La novela del bebé



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LA NOVELA DEL BEBÉ


EL DESARROLLO DEL NIÑO es un recorrido durante el cual cada etapa sucesiva brinda una luz nueva sobre las etapas precedentes. En efecto, al integrarse a la experiencia del niño, toda adquisición produce una evolución, casi una revolución. La evolución nunca es lineal, ni en el dominio de lo afectivo ni en el de lo intelectual. Al ir creciendo, el niño construye un pensamiento cada vez más complejo que engloba y reacomoda los recuerdos y las experiencias, puesto que la materia psíquica está viva. Si los eventos vividos tienen una realidad tangible en el presente, la manera de vivirlos, de interpretarlos, está siempre en movimiento y es susceptible de transformarse a posteriori.

Desde el nacimiento, los relatos acompañan la evolución del niño en sus interacciones con el adulto, y para cada etapa del desarrollo podemos encontrar elementos fuertes de cierto tipo de relato correspondiente a la vivencia interior y a la relación que el niño tiene con su entorno. Evidentemente, esto no quiere decir que habría que reservar tal o cual tipo de historias a niños de tal o cual edad, ni que sería benéfico retrasar o apresurar su lectura. Esto significa que el niño a toda edad, como acontece con los adultos, encontrará en una misma lectura, en lo más profundo de sí, la misma raíz de una satisfacción o de un carencia, de una angustia o de un alivio. En este compartir, en el cual la escucha y el placer de los libros son tan diferentes en el bebé y en el adulto lector, cada uno aporta la diversidad de sus propias reacciones, pero el punto de partida de uno, converge con el de otro y así se da el placer compartido de la lectura.

Nos ha parecido importante confrontar los datos conocidos sobre el desarrollo psíquico del niño con las observaciones hechas en las animaciones con los libros.

Nos referiremos con frecuencia a D. W. Winnicott, psicoanalista inglés conocido por sus trabajos sobre la primera infancia, pues nos ofrece una de las perspectivas freudianas rigurosas, la suma de conocimientos más rica y accesible para explicar la cuestión de los primerísimos intercambios culturales entre el bebé y su entorno.



LA VIDA CONTRASTADA DE LOS PRIMEROS MESES DEL BEBÉ


La psique del bebé tiene sus propios ritmos, su tempo. Sus reacciones, al principio de la vida, son bruscas, globales, instantánea. Pasa de un estado a otro: de la rabia o la desesperación, a la beatitud más completa. Sus reacciones son vivas, prestas, marcadas, por la ambivalencia y pueden desaparecer tan rápido como surgieron. A veces se adaptan al medio exterior, en ocasiones no. El bebé percibe muy bien la menor mímica en una actitud, en una inflexión de la voz; el buen o mal humor y la mayor o menor disponibilidad de quienes lo rodean. Si bien identifica de inmediato firmeza o cansancio, aprecia desde muy temprano, lo que puede o no obtener de las personas de su entorno, y esto no guarda realmente una relación con lo concreto de sus necesidades materiales. Ya existe en el espíritu del bebé un primer juego representativo interiorizado, aun cuando la coherencia y las relaciones entre sus primeros pensamientos están apenas constituyéndose. El bebé sueña y tiene una actividad imaginaria a la cual no tenemos acceso, en su mayor parte. Fabrica muchos tipos de puesta en escena interiores pero aún no es el director: aún no se percibe como “sujeto” de lo que le acontece.

En latín infans quiere decir “sin palabra”, y antecede a puer, el “niño grande”. Al dominar las palabras y al tener acceso a la capacidad de contarse a sí mismo y a los demás lo que le pasa, el niño más grande ya expresará sus deseos. Aun cuando sigue siendo dependiente y “pueril”, se convertirá en un verdadero interlocutor. Aunque deberá primero haber experimentado una serie de situaciones gratuitas, puestas en palabras durante los juegos y en las relaciones donde predominen los ejercicios de imaginación, antes de llegar a un mejor dominio de la realidad.

En todo los cuentos maravillosos encontramos oposiciones y movimiento análogos a los experimentados por los bebés. Una criatura feroz, peligrosa y mala surge de repente, y después, gracias a algún talismán, la horrible amenaza y la tensión ceden instantáneamente y el héroe entra en un estado de dicha absoluta, sin transición. Este desarrollo mágico en las historias traspone, en un relato coherente, el paso rápido de un sentimiento a otro opuesto: se suceden el derrumbamiento y la agitación, seguidos de la tranquilidad y la más tierna languidez. El cuento de Grimm, Rumpelstiltskin, encarna muy bien esas irrupciones de la impulsividad: al final de la historia el enano malo, muy enojado, sumerge por completo su pierna en la tierra, explota en mil pedazos y desaparece para siempre.

Si las reacciones del bebé son oscilantes, manifiesta sin embargo mucha constancia en el seguimiento de sus ideas. Puede mantener su atención interrumpiéndola, claro, y retomándola, durante largos momentos. Esto puede observarse con una sonaja, un peluche, un rayo de sol, una canción. También con un primer libro ilustrado o con una cantilena.

Los niños más grandes –de dos o tres años- están todavía muy cerca de la “etapa bebé” y la presencia de los más pequeños no les molesta. Es por esto que es interesante mezclar a pequeñitos con grandes durante los momentos de lectura y de manipulación de álbumes: cada uno encuentra en ello una satisfacción diferente y comunicativa.

Por ejemplo, una animadora lee El gran nabo, cuento ruso donde una plétora de personajes variados trata de arrancar de la tierra un enorme nabo que se resiste. Ella tiene un bebé en su regazo, arrullado por su voz, encantado; al mismo tiempo, una nena más grande trata obstinadamente de desplazar al pequeño de su lugar privilegiado. Esta peripecia sólo puede añadir algo al placer del cuento. “¡Y tira, tira, más y más! ¡Y tira y tira una vez más!”

Y la enumeración comienza de nuevo.

ENTRE EL BEBÉ, SU MADRE Y EL MUNDO: LOS FENÓMENOS TRANSICIONALES


El bebé, en su pensamiento, se mueve en un mundo intermedio entre él mismo y su medio protector. En esta área intermedia, D. W. Winnicott 18 nos ha hecho ver la gran importancia del interés del bebé por un objeto, fragmento de tela o peluche al cual se aferra, en el seno de este “universo transicional” que se crea entre el niño y su madre.

18 D. W. Winnicott, Jeu et Réalité, París, Gallimard, 1971 (trad en español: Realidad y juego, Madrid, Gedisa).

Pero la evocación de estas pequeñas cosas, insignificantes en apariencia, como la punta de la manta que el bebé succiona (blue blanket), el primer juguete del cual no puede prescindir, se ha vuelto... un estereotipo en el estudio de las relaciones del bebé con su entorno. El término “transicional” es, en efecto, empleado con frecuencia de manera poco rigurosa y esto tiene importancia al interpretar la representación de la relación madre-hijo en la creación de los primeros intercambios culturales.

Asimismo quisiéramos rectificar aquí la interpretación con frecuencia errónea de lo que es un “objeto transicional”, porque tenemos tendencia a confundirlo con la cosa misma, es decir, con la punta de la manta o el osito, mientras que no se trata de una cosa concreta sino de la investidura que el bebé le da a ese objeto ofrecido por la madre (o la persona que brinda los cuidados maternos) y entregados a las sensaciones e imaginaciones naciente del bebé. El objeto transicional no es un objeto material: designa una primera impresión, una primera huella en el espíritu, forjada por el niño a partir de esas cosas concretas, lo cual es muy diferente. Antes de que el niño se constituya como sujeto, antes de que pueda darse cuenta de que sus objetos de amor son seres diferenciados, Winnicott nos invita a concebir el primer bosquejo de un objeto exterior de amor.

Por eso, es mejor hablar de “fenómenos transicionales” para establecer esta idea esencial: se subraya la actividad del mundo interior, la riqueza de pensamiento en el niño más pequeño y la importancia de una experiencia compartida ente la madre y el bebé.

Pero “experiencia” no significa utilización de cosas concretas. La “experiencia” vivida con los cuidados maternos no se limita a lo material, a lo que se percibe o al contacto corporal como se ha dicho al interpretar erróneamente a Winnicott. Asimismo, se cree que el “espacio transicional” sería un lugar para el recreo dentro de una guardería, cuando se trata en realidad de una forma de relación humana. El niño, que todavía es muy dependiente del deseo del adulto, construye las premisas de una liberación de la vigilancia bien intencionada o invasora de aquél. Es un estado interior que se establece ya sea si el niño está en brazos del adulto como si se encuentra a distancia.

Desde los primeros relatos y cantilenas hasta los cuentos y canciones de secuencias repetitivas como Golondrina te desplumaré o Rueda galleta, los libros de imágenes e historias van tomando su lugar en este universo imaginario, entre todos esos curiosos objetos de amor que se proponen a la invención naciente de los bebés para servir de intermediario entre ellos y el exterior. Winnicott dijo que este “espacio transicional” está en el origen de toda experiencia y de toda producción culturales. Los libros son apreciados a la vez por el bebé y por su madre, quien reencuentra así en su compañía el país de su primera infancia. Ambos pueblan el área con la experiencia que los une.

Patatrás es un hermoso álbum cuadrado de gran formato cuyo texto se encuentra a medio camino entre una cantilena y los cuentos que después pasarán a ser parte de la cultura literaria de los pequeñitos; éstos se contarán entonces con más distancia, con menos gestos. En Patatrás, unos bebés ruedan por el suelo aquí y allá, adoptando posiciones divertidas; enormes letras que bailan trazan las onomatopeyas: “¡Bum, patatrás!” ¿Qué adulto normal podría contar esta historia sin hacer el mínimo gesto? Por el contrario, al niño pueden gustarle textos compactos, con pocas ilustraciones, como el libro de cantilenas Pin, pin nicaille, donde encontramos al “rey de las mariposas” quien “al rasurarse, se cortó la barbilla”. Un niño puede también escuchar a cierta distancia, sentado, muy erguido y digno.

¡Sin dudarlo, pongamos los primeros cuentos maravillosos, las cantinelas y los primeros álbumes junto con los ositos de peluche, entre las tempranas experiencias que van a generar la creatividad futura del individuo!



LA ANGUSTIA DE LA SEPARACIÓN


Durante el transcurso del segundo semestre de vida, el bebé hará un descubrimiento extraordinario: su mamá, quién él creyó que estaba enteramente a su servicio, como si estuviera fusionada con él- existe fuera de los cuidados que le procura. Es una persona que puede separarse de él, regresar, hacerse esperar, interesarse por los demás, en resumen, tener una vida personal. En esta misma corriente surgirán pensamientos contradictorios que darán lugar a una serie de conflictos que el bebé tratará de resolver.

Si su madre es un ser aparte, él la puede reencontrar con alegría, pero también puede perderla, esperarla con ansiedad, sentir la incertidumbre de su retorno. De la misma manera que lo hace con él, una vez lejos, la madre puede tener gestos de ternura con otras personas, desconocidos, extraños y quién sabe, ¡quizá hasta su padre y su madre tienen encuentros que no lo incluyen a él! Nada volverá a ser como antes cuando el niño creía que todo era suyo. Tan pronto como construyó un paraíso lo perdió, y sueña con recobrarlo.

Al final del primer año todo está listo en el mundo interpersonal del bebé para afrontar la complejidad de las situaciones futuras. Las angustias del momento de la separación, los llantos nocturnos, los miedos frente a desconocidos, son señales que muestran a los adultos las angustiantes preguntas que el menor se hace. Pero ahora ya no se deja abatir y compensa su malestar y su impotencia con un verdadero placer psíquico, utilizando plenamente sus posibilidades de descubrimiento y de representación.

Comienza a jugar tirando y recuperando los objetos que lo rodean, se alegra de verdad y también de verdad se entristece. Es la famosa descripción del “juego de la bobina” que Freud observó en su nieto cuando éste jugaba solo en ausencia de su madre, y decía fort/ da, “lejos/aquí”. El niño puede oponerse ferozmente y después reírse a carcajadas.

Construye sus primeros intercambios de lenguaje, utiliza palabras para hacerse comprender pues se ha vuelto una persona cuya curiosidad habrá que satisfacer de ahora en adelante.

Con preocupación o sin ella, el niño examina los nuevos rostros y manifiesta su inseguridad refugiándose en su madre. En ciertos momentos, su hostilidad se fija contra su padre, vivenciando como un intruso. O bien, tiene una mínima reacción al examinar una y otra vez dos rostros diferentes, tranquilizándose al regresar al rostro de su madre, acurrucado contra ella.

Para ciertos adultos es difícil entender el placer que experimentan los bebés cuando personas diferentes les cuentan la misma historia o cantilena, de un libro que uno y otros retoman de idéntica manera. La repetición de una historia conocida, su permanencia frente a la discontinuidad de las relaciones, toma un gran valor porque es previsible. Es una experiencia placentera y estable en este periodo de grandes cambios.

Es la época de la narración de cuentos, de las canciones de cuna cantadas a un niño angustiado para tranquilizarlo, para dormirlo y permitirle así abordar sin demasiada preocupación el largo trayecto que seguirá para llegar a separarse de aquellos que lo cuidan.

Para calmarlo, jugamos con él a escondernos, juego que él pedirá sin cesar y que él reproduce con objetos.

Ahora que es un pequeño personaje, el niño empieza a darse cuenta del poder que tiene sobre las personas que lo rodean. Pero nuestro conquistador está en el clímax de la ansiedad. ¿Se derrumbará de repente su novísimo poder? Ya vimos que su espíritu es un tanto inestable y que aún no siente seguridad para el mañana. Su pensamiento, todavía dependiente, sigue siendo impulsivo y no contempla el futuro, que para él es el día siguiente. Con frecuencia, los momentos vividos con mayor angustia por los nenes son el inevitable momento de ir a dormir y la separación durante el día. Por eso, la estancia del bebé en la guardería, entre los ocho y catorce meses, no siempre transcurre de manera apacible.

Las manifestaciones de angustia frente a la separación no son signos negativos en un niño. Al contrario, se trata de un pasaje necesario. El adulto debe estar atento, acompañar al niño en sus miedos, cuidando siempre de tranquilizarlo. Si bien es positivo decirle al niño que nos vamos, informarle a dónde vamos y asegurar que regresamos, los grandes discursos explicativos con frecuencia no funcionan; hemos de constatar que al niño le tomará todavía bastante tiempo comprender y aceptar que la ausencia no significa abandono.

En esa etapa los primeros relatos cortos tienen como tema central la pérdida o la ausencia de un objeto o de un animal. A condición de que la situación en el libro esté suficientemente alejada de su realidad, el niño puede jugar con la transposición de su propia angustia. Una historia que pone en escena a animales no está directamente confrontada con el miedo real de perder a su madre, sino que lo aborda con un desplazamiento que le permite triunfar mejor sobre él.

Así sucede en la historia de Cua Cua. Una mamá pato tuvo que dejar solo a su bebé para alejar al zorro malo.

Cua Cua huye entre las hierbas y se encuentra con diferentes personajes: “¿Tú eres mi mamá? –No, responde la gallina amarilla al patito amarillo, tu mamá es blanca”. Una pequeñita llamada Sofía comenta a cada página: “No-máá, No-máá” (“No es su mamá”). Un gordo de mejillas rozagantes interviene un poco preocupado: “Iii-mamá” (“Si, si, es su mamá). Va dando vuelta a las páginas en sentido contrario para tranquilizarse al ver a la mamá pato en su nido. El libro deberá ser leído y releído, el encuentro con la mamá pato será repetido mucha veces. ¡En un a ocasión, la narradora tuvo que leerlo al pequeño grupo de niños catorce veces seguidas!

La fidelidad al texto es la garantía de la permanencia; el niño podrá asociar a esa permanencia de la historia, el recuerdo del o de la narradora y así tranquilizarse.

Buenas noches luna es el álbum que había calmado a la pequeña pakistaní tan triste que mencionamos más arriba: una abuela conejo para dormir a su pequeño mientras cae la noche, va nombrando todos los objetos de la habitación: “Buenas noches peine”, “buenas noches vaca”, la vaca saltarina del cuadro... El texto y el escenario son muy poéticos, los leños en la chimenea arden dulcemente.

Todo está en su lugar. Todo estará allí mañana. Y la historia también podrá ser pedida siempre con las mismas palabras y los mismos colores.

Los niños se aficionan al pequeño héroe de alguna serie. Volver a encontrar al héroe acentúa la permanencia del libro. La serie de Pequeño osito pardo es muy conocida, los libros de Arthur, pequeños álbumes llenos de humor, relatan situaciones cotidianas. Cuando Arturo se viste al revés, todos sonreímos ante sus poses cómicas.

Los primeros temores relacionados con el abandono, con el rechazo, prefiguran lo que se convertirá más tarde en la angustia ante la muerte, ante la pérdida de amor de los seres queridos, sobre todo de los padres, en el momento en el cual el niño aspirará a ser grande e idependiente.

Nada puede evitarle esta confrontación interior con su destino. Los adultos, queriendo proteger a veces a sus hijos, evitan los pasajes más angustiantes, arreglan la historia contando cosas tranquilizadoras. Es posponer inútilmente un momento ineludible. La historia no crea la angustia, por el contrario, permite jugar juntos con el miedo y así superarlo. Volveremos más adelante a hablar del gusto de los pequeños por las historias horribles.

JUGANDO A ESCONDERNOS


¿Quién no ha jugado a esconderse? El adulto o a veces el bebé esconde una mano o un caramelo bajo la sábana, se esconde él mismo detrás de una puerta y hace reaparecer el objeto escondido, el mismo objeto, claro. Nada demuestra mejor el placer que le produce al bebé ese juego de repetición y la alegría inagotable que le proporciona este tipo de pasatiempos. Su miedo a la desaparición y el encontrarse de nuevo con un ser o una cosa, recrean la situación de pérdida que está tratando de dominar. Se convierte en el autor de la acción y puede controlarla a voluntad. Darse miedo no tiene nada de trágico, sobre todo si la permanencia del placer está garantizada por la solución prevista. Por este medio el niño recrea y domina los momentos de angustia que encontrará inevitablemente.

El juego de esconderse aparece en la historia, o en la manipulación de libros, “animados” donde se puede jugar a descubrir los objetos o los personajes escondidos por medio de lengüetas de cartón. Los más pequeños lo descubren en libros ya más complejos para lo más grande; por su parte, los grandes no desdeñan los primeros libros sobre el tema, destinado a los bebés. Recordemos a Spot el perrito quien descubre en su paseo los animales o los objetos disimulados en un escondrijo. El niño descubrirá por sí mismo las “burbujas” del texto, en las cuales el animal emite su grito en bonitas letras cursivas.

En ¡Hola, aquí estoy!, dos manos rosas forman una pantalla a cada página y detrás de ellas se puede descubrir un animal fantástico. Citemos de nuevo el divertidísimo Escondámonos puerquitos. Unos treinta cerditos –color rosa bombón y aspecto de gentlemen – juegan a esconderse en una enorme casa. El texto es lacónico y las imágenes están llenas de trazos burlones; los escondrijos sólo puede disimular a los cerditos a medias, y su glotonería los perderá.

EL GUSTO POR LAS “HISTORIAS HORRIBLES”


Con la aparición del lenguaje, los pensamientos del niño pequeño van a volverse más construidos, menos accidentados, puesto que están ligados entre ellos. La anticipación se vuelve posible, los lazos entre pasado, presente y futuro se establecen.

Ya dijimos que la palabra “no” es la primera que el niño enuncia con su sentido pleno, y que, además, no será después modificada. Con la palabra “no” expresa en primer lugar su rechazo a la comida y se niega también a ir a la bacinilla u orinal. Luego llegan los comportamientos de oposición más elaborados y más complejos: Su majestad el bebé descubre que puede dominar a las personas que lo rodean y no se priva de ello: se vuelve caprichoso, colérico y pone a prueba a sus padres. Al mismo tiempo, experimenta el temor de que la citación se revierta y de que haya una respuesta a sus manifestaciones de oposición, según la ley del talión, ojo por ojo y diente por diente puesto que sus capacidades para imaginar una reacción matizada por parte de los otros son limitadas.

Así, el niño comienza su camino hacia la independencia, en principio afirmándose con llantos y rabietas y por el deseo de dominar, es decir, a través de “malos sentimientos”. La personalidad se afirma en un primer momento por medio de la cólera y las oposiciones. Esta etapa será generalmente olvidada después por los adultos. Y aun cuando digamos con frecuencia al bebé “¡Niño malo!”, estos aspectos de la relación padres-hijo se recuerdan poco.

Las fuertes oposiciones y los enojos intensos son aceptadas como afirmaciones de buen augurio. Si son recibidas con suficiente buen humor por las personas de su entorno, estas reacciones excesivas –con frecuencia más marcadas en los varones-, pueden además producir los mejores caracteres. Permitir que las oposiciones se manifiesten a fondo –evitando evidentemente dejar al niño hundirse demasiado tiempo en su llanto y en su angustia- forja mucho mejor el carácter que cortar demasiado pronto los intentos de oposición.

Es divertido poner en relación estas primeras cóleras del bebé y ciertos intercambios verbales que las preceden.

En los intercambios íntimos, quienes rodean al bebé –sobre todo la madre- emplean “nombres falsamente negativos”,19 de animales más bien repugnantes, injurias afectuosas: “sapo”, “monstruo”, “lobo”, “puerquito”, “te voy a comer”, “te echaré a la basura”, etc. En esos juegos de lenguaje, la madre, ¿no estará anticipando ya el momento en el que el niño va a experimentar sus primeros pensamientos posesivos, dominadores y destructivos, y a temer que éstos le sean revertidos? Este tipo de amabilidades puede surgir también más tarde, en momentos de tensión extrema. Escuchemos lo que las madres dicen a un niño que se agita en el reducido espacio de un vagón de tren: “¡Te voy a dejar en la próxima estación! ¡Nunca más iré de vacaciones contigo!” Estos comentarios les son absolutamente indiferentes a los pequeños, porque saben que su madre no hará nada de esto.

La edad de la angustia de la separación es también la edad de los terrores nocturnos que surgen cuando salen los dientes, intensos dolores que el bebé asocia igualmente con la primera conciencia de su agresividad. En cuanto el niño llegue a expresarse, comunicará que sueña con criaturas de enormes dientes que quieren devorarlo y esto es un eco de sus propias “maldades”. En sus sueños nocturnos y en sus ensueños diurnos, el niño pequeño es incapaz de imaginar que las reacciones de los demás sean muy diferentes de las suyas. Él le presta a las criaturas de sueño sus propios impulsos, su mal humor, sus primeras cóleras de impotencia, sus deseos de morder, de ser el más fuerte, y de esta forma arroja estos impulsos fuera de él mismo. Al exteriorizar sus propios sentimientos agresivos se siente aliviado. Las criaturas de sus sueños nocturnos siguen habitándolo durante el día, y si puede jugar con situaciones en las cuales un héroe valiente y gentil se opone a los malos y triunfa sobre todos los peligros, estará más tranquilo. He aquí por qué este tipo de historias es tan solicitado regularmente por los niños, a partir del momento en el cual comienza a afirmarse, aunque no sean suficientemente hábiles para expresarse con palabras.

El álbum Donde viven los monstruos se ha convertido en un modelo clásico. Max se puso su traje de lobo... e hizo travesuras... “Eres un monstruo, le dice su madre.- Te voy a comer”, dice Max. Y lo mandan a la cama, sin cenar. Entonces sueña con monstruos horribles. Se vuelve su rey.

Baila con ellos. “Que comiencen los festejos.” Y de repente, le vienen unas ganas terribles de que alguien lo ame. “¡Por favor no te vayas, te comeremos, en verdad te queremos!.”, gritan los monstruos.- “¡No!” responde Max. Y toma de vuelta su barco, navega y llega a su habitación cuarto donde encuentra su cena que le espera y que “aún está caliente”.

La visión del poder total del niño, proyectado en criaturas horribles y malas dentro de un sueño, se mezcla sutilmente con un regaño cotidiano; el juego entre la angustia del rechazo y al amparo de una casa acogedora, tiene valor de modelo universal. El enano siempre será más fuerte que el gigante. El niño reclama sin tregua historias de ogros, de osos y de grandes lobos hambrientos y feroces, que finalmente serán vencidos. Se deleita con la crueldad más grande, lo cual le permite relacionar el juego del relato con su propia vida interior. El final feliz de la historia, la victoria de los buenos sentimientos, le aportan la certidumbre de que, aunque haga estallar su cólera, sus impulsos más destructivos no aniquilarán a los seres protectores con los cuales puede contar.

A partir del momento en que puede ponerse de pie, el niño explora su territorio y desafía las prohibiciones. Tiene gran talento de actor, le encanta ensuciar, hacer “cochinadas” y, como todos sabemos, cuando tiene esa edad, ¡no hay que meterse en una batalla perdida de antemano! Quienes lo rodean deberán pasar por negociaciones y el humor es entonces un gran aliado del nene y de sus padres. Muy apreciados serán entonces los libros de la serie de Carolina Tremolina y otros sucios “embarradores” como Porculus, que describe la pasión sensual por el lodo de un puerquito audaz que ha escapado de casa huyendo de una limpieza general. “Eres el cochinito más lindo del mundo”, repiten sin cesar el granjero y la granjera a lo largo de su búsqueda del puerquito amado que huyó a la gran ciudad y ¡a quien podrán encontrar después de muchas aventuras!
HISTORIAS QUE DAN MIEDO

Como ya vimos, ciertos padres sientes la tentación de suprimir pasajes que les parecen perturbadores o duros. Es evidente que los temas demasiado violentos o groseros con textos e ilustraciones mediocres, deben evitarse. De nuevo aquí es importante no imponer nada y respetar lo que los bebés eligen y que con frecuencia revela un criterio acertado.

Por el contrario, se han puesto de moda recientemente las historias “horribles”: durante un curso, una joven educadora explica que siempre cuenta historias de brujas, lo cual provoca justamente la reprobación de los demás participantes. Si a los niños les gustan las emociones fuertes, también aprecian las historias tiernas y dulces, a condición de que haya algunos pasajes donde se pueda percibir el vasto mundo y sus peligros. Como los cuentos de animalitos del campo y la ciudad de Beatriz Potter. Aun dentro de este universo tan tierno, la mamá conejo advierte: el cazador quería hacer un buen paté con papá conejo.

En el otro extremo, si queremos evitar sistemáticamente los temas de agresión o de deseos destructores en los cuales el niño no tendría la posibilidad de jugar y de reír con esos pensamientos angustiantes, corremos el riesgo de volverlo más vulnerable.

Pasa lo mismo cuando queremos proteger demasiado demasiado un niño del pensamiento de la muerte o de ciertos sentimientos negativos. Los padres de una pequeñita, tenían miedo de impresionarla, se saltaban siempre la palabra “muerte” cuando le leían y nunca quisieron hablar del tema, prohibiéndole los juegos donde se mata a los demás y donde luego se resucita. Cuando entró a la escuela maternal, los otros niños la iniciaron gustosamente: entonces atravesó por una fase de angustia prolongada que por fortuna pudo superar después, en la cual hablaba de la muerte a propósito de todo; el pollo en la mesa “¡Está muerto”!, los agujeros hechos por una pala “son para los muertos”...

Toda situación cotidiana se veía así contaminada.

Otro niño empezó a manifestar una auténtica fobia a los relatos de escenas crueles de sus libros preferidos; sólo con mucho esfuerzo contará más tarde que ha sido implicado en una escena penosa donde un adulto acusó cruelmente a un grupo de niños de haber dejado morir a un pájaro caído del nido. El adulto había decidido tirarlo a la basura sin enterrarlo, puesto que los niños habían sido tan negligentes. ¡Es evidente que el libro no es un remedio para todos los males!

Este pequeño trauma ameritaba un consuelo verdadero, y escuchar cuentos no fue suficiente.

Muy a menudo, los adultos se molestan con el gusto de los niños pequeños por esas historias que ponen en escena rabia, avidez, crueldad o suciedad. A veces atribuyen a algunas imágenes y a ciertas historias un aspecto terrorífico que no corresponde para nada con las reacciones de los niños. Algunos, por ejemplo, encuentran demasiado angustiante o demasiado feo el libro de Maurice Sendak Donde viven los monstruos, cuando en general estos personajes son para los pequeños lectores representaciones tal vez inquietantes, pero cuya comicidad y debilidad pueden percibir perfectamente. Como Max, ellos serían perfectamente capaces de domar a los monstruos, controlar el peligro que representan. De hecho, la frontera entre criaturas de ficción y seres reales es muy fluctuante. Una niñita exclamó durante una sesión de lectura: “¡Yo vi un dragón, con mi papá!” No intentamos disuadirla ni privarla del placer de contarnos a su vez una historia tan bonita.

El niño se espanta más profundamente al escuchar un texto en el cual el héroe se escapa, se pierde o cuando la luna en el cielo negro de la noche despierta en él los miedos del sueño. Pero si quitáramos tales elementos de las historias, no quedaría gran cosa, pues el vasto mundo de los cuentos está lleno de amenazas.


MIEDO, HUMOR Y FANTASÍA

Nadie se sorprende cuando un bebé que apenas empieza a hablar pone en escena un elaborado guión para hacer sonreír a una persona cercana que está a punto de enojarse con él, y ganar así la partida. Entonces, ¿porqué nos sorprende que los bebés sean capaces de captar los matices en el tono, en el sentido y en los significados que se encuentran en un libro?

El gato Mog, muy divertido y muy inglés, gusta mucho a los niños pequeños que son capaces de organizar ese tipo de escenas cómicas. Mog, el compañero de juegos de Nicky, está resfriado y debe quedarse en casa. Hay muchas escenas graciosas en esta historia. Por ejemplo, un día, la vecina lleva a su bebé con la señora Thomas, la mamá de Nicky: “Muy bien-dice ésta-, a Mog le gustan mucho los bebés.” Pero el gato Mog no comparte su opinión, ¡sobre todo cuando el bebé se apodera de su pescado y luego le agarra la cola! Entonces Mog corre hacia afuera y atraviesa la calle, el bebé lo sigue, no ve al señor Thomas que llega en su auto: ¡Qué desgracia! ¿Qué pasará? El gato Mog, perseguido por un enorme perro, se precipita delante del auto que frena de golpe, y todo mundo está a salvo. Mog, el “salvador de bebés”, tendrá su recompensa: toda la familia lo lleva al mercado a comprar un gran pescado.

Los niños se interesan de manera particular en las relaciones entre situaciones concretas y una idea abstracta.

Así, en Osito, aún no duermes el miedo a la noche no es un miedo concreto: el temor a lo desconocido, al vacío, a la oscuridad no puede reducirse al hecho real de que haya o no luz, puesto que la angustia se vive como un sentimiento interior. Los niños presencian el miedo del osito, a quien el papá oso, primero distraído, un poco molesto y finalmente cada vez más atento trata de calmar con mucho trabajo. El miedo a la oscuridad es un temor abstracto, el papá oso no lo entiende enseguida pues enciende las lámparas, abre la puerta para que entre luz hasta que termina por captar la verdadera naturaleza de la angustia del osito. Para tranquilizarlo, lo lleva tiernamente en sus brazos fuera de la casa, le muestra la inmensa noche y le cuenta un cuento maravilloso bajo la luna.

El trazo del dibujo expresa finamente las variaciones en la angustia del pequeño y el la impotencia del padre.

Vemos al papá oso pasar progresivamente del desinterés a la atención ineficaz para terminar con la ternura que triunfa sobre el miedo. Un nene, cautivado por esta historia, sorprende a los asistentes a la sesión con sus mímicas, porque su cara imita exactamente a la del osito al expresar el miedo, la duda y la calma frente a la angustia vencida.

Como con sus juguetes, el niño confiere sentido a situaciones vividas por un animal o por un personaje. Reconoce y busca a su héroe preferido, sea el Pequeño Osito Pardo, Max , el conejo mal vestido o Arthur el gordito...

Es muy raro que afirme su elección con comentarios inmediatos, pero, por ejemplo, el bebé puede retomar un libro que alguien le contó otro día y leerlo a su manera, con su parloteo y a un ritmo en el cual las secuencias de la historia son fácilmente reconocibles.

Durante el tiempo de lectura y de juegos con relatos y álbumes es importante no olvidar que un niño progresa tanto durante los momentos en los cuales casi no pone atención al adulto como cuando reclama esa atención. La psique del bebé se construye en gran parte con esta manera de ser y de pensar que mezcla la relación y el ensueño D. W. Winnicott demostró la importancia de esos momentos, a veces muy prolongados en los cuales el niño construye su mundo por cuenta propia, con breves interrupciones para asegurarse de la proximidad de una presencia cálida y atenta. Se trata de una verdadera apropiación en la cual todo aquello que rodea al niño –comentarios, intercambios, relatos- no es sino un soporte, ciertamente esencial para propiciar la invención personal. No puede surgir la independencia sin esta manera particular de apoderarse de todo lo que recibe y de hacerlo suyo.

Winnicott propuso una célebre sentencia que resume esta paradoja del depender para mejor independizarse; habla pues de la capacidad de evolucionar solo, en presencia de la madre.20


LAS IDENTIFICACIONES

Subrayemos de nuevo que la capacidad de jugar con una situación angustiante y el interés por un lindo cuento se establecen mejor, por regla general, cuando se trata de personajes completamente ficticios. Las invenciones de los niños son más

atrevidas, su imaginación más desenfrenada. Imaginan entonces múltiples situaciones a la vez cercanas y suficienemente alejadas para lo que sienten.
20 D. W. Winnicott, “La capacité d’etre Seúl”, en De la pediatríe a la psychanalise, París, Payot, l969 (trad. En español: “La capacidad para estar solo”, en Escritos de pediatría y psiconálisis, Paidos, Barcelona, l999)

Al contrario, con personajes que se parecen a los padres reales, los niños restringen sus comentarios.

Cuando un niño dibuja a una familia como la suya con frecuencia se limita a describir el dibujo y a hacer un breve comentario: “Es el papá, va al trabajo.” No le es fácil prestar a una representación tan cercana de su verdadero papá, sentimientos o actos excesivos que no se siente autorizado a atribuirle. Si dibujara una familia de la nobleza, propondría más fácilmente todo tipo de aventuras. La ficción aparece como algo indispensable para que el niño proyecte sus sentimientos sobre diferentes situaciones por él imaginadas.

A través de sus héroes, el bebé, varón o nena, puede ya comenzar a atribuirse roles y, por este medio, a revivir sus matices afectivos. Por la mediación de un animal, todas las fantasías de la imaginación están permitidas. Un animal muy pequeño, como Mickey Mouse, triunfa sobre los peores peligros. O bien, en la historia de John, Rosa y el Gato, John, un viejo perro amado y celoso fastidia a su dueña, la viejita que tantas ganas tenía de adoptar un gatito demasiado lindo.

Cuando el niño se encuentra dentro de una historia como ésta se divierte, mientras que en otras circunstancias conocemos la gravedad que los celos pueden revestir. André, de veinte meses, comenta la historia de un patito que está cerca de un estanque y que le tiene miedo al agua: “El patito tiene miedo del agua, no le gusta tomar duchas; el jabón pica los ojos y el patito llora.” Se distancia así de lo cotidiano creando un juego dentro del juego, una situación imaginaria.

Una nenita comenta el libro de imágenes Bañando al perro, donde un enorme perro se sacude. “Con mi papá yo vi un perrote, era grande grande...” La continuación se vuelve confusa, las palabras se enredan. Comprendemos fácilmente que está evocando el miedo que le dan los perros grandes.

Perturbada, trata de atraer la atención, sin éxito; discretamente intenta que la lectora la tranquilice y al fin retoma el hilo de la historia. Esta nenita, confrontada al objeto de su fobia, cuenta el relato ella misma, convertida a su vez en narradora, y propone a su auditorio un terror similar al que ella misma sintió. Es estas historias que dan miedo, el niño se ve en alternancia en el lugar de la víctima y del agresor. Y aun cuando el libro le relate cosas terribles, tiene a su alcance toda una gama de medios para dominar lo que siente y para servirse del juego imaginario inducido por el texto. Si la ficción no es suficiente, puede actuar la historia en el grupo con los otros niños, o bien fingir atacar las imágenes, o hasta contar sus miedos al adulto como lo acabamos de ver.

Al leer Toc toc, ¿quién es?, en el cual un ser bípedo similar a King Kong surge tras las puertas, los niños varones juegan a asustar a las nenas y se hacen los fortachones inflando sus bíceps. Los monstruos del sueño de Max en Donde viven los monstruos provocan alegres bullicios. Niñas y niños “miran con ojos centelleantes y muestran sus terribles garras”, con grandes gestos y riendo a carcajadas, hasta calmarse con la continuación de la historia. Muy pronto, los más temerosos se contagian y descubren a su vez que los monstruos también los hacen reír, puesto que son menos fuerte que Max.

Llevar al niño a vivir grandes y hermosas aventuras de héroes imaginarios no es desviarlo de las realidades prácticas, como algunos adultos creen. Al contrario, para dominar nuevas situaciones, el niño pequeño primero debe representárselas y jugar con ellas de todas las maneras posibles. Mientras la situación se preste más al juego, mientras más lejana esté de lo concreto, al niño le será más fácil imaginar digresiones divertidas que lo tranquilicen.

Si la persona que relata la historia modera los temores de los niños con su presencia, también permite identificaciones inesperadas. Una niñita va regularmente a las sesiones de animación con los libros. Al principio, asiente a todas las historias repitiendo “¡Sí, sí, sí!” Es una nena muy tranquila, demasiado dócil, que deja que los otros escojan los libros y adopta sin protesta la selección hecha por sus compañeros.

Un día le dice a la animadora “Hoy yo leo y tú dices sí.” La nena se pone a leer a su manera los libros y la animadora dice “¡Sí, sí, sí!” prestándose al juego. Alejándose de sus anteriores inhibiciones, empieza a comentar los libros diciendo en todo momento “Caca, es caca”. Los colores oscuros, las sombras sobre todo, son para ella “caca”. La sombra de Lulu en la portada: “caca”. Se vuelve loca por ese libro, lo pide siempre y luego inventa ella misma toda una historia fantasiosa: “Lulu hizo caca, entonces lo regañaron”. A partir de entonces su comportamiento se afirma, quizá demasiado. Después de un periodo prolongado en el cual no expresaba suficientemente sus propias elecciones, se vuelve opositora. Su mamá lo confirma riendo, a decir verdad poco preocupada. Durante el periodo durante el cual decía “sí, sí” era como si asimilara todo lo que escuchaba, como si absorbiera todos los personajes de manera pasiva. Después, cuando se vuelve dueña del juego por una situación revertida, toma el lugar del adulto, manda y ordena. Al identificarse con un adulto que imaginaba severo pudo dar curso a sus fantasías y así llegar a una autonomía y a un dominio de su carácter.
EN EL CAMINO DE LA LECTURA

El autor del libro, el o los narradores presentes en la historia misma, constituyen el acompañamiento para que el niño se apropie de la capacidad de dominar los relatos y el mundo. Esto es válido para todas las edades, ya sea para aquellos que aún no saben leer como para los que se expresan sólo en un idioma extranjero. Al principio, para el bebé la palabra de la persona que narra y el relato en el libro son percibidos globalmente. “¿Nos conocemos? ¿Dónde te he visto antes?”, pregunta la animadora a una nena de dos años y medio, ausente del Bebé Club desde hace algunas semanas. “Ahí”, responde ella mostrando con su dedito el montón de libros en la caja. Amalgama así a la persona que narra, su actividad de lectora y los libros.

El niño entiende poco a poco que los libros tienen autores. Entonces hace preguntas sobre el nombre escrito en la portada: “¿Quién es?” Se está informando, lo retiene, repite: “Es el que escribió, el que dibujó.” Muy pronto tendrá sus autores preferidos.

El bebé atraviesa etapas que le permiten poner distancia entre la presencia física de alguien familiar y el texto leído.

El autor, el o los narradores, muy distintos de los héroes de la historia, son en un principio personajes impalpables.

Pasar por movimientos de apropiación y de distanciamiento gracias a estos personajes que sirven de intermediarios permite adquirir la aptitud para contar algo alejado de su experiencia vital, suficientemente bien construido para que los demás lo entiendan. Sólo entonces el niño puede, a su vez, leer y escribir un texto que tendrá un sentido para él mismo y para otros. Cuando los textos se vuelven más largos, hay toda clase de personajes interesantes: los que narran la historia total o parcialmente, los que no saben para nada el riesgo que corren, los que fueron prevenidos del peligro, niños, adultos o seres extraordinarios. Algunos de estos personajes presentan la particularidad de conocer los eventos mucho antes que el héroe, quien por su parte no sabe nada de la aventura en la cual se está precipitando. La identificación con los protagonistas de la acción produce entonces un efecto poderoso porque el que está escuchando conoce lo que sigue. Se trata del mismo tipo de placer que cuando Guiñol 21 pide al público su complicidad y su apoyo para defender a los débiles contra los fuertes.



La persona que relata en voz alta un texto a partir de las palabras o de las imágenes reúne para el niño a todos los personajes de la creación literaria, como lo expresaba con candor la nena que mezclaba los libros con la lectora, quienes seguramente habitaban juntos en la misma casa fabulosa. En ese sentido, el arte del narrador se acerca más al del intérprete de un obra musical o de una simple canción, que al del teatro o al de cualquier otra expresión corporal. Para presentar un texto o un libro no es necesario escenificar un espectáculo; el narrador debe “borrarse” a sí mismo pero también poner de relieve las cualidades del estilo, las sorpresas entre texto e imágenes, la música y la poesía, en total respeto del texto, sin agregar comentarios. Una lectura sin énfasis, en la que simplemente se pone al alcance del niño pequeño el tono del relato, permite a quien lo escucha, mira y piensa, tomarse todo el tiempo para que se elaboren los enlaces de pensamiento frente al texto más simple en apariencia.
21 Famoso personaje del teatro de títeres que se remonta al siglo XVIII. (N. de T.)





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