La poesía lírica española del siglo XX. La lírica del S. XX hasta 1939



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La poesía lírica española del siglo XX.
1. La lírica del S. XX hasta 1939.
La poesía del s. XX arranca con el Modernismo, el movimiento literario encabezado por el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Cuando Darío publica sus dos primeros libros modernistas (Azul, de 1888), la lírica española e hispanoamericana ya había comenzado la superación de la poesía decimonónica, tanto de la lírica efectista y superficial del Romanticismo (Zorilla) como del didactismo y prosaísmo de los realistas (Campoamor).

Darío fue capaz de crear un lenguaje poético nuevo, es decir, construir un nuevo ideal de belleza y sensibilidad poética tanto en los temas como en las formas. La estética modernista, que tiene su origen en Francia con el Simbolismo y con la norma artística de “El Arte por el Arte” del Parnasianismo (Baudelaire y Verlaine), defiende que la poesía (hermosura e imaginación) supera a la vida (fealdad y vulgaridad), y que su finalidad es crear, por medio de palabras y el ritmo musical, un mundo de ideas, sentimientos y estados de ánimos radicalmente opuesto (separado y superior) al lenguaje ordinario y a las experiencias comunes de nuestra vida.

Junto al modernismo canónico de princesas, cisnes, exotismo y objetos decorativos, existió otro modernismo de introspección y dolor existencial que trata temas como el miedo o la angustia ante el misterio de la muerte y el paso del tiempo (la juventud pasajera, la insatisfacción vital, etc.) y en donde surgen dos estados de ánimo dominantes, la melancolía y el tedio, que se mezclan con lo irracional (lo misterioso, lo mágico, lo onírico). La impresión que nos queda de este intimismo modernista es que el poeta es un ser de voluntad enfermiza, desvalido, inadaptado. La noche, el crepúsculo y el otoño son símbolos poéticos que resumen estos sentimientos. Esta segunda línea, que ya encontramos en el libro de madurez de R. Darío, Cantos de vida y esperanza (1905), es la que tuvo más influencia en los poetas españoles.

El impacto modernista en la poesía española fue extraordinario. Jóvenes poetas como Villaespesa, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Manuel y Antonio Machado (considerado como el poeta del grupo del 98) escriben sus primeros libros dentro de la nueva estética. Sin embargo, fueron sólo tres de ellos, Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, los que lograron superar el Modernismo en busca de una expresión poética más rica y profunda. Los tres desconfiaban de los excesos modernistas (la musicalidad, la artificiosidad, lo ornamental, la evasión, etc.) y los dos últimos prefirieron conciliar en sus poemas los logros del nuevo estilo con el lirismo sencillo e intimista de tradición becqueriana.

Un tono melancólico, desengañado y triste domina el primer libro, todavía modernista (Soledades. Galerías. Otros poemas, 1907) de A. Machado. Se trata de una obra profundamente subjetiva en la que la realidad exterior (plásticamente reflejada mediante símbolos diversos: la tarde, la fuente, el reloj, el camino, la noria, el parque) establece correspondencias emocionales con el mundo interior del poeta, de ahí que con frecuencia estos elementos de la naturaleza se conviertan en sus interlocutores imaginarios. El tiempo, el sueño y el recuerdo son algunos de los temas más reiterados en este libro.

Sin embargo, es en su segundo libro, Campos de Castilla (1912), donde Machado ofrece un modelo alternativo al Modernismo que consiste en abandonar la impostura del sentimentalismo anterior y optar por una intimidad abierta a lo exterior y sensible a los problemas socio-políticos. Aparecen así la meditación y la crítica social, que lo aproximan a los temas que los prosistas del 98 (Azorín, Unamuno, Baroja, etc) habían puesto en circulación a partir de la crisis colonial. El paisaje y las gentes de Castilla le sirven unas veces para la reflexión crítica sobre el pasado, presente y futuro de España, de rasgos regeneracionistas; y otras veces para realizar una idealización lírica del paisaje en la que también está presente el dolor por la muerte de su joven esposa, Leonor. El resto de la obra de Machado, desde 1917 (ej. Nuevas canciones), supone un intento, no siempre feliz, por conseguir un lirismo del pensamiento, una poesía sencilla, seca y breve, donde la meditación casi filosófica destaca sobre la atención a la realidad externa.

Por su parte, la poesía de Juan Ramón Jiménez (que fue para sus contemporáneos, junto con la de Darío, la más influyente de comienzos de siglo hasta los años 20) puede considerarse como una obra unitaria que va atravesando sucesivos momentos. En su juventud estuvo vinculado a un Modernismo de carácter intimista de fuerte impronta becqueriana, para después derivar hacia una poesía que él llamó ‘pura’, plenamente adscrita a las corrientes vanguardistas de los años 20. En su etapa modernista destacan los temas de la insatisfacción, la melancolía y las penas de amor, situados en un mundo de visiones nocturnas y sombrías. En esta fase empleó la métrica de tradición popular y un vocabulario deliberadamente sencillo; un poco después, y dentro todavía de la estética modernista, cultivó los mismos temas pero ahora con una métrica más sonora y con un lenguaje más brillante y extrañador.

No obstante, será con el libro Diario de un poeta recién casado (1916), donde J. Ramón rompe definitivamente con el Modernismo y propone una poesía donde se alcance la emoción a través de las sugerencias conceptuales y la alusión metapoética, superando así lo superficialmente sentimental y lo sensorial. Denominó a esta poesía ‘pura’, o de la pureza, para subrayar que su intención era crear un lirismo de palabras exactas que dejara de lado lo anecdótico, lo superfluo y lo artificioso. La consecuencia fue un tipo de poema breve, esencial en la forma pero de gran complejidad conceptual. Esta línea poética es la que predominará, con variantes, en toda su obra de madurez.

En la década de 1920 ya está en marcha el segundo gran movimiento de renovación poética del siglo, la Generación del 27, la cual sintetiza las corrientes vanguardistas que irrumpen en nuestra literatura (procedentes de Europa) entre los años 18 y 23. Las dos que más aceptación tuvieron en España fueron el Ultraísmo (Ramón Gómez de la Serna y Guillermo de Torre) y el Creacionismo (Vicente Huidobro), ambas paralelas a otras tendencias europeas de enorme importancia como el Dadaísmo (Tristan Tzara), el Futurismo italiano (Marinetti) y soviético (Mayakovski), el Expresionismo (Bertold Brecht), el Cubismo Apollinaire) y, sobre todo, el Surrealismo (André Breton y Louis Aragon).

Los poetas vanguardistas pretendieron huir de lo sentimental y del intimismo y potenciaron el humor y el carácter lúdico y experimental de la creación poética. Para ellos era esencial buscar lo nuevo y lo audaz, de modo que convierten la metáfora y la imagen en el eje del poema. Los textos están formados con frecuencia por superposiciones de imágenes, a veces carentes de todo sentido lógico. Especial relevancia cobra la colocación visual de la palabra en el página en blanco, de manera que, en ocasiones, se juega con la tipografía y la disposición versal para conseguir curiosos y chocantes efectos visuales. También introducen en los poemas motivos procedentes del mundo moderno (la gran ciudad, las fábricas, los rascacielos, el cine, los deportes, los automóviles o los aeroplanos).

La Generación del 27 está compuesta esencialmente por Pedro Salinas, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego y Dámaso Alonso (otros autores serían Bergamín, Altolaguirre, Miguel Hernández, etc). Formaban un grupo de amigos que vivó un momento histórico de enorme apertura y avance cultural de España (1920-1939). Todos tenían una sólida formación universitaria, colaboraron en las mismas revistas poéticas (ej. Litoral de Málaga); y muchos de ellos (Lorca, Alberti, D. Alonso, el pintor Dalí, el cineasta Buñuel) estuvieron vinculados a la “Residencia de Estudiantes”, centro impulsor y difusor de las novedades culturales europeas en el país.

Su concepción poética presenta ciertos rasgos comunes dentro de la variedad de estilos individuales: a) su obra evoluciona desde la pureza deshumanizada (según el gusto juanramoniano y vanguardista) hacia una poesía ‘impura’, o sea, con más preocupación por los conflictos existenciales y sociales; b) la poesía resulta de la suma de rigor técnico (propio del formalismo contemporáneo) y de inspiración (propia del ideal romántico); c) su estilo es ecléctico pues se esforzaron por fundir tradición y renovación poética (lo popular y lo culto; lo antiguo y lo experimental-vanguardista; lo medieval, lo clásico y barroco, Bécquer, las vanguardias del XX, etc)

En 1927 celebraron en el Ateneo de Sevilla un acto de reivindicación del poeta cordobés Góngora (en la época un poeta olvidado), con motivo del tricentenario de su muerte. Esta fecha -que después se convirtió en emblema generacional- representa la primera etapa de la evolución del grupo, marcada por la deshumanización poética. Destaca entonces el magisterio de J. R. Jiménez, y la influencia del Ultraísmo vanguardista y de la lírica neopopular. Los poemas se orientan hacia una expresión contenida y muy conceptual (‘deshumanizada’ según Ortega y Gasset) en que prima la perfección formal (y la autonomía de la palabra poética) sobre la expresión de las emociones. Dos libros notorios de esta primera etapa generacional son Imagen (1925) de G. Diego y sobre todo, Marinero en Tierra (1924) de Rafael Alberti.

La segunda etapa generacional (de 1927 a la Guerra Civil) se caracteriza por la rehumanización de la poesía. La tensión social y política que vive España influye en autores como Alberti, Cernuda, Lorca, etc que, alejándose de la pureza y de la despreocupación juvenil, buscan un ‘lenguaje del dolor’ capaz de expresar el absurdo, la soledad, las frustraciones, las inquietudes sociales, etc. Es la época en que el Surrealismo, el movimiento vanguardista más importante de Europa, irrumpe en la poesía española. De esta etapa son libros extraordinarios como Poeta en Nueva York (1930) de Lorca; Sobre los ángeles (1929) de Alberti; y Donde habite el olvido (1933) de Luis Cernuda.

La tercera etapa abarca de 1939 (final de la Guerra Civil y exilio) a 1999 (muerte de Alberti) y supone la disolución del grupo. Lorca ha sido asesinado en 1936. Miguel Hernández, soldado republicano, muere (1942) en la cárcel. Con el final de la guerra los republicanos (Alberti, Cernuda, Salinas y J. Guillén) habían dejado el país y los apolíticos (D. Alonso, Aleixandre) y los adictos al régimen de Franco (G. Diego) se quedan. En la poesía de los primeros se repite el tema de la patria perdida y en la de los segundos encontramos una expresión angustiada y existencial que será una novedad en el ramplón ambiente literario de la posguerra. El ejemplo más notorio fue el libro Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso.


2) La lírica desde 1940 a los años 70
Dos periodos históricos cabe distinguir en la literatura y en la lírica desde el final del la Guerra Civil (39): la poesía de la posguerra y el franquismo (hasta 1975 en que muere el dictador) y la poesía de la normalización democrática hasta la actualidad. Veamos el primero de ellos.

La guerra civil (durante la que se escribió abundante poesía de propaganda en ambos bandos) y la derrota republicana cortaron bruscamente las múltiples tendencias poéticas de 1936. La inmediata posguerra es un momento marcado por dos factores: el indiscutible prestigio de los poetas exiliados (J. Ramón Jiménez y casi todos los miembros del 27 -Salinas, Cernuda, Alberti, Emilio Prados, Jorge Guillén, etc.), todos ellos autores en activo; y la lenta reconstrucción del mundillo poético y literario en un país devastado y sumido en la más absoluta penuria.

1) En la poesía del exilio se aprecia un tema clave en casi todos los poetas: la patria perdida; tema del que surgen dos actitudes o tonos: uno primero, apasionado, desgarrado y violento en que la pérdida de la patria se identifica con la derrota de los ideales político-sociales republicanos; y otro, más tardío, nostálgico y meditativo, en que el paso del tiempo actúa como germen de añoranzas e idealizaciones, y donde se encuadran espléndidos poemas, por ejemplo, de Cernuda y Alberti. Además, el exilio dio a conocer a poetas injustamente olvidados hasta entonces, en especial, León Felipe (autor de Español del éxodo y del llanto, 1939).

b) En el interior del país florece la llamada Generación del 36 con aquellos poetas jóvenes, de estéticas e ideologías diversas, que habían empezado a publicar justo antes de la guerra: Leopoldo Panero, Luis Rosales, Miguel Hernández, Dionisio Ridruejo, etc. De ellos, destaca sin duda Miguel Hernández, poeta vinculado al 27 que murió en las cárceles de Franco (1943). Su obra fue conocida y valorada minoritariamente a partir de los años 60 y con plenitud a partir del restablecimiento de la Democracia. Dos grandes temas presiden obsesivamente toda su obra: el amor y la lucha entre la muerte y el ansia de vivir. Comenzó con una lírica clasicista, antes de la guerra, con El rayo que no cesa, 1936, siguiendo la moda vanguardista, y terminó, durante la guerra y en la cárcel, con una poesía de fuerte militancia política antifascista y de profundo desgarramiento existencial donde recupera con brillantez y enorme emoción las formas métricas del cancionero tradicional (Cancionero y romancero de ausencias, 1938-1941).

Sin embargo, el auténtico grupo del 36 lo componen históricamente los autores que en la primerísima posguerra publican en dos revistas madrileñas promovidas por la falange española: Escorial (con Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco) y Garcilaso (con José García Nieto y otros), que quiso representar el lado oficial y militante del falangismo cultural. Como vencedores de la guerra, todos ello escriben, no sin ciertas variantes, una poesía optimista, muy elogiosa con el régimen de Franco, donde se exaltan abierta o indirectamente los ideales del nacional-catolicismo, la vida familiar y, en general, las temáticas espirituales-religiosas, con gran predilección por el soneto (frío y artificioso) de imitación clasicista y con un lenguaje a veces deliberadamente sencillo, familiar y a veces ingenioso. Con perspectiva histórica, hoy podríamos entresacar dos libros de esta generación, ambos de 1949, La casa encendida de Luis Rosales y Escrito a cada instante de Leopoldo Panero.

c) Frente a esta lírica “del régimen”, dominante durante toda la década, surgen varias estéticas disidentes que al menos servirán para enriquecer y abrir un panorama poético completamente estancado. Veamos, ordenadamente, las más representativas:

­ - El grupo Cántico de Córdoba, el postismo y el surrealismo son tres poéticas minoritarias y marginales que no serán debidamente reconocidas hasta la década de los 70. Pablo García Baena, Ricardo Molina y posteriormente Vicente Núñez son los poetas centrales de la revista Cántico, publicada desde finales de los 40, la cual, dando nombre al grupo, pretendía conectar con el modernismo y el 27 en la defensa de un paganismo carnal en los temas amorosos y en el refinamiento verbal que se ve en empleo de la imagen y la metáfora. Con supuestos y resultados diferentes, también el postismo (abreviatura intencionada de postsurrealismo) de Carlos Edmundo de Ory y el surrealismo de Miguel Labordeta y Juan Eduardo Cirlot propusieron una lírica basada en la libertad expresiva y en lo irracional.

- Sin embargo, la reacción de mayor alcance y más consecuencias frente a la lírica monocorde del régimen la representan dos libros de sendos autores del 27 publicados en 1944 y una revista aparecida en León, llamada Espadaña, entre 1945 y 1951. Mientras que Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre conectaba decididamente con el neorromanticismo y el surrealismo de la preguerra, Hijos de la ira fue un grito angustiado contra el sinsentido de la vida del hombre, perdido en un mundo sombrío y grotesco. Dámaso, dando la espalda al formalismo superficial de los poetas de Escorial y Garcilaso, se expresa con un vocabulario soez y antipoético, en poemas larguísimos escritos en versículos.

Por su parte, Espadaña reunió a poetas contrarios al régimen (Eugenio de Nora, Victoriano Cremer, José Hierro, Gloria Fuertes etc) cuya visión del mundo (“desarraigada” en palabras de Dámaso Alonso) estaba marcada por el caos y la injusticia. Se trataba de una poesía de corte existencialista, de tono trágico, preocupada sobre todo por indagar en las causas del sufrimiento humano antes que por la belleza formal, y por expresar una religiosidad desesperanzada y dubitativa contra un dios al dolor humano. Destaca en ellos la recuperación ya de Antonio Machado. Destaquemos de este grupo la obra El libro de las alucinaciones, 1964, de José Hierro.

En la década de los 50 el tono individualista de la lírica anterior dejará paso a una poesía concebida como comunicación, con el poeta convertido en portavoz del sufrimiento colectivo y de los males sociales. Este es la base de la llamada poesía social, que en pocos años se llegó a ser la dominante dentro del panorama poético nacional, ya hasta finales de los 60.

La primera promoción (1950–1965) de la poesía social estaría representada por Blas de Otero y Gabriel Celaya. Ambos poetas se forman dentro del existencialismo testimonial según los modelos de Espadaña, pero aprovechando que la censura política de los 50 es menos rigurosa, se ‘atreven’ a denunciar y criticar sin disimulo el mundo que los rodea. Inspirándose en Miguel Hernández y Machado, rechazan el formalismo y el excesivo individualismo de la poesía de posguerra para expresarse, a través de un lenguaje con frecuencia prosaico, sencillo y directo, como ‘voz social’ de aquellos que sienten asco e indignación ante la vida española de la época y desean transformarla. A esta tendencia pertenece el magnífico libro de Blas de Otero, Pido la paz y la palabra (1955).

Se puede decir que la posguerra poética termina con los autores de la segunda promoción social, la llamada Generación del 50 o poesía de la experiencia (Ángel González, Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, etc). Por edad son los ‘niños de la guerra’, no sus protagonistas. Conservan la intencionalidad crítica de la poesía social pero no su concepción estética. Formalmente son muy cuidadosos dentro de una concepción que aúna elegancia y sencillez, y temáticamente rechazan tanto el desgarro existencial como la ‘voz social’ de las promociones anteriores y apuestan por un individualismo renovado, más dialogante (conversacional) con el lector pero también más escéptico e irónico. La realidad social y personal es vista desde los aspectos más cotidianos (la infancia, los amigos, la familia), o desde el recuerdo. Libros sobresalientes de esta promoción son Don de la ebriedad (1951) de Claudio Rodríguez, Tratado de urbanismo (1967) de Ángel González, Moralidades (1965) de Gil de Biedma y Aún no (1971) de Francisco Brines.


3) La lírica desde los años 70 a nuestros días.
Dos periodos históricos cabe distinguir en la literatura y en la lírica desde el final del la Guerra Civil (39): la poesía de la posguerra y el franquismo (hasta 1975 en que muere el dictador) y la poesía de la normalización democrática hasta la actualidad. Veamos el segundo de ellos.

El franquismo termina poéticamente con la generación del 68 o grupo de los novísimos, nombre de una célebre antología del crítico catalán José María Castellet que da a conocer a una serie de poetas que comienzan a escribir desde finales de los 60 y que hoy en día son clásicos indiscutibles de la poesía contemporánea española: Pedro Gimferrer, Vázquez Montalbán, Luis Antonio de Villena, José María Álvarez, Félix de Azúa, Leopoldo María Panero, Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles, Antonio Colinas, Jenaro Talens, Félix Grande, Antonio Carvajal y algunos otros.

Los novísimos supusieron una renovación del panorama poético nacional conseguida por distanciamiento de la poesía social dominante, y por la apertura a influencias estéticas, temas y técnicas poco frecuentados por la poesía española anterior. Se interesan por un mundo muy alejado de la realidad cotidiana del lector y ya no creen en la poesía como vehículo de comunicación. Abandonan en consecuencia el tono intimista y autobiográfico, y reivindican a la disidencia poética de los años 40 y 50, por ejemplo, el esteticismo del grupo Cántico de Córdoba o a las fórmulas surrealistas (Aleixandre, Cirlot).

La obra de estos autores está más influenciada por la poesía extranjera (ej. Kavafis, Eliot o los hispanoamericanos César Vallejo y Octavio Paz) que por la tradición nacional. Además incorporan a sus temas la música clásica, el arte, la mitología pero también numerosos clichés de la cultura de masas (música pop, cine, prensa, cómic, etc). Para integrar materiales de tan diferente procedencia los novísimos recurren a técnicas como el pastiche o el collage (yuxtaposición de citas de otros poemas pero también de películas, noticias, discursos políticos, refranes y dichos populares, letras de coplas o canciones pop, etc.). A menudo manejan el verso libre, la escritura automática, el poema visual, la prosa poética, junto a tipografías diversas y palabras escritas en varios idiomas. La libertad formal es absoluta, lo que afecta tanto a la puntuación como a la disposición de los versos.

Las dos líneas estéticas con más prestigio de los novísimos serán la irracional-surrealista, representada por Gimferrer y la línea decadente-culturalista (de los llamados poetas “venecianos” como José María Álvarez y la juventud de Luis Antonio de Villena). Libros destacados de esta generación son: Museo de cera (1970-2002) de J. Mª Álvarez, Arde el mar (1966) de Gimferrer, Una educación sentimental (1967) de Vázquez Montalbán y Blanco Spirituals (1967) de Félix Grande.

La estética novísima, que es la dominante de finales de los 60 hasta 1985, deja paso en torno a 1980 a una nueva promoción, la de los posnovísimos (siguiendo la expresión que difunde la antología homónima -1986- de Luis Antonio de Villena). Poetas de referencia dentro de los posnovísimos serían Jon Juaristi, Justo Navarro, Andrés Trapiello, Luis García Montero, Javier Egea, Álvaro Valverde, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal y Vicente Gallego.

Esta promoción poética demuestra que los últimos 30 años de la lírica española están marcados por una absoluta pluralidad de tendencias, aunque algunas de ellas hayan sido más perdurables e influyentes. Vista en comparación con la poesía de los novísimos, la de los posnovísimos presenta los siguientes rasgos:

a) Recuperación de los poetas de los sesenta, en especial Gil de Biedma. Los consideran clásicos de la segunda mitad del siglo XX.

b) Relectura de la tradición. Se pone énfasis en la experiencia, en la emoción y en la percepción e inteligibilidad del texto. Se recuperan la métrica, la rima y la estrofa.

c) Vuelta a la narración y empleo del lenguaje coloquial. Se cuentan historias a partir de una anécdota, se introducen términos cotidianos y del lenguaje publicitario Se rechaza lo conceptual y lo abstracto.

d) Renovación de temas: subjetividad (el monólogo interior), el paso del tiempo, lo urbano y lo cotidiano...

e) Empleo del humor, el pastiche y la parodia. Imitan de forma paródica a autores del Siglo de Oro. La ironía y el distanciamiento son asimismo característicos.

Por su influencia en la lírica actual, las dos fórmulas líricas de esta generación que han mostrado más vigor son las siguientes:

a) La poesía del silencio, minimalista o conceptual postula un poema abstracto, y antirretórico (libre de artificios) donde, eliminado completamente lo anecdótico, es más importante lo que no se dice, el vacío sugerente, que lo que se dice. En esta línea, heredera de la última etapa de Juan Ramón y de otras vanguardias, destacan Antonio Gamoneda, Clara Janés, Olvido García Valdés y, ante todo, Andrés Sánchez Robayna. Destaquemos aquí el libro Arden las pérdidas (2003) de Gamoneda.



b) La nueva sentimentalidad ha sido, sin lugar a dudas, la corriente de más calado en el panorama poético desde los 80 hasta finales de los 90. El foco inicial se encuentra en Granada con tres poetas: Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero que propugnaban una poesía realista sin compromisos políticos ni morales explícitos, que hablara de lo cotidiano de carácter urbano, con una expresión coloquial, y que revaloriza la emoción y el recuerdo mediatizados por la ironía e incluso el humor. El protagonismo del yo de estos poemas no se corresponde con el yo romántico, de tono confesional, sino con un yo recreado, ficticio, un personaje que habla en el poema y lo habita. En estos poetas tienen gran importancia la tradición literaria, especialmente, la prosa de Antonio Machado, la poesía final de Cernuda, y sobre todo, poetas del 60 como Gil de Biedma, Ángel González o Francisco Brines. Libros importantes de esta generación serían Paseo de los tristes (1982) de Javier Egea; y Habitaciones separadas, (1994) de Luis García Montero.

Al finalizar el siglo XX, poesía de la experiencia y poesía del silencio marcaban las tendencias. Progresivamente, se ha ido manifestando un rechazo al relativismo moral de ambas tendencias en favor de un compromiso social del poeta frente a un mundo injusto e insolidario con el sufrimiento ajeno, una poesía del compromiso civil. El hombre de la calle (2001) es el título de una antología publicada por Fernando Beltrán, que cultiva una poesía “entrometida” en la que se desarrollan temas como la globalización, la ecología, las guerras imperialistas, el subdesarrollo o el neoliberalismo. El poeta de referencia para muchos de ellos es Jorge Riechmann. Se considera la poesía como el espacio de la resistencia, y el realismo como instrumento de indagación, vigilancia y alerta, que pretende la transformación del sujeto y, mediante el circuito de la comunicación, la transformación del mundo.


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