La sacerdotisa del mar



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LA SACERDOTISA DEL MAR
Dion Fortune

Título del original inglés: The Sea Priestess

® Society of the Inner Light and the Aquarian Publishing Co. Ltd.

® para la lengua española: Luis Cárcamo, editor

Primera edición 1982

Traducción al castellano de Fernando Barca Martínez

© Luis Cárcamo, editor

ISBN 84-85316-70-3

Depósito Legal M-2651-82

Impreso por Luis Cárcamo, editor




LA SACERDOTISA DEL MAR


"¿Cuándo se dará usted cuenta que no tengo otras expectativas que la de ser amiga suya?"

"La señorita Morgan pertenecía a una secta de la que era sacerdotisa, la fría secta de las profundidades primordiales que exige a cambio el sacrificio de vidas humanas. Conmigo siempre fue muy amable. Yo no podía evitar recordar lo que había leído de los aztecas. Un esclavo era escogido entre las gentes del pueblo y recibía durante un año todo aquello que él deseara. Al cabo del año era sacrificado en un altar mediante la extirpación del corazón mientras aún se encontraba vivo. Al recostarme sobre las almohadas de seda de la señorita Morgan pensaba que aquello me podía ocurrir a mí si no me andaba con cuidado. Según la tradición, el corazón se extirpaba con un cuchillo de oro. ¿Cómo podían conseguir que el oro tuviera filo para hacerlo pasar a través de las costillas?...

Al volver en mi después de haber estado inmerso en aguas muy profundas, encontré a la señorita Morgan mirándome a los ojos con tal fijeza que parecía estar haciéndome agujeros en el cerebro dentro de mi propio cráneo.."
Dion Fortune

Quizás ningún otro ocultista en el siglo veinte ha sabido combinar tan bien conocimientos prácticos de magia con un entendimiento tan claro de Psicología como lo ha hecho Dion Fortune. Estas primeras ediciones de bolsillo de sus novelas marcan un zenit de su labor literaria y una introducción a las antiguas enseñanzas de lo oculto.

La serie incluye:

El amante del diablo

Luna mágica

El Dios de los pies de cabra

El toro alado

La sacerdotisa del mar




CAPITULO UNO


Aunque para nuestros antepasados se tratase de una virtud, la costumbre de escribir un diario es en nuestros días considerado un vicio. Yo me declaro culpable de poseer este vicio, si de vicio se trata, ya que he escrito un diario durante bastantes años. Siempre he tenido una gran capacidad de observación, y bastante poca imaginación. Creo que soy más un Boswell que un Johnson. No creo que mi diario sea algo con valor literario pero ha sido para mí una válvula de escape. Sin el creo que me hubiera estallado la capa de los sesos en más de una ocasión.

Hay quienes consideran que las aventuras deben ser verdaderas aventuras, pero es difícil ser aventurero cuando hay personas que dependen de uno. Quizás mi vida hubiera sido distinta si a mi lado hubiera tenido una esposa joven deseosa de compartir la vida conmigo, pero mi hermana era diez años mayor que yo y mi madre una inválida. Durante mis años mozos, los negocios de la familia apenas cubrían las necesidades de los tres. Por tanto, la aventura no estaba hecha para mí a no ser que quisiera arriesgar a otros, y esto no hubiera sido justificable en modo alguno. De ahí mi necesidad de encontrar una válvula de escape.

Todos mis diarios se encuentran en un baúl de latón en el ático. De vez en cuando me he parado a leerlos pero realmente son un poco aburridos. Quizás todo el placer consistió en haberlos escrito. Son una crónica objetiva de cosas observadas bajo los ojos de un provinciano. Realmente de poca monta.

Empecé a leerlos para intentar poner en claro algunas ideas, y luego llegar a una síntesis. Es una historia curiosa y difícil de entender. Quizás yo sea la persona menos indicada para valorar esto en su justa medida. Es un capítulo extraño de la historia de la mente, y los datos tienen más interés que en cuanto a literatura se refiere.

Heredé el negocio de Inmobiliaria de mi padre. Siempre fue un buen negocio, aunque se trabaja con la especulación. Mi padre nunca pudo resistir la tentación de rehusar un trato. Si una casa había costado una pequeña fortuna en cuanto a su construcción, él tenía que hacerse con ella. Pero luego nadie quería estas mansiones así que mi negocio no era tan fácil de mantener. Me pasé los veintitantos y los treintaitantos años de mi vida luchando por sacar las cosas a flote. Y realmente a la larga todo empezó a funcionar mejor.

Pero todo empezó con una discusión acerca de los problemas de dinero. Fue un domingo después de cenar. A mí en principio me horrorizan las cenas frías. El vicario había dicho un sermón que a mi modo de ver era bastante tonto. Pero a mi madre y a mi hermana pareció gustarles. No sé porqué pidieron mi opinión. Sin duda, lo mejor que yo podría haber hecho era callarme, pero no lo hice. Todo se complicó y terminé diciéndoles que yo era quien pagaba la comida en aquella mesa. Ellas no estaban acostumbradas a recibir un trato así. Eran asiduas a la Iglesia, y era difícil que alguien las ganara en temas religiosos. Salí dando un portazo, y comencé a subir los escalones de tres en tres. Fue entonces cuando tuve mi primer ataque de asma.

Ellas me oyeron y vinieron corriendo hacia mí. Yo estaba cogido de la barandilla. Entraron en pánico. Yo creo que también yo estaba lleno de miedo. Pensé que me había llegado la última hora. El asma es algo alarmante, incluso cuando uno está acostumbrado, y se trataba de mi primer ataque.

Sin embargo, sobreviví. Una vez tumbado en cama después del ataque pude poner en claro mis ideas y lo que había ocurrido.

Supongo que me habrán drogado, ya que entraba y salía del estado de conciencia y de mi cuerpo. Se habían olvidado de cerrar las persianas y la luz de la luna daba directamente sobre mi cama. Yo me sentía muy débil como para levantarme y cerrarlas. Así que me dediqué a observar la luna. El cielo estaba cubierto por la niebla de las nubes. Me empecé a preguntar cómo sería el lado oculto de la luna. La noche siempre me ha fascinado, y nunca he llegado a entender del todo la maravilla que encierran las estrellas y el espacio. Ese espacio interestelar seguramente debe ser el principio de todas las cosas.

Mientras estaba allí, drogado, exhausto y medio hipnotizado por la luna, mi mente empezó a vagar. El espacio infinito, de color índigo oscuro, se hizo presente ante mí. Era la noche de los Dioses. En aquel silencio y aquella oscuridad debía encontrarse la semilla de todas las cosas.

Débil por el efecto de las drogas, mi mente comenzó a desprenderse de sus barreras. En todo hombre hay algo similar al lado oculto de la luna. En ese momento yo tenía el privilegio de ver mi lado oculto. Era como el mismo espacio en una noche de Dioses, y allí estaban las raíces de mi ser.

Sentí que me liberaba, y que de aquel momento en adelante mi alma nunca se iba a volver a cerrar del todo nuevamente.

Fue una experiencia extraña que me llenó de felicidad, y que me hizo afrontar la enfermedad con entereza. Pensé que quizás la propia enfermedad me abriría puertas que hasta aquel momento habían permanecido cerradas. Así permanecí varias horas. Ni siquiera tenía deseos de leer por miedo a romper el encanto que se había creado a mi alrededor. De día dormitaba esperando la llegada de la noche y de la luna. Al llegar comenzaba el proceso de comunión entre ella y yo.

En estos momentos no recuerdo muy bien qué nos dijimos el uno al otro, pero en cualquier caso llegué a conocerla muy bien. Regía un reino que no era precisamente ni material ni espiritual, sino algo específicamente suyo. En él había un constante movimiento de mareas, altas y bajas. Estas mareas nos afectan. Afectan el nacimiento y la muerte, y todos los procesos del cuerpo. Afectan el emparejamiento de los animales, el crecimiento de las plantas, y las enfermedades. También inciden sobre las reacciones de las drogas. Llegué a saber de todo esto comulgando con la luna.

A medida que nuestra convivencia era más intensa, más consciente me hice de las mareas, y toda mi vida comenzó a moverse con ellas. Mi vitalidad se incrementaba y disminuía de acuerdo con las mareas. Incluso mis escritos a la luna estaban relacionados con los ritmos.

Entretanto la enfermedad seguía su curso normal, como suele ocurrir con todas las enfermedades. Me sentía más muerto que vivo.

Mi familia se mostró muy atenta después del susto que se llevaron. Todo el mundo parecía estar muy preocupado por mí. Pero cuando llegaron a ser conscientes de que sería algo rutinario se empezaron a cansar y despreocuparse de mí de un modo espectacular. El médico me aseguró que ningún ataque de éstos me provocaría la muerte, así que cuando me venía uno mi familia se lo tomaba con filosofía hasta que hubiera acabado. Todo el mundo se armó de paciencia. Todos excepto yo. He de decir que nunca me los tomé muy filosóficamente, y cada vez que tenía uno me llenaba de pánico. Aunque uno sabe que no se va a morir, te llenas de miedo al quedarte sin aire.

Pues como venía diciendo todos parecieron acostumbrarse a mi enfermedad. Luego vino el cansancio. Era un poco pesado tener que llevar la bandeja desde el sótano hasta mi dormitorio. Era algo que incluso a mí me cansaba, así que decidí cambiarme de habitación. El único sitio factible parecía ser una especie de calabozo con vistas al jardín. Esto sin tener que quitarle a nadie su cuarto. Y debo reconocer que aquel calabozo no era muy de mi agrado.

Luego se me ocurrió una idea. Al final de lo que llamábamos por pura cortesía jardín había dos viejos establos. Quizás podía hacerme una habitación allí mismo. La idea comenzó a obsesionarme, así atravesé los laureles del jardín, y me fui a echarle un vistazo.

La maleza había crecido de un modo desmesurado, pero conseguí abrirme paso. La puerta era de arco apuntado como la de una iglesia, y las paredes eran de ladrillos antiguos. Estaba cerrada con llave y yo no llevaba ninguna conmigo. Le di un golpe con el hombro y se abrió fácilmente. Ya estaba dentro de la cochera. En un lado se encontraban las caballerizas, y en el otro la habitación de los arreos. En un rincón una escalera de caracol conducía a un sitio oscuro y lleno de telas de araña. Subí con precaución ya que se encontraba bastante destartalada, y me encontré en el pajar. Todo se encontraba a oscuras menos por ciertos haces de luz que entraban por las ventanas cerradas.

Abrí una de las contraventanas, y se me cayó en las propias manos. La luz del sol y el aire fresco comenzaron a entrar. Me incliné y me quedé totalmente impresionado por la vista.

El nombre de nuestra ciudad era Dickford, y sin duda como el propio nombre lo indicaba debía descansar sobre algún tipo de arroyo. Quizás se tratase del arroyo que tenía su salida en Dickmouth, un pequeño puerto que se encontraba a unas diez millas. Bien, pues aquí estaba ante mis propios ojos. Yo nunca había sospechado de su existencia a pesar de haber nacido en la zona. Se encontraba bajo una cañada y era de un tamaño bastante considerable, por lo que se podía ver entre los arbustos. Tenía su salida un poco más arriba y un viejo puente lo cruzaba más abajo con casas construidas sobre él. Nunca se me había ocurrido que la calle Puente fuese de hecho un puente. Aquí había lo que se llama un verdadero arroyo, de unos veinte pies de ancho, bordeado por auténticos sauces como si se tratara de un remanso del Támesis.

Me dediqué a inspeccionar el lugar. Estaba construido con solidez, al estilo Queen Anne, como nuestra casa. Realmente no había ningún problema en arreglar un par de habitaciones y un baño. En un rincón había una chimenea, y yo ya había visto un grifo y un desagüe abajo. Contento con lo que había descubierto volví a la casa, y no pude evitar mojarme por el camino. Sin duda no se podía esperar que los criados me llevaran bandejas allí cuando estuviera enfermo. Así que la otra única posibilidad era el calabozo. ¡Pues al diablo con el calabozo, y al diablo con los criados! Saqué el coche, y me fui a resolver algunos problemas que tenía pendientes. Y que los demás se las arreglaran con sus malos humores.

El negocio que tenía entre manos consistía en ver cómo podíamos transformarnos en los dueños de un grupo de cabañas. La idea era derribarlas para construir un garaje. En la última de ellas había una señora que se llamaba Sally Simpson que vivía allí desde hacía años y que no estaba muy dispuesta a moverse. Así que llamé a la aldaba de la pequeña puerta de Sally decidido a ser duro, cosa que no se me da muy bien. Pero era mejor hablar con ella que tener que recurrir al alguacil.

Sally abrió la puerta una media pulgada. Tenía una cadena. Me preguntó qué deseaba. Imaginé que en la mano tenía un atizador para el fuego. Yo estaba casi sin voz después de haber recorrido el jardín empinado. Me apoyé en la puerta y comencé a jadear como un pescado que acaban de sacar del agua.

Eso pareció impresionar a Sally ya que abrió la puerta y me hizo sentar en su único sillón. Luego se apresuró en hacerme una taza de té.

Me contó que no tenía más que una pensión de vejez y que gracias a la cabaña podía conseguir algo de dinero dándole té a los ciclistas. En la casa que nosotros le ofrecíamos a cambio no iba a poder conseguir nada. Así que esa era la razón de su terquedad.

Me vino una especie de oleada cerebral. Si el problema de mi vivienda iba a ser un asunto de criados, la solución estaba ante mis propios ojos. Le ofrecí a Sally el trabajo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Según me contó su perro había muerto recientemente y se sentía muy sola durante el día y muy nerviosa durante la noche. Parecía que a ella le agradaba bastante que yo llenara aquel hueco. Así que todo quedó arreglado allí mismo. Yo me encargaría de poner el lugar en condiciones, y Sally y yo nos mudaríamos. Una vez instalados hablaríamos de la economía del hogar.

Volví a casa triunfante y se lo conté a mi familia. Pero la idea no pareció gustarles. Me dijeron que la gente comenzaría a hacer comentarios. Les contesté que sin duda una pensionista de la edad de Sally era un partido de lo más conveniente para mí. Al fin y al cabo nadie diría nada si ellos no lo hacían antes. Nadie tenía porqué enterarse que yo me había mudado ya que el sitio que yo había elegido no se podía ver desde la carretera. Me dijeron que los criados murmurarían, así que les contesté: "Al diablo con los criados". Mi hermana dijo que no podría traer a su club de amigas si yo vivía bajo un cariz de pecado con Sally al fondo del jardín. "¡Pues al diablo con el club de amigas!". Sin embargo, cuando mi hermana vio a Sally luciendo el gorrito negro de los días de fiesta tuvo que reconocer que se había excedido en sus comentarios. Finalmente todo quedó arreglado. A Sally le tocaron los establos a mí el henar.

Debo confesar sinceramente que el sitio me encantaba. Mi salón tenia cuatro ventanas dando al sur, y la habitación daba al este así que el sol me despertaba cada mañana.

Hice una chimenea de ladrillos, coloqué estanterías de pared a pared y empecé a coleccionar los libros que siempre había deseado. Nunca he podido tener todos mis libros en mi habitación por falta de espacio, y la idea de tenerlos distribuidos por toda la casa realmente no me satisfacía demasiado. Los libros que poseemos revelan algo muy íntimo de nosotros mismos. No me gustaba en absoluto que se encontraran al alcance de mi hermana. Además, con toda seguridad hubieran corrompido a su club de amigas y los criados hubieran tenido mucho que decir.

Supongo que se trata de un egoísmo de mi parte, pero no me apetecía que mi hermana visitara el establo. A su modo es una mujer decente y respetada en la ciudad, pero no tenemos nada en común. Era difícil mantenerla alejada. Todo cuanto podía hacer era poner un candado en la puerta y que llamara si su deseo era entrar.

Pero todo resultó mucho mejor de lo que esperaba. Cometió la torpeza de meterse con el trabajo de Sally. Yo admito que Sally no cocinaba muy bien pero era una magnífica cocinera. Por otra parte, mi hermana limpiaba muy bien pero no sabía guisar. Sally le dijo que ella trabajaba exclusivamente para mí y que se negaba a recibir otras órdenes que las mías. Mi hermana vino a hablarme. Le dije directamente que estaba muy contento con Sally y que no iba a echarla. A mí me gustaba la suciedad. Me hacía sentir en casa. La reacción fue rotunda. Me dijo que no volvería a entrar en el lugar mientras Sally estuviera allí, aunque yo me encontrara moribundo. Así que lo dejamos en eso, y he de decir que cumplió fielmente su palabra.

En resumen mi compañero Scottie y el doctor eran los únicos que me visitaban. Y les encantaba. El problema era que una vez dentro no había quien los sacara. Yo no tenía más amigo que Scottie. No tenemos nada en común, pero es la persona en quien más confío. Hay quienes tienen peores bases para hacer una amistad.

Cuando yo comencé a trabajar para mi padre, Scottie ya estaba con nosotros. A lo largo del tiempo había desarrollado ese aire especial de funcionario que ha estado en una compañía toda la vida. Al llegar yo hablaba de mi padre como del Sr. Edward, como si su cargo lo hubiese obtenido en tiempos de mi abuelo. Incluso cuando está junto a mi cama no me trata de otro modo que de Sr. Wilfred. Y tenemos la misma edad.

Scottie siempre me gustó. Cuando mi padre murió y todo era una inmensa confusión, Scottie fue quien arregló los asuntos.

Al principio de mi enfermedad descubrí que yo no iba a servir mucho para los negocios. No podía soportar la rutina. Nunca he sabido subastar, ni siquiera en mis mejores épocas. Mi especialidad consistía en valorar. Puedo tasar cualquier cosa a excepción de las pinturas.

El médico me recomendó buscar un socio. Le pedí que lo comentara con mi familia. Lo hizo y se mostraron de acuerdo. Lo que no les gustó es que eligiera a Scottie. Montaron un lío tremendo, pero yo ya lo imaginaba. Admito que es de lo más ordinario, que su gusto para vestirse es deplorable; pero es más honesto y amable que cualquier otro. Además es un buen trabajador. Así que me aferré a la idea.

Después de haber hecho todos los arreglos convenientes me desentendí de la rutina, pero continué tasando. Era lo que más me gustaba. Tenía que salir y de este modo me ponía en contacto con gente interesante. En ocasiones se me pedía que asistiera a las sesiones de los tribunales como testigo experto.

Yo estaba muy contento con Sally y con mis libros, y todo el mundo empezó a comentar que era endemoniadamente insociable, pero Dios sabe que yo no hubiera sido así de haber existido el tipo de sociedad que a mí me hubiera gustado tener. Así que le saqué partido al asma en la medida de lo posible.

Leí cosas variadas y extrañas. Leí mucha Teosofía, y esto no podría haberlo hecho en la casa. Algunas cosas me gustaron y otras no. La idea de la Reencarnación me interesaba. Esta vida no ofrece muchas esperanzas, así que me embarqué en pensar en otra. Cuando no tenía nada mejor que hacer, solía pensar en esto.

Después de un ataque de asma siempre tenía que permanecer tumbado en la cama por uno o dos días. Solía recostarme, pensar y preguntarme cosas, y divertirme pensando en mis otras vidas. Es curioso que yo no sé crear el argumento de una novela para salvar mi vida, pero puedo construir las más elaboradas y fantásticas encarnaciones pasadas. Es más, después de pensar en ellas durante un día entero, soñaba con extraordinario realismo.

Me tumbaba y mi mente alcanzaba un poder de penetración que no poseía en otros momentos.

Lo curioso de este estado es que solía invertir el sentido de la realidad. Lo normal era lejano a mí, pero mi reino interior era rico y mis deseos eran órdenes. Cualquier cosa era factible con sólo pensar en ello.

También desarrollé el poder de "sentir con" las cosas naturales. Tuve mi primera experiencia cuando me puse en contacto con la luna. Luego comencé a leer algunos de los libros de Algernon Blackwood, y "La proyección del cuerpo Astral", de Muldoon y Carrington. Me dieron ideas. Muldoon no tenía muy buena salud, y cuando se sentía débil debido a su enfermedad podía salir de su cuerpo. El asma también debilita. La única desventaja era que había que saber cómo regresar al propio cuerpo. Para ser franco, a mí no me hubiera importado no volver en mí.




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