La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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Tenía las puntas de los dedos juntas y el cuerpo inclinado, como si estuviera disertando sobre un tema difícil e impersonal. O’Brien dio un paso adelante, como si fuera a decir algo, pero el gesto y la actitud del profesor le dejaron con la palabra en la boca. Cualquier gesto de condolencia o de apoyo sólo habría sido una impertinencia para alguien que era capaz de sofocar sus propias penas en cuestiones filosóficas abstractas de mayor calado.

—No es necesario prolongar esta situación —continuó el profesor, en el mismo tono de mesura—. Mi carruaje está a la puerta. Os ruego que dispongáis de él como si fuera vuestro. Creo que deberíais abandonar la ciudad sin más dilaciones. Ya te enviaré tus cosas, Jeannette.

Con la cabeza gacha, O’Brien parecía dudar.

—Casi no me atrevo ni a estrecharle la mano —aseguró.

—Por Dios. Pienso que, de nosotros tres, es usted quien sale mejor parado en esta situación. No tiene nada de que sentirse avergonzado.

—Pero su hermana...

—Ya me las compondré para contarle lo que ha sucedido. Adiós, y no olvide enviarme un ejemplar de su último trabajo. ¡Adiós, Jeannette!

—¡Adiós!

Se dieron la mano, y sus miradas se cruzaron durante un instante. No fue más que un segundo pero, por primera y última vez en su vida, la intuición femenina de Jeannette se hizo cargo de los oscuros recovecos del alma de aquel hombre fuerte. Dio un respingo, y puso la otra mano, blanca y ligera como la flor de un cardo, sobre el hombro del profesor.

—¡James, James! —exclamó—. ¿No te das cuenta de que está destrozado?

Él se limitó a apartarle la mano con suavidad.

—No soy un hombre emotivo —añadió—. Tengo unas obligaciones que cumplir, como esas investigaciones sobre la Vallisneria. Ahí tenéis el coche. Su abrigo está en el vestíbulo. Decidle a John adónde queréis que os conduzca. Él os llevará todo lo que necesitéis. Y ahora, iros, os lo ruego.

Sus últimas palabras fueron tan inesperadas, tan impetuosas, tan diferentes de su tono de voz mesurado y de su rostro impasible, que bastaron para que ambos desapareciesen. El profesor cerró la puerta tras ellos, y anduvo lentamente por la habitación. De allí pasó a la biblioteca y echó un vistazo al exterior por encima de los visillos. El carruaje ya se alejaba. Vio por última vez a la mujer que había sido su esposa, y se fijó en la femenina inclinación de aquella cabeza, en el perfil de su precioso cuello.

Guiado por un estúpido y vano impulso, dio unos pasos rápidos hacia la puerta. Pero se dio media vuelta y, tras sentarse en la silla en la que trabajaba, se sumió de nuevo en sus tareas.

Tan singular incidente doméstico no causó casi ningún revuelo. Pocos eran los amigos personales del profesor, que apenas llevaba vida social. Su matrimonio se había celebrado con tanta discreción que la mayoría de sus colegas pensaban que aún seguía soltero. La señora Esdaile y algunos otros podían hacer comentarios, pero sus cotilleos siempre tenían un límite, porque sólo vagamente podían intuir la causa de tan repentina separación.

El profesor seguía asistiendo a sus clases con puntualidad, igual que seguía de cerca los trabajos de laboratorio de los estudiantes a su cargo. Incluso reanudó sus propias investigaciones con febril dedicación. Cuando bajaban por la mañana, los criados ya no se sorprendían si escuchaban el agudo rasgueo de su infatigable pluma, o si se lo encontraban subiendo por la escalera, ceñudo y silencioso, camino de su cuarto. De nada sirvió que sus amigos le dijesen que una vida como aquélla acabaría por minar su salud, porque prolongaba sus jornadas hasta el punto de que el día y la noche ya no eran más que una larga e incesante labor.

Poco a poco, por culpa de aquel esfuerzo, su físico sufrió algunas alteraciones. Aunque siempre había sido un poco enjuto, sus rasgos se volvieron demacrados y más pronunciados. En las sienes y en la frente, le aparecieron profundas arrugas. Tenía las mejillas hundidas y el rostro lívido. A veces, cuando andaba, le fallaban las rodillas, hasta que un día, al salir del aula, se cayó y hubo que acompañarle hasta su carruaje.

Aquello ocurrió justo antes de que acabasen las clases y, poco después de que dieran comienzo las vacaciones; los profesores que se habían quedado en Birchespool se llevaron una gran sorpresa al enterarse de que su colega de la cátedra de fisiología se encontraba tan mal que había pocas esperanzas de que llegara a recuperarse. Dos eminentes médicos a los que se consultó sobre el particular no fueron capaces de identificar el mal que lo aquejaba. El único síntoma apreciable era una vitalidad que se apagaba, un debilitamiento corporal, que no le afectaba la cabeza. Mostraba un enorme interés por su propio caso y, para ayudar a establecer un diagnóstico, tomaba nota de las sensaciones que experimentaba. Se refería a su propia muerte con la falta de emoción un poco pedante que siempre lo había caracterizado.

—Es la afirmación de la célula individual —aseguraba— frente a las agrupaciones celulares. Es como la disolución de una sociedad cooperativa. Un proceso muy interesante.

Hasta que una mañana gris, aquella sociedad cooperativa se disolvió por completo. Muy tranquilo y sin sobresaltos, se sumió en el sueño eterno. Cuando se les pidió que firmasen el certificado de defunción, los dos médicos se vieron algo apurados.

—No va a ser fácil establecer la causa de la muerte —dijo uno de ellos.

—Desde luego que no —repuso el otro.

—Si no hubiera sido un hombre tan poco emotivo, me atrevería a decir que ha muerto a consecuencia de una repentina crisis de nervios, con el corazón partido, como diría la gente de la calle.

—No creo que al pobre Grey le haya pasado una cosa así.

—Digamos que ha sigo algo relacionado con el corazón, en cualquier caso —insinuó el mayor de los dos médicos.

Y ése fue el tenor del certificado que extendieron.

EL CASO DE LADY SANNOX

Las relaciones entre Douglas Stone y la célebre lady Sannox eran la comidilla de todo el mundo, tanto en los círculos más de moda, de los que ella formaba parte como miembro destacado, como en los medios académicos, de los que él era uno de los representantes más eminentes. Por eso, y como es natural, una mañana se recibió con gran expectación la noticia de que la dama había tomado la decisión irrevocable de retirarse del mundo y de que no la volverían a ver jamás. Cuando empezó a darse pábulo a semejante rumor, se supo de buena fuente que aquella misma mañana el ayuda de cámara había encontrado al aplaudido cirujano, un hombre de nervios de acero, sentado al borde de la cama, sonriendo tontamente al vacío, con las dos piernas embutidas en una de las perneras de los pantalones y su prodigioso cerebro reducido a un estado similar al de un plato de gachas, lo que bastó para que la situación cobrase unos tintes lo bastante inquietantes para suscitar una punzada de interés en muchas personas que, a pesar de su temple, curtido en tantos avatares, no salían de su asombro ante una cosa así.

Cuando aún estaba en la flor de la vida, Douglas Stone había sido uno de los hombres más sobresalientes de Inglaterra. Aunque lo cierto es que podríamos preguntarnos si alguna vez disfrutó de ese momento, puesto que no tenía más que treinta y nueve años cuando se produjo aquel pequeño incidente. Quienes mejor lo conocían sabían más que de sobra que, por mucha fama que hubiese adquirido como cirujano, habría sido capaz de triunfar en la vida, incluso más rápidamente, en cualquier camino que hubiese elegido. Lo mismo habría llegado a la cima como militar que habría alcanzado la gloria como explorador, habría conseguido fama en los tribunales o la habría cimentado en piedra y acero, si hubiera decidido hacerse ingeniero. Había nacido para algo grande, porque lo mismo se habría trazado un plan que a cualquier otro le hubiese amilanado que habría sacado adelante algo que ningún otro hubiera sido capaz de planear. En el terreno de la cirugía, nadie lo superaba. En audacia, templanza e intuición, no tenía rival. Día tras día, bisturí en mano, ahuyentaba la muerte sin dejar de rozar centros vitales, lo que ponía a sus ayudantes tan lívidos como a sus pacientes. ¿Acaso no se conserva aún el recuerdo de su osadía, de su dinamismo y de su increíble seguridad al sur de Marylebone Road y al norte de Oxford Street?

Sus vicios eran tan fastuosos como sus cualidades, e infinitamente más llamativos. Por muy importantes que fueran sus ingresos, y en Londres era el tercero de los que más dinero ganaban en su profesión, estaban muy por debajo del lujoso ritmo de vida que llevaba. Por lo más hondo de su compleja forma de ser discurría un exuberante filón de sensualidad al que sacrificaba cualquier ganancia con tal de darle cumplida satisfacción. Estaba dominado por la vista, el oído, el tacto y el paladar. Todo el dinero que entraba en sus arcas lo transformaba en el aroma de grandes vinos, en el perfume de plantas exóticas o en las curvas y colores de las mejores porcelanas de Europa. Hasta que de repente le sobrevino aquella loca pasión por lady Sannox: dos miradas provocativas y una palabra susurrante, la primera vez que se vieron, bastaron para enardecerlo. Era la mujer más hermosa de Londres; para él, no había otra igual. Era una mujer que gustaba de probar experiencias nuevas, y se mostraba complaciente con la mayoría de los hombres que le hacían la corte. Quizá aquella actitud fuera la causa de que lord Sannox aparentara cincuenta años a la sazón, cuando sólo tenía treinta y seis.

Era un hombre tranquilo, silencioso, de tez normal, labios delgados y párpados hinchados, muy aficionado a la jardinería y de costumbres muy hogareñas. En otro tiempo le habían gustado las candilejas, y llegó incluso a arrendar un teatro en Londres, en cuyo escenario contempló por primera vez a la señorita Marion Dawson, a quien le ofreció su mano, su título y la tercera parte de un condado. Tras casarse con ella, desarrolló una profunda aversión por su pasada afición. Y no fue posible convencerle de que diera muestras de aquel talento que había demostrado tener con creces ni con motivo de representaciones de carácter privado. En medio de sus orquídeas y de sus crisantemos, con un escardillo y una regadera en las manos, se sentía feliz.

Algo que no dejaba de suscitar la interesante cuestión de si se trataba de un hombre ajeno por completo al sentido de la realidad, o si, por desgracia, carecía de carácter. ¿Sabía a qué se dedicaba su esposa y lo disculpaba, o estaba ciego de amor? La gente hablaba sobre el particular, lo mismo en confortables saloncitos en torno a una taza de té que, cigarro en mano, tras los curvos ventanales de los clubes. Amargos y carentes de toda conmiseración eran los comentarios que, acerca de su forma de comportarse, hacían sus congéneres masculinos. Todos menos uno, que siempre hablaba en su favor, a pesar de ser el más callado de los habituales del salón de fumadores porque, cuando estaban en la universidad, había sido testigo de cómo domaba un caballo, y aquel recuerdo le había dejado una profunda huella.

Pero, cuando Douglas Stone pasó a ser el favorito, dejaron de lado y para siempre todas las dudas acerca de lo que podía saber o ignorar lord Sannox. Tratándose de Stone, nadie se llamaba a engaño. Con sus modales impetuosos y altivos, plantó cara a toda prudencia, a toda discreción. El escándalo fue mayúsculo. Una sociedad científica le hizo saber que su nombre ya no figuraba entre los de sus vicepresidentes. Dos amigos suyos le rogaron que no pusiese en peligro su reputación profesional. Pero, en vez de prestar atención a tales advertencias, derrochó cuarenta guineas en comprarle una pulsera a la dama en cuestión. Iba a su casa todas las noches, y ella salía por las tardes en el carruaje de él. Ninguno de los dos hacía nada por disimular la relación que existía entre ambos; hasta que se produjo un incidente fortuito, que bastó para desbaratarla.

Ocurrió en una oscura noche de invierno, muy fría y con viento racheado, un aire que aullaba por las chimeneas y arremetía contra las ventanas. Un suave crepitar de lluvia repicaba en los cristales con cada ráfaga de viento, que amortiguaba de vez en cuando el sordo gorgoteo del agua que caía del tejado. Douglas Stone ya había cenado y estaba sentado en su estudio junto a la chimenea, con una copa de exquisito oporto en la mesa de malaquita que tenía al lado. Antes de llevársela a los labios, la sostuvo en alto a la luz de la lámpara y, con ojos de entendido, contempló las diferentes tonalidades rojas que encerraban aquellas profundidades de color rubí. Al avivarse, las llamas iluminaban aquel rostro osado, de rasgos bien definidos, de grandes ojos grises, labios gruesos y, no obstante, decididos, a los que acompañaba una fuerte y angulosa mandíbula que, por su fortaleza y fiereza, recordaba más bien a la de un romano. Arrellanado en su cómodo sillón, esbozaba una sonrisa de vez en cuando. No le faltaban razones para estar satisfecho porque, a pesar de la opinión contraria de seis de sus colegas, aquel día había efectuado una operación que sólo se había realizado en dos ocasiones, y los resultados habían sido mucho más satisfactorios de lo que hubiera cabido esperar. Nadie más en Londres habría tenido el valor para ponerse manos a la obra y culminar con bien tan arriesgada decisión.

Pero había prometido a lady Sannox que iría a verla aquella noche, y ya eran las ocho y media. Ya tenía la mano tendida hacia el timbre para ordenar que le preparasen el coche cuando se oyó un golpe seco en el llamador de la puerta. Un momento más tarde, oyó pasos en el vestíbulo y el ruido de una puerta al cerrarse.

—Un paciente desea verlo en su consulta, señor —le avisó el mayordomo.

—¿Qué le ocurre?

—Creo que nada. Más bien pienso que desea que lo acompañe.

—Es muy tarde —se quejó Douglas Stone, de mal humor—. Creo que no lo acompañaré.

—Aquí tiene su tarjeta, señor.

El mayordomo se la acercó en una bandeja de oro, regalo de la esposa de un primer ministro a su señor.

—Hamil Alí, Esmima. ¡Vaya! Me imagino que será turco.

—Así es, señor. Parece que acaba de llegar del extranjero, señor. Tiene un aspecto lamentable.

—Bueno, bueno. El caso es que tengo una cita. Tengo que ir a otro sitio. Pero lo atenderé. Hágalo pasar, Pim.

Unos instantes después, el mayordomo abría la puerta de par en par y cedía el paso a un hombre menudo y decrépito, que andaba con la espalda encorvada, con el rostro inclinado hacia delante y los ojos entrecerrados como las personas que son cortas de vista. Era de tez morena, con cabellos y barba de un color negro intenso. Llevaba un turbante de muselina blanca con rayas rojas en una mano y, en la otra, un pequeño bolso de piel de camello.

—Buenas noches —dijo Douglas Stone, una vez que el mayordomo hubo cerrado la puerta—. Me imagino que hablará usted inglés.

—Por supuesto, señor. Soy de Asia Menor, pero hablo inglés, aunque un poco despacio.

—Tengo entendido que desea usted que lo acompañe a alguna parte.

—Así es, señor. Le agradecería que se acercase a ver a mi esposa.

—Podría ir a verla mañana por la mañana, pero no en estos momentos, porque tengo una cita.

La respuesta del turco le dejó boquiabierto. Tiró del lazo que cerraba el bolso de piel de camello y arrojó un montón de oro encima de la mesa.

—Ahí tiene cien libras —le dijo—, y le prometo que no le ocupará más de una hora. Tengo un coche de alquiler a la puerta de su casa.

Douglas Stone echó un vistazo a su reloj. Aunque emplease una hora, aún no sería demasiado tarde para ir a ver a lady Sannox. A veces, había ido a su casa incluso más tarde.

Y la suma de dinero que le ofrecían era exorbitante. Hacía tiempo que sus acreedores le pisaban los talones, y no estaba como para desaprovechar aquella ocasión. Realizaría aquella visita.

—¿Qué le ocurre? —preguntó.

—¡Una tragedia! ¡Una pena! No sé si habrá oído hablar usted de las dagas de los almohades.

—Jamás.


—Se trata de unos puñales orientales que vienen de tiempo inmemorial, y que tienen una curiosa forma, con una empuñadura parecida a lo que ustedes llaman estribo. Verá usted: soy anticuario, y tal es la razón de que haya venido a Inglaterra desde Esmirna, adonde regresaré la semana próxima. Había traído muchas cosas, y ya me quedan muy pocas, entre las que, y para mi desgracia, se cuenta una de esas dagas.

—No olvide que tengo una cita concertada de antemano, señor —le interrumpió el cirujano, un poco molesto—. Le ruego, en consecuencia, que me ahorre los detalles innecesarios.

—No tenía otro remedio que explicárselo. Hoy, mi mujer sufrió un desmayo en la estancia en la que guardo los objetos que he traído y, al caer al suelo, se cortó el labio inferior con esa maldita daga de los almohades.

—Entiendo —dijo Douglas Stone, tras ponerse en pie—. Desea usted que vaya a curarle la herida.

—No, no; se trata de algo mucho peor.

—¿Qué ocurre, pues?

—Que esas dagas están envenenadas.

—¡Envenenadas!

—Así es; y no existe nadie en Oriente ni en Occidente que sepa de qué veneno se trata ni de cuál pueda ser el antídoto. Todo lo que sé lo aprendí de mi padre, que también era anticuario, y muchas veces tuvimos que vérnoslas con esas armas envenenadas.

—¿Cuáles son los síntomas?

—Un sueño profundo, al que sigue la muerte en un plazo de treinta horas.

—Si, como usted dice, no hay remedio posible, ¿cómo es que me ofrece una suma tan disparatada?

—En efecto, no hay antídoto alguno, pero el bisturí podría ser de gran ayuda.

—¿A qué se refiere?

—Se trata de un veneno que tarda mucho en extenderse, que sigue activo en la herida durante horas.

—¿No bastaría con limpiar la herida para verse libre de él?

—No, como tampoco puede hacerse en el caso de una mordedura de serpiente. Se trata de una sustancia demasiado sutil, demasiado mortal.

—¿No queda otra solución que extirpar la herida?

—Exacto. Si ha sido en un dedo, más vale amputar el dedo. Eso es lo que decía mi padre. Pero piense en dónde se ha producido la herida y que se trata de mi mujer. ¡Es espantoso!

El exceso de familiaridad con asuntos tan graves puede llegar a embotar la sensibilidad de un hombre. Desde el punto de vista de Douglas Stone, aquella situación parecía un caso interesante, por lo que dejó de lado, por irrelevantes, las débiles objeciones de aquel marido.

—Al parecer no queda otro remedio —afirmó con brusquedad—. Más vale quedarse sin un labio que perder la vida.

—Sé que no le falta razón. Qué se le va a hacer, es el destino y hay que afrontarlo como se presenta. Tengo el coche de punto a la puerta; así que vendrá conmigo, y realizará esa intervención.

Douglas Stone sacó de un cajón el estuche de los bisturís, y se lo metió en un bolsillo junto con unas vendas y gasas hidrófilas. Si aún quería pasar a ver a lady Sannox, no podía perder más tiempo.

—Cuando quiera —dijo, mientras se ponía el abrigo—. ¿Le apetece un poco de vino antes de salir al frío de la calle?

El visitante dio un paso atrás, y alzó una mano en señal de protesta.

—No olvide que soy musulmán, y que sigo las enseñanzas del profeta al pie de la letra —replicó—. Pero, dígame, ¿qué contiene esa botella verde que se ha metido en el bolsillo?

—Cloroformo.

—¡Ah, eso también lo tenemos prohibido! Como contiene alcohol, no podemos recurrir a dicha sustancia.

—¿Cómo dice? ¿Sometería a su esposa a una operación sin anestesia?

—Por desgracia, la pobre no sentirá nada. Ya está sumida en ese sueño profundo, que es el primero de los efectos que causa el veneno. Además, ya le he suministrado opio de Esmima. Pero, pongámonos en camino, señor, que ya hemos perdido casi una hora.

En cuanto se internaron en la oscuridad, una cortina de agua les dio en la cara, y la lámpara del vestíbulo, que colgaba de uno de los brazos de una cariátide de mármol, vaciló y acabó por apagarse. Pim, el mayordomo, cerró la maciza puerta empujándola con fuerza con el hombro contra el viento, mientras los dos hombres se dirigían a tientas hacia la linterna amarilla que les indicaba dónde se encontraba el coche. Un instante después, ya se habían puesto en camino.

—¿Está muy lejos? —quiso saber Douglas Stone.

—No; disponemos de un apartamento tranquilo, no lejos de Euston Road.

El cirujano apretó el muelle de su reloj y escuchó el leve soniquete que le indicaba la hora que era, las nueve y cuarto. Calculó mentalmente las distancias y el poco tiempo que le llevaría practicar una operación de tan poca importancia. Podría pasarse a ver a lady Sannox a eso de las diez. A través de los cristales empañados, veía cómo se sucedían los macilentos resplandores de las farolas de gas y, de vez en cuando, el resplandor más vivo de algún escaparate. Llovía a cántaros y el agua caía con fuerza sobre la capota de cuero del carruaje, mientras el agua y el barro de los charcos salpicaban las ruedas. Frente a él, en la oscuridad, resplandecía levemente el turbante de su acompañante. El cirujano se echó mano a los bolsillos, y colocó las agujas, las vendas y los imperdibles para no perder tiempo una vez que llegasen a su destino. Parecía impaciente, mientras daba golpes en el suelo con el pie.

Por fin, el simón aminoró la marcha y se detuvo. Douglas Stone bajó del coche en un abrir y cerrar de ojos, con el comerciante de Esmima pisándole los talones.

—Haga el favor de esperar aquí —le indicó al cochero.

Se encontraban ante una casa con bastante mala pinta, en una calle sórdida y angosta. El cirujano, que presumía de conocer bien la ciudad de Londres, echó una ojeada rápida en la oscuridad, pero no observó nada que lo situase, ninguna tienda, nadie por la calle, tan sólo una hilera doble de casas de fachada anodina, una hilera también doble de escalones húmedos que brillaban bajo la luz de las farolas y una doble serie de canalones por los que descendía y gorgoteaba el agua antes de desaparecer por las rejillas de las alcantarillas. La puerta que tenían delante estaba sucia y descolorida, y la luz macilenta del montante sólo permitía distinguir el polvo y la suciedad que la recubrían. Más arriba, de la ventana de uno de los dormitorios, salía una pálida luz amarillenta. El comerciante llamó con fuerza y, al volver su oscura tez hacia la luz, Douglas Stone percibió un gesto de ansiedad en su rostro. Se oyó cómo abrían un cerrojo y, en el umbral, apareció una mujer mayor que llevaba una palmatoria, cuya débil llama protegía con una mano deformada.

—¿Va todo bien? —preguntó el comerciante, con voz entrecortada.

—Sigue como usted la dejó, señor.

—¿No ha dicho nada?

—Está profundamente dormida.

El comerciante cerró la puerta, y Douglas Stone avanzó por un pasillo estrecho, mientras observaba sorprendido todo lo que había a su alrededor. Los suelos no estaban encerados, no había felpudo, ni tampoco perchero. No veía más que espesas capas de polvo y guirnaldas de telarañas por todas partes. Mientras seguía con paso firme a la anciana escaleras arriba, sus pisadas resonaron en el silencio de la casa. No había alfombra.

El dormitorio se encontraba en el segundo rellano. Douglas Stone entró en el cuarto detrás de la anciana, seguido por el comerciante. Por lo menos la estancia estaba amueblada, en exceso incluso. El suelo estaba lleno de objetos y, por los rincones, se amontonaban muebles turcos, mesas de marquetería, cotas de mallas, pipas de extrañas formas y armas inauditas. La única luz procedía de una lamparita situada en una repisa que sobresalía de la pared. Douglas Stone se hizo con ella y, tras sortear varios de aquellos objetos, se acercó a una cama que había en un rincón, en la que estaba tendida una mujer vestida al estilo turco, con velo y toca. Tenía la parte inferior del rostro al descubierto, y el cirujano observó un corte de forma irregular que recorría en zigzag el borde del labio inferior.

—Supongo que no le importará que lleve la toca encima —dijo el turco—. Ya sabe de la consideración que, en Oriente, nos merecen las mujeres.

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