La participación discordante en la familia y los niveles de su transformación simbólica


C. Casos, transformaciones simbólicas e interpretaciones



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C. Casos, transformaciones simbólicas e interpretaciones
Una operación analítica de estudio de casos, donde se observen los desarrollos y transformaciones de los símbolos etnopsíquicos, será útil para comprobar la carga gravitacional de los diversos grados de “participación” en la familia venezolana y porqué su clave psicodinámica es la del privilegio. La comprobación se lleva a cabo en dos hechos considerados en el plano matrisocial y en otros dos en el ámbito matrifocal. En los primeros se trabaja a partir del desarrollo de las relaciones simbólicas paradigmáticas de la familia; en los segundos se trabaja con estrategias de gerencia sociofamiliar, uno rural y otro urbano. Los casos matrisociales son originales de este estudio. “Montañita” es el mote con que se llama a un señor de ocupación “todero” que vive en el barrio El Aguacatito, Carretera Vieja de Los Teques. El dato se recoge en un intercambio de saludos, donde se le pregunta por su familia. El otro caso pertenece al archivo prospectivo de la redacción de la obra de Hurtado (1998). Su referencia es parte de la información periodística de El Nacional. Los casos matrifocales proceden de dos trabajos de campo intensivos. El primero, del estudio de Gerencias Campesinas en Venezuela (Hurtado y Gruson, 1993). El fundo y el rancho de la familia Bravo se ubica en el caserío de Periquito (Tunapuicito, estado Sucre) que representa al caso de Gerencias Campesinas Autónomas, donde se muestra la elasticidad posible de las relaciones familiares. De modo análogo, el otro caso se recoge en el barrio Los Postes de Caracas (Hurtado, 1995). Entre el trabajo de la mujer y su composición restringida del hogar, la familia Carrasco desarrolla la Estrategia Económica de Complementariedad que ostenta el equilibrio de una cooperación de las economías familiares: la materna, la masculina (marido) y la femenina (mujer). Dichas “autonomía campesina” y “complementariedad” diseñan el menor sesgo posible, por parte de la estructura social, para observar el tipo de configuración de las relaciones de participación en el grupo familiar venezolano.
1) Los casos matrisociales
a) Una casa en Las Mercedes
“Teníamos una casa en Las Mercedes, cerca de La Victoria. Pero yo se la dejé a ellas (suegra, mujer, hija). La mujer es de su casa; uno vive donde sea” (Montañita).
Este hecho familiar puede estudiarse empleando varias relaciones –postulados: unión/separación, marido/mujer, mujer/casa, hombre/calle, abandonante/abandonado.
El argumento permite “hilar” estas relaciones –postulados (derivados del postulado fundamental de madre/niño) y organizar el sentido matrisocial del hecho. El “grupo de familia” se compone en su inicial delimitación como una unidad residencial familiar o grupo doméstico, de suegra, mujer, yerno-marido, hija-nieta. Al producirse la “separación”, se muestra que las mujeres tienen incorporada a su maternalidad el símbolo de la casa-habitación. Si a la mujer sólo se la puede pensar como madre, no es posible territorializar su figura sino como perteneciendo a la relación de madre/casa, y ello como figura central del ser parte metonímica de la casa, pero también por formar parte metafórica de la misma. En cambio, el marido debe vagar como destino matrisocial, como un padre cualquiera, solitario y despojado de casa, mujer y familia. Él lo admite y acepta como una prescripción cultural, tal cual es.
La interpretación del argumento se relaciona con la disparidad existente en la participación plena o metafórica (madre/casa) y la exclusión plena por ser también metafórica (hombre/calle). La implosión metafórica que indica la separación de la unión, o rompimiento de marido/mujer, supone como resultado las pertenencias y las no pertenencias al grupo de familia, y los focos nucleares de la participación/exclusión, que en términos matrisociales se traduce por abandonante/abandonado. Recuérdese que la familia matrisocial es un grupo de mujeres con sus hijos. En el caso coincide el grupo de mujeres emparentadas con la casa-habitación. El hombre o marido queda por fuera y en la historia individual su figura es la del excluido del grupo y abandonado.
Una percepción más acuciosa de la implosión metafórica consiste en el análisis de la unión consensual o la institución del “vivir juntos”, por oposición al casamiento o conyugalidad. Como en el “vivir juntos” no hay pérdidas psíquicas ni culturales, la separación marital, por oposición al divorcio, implica que todo sigue igual que antes de la “unión”, porque no hubo tampoco compromisos. Sin embargo, al configurar la mujer como madre, ésta accede a retener todos los recursos de la familia: la casa y las cosas de la casa tanto sociales como económicas, las bienhechurías y enseres. Por su parte, al configurar al hombre como hijo “malcriado” (mimado), se queda sin nada, libre para ser un “recogido” en casa de su mamá, esto es, sin escenario propio donde participar como hombre adulto y autónomo.
La participación plena en la casa aparece como un don que le otorga la cultura a la madre, un privilegio de la madre en la matrisocialidad venezolana. Si la exclusión se presenta como descarte, empero, la explicación de sus variaciones expresa el fondo de todo el problema del privilegio sociocultural venezolano: 1) la mujer “bota” (expulsa) al marido de la casa; 2) el marido es “botado” (expulsado) de la casa; 3) el marido abandona, esto es, acepta que lo “boten”; hay una aceptación inercial por parte del marido que no hace esfuerzo alguno al ser rechazado; 4) el marido se alegra de que la mujer lo “bote”; el marido pretende obtener beneficios ilusoriamente con la “unión” a otras mujeres. Es una aceptación inercial ilusoria, en la medida en que espera vanamente los beneficios de una participación en la familia. La exclusión del marido realza la participación de la mujer como madre en la familia, una participación exclusivista que se convierten en privilegio.
b) Le devolvieron sus niños
El complejo de la responsabilidad venezolana se encuentra permanentemente en el discurso social. Se oye como presentación de las declaraciones de los hombres públicos: “Lo digo con toda responsabilidad”. “La mujer vino a dar gracias pero contando el problema de siempre el ex marido, padre de las criaturas, no le pasa para ellos, y ahora, para colmo, quiere quitárselos” (“Le devolvieron sus niños”, El Nacional, 21-8-88).
Este hecho familiar puede ubicarse en las relaciones –postulados de madre/niño, padre/hijos, marido/mujer, consentimiento/irresponsabilidad, privilegio/exclusión. El argumento que organiza el sentido de las relaciones entre los postulados es el siguiente: en la lucha por la tenencia de los hijos comunes, la madre aparece enfrentando el problema, como consentidora de sus hijos, y lo ejecuta desde el privilegio que le otorgan las entrañas, por oposición al padre irresponsable que no les cuida (no les “pasa” dinero).
Con la ruptura de las relaciones (separación) entre marido y mujer, se profundiza socialmente el proceso de exclusión del marido que pretende tomar por asalto la apropiación unilateral arrebatando los niños a la madre. Es inaudito en una atmósfera matrisocial que un “padre” pueda ganar (llevarse todo) a una madre en relación con los hijos. Si los hijos eran de ella por lógica del privilegio de las entrañas, la conclusión no podía ser otra que se los devolvieran. El “padre” no pierde nada, porque no tenía nada ganado. Con tal fracaso en su arrebatón de los hijos, culmina su exclusión del grupo familiar. La participación, mejor, el privilegio, de la madre en la familia es total, porque la familia como base filial le pertenece de tal modo que la madre no se apropia de nada en la familia, pues ella define a ésta y, con sus hijos definidos, identifica a la familia total.
La interpretación arranca de la “contrariedad” entre ex marido y mujer con ocasión del reparto desigual de los hijos. Como madre, la mujer detenta su privilegio por quedarse con los hijos, demostrando su poder absoluto de las entrañas. El ex marido pretende “participar” en la distribución de los bienes de la familia (los hijos), pero lo hace con la lógica de la exclusión de acuerdo con su comportamiento regresivo de macho atropellante: pretende ganar todo (hijos) sin perder o negociar nada previamente (no pasa dinero como padre de familia o proveedor). Su falta de contribución como proveedor no le permite justificar acción alguna a su favor; pretenderlo le califica de entrada de irresponsable. El problema es que, de salida como figura cultural, ya no tiene nada que esperar para participar, esto es, tener alguna participación en los hijos como “padre” aunque sea como progenitor (sociobiológico), como tal es un excluido. Su agresividad es consecuencia de la situación regresiva en que lo coloca la psicodinámica familiar. Los excluidos por destino cultural tienen “razones” para tornarse “rebeldes”, y en la matrisocialidad la expresión es la de una rebeldía regresiva, de abandonado y por lo tanto abandonante.
En cambio, la participación como privilegio va a operar en dirección a la madre. El privilegio materno no sólo es condición, es sobre todo el principio y justificación de su participación plena en la familia. No necesita sino un ademán a disponer, para que la simbólica cultural sea eficaz socialmente. Los hijos le pertenecen como le pertenece su maternidad. Dispone de ellos normalmente como lo hace con las cosas de la casa proyectando así su maternidad.
Un análisis más minucioso de las variaciones de la relación postulado de carácter moral nos coloca en el entramado siguiente: 1) la madre “dispone” totalmente del hijo; 2) el padre es excluido de los hijos; 3) el padre acepta, aun reclamando regresivamente, su exclusión de los hijos, porque él “sabe” que todo hijo es de su mamá, como destino cultural; 4) el padre se alegra de que el destino del hijo sea su madre, porque así definitivamente se quita de encima el problema o responsabilidad de los hijos. Pero en el caso tuvo que crear la dificultad problemática a su ex mujer para demostrar con su atropello su delirio machista. En breve, el postulado del consentimiento presenta a la madre como ostentadora de un privilegio que le otorga el destino del vientre, y ello ocurre a costa del postulado de la irresponsabilidad del hombre que lo induce a la despreocupación, a la agresividad y a su exclusión del grupo familiar.
El desarrollo familiar equilibrado es aquel donde cada miembro familiar toma parte con el papel correspondiente a la carga gravitante de su figura en la familia. La cultura matrisocial inscrita en la estructura familiar venezolana –donde se produce un modelo de privilegio/exclusión, que polariza los sentidos de las conductas de sus principales protagonistas, el marido y la mujer– torna difícil el proceso de participación similar de uno y otro actor en la familia. La dificultad es tal que los comportamientos enterizos de carácter primario no se avienen bien el uno con el otro. La participación de la madre, al guiarse por un criterio monopólico, reduce el comportamiento del padre a una exclusión lindante con la nada.
2. Los casos matrifocales
Todo lo anterior no significa que el hombre: padre, hijos, nietos, ahijados, yernos, no tenga nada que hacer como actor sociológico, y que efectivamente no haga nada. En términos de las estrategias de la gerencia del hogar, el fenómeno de la familia se puede observar en otro ámbito. Se toman dos casos de familia, que expresan, el primero, una estrategia gerencial campesina y, el segundo, una estrategia gerencial popular-urbana. En las gerencias sociales del hogar, lo económico del trabajo (finca rústica, empleo urbano) está subordinado a lo social familiar: el marido, mujer, hijos, son más actores sociales que recursos económicos. La variable ponderada del trabajo no sólo es económica, es antes un elemento social de la estrategia gerencial del hogar.
a) En el caserío de Periquito: los Bravo
Los Bravo son una familia de productores de cítricos en el caserío (aldea) de Periquito (municipio Tunapuicito, estado Sucre). La composición del hogar consiste en marido y mujer, seis hijos (3 varones y 3 hembras), y la abuela paterna. Su ciclo de vida familiar se encuentra en una etapa intermedia: de niño pequeño a niños grandes y jóvenes de 17 y 19 años.
El marido, que es hijo también, ejecuta la gerencia del hogar, ocupándose del trabajo en la finca, sacando la cosecha al mercado de Carúpano o esperando a los mayoristas distribuidores a la puerta de la finca; también organiza el trabajo con su mujer, con los hijos varones (jóvenes y niños grandes), y gestiona el trabajo eventual de peones contratados. Como productor participa en el trabajo comunal de la Unión de Prestatarios del caserío. La Unión de Prestatarios es útil también para convocar la asamblea de los “viejos” del caserío cuyo objetivo es la política comunal. Mientras a las hijas no se les asignan tareas propias como mujeres, por lo que son las primeras en migrar, los hijos varones se vinculan con las tareas generales del padre. Pero además tienen tareas específicas como parte del aprendizaje agrícola; los niños grandes se inician en tareas como cuidar al ganado mayor (burro), acarrear pequeñas cantidades de cítricos e ir a buscar agua al manantial cercano en la montaña. En tiempos de sequía, cuando del manantial no brota agua, tienen que ir en grupo a buscarla a la quebrada, montaña abajo, como a dos kilómetros del rancho. Las tareas de los niños siempre se encuentran bajo supervisión de la madre. El joven varón de 15 años tiene a cargo el trabajo del “conuco” (huerto doméstico tropical), bajo el mandato de la madre y abuela. También se le ha cedido la “prebenda” de la recolección de la cosecha del aguacate, cuya venta le permite ingresos personales. Dicho objetivo prebendal tiene el sentido del aprendizaje gerencial a propósito de este renglón frutífero.
La mujer, que también es nuera en la casa debido a la presencia de la abuela paterna, se encuentra en todos los ámbitos económicos y sociales, actuando y supervisando tareas. Hace trabajo de finca en tiempo de cosecha; el “conuco” es su preocupación permanente; se ocupa del ganado menor y de las plantas de adorno en torno del rancho, de las tareas de la cocina, de la escolaridad de los niños, de la atención a la selección del hijo varón que se va a quedar al frente de la finca, de comunicarse con su hija mayor que migró a la isla de Margarita.
En un hogar campesino, la participación en las tareas de la gerencia familiar se encuentra diferenciada. Es una diferenciación, por supuesto, precapitalista, de lógica del modo de producción doméstica (cf. Meillasoux, 1977). Si hablamos de “pleno empleo”, es debido a la cantidad de tareas que se suceden en todos los ámbitos de la gerencia social y económica, pero que los campesinólogos pudieran formular, también en términos de la economía política, de “autoexplotación”. Allí están los problemas de los hijos en todos los sentidos económicos y sociales, del rancho, del vecindario y su política comunal, de la producción de la finca, de la comercialización de los productos, del trasporte local, de los tiempos fuertes de la cosecha, de las dificultades del mercado, de la atención a los técnicos del Instituto Agrario Nacional a través de la radio en las mañanas, etc. Del mismo modo decimos que el campesino no tiene “tiempos libres”. Si a primera vista el escenario contiene la ejecución de innumerables tareas, empero, detenidamente se ve que la madre se encuentra en el foco de las disposiciones de los procesos sociales. Desde la relación de nuera/suegra, organiza la supeditación de la nuera, al mismo tiempo que disimula su ejecución de tareas a favor de mostrar que el foco establecido de las decisiones se sitúa en la suegra o madre mayor (“decision-maker”) a partir de que es ésta la que tiene el control y competencia sobre las relaciones de todos los actores domésticos. La abuela es la que toma parte plenamente en el hogar a costa de la base del trabajo económico del hijo (que tiene también el papel de marido), que es el que diligencia como gestor las tareas más importantes y cruciales de la gerencia socioeconómica materna. La dinámica cultural de la economía materna no funciona en el vacío, tiene una estructura social, a la que da un sentido específico, que conceptuamos como matrifocal. La estrategia gerencial del hogar se ubica en las “disposiciones” de la abuela sobre toda la dinámica socioeconómica del hogar. La nuera tendrá que esperar, como una supeditada, para ascender como gerente doméstica autónoma. Dicha supeditación está llena de contenido activo: aprender la gerencia de parte de la suegra a la que sucederá en la jefatura del hogar. Debido a la falta de alternativas en el campo para las mujeres jóvenes, la matrifocalidad suele sucederse de suegra a nuera, pues parece que siempre la lógica de hacerse cargo de la finca y rancho provendrá de un hijo varón. Esta condición histórica desaparecerá en las circunstancias popular-urbanas, donde la madre (la abuela materna) no tendrá esta restricción de la estructura social (la gerencia de finca), pues los aportes le vienen de una gerencia asalariada más flexiblemente libre en el mercado de trabajo.
b) En el barrio Los Postes: los Carrasco
Los Carrasco son una gran familia popular de Caracas, constituida por un grupo muy numeroso a partir de la dinámica de tres familias extendidas con parentesco común. Una de éstas representa, en el ámbito de un ciclo avanzado de vida familiar, una estrategia paradigmática de gerencia sociofamiliar. Constituido por 13 hijos (4 varones y 9 hembras), nietos y biznietos, este grupo familiar organiza el trabajo femenino asalariado de sus miembros como parte de su estrategia de articulación social con el sistema urbano. Más que en el campo, la gerencia de la familia en la ciudad requiere de un funcionamiento completo de la familia extendida, es decir que la gerencia social basada en el parentesco sea más importante que la gerencia económica que engloba (el trabajo asalariado), en la medida en que la gerencia social inspira y hace posible la existencia y sentido de la gerencia económica, desde la lógica del hogar. Como actor protagonista de la organización sociofamiliar se encuentra la abuela, a la que se supeditan las hijas y su alianza sororal en las expectativas de poder cumplir con las condiciones exigidas por la abuela para trabajar como empleadas urbanas. En la libertad de la economía asalariada, la especificidad del sentido cultural, que caracterizamos como matrifocal, se autentica mejor en la figura más apropiada de la abuela materna. Sin el potencial conflicto de la suegra\nuera dentro de la unidad doméstica, la matrifocalidad urbana se presenta más armoniosamente natural en una dinámica que va a orientarse de un modo inmediato con el sistema social.
En la estrategia de articulación socioeconómica de la familia Carrasco, la división del trabajo contiene una polarización, relativa a un trabajo interno y a otro externo, según la lógica del hogar: 1) la abuela Yolanda junto con Andreína, una de sus hijas divorciada, se encargan de los problemas socio-familiares que tienen que ver con los nietos, hijos de las hijas trabajadoras o empleadas: se trata de la escolaridad, salud, alimentación, descanso, distracción, etc. La economía materna (cf. Hurtado, 1999) obtiene por ello un aporte monetario, llamado “colaboración” por parte de la economía femenina; la estrategia consiste en el juego fundamental de las gerencias de estas dos economías; 2) sólo pueden pertenecer a la estrategia laboral las hijas (de ningún modo las nueras, porque ellas en sentido matrisocial no pertenecen al grupo familiar), y, entre las hijas, las hijas que sólo hayan alcanzado en su familia de procreación un crecimiento negativo: que tengan uno o dos hijos.
La estrategia socioeconómica se caracteriza por la del trabajo femenino con respecto al trabajo del marido, que configura la economía masculina. En la dinámica familiar extensa, se hallan presentes de un modo giratorio y satelital las economías femeninas de las hijas casadas trabajadoras, junto a la economía focal materna. La gerencia de reciprocidad, que caracteriza dicha focalidad, le da a ésta un puesto de dominio sumo en lo que respecta al sentido cultural de la estrategia gerencial de la familia, dominio supremo del orden familiar que será soporte y expresión del mito matrisocial: el sobreconsentimiento al hijo que implica el supremo poder social de las entrañas maternales.
Por su lado, la participación masculina (hijos casados y yernos), aunque representa en el diseño sociológico el trabajo principal por asignación ideológica social, resulta de bajo perfil por representar la insuficiencia en la satisfacción de las necesidades básicas, es decir, en el tradicional papel de proveedor. La marginación en cuanto a la pertenencia al grupo por parte del proveedor, a quien se le dice “padre de familia”, se comprueba en el caso de la exclusión del mismo en el futuro familiar, que se observa en la “presencia” del abuelo, cuando éste no detenta ya ninguna economía paterna, porque no trabaja. Sólo con ocasión de la Navidad y del día del padre, alguna de sus hijas, la más atenta, le hace un regalo personal, como una camisa, pantalón, zapatos o chancletas.
La dinámica fuerte de la alianza sororal se visualiza también en el plano sociopolítico del barrio popular-urbano. La organización popular se detecta como una proyección de la dinámica de la familia en el vecindario, como se ilustra en el siguiente caso. Las figuras focales de la organización suelen ser las figuras focales de la familia. La presidenta es la madre (abuela), junto a la cual se asocian en cargos directivos una de las hijas y una ahijada. Así el padre y los hijos varones se marginan, haciendo que la organización popular se convierta también, como la familia, en “cosa de mujeres”. El lado masculino le huye fóbicamente a los poderes maternales también en lo social. La dinámica matrifocal resulta clave en la existencia, permanencia y al mismo tiempo en la crisis de la organización de la comunidad vecinal, sea como junta de vecinos, sea como comité político.
En conclusión, la lógica matrifocal, inscrita en la gerencia social de la madre, despliega los espacios del privilegio “participativo” de las figuras femeninas en la familia. Ello supone, como desquite, ahuyentar o desplazar a las figuras masculinas o disminuir su perfil, mediante la difuminación o dispersión de sus espacios, manifestando los “vacíos” o márgenes de la exclusión familiar. En la gerencia urbana del trabajo asalariado femenino, se observa mejor el modelo matrifocal, pues existe la oportunidad de que sea la abuela materna la figura que preside el principio de la reciprocidad familiar, a diferencia de la gerencia campesina del trabajo autónomo, que lo preside la abuela paterna. La tendencia a la indiferenciación económica y la enorme cantidad de tareas a ejecutar casi obnubilan la visión para observar la dinámica matrifocal. Sin embargo, el tipo “clánico” de la organización familiar, como denominador común, que preside la economía materna, coloca como clave interpretativa los privilegios de la mujer y madre para dilucidar el sentido de la relación de participación/exclusión. Su mejor formulación sería la de privilegio/exclusión.
Conclusión: de la familia a la sociedad
Las dimensiones de una madre excesiva y sobreconsentidora, y de la redistribución de la “abundancia” (pecho bueno), como principio focal de la reciprocidad materna, apuntalan la lógica del privilegio en la red de la familia venezolana, pues en las relaciones de la filiación se registra la compulsión de la adoración central y a veces única de su existencia (Vethencourt, 1974, 69). Ello acontece a costa de condenar a la figura del padre a sus ausencias, y de reducir a las figuras de los hijos varones al “vagabundeo”, es decir, a estacionarlos como machos. Se trata de ausencias y reducciones tanto de carácter psíquico como cultural, es decir, simbólico-reales. En dicho ámbito real es donde se fabrican los signos de la lógica de la exclusión familiar como parte del mito vivido por la cultura, con las consecuencias de la despreocupación por la realidad y del deshacer de lo social. Es una exclusión que, desde el sobreconsentimiento o sobreprotección maternal, señala el negativismo social en el colectivo venezolano.
La participación central de la madre en la familia se genera desde el mito vivido del privilegio del vientre, reconocido y aceptado en el grupo familiar, después de excluir de éste no sólo al padre, sino también a la nuera, al cónyuge y aun a la mujer llena de gracia (cf. Rísquez, 1983). La mujer encantadora converge con el mito del eterno femenino o de la mujer eterna (Le Fort, 1957; Lubac, 1968) que desde su capacidad subliminal tiene el poder de liberar al hombre de sus “vagabundeos”, por oposición a la figura de la hembra que con su capacidad genital le captura y lo somete al “destino de vagar”, bajo el dominio del placer, entre mujeres sin lograr compromiso (conyugal) con ellas. El desprecio por la mujer para proteger la relación con la madre, según Vethencourt (1974, 69), debemos identificarlo con la figura de la hembra, en lo que llamamos la figura de la “mujer mala”. El desdoblamiento de lo femenino en dos figuras socioculturales, primero, lo ha hecho el análisis psiquiátrico de Vethencourt, al desdoblar lo femenino en los aspectos de la madre y de la hembra en el mismo individuo personal, pudiendo observar cómo el lado materno pretende negar su lado femenino y despreciarlo (cf. Vethencourt, 1983).
Las consecuencias en la organización social venezolana se producen de un modo directo y automático, debido a que la personalidad matrisocial no se encuentra fracturada. El ethos o problema cultural se prolonga más allá del ámbito familiar sin perder su lógica cultural: así invade los asuntos sociales y los afecta esencialmente con el estilo matrisocial de hacer y deshacer sociedad. Mientras la estructura familiar se muestra “clánicamente” enteriza, sin fisuras ni crisis, como problema cultural, el colectivo social se encuentra en permanentes fisuras y crisis negativistas de existencia y funcionamiento. Ni qué hablar de acuerdos, negociaciones, diálogos, ni proyecto social.

La participación social, vista y pro actuada desde la familia, se percibe como pérdida, como una ocasión para que me roben las iniciativas y las invenciones (sociales). Como es necesario que participemos para poder vivir y aun sobrevivir, entonces la participación emerge a la realidad, pero se actúa desde el pensamiento del privilegio. Si el privilegio se origina en el mito vivido del sobreconsentimiento materno, su proyección en la realidad social se traduce como “dar(me) otra oportunidad” (al sujeto frustrado o llegado a víctima) que no la tuvo como privilegio, o como “dejar(me) que sea un aprovechado” colocándome todas las circunstancias a favor. “No me des, sino ponme donde hay”, muestra una formulación de comportamiento ejemplar del colectivo. El consentimiento (privilegio, oportunidad, aprovechamiento) se encuentra en el plano igualista de las relaciones primarias; por lo tanto, muy lejos de la dimensión de la libertad, que se soporta sobre las relaciones secundarias e impulsa un deseo igualitario. Consentir o dar la oportunidad no indica otra cosa que permíteme que sin hacer gran cosa, sólo situándome bien, pueda recolectar (arrebatar) recursos socioeconómicos para favorecer, privilegiar a mi “clan” o combo familiar o de amigos. Por ejemplo, la dedicación a la “política” y la persistencia del populismo (más maternalista que paternalista) contienen una raíz etno-cultural sumamente dura en Venezuela; generan circunstancias claves para ubicarse bien o privilegiadamente, pues ofrecen muchas oportunidades y aprovechamientos en torno de recursos sociales. El politicismo y el populismo ostentan todo el éxito de la “normalidad” cultural, que devora sin cesar, como “excepcionalidad” cultural, toda emergencia de sociedad en el país.


Nuestro interés no consiste en ver a la familia venezolana como una problemática social, tal como lo hace la ideología de las agencias sociales, de suerte que la familia pareciera que es un problema de la pobreza o que los pobres están signados por un problema familiar o que la pobreza se origina en un problema familiar o que la familia de los pobres causa la pobreza de los pobres. Para nosotros es un problema cultural como un todo que afecta a toda la estructura social. Si observamos desde el fondo de la familia venezolana, es como podemos ver que gran parte de la problemática social venezolana proviene de una cultura cuyos resortes “cultivadores” de realidad encuentran mucha dificultad en fabricar sociedad. Uno de los resortes se refiere al modelo de participación en la familia, el cual no existe sino como privilegio. El privilegio, con sentido narcisista, se da de cara al proyecto de sociedad. ¿Cómo trasformar el privilegio cultural para lograr la participación social, de suerte que se pueda abolir el mito vivido que “cultiva” todo tipo de exclusión y exclusivismos?


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1 Los datos etnográficos que se citan de aquí en adelante son tomados de las obras del autor. Los de carácter matrisocial, de Hurtado (1998 y 1999); y los de carácter matrifocal, de Hurtado (1991 y 1995) y de Hurtado y Gruson (1993).




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