La prosa de la contrainsurgencia



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En estos días de fusiles de retrocarga media docena de europeos hubiera podido con un número veinte veces mayor de chuars. Por supuesto, dada la naturaleza imperfecta de las armas de aquella época no se podía esperar que los europeos se precipitaran infructuosamente hacia el peligro, pero los oficiales europeos de la estación, al menos en algunos casos, pienso debieron arriesgarse en algunos momentos, atacar en persona y rechazar a sus asaltantes. Me asombra que ningún funcionario europeo, civil o militar, con excepción quizás del teniente Gill, expresara esa sensación de entusiasmo jubiloso que la mayoría de los jóvenes siente hoy en día por las actividades en campo abierto, o en cualquier ocupación donde hay un elemento de peligro. Pienso que para la mayoría de nosotros, si hubiésemos vivido en 1799, hubiera sido mejor cazar a un chuar merodeador bañado en sangre y despojos, que al oso más grande que pueda haber en las selvas de Midnapore.22
Aquí resulta bastante claro que la separación entre el autor y los su­ce­sos que relata y la diferencia entre el tiempo de los acontecimientos y el de su narración, han hecho muy poco por inspirarle objetividad. Su pasión es aparentemente del mismo tenor que la del soldado británico que escribió, en vísperas del ataque a Delhi en 1857: “Debo confiar sinceramente en que la orden que nos darán cuando ataquemos Delhi será [...] ‘Maten a todo el mundo; no hay que dar cuartel’”.23 En este ejemplo, la actitud del historiador hacia los rebeldes es indistinguible­ de la del Estado: la actitud del cazador hacia su presa. Considerado así, un insurgente no es sujeto de comprensión o interpretación sino de exterminio, y el discurso de la historia, lejos de ser neutro, sirve directamente para ins­ti­gar la violencia oficial.

Hubo, sin embargo, otros escritores que trabajaron dentro del mismo género que tienen la reputación de haberse expresado en un lenguaje menos sanguinario. Quizás quien mejor los represente sea W. W. Hunter en su relato de la insurreción santal de 1855, en The Annals of Rural Bengal. En muchos sentidos, se trata de un texto no­ta­ble. Escrito antes de que se cumplieran diez años del Motín y a doce años del hool,24 no tiene para nada el matiz re­van­chis­ta y racista co­mún a buena parte de la literatura angloindia del periodo. De hecho,­ el autor trata a los enemigos del Raj no sólo con consideración sino con respeto, aunque éstos hayan aniquilado al gobierno colonial en tres distritos orientales en cuestión de semanas y hayan resistido du­ran­te cinco meses contra el poder combinado del ejército colonial y sus auxiliares recién adquiridos: los ferrocarriles y el “telégrafo eléctrico”. La mencionada obra, uno de los primeros ejercicios modernos­ en la his­to­rio­gra­fía de las revueltas campesinas indias, sitúa el levan­ta­miento dentro de un contexto cultural y socioeconómico, analiza sus causas y utiliza archivos locales y relatos contemporáneos para obtener evidencia acerca de su progreso y supresión definitiva. Según­ todas las apariencias, aquí tenemos el ejemplo clásico de cómo los sesgos y opiniones propias del autor se disuelven por obra y gracia del tiempo pasado y la tercera persona gramatical. ¿Acaso en este caso el discurso histórico muestra lo mejor de sí y alcanza aquel ideal de un “modo de narración [...] impersonal [...] diseñado para borrar la presencia del que habla”?25

Esta apariencia de objetividad, de falta de sesgo alguno ob­via­men­­te demostrable, no tiene, empero, nada que ver con “hechos que hablan por sí mismos” en un estado de metonimia pura no con­­ta­­mi­­na­­da por el comentario. Por el contrario, el texto está saturado de comentarios. Basta compararlo con un artículo escrito por las mismas­ fechas que apareció sobre este tema en la Calcutta Review (1856) o incluso con la historia de K. K. Datta sobre el hool —escrito mucho después de su supresión— para darse cuenta de cuán pocos detalles hay en él de lo que realmente sucedió.26 De hecho, en el libro la na­rra­ción de este acontecimiento ocupa sólo alrededor de 7% del capí­tu­lo que lo presenta como el punto culminante del mismo, y poco menos del 50% del texto impreso de dicho capítulo se dedica es­pe­cí­fi­ca­men­te a este tema. El sintagma se quiebra una y otra vez median­te la distaxia y la interpretación se infiltra para ensamblar los segmentos en un todo con significado propio que tiene un carácter prin­ci­pal­men­­te metafórico. De toda esta operación la consecuencia más re­le­van­te para nuestro propósito es cómo dicha operación distribuye los relata paradigmáticos a lo largo de un eje de continuidad históri­ca entre un “antes” y un “después”, ampliándolo mediante un contex­to y extendiéndolo para formar una perspectiva. Así, la re­pre­sen­ta­ción­ de la insurgencia sufre la intercalación de su momento entre su pasado y futuro, de manera que los valores particula­res de uno y otro quedan incorporados al acontecimiento para darle el signifi­ca­do específico de su representación.

VIII
Refirámonos primero al contexto: dos terceras partes del capítulo que culmina en la historia de la insurrección consiste de un relato inaugural de lo que podría llamarse la historia natural de sus protago­nis­tas. A manera de ensayo de etnografía, trata de los rasgos físicos, el lenguaje, las tradiciones, los mitos, la religión, los rituales, el há­bi­­tat,­ el medio ambiente, las prácticas de cacería y agrícolas, la organi­za­ción social y el gobierno comunal de los san­ta­les de la región de Birbhum. Muchos de los detalles aquí presentes marcan el conflicto inminente en términos de una lucha de contrarios, entre el noble sal­va­je de las colinas y los ruines explotadores de las planicies: el contraste­ implícito en las referencias a su dignidad personal (“Él no se rebaja hasta el piso como el hindú rural”; la mujer santal “descono­ce­ los envilecedores remilgos de la mujer hindú”, etc.), su mal disimu­la­­da­ reducción a la servidumbre por parte de los te­rra­te­nien­­­tes hindúes, su honestidad (“A diferencia del hindú, él nunca piensa en hacer dinero usando a un extraño, evita escrupulosamente todos los temas de negocios, y se siente apenado si se le insiste que acepte un pago por la leche y la fruta que trae su esposa”), la codicia y el fraude de los comerciantes y terratenientes forasteros que finalmente condujeron a la insurrección, su reserva (“Los santales viven lo más aparte posible de los hindúes”), la intrusión del diku en su vida y territorio y el holocausto que inevitablemente se produciría.

Estos indicios le dan a la insurreción no sólo una dimensión moral y los valores de una guerra justa, sino también una pro­fun­di­dad­ en el tiempo, que se lleva a cabo por obra de marcadores dia­cró­ni­cos en el texto: un pasado imaginario originado mediante mitos­ de creación (apropiados para una empresa realizada a instancias del thakur [miembro de la casta de los chatrias]) y un pasado real pero remoto (que conviene a una revuelta que se alimenta de la tradición)­ dimanado de los fragmentos de la prehistoria en el ritual y el habla, donde la ceremonia de la “Purificación de los muertos” de los santales se menciona, por ejemplo, como la huella de “un tenue recuerdo del tiempo lejano cuando habitaban junto a los grandes ríos” y su lengua como “ese registro intangible sobre el que el pasado de una na­ción está grabado mucho más profundamente que en tablas de bron­ce o inscripciones en piedra”.

Cuando se acerca más al acontecimiento, el autor le proporciona­ un pasado reciente que cubre un periodo aproximado de sesenta años de “administración directa” en el área. Los aspectos morales y tempo­ra­les de la narración se mezclan aquí en la figura de una con­tradicción irreconciliable. Por una parte, según Hunter, hubo una serie de medidas beneficiosas que tomó el gobierno: el Decennial Set­tle­ment que ayudó a expandir el área de cultivo e indujo a los santales, a par­tir de 1792, a contratarse como trabajadores agrícolas; el establecimiento, en 1832, de un coto redondo delimitado por columnas de ladrillo­ donde podían colonizar la tierra y selva virgen sin miedo a que los hostigaran las tribus hostiles; el desarrollo de la “empresa inglesa” en­ Bengala bajo la forma de fábricas de índigo en las que “los in­mi­gran­tes santales constituían una población de obreros diurnos”; sin olvidar por supuesto, una de las fuentes de riqueza más importante: que en 1854 miles de ellos fueron incorporados a las cuadrillas de trabajo para la construcción del ferrocarril en esa región. Pero, por otra parte, dos conjuntos de factores se combinaron para desbaratar todo el bien resultante del gobierno colonial: la explotación y opresión de los santales por parte de los codiciosos y fraudulentos terratenientes, prestamistas y comerciantes hindúes y el fracaso del gobierno local, su policía y las cortes para protegerlos o corregir las injusticias que sufrían.

IX
Este énfasis en la contradicción sirve, obviamente, al propósito in­ter­pre­ta­tivo del autor. Le permite situar la causa del levantamiento en la incapacidad del Raj para lograr que sus mejoras prevalecieran sobre los defectos y desventajas que aún subsistían en su ejercicio de la autoridad. El relato del acontecimiento se ajusta con exactitud al objetivo establecido al inicio del capítulo, esto es, interesar no sólo al académico “en estas razas envilecidas”, sino también al estadista. “El estadista indio descubrirá”, habrá de escribir refiriéndose eu­fe­mís­ti­ca­men­te a los hacedores de la política británica en la India, “que estos Hijos del Bosque son [...] susceptibles de recibir las mismas influencias correctivas que los demás hombres, y que la futura exten­sión de la empresa inglesa en Bengala depende en gran medida de su capacidad para la civilización”. Es esta preocupación por “co­rre­gir”­ (palabra que sintetizaba el proceso de ace­lerar la trans­for­ma­ción­ del campesinado tribal en mano de obra asalariada para engancharlo a los proyectos tan típicamente co­lo­nia­listas de la explotación de los recursos indios) lo que explica la mezcla de firmeza y “comprensión”­ en la actitud de Hunter hacia la rebelión. Como el imperialista-liberal que era, la consideraba al mismo tiempo como una amenaza a la estabilidad del Raj y como una útil crítica de su administración, tan lejos de ser perfecta. Así, al tiempo que censuraba al gobierno de entonces por no declarar la Ley Marcial con la rapidez suficiente como para arrancar el hool desde la raíz, fue muy cuidadoso en di­fe­ren­­ciar­se de sus compatriotas que querían castigar a toda la comuni­dad santal por el crimen cometido por sus rebeldes y deportar al ex­tran­je­ro a la población de los distritos implicados. Genuino im­pe­ria­­lista de altos vuelos, Hunter anhelaba el día en que esta tribu, como muchos otros pueblos aborígenes del sub­con­ti­nen­te, demostra­ría su “capacidad para la civilización” al actuar como una fuente inagotable de mano de obra barata.

Esta visión se inscribe en la perspectiva con la que termina la narración. Culpando directamente del estallido del hool a esa “admi­nis­tración rastrera e indulgente” que no prestó atención a las quejas de los santales y se concentró sólo en la recolección de los impuestos,­ Hunter continúa con la catalogación de los beneficios más o menos ilusorios de “el sistema más estricto que se introdujo después del levantamiento” para mantener dentro de los límites de la ley el poder­ de los usureros sobre los deudores, frenar el uso de pesas y medidas falsas en el comercio al detalle, y asegurar el derecho de los trabajado­res cautivos a escoger la libertad en caso de abandono o cambio del empleador. Pero, más que la reforma administrativa, lo que contribu­yó radicalmente al bienestar de la tribu fue, una vez más, la “empresa­ inglesa”. Los ferrocarriles “cambiaron completamente la relación del trabajo con el capital” y eliminaron esa “razón natural para la es­clavitud, a saber, la falta de un fondo salarial para trabajadores libres”. La demanda de jornaleros para los distritos productores de té de la región de Assam “estaba llamada además a mejorar la po­si­ción­ de los santales”, al igual que los estímulos para enviar culíes con contratos de trabajo a las Islas Mauricio y del Caribe. Fue así como el campesino tribal prosperó gracias al desarrollo de un vasto mercado de trabajo en el subcontinente y en las demás posesiones del Imperio Británico. En los fértiles y bien cultivados campos de té de la región de Assam “toda su familia obtiene empleo y cada niño adi­cio­nal, en lugar de ser una forma de incrementar su pobreza, se vuel­ve una fuente de riqueza”, mientras que los culíes regresaban de África­ o de las Indias Occidentales “al expirar su contrato con ahorros que pro­­me­­dian las 20 libras esterlinas, una suma suficiente como para que un santal se establezca como propietario considerable en su pro­pia aldea”.

Muchas de estas supuestas mejoras fueron —como sabemos ahora si las vemos en retrospectiva a lo largo del siglo— el resultado de puras ilusiones o tan efímeras que no contaron para nada. La co­ne­­xión­ entre usura y trabajo cautivo continuó durante todo el go­bier­no­ británico y hasta bien entrada la época de la India independiente. La libertad del mercado de trabajo estuvo seriamente restringida por la falta de competencia entre el capital británico y el local. El empleo de familias tribales en las plantaciones de té se transformó en una fuente de explotación cínica del trabajo de mujeres y niños. Las ventajas de la movilidad y de la regulación laboral­ por medio de contratos fueron anuladas por las irregularidades en el proceso de reclutamiento y la manipulación de los factores contrarios de dependencia económica y diferenciación social de los arkatis. El sistema de contratación contribuyó menos a liberar el trabajo servil que a desarrollar una especie de segunda servidumbre, y así sucesivamente.

Sin embargo, esta visión que nunca se materializó nos permite hacernos una idea del carácter de este tipo de discurso. La perspectiva inspirada por ella equivalió, de hecho, a una profesión de fe en el colonialismo. Allí el hool se asimiló a la trayectoria del Raj, y el es­fuer­zo militante emprendido por un campesinado tribal para liberarse del triple yugo del sarkari, sahukari y zamindari se asimiló a la “empresa inglesa”: la infraestructura del Imperio. Por lo tanto, el ob­je­t­i­vo enunciado al inicio del relato se pudo reiterar al final, cuando el autor dice que escribió al menos “en parte por la lección que [la] historia reciente [de los santales] daba en cuanto al método adecua­do­ para manejar a las razas aborígenes”. La supresión de las re­vuel­tas­ locales del campesinado local fue parte de este método, pero in­cor­po­rado ahora a una estrategia más amplia destinada a abordar los problemas económicos del gobierno británico en la India,­ como un elemento de los problemas globales de las políticas imperia­les. “Éstos­ son los problemas”, dice Hunter al concluir el capítulo, “que se le pedirá a los hombres de Estado indios que resuelvan durante los pró­xi­mos­ cincuenta años. Sus predecesores le dieron la civilización a la India; su deber será lograr que esa civilización sea a la vez beneficiosa para los nativos y segura para nosotros”. Dicho en otras palabras, a esta historiografía se le asignó un papel dentro de un proceso­ político que habría de garantizar la seguridad del Raj mediante una combinación de fuerza para aplastar la rebelión cuando se produjera­ y de reformas para conjurarla de antemano arrancando al campesina­do tribal de sus bases rurales y distribuyéndolo como mano de obra barata para que el capital británico lo explotara en la India y en el ex­tranjero. La prosa abiertamente agresiva y nerviosa de la con­tra­in­sur­gen­cia,­ nacida de las preocupaciones de los primeros días colo­nia­les, llegó a adoptar así, dentro de este género de escritura histórica,­ el lenguaje firme pero benigno, autoritario pero comprensivo, de un imperialismo maduro y seguro de sí.

X
¿Cómo es posible que ni siquiera el tipo más liberal de discurso secundario sea capaz de liberarse del código de la con­tra­in­sur­gen­cia? Pese a las ventajas de escribir en tercera persona y abordar un pasado bien determinado, el oficial metido a historiador sigue es­­tan­do muy lejos de ser imparcial en lo que respecta a los intereses­ ofi­ciales. Su compasión por los sufrimientos de los campesinos y su comprensión de lo que los condujo a la rebelión no le impiden —a la hora de la verdad— ponerse del lado del orden público y justificar que la campaña contra el hool fuera transferida de manos civiles a militares, a fin de aplastarla completa y rápidamente. Y como dijimos antes, su partidismo respecto del resultado de la rebe­lión se equipara con su compromiso con las metas e intereses del régimen. El discurso de la historia, apenas distinguible de la políti­ca, termina por absorber las preocupaciones y objetivos de esta última.

En esta afinidad con la política se revela el carácter de forma de conocimiento colonialista de la historiografía. Esto es, ésta se deriva directamente de ese conocimiento que la burguesía usó durante el periodo de su ascenso para interpretar el mundo a fin de dominarlo­ y establecer su hegemonía sobre las sociedades occidentales, pero que transformó en un instrumento de opresión nacional cuando empezó a conquistar para sí “un lugar seguro bajo el sol”. Fue así como la ciencia política, que había definido el ideal del ciudadano para los Estados-nación europeos, en la India colonial se usó para establecer instituciones y hacer leyes destinadas específicamente a generar una ciudadanía amansada y de segunda clase. La economía política que se desarrolló en Europa como una crítica del feudalismo, en la In­dia pasó a promover un sistema neofeudal de la tenencia de la tierra basado en terratenientes. La historiografía también se adaptó a las relaciones de poder existentes bajo el Raj y quedó enganchada cada vez más al servicio del Estado.

Fue gracias a esta conexión y a una buena cantidad de talento para respaldarla, que esta escritura histórica sobre temas del periodo­ colonial se configuró como un discurso altamente codificado. Al funcionar dentro del marco de una afirmación multilateral del go­bier­­no británico en el subcontinente, dicho discurso asumió la fun­ción­ de representar el pasado reciente de su gente como “la Obra de Inglaterra en la India”. Verdadero discurso de poder, hizo que cada uno de sus momentos se desplegara como un triunfo, esto es, como el retoño más favorable entre un gran número de posibilidades­ conflictivas para el régimen en cualquier tiempo particular. Así pues, en su forma madura, como en los Annals de Hunter, la continuidad figura como uno de sus aspectos necesarios y cardinales. A diferencia del discurso primario, no puede tolerar ser escorzado ni privarse de una continuación. El acontecimiento no constituye su único contenido, sino es el término medio entre un comienzo que sirve como contexto y un final que es, al mismo tiempo, una perspectiva ligada a la siguiente secuencia. El único elemento constante en esta serie ininterrumpida es el Imperio y las políticas necesarias para salvaguardarlo y perpetuarlo.

Al funcionar dentro de este código, Hunter, pese a toda la buena voluntad que tan solemnemente anuncia en su nota dedicatoria (“Estas páginas... tienen poco que decir respecto de la raza gobernante. Mi asunto es con el pueblo”), transcribe la historia de una lucha popular como una historia en la que el sujeto real no es el pueblo, sino en realidad “la raza gobernante” ins­ti­tu­cio­na­li­za­da como el Raj. Al igual que cualquier otra narración de este tipo, su relato del hool también está ahí para celebrar una continuidad: la del poder británico en la India. Las causas y reformas enunciadas no son más que los requerimientos estructurales de este continuum, al que le proporcionan, respectivamente, contexto y perspectiva. Éstos sirven en forma admirable para registrar el acontecimiento como un hito en la historia de vida del Imperio, pero no hacen nada para iluminar esa conciencia que se llama insurgencia. El rebelde no tiene lugar en esta historia como el sujeto de la rebelión.

XI
No existe nada en el discurso terciario que compense esta ausencia. Mucho más alejado en el tiempo de los acontecimientos que son su tema, siempre los considera en tercera persona. En la mayoría de los casos se trata de la obra de escritores ajenos a los ámbitos oficiales o de antiguos funcionarios que ya no tenían ninguna obligación profesional ni estaban constreñidos a representar el punto de vista del gobierno. Si por casualidad este discurso sustenta un punto de vista oficial es sólo porque el autor ha escogido hacerlo por voluntad­ propia y no porque haya sido condicionado a hacerlo debido a alguna­ lealtad o fidelidad basadas en su involucramiento en la administración. Hay en verdad algunas obras históricas que realmente revelan tal preferencia y que son incapaces de hablar con una voz que no sea la de los custodios del orden público: ejemplo de un discurso terciario que regresa a ese estado de tosca identificación con el régimen, tan característica del discurso primario.

Pero hay otros lenguajes muy diferentes dentro de este género, cuyas tendencias van de liberales a izquierdistas. Estos últimos son particularmente importantes por ser quizás los más influyentes y prolíficos de todas las numerosas variedades de discurso terciario. A ellos les debemos algunos de los mejores estudios sobre la in­sur­gen­cia campesina en la India y cada vez aparecen más y más de éstos, evidencia tanto de un creciente interés académico en el tema, como de la importancia que tienen los movimientos subalternos del pasado para las tensiones contemporáneas en nuestra parte del mundo. Esta literatura se distingue por su esfuerzo por escaparse del código de la contrainsurgencia; adopta el punto de vista del insurgente y junto con él ve como “muy bien” lo que el otro lado llama “terrible”, y vi­cever­sa. No le deja duda al lector de su deseo de que gane el rebelde y no sus enemigos. Aquí, a diferencia de lo que sucede en el discurso secunda­rio de tipo imperalista-liberal, el reconocimiento de las iniquidades­ cometidas contra los campesinos conduce directamente­ al apoyo de su lucha por buscar un desagravio mediante las armas.

Estos dos tipos, sin embargo, tan diferentes uno del otro y tan opuestos en la orientación ideológica, tienen en común muchas cosas más. Tomemos, por ejemplo, esa notable contribución del tra­ba­jo aca­démico radical, el Bharater Krishak—bidroha O Ga­na­tan­trik Sam­gram,27 de Suprakash Ray, y comparemos su relato del le­van­ta­miento­ santal de 1855 con el de Hunter. Ambos textos son reproducciones similares en cuanto narraciones. Como el trabajo de Ray es el más tar­dío, tiene todas las ventajas de contar con investigaciones más re­cientes como la de Datta, y así está mejor documen­tado. Pero gran parte de lo que tiene que decir acerca del inicio y desarrollo del hool está tomado de los Annals de Hunter, y de hecho citados directamen­te de esa fuente.28 A su vez, ambos autores recurren al artículo de la Cal­cu­tta Review (1856) para obtener gran parte de sus datos. Así, muy po­co de la descripción de este acontecimiento en particular cambia sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te en los tipos de discurso secundario y terciario.

Tampoco hay mucho que distinguir entre ambos textos en térmi­nos de su admiración por el valor de los rebeldes y su abo­rre­ci­mien­to­ de las operaciones genocidas que montaron las fuerzas con­tra­in­­sur­gen­tes. De hecho, en estos dos puntos Ray reproduce in extenso el tes­­ti­mo­nio de Hunter —obtenido de primera mano de oficiales directamente involucrados en la campaña— de que los santales “no sabían qué era rendirse”, mientras que para el ejército “no era una gue­rra [...] era una ejecución”.29 La simpatía expresada hacia los ene­mi­gos­ del Raj en el discurso terciario no sobrepasa en nada la del discurso secundario colonialista. De hecho, para ambos el hool fue una lucha eminentemente justa, evaluación que se deriva de su acuerdo acerca de los factores que la provocaron. Terratenientes infames, usureros extorsionadores, comerciantes deshonestos, policía venal, fun­cio­na­rios­ irresponsables y procesos legales amañados: todo figura con igual peso en ambos relatos. Los dos historiadores utilizan los datos sobre el tema publicados en la Calcutta Review y, para gran parte de su información acerca del endeudamiento y la esclavitud por ser­vi­dum­bre de los santales, acerca de la opresión por parte de los presta­mis­tas y terratenientes y la connivencia administrativa con todo esto, Ray una vez más se basa mucho en Hunter, como lo revelan los ex­trac­tos que cita generosamente de la obra de este último.30

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