La Solidaridad, más que una moda



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La Solidaridad, más que una moda

Luis A. ARANGUREN GONZALO

(Publicado en la revista CARITAS nº376 Septiembre 1997)

 

Los años ochenta fueron tiempos de obsesión por todo lo juvenil: se trataba de rejuvenecer a la sociedad o de prolongar eterna y artificialmente la juventud. Ser joven/aparentar ser joven era sinónimo de prestigio y de reconocimiento social. Con los años noventa una nueva obsesión ha poblado las calles y las preocupaciones del Occidente rico: hemos entrado en la era de la solidaridad.



Junto a la acción y presencia de personas y colectivos en zonas de conflicto bélico o grave inestabilidad social, hasta la pequeña y cotidiana aportación que muchas personas realizan de modo voluntario con vecinos, enfermos, inmigrantes, gentes sin hogar y otras personas o colectivos excluidos del carril del bienestar, se observa -igualmente- Ia profusión de acciones (llamadas solidarias) y que se presentan en forma de espectáculos televisivos, festivales benéficos, «voluntariados» de famosos/as, exposiciones donde cada Organización compra-vende su producto solidario, publicidad agresiva que trata de culpabilizar al ciudadano y captar socios/dinero utilizando la desgracia ajena, nuevos programas de televisión que compiten por más audiencia introduciendo supuesta temática solidaria, introducción del gran capital de la banca y de las multinacionales en el llamado «mecenazgo» social que supuestamente apoya con su dinero causas solidarias desde la óptica de la Causa y Horizonte del propio beneficio económico.

Con este primer escarceo por las sendas de la solidaridad no sólo constatamos una nueva moda o una estética más o menos aceptable. Nos encontramos ante una lamentable confusión y ante el secuestro de un valor ético. Si el secreto de la moralidad de una persona o de una sociedad radica -según Ortega-  en mantenerse en el propio quicio, sin duda en la actualidad nuestra sociedad se encuentra desquiciada, o lo que es lo mismo, baja de moral, desmoralizada, a merced de una solidaridad en la que todo vale, y donde no se cuestiona si la sociedad progresa moralmente o no; lo que no se pone en duda es que el enriquecimiento económico es un barco blindado que ha de llegar a buen puerto.

 
Por otro lado, en el ámbito educativo nos encontramos ante las enormes posibilidades transformadoras que plantea la realización de los llamados temas transversales que marca la LOGSE.  En este campo, salvo honrosas excepciones, asistimos a una indiferencia generalizada del profesorado hacia estas cuestiones, que se viven como algo añadido y cargante a lo mucho que ya hay que hacer; en algunos casos, la decisión por embararse en alguno de los temas transversales se convierte en el ropaje edulcorado que adorna al Proyecto Educativo del Centro, pero que no consigue atravesar la epidermis de los planteamientos y actitudes de la mayoría de la comunidad educativa.

En este estado de cosas, el presente trabajo pretende conseguir dos objetivos fundamentales: en primer lugar, aportar elementos de clarificación con el fin de abordar los distintos modelos de solidaridad que hoy coexisten en el seno de nuestra sociedad occidental; en un segundo momento trataremos de perfilar los rasgos del modelo que coloca en el Otro caido y herido en su dignidad de persona la razón ética originaria a partir de la cual emprender un proceso solidario altemativo. Se trata a nuestro juicio, de reinventar la Solidaridad redescubriendo los recursos y posiblidades con que cuenta todo ser humano.




1. EL PESO DE LA REALIDAD QUE DESBORDA.
El análisis de la situación política, cultural y económica de nuestra sociedad no constituye el motivo central de nuestra reflexión. Sin embargo, para plantear la solidaridad como alternativa a una sociedad basada en la desigualdad y en la injusta distribución de la riqueza, hemos de saber estar ajustadamente en la realidad. Y lo más real es, sin duda, Ia injusta pobreza desde la cual se puede comprender la totalidad de los procesos sociales. Una mínima honradez con lo real nos exige saber estar en la realidad, no fabricarla ni ideologizarla.

 

No se nos oculta, por otro lado, que la percepción de esta realidad se toma en peso que desborda cuando no en tragedia difícil de asimilar; a ésta dificultad hay que añadir la visión mediática de la realidad que se nos ofrece y que alimenta, en primer lugar, un alto grado de emotividad sentimental que deviene finalmente en indiferencia e insensibilidad y, en segundo lugar, fomenta la impotencia ante la magnitud del mal que nace de la responsabilidad de los hombres. Este peso que desborda se articula, al menos, en las siguientes dimensiones:


**El peso del Norte frente al Sur, a escala planetaria. Este peso se expresa mediante la categoría de desigualdad.

 

**El peso del pensamiento único. Asistimos a una nueva forma de totalitarismo económico, político y mental que se arrodilla ante el aparente triunfo definitivo del Mercado; un Mercado necesariamente ligado al gran Poder de control social que representan los Medios de Comunicación de masas. La globalización económica y el control social que ejerce la información que generan los media configuran el pensamiento único.



 
**El peso de la cultura postmoderna, que tras declarar finalizado y fracasado el proyecto Ilustrado Moderno arrastró a los mismos lodos las posibilidad de retomar un modelo de razón que aliente, sostenga y dé cabida a la totalidad del ser humano. La Posmodernidad se ha erigido en eclipse que ensombrece cualquier tentativa emancipadora o transformadora de la realidad.

2. MODELOS DE SOLIDARIDAD
El peso de la realidad choca con los intentos de mutilar el contenido del valor ético de la solidaridad. En cualquier caso, conviene sacar a la luz esas intenciones y analizarlas en confrontación con lo que podría ser Ia apuesta por una solidaridad realmente cargada de valor humanizador y transformador de la realidad injusta.

 

Tabla 1   MODELOS DE SOLIDARIDAD



 

ESPECTACULO

CAMPAÑAS

COOPERACION

ENCUENTRO

METODOLOGIA

Ocasional

Descendente Festivales



Ocasional

Descendente

Información 


Ocasional/Permanente

Descendente/Ascendente

Organización


Permanente

Ascendente

Presencia


CAUCE

MMCC - ONG

MMCC - ONG 

ONG-Voluntariado 

ONG-Voluntariado  

VISION DEL CONFLICTO

Desgracia 

Lacra

Desajuste del sistema 

Desajuste radical N-S 

GRADO DE IMPLICACION

No seguimiento

No proceso

Solidaridad con el desconocido 


Seguimiento económico

No proceso 



Seguimiento proyectos 

Acompañamiento personalizado

MODELO DE VOLUNTARIADO

Colaboradores de los espectáculos

En situaciones límite

Logistas


Puesta en marcha de proyectos 

Forma de hacer y de ser. Alternativa de sociedad. 

HORIZONTE

Mantener el desorden 

Paliar efectos de catástrofes 

Ayuda promocional desde la organización de la ONG 

Promoción y transformación social desde los destinatarios 

EFECTOS PARA LOS AGENTES

Consumir solidaridad 

Desculpabilización

Toma de conciencia-experiencia 

Contribución a configurar un proyecto de vida 

EFECTOS PARA LOS DESTINATARIOS

Objeto de consumo

Seres sin rostro descontextualizados



Alivio temporal

Dependencia para realizar los proyectos

Protagonistas de su proceso de liberación.

MODELO ETICO

Posmodernidad indolora. Neoepicureismo

Emotivismo ético.

Solid. económico-impulsiva



Etica del consenso desde el acuerdo

Etica compasiva desde los excluidos

PALABRA-CLAVE

Mercado

Ayuda

Desarrollo

Transformación

Más que de dos modelos enfrentados entre sí cabría hablar de una diversidad de modelos, cuyas fronteras, en ocasiones, resultan difíciles de definir. En este caso, contemplamos cuatro modelos de solidaridad bajo el prisma de unos indicadores comunes para los cuatro modelos (ver tabla 1). Sin extendernos en excesivos detalles, éstos serían los modelos en cuestión:



2.1. Solidaridad como espectáculo
Ya a principios de los años ochenta algunos cantantes y grupos musicales famosos compusieron y lanzaron al mercado canciones cuyos beneficios iban a parar a «causas» de tipo solidario («We are the world. We are the children» constituye el canto paradigmático de aquellos años); a este tipo de acciones aisladas acompañaron más tarde festivales y espectáculos; cuyo reclamo para la asistencia a los mismos era la colaboración en gestos solidarios.

 

A la ética de la solidaridad le siguió la falsa estética de la solidaridad o la solidaridad como espectáculo. Inmersos en la cultura postmoderna, la solidaridad se convierte en artículo de consumo cuya compraventa varía en función de los dictados de la moda del momento; nuestro momento, por otro lado, es de auge de la moda solidaria. En efecto, la pasión por lo nuevo que la moda postmoderna impone como imperativo categórico se torna actualmente en consumo de solidaridad, cuyos benefidos no radican tanto en el valor de la solidaridad en sí mismo, sino en el valor de cambio que supone para el individuo consumidor (prestigio, status social, etc...). Para este modelo de solidaridad no existen conflictos sociales, tan sólo desgracias ocasionales.



 

La solidaridad como espectáculo enmascara los problemas sociales, políticos y económicos de fondo provocando reacciones emocionales y sensación de utilidad; pero brilla por su ausencia un mínimo análisis crítico de la realidad y, por ende, la posibilidad de toma de conciencia y de movilización contra la injusticia. Estamos ante un tipo de solidaridad compañera de viaje del hedonismo y del "carpe diem" frívolo que plantea vivir apasionadamente el momento sin más pasión que el consumo efímero de fragmentos placenteros; en este contexto, la solidaridad no puede ir acompañada de lucha por la justicia, sino, antes bien son necesarios los festivales, el rock, la participación de famosos, el bullicio y un precio módico que haga posible la participación pasajera en un evento de caracter solidario.

 

Desde este punto de vista, más que realizar una acción solidaria se consume solidaridad en un horizonte socio-político de mantenimiento absoluto del desorden establecido. La "telemaraton-recauda-millones-a-beneficio-de..." a sustituido a la calle, a la fábrica o a la Universidad como lugar de ejercicio de la solidaridad.



 

Desde el punto de vista ético, este modelo de solidaridad encaja en lo que Lipovetsky denomina «altruismo indoloro», propio de una sociedad postmoralista en la que ha desaparecido el deber, el sacrificio. el esfuerzo y la obligación. La solidaridad vale si no cuesta; la solidaridad tiene sentido si presenta un rostro amable y me hace sentirme a gusto.


El compromiso que se adquiere es mínimo; «el compromiso en cuerpo y alma ha sido sustituido por una participación pasajera a la carta, a la que uno consagra el tiempo y el dinero que quiere y por el que se moviliza cuando quiere, como quiere y conforme a sus deseos primordiales de autonomía individual».

 

Al altruismo indoloro le acompaña la labor de los medios de comunicación de masas que homogeneizan este modelo ético. La tele-solidaridad busca adictos y por ello fija las causas solidarias. En este sentido la lógica de «cuanto peor, mejor» cabe aplicarla a la solidaridad como espectáculo: cuanto más desgraciada y trágica sea la causa por la cual se busque consumo solidario de audiencia, más éxito en la respuesta se obtendrá.  En último extremo, es el Mercado y sus leyes de máximo beneficio, quien maneja e instrumentaliza este modelo de solidaridad.




2.2. Solidaridad como campaña
En parte, se trata de una derivación del modelo anterior. Fomentada la desgracia ajena desde los medios de comunicación de masas, se acentúa la solidaridad como la respuesta inmediata a una situación de máxima urgencia; en  este terreno, los recientes sucesos en la zona de los Grandes Lagos, en Africa, nos sirven de referente.

 

De nuevo la visión del conflicto brilla intencionadamente por su ausencia; si tutsis y hutus combaten entre sí, es un problema étnico; si los albaneses huyen en barcazas a Italia, es un problema de política interior albanesa; si un terremoto causa muerte y dolor en México, es una desgracia que sufren los pobres; en ningún momento se cuestiona la implicación histórica del Primer Mundo en la fragmentación y división de los pueblos del Tercer Mundo, ni se pregunta por qué un seísmo de la misma intensidad produce distintos efectos en Los Angeles que en México.



 

Parece como si las cosas acontecieran por fatales circunstancias, cuando buena parte de esas circunstancias tienen ya nombre y responsabilidad que gravitan en el Norte del planeta.

 

A la solidaridad promovida por las Campañas les une el referente de la denominada Ayuda Humanitaria, una ayuda que -en rigor- no resuelve los problemas ni sus causas estructurales, pero atiende a lo urgente. La ayuda humanitaria se asemeja un Servicio de Urgencias voluntarioso y cada dia mejor equipado pero que se encuentra muy limitado.



 

Por otro lado, las campañas plantedas por Ios medios  de comunicación y las  grandes organizaciones humanitarias no se han  visto acompañadas por un seguimiento de la situación, de las aportaciones realizadas, de los efectos que han producido esas mismas campañas.

 

Por el contrario, siguiendo los dictados de la moda de lo efimero «son los medios los que fijan las causas prioritarias, los que estimulan y orientan la generosidad, los que despiertan Ia sensibilidad del público». Se nos presentan Ias tragedias de los demás en forma de píldoras de rápido efecto (el efecto de la inmediata conmoción sentimental); para ello es imprescindible no cansar al televidente con los mismos problemas eternamente. La solidaridad en forma de campaña atiende a la punta del iceberg, a la situación límite de hambruna,  de refugiados sin hogar, de víctimas de los conflictos bélicos, etc...  



 

Es una solidaridad que comienza y acaba en la ayuda concreta en un conflicto concreto y que se desentiende de los procesos que lo han producido. No hay más horizonte que paliar Ias consecuencias de Ias catástrofes que acaecen en ciertos lugares del planeta, sin cuestionarse las causas de esas catástrofes.

 

 

Desde eI punto de vista ético nos encontramos no ya con un altruismo indoloro, con una solidaridad a distancia y distante, sino con una moral sentimentaI-mediática, donde prevalece la simpatía emotiva hacia las víctimas de las tragedias. La conmoción ha de llevar a la acción, entendida ésta como colaboración económica.



 

En este sentido resulta interesante analizar la publicidad agresiva que ciertas ONGs realizan en sus campañas institucionales. Una de ellas señala: «Tu compasión no basta. Necesitamos tu dinero». La compasión es tratada como simple conmoción sentimentaI que se queda Corta ante la magnitud de la tragedia. Se fomenta un sutil culpabilismo en una cultura que ha desterrado la culpabilidad de tipo personal, pero que, sin embargo, no ha enterrado del todo la culpabilidad colectiva.

Nos encontramos ante la solidaridad como desahogo o como conveniencia que se legitima "desde la esencial perspectiva del cálculo de repercusiones positivas que aporta a los intereses egoístas". Otra forma de actuación supuestamente solidaria que ofrece este modelo es el apadrinamiento de niños del Tercer Mundo; niños a los que se les da la posibilidad de estudiar, de tener buena ropa, de comer caliente todos los días. Con tratarse de una ayuda concreta, dirigida a este niño del que tenemos esta foto, no deja de plantearnos serios interrogantes. ¿En qué contexto de acción solidaria en el territorio, en la familia, en el colectivo, se enmarca el apadrinamiento?  ¿cómo resolver los conflictos que se plantean cuando el niño apadrinado constituye la excepción lujosa en un medio inmerso en la más absoluta pobreza?  ¿qué proceso personal y comunitario de lucha por la justicia, de amor a las raices culturales y sociales anima esu forma de solidaridad?

 


Estos y otros interrogantes vertidos durante los últimos tiempos han puesto entre paréntesis la eficacia de las ONG's, su función en el seno de nuestra opulenta socie- . dad. Quizá el toque de atención lo puso uno de los hermanos maristas asesinados en el pasado otoño de 1996 en Zaire. En una carta escrita su familia en España, en julio de 1995, ya describe el contexto de cierta ayuda humanitaria: «Todo hay que decirlo, se encuentran por aquí muchos "profesionales" de las organizaciones humanitarias que hacen granges negocios aprovechándose del dinero y las ayudas enviadas para los refugiados. Han aparecido falsas ONG que no existían y han recibido grandes sumas que nadie sabe dónde han ido y a dónde van. Se ven grandes coches de altos funcionarios de organizaciones humanitarias que cobran salarios de escándalo: hablan de 7.000 dólares mensuales (896.000pts), pero que prácticamente no pisan los campos de refugiados. Hasta de la miseria se aprovecha la gente». Para algunos el dolor y el sufrimiento de las personas constituye una fuente de negocios nada despreciable; a ello se le une la falta de rigor intencionada en los análisis que se nos ofrecen desde los medios de comunicación convencionales; en este sentido, nos unimos a la propuesta de J. M. Mendiluce: «Menos protagonismos al calor de costosas visibilidades. Menos anuncios manipuladores para colocar cuentas corrientes de dudosas eficacias. Más análisis, más reflexión para Ilegar a algunas conclusiones deontológicas sobre el tratamiento de los horrores».

 
En este contexto donde el esperpento mediático se une con la tragedia real de las víctimas, no es de extrañar que personas como Rigoberta Menchú cuestionen el modelo de solidaridad vigente: "la solidaridad, cuando es sólo una palabra, nos aburre y ha lIegado el momento de pasar realmente a la acción".  La solidaridad centrada en campañas que no se insertan en procesos de acción-reflexión-acción está destinada a quedarse en la superficie de los problemas, sin traspasar eI umbral que se interroga por las causas que generan las tragedias que se intentan paliar, y que, desde otro punto de vista, se podrían evitar.

 

2.3. Solidaridad como cooperación
Tras la II Guerra Mundial, la Cooperación es el nombre que recibe un cierto tipo de reIaciones desarrolladas entre Estados durante y a lo largo de un cierto número de años. Esta relación tenía un marcado carácter asistencial y verticalista desde los países desarrollados hacia los llamados subdesarrollados. Con la pérdida de peso político de los Estados nacionales y el mayor protagonismo de las ONGD, la cooperación para el desarrollo es el nuevo nombre de Ia solidaridad que abanderan no pocas ONG's y la mayor parte de los Estados del Norte.

 

El análisis de la realidad que impera en este modelo contempla tímidamente el hecho de que el subdesarrollo de la mayoria de la población mundial constituye la cara  oculta del desarrollo y el bienestar de la minoria.



 

La cooperación, en la mayor parte de las ocasiones, se comprende desde patrones culturaIes occidentales. Un ejemplo evidente es Ia concentración de buena parte de este modelo de solidaridad en los denominados proyectos de desarrollo. Proyectos que dificilmente van más allá de una visión inmediatista de la realidad, y que generan numerosos problemas de orden técnico y burocrático. Así, nos encontranios con el peligro de una solidaridad que de hecho se ve reducida a un seguimiento de los proyectos que se limita a lo cuantitatívo: al empleo correcto de las subvenciones, a la justificación económica de las mismas,  adoptando un rigor y un celo economicista quizá necesario, pero que no deja aflorar al movimiento social y de base que se encuentra detrás de los receptores-protagonistas de los proyectos. En este sentido, J. Petras advierte que, en muchos casos. «las ONGs hacen hincapié en los proyectos, no en los movimientos sociopolíticos; se centran en la aistencia financiera técnica para proyectos concretos, no en las  condiciones estructurales que moldean la vida cotidiana de la gente»...

 

No podemos dejar de lado la experiencia positiva que para muchas personas ha tenido y tiene su labor como cooperantes, fundamentalmente en países del continente africano y latinoamericano. En este sentido han proliferado las ONGs que, con carácter de apoyo a los más desfavorecidos desde las distintas profesiones, han puesto su saber hacer médico, constructor, educatívo o agrícola al servicio de la promoción de esos mismos sectores o de la reconstrucción de ciudades y pueblos (como en el caso de Bosnia).



El modelo ético que se halla a la base de este tipo de solidaridad puede ser una aproximación a la denominada ética del consenso, donde lo que prevalece es que se llegue a acuerdos a través de la razón comunicativa que a todos nos asiste; sin embargo, este procedimiento que plantea sentar en la misma mesa de negociaciones a los afectados topa con sus límites cuando los afectados son los excluidos del sistema social, económico y político.

 

Precisamente, las mayorías excluidas, por ser excluidas, no participan de hecho en ningún acuerdo. La participación o más bien el derecho a la participación de todos los ciudadanos constituye una reivindicación de las propias entidades cooperantes; sin embargo, existen serias resistencias por parte de ciertas ONG's y de las agencias de cooperación a utilizar métodos participativos, debido por una parte al propio desconocimiento de las metodologías participativas de los destinatarios de los proyectos y la falta de confianza hacia estos mismos colectivos, y debido,  en segundo lugar, al conservadurismo institucional de algunas organizaciones. Incluso, desde la realidad percibida por el economista ecuatoriano Iván Cisneros, «muchas instituciones utilizan la participación como una herramienta para maquillar sus proyectos verticalistas o para que la población colabore en proyectos diseñados desde arriba». 



 

 La cooperación rígida, verticalista y realizada desde los patrones culturales del Norte en el que predomina la lógica del proyecto puede caer en la concesión de una pseudo-participación que en nada ayuda a potenciar las capacidades de los auténticos protagonistas de los procesos de desarrollo humano. De tal suerte existe este peligro que puede llegarse a la esquizofrenia de fomentar un lenguaje y una  mentalidad aparentemente  comprometidos con la causa de las víctimas de nuestro mundo, donde palabras como pobreza, desigualdad, injusticia y otras llenan documentos de trabajo mientras que se realiza una práctica de beneficiencia con la mejor de las intenciones, y en la que consciente o inconscientemente se fomenta la rivalidad y la competitividad entre las comunidades supuestamente receptoras de la cooperación.

 

Los límites de la ética del consenso los  expresa con un caso  práctico I. Cisneros al describir el proceso que vivió la Coordinadora Nacional Indigena de Ecuador (CONAIE) al tratar de participar en la propuesta para una nueva ley de aguas: «En esta propuesta hemos planteado la participación de los implicados en la resolución de los conflictos y en un diseño de politica basada en ciertos consensos.



 

Pero para los sectores  populares es muy dificil participar, y para el  Estado y los empresarios también, ya que no hay una estructura que posibilite esta forma de actuación). Este modelo olvida que el hombre doliente está por encima del hombre hablante. Mientras que la solidaridad se viva como la búsqueda de procedimientos adecuados, pero apáticos, para Ilegar a acuerdos o la fidelidad a los proyectos escritos, puede ocurrir que se repita la conocida sentencia de John Lennon: «la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer planes».

 

La solidaridad como cooperación corre el peligro de oIvidarse de la vida real de los destinatarios de su acción y del movimiento solidario que ellos mismos generan con su propio dinamismo vital.


Aclaramos que, si bien nos centramos en Ia cooperación internacional, este modelo de solidaridad también se da en el interior de nuestro Cuarto Mundo y en él coexisten las luces y las sombras ya planteadas, por lo que no reincidimos más sobre este asunto.



2.4. Solidaridad como encuentro
Jon Sobrino suele recordar que, siguiendo el consejo de Kant, «no sólo hay que despertar del sueño dogmático para atrevernos a pensar por nosotros mismos, sino que en el momento actual es preciso despertar de otro sueño, el sueño de la cruel inhumanidad en la que vivimos como sin darnos cuenta», con el fin.de pensar la verdad de las cosas tal y como son y, así, actuar de otro modo. Porque, en efecto, la solidaridad como encuentro significa, en primer lugar, la experiencia de encontrarse con el mundo del dolor y de la injusticia y no quedarse indiferente; y en segundo lugar, significa tener la suficiente capacidad para pensar y vivir de otra manera: capacidad para pensar, es decir, para analizar lo más objetivamenle posible la realidad de inhumanidad y de injusticia en que vivimos, sin que el peso de ese análisis nos desborde. Y vivir de modo que la solidaridad constituya un pilar básico en el proyecto de vida de quién se tenga a sí mismo por solidario.

 

Este modo de solidaridad nace en la experiencia del encuentro afectante con la 


realidad del otro herido en su dignidad de persona y que se nos manifiesta como no persona desde el momento en que es tratado como cosa, como excluido, como «nadie».

 

Esta experiencia de encuentro puede  levar a la solidaridad próxima con el cercano, y a distancia (que no distante) con los pueblos del Sur. En ambos casos, se trata de potenciar los procesos de promoción y crecimiento de las personas y colectivos con los que se realiza la acción solidaria; en esta circunstancia, se puede y debe trabajar desde proyectos de acción concretos, como en el caso de la solidaridad como cooperación; la diferencia radica, a mi juicio, en que desde la solidaridad como encuentro, los proyectos no son fines en si mismos sino medios de crecimiento y desarrollo humano de aquellos con los que intentamos caminar. Los proyectos forman parte de un proceso global de promoción humana, de dinamización comunitaria en el territorio, de autogestión de Ios propios problemas y soluciones, de ayuda mutua y de invención de nuevas formas de profundización en la democracia de base.



 

Ese proceso responde al dinamismo del movimiento social que generan los propios colectivos excluidos, ya sea en el Tercer Mundo, ya en nuestro Cuarto Mundo; desde esta perspectiva, la Solidaridad como encuentro hace de los destinatarios de su acción los auténticos protagonistas y sujetos de su proceso de lucha por lo que es justo, por la resolución de sus problemas, por la consecución de su autonomia personal y colectiva.


El modelo ético que preside esta manera de entender la solidaridad parte del acontecimiento del otro, reconocido no como persona igual que yo, sino precisamente como Otro en algún aspecto dominado, excluido o maltratado. Desde la posición de asimetría en la que nos encontramos, la realización de la persona como conquista de su propia autonomía no es algo dado, sino que más bien constituye un proceso en el que hay que embarcarse. Es el proceso de la solidaridad. Según Dussel nos encontramos ante la razón ética originaria, "que no se basa en una comprensión de la realidad sino en una experiencia radical de encuentro, donde la mediación interpretativa corre el riesgo de enmascarar e ideologizar esa realidad".

 

Esta razón ética originaria constituye la fuente de la ética de la compasión. cuyas características analizaremos más adelante.



3. CULTURA DE LA SOLIDARIDAD DISIDENTE
La solidaridad como valor ético apropiable desde la libertad de cada cual y con el que se puede diseñar un proyecto de vida plenificante. La solidaridad como proceso de acción compasiva con los últimos puede constituir una posibilidad, entre otras, que nos ayude a vivir mejor.

Trabajo a largo plazo. La solidaridad no busca el resultado inmediato, si bien no desdeña la eficacia. Por ser eficaces se trabaja desde proyectos de reinserción social, de creación de bienes y servicios necesarios para la población excluida; pero esos proyectos son relativos; es decir, se hallan en relación con los procesos educativos globales que las personas y coleccivos excluidos están generando y que tienen su marcha, su tempo, que conviene acompañar desde el respeto.

Etica de la Solidaridad. Es Ia misma solidaridad la que se convierte en princio ético de actuación.  No se acomoda la lógica del bienestar, sino a la búsqueda de la realización de la justicia.

Promueve el movimicnto social y ciudadano,  y en este contexto requiere especial relevancia el fenómeno del volunriado, no como moda pasajera y en alza, sino como columna vertebral de la auténtica cutura de la solidaridad, donde actua como nuevo referente de la participación cuidadana.


Adquisición de una moral aIta, esto es, contar con la capacidad y la altura de miras necesaria para hacer frente a la realidad, cargar con ella con holgura, en la convicción de que el portador de esta cultura de la solidaridad no es un líder mesiánico sino un colaborador más en el proceso comunitario de trabajo por la justicia.


Vivencia de la razón urgida,"que va más aIla de la razón fria, calculadora y mecánica que arrastra la tradición occidencal. La razón urgida no pasa de largo ante el misterio  y reconoce las insuficiencias de la razón pura. Aboga, por el concrario, por la instalación de una razón impura; una razón transida por la verdad de la realidad que actúa con toda su crudeza y su pesada carga de inhumanidad; de este modo, la razón urgida se convierte en búsqueda modesta de respuestas humanizadoras y, en este sentido solidarias ante la expansión del mal que se puede evitar.


Estos son, a grandes rasgos, los dos modos de encender la denominada cultura de la solidarida. Mientras que la cultura postmoderna defiende, protege y fomenta una solidaridad que entra en los límites de lo politicamente correcto, que resulta bonachona, no crea problemas y encauza determinadas corrientes de opinión.

La cultura de la solidaridad entendida de forma disidente forja su ser y hacer corriente  arriba en la fuente que nace de la compasión y se desarrolla la realización de la justicia, sin buscar la discrepancia, pero encontrándose forzosamente con ella en el camino. La cultura posmoderna entiende la solidaridad como precio, como un valor de cambio rentable, en términos publicitarios, que puede usarse, medirse e intercambiarse como si de una mercancia se tratase.

La cultura disidente entiende la solidaridad como un valor moral apropiable por cada persona para desarrollar plenamente su proyecto vital y hacer un mundo más habitable. Nuestra posición no es aséptica. Los medios de comunicación social nos inundan con sus propuestas de cultura postmoderna de la solidaridad. Bueno será que, a grandes rasgos, y desde un punto de vista más educativo, pasemos a detallar los distintos momentos que animan el proceso de la ética de la solidaridad que alimenta la cultura solidaria disidente, y que tiene su punto de anclaje en una determinada  antropología (ver tabla 2),




4. HACIA UNA ETICA DE LA SOLIDARIDAD
Más que una virtud que complementa en forma de ayuda a la justicia (V. Camps), entendemos la solidaridad en clave de principio ético de actuación y de conformación de la propIa existencia; una existencia que no se pIiega sobre si misma de modo individualista sino que, al contrario, se desarrolla en el seno de la realidad asimétrica que configura eI género humano.

Por ello, el principio ético de la solidaridad puede y debe afrontarse desde la perspectiva de lo que Adela Cortina denomina "personalismo solidario".

Desde la clave educativa en la que proponemos este itinerario, juzgamos necesario marcar dos condiciones previas que son de obligado cumplimiento, con el fin de no vaciar de contenido significativo esta  respuesta solidaria.

En primer lugar, es preciso combatir todas las desfiguraciones que rodean al impulso solidario o que impiden su puesta en marcha; combatir los prejuicios y estereotipos sociales respecto a los sujetos concretos que conforman los colectivos de excluidos; combatir el sentimentalismo que propugna la vía de la solidaridad como medio para sentirse uno bien; combatir el culpabilismo morboso que en el fondo fomenta la inoperancia; combatir el activismo agitado de quien siempre está ocupado sin saber dónde dirigir tanto esfuerzo.

En segundo lugar, es preciso insistir en la condición asimétrica de la realidad humana que, en el contexto de máxima desigualdad y encumbramiento de la civilización de la riqueza, conlleva un tipo de ejercicio de la solidaridad que camina en la dirección contraria a la del mantenimiento indefinido del nivel de vida occidental. Como afirma I. Zubero: «hoy ser solidarios va contra nuestros intereses». La solidaridad toca y cuestiona y transforma concepciones y hábitos tan arraigados entre nosotros como calidad de vida, satisfacción de necesidades o bienestar.

Una vez señaladas las condiciones previas de la ética de la solidaridad, pasamos a describir las líneas generales del proceso, porque este modelo ético, profundización de lo ya visto en el apartado 2.4 del presente trabajo, lo concebimos, no desde el asistencialismo ocasional ante una situación de emergencia, sino desde la realización de un proceso integral de realización de la justicia.

En itinerario diferenciamos el ámbito del proceso, la atmósfera que requiere la solidaridad como principio ético, para en un segundo término explicitar los sucesivos momentos del proceso.

4.1. La sensibilización, ámbito "de la solidaridad

La solidaridad no se puede imponer ni desde el poder político explícito ni desde el poder fáctico de los medios de comunicación; precisa de una predisposición personal favorable al encuentro con el otro diferente de mí. La sensibilización es la resultante de la capacidad para saborear la realidad, dejándose atrapar cordialmente por ella. Por eso, se configura como ámbito, esto es, como lugar histórico de diálogo con la realidad, un diálogo creativo donde la realidad clama, urge, solicita respuestas creativas, y el sujeto afectado responde en forma de tanteo siempre incierto; una respuesta, por lo tanto, permanentemente abierta a posteriores modificaciones. 

En este sentido, la sensibilización se constituye como un ámbito que alimenta todo el proceso, desplazando la clásica versión de la sensibilización como una especie de «calentamiento de motores» para la acción. Aprender "a ver con el corazón", según la fórmula del Principito, es un ejercicio no sólo para iniciados,  sino, de modo especial, para la práctica cotidiana de quien intenta ser solidario. Ir a al encuentro del prójimo caido sólo es posible desde el cultivo de la sensibilidad entendida cómo el movimiento emotivo y volitivo necesario para ver, sin autocensuras ni prejuicios, la verdad de la realidad de quien sufre.

 

Tabla 2   CULTURAS DE LA SOLIDARIDAD



Cultura de la solidaridad POSTMODERNA

Cultura de la solidaridad DISIDENTE

Religión civil

Valor ético apropiable

Inmediatista

Largo plazo

Etica del bienestar

Etuca de la Justicia Social

Individualismo

Movilización de la Sociedad Civil

Desmoralización

Moral alta

Razón fragmentada

Razon urgida


4.2. El proceso de la solidaridad.
4.2.1. La experiencia ética acerca del otro.
El punto de partida es anterior a todo argumento o razonamiento; se manifiesta como acontecimiento: es el acontecimiento del otro excluido que llama a la puerta de mi existencia, de mis posibilidades, convirtiéndome en responsable de su suerte. Apoyándonos en la reflexión de E. Dussel, podemos describir los siguientes momentos de esa experiencia primera:

a) Conocimiento funcional del otro: el otro maltratado, excluido, alejado de la condición de persona.


b) Re-conocimiento del otro como persona, como sujeto autónomo, digno de respeto.
c) Percepción de que la persona excluida no tiene desarrollada la conciencia de su exclusión, de las causas estructurales que la generan.

Esta experiencia requiere la actitud de prestar atención al otro como otro distinto a mí, despegarse de la sutil tentación de convertir al otro en objeto o posesión


de mis intereses o de mis necesidades; esta actitud conduce, en definitiva, «a ponerse en el lugar del otro, aprender a ver el mundo desde la perspectiva que él abre y dar validez a la visión de la realidad surgida desde esa otra perspectiva; o en otras palabras, a dejarse desinstalar por el Otro».

Desde nuestro punto de vista, esta experiencia ética, sin desvirtuarse ni rebajar sus contenidos, no está destinada a santos o a héroes para que se verifique realmente.



El planteamiento educativo en el que nos encontramos nos impulsa a movernos en los mínimos éticos susceptibles de historizarse por parte de los destinacarios de nuestra acción educativa, lo cual no impide señalar puntos de referencia que se mueven en el máximo ético de la donación total, más propio del ámbito religioso.

4.2.2. La compasión.
Entrar en el mundo de los excluidos conlleva dejarse afectar por las situaciones reales y concretas de dolor ajeno. Es el camino que lleva al conocimiento del sufrimiento del otro, en el convencimiento de que sólo se sufre en uno mismo, de manera que -comó señala A. Arteta- "La compasión consiste en sufrir en uno mismo por el dolor del otro, pero no, evidentemente, en sufrir el mismo dolor que el otro". La acción solidaria tiene sus buenos fundamentos en el sentimiento compasivo en virtud del cual quedo afectado por la realidad del otro, y esa afección, lejos de paralizarme, me impulsa a reaccionar, a través de la acción personal y comunitaria. Nos hallamos lejos de la visión nietzscheana de la compasión como sentimiento depresivo y contagioso, reproductor de todas las formas de miseria que genera la humanidad. Al contrario, como ya señalamos en otro momento, el sentimiento de la compasión conduce al «ethos» compasivo, según el cual «compadecerse es un deber no como obligación impuesta sino como la posibilidad más apropiada en orden a la restitución y promoción de la persona» La solidaridad que nace de la compasión no acaba en ella; la compasión nos facultará para reconocer en el otro un más allá que habita en el terreno de sus posibilidades creativas y considerarle con Marcel, "no tanto por lo que es, sino por lo que será»".


4.2.3. El reconocimiento.
Reconocer al otro herido en su dignidad es hacerse cargo de su individualidad y de su  posibilidad de conquistar la dignidad perdida o maltratada. El reconocimiento rompe con los análisis fríos y con las consideraciones globales y teóricas. "Ser solidario es siempre sacar a alguien del anonimato, hacer que alguien se sienta persona. El mundo de la solidaridad está habitado por personas; y al optar por los pobres se opta también por María y por Juan, por Mustafá y Samir". Para que el reconocimiento sea pleno ha de conducir a percibir aquello que hay detrás y más allá de la situación personal de quien sufre la exclusión, la indigencia o la insolidaridad. Y lo que hay detrás son las capacidades propias de cada persona, aquellos recursos personales que puede y debe poner en práctica cada uno para conseguir su propia autonomía como persona.

4.2.4. La acción transformadora.
Ir al encuentro de quien sufre y quedarse con él (compasión y reconocimiento) posibilitan salir, en lo posible, de esa situación negativa y negadora de la persona. La acción solidaria se sitúa no tanto en el terreno de quien sufre como en el itinerario de liberación emprendido a partir de las capacidades del sujeto afectado. La acción por tanto, se ha de plasmar en itinerarios concretos de trabajo, esto es, en proyectos transformadores de la realidad; estos proyectos han de:

a) responder a las necesidades reales de las personas y colectivos excluidos;

b) ofrecer objetivos factibles para su consecución aunque remitan a un horizonte más amplio y utópico;

c) ser concretos y, por ello, evaluables;

d) realizarse en equipo, porque la solidaridad no atiende a mesianismos individualistas.

Los proyectos, como indicamos en páginas precedentes, se han de inscribir a su vez en procesos más amplios de concienciación, organización y movilización, protagonizados por estos mismos colectivos, en el marco del movimiento que impulsa a la sociedad civil en su conjunto.




4.2.5. La movilización.
Los procesos solidarios llaman a la movilización, a la transformación de la sociedad desde la creación de un tejido social al que poco a poco se le va dando forma desde la base de los problemas y de las personas. Las iniciativas institucionales que pretenden aglutinar el trabajo de las organizaciones solidarias no son, en si mismas, germen movilizador, sino coordinación a menudo sometida a excesiva burocracia.


4.2.6. El horizonte de la realización de la justicia.
De algún modo; la movilización apunta hacia la universalización necesaria del valor de la solidaridad que desemboca en la realización de la justicia social. Lo mismo cabe decir de la compasión, que nace del hecho y de la conciencia de la injusticia y,  "como aspira al ensanchamiento o a la recuperación de la dignidad del otro, es asimismo una compasión para la justicia"  Sin embargo, hoy la justicia es la gran olvidada en el festín postmodemo. Como mucho, se la confunde con la judicialización de la vida política, cuando en realidad la justicia conlleva un cuestionamiento ético anterior a las formulaciones juridicas.

Más que la justicia conmutativa o distributiva, entendemos -con Luis de Sebastián- que la justicia social se basa «en la igualdad y hermandad de los hombres y en la universalidad de sus derechos esenciales». Ubicamos la realización de la justicia en el cumplimiento de los derechos humanos de tercera generación. A cada generación de derechos humanos le ha correspondido históricamente un valor aglutinador y un proceso de legitimación del sistema democrático, asi:

-A la primera generación le corresponden los derechos civiles y políticos, nacidos de la Ilustración, aglutinados por el valor de la libertad, tomada en su clave más individualista, y que configura en términos políticos lo que hoy conocemos como democracia formal.

-A la segunda generación le corresponden los derechos económicos, sociales y culturales, a partir de los movimientos obreros de la segunda mitad del siglo XIX. Guiados por el valor de la igualdad, tratan de compensar los excesos del liberalismo económico, modificando el modelo político hacia un Estado social.

-A la tercera generación le corresponden los derechos sobre el medio ambiente y la paz; en realidad, no se trata de ningún añadido; son los que cuestionan los grandes desequilibrios de nuestro pbneta y los que nos urgen a vivir y a pensar de otra manera. En la propuesta de éste itinerario de la ética de la solidaridad ya expusimos que la sensibilización es el ámbito dialógico que estructura la totalidad del proceso. De modo parecido cabría afirmar que la realización de la justicia no sólo es el horizonte último hacia donde apunta la acción compasiva organizada, sino que, desde el primer momento,  el valor de la justicia social como la universalización de los derechos esenciales de las personas y de los pueblos ha de actuar en cada uno como una convicción de partida ineludible.

La razón de ser del principio ético de la solidaridad radica en su puesta en marcha, en su realización histórica. Esta puesta en marcha puede muy bien articularse en términos educativos, tanto a través de los llamados temas transversales como a través de la educación no formal que se lleva a cabo con chavales, jóvenes y adultos. La última parte de nuestra reflexión la dedicaremos a realzar las posibilidades educativas de la solidaridad.




5. EDUCAR EN LA SOLIDARIDAD
Reinventar la solidaridad presupone no caer en el fungo de la moda postmoderna solidaria para articular, desde la comunidad educativa (reglada o no), una cultura de la solidaridad disidente y creativa.

5.1. HISTORIZACIÓN DE LA SOLIDARIDAD
Como otros conceptos de caracter filosófico, en especial los que expresan valores éticos, la solidaridad exige que la historicemos, la llenemos de contenido histórico, concreto y realizable. Es Ignacio Ellacuría quien nos recuerda que historizar no es contar la historia de un concepto sino ponerlo en .relación con la historia concreta: "situarlo social, económica, politica y culturalmente. Es el concepto histórico el que se opone al concepto universal o abstracto que tiene la pretensión de ser válido en todo momento y lugar de modo intemporal; la validez o no de un concepto, mejor aún, la verdad o no del concepto solidaridad vendrá dada por su realización práctica y no tanto por su estructura teórica.

La historización es un proceso dialéctico que arranca de la situación de no realización del valor ético propuesto, en nuestro caso, en aquellas rnayorias empobrecidas, víctimas de la insolidaridad de nuestro mundo y de las estructuras que lo sostienen. En términos educativos, proponemos historizar el valor de la solidaridad a través de cuatro momentos sucesivos y complementarios.

A los dos primeros, planteados por Ellacuria para la historización de cualquier otro concepto de contenido ético-filosófico, añado otros dos de carácter más pedagógico: 

a) Desenmascarar las falsas realizaciones de la solidaridad. Poner al descubierto las contradicciones de la moda de la solidaridad que, en el mejor de los casos, se queda en ayuda aislada y, en la mayoría de las ocasiones, se reduce a espectáculo. Desenmascarar conlleva descubrir los mecanismos que fomentan esta solidaridad vacía de contenido ético propositivo. En este sentido, importa que juntos descubramos:

-que en los programas televisivos con supuesto contenido solidario lo que realmente se busca es la competencia por la audiencia, de manera que tragedias personales y colectivas son bienvenidas, con tal de conmover a los televidentes;

-que la buena voluntad de mucha gente y su generosidad cae en la trampa de una solidaridad que no compromete demasiado;

-que entre bienestar del Norte y solidaridad light existe una alianza de conveniencia que perpetúa la fosa de desigualdad entre Norte y Sur del planeta.

b) Verificar el valor propositivo de la solidaridad. Es ahora cuando hemos de investigar dónde, cuándo, cómo y mediante qué medios se verifica el valor de la solidaridad en nuestros días. Y en esta investigación conviene que miremos al Sur, allí donde nacen muchas y creativas respuestas solidarias a la crisis que, en especial, a la propia población del Sur le acecha. Pero hemos de saber mirar y saborear también Ia más cercana solidaridad primaria y cotidiana que se da entre los vecinos del barrio o del pueblo de modo espontaneo. Conviene ponerle nombre a tantos gestos informales de ayuda mutua que funcionan, en la práctica, como auténticos servicios sociales entre vecinos y cuyo valor no podría pagarse con dinero alguno. Del mismo modo, hemos de buscar aquellos yacimientos de solidaridad con los más empobrecidos de nuestro entorno, conocer las tareas concretas que unas organizaciones de voluntariado, grandes y pequeñas, realizan entre las personas y colectivos excluidos. Verificar el valor de la solidaridad "significa convencernos de que es posible llenar de contenido compasivo-transformador la acción solidaria;

c) Estimar el valor de la solidaridad que se enraiza en la realidad de la acción solidaria de determinada gente. En efecto, los valores son estimables en la medida en que se nos presentan como realidades valiosas, de modo que -como afirma Zubiri- "lo que tenemos formalmente presente en un acto de estimación no es un valor sino una realidad valiosa". Mediante la estimación conocemos la realidad en forma de reconocimiento: reconocemos la carga valiosa de esta realidad o de este acontecimiento. Por tanto, a la hora de hablar de la estimación de los valores hemos de tener en cuenta dos magnitudes de lo real: la realidad tal como es, y nuestra capacidad para aprehender, en forma de reconocimiento, la realidad valiosa de los acontecimientos. Será en la experiencia del acontecimiento solidario, visto y vivido en persona, donde uno tenga la posibilidad de percatarse de que aquello no es un suceso más, sino que encarna una realidad valiosa en tanto que valiosa, cargada de sentido significativo y propositivo, que cada uno puede incorporar en su existencia, desde la particular capacidad de creación moral con la que cada persona cuenta por el hecho de ser persona.

d) Realizar el valor de la solidaridad. Las posibilidades, que en sí mismas son irreales, están llamadas a realizarse a traves de la apropiación de cada una de ellas. Desde el punto de vista educativo, la solidaridad dejará de ser una posibilidad más o menos estimativa desde el momento en que cada uno opta y se apropia de esa posibilidad humanizadora que constituye la solidaridad. Apropiarse no quiere decir secuestrar o monopolizar sino realizar, en la medida de las propias capacidades, la solidaridad. En este sentido, realizar la solidaridad presupone incorporar de modo efectivo y vital el valor por el que se opta al particular proyecto de vida, a los criterios que uno tenga sobre determinadas cuestiones bien concretas (planteamiento profesional, utilización del tiempo libre, del dinero, etc) al análisis y visión sobre la realidad en la que vivimos, al mundo de relacioncs en el que uno se mueve, etc...

Esta incorporación se puede desarrollar, asimismo, a través de la creación de acciones solidarias concretas que se ubiquen en el medio social donde, en el caso de procesos educativos reglados o no, los jóvenes se hallan. Así, pueden tenerse en cuenta:

-Activides de refuerzo escolar tras el horario lectivo, que yendo más allá de los objetivos académicos, afronta el fracaso escolar desde la dimensión de Ia relación con Ias familias y con el entorno más inmediato.


-Actividades que fomenten la ocupación del tiempo libre de modo creativo y alternativo, de modo que el consumismo desmedido no sea el eje de la diversión juvenil.
-Actividades que pongan en contacto a los jóvenes del Centro o de otras Asociaciones con los colectivos organizados del barrio o pueblo y que trabajan en la reinserción de personas excluidas (trabajo con inmigantes, colectivo gitano, transeúntes,  toxicómanos, etc...).
-Actividades que generen movimiento de solidaridad hacia el Tercer Mundo,  a partir de un conflicto internacional concreto o de una circunsuncia ocasional, de manera que la investigación y el estudio de ese determinado conflicto despierte la voluntad de crear un proceso más amplio y prolongado en el tiempo, y establecer, si es posible, lazos solidarios con otros colectivos de jóvenes en el Tercer Mundo.

-Actividades que inserten a los jóvenes en la vida y problemas del barrio o pueblo,  a través de las asociaciones y plataformas ciudadanas existentes, de forma que puedan crecer en conciencia y protagonismo social.

La realización de estas o similares iniciativas irá pareja a Ia posibilidad de que tanto asociaciones ciudadanas, ONGs,  así como personas voluntarias que sintonicen con la realidad juvenil, apoyen de modo cercano el desarrollo de este tipo de acciones que historizan de modo concreto la solidaridad.

6. LA SOLIDARIDAD MIRA AL SUR
La crisis global en la que vivimos instalados nos aleja de referentes ideales utópicos, puesto que una a una las utopías occidentales se han ido viniendo abajo. Sin embargo, de nuevo el etnocentrismo europeo reduce la realidad a su realidad, enmascarando otras posibilidades que van perforando la realidad injusta y creando modos habitables de existencia solidaria, probando de esta manera que la realidad sí es transformable, aunque no de la noche a la mañana. Por eso, aunque en parte hemos de construir una solidaridad sin imágenes, no hemos de volver la espalda a los valiosos yacimientos de microutopías solidarias que se generan desde el Sur. Tan sólo nos detendremos en un ejemplo. Cuando en febrero de 1997 sonreíamos con eurosuficiencia ante la noticia de que en un solo día Ecuador contaba con tres  Presidentes, no percibíamos el impulso solidario ciudadano que impulsaba el cambio politico en marcha, haciendo frente a una realidad injusta. ¡Qué impulso!    La mitad de la población del país tomó la calle para pedir la salida del Presidente Bucaram y la derogación de las medidas económicas abusivas.

Las organizaciones populares lideraron un movimiento solidario de enorme magnitud y trascendencia. Se trataba de una revolución democrática; no tanto porque fuera pacífica, sino porque lo que se pretendía no era la toma del poder sino la profundización de la democracia, que la voz del pueblo no sea tomada en cuenta en el voto cada cuatro años, sino de forma permanente. El pueblo quiere democracia, no una caricatura de democracia. El pueblo ha dicho NO al neoliberalismo porque es antidemocrático, porque ahonda las desigualdades y al rico lo hace más rico y al pobre más pobre. El pueblo pobre percibe claramente que a lo que le han lIamado hasta ahora democia es sólo realidad virtual. 

Re-inventar la solidaridad signifia no claudicar ante el persistente anuncio del naufragio de las utopías y resistir ante los intentos de domesticación de una solidaridad virtual que en poco o nada incide en la realidad. Ser solidario, por el contrario, significa re-inventar la solidaridad en forma de itinerario modesto, de camino vecinal, alejado de las autopistas y de las altas velocidades.

De este modo se constituye en principio etico que es posible incorporar en cada persona, incidiendo de forma significativa en la sociedad en la que vivimos.

Luis A. ARANGUREN GONZALO

(Publicado en la revista CARITAS nº376 Septiembre 1997)



 


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