, pues, una unidad de sustancia y accidente, donde la voluble acidentalidad de su existencia se explica por la inmutabilidad de su sustancia. Ergo, para la comprensión científica de la evidencia o de la existente realidad de las cosas (en la economía política la fluctuación de los precios según la relación entre oferta y demanda), es necesario, previamente, conocer el comportamiento de su realidad sustancial (que en el caso de la economía política es el trabajo creador del valor real de las mercancías) libre de las condiciones perturbadoras (accidentes) en que esa sustancia social se manifiesta según las circunstancias (oferta y demanda).

Este modo de investigar que se sustrae intencionalmente a la evidencia empírica es irreal pero sin embargo universalmente aceptado como el único método verdaderamente científico. Normalmente, la gravedad actúa en condiciones atmosféricas. Sin embargo, desde Galileo hasta hoy, en la física se procede a analizar la caída de los cuerpos en la irrealidad del vacío. Del mismo modo, en la economía política el trabajo social actúa condicionado por la oferta y la demanda, a instancias del mercado. Para analizar su comportamiento y descubrir las leyes que presiden su movimiento en la sociedad burguesa, es necesario, pues, empezar por suponer una situación similar al vacío para el estudio de la gravedad. En las ciencias naturales, como en la física, la química o la biología, las condiciones para el estudio del objeto libre de interferencias se crean experimentalmente. En las ciencias sociales lo que sustituye a las bombas de vacío, al microscopio o a los reactivos químicos, es el ejercicio intelectual de la abstracción. Esta capacidad humana para el ejercicio de la abstracción permite separar lo sensible o dado a los sentidos de lo inteligible, del mismo modo que a través del microscopio es posible aislar una bacteria para estudiarla tal como es, separada del medio o condiciones en que se desarrolla:

<> (K. Marx: Op. Cit. Prólogo a la primera edición)

En la economía política, semejante situación de vacío o aislamiento que permite observar el valor económico en toda su pureza, es el equilibrio del mercado, donde la atmósfera de la oferta y la demanda dejan de actuar y las mercancías se intercambian a sus valores de mercado. Este es el método -tan poco estudiado y comprendido- que Marx empleó para descubrir la intimidad de la sociedad burguesa, cuyos apologetas a sueldo se han venido empeñando en ocultar:



<> (Op. Cit. Libro III cap. X)

La consecuencia inmediata de considerar inexistentes las fuerzas del mercado respecto del comportamiento del trabajo social en los intercambios, es la ausencia de precios de mercado, lo cual supone dar por válido que las mercancías se intercambian permanentemente por sus valores individuales.

Este supuesto excluye incluso el hecho verificable de la picaresca. Ya en el “Manifiesto comunista” Marx y Engels dicen que el capitalismo es “la sociedad del engaño y el pillaje mutuo”. Pero como acabamos de explicar, a los fines de la determinación científica de las categorías de valor, realidades como ésta se pueden considerar inexistentes. ¿Por qué? Pues, porque aquí, lo que interesa para determinar o descubrir de dónde sale el valor y la plusvalía, el ámbito de estudio no es el capitalista individual, sino la clase de los capitalistas productivos en su conjunto. Si partimos de la premisa real de que no se puede sacar más valor del realmente producido globalmente, queda claro que, en realidad, todo lo que unos capitalistas pueden llegar a ganar utilizando el engaño o la estafa, otros lo tienen necesariamente que perder, única manera de que la masa de ganancia del capital social global, coincida con la plusvalía total producida. Si observamos cualquier sociedad en su conjunto veremos que el resultado de la suma de valor correspondiente a los intercambios producidos, da un balance igual a 0, es decir que si a la suma de las ventas se le resta la suma de las compras da un resultado igual a 0. Con lo que queda descartado el argumento falaz de que la ganancia proviene de comprar barato y/o vender más caro:

<distribución entre A y B. Lo que de un lado aparece como plusvalía, es del otro lado minusvalía; lo que de una parte representa un más, representa de la otra un menos. Si A hubiese robado las 10 libras a B, sin guardar las formas del intercambio, el resultado sería el mismo. Es evidente que la suma de los valores circulantes no aumenta, ni puede aumentar por muchos cambios que se operen en su distribución, del mismo modo que la masa de los metales preciosos existentes en un país no aumenta por el hecho de que un judío venda un céntimo del tiempo de la reina Ana por una guinea. La clase capitalista de un país no puede engañarse a sí misma en bloque. >> (Op. Cit. Libro I Cap.IV )

Los economistas vulgares desde los tiempos de Marx, que -como los sofistas en tiempos de Sócrates- siguen poniendo su intelecto al servicio de las clases dominantes, se aferran al prejuicio de que la ganancia del capital no surge de la producción sino de la circulación de las mercancías, del intercambio, esto es, de la diferencia entre el precio de mercado o de venta y el valor de mercado o valor real de la mercancía vendida.

Una vez resumidamente expuestos los argumentos críticos a los criterios de la ideología económica expuesta por los defensores del capitalismo, el pensamiento positivo de Marx respecto del valor y del plusvalor es el siguiente: Cada trabajo concreto produce un valor de uso específico, destinado a satisfacer una necesidad social también específica. El conjunto de los trabajos concretos da por resultado el universo de los valores de uso que constituyen la riqueza de la sociedad. Este trabajo colectivo o social que resume en sí al universo de trabajos concretos haciendo abstracción de todos ellos, es trabajo general, o indiferenciado, gasto de energía humana indistinta del cuerpo humano de cada trabajador. De ahí que Marx le denomine “trabajo abstracto”.

Ahora bien, para que dos valores de uso se conviertan en mercancías, esto es, para que se puedan intercambiar, deben ser cualitativamente distintos, ya que carece por completo de sentido económico intercambiar mercancías que satisfacen la misma necesidad. Por lo tanto, sus trabajos concretos también deben ser distintos. Pero, al mismo tiempo, esas mercancías deben tener algo en común que permita compararlas y equipararlas, de lo contrario el intercambio es imposible. ¿Qué es este algo común a todas las mercancías? Que todas son producto del trabajo humano indistinto o abstracto, esto es, considerado con independencia de la forma concreta de cada trabajo y de la materia prima que en cada caso transforma para la producción de cada valor de uso convertido en mercancía. Tal es el criterio aceptado por Marx siguiendo a los clásicos de la economía política:



<> (K. Marx: Op. Cit. Libro I Cap.I Punto 1)

¿Cual es el patrón de medida de los trabajos contenidos en las distintas mercancías? El tiempo medido en convencionales unidades de medida como el seegundo, el minuto o la hora. Si esto es así, cabría pensar que cuanto más torpe o perezoso fuera el productor, más valiosa sería su mercancía. Pero el caso es que el trabajo que genera los valores mercantiles no es trabajo individual. Desde el momento en que son llevados al mercado y se confrontan unos con otros, los trabajos individuales se convierten en trabajos sociales. Allí, en el mercado, se produce una especie de selección natural de los productores según el grado de destreza e intensidad media del trabajo social abstracto aplicado a sus productos, esto es, según el progreso de la productividad media:



<trabajo individual representaba únicamente media hora de trabajo social, y su valor disminuyó, por consiguiente, a la mitad del que antes tenía>> (Ibíd)

A partir del momento en que la mejora técnica se introduce y expone sus resultados en el mercado, los trabajos individuales realizados con las técnicas de producción anteriores constituyen un despilfarro de trabajo social y esto lo sanciona el mercado marginando a los productores ineficaces. De esta forma, a través de la competencia, en el mercado opera la tendencia objetiva a actualizar una media o promedio de trabajo social, que Marx denomina “trabajo socialmente necesario” para la producción de cada mercancía.



<magnitud de valor de un objeto no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesario, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción>> (Ibíd)

Obviamente, en la sociedad capitalista los trabajos se valoran según el mayor o menor grado de complejidad respecto del trabajo más simple que todo asalariado posee por término medio sin necesidad de un desarrollo especial. El carácter de este trabajo medio simple varía según los diversos países y épocas culturales, pero es un dato de la realidad para una sociedad determinada. Así, en la España anterior e inmediatamente posterior a la guerra civil, donde un 64% de la población era analfabeta, el trabajo medio simple estaba fijado por ese nivel cultural y la carencia de todo oficio, mientras que hoy día exige como mínimo estudios preuniversitarios y una formación profesional específica.


Luego está el interrogante acerca de cómo se determina la diferencia entre trabajo simple y compuesto. Aquí hay que introducir un nuevo concepto: los costes de formación o aprendizaje de la fuerza de trabajo.

<<¿Cómo se resuelve esta importante cuestión del trabajo compuesto? En la sociedad de productores privados, los particulares o las familias cargan con los costes de formación del trabajador calificado; por eso corresponde a los particulares el precio, más alto, de la fuerza de trabajo calificada: el esclavo hábil se vende más caro, y el obrero hábil cobra salario más alto. En la sociedad organizada de un modo socialista, es la sociedad la que carga con esos costes, y por eso le petenecen también los costes, los valores mayores producidos por el trabajo compuesto. El trabajador mismo no tiene derecho a reclamar más que los otros>> (F. Engels: “Anti-Dühring” Cap. VI)
Estas palabras merecen una explicación. En primer lugar, tal como sucede con el trabajo medio simple, los costes de formación del trabajo simple y complejo o cualificado varían según las etapas históricas determinadas por el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social. En la etapa infantil de la sociedad burguesa, el capital en funciones era todavía insuficiente para apoderarse de toda la masa de población explotable. La composición técnica y orgánica del capital era baja, esto es, el trabajo social se realizaba en condiciones de muy baja productividad, con una ínfima cantidad relativa de máquinas y herramientas respecto del trabajo vivo empleado. Sin embargo, para esa época la producción capitalista había trascendido ya los inalterados mercados comunitarios autosuficientes del modo de producción feudal. Allí, para satisfacer el consumo reducido a los estrechos límites de la población en las aldeas, bastaba con la organización artesanal del trabajo colectivo, según la cual un mismo individuo podía tomarse todo el tiempo del mundo ejecutando sucesivamente cada una de las operaciones correspondientes a su oficio para la fabricación de una misma mercancía. En esta etapa, el concepto de educación al exterior de los monasterios excluía el aprendizaje para los distintos oficios, que recaía exclusivamente en las corporaciones de artesanos, únicas escuelas de formación profesional que sintetizaban en la relación social entre el maestro artesano y sus aprendices. La educación medieval corrió a cargo de las ordenes religiosas y estaba limitada principalmente a escuelas y universidades para formar a los eclesiásticos y a unos pocos funcionarios gubernamentales. Incluso la nueva enseñanza humanista estaba proyectada en un principio para una pequeña elite erudita.
Con la ampliación de los mercados, la burguesía –constituida como tercer al interior de la sociedad feudal decadente- se vio ante la necesidad de producir más por unidad de tiempo, por lo que debió revolucionar la organización del trabajo para transformar al artesano en obrero moderno. Esta revolución se operó mediante un proceso que comenzó con la manufactura y culminó en la gran industria maquinizada.
En un principio, la manufactura capitalista mantuvo la diferencia que la sociedad anterior había establecido entre el trabajo complejo del maestro artesano y el trabajo más simple del aprendiz. La manufactura consistió en reunir en un mismo ámbito bajo el mando de un mismo capitalista, a un colectivo variable de artesanos según las crecientes exigencias del mercado, donde cada operario ejecutaba tareas propias de su oficio, sea para realizar parte del producido o el producido entero, según lo estipulara su cualidad:

<manufactura de coches reúne a todos estos artesanos diversos en un taller, donde pasan a trabajar (como asalariados) simultánea y organizadamente. (...) Pero la manufactura se origina también siguiendo un camino inverso. Muchos artesanos que producen lo mismo o algo similar, por ejemplo papel o tipos de imprenta, o agujas, son utilizados simultáneamente por el mismo capitalista en el mismo taller. Estamos ante la cooperación en su forma más simple. Cada uno de esos artesanos (con la ayuda tal vez de uno o dos oficiales) hace la mercancía íntegra y, por tanto, ejecuta sucesivamente las diversas operaciones requeridas para su producción>> (K. Marx: Op. cit. Libro I cap. XII)
Bajo cualquiera de estas dos formas de cooperación, el nuevo sistema del trabajo asalariado dejaba intangible la figura multifuncional del artesano tradicional. Pero con la ampliación de los mercados, se hizo necesario producir más por unidad de tiempo empleado, condición para la que este tipo de organización del trabajo devino en una traba que había que superar. Se hizo necesario revolucionar el carácter multifuncional del artesano tradicional. En aras de la “productividad marginal” se impuso la especialización dentro de cada oficio. Rinde más el artesano empleado en ejecutar habitualmente una sola de las multiples operaciones de su oficio para la fabricación de un producto, que si se le mantiene ejecutándolas sucesivamente una tras otra. Si fabricar una silla de madera fue obra de un solo carpintero, ahora se trataba de emplear tantos como operaciones parciales eran precisas para obtener de cada mercancía un mayor número de unidades en un mismo lapso de tiempo, esto es, se acrecienta la fuerza productiva del trabajo:

<divide el trabajo (de cada ofico). En vez de hacer que el mismo artesano ejecute las diversas operaciones en una secuencia temporal, las mismas se disocian, se aislan, se las yuxtapone en el espacio; se asigna cada una de ellas a distintos artesanos y todas juntas son efectuadas simultáneamente por los cooperadores. (...) La mercancía, antes producto individualde un artesano indpendiente que hacía cosas muy diversas, se convierte ahora en el producto social de una asociación de artesanos, cada uno de los cuales ejecuta constantemente sólo una operación, siempre la misma. (...) un obrero dedicado de por vida a ejecutar la misma operación simple convierte su cuerpo entero en órgano automático y unilateral de dicha operación y que por eso emplea en ella menos tiempo que el artesano que efectúa alternativamente toda una serie de operaciones. (...) En comparación con la artesanía independiente, pues, se produce más en menos tiempo, esto es, se acrecienta la fuerza productiva del trabajo>> (Ibíd Lo entre paréntesis es nuestro)
Reducido el trabajo a la ejecución de reiterados y monótonos movimientos de las extremidades, el ingenio constructor y la habilidad técnica integral del artesano independiente, pero sobre todo su dominio sobre los tiempos de trabajo, fueron reemplazados por la nula iniciativa personal, por la inteligencia mutilada y a la mínima habilidad técnica posible del asalariado, para que el dominio sobre los tiempos de producción quedara bajo el mando del patrón capitalista. La manufactura capitalista convirtió así el trabajo complejo del artesanado medieval en trabajo medio simple ejecutado por el obrero moderno:

Los conocimientos, la inteligencia y la voluntad que desarrollan el campesino o el artesano independientes, aunque más no sea en pequeña escala (...) ahora son necesarios únicamente para el taller en su conjunto. (...) La reflexión y la imaginación están sujetas a error, pero el hábito de mover la mano o el pie no dependen de la una ni de la otra. Se podría decir, así, que en lo tocante a las manufacturas, su perfección consiste en poder desembarazarse del espíritu, de tal manera que se puede [...] considerar al taller como una máquina cuyas partes son hombres. Es un hecho que a mediados del siglo XVIII, algunas manufacturas, para ejecutar ciertas operaciones que pese a su sencillez constituían secretos industriales, preferían emplear obreros medio idiotas.

El espíritu de la mayor parte de los hombres, dice Adam Smith, “se desenvuelve necesariamente a partir de sus ocupaciones diarias. Un hombre que pasa su vida entera ejecutando unas pocas operaciones simples...no tiene oportunidad de ejercitar su entendimiento...En general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que llegue a serlo un ser humano”. Luego de haber descrito el embrutecimiento del obrero parcial, continúa Smith: “La uniformidad de su vida estacionaria corrompe de un modo natural el empuje de su inteligencia...Destruye incluso la energía de su cuerpo y lo incapacita para emplear su fuerza con vigor y perseverancia en cualquier otro terreno que no sea la actividad detallista para la que se lo ha adiestrado.>> (K. Marx: Op. cit. Libro I Cap. XII punto 5).


Si para llevar adelante el proceso de acumulación se requerían por entonces los niveles más bajos de instrucción e inteligencia por parte de los operarios, es comprensible que el trabajo complejo quedara casi por completo fuera de los componentes que determinan el valor de la fuerza de trabajo, dado que sus costes de formación pesaban muy poco en la masa global del capital variable. Disminuir al máximo los costes salariales y transferir el dominio sobre los tiempos de trabajo del obrero al patrón, tal es el doble propósito del capital en tiempos de Marx. Por tanto, es natural también que los costes de formación del trabajo complejo recayeran sobre la renta familiar de las minorías jerárquicas y empresariales, aunque bien es cierto que el fondo de consumo de las clases dominantes ha salido siempre de la plusvalía creada por los asalariados, esto es, de los menores costes de la fuerza de trabajo.
Pero el desarrollo de las fuerzas productivas y el consecuente aumento del capital en funciones, elevó el listón de conocimientos requeridos por el trabajo medio simple, al tiempo que con la expansión del crédito bajo la forma de las sociedades por acciones, el número de empresas en que la propiedad del capital quedó separada de la gestión técnica y administrativa se fue haciendo cada vez mayor. El tradicional “capitán de industria” tendió a convertirse en mero rentista cuya función se reduce a especular en la bolsa de valores, y el trabajo complejo de alta dirección y gestión intermedia pasó paulatinamente a ser asumido por personal asalariado, que así conformó la llamada “aristocracia obrera”.
La oferta de este trabajo asalariado complejo o cualificado no ha podido surgir ni ha surgido unilateralmente del proletariado, sino que ha sido políticamente inducida por la burguesía en su conjunto. Esto explica los cambios cualitativos operados desde los tiempos de Marx y Engels en la estructura ministerial de los Estados capitalistas, así como la magnitud y composición de sus presupuestos generales. Al lado de la escuela privada creció la escuela pública. En Europa, los sistemas nacionales de educación elemental con cargo a los presupuestos estatales no se llegaron a establecer hasta el siglo XIX, y los de enseñanza secundaria y universitaria a partir del siglo XX. De este modo, buena parte de la formación o aprendizaje para el trabajo medio simple y complejo, pasó a ser costeado directamente por una minoría relativa de familias obreras comprometidas en ello; la otra parte, por el conjunto de la patronal y de los asalariados a instancias de la recaudación impositiva destinada a sufragar los presupuestos para instrucción pública, sobre todo a nivel de la enseñanza media y universitaria.
Dadas estas condiciones económicas e institucionales, para determinar el valor de las mercancías individuales, la práctica social burguesa reduce proporcionalmente el trabajo complejo a trabajo medio simple. En principio, esta reducción se opera mediante la asignación de un valor monetario (por ejemplo: 1 peseta) a determinada unidad de tiempo (por ejemplo: 1 segundo) de cada producción particular, donde la asignación monetaria que pondera el tiempo trabajado varía según la proporción de trabajo complejo que contiene el producto terminado Finalmente, es el mercado el que determina en valor monetario, el tiempo promedio que así resulta socialmente necesario emplear en la producción de cada mercancía unitaria:

<potenciado o más bien multiplicado, de suerte que una pequeña cantidad de trabajo complejo equivale a una cantidad mayor de trabajo simple. La experiencia muestra que constantemente se opera esa reducción. (...) Las diversas proporciones en que los distintos tipos de trabajo son reducidos a trabajo simple como a su unidad de medida, se establecen a través de un proceso social que se desenvuelve a espalda de los productores, y que por eso a estos les parece resultado de la tradición.>> (K. Marx: Op.cit. Cap. I punto2)

Engels dice que el mecanismo mercantil mediante el cual se opera la reducción de trabajo complejo a trabajo medio simple, se comprueba empíricamente pero no se puede explicar, porque ese proceso no ocurre con la regularidad que exige hacer realmente posible una explicación satisfactoria.



b) El plusvalor:

Antes de nada, hay que decir que la plusvalía no es un concepto que inventara Marx, sino que él lo retomó de los clásicos de la economía política, como Willian Petty -que fue su descubridor- Adam Smith y David Ricardo; lo que sí corresponde al mérito de Marx, es haber completado la investigación científica de este concepto, empezando por demostrar en polémica con los economistas vulgares, que dicha plusvalía la producen los asalariados durante el proceso de trabajo.

La plusvalía no es sino la diferencia entre el valor de uso y el valor de cambio de la fuerza de trabajo, entre el total de horas trabajadas durante la jornada de labor y el tiempo de esa misma jornada durante el cual el asalariado reproduce el valor de su salario, que es lo que el obrero necesita para vivir en condiciones óptimas y poder seguir trabajando para el patrón.

Siguiendo a Marx acabamos de referirnos al proceso por el cual la práctica social burguesa calcula en cada empresa el valor unitario de su producto, ponderando monetariamente el tiempo de trabajo vivo empleado según el grado proporcional de complejidad, y de cuya confrontación en el mercado resulta el tiempo de trabajo socialmente necesario en cada especialidad de la producción capitalista. Según el estudio de campo que realizamos en la industria de la transformación del metal, el valor de la hora de trabajo oscila entre las 3.000 y las 4.500 Pts. Según la última estadística de julio último, ofrecida por el Estado español, el salario medio interprofesional es de 216.000 Pts. mensuales. Descontando los ocho días no laborables, cada mes se trabaja un total de 22 días, de lo cual -a ocho horas por jornada- resulta un total de 176 horas mensuales. Si ahora dividimos el salario medio por las horas trabajadas, tenemos que por cada hora de trabajo, los asalariados españoles del metal reciben término medio 1.227 Pesetas. Esto quiere decir que el plusvalor en esa rama de la industria oscila entre 1.773 y 3.273 Pts. Finalmente, si relacionamos el plusvalor con el salario, de esa relación resulta lo que Marx denomina tasa de plusvalor o grado de explotación, que, en nuestro ejemplo fluctúa entre el 144 y el 267%. De modo que, por cada 100 Pts. que debe pagar diariamente a cada trabajador en concepto de salario, la patronal de este sector se embolsa entre 144 y 267 Pts.

Marx analiza en el libro 1º del capital cómo a través del intercambio de mercancías surge el dinero. En la fórmula M-D-M en donde una mercancía M se intercambia por otra M y el dinero D hace la función de medio de cambio entre ellas que son equivalentes pero cualitativamente distintas (distintos valores de uso), ya que no tendría sentido intercambiar dos cosas que sirven para lo mismo. En esto consiste el intercambio mercantil simple (IMS) que es común a todos los periodos en donde han existido mercancías, incluido el sistema capitalista de producción.

Sin embargo, el capitalismo se diferencia de las sociedades mercantiles precedentes, entre otras cosas porque en este modo de producción de la vida social, sin abandonar su función de medio de cambio, el dinero se transforma en capital, cuyo ciclo reproductivo se puede resumir en la fórmula D-M-D’. Sí comparamos esta fórmula con la del IMS, observaremos cómo el dinero que el capitalista invierte al principio del ciclo revierte a él acrecentado, mientras que en el IMS el dinero gastado que se introduce en la circulación para comprar una mercancía ajena, representa la misma magnitud de valor de la mercancía vendida para obtenerlo, y el dinero no retorna sino que se aleja de quienes lo utilizan en sus transacciones.

En la fórmula general del capital D-M-D’, la circulación se resuelve en un enriquecimiento dinerario del capitalista porque retira de la circulación más valor en dinero del que introdujo en ella, mientras que en la fórmula del intercambio mercantil M-D-M no hay más que un simple cambio de mercancías equivalentes. La finalidad del intercambio mercantil simple consiste en la satisfacción de las necesidades sociales, mientras que el intercambio capitalista consiste esencialmente en incrementar la masa de dinero invertida, por lo que ningún capitalista está dispuesto a comprometerse en ningún proceso de trabajo sí no es para obtener una ganancia. Aquí no se produce para satisfacer una necesidad sino para obtener un beneficio pecuniario, luego, el proceso de trabajo está subordinado al de valorización:

<dinero, sino a una diferencia simplemente cuantitativa. A la postre se sustrae a la circulación más dinero del que en un principio se arrojó a ella. El algodón comprado por 100 libras esterlinas se vende, por ejemplo, por 100+10, o sea por 110 libras esterlinas. La fórmula completa de este proceso es por tanto: D-M-D’, donde D’=D+ΔD, o lo que es lo mismo, igual a la suma de dinero primeramente desembolsada más un incremento. Este incremento o excedente que queda después de cubrir el valor primitivo es lo que yo llamo plusvalía>> (K. Marx: Op.cit. Cap. IV Punto 1)

Bien, pues, una vez que se tiene claro el concepto de plusvalía, conviene aclarar de donde sale la diferencia entre lo que el capitalista invierte en la compra de los factores de la producción y lo que revierte a él como resultado de la venta de su mercancía ya producida y puesta en el mercado.

El modo de producción capitalista tiene como particularidad histórica, entre otras características, el hecho de que la fuerza de trabajo (FT) es una mercancía, que es vendida “libremente” por su poseedor- el obrero- y comprada por el capitalista que la necesita para consumirla productivamente. Dicha fuerza de trabajo es la capacidad de trabajar que tiene cualquier ser humano normal. Ahora bien, como cualquier mercancía, el valor de la FT está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla o, más exactamente, para reproducirla. Y ese tiempo de trabajo es el equivalente en trabajo social, de todo lo que el trabajador necesita para vivir con su prole, cuya forma de valor es el salario. Finalmente, las necesidades de los asalariados no están fijadas de una vez para siempre sino que varían según el desarrollo de las fuerzas productivas dentro del sistema, del nivel medio de cultura existente en determinada sociedad y del grado de fijeza en la conciencia de los explotados:

<
valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de su poseedor. (....) Por lo demás, hasta el volumen de las llamadas necesidades imprescindibles, así como el modo de satisfacerlas, son de suyo un producto histórico que depende por tanto, en gran parte, del nivel de cultura de un país y, sobre todo, entre otras cosas, de las condiciones bajo las cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y, por tanto, de sus hábitos y aspiraciones vitales>> (Ibíd )

Hemos visto más arriba que para convertir determinada cantidad de dinero en capital, es necesario que se valorice, que al final del proceso de circulación se incremente, es decir, que de una masa de valor D se obtenga D’ =D+ΔD. (donde la letra griega Δ significa incremento) Pero, ¿cómo se concibe esta diferencia manteniendo el supuesto de que en el proceso de circulación de la riqueza sólo se intercambian equivalentes? En otras palabras, si el capitalista paga por la fuerza de trabajo del asalariado ni un céntimo menos de lo que esa fuerza de trabajo vale según el supuesto metodológico de Marx, ¿de dónde sale, pues el plusvalor?

Es que, así como la hemos presentado, lo que la fórmula general del capital D-M-D’ expresa, no es todo lo que implica. Aquí, el proceso de circulación presupone el proceso de producción, y el plusvalor se crea en este momento del proceso de valorización, no en el momento del intercambio. De otro modo, la parte de M que representa la inversión en medios de producción y mano de obra carecería por completo de sentido económico. Si ahora expresamos todo lo que esta fórmula implica, se podrá ver cómo el capitalista poseedor de un determinado valor inicial en forma de dinero D, intercambia ese valor por su equivalente en los factores físicos necesarios para la producción, que es el factor subjetivo FT, es decir, el equivalente a la fuerza de trabajo vendida por los trabajadores, por un lado, y por otro los factores objetivos, MP o medios de producción, que son los medios de trabajo (maquinas, edificios, mobiliario), las materias primas a transformar (madera, hierro, etc.) y las materias auxiliares (combustible, lubricantes, etc.). La formula desplegada resultante es la siguiente:




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