La prosa de la contrainsurgencia



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C = (a + b) I

= (a’ + a’’) + (b’ + b’’) II

= (a1 + a2) + a’’ + b’ + (b1 + b2 + b3) III

A partir de este arreglo debería resultar claro que no todos los elementos del paso II se pueden expresar en microsecuencias del mismo orden. Por lo tanto, en el paso III nos quedamos con una concatenación en la que los segmentos tomados de diferentes niveles­ del discurso se imbrincan para constituir una estructura toscamente­ labrada y desigual. En la medida en que lo que una narración tiene como relata sintagmáticos son unidades funcionales mínimas como éstas, su flujo nunca será terso. El hiato entre los segmentos remenda­dos con holgura está necesariamente cargado de incertidumbre, de “momentos de riesgo” y cada mi­cro­se­cuencia termina por abrir posi­bi­lidades alternativas, de las cuales la secuencia siguiente sólo recoge­ una a medida que continúa con el relato. “Du Pont, el comanditario de James Bond, le ofrece fuego­ con su encendedor, pero Bond rehu­sa; el sentido de esta bifurcación es que Bond teme instintivamente que el adminículo encierre una trampa”.10 Lo que Barthes identifica­ así como “bifurcación” en la narrativa tiene también su paralelo en el discurso histórico. La supuesta perpetración de atrocidades (a1) en ese despacho oficial de l831 elimina la creencia en la propagación­ pacífica de la nueva doctrina de Titu, que ya conocían las autoridades,­ pero que hasta ese entonces había sido ignorada por ser considerada­ de poca importancia. La expresión desafío a la autoridad (a2), que se refiere a que los rebeldes habían “desafiado y repelido la fuerza más poderosa que la Autoridad Civil local pudo reunir para aprehender­los”, tiene como su otro término, si bien no expresado,­ sus esfuerzos­ por persuadir al gobierno, mediante la petición y la delegación, de que reparara las afrentas sufridas por sus co­rre­li­gio­na­rios. Y así sucesivamente.­ Cada una de estas unidades funcionales ele­men­ta­­les implica así un nudo narrativo que no se ha materializado­ lo suficiente en un de­sa­rro­llo real, una especie de signo cero por medio del cual la narración­ reafirma su tensión. Y es precisamente­ porque la historia en cuanto representación verbal que hace el hom­bre­ de su propio pasado está por su propia naturaleza tan llena de azar, realmente tan repleta de la verosimilitud de elecciones marcadamente distintas, que nunca deja de suscitar el interés del lector. El discurso histórico es el thriller más viejo del mundo.

V
El análisis secuencial revela así que una narración es una con­ca­te­na­ción­ de unidades funcionales que no están tan estrechamente ali­nea­das. Estas unidades son disociativas en su funcionamiento y ponen más énfasis en el aspecto analítico que en el aspecto sintético de un discurso. Como tales no son las que generan por sí mismas el signifi­cado de este último. De igual manera como el sentido de una palabra­ (por ejemplo, “hombre”) no está representado fraccionadamente en cada una de las letras (por ejemplo, H,O,M,B,R,E) que configuran su imagen gráfica, ni el de una frase (por ejemplo, “había una vez”) en sus palabras constitutivas tomadas por separado, así también los segmentos individuales de un discurso no nos pueden decir por sí mismos lo que éste significa. El significado en cada caso es obra de un proceso de integración que complementa el de la articulación se­cuen­cial. Tal como lo señaló Benveniste, en cualquier lenguaje “la disociación nos entrega la constitución formal; la integración nos entrega unidades significantes.”11

Esto también es cierto respecto del lenguaje de la historia. En su discurso, la operación integradora la lleva a cabo la otra clase de unidades narrativas básicas, esto es, los indicios. Como correlatos necesarios e indispensables de las funciones, se distinguen de estas últimas en ciertos sentidos importantes:
los indicios, por la naturaleza en cierto modo vertical de sus relaciones,­ son unidades verdaderamente semánticas pues, contrariamente a las “fun­cio­nes” [...] remiten a un significado, no a una “operación”; la san­ción de los Indicios es “más alta” [...] es una sanción paradigmática; por el contrario la sanción de las “funciones” siempre está “más allá”, es una sanción sintagmática. Funciones e Indicios abarcan, pues, otra dis­tinción clásica: las funciones implican los relata metonímicos, los In­dicios, los relata metafóricos; las primeras corresponden a una fun­cio­na­li­dad del hacer y las otras a una funcionalidad del ser.12
La intervención vertical de los indicios en un discurso es posible debido a la interrupción de su linealidad mediante un proceso que corresponde a la distaxia en el comportamiento de muchos lenguajes­ naturales. Bally, quien estudió este fenómeno con mucho detalle, considera que una de las muchas condiciones para que ocurra en el francés es “cuando se separan partes del mismo signo” de manera que la expresión “elle a pardonné”, al construirse negativamente, se frag­menta y se vuelve a ensamblar como “elle ne nous a jamais plus par­do­nné”.13 De igual manera, el simple predicativo en bengalí “shé j–abé” se puede reescribir mediante la inserción de un interrogativo­ o de una ristra de condicionales ne­­ga­­­tivos entre las dos palabras, para producir respectivamente “shé ki j–abé” y “shé na hoy na j–abé”.

En una narración histórica, también el proceso de “distensión y expansión” de su sintagma ayuda a que los elementos pa­ra­dig­má­ti­cos infiltren y reconstituyan sus segmentos discretos en un todo con sig­ni­ficado. Es precisamente así como se efectúa la coordinación de los ejes metonímicos y metafóricos en un enunciado y como se actua­li­za­­ la necesaria interacción de sus funciones e indicios. Sin embargo,­ estas unidades no están distribuidas en proporciones iguales en todos­ los textos: algunos tienen mayor incidencia de un tipo que del otro. Como consecuencia, un discurso podría ser predominantemente me­to­­­ní­mico o metafórico, depen­dien­do de si un número sig­ni­fi­ca­ti­va­men­­­te grande de sus componen­­tes son sancionados sintagmática o pa­ra­dig­má­ticamente.14 Nuestro Texto 1 es del primer tipo. Es posible­ ver el formidable, y en apariencia impenetrable, arreglo de sus relata me­to­ní­mi­cos en el paso III del análisis secuencial que presentamos antes. Al fin tenemos aquí la perfecta autenticación del punto de vista del idiota que ve la historia como una fregada cosa tras otra: levanta­mien­to—información—decisión—orden. Sin embargo, una mirada más aten­ta al texto puede detectar puntos débiles que han permitido­ que el “comentario” socave la base del “hecho”. Las expresiones sub­­­ra­­ya­­das son testigos de esta intervención paradigmática y, en verdad,­ constitu­yen su medida. Como indicios, desempeñan el papel de ad­je­ti­vos o epítetos en oposición a los verbos que, para hablar en térmi­nos­­ de la ho­mología entre oración y narración, cumplen el papel de funciones.15 Al trabajar íntimamente con estas últimas, los adjetivos o epítetos hacen del despacho algo más que un mero registro de los su­ce­sos y ayu­dan a inscribir en él un significado, una interpretación,­ de mane­ra que los protagonistas surgen del despacho no como cam­pe­­sinos sino como “Insurgentes”, no como un musulmán sino como un “fanático”; su ac­ción no es una resistencia ante la tiranía de la élite ru­ral sino “las más atrevidas y desenfrenadas atrocidades contra los ha­bi­tan­­tes”;­ su proyecto no es una revuelta contra los zamindares, sino un “de­sa­fío a la autoridad del Estado”, no es la búsqueda de un orden alterna­ti­­­vo en el que la paz del campo no sea violada por la anarquía (oficial­men­­te tolerada) de un sistema de tenencia de la tierra semifeudal basado en los terratenientes, sino como la “perturbación de la tranquilidad pública”.



Si la intervención de indicios “sustituye sin cesar la copia pura y simple de los acontecimientos relatados por su sentido”,16 en un tex­to tan cargado de metonimias como el que discutimos antes, puede suponerse que lo hará en mayor grado en discursos que son predomi­nan­temente metafóricos. Esto debería resultar evidente en el Texto 2, donde el elemento de comentario, que nosotros sub­rayamos, sobrepasa ampliamente al de informe. Si este último se representa como una concatenación de tres secuencias funcionales, a saber, concentración de santales armados, alerta a las autoridades y ayuda militar­ solicitada, se puede ver cómo la primera de éstas ha sido separada del resto mediante la inserción de un gran trozo de material explicativo y cómo las otras también están envueltas y acordonadas por comentarios. Estos últimos están inspirados por el temor de que al ser Sreecond “el punto más cercano al lugar de reunión [...] será atacado pri­mero” y por supuesto “para nada es un buen panorama ser asesinado”. Ob­servemos, sin embargo, que este miedo se justifica “políticamente”, al imputarle a los santales una “intención [de] atacar [...] saquear [...] y [dar] muerte a todos los Europeos y Nativos influyentes” de manera que “uno de sus Dioses” en forma humana pudiera “reinar como Rey sobre toda esta parte de la India”. Así, este documento no es neutral en cuanto­ a su actitud hacia los acontecimientos presenciados y, al presentarse como una “evidencia” ante la corte de la historia, difícilmente podría­ es­pe­­rar­­se que testificara con imparcialidad. Todo lo contrario, es la voz del colonialismo comprometido. Ya ha hecho una elección entre el prospecto del autogobierno santal en Damin-i-Koh y la continuación­ del Raj bri­tá­ni­co e identifica lo que es pre­su­mi­ble­men­te bueno para la promoción­ de aquél como atemorizante y catastrófico, y para éste como “un asunto bastante serio”. Dicho en otras palabras, los indicios en este discurso —así como en el que discutimos antes— nos introducen a un código particular constituido de tal manera que para cada uno de sus signos­ tenemos un antónimo, un con­tra­men­sa­je, en otro código. Tomando prestada una representación binaria que Mao Tse-tung hizo fa­mo­sa,17­ la lectura “¡Es terrible!” para cualquier elemento en aquél debe sur­gir en éste como “¡Está muy bien!” para un elemento co­rres­pon­dien­­te y viceversa. A fin de poner este choque de códigos en forma gráfica, podemos ordenar los indicios que en los Textos 1 y 2 apa­re­cen­ en cursiva, en una matriz llamada “TERRIBLE” (de conformidad con el atributo adjetival de unidades de esta clase) de manera tal que indiquemos su correspondencia con los términos implícitos aunque no de clarados (presentados en redondas) de una matriz correspondiente llamada “MUY BIEN”.

Terrible Muy bien
Insurgentes campesinos

fanáticos puritanos islámicos

atrevidas y desenfrenadas atrocidades contra

  los Habitantes resistencia ante la opresión



desafío a la autoridad del Estado revuelta contra los zamindares

perturbación de la tranquilidad pública lucha por un orden mejor

intención [de] atacar, etc. intención de castigar a los opresores

uno de sus Dioses [ha de] reinar como Rey autogobierno santal

Lo que surge del juego entre estas dos matrices opuestas pero que se implican mutuamente, es que nuestros textos no son el registro­ de observaciones no contaminadas por sesgos, juicios y opiniones. Todo lo contrario, hablan de una complicidad total. Pues si de las expresiones de la columna de la derecha tomadas en conjunto podría decirse que representan la insurgencia, el código que contiene todos los significantes de la práctica subalterna de turning things upside down y la conciencia que la anima, entonces la otra columna debe representar lo opuesto, esto es, la con­tra­in­sur­gen­cia. El antago­nismo entre los dos es irreductible y no hay allí nada que deje lugar a la neutralidad. Por lo tanto, estos documentos no tienen sentido salvo en términos de un código de pacificación que, bajo el Raj, era un complejo de intervenciones coercitivas por parte del Estado y sus protégés, la élite nativa, con armas y palabras. Representativos del tipo primario de discurso en la his­to­rio­gra­fía de las revueltas campesinas, son especímenes de la prosa de la contrainsurgencia.

VI
¿En qué medida el discurso secundario participa también de este compromiso? ¿Acaso puede hablar en una prosa que no sea la de la contrainsurgencia? Las narraciones de esta categoría en las que sus autores figuran entre los protagonistas son, por supuesto, sospechosas casi por definición, y hay que reconocer la presencia en ellas de la primera persona gramatical como un signo de complicidad. El asunto, sin embargo, es si la falta de objetividad a cuenta de esto queda adecuadamente compensada gracias al uso consistente del aoristo en esos escritos. Pues tal como observa Benveniste, la expresión histórica admite tres variantes del tiempo pasado: el ao­ris­to, el imperfecto y el pluscuamperfecto y, por supuesto, el presente está completamente excluido.18 Y esta condición realmente la satisfacen los recuerdos que están separados de los acontecimientos en cuestión por un intervalo bastante grande. Lo que debe ave­ri­guar­se es hasta qué punto la fuerza del pretérito corrige el ses­go originado por la omisión de la tercera persona.

Las memorias de Mark Thornhill acerca del Motín nos pro­por­cio­­nan un texto en el que el autor rememora una serie de acon­te­ci­mien­­tos que él experimentó 27 años antes. “Los acontecimientos de esa época” se han “vuelto historia” y Thornhill pretende —como lo dice en el extracto citado antes— hacer una contribución “a esa his­to­ria”, produciendo así lo que hemos definido como un tipo par­ti­cu­lar de discurso secundario. La diferencia que el intervalo inscribe en el tex­to quizá se pueda captar mejor si lo comparamos con algunos ejemplos de discurso primario sobre el mismo tema que realizó el mismo­ autor. Dos de ellos19 podrían leerse juntos como un registro de su per­cep­ción de lo que sucedió en la estación sadar de Mathura y el campo­ circundante entre el 14 de mayo y el 3 de junio de 1857. Estas cartas, escritas por Thornhill cuando éste estaba investido con el birrete de magistrado de distrito y dirigidas a sus superiores —una el 5 de junio de 1857, esto es, a cuarenta y ocho horas de la fecha de término­ del periodo mencionado, y la otra el 10 de agosto de 1858, cuando to­da­vía los acontecimientos eran un recuerdo vívido de un pasado muy reciente—, tienen un espectro que coincide con el de la narración que abarca las mismas tres semanas, y que está en las primeras noventa pá­gi­nas de su libro, escrito casi tres decenios después cuando portaba­ el sombrero de historiador.

Ambas cartas tienen un carácter predominantemente me­to­ní­mi­co. Originadas casi en pleno desarrollo de la experiencia relatada,­ son necesariamente representaciones escorzadas, y mediante so­bre­co­ge­­doras secuencias le cuentan al lector algunos de los sucesos de ese ex­traordinario verano. El sintagma asume así una apariencia de ob­je­tividad, dejándole muy poco espacio al comentario. Sin embargo, otra vez una inspección más cercana nos permite ver cómo la soldadu­ra de las unidades funcionales resulta menos sólida que a primera vista. Engastados en ellas hay indicios que revelan las ansiedades del custodio local del orden público (“en general el estado del distri­to es tal que desafía todo control”; “la ley está parada”); sus miedos (“rumo­res muy alarmantes de la cercanía del ejército rebelde”); su desaproba­ción moral de las actividades de los aldeanos armados (“los alborotos­ en el distrito [...] aumentan [...] una enormidad”); su apreciación por contraste de los colaboradores nativos hostiles a los insurgentes ([...] “la casa de los Seths [...] nos recibió con mucha amabilidad”). Indicios como éstos son marcas de nacimiento ideológicas que se revelan eminentemente en gran parte de este tipo de material relativo a las revueltas campesinas. En verdad, si se toman junto con otros ras­­gos textuales relevantes —por ejemplo, el modo tan abrupto de expre­sar­se en estos documentos, tan revelador de la conmoción y el terror generados por la émeute— todos ellos ponen en evidencia que semejantes­ testimonios supuestamente “objetivos” de la militancia de las ma­sas rurales están teñidos desde su origen por el prejuicio y la pers­pec­ti­va partidaria de sus enemigos. El que los historiadores no logren percatarse de estos signos reveladores marcados con fuego en la materia­ prima de su oficio es un hecho que hay que explicar en términos de la óptica de una historiografía colonialista, más que interpretar en favor de la supuesta objetividad de sus “fuentes primarias”.

No hay nada inmediato o abrupto en el discurso secundario co­rres­pondiente. Por el contrario, incorporadas en éste hay diversas perspectivas que le dan una profundidad en el tiempo y, a partir de esta determinación temporal, su significado. Comparemos, por ejemplo, la narración de los acontecimientos en ambas ver­siones de cual­quier­ día —digamos, por ejemplo, el 14 de mayo de 1857 al preciso comienzo de nuestro periodo de tres semanas. Transcritos en un párrafo muy corto de 57 palabras en la carta de Thornhill del 10 de agosto de 1858, los sucesos pueden representarse en su totalidad mediante cuatro segmentos concisos, sin que se produzca ninguna pérdida significativa en el mensaje: se acercan los amotinados; informa­ ción recibida desde Gurgaon; confirmada por europeos al norte del distrito;­ mujeres y no combatientes enviados a Agra. Puesto que el relato co­mien­za, por razones prácticas, con esta entrada, no hay exordios que le sirvan de contexto, lo que le da a este despegue instantáneo el sen­ti­do, como ya señalamos, de una sorpresa total. En el libro, sin embar­go, ese mismo instante se presenta con un trasfondo que se extiende­ durante cuatro meses y medio, y en tres páginas (pp. 1-3). Este tiempo­ y espacio se dedican por completo a algunos detalles cuidadosamen­te escogidos de la vida y la experiencia del autor en el periodo que precede al Motín. Éstos son verdaderamente significativos. Como indicios, preparan al lector para lo que sigue y lo ayudan a comprender los sucesos del 14 de mayo y de los días posteriores, cuando dichos sucesos hacen su aparición en la narración en escenarios escalonados. Así, la misteriosa circulación de chapatis en enero y la silenciosa pero expresiva preocupación por el hermano del narrador, un alto oficial, respecto de un telegrama que se recibió en Agra el 12 de mayo y que recoge las noticias, aún no confirmadas, acerca del levantamiento Meerut, presagian los acontecimientos de dos días más tarde en el cuartel general de su propio distrito. Es más, la cu­rio­sa ­información acerca de su “gran ingreso y enorme autoridad”, su casa, caballos, sirvientes, “un cofre lleno de cubiertos­ de plata, que estaba en el vestíbulo y [...] una gran cantidad de chales­ de cashmir, perlas y diamantes” todo ayuda a señalar, por contraste,­ hacia el holocausto que pronto reduciría su autoridad a nada, y con­ver­ti­ría a sus sirvientes en rebeldes, a su casa en ruinas y a su pro­pie­dad­ en un botín para los saqueadores pobres del pueblo y del campo.­ Al anticipar de esta manera los acontecimientos narrados, aunque sea sólo por implicación, el discurso secundario destruye la entropía del primero, su materia prima. Por lo tanto, nada hay en el relato que pueda considerarse completamente inesperado.

Este efecto es obra de los llamados “shifters de organización”20 que ayudan al autor a superponer su propia temporalidad a la de sutema, esto es “a ‘descronologizar’ el ‘hilo histórico’ y a restituir, aun­que­ más no fuera por reminiscencia o nostalgia, un tiempo complejo, paramétrico, no lineal [...] [El historiador agrega] al devanamiento crónico (cronológico) de los sucesos, referencias al tiempo específico de su plabra”. En el presente ejemplo el “agregado” consiste no sólo en ajustar un contexto evocativo a la escueta secuencia relatada en el corto párrafo de la carta de Thornhill. Los shifters interrumpen el sintagma dos veces y en ambas ocasiones insertan en la ruptura un momento de tiempo del autor suspendido entre los dos polos de una “espera”, una figura perfectamente constituida para permitir el juego de las digresiones, los apartes y paréntesis que forman huecos y zigzags en una línea histórica y aumentan, por lo tanto, su profundidad. Así, a la espera de noticias acerca de los mo­vi­mientos de los amotinados, el autor reflexiona sobre la paz de la tarde en la estación sadar y se aparta de su relato para decirnos, en una violación del canon historiográfico del tiempo y la persona gra­ma­tical: “La escena era simple y llena del reposo de la vida oriental. En los tiempos que siguieron, solía regresar a mi memoria.” Y, otra vez, cuando después esperaba el transporte que sacaría a los eva­cua­dos­ reunidos en su sala, él se separa de esa noche particular durante unas pocas palabras para comentar: “Era un hermoso cuarto, brillan­te­mente iluminado, alegre con las flores. Fue la última vez que lo vi así, y de esa manera permanece impreso en mi memoria.”

¿Hasta dónde la actividad de estos shifters ayuda a corregir los sesgos resultantes de la intervención del escritor en primera persona? No mucho, por lo que pudimos ver. Pues cada uno de los indicios metidos como cuñas en la narración representa una selección hecha según sus principios entre los términos de una oposición­ paradigmática. Entre la autoridad del jefe de distrito y el desafío de ésta por parte de las masas armadas, entre el servilismo habitual de sus criados y su afirmación de autorrespeto en cuanto rebeldes, entre las insignias de su riqueza y poder (por ejemplo, oro, caballos, chales,­ bungalow) y la apropiación y destrucción de éstas por parte de las multitudes subalternas, el autor, apenas diferenciado del administra­dor que era 27 años antes, escoge con­sis­ten­te­men­te lo primero. La nostalgia hace que la selección sea aún más elocuente: un recuerdo de lo que se considera “muy bien”, tal como un pacífico atardecer o un elegante salón, resalta por contraste los aspectos “terribles” de la violencia popular dirigida contra el Raj. Resulta muy claro que hay una lógica en esta preferencia. Ésta se afirma mediante la negación de una serie de inversiones que, combinadas con otros signos del mismo orden, constituyen un código de insurgencia. El patrón de la elección del historiador, idéntico al del magistrado, se conforma así a un contracódigo, el código de la contrainsurgencia.



VII
Si el efecto neutralizante del aoristo no logra prevalecer sobre la sub­je­ti­vi­dad del protagonista como narrador en este género particu­lar de discurso secundario, ¿en qué condiciones queda el equilibrio de tiempo y persona en el otro tipo de escritura dentro de la misma categoría? Aquí podemos ver en funcionamiento a dos tipos distintos­ de lenguaje, ambos identificados con el punto de vista del colonialis­mo, pero diferentes entre sí en cuanto a cómo expresarlo. La variedad­ más burda está bien ejemplificada en The Chuar Rebellion of 1799, de J. C. Price. Escrito en 1874, mucho después de los acontecimientos, obviamente fue concebido por el autor, funcionario del recatastro en Midnapur en ese entonces, para que sirviera como un relato histórico directo, sin ninguna finalidad administrativa en mente. Lo dirigió al “lector común” así como a cualquier “futuro Recaudador­ de Midnapore”, con la esperanza de compartir con ambos “ese agudo­ interés que he sentido al leer los antiguos archivos de Midnapore”.21 Pero “el deleite [...] experimentado al verter estos papeles” , del que nos habla el autor, parece haber producido un texto casi indistingui­ble del discurso primario que le sirve de fuente. Este último, para em­pe­zar, es llamativo por su pura presencia física. Más de una quinta­ par­te de la mitad del libro que trata específicamente de los acon­­te­­cimien­tos de 1799, está formada por citas directas de aquellos archivos­ y otra gran parte de extractos apenas modificados. Lo más importan­te para nosotros, sin embargo, es la evidencia de cómo el autor identi­fi­­ca sus propios sentimientos con los de ese pequeño grupo de blan­cos­ que estaba recogiendo las tempestades producidas por los vientos­ de un cambio violentamente disruptivo que el gobierno de la EastIndia Com­pa­ny había sembrado en el extremo sudoccidental de Bengala. Sólo que, setenta y cinco años más tarde, el miedo de los funcionarios­ sitiados de la estación de Midnapur en 1799 se convierte en ese odio genocida característico de un género de escritura británica posterior­ al Motín.­ “La aversión de las autoridades, civiles o militares, para proceder en persona a ayudar a sofocar los disturbios es muy sorpren­dente”, es­cri­be Price para vergüenza de sus compatriotas, y enseguida se jacta:
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