La naturaleza, el ambiente y nosotros



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LA NATURALEZA, EL AMBIENTE Y NOSOTROS

Carlos Reboratti

A Doña Ofelia, mi madre

INDICE
Introducción

Después de todo, que es la naturaleza?

La Naturaleza con mayúsculas

Debajo, con o encima de la naturaleza?

Entre el hombre y la naturaleza

Naturaleza y ambiente

Los usos del ambiente

El ambiente como lugar

El ambiente como basural

Los actores y las escalas en la relación con el ambiente

Nuestra capacidad de impactar el ambiente

Cambios en el consumo y tecnología

Cuanto cambiamos el ambiente?

Y nosotros?

Los Parques nacionales

De la conservación al ambientalismo

El ambientalismo en el resto del mundo



Y ahora?

Una pequeña bibliografía sobre la cuestión ambiental

Introducción
No esta claro si el hombre es innatamente un amante de la naturaleza o que simplemente nos han enseñado que esta mal decir lo contrario. Seguramente muy poco de nosotros se atrevería a asegurar que no le gusta “la naturaleza”. Pero cuando pensamos en ella, que imagen se nos representa? Y esta imagen, responde a que realmente la conocemos o simplemente estamos retransmitiendo otras imágenes que nos han llegado asegurándonos que esa es la naturaleza?. Posiblemente la mayor parte de las veces imaginamos un paisaje espectacular, un atardecer en el mar, una montaña nevada, tal vez un animal o una flor “salvaje” que nos llegan a través de los ojos de otros (el fotógrafo, el pintor, el escritor, el publicista). Esas imágenes nos hablan de un mundo (o de una parte del mundo) que esta fuera de nosotros, un mundo al que observamos y eventualmente apreciamos en su belleza pero en el cual no podemos introducirnos. Porque en cuanto lo hacemos, dejamos de considerarlo “natural”. No pensaríamos seguramente igual con respecto a una casa, una calle, un automóvil o aun una planta cultivada, en las cuales nos “introducimos” sin que cambien en su cualidad original. Esas cosas no son para la mayoría de nosotros parte de la naturaleza y nunca lo fueron, no las entendemos como fuera de nuestro mundo sino dentro del mundo que nosotros construimos para vivir en él.
Si tenemos la suerte de realmente pasar por la experiencia de tener un contacto directo con la naturaleza, nos queda una sensación ambivalente: por un lado nos atraen algunas de sus características como la belleza, la quietud o la escala majestuosa (la naturaleza sublime, la llamaban algunos). Por otra parte nos repele la idea de entrar en un mundo que no es el nuestro, que no conocemos demasiado, que no podemos controlar y que nos produce muchas veces una cierta sensación de molestia (calor, frío, hormigas, mosquitos…), cuando no directamente de peligro (inundaciones, terremotos, animales peligrosos). A modo de negociación, y para gozar de los beneficios de la naturaleza sin sufrir las consecuencias de introducirnos en ella, la traemos a “nuestro” mundo y recreamos una especie de naturaleza controlada y amable. Por ejemplo, vamos a un parque para “acercarnos” a la naturaleza, con su césped bien cortado y regado, sus árboles plantados y cuidados (muchos de ellos originados en otros países) y sus senderos limpios y accesibles. O visitamos un zoológico, esa especie de campo de concentración para los animales que consideramos salvajes y a veces peligrosos, y que tanto nos gusta mirar mientras se encuentren lejos, encerrados y controlados. Creamos, para nuestro beneficio, una segunda naturaleza, diferente a la primera y original, más cercana, más amable, más controlable.
Y al crear esta nueva naturaleza lo hacemos como alguien externo a la primera, como individuos, como población o como sociedad que la observa sin aceptar su inclusión en ella. De allí que hablemos de nuestra relación con la naturaleza, o de las relaciones naturaleza/sociedad y no de nuestra situación en la naturaleza. Para bien o para mal, nos imaginamos como separados de ella.
Si somos poco afectos al contacto con la naturaleza que podríamos por ahora llamar primera o exterior, o somos a lo sumo sus visitantes ocasionales y transitorios, que deberíamos decir de nuestras preocupaciones por su conservación y de lo que podríamos llamar como los “problemas ambientales”, que para casi todos nosotros son prácticamente inexistentes o lejanos. A pesar de los denodados esfuerzos de una cantidad de organizaciones ambientalistas, la gran mayoría de nosotros directamente carecemos de opinión sobre el tema ambiental, salvo cuando se rompe una cloaca cerca de nuestra casa o una tía pierde todos sus muebles porque se los llevó una inundación. Cuando estos molestos problemas desaparecen, volvemos a olvidarnos de la naturaleza.
Porqué estamos tan alejados de la naturaleza? No creo que se podría ubicar una sola causa que lo explique, ya que esa situación proviene de muchos años de vivir en un mundo que ha adoptado una cierta forma de desarrollo cultural, social y económico. Pero podríamos referirnos a algunas causas tan generales como que buena parte de la población vive ahora en verdaderos “artefactos” (las ciudades) en los cuales se puede pasar toda una vida sin mayor contacto directo con los elementos de la naturaleza, salvo los muy generales, como la temperatura, la lluvia o el viento, y eso solo si salimos a la calle. También podríamos referirnos a la tradición judeo-cristiana de la cual formamos parte, poco afecta en general a las elucubraciones ambientalistas (algunos dicen que en realidad es enemiga de la naturaleza). Y hay otras causas más cercanas, como el sistema educativo, que recién ahora y tímidamente esta acercándose al tema, o el papel poco constructivo que han tenido la geografía y la historia escolares en lo atañe a la conciencia ambiental, y donde recién en los últimos años nos hemos apartado de las interminables listas de batallas, presidentes, ríos y montañas. Y más cercanamente a lo cotidiano, encontramos el pobre papel que los gobiernos de nuestros países han tenido en el tema ambiental, cuando en el mejor de los casos las referencias a esos problemas (cuando existieron) fueron más de compromiso que de otra cosa. Por lo general los encargados del tema ambiental no aparecen en los medios de comunicación, ni aun cuando hay temas en los que deberían opinar.
Que estemos apartados de la naturaleza, es bueno o malo para nosotros y para ella? Los evidentes problemas ambientales que estamos sufriendo, son consecuencia de esa posición? Son esos problemas y conflictos inevitables? Para responder a esas preguntas y otras que surgirán a lo largo de este texto, no creo que esté de más tratar de hacer unas cortas reflexiones sobre el tema de la naturaleza, el ambiente y nosotros.
Después de todo, que es la naturaleza?
Aunque se podría hablar mucho sobre el concepto mismo de naturaleza, para abreviar digamos que podríamos pensar que hay por lo menos tres aproximaciones diferentes al tema (aunque, vale la pena decirlo, con muchos puntos de contacto entre sí). La primera es pensar en la naturaleza como la esencia de algo, una cualidad intrínseca, innata y prácticamente inmutable que le asignamos a alguna cosa, generalmente animada. Por ejemplo, el tigre es feroz “por naturaleza”. Y así también hay gente que es mala, buena, alegre o triste “por naturaleza”, y que por esa causa es difícil que cambien (lo que muchas veces esconde las pocas ganas que tenemos de que lo hagan o la escasa importancia que le asignamos a ese cambio).
Aunque el tema de la naturaleza como cualidad esencial, y sobre todo el de cómo es el hombre “por naturaleza” (malo, bueno??) ha sido objeto de largos e interesantes debates, y salvo que pensemos que el hombre es enemigo de la naturaleza “por naturaleza”, en este caso esta acepción del término no merece mayor reflexión, aunque debemos tenerla en cuenta para evitar confusiones de lenguaje.
Sí en cambio son importantes las otras interpretaciones del término. Una es pensar a la naturaleza como el conjunto de todas las cosas que existen sobre el planeta, incluyendo o excluyendo al hombre y sus obras. La otra es imaginar a la Naturaleza (con mayúscula) como la reguladora de la vida sobre esta tierra, un inmenso sistema regido por leyes que organizan todo el conjunto de seres vivos y elementos inanimados y sus relaciones.
Si nos referimos a la idea de la naturaleza como todo los que nos rodea, podemos dudar si incluimos o no al hombre en la misma. Si lo incluimos, eso significa que tiene un papel en el conjunto de la naturaleza junto a todos los otros objetos, animados o no, el hombre sería así sólo un elemento natural más. Una causa para incluirlo sería pensar que todavía el hombre es fundamentalmente un aparato biológico, ya que su funcionamiento responde a una estructura física y química igual a la de otros animales. Todas las partes de nuestro cuerpo y todas (casi) sus funciones puede encontrar un similar en los otros animales: huesos, músculos, circulación sanguínea, sistema nervioso, movilidad, son todas cosas que podemos ver en otros animales. Por supuesto que el hombre se caracteriza por poseer un conjunto específico de elementos y funciones, pero lo mismo pasa con todos los otros animales: por ejemplo, las diferencias entre un caballo y un hombre son muchas, pero también lo son las similitudes.
Pero sin embargo hay un argumento que podría ubicarnos fuera de la naturaleza (o por lo menos darnos una mayor especificidad dentro del conjunto de lo natural): nuestra capacidad de crear, almacenar, difundir y enriquecer conocimiento. Ahora bien, si eso nos llevar a pensar que el hombre es tan especial como para considerarlo como algo aparte de la naturaleza, significa que siempre fue así o que en algún momento se apartó de ella?
Nuestra tradición religiosa es algo ambigua al respecto. La creación divina del mundo significó que se incluyera en el mismo a la especie humana, personificada en Adán y Eva. Estos vivían en un paraíso, un mundo edénico donde toda la naturaleza estaba en “armonía“, tal cual lo representa toda la imaginería religiosa medieval: plantas, animales y gente coexistían pacífica y alegremente (lo que no deja de ser en sí mismo algo difícil de entender apenas se analiza el funcionamiento de un ecosistema, el cual en buena medida se basa que nos pasamos la vida comiéndonos los unos a los otros). Pero en algún momento Adán y Eva fueron expulsados del paraíso (no es éste el lugar adecuado para explicar por qué), y a partir de allí éste se mantuvo como una utopía a la cual se quiere volver, y al cual la propia religión nos indica que volveremos si nos portamos bien, de acuerdo a sus principios. Para vivir en este mundo extra-paradisíaco, la especie humana tuvo que establecer otra relación con otra naturaleza, que ya no era tan amable ni armoniosa, y la orden divina fue que los humanos debíamos apropiarnos de ella, dominarla y utilizarla. Y cumplimos este mandato con aplicación y seriedad, a veces algo excesivas.
La tradición judeo-cristiana está referida en su origen a un mundo geográficamente pequeño, poco más grande que la cuenca del Mediterráneo y habitado por un grupo humano relativamente homogéneo desde el punto de vista étnico. Pero cuando este mundo se fue abriendo debido a la gradual mejora de los medios de transporte, la ampliación de los sistemas de intercambio y la aparición de organización políticas más complejas, fueron apareciendo grupos humanos muy distintos a los que se conocían, algunos en situaciones de relación con la naturaleza que aparentemente eran muy parecidas a las de Adán y Eva en su paraíso original.
La mayor confusión provino del llamado descubrimiento de América (suceso también conocido como encuentro, conquista, intercambio, violación o ecocidio, según el leal saber y entender de cada uno). Cuando los europeos encontraron a los indígenas americanos, estos aparentemente vivían en un estado similar a la descripción del paraíso bíblico (claro esta que se trataba del Caribe, que a partir de las primeras descripciones de Cristóbal Colón ha mantenido su imagen edénica, para provecho de las compañías turísticas). Eran estos descendientes de Adán y Eva y era ese el paraíso? Para no tener que reflexionar demasiado al respecto, los conquistadores se dedicaron concienzudamente a eliminar a los indígenas y destruir el paraíso y la discusión paso a ser meramente teórica…
Dejando de lado lo que opina la religión, el tema del pertenecer o no a la naturaleza también ha sido objeto de mucha discusión en el mundo de la ciencia. Muchos investigadores de nuestro pasado opinan que la especie humana, en los primeros momentos de su desarrollo y mientras vivía exclusivamente de lo que la naturaleza le brindaba sin hacer otro esfuerzo que recoger algunos frutos o matar un animal para alimentarse, era parte de esa naturaleza, un elemento más de la misma y cuya existencia no afectaba el equilibrio general del ecosistema en el cual habitaba.
Pero en algún momento la especie humana comenzó a crecer, tanto en tamaño como en capacidad de aprovecharse de lo que la naturaleza le daba: por ejemplo, aprendió a utilizar herramientas y a manejar el fuego. Y a partir de allí comenzó a tener cada vez más influencia en la naturaleza, hasta convertirse hoy en la especie animal que mayor capacidad tiene para modificar los elementos naturales (lo que no quiere decir que sea capaz de manejarlos racionalmente).
Claro que esta larga historia de nuestra lucha para utilizar y modificar la naturaleza (y apartarnos de ella??) tiene algunos momentos salientes: en primer lugar la invención de la agricultura, lo que por primera vez permitió al hombre un real manejo de los servicios y recursos naturales, eso es, poner la naturaleza a su disposición, obligándola a producir elementos específicos y útiles para el hombre, algo que por sí sola no hubiera hecho ni en cantidad ni calidad. Comparemos por ejemplo un campo de maíz con un bosque, o sea un producto de la acción humana y otro de la naturaleza, ubicados para poder compararlos en un ambiente similar. Ambos utilizan los mismos recursos (tierra, agua, nutrientes) y los mismos servicios (luz solar, fotosíntesis, ciclo biológico) generados por la naturaleza. Pero son totalmente opuestos en sus características básicas: el campo de maíz tiene una sola especie, el bosque tiene centenas. Al final del ciclo biológico buena parte del maíz (los granos que serían los encargados de reproducir la planta) es retirado y llevado a otro lugar, mientras que la mayor parte de los elementos del bosque nace, crece y muere en el mismo lugar. Cuando un elemento natural “extraño” aparece en el campo de maíz (una planta, un animal), el hombre rápidamente trata de eliminarlo, anulando la competencia propia de los sistemas biológicos. Incluso les da un nombre específico a esos competidores, y los llama pestes y malezas. En el bosque, en cambio, cuando aparece un elemento extraño, el ecosistema ejerce su capacidad de absorber los cambios sin introducir demasiadas modificaciones en el conjunto.
En el bosque hay una continua competencia entre sus elementos por los recursos y los servicios de la naturaleza y al mismo tiempo un sistema complejo de intercambio de nutrientes: el final de la vida de algunos de sus elementos significa el alimento de otros, ya sean animales o vegetales. En cambio el ecosistema artificial, que el hombre ha creado y mantiene en el campo de maíz, es incapaz de reproducirse a sí mismo con las mismas características: cada año, el campo es fertilizado debido a que no se ha permitido la reincorporación de nutrientes y se vuelven a plantar semillas provenientes de otros ecosistemas, porque la mayor parte de las generadas allí mismo han sido extraídas del lugar. El bosque se mantiene como tal durante cientos y cientos de años, no estáticamente sino que en un continuo fluir de modificaciones: el bosque es siempre el mismo y a la vez siempre diferente. El maizal es sólo siempre diferente, ya que todos sus elementos nacen al mismo tiempo y mueren al mismo tiempo.
Un segundo momento importante en la separación del hombre de la naturaleza fue la aparición de formas de asentamiento concentrado y que el hombre construye con elementos que la naturaleza no le puede brindar en forma directa. Si pensamos en cualquier pueblo o ciudad, podemos ver que esta formado por una serie de elementos que no son directamente extraíbles de la naturaleza: cemento, asfalto, acero, plástico, aluminio, ladrillos, vidrio, madera aglomerada, fibras sintéticas… en realidad, si estamos en nuestra casa y miramos a nuestro alrededor, se nos hace difícil encontrar un objeto que provenga directamente de la naturaleza. Vivir en este ambiente “artificial” (más adelante volveremos sobre ese concepto), evidentemente ha alejado al hombre de su medio natural. Lo que no quiere decir que la ciudad esté totalmente apartada de la naturaleza. Si bien en una escala menor y local ha podido neutralizar los elementos naturales (por ejemplo, el relieve en las calles o la temperatura en los edificios) en una escala mayor estos tienen todavía mucha influencia: piénsese por ejemplo en las inundaciones o los terremotos.
La tradición cultural de occidente en la cual estamos inmersos nos ha ubicado en una cierta posición con respecto a esa naturaleza como totalidad. La mayor parte de nosotros no nos hemos parado a reflexionar sobre el tema y simplemente creemos (implícita o explícitamente) lo que la sociedad nos han enseñado: la naturaleza es algo que esta fuera de nosotros y para integrarnos a ella debemos “salir” de nuestro mundo, que parecería estar formado por nosotros mismos y todos los elementos que hemos construido.
La Naturaleza con mayúsculas
Si pensamos a la naturaleza no ya como un amplio conjunto de elementos que por lo menos incluye a todo lo que el hombre no ha tocado, sino como un gran sistema que agrupa tanto esos elementos como las relaciones que se establecen entre ellos, el concepto que tenemos sobre el término cambia. Nos estamos refiriendo ahora al sistema que regula todo lo que sucede en el planeta Tierra, no ya a un conjunto más o menos estático y universal de elementos, sino a la compleja organización de los mismos, a un conjunto de relaciones reguladas que guían nuestras vidas y todo lo que nos rodea. Esta idea es muy antigua, y para simplificar una noción tan compleja y de una escala tan grande, diversas culturas a través del tiempo y la geografía han optado por personificar a ese sistema, acercándolo a una concepción divina. La Naturaleza (ahora con mayúsculas porque le hemos asignado una especificidad, una identidad propia) se ha representado casi siempre como una mujer, lo que en el fondo se refiere a su capacidad nutricia y dadora de vida.
Al personificarla, también se la dota de cierta personalidad similar a la humana, lo que permite verla, entre otras posibilidades, como amable, sabia, maligna, inflexible, justiciera, caprichosa o maternal, calificaciones no necesariamente opuestas o alternativas, sino muchas veces consecutivas en un tiempo relativamente corto. Porque esa asignación de cualidades humanas esta controlada por el tipo de relación que entablamos con esa Naturaleza y en que medida ésta nos afecta. Según como nos llevemos con ella, le daremos diferentes cualidades: si en una hermosa mañana pensamos que la Naturaleza es bella y amable; si en ese mismo día si se desata una terrible tormenta la trataremos como caprichosa, imprevisible y violenta.
Esta Naturaleza no solo rige nuestras vidas, sino que también nos enseña como comportarnos con respecto a otros elementos “naturales”, nos entrega sus bienes cuando le hacemos caso o nos castiga cuando no lo hacemos. Tal como pensábamos con respecto a nuestra maestra del colegio primario, todos estamos de acuerdo que la Naturaleza es bella y sabia y que nos imparte (no siempre en forma totalmente clara) sus enseñanzas, pero no logramos aceptar que eso significa que tenemos que hacerle caso. Porque aquí la discusión no es sobre si vivimos dentro o fuera de ella, sino sobre hasta que punto podemos prescindir del cumplimiento de esas indicaciones, que llamamos justamente “leyes de la Naturaleza”.
Esta idea de personificación de la Naturaleza ha atravesado prácticamente toda la historia de la humanidad y aún permanece en nosotros, que constantemente invocamos, por ejemplo, la sabiduría de la Naturaleza (tema muy común en las películas documentales que vemos por televisión), o la increíble violencia de sus elementos cuando se “desatan”. Y cómo nos ubicamos nosotros con respecto a eso?
Debajo, con o encima de la naturaleza?
Si nos alejamos ahora del propio concepto de Naturaleza, y tratamos de analizar cómo nos vemos nosotros con relación a ella, podemos constatar que a lo largo del tiempo y en distintos lugares la hemos considerado alternativamente como nuestra dueña, nuestra compañera o nuestra esclava, con algunas variaciones intermedias.
Muchas culturas, sobre todo aquellas donde la tecnología para aprovechar o neutralizar los elementos naturales no estaba muy desarrollada, pensaron la relación del hombre y la naturaleza como un estado de sumisión constante a la misma. Nadie podía controlar o predecir cual era el comportamiento natural y el hombre quedaba a merced de los “caprichos” de la Naturaleza. Se alimentaba de lo que ésta le daba, y si le negaba este alimento (por ejemplo, por una sequía o una inundación) no tenía otro remedio que pasar hambre. Del mismo modo, sufría los elementos naturales sin mayor protección a los mismos y consideraba a las muertes que ocurrían debido a la acción de elementos naturales como algo que debía aceptarse de forma fatalista. De alguna manera, el pensamiento cristiano toma también esta postura, trasladando la responsabilidad de lo natural a Dios y aceptando lo que éste disponía, y lo mismo sucedió con el pensamiento musulmán. Durante mucho tiempo, y mientras la tecnología en el mundo occidental se desarrollaba muy lentamente, el hombre estaba a merced de la Naturaleza, y aceptaba mansamente este hecho.
Pero también podemos pensarnos a nosotros mismos como parte integrante de la naturaleza sin que necesariamente esto signifique una actitud fatalista y una aceptación absoluta de sus designios. Este tipo de visión ha estado siempre presente en el pensamiento occidental, con mayor o menor preponderancia, y ha sido una parte fundamental del pensamiento religioso de Oriente. En el caso de Occidente, y desde las reflexiones de los filósofos griegos y su transposición a parte del pensamiento religioso cristiano, el hombre estaba dentro de la naturaleza, pero no como un elemento más: la naturaleza estaba a su servicio, en realidad se había creado para satisfacer sus necesidades y era su obligación utilizarla para ello. También dentro de la idea del pertenecer a la naturaleza, otros filósofos griegos reflexionaron sobre el tema, y parte del pensamiento cristiano (que como vemos es algo ambiguo al respecto) también se apartó de la línea fatalista para ubicar al hombre no ya como una víctima de la naturaleza o como el centro de ella, sino como alguien que Dios había ubicado allí para resguardarla (pensemos en San Francisco de Asís y sus amigos animales). O sea que desde ese punto de vista el hombre no solo tiene como única misión apropiarse y aprovechar de la naturaleza, sino también cuidar de ella, es su guardián.
Más modernamente el amplio y complejo movimiento ambientalista y su antecesor, el conservacionismo, tomaron la misma actitud, viendo al hombre más con deberes que con derechos sobre la naturaleza, pero como parte integrante de la misma. Incluso algunos movimientos ambientalistas muy radicalizados proponen una vuelta a la naturaleza, abandonando todos los productos industriales y las construcciones sociales y culturales de los últimos 200 años. Cabe aclarar que la mayor parte de los movimientos ambientalistas, como veremos, son bastante más realistas.
Aun reconociendo la existencia de las otras dos posibles posiciones con respecto a la naturaleza, deberíamos aceptar que la visión actual de la mayoría de la gente (implícita o explícita) es que estamos por encima de ella, esto es, no solo que estamos fuera de ella sino que podemos controlarla y utilizarla a nuestra voluntad. Este es en la práctica el pensamiento dominante, que proviene del movimiento iluminista del siglo XVIII y su idea de la posibilidad de dominar a la Naturaleza a través del conocimiento que se adquiría sobre ella. De allí que a partir de fines de ese siglo se fuera construyendo todo un aparato científico dirigido a formalizar y ordenar ese conocimiento, de la mano de los “naturalistas” y su construcción de una “historia natural”, sucedidos más tarde por el positivismo y su división de la naturaleza en sectores que analizaban distintas disciplinas científicas: los vegetales por los botánicos, los animales por los zoólogos, las rocas por los geólogos y así por el estilo. Solo a principios del siglo XX apareció una disciplina, la ecología, más interesada en las relaciones entre los elementos naturales que en los elementos en si mismos, volviendo de esta manera a pensar en la naturaleza en un todo (aunque el hombre quedara fuera de este todo).
Por supuesto también los economistas clásicos se basaban en la idea de la posibilidad y necesidad de dominar la naturaleza y pensaban que no solo podíamos dominarla, sino que teníamos derecho a hacerlo. En verdad el capitalismo (esto es, el sistema económico hoy prevaleciente) se construyó sobre la base de la explotación de dos recursos básicos: los humanos y los que brindaba la naturaleza, en este último caso sin mayor conciencia de la fragilidad o abundancia de los mismos. De allí que a lo largo de los últimos siglos fuera tan común decir que necesitábamos “descubrir”, “explorar” y “conquistar” esa naturaleza, justamente para subyugarla y volverla “útil”. Cabe aclarar que la naturaleza ya era útil para el hombre que vivía en ella, pero sin duda no era a estos hombres “primitivos” a los que se referían los economistas del momento.
Cualquiera sea la posición que tomamos con respecto a nosotros y la naturaleza, hay un problema que es siempre necesario solucionar: quién habla por la Naturaleza? La propia cultura del hombre se ha encargado de crear todo tipo de intermediarios o portavoces de lo natural y casi siempre han sido los mitos y las religiones los que han tomado ese lugar, ya sea a través de la repetición de tradiciones orales, música, textos o escrituras sagradas. Como vimos, solo más modernamente el hombre comenzó a pensar que podría conocer e “interpretar” la Naturaleza a través del conocimiento científico presuntamente objetivo, tarea que ya le lleva por lo menos 400 años.
Pero después de todo ese tiempo, hemos realmente conocido y dominado la naturaleza? Y si total o parcialmente lo hemos hecho, cuales han sido los resultados sobre la misma? Uno de los resultados de nuestra acción es la creación de un variado grupo de elementos que se encuentran entre la naturaleza y nosotros, creando una especie de “segunda naturaleza”, como la entendieron varios pensadores y a la cual ya nos referimos.
Entre el hombre y la naturaleza
A poco que nos pongamos a reflexionar sobre el mundo que nos rodea (lo que no necesariamente tiene que ser una tarea cotidiana, pero no esta de más hacerla de vez en cuando), podemos ver que esta formado por una gran variedad de elementos, de muy diverso tamaño y origen, que se relacionan entre sí y se ubican en un cierto espacio. Este mundo que nos rodea (que provisoriamente podríamos llamar nuestro “ambiente”) esta formado por algunos elementos que evidentemente son producto de nuestra autoría, esto es, que no se podrían encontrar en la naturaleza. Los podemos reconocer porque por lo general tienen formas difíciles de encontrar en el mundo natural, por lo menos en nuestra escala cotidiana: ángulos rectos, superficies pulidas, materiales homogéneos… a veces los mismos materiales con los que están hechos son a su vez producto de nuestra invención (por ejemplo, un libro o un automóvil), otras veces los materiales pueden ser reconocidos como “naturales” (por ejemplo, un mueble de madera), lo cual según el momento histórico puede ser considerado como valioso o no. A todo ese conjunto de elementos los llamamos “artificiales”, son “artefactos” producto de nuestro “arte” (o sea de nuestro trabajo, habilidad y conocimiento).
Pero también podemos reconocer (a veces con dificultad) otros elementos en cuya producción el hombre no ha intervenido y que llamamos productos “naturales”. Este es un campo bastante mas difícil de abarcar, porque esos elementos que llamamos naturales son de muy diferente tamaño y a veces nos acompañan sin que tengamos muy clara su propia existencia. El aire que respiramos, por ejemplo, o la lluvia, son elementos naturales, pero sin darnos cuenta los ubicamos en una categoría diferente a, por ejemplo, un animal o un árbol, a los que ubicamos como “naturales” si están integrados a nuestro mundo y “salvajes” o “silvestres” si no lo están.
Pero si nos paramos otra vez a reflexionar y tratamos de ubicar a todos estos elementos en una especie de jerarquía que va desde lo más “natural” a los más “artificial”, vamos a tener serios problemas en ubicar categorías claramente diferenciadas. Si bien en un extremo de esa jerarquía hay elementos que seguramente podemos clasificar como totalmente naturales, en la creación de los cuales el hombre no ha tenido nada que ver (por ejemplo, el viento o un volcán, o un árbol milenario); si nos movemos en esa jerarquía la situación cambia, porque comienzan a aparecer elementos que son el fruto del ingenio humano. Pero hay realmente algún elemento donde la naturaleza no ha intervenido en algún momento de su proceso de producción? Posiblemente no, ya que aun en las cosas más “artificiales” podemos rastrear un origen natural. En algunos casos eso es muy obvio, en otros no tanto ya que ese origen está muy lejos en la cadena productiva.
Consideremos por ejemplo un naranjo. Este árbol tiene algo de natural: su origen histórico se puede rastrear en una especie vegetal de Asia subtropical, y además se desarrolla aprovechando toda una serie de “servicios” que ofrece la naturaleza, tales como la temperatura, la luz del sol, el suelo que lo sostiene y lo alimenta, el proceso de fotosíntesis que lo hace vivir y crecer… Pero también tiene mucho del trabajo del hombre: éste lo domesticó hace miles de años, modificando lentamente sus características básicas para adaptarlo a sus necesidades y gustos. Por ejemplo, no hay en la naturaleza naranjas sin semilla, lo que “naturalmente” es un contrasentido, ya que esa fruta no generaría los elementos necesarios para la reproducción de la especie, y es de ese punto de vista un “artefacto”. Para plantarlo el hombre selecciona la semilla que le dará origen, la planta y la riega hasta que brota, lo injerta en otro árbol para darle más fuerza, todos los años poda sus ramas, combate las pestes que lo atacan, le agrega fertilizantes a la tierra que lo nutre.. Ese árbol es entonces una especie de híbrido entre el trabajo del hombre y los servicios y recursos que provee la naturaleza, dado que ese artefacto no existiría tal como lo conocemos sin el trabajo del hombre.
Como dijimos, aún los elementos que parecen totalmente artificiales tienen su origen en mayor o menor medida y más cerca o más lejos en su proceso de producción, en la naturaleza y sus recursos. Todas las cosas que nos rodean, entonces, se encuentran ubicadas en una jerarquía de grados de artificialización, sin que ninguna de ellas sea totalmente artificial pero sí algunas totalmente naturales. Lo que puede llevarnos a una idea interesante: todavía y aunque no nos guste la idea, el hombre depende de la naturaleza para sobrevivir, por más que nos sintamos alejados y sin pertenecer a ella.
Eso también quiere decir que, del mismo modo, la naturaleza no puede sobrevivir sin el hombre? De ninguna manera, en realidad nuestra especie es relativamente reciente sobre la faz de la tierra, lo que significa que antes ya había “naturaleza” y en realidad la mayor parte de la “historia natural” se desarrolló sin la existencia del hombre. Está bien que algún filósofo nos podría decir que no tiene sentido hablar de naturaleza sin que exista alguien que la defina como tal, pero esa es otra historia… Para muchos “verdes” radicalizados, en realidad la naturaleza estaría mucho mejor sin la presencia humana, lo que no se si es verdad, pero por lo menos nos debería poner en una posición más respetuosa para con ella.

Pero aún considerando al hombre rodeado de elementos cercana o lejanamente provenientes de la naturaleza, deberíamos tal vez aceptar que después de muchos años de estadía en la Tierra, nuestra especie ha sido capaz de formarse un mundo propio, le ha agregado al mundo natural una serie de elementos que han mejorado su nivel de vida, ha logrado extraerle una enorme cantidad de recursos y ha puesto sus mecanismos de funcionamiento (lo que podríamos llamar sus “servicios”) a su disposición para que éstos produzcan elementos que le son de utilidad, todo con una densidad y una velocidad totalmente novedosas. Como veremos más adelante esto por supuesto ha tenido un efecto sobre la naturaleza, en muchas escalas diferentes. La modificación más radical y espectacular del mundo natural ha sido sin duda la aparición de la ciudad, ese aparato diseñado y construido para vivir, trabajar, producir, reproducirse y ejercer el ocio donde vive ya la mitad de la población humana. En esa segunda naturaleza ya muchos viven toda su vida tan alejados del mundo natural que hasta desconocen sus más comunes características. Para ellos, la naturaleza es solo un espectáculo que miran en la televisión, una vaca un animal salvaje y un puma un actor de telenovelas.


Esta segunda naturaleza fue el fruto de una construcción muy larga y gradual, donde la apropiación y modificación de los elementos naturales tomó muchos cientos de años en producirse y regularizarse, tantos que ya estamos totalmente olvidados de los orígenes naturales del trigo o el maíz, hemos eliminado de la naturaleza a la especie que originara el perro y el último uro, el ancestro del ganado vacuno, se extinguió en Europa en el siglo XVII. Nada, ni mucho menos la misma naturaleza, pareciera capaz de frenar nuestro avance hacia un grado cada vez mayor de lejanía con lo natural. Para muchos, nostálgicos de esa relación, el mundo en que vivimos es solo una máquina sin alma ni espíritu, un robot o un ciborg (una mezcla de hombre con máquina). Para otros, el mundo tal cual es hoy es el mejor y mayor exponente del ingenio humano, el ejemplo visible de su triunfo sobre la naturaleza. Ni tanto ni tan poco, tal vez seamos solamente una especie animal con mucha capacidad de modificación del escenario donde vive, con el añadido de que no siempre sea capaz de medir ni sus fuerzas ni los resultados de sus acciones.
Naturaleza y ambiente
Se podría pensar que la idea de “naturaleza” es tal vez demasiado abstracta y que nuestra vida se desarrolla en un espacio y en un tiempo que requieren un concepto más concreto. Si trasponemos nuestras ideas sobre la naturaleza al mundo en que vivimos en forma cotidiana, podemos hablar del “ambiente” (o “medio ambiente”, para utilizar una palabra no por incorrecta menos habitual). El ambiente es el conjunto de elementos concretos que nos rodea y su sistema de interrelaciones. Estos elementos se encuentran en diferente grado de modificación, de los más naturales a los más artificiales, y con ese conjunto nos relacionamos tanto en lo que hace a nuestra existencia biológica como social, cultural y económica.
El concepto de ambiente se refiere siempre a algo (es “el ambiente de…”) y en este caso es el ambiente del hombre, de la humanidad o de la sociedad humana, como queramos llamar a ese conjunto del que formamos parte. Establecemos con este ambiente una relación compleja: por una parte estamos continuamente modificándolo, no solo al utilizarlo sino por el simple hecho de habitar en él, sino al extraerle recursos y usar sus servicios. Por otra parte el mismo ambiente nos limita en muchas de nuestras acciones y en nuestras posibilidades (no es posible cultivar bananas en la Antártica) y nos obliga a realizar ciertos esfuerzos para neutralizar sus efectos (por ejemplo, nos abrigamos cuando hace frío). Y no siempre responde a nuestras interferencias exactamente como quisiéramos. Se podría, en cierta forma, leer la larga historia de la humanidad como un proceso donde el hombre trata de dominar y utilizar el ambiente donde vive, recibe respuestas de este ambiente y trata de neutralizarlas, en un constante ida y vuelta.
Esa relación ha llevado a mucha reflexión. Primero hay que tener en cuenta la larga tradición de pensar que el ambiente determina o define algunas de nuestras características personales y sociales. Desde hace miles de años, mucha gente piensa que ciertos tipos de ambiente dan como resultado determinado tipo de personas o por lo menos ciertas características de esas personas. Por ejemplo, es común que se piense que las regiones tropicales engendran una población con menos propensión al trabajo que las regiones frías (una cierta teoría “latitudinal” del comportamiento humano). Más allá de la gran debilidad que tiene esa teoría (por lo menos para nuestros modernos e informados ojos), ha sido y aún es notablemente popular. Y peligrosa: llevada a su extremo, una creencia como ésta da puede dar como resultado la justificación del control de unos grupos humanos por otros. Entre otros ejemplos, el colonialismo europeo del siglo XIX utilizó explícitamente esta teoría para apropiarse del África.
Por otro lado, también es antigua la intranquilidad sobre qué grado de impacto tenemos sobre el ambiente. Esta posición, inversa a la anterior, comenzó a tener relevancia en el siglo XIX cuando aparecieron grupos en la sociedad que se preocupaban por como el hombre trataba a los animales, lo que luego se desarrollo en la preocupación por resguardar parte del ambiente todavía no intervenido por el hombre (lo que se llamó “conservacionismo”). Esto a su vez desembocó en una fuerte posición de preocupación por el ambiente en general y el grado de deterioro que mostraba ante la acción humana, lo que en términos muy generales podríamos llamar el “ambientalismo”.
Esto último esta relacionado con una serie de preguntas que podemos hacernos: ¿por qué, cómo y cuánto el hombre modifica el ambiente?
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