La sexualidad



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Fernando Moreno Muguruza sj.

Comunicarse para ser feliz

Capítulo 2

LA SEXUALIDAD
0. Introducción

Vamos a hablar sobre la sexualidad. Y a mí me gustaría dar a la charla el título, un tanto pomposo, de «El cuerpo, como lugar privilegiado de comunicación».


0.1. Mala formación

Me parece, para empezar, que la sexualidad es algo que no se suele entender bien. Se habla de ella con poca naturalidad en las familias, en las clases y hasta en las pandillas. Hoy mucha gente cree que ya es un tema superado en vez de asignatura pendiente, como era, por ejemplo, cuando nuestra generación era joven.

Yo, sin embargo, después de tratar mucho del tema con padres e hijos, con matrimonios y novios, creo poder afirmar que se ha avanzado mucho menos de lo que se cree. Quizá haya, lo admito, más información y menos vergüenza a la hora de «narrallas».

Pero formación, educación sexual, naturalidad, poner las cosas en su sitio... , eso ya es harina de otro costal. Creo, incluso, que hoy día existe en general una mala educación y una desafortunada formación sexual.

Hay una mentalidad clásica y tradicional que entiende la sexualidad sobre todo como cuestión de moralidad. Así, cuando alguien se pregunta qué es sexualidad, inconscientemente todo un sector tradicional piensa en qué permite hacer la moral católica en materia de sexo, y hay otro sector, los que se dicen «progres», para quienes la sexualidad es prácticamente cuestión de fisiología y una metodología de hacer el acto sexual. Unos consultan al moralista y otros al sexólogo.


  • Dos fuentes que dejan huella

De ahí que haya dos fuentes de «información» que están influyendo inconsciente pero muy negativamente en la «formación» sexual. Por un lado, la tradición, los mayores, la Iglesia -sobre todo en los últimos años, y quizá siempre por influencia del Antiguo Testamento donde todo lo sexual era «impuro»- trasmiten el convencimiento casi implícito de que el cuerpo, el placer -sobre todo el genital- son malos, pecado, enemigos de Dios, sucios, impuros, «caca, eso no se ve, eso no se toca».

Y se me puede decir que esto es cosa de tiempos y educaciones pasadas. Creo que no. Esta mentalidad sigue influyendo y culpabilizando mucho más de lo que la gente se cree: <

Por el otro lado, como veíamos antes, desde otras instancias se trasmite el convencimiento -igualmente deformado y deformante- de que el sexo es la panacea de la felicidad. El placer sexual, por sí solo, -aislado de la comunicación, la ternura, el respeto y el amor- y, cuanto más mejor, trae consigo toda clase de satisfacciones. Es, para muchos, «lo único».

Formación hacia la madurez y hacia la felicidad

Creo que la formación sexual es más que eso. Es situar la sexualidad, el cuerpo, el placer -todo ello, en principio, bueno y Santo- como parte integrante de mi ser y de mi personalidad para el aprendizaje y crecimiento de la comunicación y el amor. Porque no penséis que nacemos sabiendo comunicamos ni amar. Incluso yo diría que, cuando íbamos a empezar a aprender, nos mal enseñan con cuentos y tabúes, o pornografías igualmente engañosas.

Es un primer punto en que me gustaría que os pararais. Para caer en la cuenta de que muchas veces lo que la gente entiende por sexualidad es lo que exclusivamente habría que entender como genitalidad. Y no. Nuestro ser persona es corporalidad -ya hablaremos algo más de esto-, sexualidad y sólo una parte de ésta es genitalidad. Y todo ello, como camino o instrumento hacia la comunicación, el amor y la felicidad.

eres cuerpo

Creo que la división cuerpo-alma ha hecho mucho daño a la sexualidad. (Bueno, y al sentido común.) Un gran psicólogo especialista en Zen, K. Dürkheim, en su libro Meditar: por qué y cómo, viene a decir que el gran error que nos hemos ido transmitiendo es el de decir: <soy mi «cuerpo animado».

No es momento ahora (que es lo que dice el profesor, cuando no se acuerda bien de cómo explicar algo, y eso me pasa a mí) para definir la esencia del alma. Nuestro Nobel Severo Ochoa decía que el amor es una función más del cerebro. Otros científicos, también agnósticos o ateos, afirman que todo en el hombre es química.

Por lo que yo sé, no les falta razón, al decir que realmente las emociones, la agresividad, el amor... producen alteraciones químicas comprobables. Hoy, por ejemplo, se habla mucho de la «química del amor», y es verdad que el amor «genera» una sustancia estudiada, creo que del género de las endorfinas, que producen un bienestar especial.

Yo admito que en el cuerpo, en el cerebro, hay muchas cosas medibles y científicamente explicables. Así que estoy también convencido de que hay un algo más, una energía especial, un componente espiritual y transcendente que supera los métodos de comprobación científica: lo que tradicionalmente se llamaba alma. Creo firmemente que nunca se podrá explicar todo en un laboratorio. -«Polvo seré, pero polvo enamorado»-. O sea, que es difícil explicar en qué consiste el alma. Pero quedémonos en que somos cuerpo -animado, espiritual, transcendente, divinizado..., pero cuerpo.

El cuerpo nos delata

Hay gente que se da cuenta de su corporalidad, cuando se da cuenta de su sexualidad. Pero hay cientos de veces en que tú tendrías que darte cuenta de tu corporalidad, aun cuando no la estuvieras usando conscientemente. Una persona, a poco expresiva que sea, por la manera de poner su cuerpo, por sus gestos, su cara, sus ojos, nos está expresando cómo se encuentra.

Tú ves a una persona sentada, según cómo tenga las piernas, cómo tenga los brazos, puedes decir que su postura ante la vida es una u otra. Yo suelo decir que, después de cuarenta kilómetros de copiloto, puedes saber casi a la perfección cómo es el carácter de la persona que va conduciendo: si es seguro de sí mismo, si escucha, si respeta, si se arriesga... Es uno de los tests proyectivos más al alcance de la mano y más fiables.

Todo esto parece un poco cosas tontas; pero creo que son verdad. Que hay veces que a una persona nada más verla andar, dices qué señora más insegura o, qué señora más superficial... Y es que el cuerpo habla. Por eso creo que tenemos que darnos cuenta de que el cuerpo es una manera de ser persona concretísima, universalísima y que no sólo ejerce cuando yo soy consciente de ello, o hago algo puramente corporal; de la misma manera que, aunque yo no me entere de que el cuerpo respira, está respirando.


0.2. Yo soy mi sexualidad

Sexualidad es mi manera de ser persona, o de ir haciéndome persona; puesto que, como decimos, la sexualidad y la personalidad es algo que no tenemos desarrollado, ni profundizado, ni maduro a lo mejor hasta los cincuenta o sesenta años.

Creo que yo soy hombre o tú eres mujer desde que nacemos hasta que morimos. Por tanto mi sexualidad es mi manera de ser hombre, de amar como hombre y también mi manera de poder ser feliz. Tu sexualidad es tu manera de ser mujer. Y yo seré del todo hombre, o tú mujer, si desarrollamos y maduramos nuestra afectividad y nuestra sexualidad, nuestro ser chica o ser chico.

Como decía, aparte de la división gnóstica -pero que, por desgracia ha durado hasta hoy entre alma-buena y cuerpo-malo, todo yo soy varón y toda tú eres mujer desde la uña del dedo meñique hasta el último pelo de la coronilla incluyendo el cerebro y muchas de sus funciones.



Ejemplo extremo

Y, sacando un poco las cosas de quicio, pero para que quede claro todo lo dicho, pongo un ejemplo para escandalizaros un poco. Cuando doy un beso a mi madre, hago un «acto sexual». Estoy poniendo en juego mi sexualidad, estoy teniendo relaciones sexuales con mi madre. No relaciones genitales, pero sí un género de relaciones sexuales.

Porque, cuando yo doy un beso a mi madre, es algo totalmente distinto de cuando doy un beso a mi padre, y es que siempre estamos ejerciendo como seres sexuados. Tú, como hija, das un beso a tu padre; pero tú, como mujer, estás dando un beso, además, a un hombre.

Es decir, que toda nuestra relación con gente del otro sexo es una relación sexual, o mejor, sexuada, que podemos decir para no asustamos, porque relación sexual se piensa unido a acto genital.

Somos seres sexuados y, por tanto, distintos siempre

Os invitaría a una práctica, casi un juego, y es que, cada vez que veáis a una persona hablar por teléfono, intentéis averiguar si está hablando con un hombre o con una mujer. Ello está repercutiendo en el modo de la conversación, los gestos, las miradas, en todo su cuerpo. Todo tu ser está vibrando si estás con un hombre o con una mujer. Yo noto que cuando doy una charla sobre cualquier tema a sólo chicos, la doy de una manera y, si hay chicas, me comporto de modo distinto. Esto es algo que hay que admitir y, al menos, tener en cuenta.

Tenemos que caer en la cuenta de que ser hombre, ser varón o mujer, es una manera particular de ser persona que tiene su reflejo en todo absolutamente. Las células de uno y otro, el cerebro de uno y otro son distintos en hombre y mujer. Las hormonas que se están segregando son como fichas que se están mandando continuamente al cerebro, que le indican lo que debe hacer.

Y no sólo los caracteres sexuales primarios o secundarios marcan la diferencia entre ambos sexos, sino que todo, el modo de pensar, de concebir el mundo, de mirar, de ser, es distinto, y, como diremos después, tendremos que preguntamos el por qué, habrá que ver qué es recibido de las costumbres, por modales adquiridos de padre y de madre; pero no cabe duda de que, por ejemplo, el cerebro de un hombre y de una mujer no tienen nada que ver.

Todo el sub-ordenador, que tiene la mujer para el buen funcionamiento de la menstruación, el embarazo, el parto, el amamantar..., realmente es otra maquinita distinta. Y aunque sea sólo de pasada, quede dicho que, si yo tengo que ser feliz, tengo que ser feliz como persona sexuada. Y la manera de vivir mi sexualidad y mi corporalidad, es decir, mi manera de ser varón o mujer va a ser esencialísimo en mi persona.

Aunque tampoco debemos buscarle la vuelta de que yo primero he de ser varón y luego persona -como si el sexo fuera lo primero para la felicidad-, sino que primero soy persona y desde ese ser persona –sexuada buscaré mi madurez afectiva: mi camino –sexuado de felicidad.


0.3. El cuerpo: vehículo u obstáculo de comunicación

Dicho eso, hay que decir también que el cuerpo, que es lugar privilegiado para la comunicación, que teóricamente está pensado como vehículo de comunicación, se convierte para mucha gente en un obstáculo. Un ejemplo muy sencillo. Una cabina telefónica ¿me sirve a mí para hablar con mi madre que está en Madrid? Pues sí, la cabina me sirve. Ahora que, si mi madre está aquí, a mi lado, y ponemos la cabina en medio, en vez de servirme para hablar, me estorba.

Lo que puede ayudamos para entendemos con una persona, eso mismo puede impedir que nos comuniquemos con ella. Así, la tensión-obsesión por la sexualidad, por el placer, por la atracción hacia la otra persona hace que no se esté ni en la propia persona ni en la otra, sino en lo que está en medio de los dos -el cuerpo-, aquello que es medio de comunicación, pero que, al estar centrados en ello, se convierte en obstáculo.

El estar demasiado pendientes del cuerpo, no nos deja centrarnos en la persona, ni manifestamos naturalmente a ella.



El cuerpo potencia la comunicación

El cuerpo es en sí un lugar privilegiado de la comunicación, y no me refiero sólo en el caso de matrimonio o pareja estable. Cuando Gala dice que «el amor es una amistad con momentos eróticos» yo creo que tiene razón. Porque, si tú te comunicas con tu pareja y encima te da un beso, a ti te está resultando la relación mucho más agradable y en ese momento se está potenciando la comunicación, la amistad y el amor.

Esta comunicación entre hombre y mujer está privilegiada y gratificada por el placer del cuerpo. Y no sólo es digno de tener en cuenta y plantearse las consecuencias que tiene y cómo debe uno permitirse el placer del «acto sexual», que tendrá un significado especial en el mundo de la pareja estable o del matrimonio, por lo que tiene de expresión de exclusividad y entrega total, incluso de fecundidad; sino que es también el placer de una caricia, de un dar la mano, algo que ayuda y potencia la comunicación, con tal de no estar centrados en él, o buscado por sí mismo, como decíamos antes, en cuyo caso dificulta en vez de potenciar.

Todos hemos experimentado que con el cuerpo podemos expresar sentimientos y emociones -ya saldrá esto de nuevo-, para los que la palabra se nos queda pequeña. Un apretón de manos, una palmada en la espalda por ejemplo en un «pésame», un abrazo o un guiño dicen, como una imagen, más que mil palabras.



No todo lo que apetece es malo

La gratificación corporal que acompaña a la comunicación es buena y no tendría que estar restringida a los momentos más íntimos y más profundos. Aunque, como digo, en otro momento hablaremos de esto más ampliamente, sí quiero que penséis un poco en que hay contactos «corporales» a los que se podría definir de «comunicativos», pero no de «sexuales-genitales». Y soy consciente de que me contradigo algo con lo que decía antes de que en todo momento somos seres «sexuales», pero espero haceros pensar.

Tú vas con una buena amiga dando un paseo y charlando profundamente. Si os cogéis del brazo, varía la calidad de comunicación, sin variar la tensión sexual. ¿Por qué te permites tomarte un «cubata», mientras charlas sentado con esa misma amiga? Porque se hace más agradable e íntima la comunicación. Y ¿por qué no te permites acariciarle el pelo, si se echa a llorar, si eso haría la situación mucho menos tensa?

¡Ojo con los convencionalismos!

Y, aunque luego hablaremos de los «pasos» admitidos por nuestra sociedad en la comunicación corporal, quiero dejar como deberes para casa el que penséis qué sucedería en su «ambiente» si dos casados -no entre sí- se cogieran del brazo para dar un paseo, o de la mano en una cafetería para expresarse un sentimiento profundo.

Recuerdo que un día coincidíamos en Madrid la esposa de un primo mío -muy amigos míos, además de primos y haberlos casado yo hacía poco- que vivían en Cádiz y yo en Logroño. Quedamos en vernos después de cenar. Lo primero que me dijo ella riendo, cuando nos encontramos, es cómo a su madre le había parecido fatal el que, estando casada, se viera conmigo, siendo yo cura y estando su marido fuera. Y, ¡encima, de noche! (Los comentarios los hacéis luego.)

Con todo esto, caigan en la cuenta de que el cuerpo es un lugar privilegiado para la caricia, para el agrado en el contacto y para facilitar la comunicación; y, a partir de esa experiencia, poder conocerse mejor a sí mismo y aceptar la realidad de la otra persona con la que se establece la relación.


0.4. La relación corporal, fuente de aceptación

Aquí me gustaría insinuar, de cara a la aceptación propia, de cara a la humildad, lo siguiente: la caricia es la aceptación de tu limitación en contacto placentero con la limitación de tu pareja. Es decir, cuando ella te acaricia a ti, tu final -donde tú terminas y te aceptas limitado-, está en contacto con su final -donde ella termina y se siente limitada-. Y eso es placentero.

La limitación, aceptada con cariño, es una fuente de placer. Y, si tienes que aceptar que no eres perfecto, ni maravilloso, que no tienes todos los potenciales que te gustaría desarrollar, esta aceptación es gozosa, puesta en contacto con la suya. La aceptación compartida es una fuente de placer y sólo el placer es potenciador de la aceptación. Sólo si tienes una persona que acepta tu limitación con cariño, y por tanto te da placer, sólo así te aceptarás limitado.

Si el aceptarse limitado ha de ser por fuerza, nadie aceptará nada. Mientras que, si a ti alguien te dice: «Termina aquí, que aquí empiezo yo», y ese contacto es gratificante, entonces ya te puedes aceptar. Incluso tu aceptación total. Si donde tú eres hombre y tienes una limitación distinta a la suya, la pones en contacto con su limitación desde el amor, esa comunicación es fecunda; no sólo es placentera, sino que es fecunda.



Fuente de humildad

La humildad es lo único fecundo del hombre. La humildad es el que yo acepte que yo soy así y no soy Dios; y, como esto lo comparto contigo y nos da placer, eso nos da fecundidad.

Sería bueno no confundir humildad con modestia. Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es la verdad. Yo soy humilde cuando admito y reconozco verazmente lo que sé y lo que no sé, lo que soy y lo que no soy. Yo sé hablar bastante bien el castellano y no tengo la menor idea de hablar el ruso. Tan humilde soy al reconocer una cosa como la otra.

La humildad impuesta como obligación, «humillante» -<<¡Tú calla, que no sabes nada!»- es imposible. ¡Cuánta gente no se acepta porque la han hecho aceptarse desde un mandato, desde la obligación, desde la humillación! ¡Cuánta gente, si le ofrecieran aceptarse, desde la experiencia gozosa de que esa limitación es placentera -es recibida con cariño-, llegaría a aceptarse!

Eso es el reconocerse: conocerte desde otro que te ama, y te conoce con satisfacción. Sólo se puede aceptar, sólo puede reconocerse el que sabe que es amado. Sólo desde esa experiencia gozosa es posible ser humilde.

Si una madre le dice a su hija lo horrorosa que está con esa verruga que tiene en el cuello, es imposible que la hija, al mirarse al espejo, la vea con agrado. Pero, si, un buen día, un joven enamorado se la acaricia y se la besa y le dice que le encanta... El amor, además de ser ciego, hace milagros.


1. La persona como Rueda

Vamos a representar a la persona y toda aquella riqueza que lleva consigo en la comunicación, como un círculo con distintos sectores. Por ejemplo: el sector cultural (todo el mundo de la cultura, de lo que piensa), el sector profesional (relacionado con el trabajo), el sector corporal, el sector verbal (es importante, todo lo relacionado con lo que yo cuento, verbalizo), el sector del silencio (importantísimo, como luego veremos: una comunicación sin silencios, sin tiempos de silencio no es comunicación), el sector del descanso, el de las vivencias familiares, el de las vivencias religiosas...



Y se pueden añadir otros varios sectores que a cada uno le parezcan importantes para su persona. (fig. 10)

FIGURA 10


Vista la persona así, una persona está centrada, si el eje de su vida pasa por el centro de estos sectores que son además armónicos. Porque una persona que pusiera el centro de su vida en un solo sector, imaginen cómo andaría esa rueda con el eje fuera de su centro natural. Es la persona descentrada; tal vez, desquiciada.

Persona centrada es aquella que tiene el eje en el centro. Luego, todos los sectores van creciendo y madurando circularmente proporcionalmente.


1.1 La comunicación debe ser redonda

De la misma manera, una comunicación sólo es una comunicación madura y madurante –me va a hacer crecer como persona- si está centrada, si es redonda.

Este sería el primer principio de la tesis sobre este asunto. Para que una comunicación sea profunda, madura, ha de ser redonda. Una rueda no redonda, se hace añicos.

Una relación que se centra exclusivamente en un sector concreto y todo lo demás lo hace girar alrededor de esto, podrá ser sólo un entretenimiento. Como si un día vas a jugar a la máquina, y en ese rato tu persona está centrada en la máquina. Si es un rato, no tiene demasiada importancia; o si es con una persona -no tu pareja con la que necesariamente o por costumbre estás en un sector sólo -sea el mus con tres amigos o los negocios con tu socio o los papeles con tu secretaria-... Pero ahora hablamos de relación interpersonal -bien sea de pareja o de amistad-.

Quiero decir, que en una comunicación tienes ratos dedicados a una actividad. Por ejemplo, hoy te pasas todo el día con tu mujer hablando de negocios, asistiendo a visitas de negocios, y otra vez os pasáis todo el día oyendo música y en silencio. Y otra todo el fin de semana compartiendo la familia y la conversación. ¡Pues muy bien! Pero lo triste sería que el promedio de los días hiciera que aquella relación estuviera descentrada, hacia un lado o hacia otro: que la relación no esté equilibrada en todos los sectores al mismo o parecido nivel.

Para que haya relación interpersonal -de amistad o de pareja, repito, porque aun a niveles diversos es necesaria la redondez en toda relación interpersonal-, enriquecedora, estable y profunda, la rueda tiene que ser redonda. (fig. 11)


FIGURA 11



Lo frecuente suele ser la no redondez

¿Cuál es el papel del cuerpo en una comunicación redonda?

Sencilla y llanamente el de mantener el nivel de lo demás. El de redondear el círculo.

Por ejemplo, llega un joven a mí y me propone:

-«Salgo con mi novia desde hace tres meses y nos hemos acostado juntos, ¿qué te parece?».

-«Pues, no sé". ¿Qué hacéis en lo demás?».

-«No, no. Lo que te pregunto es: ¿Ha sido malo esto que hemos hecho? ¿Te parece que son graves las relaciones prematrimoniales?».

-«Pero, ¿qué hacéis en el salón? ¿Qué hacéis en los ratos libres? ¿Qué habláis? ¿Cómo os entendéis y complementáis? ¿Cómo es vuestro compromiso de vida en común, de austeridad, de educación de hijos? ¿Qué seguridad y confianza tenéis el uno en el otro?».

-«Que no me has entendido. Yo te pregunto que si es malo que me acueste con mi novia».

-<<¡Claro que te he entendido! Y para contestarte, yo te pregunto cómo está el resto de vuestra relación».



El cuerpo ha de ser veraz

Porque el cuerpo lo único que tiene que hacer es expresar lo que está siendo toda la restante comunicación. Es importante que miremos la relación corporal, como un baremo de coherencia.

¿Dónde estás tú en lo demás del círculo? ¿Qué comunicación profunda llevas a nivel profesional, religioso, de compromiso, y de entrega, de horas de silencio, horas de descanso que compartís juntos? ¿A qué nivel estáis? Por ejemplo, ¿a tres?

-«Más o menos.»



-«¿Y en el nivel corporal?

-«A nueve: nos hemos acostado juntos...

-«Entonces, el cuerpo es un mentiroso»

No digo que sea pecado o no, que de eso prescindo ahora.

Pero el cuerpo está siendo un mentiroso, porque tu entrega personal está a nivel de tres y tu expresión corporal, de nueve, está diciendo: «no soy del todo tuyo y tú eres mía, y yo te doy todo y lo quiero todo, y uso todo lo tuyo y tú lo mío». Estáis emitiendo con vuestro cuerpo señales engañosas, que no son reflejo de la realidad.

Y digo que prescindo ahora de si es pecado o no, por dos razones: por un lado, todo lo que estoy diciendo en esta charla sobre la sexualidad lo digo como psicólogo. Qué es lo bueno o lo malo para el funcionamiento profundo de las relaciones de pareja -que quiere llegar a la madurez, al amor, a la plenitud en libertad y a la realización total como personas en pareja a través del cuerpo; prescindiendo de la religión que profesen.

Y, en segundo lugar, es que -como veremos ampliamente, en la charla cuarta no quisiera que tuvierais la noción de que pecado es sólo un acto concreto, o un tiempo limitado, o una cantidad determinada, que está escrita en un manual de moral. Pecado -coincide con lo que estamos diciendo en toda la charla es que no seamos felices y no nos realicemos como personas, en todas las posibilidades de plenitud de amor, libertad, coherencia,... que nos presenta Jesús, incluso, como la única voluntad de Dios sobre todos nosotros. El Dios-Amor de Jesús no nos coarta, nos plenifica.

Me gustaría, como conclusión de este punto -«para que ruede la rueda tiene que ser redonda»- que pensarais que el cuerpo, como el lenguaje, no es bueno ni malo, ni moral, ni inmoral. Es veraz o mentiroso, coherente o incoherente; expresa lo que se vive en la realidad u otra cosa que sólo se vive con el cuerpo -por muy acompañado que esté de palabras amorosas, que quedan muy bien para que parezca verdad-.


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