La lucha por no hacer de Dios nuestra propia deidad tribal Ron Rolheiser



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La lucha por no hacer de Dios nuestra propia deidad tribal
Ron Rolheiser


Fui bendecido con una educación en un ambiente muy protegido y seguro. Viví mi niñez en un virtual capullo envolvente. En la lejana, rural, de primera-generación e inmigrante comunidad en la que crecí, todos nos conocíamos, todos íbamos a la misma iglesia, todos pertenecíamos al mismo partido político, todos éramos blancos, todos procedíamos del mismo origen étnico, todos compartíamos el mismo acento cuando hablábamos inglés, todos teníamos un semejante punto de vista sobre cómo entendíamos la moralidad, todos compartíamos parecidas esperanzas y temores sobre el mundo exterior, y todos alabábamos a Dios llenos de confianza desde el interior de ese capullo. Sabíamos que éramos especiales a los ojos de Dios.

Hay una maravillosa fuerza en eso, pero también un fondo peyorativo. Cuando no hay verdaderos extraños en tu vida, cuando todos son semejantes a ti, creen lo que tú crees y hablan como tú, cuando tu mundo está ajustado sólo a tu manera, se va a dar después alguna dolorosa tensión, en algunos puntos bien profundos de tu alma, para aceptar -aceptar existencialmente- y estar cómodo con el hecho de que gentes que son muy diferentes de ti, que tienen diferente color de piel, hablan diferentes  lenguas, viven en diferentes países, tienen diferentes religiones y tienen  diferente forma de entender las cosas, son justamente tan reales y preciosas a Dios como tú eres.

Por supuesto, no todos tienen un fondo como el mío, pero sospecho que la mayoría de la gente también lucha por aceptar, más allá de nuestro demasiado fácil compromiso de qué abiertos somos, que todas las vidas del mundo son para Dios igual de preciosas que la nuestra. Nos es duro creer que nosotros, y nuestra propia condición, no estamos bendecidos especialmente y no somos de más valor que otros. Hay muchas razones para eso.

Primera, hay un innato narcisismo: Dicho simplemente, no podemos dejar de sentir que nuestra propia realidad es más real y más preciosa que la de otros; después de todo, como dijo René Descartes, clásicamente y siempre, lo único que podemos saber con seguridad es que nosotros somos reales, que nuestros gozos y dolores son reales. Puede ser que estemos soñando todo lo demás. Más allá de ese natural narcisismo, otras cosas empiezan a moverse dentro: La sangre, la lengua, el país y la religión son más densos que el agua. Consecuentemente, nuestra propia condición siempre parece más real para adaptarse particularmente a la raza, al país y a nosotros. Demasiados de nosotros viven con la opinión de que Dios ha bendecido a nuestra raza y nuestro país más de lo que Dios ha bendecido a otras razas y otros países, y que nosotros somos especiales a los ojos de Dios. Esa es una noción peligrosamente falsa y no-cristiana, directamente contraria a las escrituras judeo-cristianas. Dios no valora a unas razas y a unos países más que a otros.

¿A dónde podríamos ir con todo esto, dado que es duro ver cómo  la vida de todos los demás es tan real y preciosa como la propia nuestra? ¿Cómo  abrimos nuestros corazones para aceptar existencialmente una verdad que defendemos con nuestros labios, a saber, que Dios ama a todos igualmente, sin ninguna excepción?

Podríamos empezar admitiendo el problema, admitiendo que nuestro natural narcisismo y tendencia al tribalismo nos priva de ver que las vidas de otros son tan reales y preciosas como la propia nuestra. Muy particularmente -sugiero yo- necesitamos mirar a nuestro falso patriotismo. Nosotros no somos especiales como nación, al menos no más especiales que cualquier otra nación. Nuestros sueños, nuestros pesares, nuestras preocupaciones, nuestros gozos, nuestras penas, nuestras muertes no cuentan más ante Dios que los de las personas de otros lugares del mundo; quizás incluso menos, ya que Dios tiene opción preferencial por los pobres. Las vidas de cientos de miles de refugiados de hoy día, tan fácil de amontonar en una masa de anonimato a la que no podemos conceder abstracta simpatía, son ciertamente tan preciosas como las de nuestros propios hijos; acaso más, dada la verdad de nuestras escrituras sobre el hecho de que Dios toma carne en los excluidos. Hoy ellos pueden ser el pueblo del destino manifiesto, los que llevan la bendición especial de Dios.

De igual manera, e importantemente, debemos también corregir nuestras malas teologías. El Dios al que Jesús reveló y encarnó puede que nunca se convierta en un Dios de nuestra propia condición, un Dios que nos considere más preciosos y agraciados que otros pueblos, un Dios que nos bendiga de modo especial más que a otros. Tristemente, siempre estamos dispuestos a convertir a Dios en nuestra propia deidad tribal, en el nombre de la familia, la sangre, la iglesia y el país. Dios viene a ser demasiado fácilmente nuestro Dios. Pero la verdadera fe no nos permite eso. Más bien una sana y ortodoxa teología cristiana enseña que Dios está especialmente presente en el otro, en el pobre y en el extranjero. La revelación de Dios nos viene lo más claramente a través del forastero, de lo que nos es extraño, de lo que nos abre más allá de nuestra zona de confort y nuestras expectativas, particularmente nuestras expectativas en relación con Dios.

Dios es igualmente el Dios de todos, no especialmente nuestro, y Dios es demasiado grande para ser reducido a servir los intereses de la familia, la etnia, la iglesia y el patriotismo.

(Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 10 de octubre de 2016

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Respeto Mutuo en una Comunidad Polarizada
Ron Rolheiser


Vivimos hoy en un mundo altamente polarizado y en iglesias también fuertemente polarizadas. En esto no somos únicos. Existe un cierto grado de polarización al interior de cada comunidad. Y eso es normal y saludable. Sin embargo la amargura, la mezquindad de espíritu y la falta de respeto que caracterizan hoy a gran parte de nuestro debate político, eclesial y moral, no son normales y distan mucho de ser saludables. Y no debiéramos engañarnos a nosotros mismos pensando que esto es saludable o, peor aún, tratando de racionalizar nuestra falta de respeto hacia los que piensan diferente de nosotros. No somos santos guerreros, sino justamente seres humanos enojados, con una compasión altamente selectiva y excluyente.

Quizás las etiquetas de liberal y conservador no encajan adecuadamente con las varias “tribus” en que invariablemente hoy nos dividimos, pero, hablando en general, estos nombres o etiquetas todavía funcionan. Estamos escindidos con amargura, los liberales de los conservadores, y los conservadores de los liberales, y, en vez de percibirnos como una comunidad comprometida en una lucha común, hablamos más bien en términos de “nosotros” y “ellos”, como tribus guerreras opuestas listas para la batalla. Ya no utilizamos un plural común.

Y, lo que es más serio todavía, ya no somos capaces ni siquiera de mantener, los unos con los otros, una conversación respetuosa. Hoy en día resulta poco común discutir sobre cualquier tema sensible, sea político, moral o eclesial, sin que la discusión degenere en insultos y en falta de respeto. Empatía, comprensión y compasión se han vuelto altamente selectivas, ideológicas y parciales. Solamente escuchamos y respetamos a los de nuestra propia cuerda. Por otra parte, ninguna de las dos facciones tiene un monopolio en esto, liberal o conservador. Lo tristemente evidente también, por ambas partes, es una cierta hipersensibilidad, un exceso de seriedad, una paranoia acerca del otro, una cólera, una falta de alegría y falta total del sentido del humor.

Los conservadores intentan justificar esto apuntando a la gravedad de las cuestiones que defienden: aborto, vida de la familia, matrimonio tradicional. Estas cuestiones, advierten ellos con toda correcta gravedad, son serias, y los liberales son tan tolerantes y transigentes que realmente no hay lugar para un diálogo significativo. La verdad defendida es eterna y no permite componenda o transigencia; por tanto, ¿para qué dialogar?

Los liberales devuelven la pelota: ¿Por qué discutir algo que es racionalmente evidente por sí mismo, sencillamente una cuestión de derechos humanos, y que desde hace tanto tiempo se ha establecido como principio democrático? Estas cuestiones ni siquiera necesitan discusión. Por otra parte, existe en círculos liberales, con demasiada frecuencia, un desdén intelectual hacia lo que se juzga como intolerancia estrecha de los conservadores, que proviene del fundamentalismo religioso. Los liberales, a pesar de su considerable retórica en contrario, muestran poco deseo auténtico de tener una genuina conversación sobre cuestiones como el aborto, el matrimonio entre homosexuales y los valores familiares. Para ellos, exactamente igual que para los conservadores, estas cuestiones tienen ya una conclusión moral clara. ¿Para qué hablar?

Tener fuertes convicciones no es un defecto, pero lo penoso es que la falta de disposición para abrirse a un diálogo respetuoso sobre ciertos temas delicados sea, en general, tan frecuente, tanto en los círculos eclesiales como en los políticos.

Se supone que en los círculos de la iglesia nos tendríamos que mantener en un estándar más elevado: tendríamos que hacer posible el encuentro entre crueldad y bondad, ira y compasión, oposición y comprensión, difamación y no-represalia, intolerancia y paciencia, y el encuentro de todo y de todos con caridad. Por lo general, no sucede así. Es triste reconocer que, dentro de los círculos de la iglesia, nuestra conversación sobre temas vidriosos y sensibles básicamente refleja, como en un espejo, la retórica dura y parcial que oímos en ciertos programas televisivos (reality shows) más estridentes. Los resultados son los mismos: los “conversos” predican a los supuestamente “no-conversos”, los corazones se endurecen en vez de suavizarse, las posiciones se vuelven todavía más amargas y atrincheradas, y, tanto en nuestras iglesias como en nuestra política nos distanciamos más todavía los unos de los otros. En el momento en que la incomprensión, la ira, la intolerancia, la impaciencia, la falta de respeto y la falta de caridad está paralizando nuestras comunidades y dividiendo los sinceros de los sinceros, es hora de que nosotros, seguidores de Jesús, llamados a imitar su gran compasión, nos afiancemos con firmeza en algunas actitudes básicas: respeto, caridad, comprensión, paciencia y amabilidad con nuestros “adversarios”. Es hora ya también de aceptar que todos estamos y caminamos juntos en esto: que somos una misma familia en la que todos nos necesitamos mutuamente. No hay un “nosotros” y un “ellos” excluyentes; sólo hay un “nosotros” incluyente.

El exegeta bíblico Ernst Kaseman indicó una vez que, tanto en la iglesia como en el mundo, lo malo es que los liberales no son piadosos y los piadosos no son liberales. ¡Qué razón tenía! Es poco común ver a la misma persona, a la vez, movilizando una marcha por la paz y dirigiendo el rosario. Los liberales son mejores en un área, los conservadores en la otra. Cada uno tiene sus modelos de identificación, sus Mel Gibsons y sus Michael Moores, santos patronos de piedad o de justicia. Lo que se necesita es un mismo santo patrón para ambos.

Quizás podamos encontrar eso en Dorothy Day, que es alguien a quien ambas facciones, liberales y conservadores, respetan y reconocen como santa, y que habrá de ser canonizada pronto por la iglesia. Ella fue a la vez piadosa y liberal, una mujer que se sentía igualmente a gusto movilizando una marcha por la paz o dirigiendo el rosario. Podía también defender con firmeza y ardor la verdad, la vida y la justicia, sin poner entre paréntesis lo que debe ser fundamental para siempre en todas las relaciones y en todo debate o discusión – caridad, respeto, gran compasión y sentido del humor.

(Traducción por Carmelo Astiz, cmf) - Lunes 21 de Diciembre del 2009

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Bregando con el sentimiento de superioridad
Ron Rolheiser, OMI


Vivimos en un mundo donde casi todo alimenta nuestros sentimientos de superioridad, y más aún, cada vez se nos dan menos herramientas para combatirlos.

Hace varios años, Robert L. Moore escribió un libro muy interesante titulado Frente al dragón. El dragón que más nos amenaza es -según él- el dragón de nuestros sentimientos de superioridad, esa sensación interior que nos mantiene en la creencia de que somos singularmente especiales y destinados a ser superiores a los demás. Esta condición nos bloquea. Dicho simplemente, todos nosotros, los siete mil millones que estamos en este planeta, no podemos menos que sentir que somos el centro del universo. Y, dado que esto es mayoritariamente desconocido y que, generalmente, estamos mal equipados para tratar de ello, contribuye a una situación espantosa. No es una receta para la paz y la armonía, sino para la desconfianza y el conflicto.

Sin embargo, esta condición no es culpa nuestra, ni es en sí misma una lacra en nuestra naturaleza. Nuestro sentimiento de superioridad viene por la manera como Dios nos hizo. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta es la verdad más fundamental y dogmática en la comprensión judeo-cristiana de la persona humana. Sin embargo, no se debe entender simplistamente, como un bello icono estampado en nuestras almas. Más bien necesita ser entendido de esta otra manera: Dios es fuego, fuego infinito, una energía que inexorablemente busca abrazar y comunicar a toda la creación. Y ese fuego está dentro de nosotros, creando un sentimiento de piedad, una intuición de que también nosotros tenemos energías divinas, y una presión para ser singularmente especiales y obtener alguna forma de superioridad.

Más aún, pareciera que ser hecho a imagen y semejanza de Dios fuera como tener el micro-chip de la divinidad dentro de nosotros. Esto constituye nuestra dignidad más  grande, pero también crea nuestros más grandes problemas.  Lo infinito no se asienta fácilmente en lo finito. Porque tenemos energía divina en nosotros, no vivimos fácilmente la paz con este mundo; nuestros anhelos y deseos son demasiado grandes. No sólo vivimos en esa perpetua inquietud que Agustín destacó en su famosa frase: “¡Nos has hecho para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti!”, sino que este innato deseo de superioridad alimenta la creencia de que somos especiales, destinados de una manera única y nacidos para sobresalir de algún modo y ser reconocidos y señalados por nuestra especificidad.

Y así, un gen divino nos impulsa para hacer de algún modo un especie de declaración con nuestras vidas, para crear de alguna manera un especie de inmortalidad personal y crear de algún modo algo en lo que seamos especiales y que el mundo entero tenga que tomar nota. Esto no es un concepto abstracto; es algo concreto. La evidencia de esto se comprueba en cada noticiario, en cada bombardeo, en cada truco temerario, en cada situación en la que alguien busca sobresalir. Se ve también en la universal hambre de fama, en el anhelo de ser conocido y en la necesidad de ser reconocido como único y especial.

Pero este sentimiento de superioridad, de suyo, no es un fallo nuestro, ni es necesariamente una  falta moral. Viene del modo como estamos hechos, irónicamente de lo que hay en nosotros mismos más grande y mejor. El problema es que, hoy, generalmente no nos dan las herramientas con las que manejarlo provechosamente. Más y más, vivimos en un mundo en el que, por incontables razones, nuestros sentimientos de superioridad son sobrealimentados, aun cuando esto no esté siendo reconocido y aun cuando nos estén dando cada vez menos herramientas religiosas y psicológicas con las que lidiar con ello. ¿Cuáles son estas herramientas?

Psicológicamente, necesitamos imágenes de la persona humana que nos permitan entendernos saludablemente, pero de unas maneras que incluyan la aceptación de nuestras limitaciones, de nuestras frustraciones, de nuestra anonimia y del hecho de que nuestras vidas deban ser un espacio digno para la vida de cualquier otro. Psicológicamente, nos tienen que dar las herramientas para entender nuestra propia vida, reconocida como única y especial, pero también como una vida entre millones de otras vidas únicas y especiales. Psicológicamente, necesitamos mejores herramientas para manejar nuestros sentimientos de superioridad.

Religiosamente, nuestra fe y la iglesia deben darnos una comprensión de la persona humana que nos ofrezca perspectiva y la disciplina (discipulado) para permitirnos vivir nuestra unicidad y nuestra ser especial, al mismo tiempo que aceptamos pacíficamente con nuestra propia mortalidad, nuestras limitaciones, nuestras frustraciones, nuestra anonimia, y creamos espacio para el reconocimiento del ser único y especial de la vida de cualquier otra persona. En esencia, la religión tiene que darnos las herramientas para acceder sanamente al fuego divino que hay dentro de nosotros y actuar saludablemente con arreglo a los talentos y dones con los que Dios nos ha enriquecido, pero con la añadida capacidad para conocer humildemente que estos dones no son propios nuestros sino que vienen de Dios, y que todo lo que somos y llevamos a cabo es por gracia de Dios. Sólo entonces no seremos destruidos por el fracaso ni hinchados por el éxito. La tarea en la vida -indica Robert Lax- no es tanto encontrar un camino en el bosque como encontrar un ritmo para que caminar.



(Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 11 de julio de 2016

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