La prosa de la contrainsurgencia



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LA PROSA DE LA CONTRAINSURGENCIA1


Ranajit Guha

Universidad Nacional de Australia

I
Bajo el Raj, cuando un campesino se rebelaba en cualquier tiempo o lugar, lo hacía necesaria y explícitamente violando una serie de có­di­gos que definían su propia existencia como miembro de aquella sociedad colonial, y aún en gran medida semifeudal, pues su con­di­ción subalterna se materializaba en la estructura de la propiedad y era institucionalizada por la ley, santificada por la religión y hecha tolerable —e incluso deseable— por la tradición. De hecho, re­be­lar­se significaba destruir muchos de estos signos familiares que este campesino había aprendido a leer y manipular para extraerle un significado al duro mundo que lo rodeaba y poder aceptarlo. Bajo estas condiciones, el riesgo que se corría al turn things upside down2 realmente era tan grande que el campesino difícilmente emprendería semejante proyecto impensadamente.

En las fuentes primarias de evidencia histórica nada hay que plantee algo diferente a lo anterior. Dichas fuentes des­mien­ten el mito, vendido con tanta frecuencia por escritos irresponsables e impresionistas sobre el tema, según el cual las insurrecciones­ campesinas eran asuntos puramente espontáneos y no premeditados. La verdad es bastante distinta. Sería difícil citar una sola revuelta­ de alguna escala significativa que de hecho no haya estado pre­ce­di­da­ sea por tipos de movilización menos militantes —cuando se habían tratado otros medios y no habían dado resultados—, sea por delibera­ciones entre sus jefes para sopesar seriamente los pros y los contras de recurrir en algún momento a las armas. En acontecimientos tan diferentes unos de otros en cuanto al contexto, el carácter y la composición de los participantes, tales como el dhing de Rangpur contra­ Debi Sinha (1783), el bidroha de Barasat dirigido por Titu Mir (1831), el hool santal (1855) y el “Motín azul” de 1860, en cada caso los protagonistas habían utilizado peticiones, de­le­ga­cio­nes y otras formas de súplica antes de declararle realmente la guerra a sus opresores.3 Es más, las rebeliones de los kol (1823), los santal y los munda (1899-1900) así como el dhing de Rangpur y las jacqueries (rebeliones campesinas) en los distritos de Alla­ha­bad y Ghazipur durante la Rebelión de los cipayos de 1857-1858 (para citar sólo dos de los muchos ejemplos en esa notable serie) fueron iniciados todos tras consultas planificadas y en algunos ca­sos prolongadas entre los representantes de las masas campesinas locales.4 A decir verdad apenas si existe algún ejemplo de que el campesinado —ya fueran los pruden­tes y francos aldeanos de las planicies o los supuestamente más impre­vi­sibles adivasis de las regiones de tierras altas— se haya rebelado por casualidad o llevado por la corriente. Ellos te­nían dema­sia­do en juego y no iban a lanzarse a la rebelión excepto­ como una manera deliberada, aunque fuera desesperada, de salir de una exis­ten­cia intolerable. Dicho en otras palabras, la insurgencia fue una empresa motivada y consciente llevada a cabo por las masas rurales.­

Esta conciencia, no obstante, parece haber recibido poca aten­ción­ en lo que se ha escrito sobre el tema. La historiografía se ha contenta­do con tratar al campesino rebelde sólo como una persona o miem­bro­­ empírico de una clase, pero no como una entidad cuya voluntad y razón configuraron la praxis llamada rebelión. En la mayor parte de las narraciones, esta omisión de hecho está teñida por metáforas que asimilan las revueltas campesinas a los fenómenos naturales: estallan­ como tormentas llenas de truenos, se sacuden como terremotos, cun­den como los incendios, infectan como las epidemias. Dicho en otras palabras, cuando el proverbial hombre de la tierra se revuelve, se trata de un asunto que hay que explicar en términos de la historia natural. Incluso cuando esta historiografía se ve orillada a presentar­ una explicación en términos digamos más humanos, lo hará dando por sentada una identidad entre naturaleza y cultura, el sello, supuestamen­te, de un estado muy bajo de civilización que se ejem­plifica en “aquellos­ estallidos periódicos de crimen y desorden de que son presa todas las tribus salvajes”, como dijo el primer historiador de la rebelión chuar.5 De manera alternada se busca una explicación mediante una enumeración de las causas —por ejemplo, factores­ de privación política y económica que para nada se relacionan con la conciencia del campesino o lo hacen de manera negativa— que desencadenaron la rebelión como una especie de acción refleja; esto es, como una respuesta instintiva y casi mecánica a sufrimientos físicos de algún­ tipo (por ejemplo, el hambre, la tortura, el trabajo forzado, etc.) o como una reacción pasiva frente a alguna iniciativa de su enemigo su­per­or­di­na­do. En ambos casos, la insurgencia se considera como externa­ a la conciencia del campesino y hace que la Causa sustituya a la Razón (o sea la lógica de esa conciencia) como un fantasma vicario.

II
¿Cómo llegó la historiografía a tener esta ceguera tan particular y por qué nunca ha encontrado una cura? En busca de una respuesta podríamos comenzar por mirar de cerca sus elementos constitutivos y examinar los cortes, costuras y puntadas —aquellas marcas de remiendo— que nos hablan acerca del material del cual está hecha y la forma en que este material impregnó el tejido de la escritura.

El corpus de la escritura histórica sobre la insurgencia campesina en la India colonial se compone de tres tipos de discursos. Éstos pueden describirse como primarios, secundarios y terciarios, según su orden de aparición en el tiempo y su filiación. Cada uno de ellos se diferencia de los demás por el grado de identificación formal o reconocida (en oposición a real o tácita) con un punto de vista oficial, por la medida de su distancia respecto al suceso al que se refiere y por la relación de los componentes distributivos y de integración en su narración.

Para comenzar con el discurso primario, digamos que éste tiene casi sin excepción un carácter oficial, en el sentido amplio del térmi­no. Esto es, proviene no sólo de burócratas, soldados, detecti­ves­ y de­más personas directamente empleadas por el gobierno, sino también de aquéllos pertenecientes al sector no oficial que tenían una relación sim­bió­ti­ca con el Raj, como colonos, misioneros, co­mer­­cian­­tes, técnicos, etc., entre los blancos, y terratenientes, pres­ta­mis­tas,­ etc., entre los nativos. También era oficial en la medida en que estaba­ destinado prin­ci­­pal­men­­te al uso administrativo: para proporcionar información al go­bier­­no,­ para la realización de acciones por parte de éste y para la de­ter­mi­na­ción­ de sus políticas. Incluso cuando incorporaba declaraciones emanadas del “otro lado”, de los insurgentes o de sus aliados, por ejemplo­ —como so­lía hacerlo por medio­ de informes directos o indirectos en el cuer­po de la co­rres­pon­den­cia­ oficial o incluso por lo común como “do­cumentos anexos” a esta última—, esto sólo se hacía como parte de un argumento suscitado por los intereses de los administra­dores. Dicho de otro modo, cual­quie­ra que fuera su forma parti­cu­lar —y en realidad existía una varie­dad asombrosa que iba desde la carta introductoria, el telegrama, el despacho y el comunicado oficial hasta el sumario, el informe, el juicio y la proclamación definitivos— su producción y circula­ción estaban supeditadas necesariamente a las razones de Estado.

Otro de los rasgos distintivos de este tipo de discurso es, sin em­bargo, su inmediatez. Esto se derivaba de dos condiciones: prime­ro, que las declaraciones de esta clase se escribían al mismo tiempo o poco después del acontecimiento y, segundo, que esto lo hacían los participantes implicados, definiéndose como “participa­nte”, para este propósito, en el sentido amplio de un con­tem­po­rá­neo­ implicado­ en el acontecimiento, sea en la acción o indirectamente como especta­dor. Esto excluiría, por supuesto, aquel género de escritura retrospec­tiva en la que, como en algunas memorias, el acon­te­ci­mien­­to­ y su recuerdo se encuentran separados por un intervalo considera­ble,­ pero que aun así deja una documentación ma­si­va —“fuentes pri­ma­rias”, como se conocen en el oficio— para hablarle al historiador con una especie de voz ancestral y hacerlo sentir cercano a su tema.

Los dos especímenes que se citan enseguida son claramente representativos de este tipo. Uno de ellos se relaciona con el levantamiento de Barasat de 1831 y el otro con la rebelión santal de 1855.

Texto 16
Al General Ayudante Delegado del Ejército
Señor,
Habiendo llegado al gobierno información auténtica de que un cuerpo de In­sur­gen­tes Fanáticos está cometiendo en la actualidad las más atrevidas­ y desenfrenadas atrocidades contra los Habitantes de la Región en las ve­cin­dades de Tippy en la Magistratura de Baraset y que ha desafia­do y re­pe­li­do la fuerza más poderosa que la Autoridad Civil local pudo reunir para aprehenderlos, por órdenes del Honorable Vice Pre­si­dente en el Consejo solicito de usted que Comunique sin tardanza al Oficial General que Comanda la División de la Presidencia las órde­nes­ del Gobierno para que un Batallón Completo de la Infantería Nativa de Ba­rrack­pore y dos cañones de seis equipados con los cum­pli­­­dos [sic] ne­ce­sa­rios de Go­lun­da­ze desde Dum Dum, todo bajo el Mando de un Oficial de Campo de buen juicio y con capacidad de de­ci­sión,­­­­ reciba in­­me­­dia­­ta­­men­­te la orden de encaminarse a Baraset, donde se le uni­rán 1 Havildar y 12 Soldados de Caballería del 3er. Re­­gimiento de Ca­ba­lle­ría Ligera, que actualmente constituyen la es­colta del Honorable el Vi­ce Pre­­si­­den­­te.

2o. El Magistrado se encontrará con el Oficial al Mando del Des­­ta­­ca­­men­­to en Barraset y suministrará la información necesaria para instruirlo respecto de la posición de los Insurgentes; pero sin tener ninguna autoridad para interferir en las operaciones Militares­ que el Oficial al Mando de los Destacamentos juzgue convenientes, para el propósito de expulsar o atrapar o en caso de resistencia destruir a aquellos que per­se­ve­ren en su desafío a la autoridad del Estado y en la perturbación de la tranquilidad pública.

3o. Se concluye que el servicio no será de una naturaleza prolongada tal que requiera un suministro mayor de las municiones que quepan en las Cartucheras y en dos Carretas de Artillería para las Armas, y que no habrá dificultades respecto del acarreo. En caso contrario cualquier ayuda necesaria será suministrada.

4o. Se darán instrucciones al Magistrado para que dé toda la ayuda posible en cuanto a los suministros y otros requerimientos para las Tropas.

Cámara del Consejo Su humilde, etc.
10 de noviembre de l83l (Firmado) Wm. Casement Cor.
Secret. del Dpto. Milit. del Gob.


Texto 27
De Señor Don W.C. Taylor.
A Señor Don F.S. Mudge.
Fechada el 7 de julio de 1855
Mi querido Mudge,
Hay una gran concentración de Santales 4 o 5 mil hombres en un lugar situado a unas 8 millas y estoy enterado de que están bien armados con Arcos y flechas, Tulwars, Lanzas, etc. y que es su intención­ atacar a todos los Europeos de los alrededores y saquearlos y asesinarlos. La causa de todo esto es que uno de sus Dioses supuestamente ha Encarnado y ha hecho su aparición en algún lugar cercano a éste, y que su intención es reinar como Rey sobre toda esta parte de la India, y ha ordenado a los santales que junten y den muerte a todos los Europeos y Nativos influyentes­ de los alrededores. Como éste es el punto más cercano al lugar de reunión supongo que será ata­ca­do primero y pienso que lo mejor que puedes hacer es que les avises a las autoridades en Berhampore y pidas ayuda­ militar puesto que para nada es un buen panorama ser asesinado y en la medida de lo que puedo ver éste es un asunto bastante serio.

Sreecond Tuyo etc.


7 de julio de 1855 /Firmado/ W. C. Taylor

Nada podría ser más inmediato que estos textos. Escritos en cuanto estos acontecimientos fueron reconocidos como rebeliones­ por aquellos que más los temían, se encuentran entre los pri­me­rí­si­mos in­for­mes con los que contamos sobre dichos acontecimientos en las colecciones de la India Office Library y en los Archivos del Estado de Bengala Occidental. Como lo revela la evidencia del bi­dro­ha de 1831,8 no fue sino hasta el 10 de noviembre cuando las autoridades de Calcuta llegaron a reconocer la violencia de la que se informaba desde la región de Barasat por lo que era: una insurrección hecha y derecha encabezada por Titu Mir y sus hombres. La carta del coronel­ Casement nos marca el momento en que el hasta entonces desconoci­do dirigente de un campesinado local entró en liza con el Raj y con ello se abrió camino en la historia. La fecha del otro documento también rememora un comienzo: el del hool santal. Fue ese mismo día, el 7 de julio de 1855, cuando el asesinato del daroga [jefe de policía] Mahesh, a raíz de un encuentro entre su policía y los campesinos reunidos en Bhagnadihi, hizo estallar el le­van­ta­mien­to. El informe fue tan elocuente que recogió esa nota escrita por un empleado europeo del Ferrocarril de la India Oriental con evidente alarma en Sreecond, por el bien de su colega y del sarkar [gobierno colonial]. Es más, éstas son palabras que trasmiten de la manera más directa posible el impacto que tiene una revuelta campesina sobre sus enemigos durante sus primeras horas sanguinarias.

III
Nada de esta instantaneidad se filtra al siguiente nivel: el del dis­cur­so secundario. Éste utiliza el discurso primario como ma­té­riel, pero al mismo tiempo lo transforma. Para contrastar los dos tipos de discursos podríamos pensar en éste como una his­to­rio­grafía en bruto, en un estado primordial, o como un embrión que aún no se ha articulado en un organismo con miembros diferen­cia­dos, y en aquél como el producto procesado, por más crudo­ que sea ese procesamiento, un discurso debidamente constituido aunque en su infancia.

Resulta bastante obvio que la diferencia está en función del tiem­po.­­ En la cronología de este corpus en particular, el discurso secunda­rio­ sigue al primario a cierta distancia y abre la perspectiva de transformar un acontecimiento en historia, en la percepción no sólo de los que están afuera sino también de los participantes. Fue así como Mark Thornhill, magistrado de Mathura durante el verano de 1857 cuando­ un motín de la Guardia del Tesoro provocó le­van­ta­mien­tos cam­pe­si­nos­ por todo el distrito, habría de reflexionar sobre la condición alterada de su propia narración, en la que él mismo figuraba como protagonista. En la introducción a sus co­no­ci­das memorias, The Perso­nal Adventures And Experiences Of A Magistrate During The Rise, Progress, And Suppresion Of The Indian Mutiny, publicadas en Londres en 1884, escribió veintisiete años después del acontecimiento:


Luego de la supresión del Motín Indio, comencé a escribir un relato de mis aventuras [...] para el momento en que terminé mi narración, el interés del pú­bli­co por el tema ya se había agotado. Desde entonces han pasado años y ha surgido un interés de otra índole. Los acontecimientos de esa época se han vuelto historia, y es a esa historia a la que podría contribuir­ mi relato [...] Por ello he decidido publicar mi narración [...]
Despojado de contemporaneidad, un discurso se recupera así como un elemento del pasado y se clasifica como historia. Este cambio, tanto de aspecto como de categoría, lo sitúa en la intersección misma­ entre el colonialismo y la historiografía, dotándolo de un carácter dual que está ligado, al mismo tiempo, al sistema de poder y a la manera particular de su representación.

Su autoría es en sí misma testigo de esta intersección, y Thornhill no fue de ninguna manera el único administrador metido a historiador. De hecho, él fue uno de los muchos funcionarios, civiles y militares, que escribió en retrospectiva sobre los disturbios po­pu­la­res­ en la India rural bajo el Raj. Tomadas en su conjunto, esas de­cla­ra­cio­nes entran en dos clases. Primero estaban aquellas que se basaban­ en la propia experiencia de los escritores como participantes. Siendo recuerdos de algún tipo, estas declaraciones se escribieron, bien con un considerable retraso respecto de los acontecimientos narrados,­ o bien casi al mismo tiempo que éstos se pro­du­cían, pero a diferencia del discurso primario estaban orientados hacia un público lector.­ Esta última distinción tan importante revela cómo la mentalidad colonialista se las arreglaba para cumplirle a Clío y a la con­tra­in­sur­gen­cia al mismo tiempo, de manera que la supuesta neutralidad de aquélla difícilmente habría permanecido sin ser afectada por la pa­sión­ de ésta, un punto al que pronto regresaremos. La literatura sobre el Motín que se ocupa de la vio­len­cia del campesinado (es­pe­cial­­mente en las provincias noroccidentales y en la India Central) tanto como de la de los ci­pa­yos, es pródiga en reminiscencias de ambos tipos. Relatos escritos casi al mismo tiempo que los sucesos, tales como Service and Adven­ture with Khakee Ressallah or Meerut Vo­lun­teer Horse during the Mu­ti­nies of 1857—58 (Londres, 1858) de Dunlop, y Personal Adventures dur­ing the Indian Rebellion in Rohilcund, Fu­tteh­ghur, and Oudh (Londres, 1858) de Edwards, para mencionar sólo dos de una vasta cosecha destinada a alimentar a un público que no se har­ta­ba de tales cuentos de horror y gloria, alcanzaban el mismo nivel de narraciones como la de Thornhill, escritas mucho tiempo­ después de los acontecimientos.

La otra clase de escritos que clasifica como discurso secundario es el trabajo de los administradores. También ellos se dirigían a un lector predominantemente no oficial pero sobre temas que no es­ta­ban­ ligados en forma directa a su experiencia. Su trabajo incluye algunos de los relatos de más amplio uso y tenidos en mayor estima sobre los levantamientos campesinos, escritos como mo­no­gra­fías acerca de acontecimientos particulares —como los de Jamini Mohan Ghosh acerca de los disturbios de los sannyasi y los faquires y los de J.C. Price sobre la rebelión chuar— o como declaraciones incluidas en historias más abarcadoras como la de W. W. Hunter sobre el hool santal en The Annals of Rural Bengal. Aparte de éstos, hubo las distin­guidas contribuciones que hicieron algunas de las mejores mentes del Servicio Civil a los capítulos históricos de las District Gazetteers. Tomados en su conjunto, éstos constituyen un cuerpo sustancial de escritos que gozan de mucha autoridad entre los estudiosos del tema, y casi no existe ninguna his­to­rio­gra­fía en el siguiente nivel, el discurso ter­cia­rio,­ que no se apoye en ellos.

El prestigio de este género se debe, en no poca medida, al aura de imparcialidad que lo rodea. Al mantener con firmeza su na­rra­ción­ fuera de los límites de la participación personal, estos autores lo­gra­ron­ conferirle a aquélla, si bien sólo por implicación, una apa­rien­cia­ de verdad. Como funcionarios, ellos eran sin duda los portadores de la voluntad del Estado. Pero como escribieron acerca de un pasado en el que no figuraron como funcionarios, se con­si­de­ra que sus afir­ma­cio­nes son más auténticas y menos ses­ga­das que las de sus ho­mó­lo­gos cuyos relatos, basados en recuerdos, estaban necesariamente contaminados por su intervención en los conflictos rurales como agentes del Raj. Al contrastar ambas posturas, se cree que aquéllos se acercaron desde afuera a los acontecimientos narrados. Como observadores separados clínicamente del sitio y tema del diagnóstico,­ se supone que ellos encontraron para su discurso un nicho en aquel reino de neutralidad perfecta —el reino de la Historia— sobre el cual presiden el Aoristo y la Tercera Persona.

IV
¿Cuán válida es esta pretensión de neutralidad? Una respuesta sería que no podemos dar por sentado ningún sesgo en esta clase de obra histórica por el simple hecho de originarse en autores compro­metidos con el colonialismo. Considerar eso evidente sería negarle a la historiografía la posibilidad de reconocer sus propias insuficiencias, traicionando así el propósito de este ejercicio. De lo que sigue debería resultar claro que es precisamente por negarse a probar­ lo que parece obvio, que los historiadores de la insurgencia campesina permanecen entrampados... en lo obvio. La crítica, por lo tanto, no debe empezar por nombrar un sesgo sino por un examen de los componentes del discurso, vehículo de toda ideología, en busca de la manera en la que esos componentes se podrían haber combinado para describir cualquier figura particular del pasado.

A los componentes de ambos tipos de discurso y a sus va­rian­tes­ que hemos examinado llamaremos segmentos. Constituidos­ por el mismo material linguístico, esto es, ristras de palabras de lon­­gi­­tud variable, conforman dos tipos que, de acuerdo con su función,­ podrían designarse como indicativos e in­ter­pre­ta­ti­vos. Esta diferencia­ción burda está destinada a asignarles dentro de un texto dado el papel respectivo de informar y explicar. Sin embargo, esto no implica su segregación mutua. Por el contrario, suelen encontrarse empotrados el uno en el otro, no sólo de hecho sino por necesidad.

En los Textos 1 y 2 podemos ver cómo funciona esa imbricación. En ambos la letra redonda corresponde a los segmentos indicativos y la cursiva a los interpretativos. Presentados sin seguir ningún patrón particular en cada una de estas cartas, se interpenetran y sustentan mutuamente a fin de darle a los documentos su significado, y en el pro­ce­so dotan a algunas de las ristras de palabras de una ambigüedad­ que se pierde inevitablemente en esta forma par­ti­cu­lar de representa­ción tipográfica. Sin embargo, el tosco esbozo de una división de fun­cio­nes entre ambas clases surge incluso de este esquema: los seg­men­­tos indicativos establecen (esto es, informan) las acciones reales y previstas de los rebeldes y sus enemigos, y los interpretativos las comentan a fin de comprender (esto es, explicar) su significado.

La diferencia entre ellos corresponde a la que existe entre los dos componentes básicos de cualquier discurso histórico que, según la terminología de Roland Barthes, llamaremos funciones e indicios.9 Los primeros son segmentos que configuran la secuencia lineal de una narración. Al ser contiguos, funcionan en una relación de so­li­da­ridad,­ en el sentido de que se implican mutuamente y se suman a ris­tras cada vez más largas que se combinan para producir el enunciado­ agregativo. Este último podría considerarse así como una suma de microsecuencias a cada una de las cuales, independientemente de su importancia, sería posible asignarle un nombre mediante una operación metalinguística empleando términos que podrían pertenecer­ o no al texto que se estudia. Fue así como Bremond, siguiendo a Propp, nombró las funciones de un cuento popular como Fraude, Traición, Lucha, Contrato, etcétera, y Barthes designó las funciones de un acto tri­vial como el de ofrecer un cigarrillo, en una novela de James Bond, como ofrecimiento, aceptación, encendido y fumado. Quizá se podría seguir la pauta de este procedimiento para definir un enunciado histórico como un discurso con un nombre que incluye un número dado de secuencias nombradas. Así sería posible hablar de una narra­ción hipotética llamada “La insurrección de Titu Mir”, constituida por cierto número de secuencias que incluye el Texto 1 citado arriba.

Démosle a este documento un nombre y llamémoslo, por ejem­plo,­ Actas del Consejo de Calcuta. (Alternativas como Estallido de Vio­len­­cia o Llamado al Ejército también deberían bastar y ser analizables en términos que corresponden, aunque no sean idénticos, a los que siguen.) En términos amplios, el mensaje Actas del Consejo de Cal­cu­ta (C) en nuestro texto se puede leer como una combinación de dos grupos de secuencias llamadas alarma (a) e intervención (b), cada uno de los cuales está constituido por un par de segumentos: el primero por la insurrección estalla (a’) e información recibida (a’’) y el segundo por decisión de llamar al ejército (b’) y orden despachada (b’’), donde uno de los constituyentes de cada par está a su vez representado por otra serie ligada: (a’) por atrocidades cometidas (a1) y desafío a la autoridad (a2), y (b’’) por infantería para proceder (b1), artillería para apoyar (b2), y magistrado para cooperar (b3). En otras palabras, en este documento la narración se puede transcribir en tres pasos equivalentes de manera que:

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