La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—Claro, y tendré que leer la Crónica de la naturaleza para contrarrestar tan perniciosa influencia —comentó la señora O’James, con una risa suave y arrulladora.

Aquella Crónica de la naturaleza era una de las muchas obras en las que el profesor Ainslie Grey se había puesto del lado de las negativas doctrinas del agnosticismo científico.

—Es una obra bastante deficiente —repuso—, y no podría recomendársela. Preferiría que leyera más bien las obras clásicas de algunos de mis anteriores y más elocuentes colegas.

Interrumpieron la conversación un momento mientras paseaban, bajo aquel espléndido sol, a lo largo y ancho de un césped verde y aterciopelado.

—¿Ha pensado algo —le preguntó por fin— de lo que le dije anoche?

No obtuvo respuesta, pero la dama seguía caminando a su lado, con la vista puesta en otra parte y la cabeza gacha.

—No tengo intención de apremiarla —continuó—. Sé que se trata de una decisión que no puede tomarse a la ligera. Yo mismo reflexioné bastante, antes de atreverme a hacerle tal proposición. Aunque no soy un hombre emotivo, cuando estoy a su lado, tomo conciencia del irreprimible deseo evolutivo que hace que un sexo se complemente con el otro.

—¿Significa eso que cree en el amor? —le preguntó, con una mirada rápida y centelleante.

—No me queda más remedio.

—¿Y aun así se atreve a negar la existencia del alma?

—Hasta qué punto se trata de cuestiones psicológicas o materiales es algo que aún está por decidir —repuso el profesor, con actitud tolerante—. También podríamos llegar a la conclusión de que, igual que lo es de la vida, el protoplasma es el fundamento físico del amor.

—¡Qué cabezota es usted! —le respondió ella—. Es capaz de rebajar el amor al nivel de la física.

—Y también de elevar la física hasta las alturas del amor.

—Bueno, eso está mejor —repuso la dama, con una sonrisa de comprensión—. Lo que acaba de decir es muy bonito, y permite contemplar la ciencia desde una perspectiva más agradable.

Con una mirada radiante, alzó la barbilla con el grácil y decidido mohín de toda mujer que sabe que domina una situación.

—Creo que no me falta razón —añadió el profesor— al pensar que mi cometido actual no es más que un peldaño que me guiará hasta un más vasto terreno de la actividad científica. Ahora mismo, la cátedra me proporciona mil quinientas libras al año, a las que hay que sumar algunos centenares más gracias a mis libros. Creo, en consecuencia, que estoy en condiciones de garantizarle las comodidades a las que está usted acostumbrada. Eso por lo que se refiere a mi situación económica. En cuanto a mis condiciones físicas, siempre he sido un hombre sano. No he padecido ninguna enfermedad en mi vida, aparte de algunos episodios pasajeros de jaquecas, como consecuencia de una actividad cerebral demasiado prolongada. Ni mi padre ni mi madre presentaron síntomas de ninguna diátesis mórbida, pero no le ocultaré que mi abuelo padecía de podagra.

La señora O’James pareció sobresaltarse.

—¿Se trata de algo grave? —preguntó.

—Tenía gota —repuso el profesor.

—¿Nada más? Porque sonaba mucho peor.

—Es una grave tara, pero espero no ser una víctima del atavismo. Si me he decidido a contárselo es porque se trata de factores que no ha de pasar por alto a la hora de tomar una decisión. ¿Puedo preguntarle ahora si tengo alguna posibilidad de que acepte usted mi proposición?

Dejó de andar un instante, y la miró con ojos graves y esperanzados.

Estaba claro que algo bullía en su interior: con la vista baja, pisaba el césped con su delicado calzado y, con dedos nerviosos, no dejaba de juguetear con la cadena que llevaba al cuello. Hasta que, de pronto, con gesto brusco y precipitado, tras dejarse llevar por una especie de abandono y temeridad, tendió la mano a su acompañante.

—Acepto —fue su respuesta.

Se habían detenido a la sombra del espino blanco. Él se inclinó ceremoniosamente, y besó su mano enguantada.

—Confío en que nunca tenga ocasión de lamentarse de la decisión que acaba de tomar —le dijo.

—Y yo confío en que usted jamás me dé motivos para ello —contestó ella, con respiración entrecortada.

Lo dijo con lágrimas en los ojos y labios temblorosos de tan emocionada como estaba.

—Vamos a que nos dé un poco el sol —dijo él—. Es un magnífico tonificante. Tiene usted los nervios a flor de piel. No se trata más que de una leve congestión de la médula y del bulbo cerebral. Nunca está de más limitar los estados psicológicos o emocionales a sus meros soportes físicos. Sólo gracias a eso nos damos cuenta de que aún nos queda algo sólido a lo que asimos.

—Pero es tan poco romántico lo que dice —observó la señora O’James, con unos ojos chispeantes de nuevo.

—El romanticismo es tan sólo un efecto de la imaginación y la ignorancia. Felizmente no hay espacio para algo así allí donde llega la luz pausada y clara de la ciencia.

—¿Así que no hay nada de romántico en el amor? —le preguntó la dama.

—Nada de nada. El amor les ha sido arrebatado a los poetas y ha ido a caer en los confines de la verdadera ciencia. Podría decirse que es una de esas descomunales fuerzas cósmicas elementales. Cuando un átomo de hidrógeno atrae a un átomo de cloro para formar esa molécula perfecta que es el ácido clorhídrico, la fuerza de atracción que ejerce podría ser similar en esencia a la misma que hace que me sienta atraído por usted. Por lo visto, las únicas fuerzas elementales son la atracción y la repulsión. Parece ser que, en este caso, se trata de atracción.

—Y aquí llega la repulsión —dijo la señora O’James, al ver a una dama corpulenta y coloradota que se acercaba a ellos andando por el césped—. ¡Qué bien que haya salido de casa, señora Esdaile! Ha venido el profesor Grey.

—¿Cómo está usted, profesor? —dijo la señora, en un tono demasiado formal—. Han acertado al quedarse aquí fuera con un día tan bueno. ¿No les parece divino?

—Realmente, hace un tiempo maravilloso —replicó el profesor.

—¡Escuchen el susurro del viento en los árboles! —exclamó la señora Esdaile, mientras alzaba un dedo al aire—. Es el arrullo de la naturaleza. ¿Acaso no podríamos imaginamos, profesor Grey, que sean los ángeles los que susurran?

—Confieso que no se me había ocurrido una cosa así, señora.

—Profesor, me veo obligada a plantearle siempre la misma queja: su falta de comunión con el significado profundo de la naturaleza. ¿O quizá no se trate más que de una carencia de su imaginación? ¿Acaso no siente cierta emoción al escuchar el canto de ese zorzal?

—He de confesar que ni me había dado cuenta, señora Esdaile.

—¿O al contemplar los delicados tonos de las hojas de los árboles? ¡Fíjese en la variedad de verdes!

—Clorofila —musitó el profesor.

—La ciencia es prosaica hasta la desesperación: disecciona y clasifica, y fija tanto su atención en nimiedades que llega a olvidarse de las cosas realmente grandiosas. Tiene una pobre opinión acerca de la inteligencia femenina, profesor Grey. Al menos, creo que le he oído expresarse en ese sentido.

—Se trata de una cuestión de peso —observó el profesor, tras cerrar los ojos y encogerse de hombros—. Como media, el cerebro femenino pesa unas dos onzas menos que el masculino aunque, por supuesto, hay excepciones, porque la naturaleza siempre es cambiante.

—Pero no aquello que más pesa ha de ser necesariamente más fuerte —añadió la señora O’James, entre risas—. ¿Acaso no hay una ley de compensación también en la ciencia? ¿No nos queda ninguna esperanza de que hayamos ganado en calidad aquello que nos falta en cantidad?

—No lo creo —aseguró el profesor, muy serio—. Pero oigo que la reclaman para el almuerzo. Muchas gracias, señora Esdaile, pero no puedo quedarme. Mi carruaje me está esperando. Hasta la vista. Hasta pronto, señora O’James.

Se puso el sombrero, y se fue andando lentamente entre los macizos de laureles.

—Carece de gusto —comentó la señora Esdaile—, no tiene sensibilidad para la belleza.

—¡Ni mucho menos! —repuso la señora O’James, mientras hacía un gesto de picardía con la barbilla—. Acaba de pedirme que sea su esposa.

Cuando el profesor Ainslie Grey subía los escalones de su casa, se abrió la puerta de la calle y, precipitadamente, salió un hombre vestido con elegancia. Tenía el rostro amarillento, unos ojos oscuros y brillantes, y una perilla negra erizada y fuerte. En su rostro se percibían las huellas de la reflexión y el trabajo, pero se movía con la energía de un hombre que aún no ha dicho adiós a la juventud.

—Vaya, hoy es mi día de suerte —exclamó—, porque tenía pensado ir a verlo.

—En ese caso, acompáñeme a la biblioteca —contestó el profesor-; se quedará con nosotros a almorzar.

Ambos regresaron al vestíbulo; el profesor lo condujo a su santuario privado y le indicó a su acompañante que tomase asiento en un sillón.

—Confío en que haya tenido éxito, O’Brien —comenzó—, porque no me gustaría apremiar a mi hermana Ada sin necesidad; en cualquier caso, ya le he hecho saber que, como cuñado, nadie mejor que mi alumno más destacado, el autor de Observaciones sobre los pigmentos biliares, con especial mención de la urobilina.

—Agradezco su deferencia, profesor Grey —repuso el otro-; siempre ha sido usted muy amable conmigo. He planteado el asunto a la señorita Grey, y no me ha dicho que no.

—¿Quiere decir eso que le ha dado el sí?

—No; me sugirió que lo dejásemos todo en el aire hasta que regresase de Edimburgo. Como sabe, me voy hoy mismo, y confío en poder iniciar mis investigaciones mañana.

—Anatomía comparada del apéndice vermiforme, por James M’Murdo O’Brien —dijo el profesor, en voz alta—. Ha elegido un magnífico tema, un asunto que tiene que ver con el mismísimo fundamento de la filosofía evolutiva.

—¡Es una muchacha encantadora! —exclamó O’Brien, en un arranque repentino de céltico entusiasmo—. ¡Es el alma de la verdad, del honor!

—El apéndice vermiforme... —empezó a decir el profesor.

—Es un ángel del cielo —lo interrumpió su acompañante—. No creo que mi postura en favor de la libertad de la ciencia con respecto del pensamiento religioso haya de representar un obstáculo para ella.

—No debe dar su brazo a torcer en esa cuestión. Ha de seguir fiel a sus convicciones: en eso sí que no caben componendas.

—Mi razón sigue fiel al agnosticismo y, sin embargo, he de confesar que siento una especie de ausencia, como un vacío. En la vieja iglesia del lugar donde nací, entre el olor a incienso y las notas del órgano, sentí emociones que nunca más he vuelto a experimentar, ni en el laboratorio ni en las aulas.

—Se trata de algo sensual, que sólo tiene que ver con la sensibilidad —replicó el profesor, frotándose la barbilla—. Confusas tendencias hereditarias que reviven gracias a la estimulación de las terminaciones nerviosas olfativas y auditivas.

—Cierto, no me cabe la menor duda —repuso el joven, pensativo—. Pero no era de eso de lo que quería hablar con usted. Antes de que entre a formar parte de su familia, tanto su hermana como usted tienen derecho a saber cómo pienso enfocar mi carrera. Creo que ya está usted al tanto de mis perspectivas materiales. Pero hay algo que aún no sabe. Soy viudo.

El profesor alzó las cejas.

—¡Vaya! Eso sí que es una novedad —dijo.

—Me casé poco después de llegar a Australia. La muchacha se apellidaba Thurston. La conocí en los círculos que frecuentaba. El matrimonio fue un fracaso.

Una emoción dolorosa se apoderó de él. Contrajo sus rasgos vivarachos y expresivos, y sus manos blancas se agarraron con fuerza a los brazos del sillón. El profesor se volvió hacia la ventana.

—Nadie mejor que usted puede emitir un juicio al respecto —aseveró—, pero no creo que sea necesario que entremos en detalles.

—Usted y la señorita Grey tienen derecho a saberlo todo. No es un asunto del que pueda hablar con ella cara a cara. La pobre Jinny era la mejor mujer del mundo, pero no le hacía ascos a la adulación y se dejaba llevar por personas sin escrúpulos. Me fue infiel, Grey. Ya sé que es duro hablar así de alguien que ha muerto, pero me fue infiel. Huyó a Auckland con un hombre al que había conocido antes de casarse conmigo. El bricbarca en el que iban naufragó, y no hubo ningún superviviente.

—Todo eso me parece muy lamentable, O’Brien —declaró el profesor, expresando su desaprobación con la mano—. Pero no alcanzo a ver en qué puede afectar a su relación con mi hermana.

—He aliviado mi conciencia —dijo O’Brien, poniéndose en pie—. Ya le he dicho todo lo que tenía que contarle. No me habría gustado que hubiera llegado a enterarse del asunto por alguien que no fuera yo.

—Bien hecho, O’Brien. Es un gesto considerado por su parte y que le honra. Pero no creo que haya nada que pueda reprocharse a sí mismo, de no ser quizá haberse precipitado ligeramente a la hora de elegir una compañera de por vida de manera imprudente y sin las informaciones de rigor.

O’Brien se frotó los ojos con las manos.

—¡Pobrecilla! —exclamó—. ¡Dios mío, ayúdame! ¡La quiero todavía! Tengo que irme.

—¿No va almorzar con nosotros?

—No, profesor; aún he de hacer las maletas. Ya me he despedido de la señorita Grey. Volveré a verlos dentro de un par de meses.

—Casi seguro que me encontrará usted casado.

—¡Casado!

—Así es; eso es lo que tengo pensado.

—Querido profesor, permítame que le dé mi enhorabuena de todo corazón. No sabía nada. ¿Quién es la dama?

—Es la señora O’James, tal es su apellido, una viuda también australiana, como usted. Pero hablemos de lo que de verdad importa: me gustaría ver las pruebas de su trabajo sobre el apéndice vermiforme. Quizá pueda sugerirle algún material para redactar un par de notas a pie de página.

—Será una ayuda inestimable —dijo O’Brien, entusiasmado, mientras ambos se dirigían al vestíbulo.

El profesor hizo acto de presencia en el comedor, donde su hermana ya estaba sentada a la mesa.

—Me casaré en el registro civil —le comunicó-; te sugiero que sigas mi ejemplo.

El profesor Ainslie Grey cumplió su palabra. Un par de semanas sin clases le ofrecieron una oportunidad estupenda y no la desaprovechó. La señora O’James era huérfana, y no tenía parientes y casi tampoco amigos en aquel lugar. No había nada que impidiese la rápida celebración del matrimonio. Se casaron, pues, de forma discreta, y ambos fueron a Cambridge, donde el profesor y su encantadora esposa asistieron a diversos actos académicos y tuvieron oportunidad de realizar diversas incursiones en laboratorios de biología y en bibliotecas de medicina que les permitieron aligerar la rutina del viaje de novios. Sus amigos científicos no escatimaban elogios, no sólo de la belleza de la señora Grey, sino también de la rapidez e inteligencia excepcionales de las que daba prueba a la hora de enzarzarse en cuestiones relacionadas con la fisiología. El propio profesor no pudo ocultar su sorpresa ante la precisión de la información de la que disponía su esposa. «Para ser una mujer, tienes un muy alto nivel de conocimientos, Jeannette», se vio obligado a reconocer en más de una ocasión. Parecía incluso dispuesto a admitir que el cerebro de su esposa tenía un peso normal.

Una mañana de niebla y llovizna regresaron a Birchespool, porque al día siguiente comenzaban las clases, y el profesor Ainslie Grey tenía a gala que nunca, en toda su vida, había dejado de comparecer en el aula a la hora prevista. La señorita Ada Grey los recibió con una amabilidad un poco forzada, y entregó las llaves de la despensa a la nueva señora de la casa. A pesar de que la señora Grey le rogó con cariño que se quedase, la joven insistió en que ya había aceptado una invitación que la llevaría lejos por unos cuantos meses y, aquella misma tarde, partió rumbo al sur de Inglaterra.

Unos días más tarde, nada más desayunar, la criada llevó una tarjeta a la biblioteca, donde se encontraba el profesor preparando la clase que había de impartir aquella misma mañana. Por ella, supo que el doctor James M’Murdo O’Brien había vuelto. Cuando volvieron a verse, el joven dio muestras de una cordialidad exuberante, mientras que su antiguo profesor guardaba una actitud deliberadamente fría.

—Como verá, se han producido algunos cambios —dijo el profesor.

—Estoy al corriente. La señorita Grey me lo contó por carta, y leí la noticia en el British Medical Journal. Así que se ha convertido en todo un hombre casado. ¡Con qué rapidez y discreción lo preparó todo!

—Por mi forma de ser, soy contrario a cualquier ostentación o ceremonia. Y mi esposa es una mujer comprensiva, incluso llegaría a decir que demasiado sensata para ser mujer, y estuvo por completo de mi parte a la hora de hacer todo según yo lo tenía pensado.

—¿Y cómo van sus investigaciones sobre la Vallisneria?

—He tenido que interrumpirlas por esta incidencia matrimonial, pero ya he comenzado mis clases de nuevo, así que pronto me pondré de nuevo con ellas.

—Me gustaría ver a la señorita Grey antes de irme de Inglaterra. Por la correspondencia que hemos intercambiado, me inclino a pensar que todo va a salir bien. Confío en que venga conmigo, porque no creo que pudiera partir sin ella.

El profesor asintió con la cabeza.

—No tiene usted tan poco carácter como quiere aparentar —le dijo-; asuntos de tal naturaleza han de quedar siempre por detrás de los graves compromisos de la vida.

O’Brien sonrió.

—Para conseguir una cosa así, tendría que arrancarme mi alma celta, e insuflarme una sajona en su lugar —repuso—. O bien mi cerebro es demasiado pequeño, o tengo un corazón muy grande. Pero... ¿cuándo le parece bien que pase a presentar mis respetos a la señora Grey? ¿Estará en casa esta tarde?

—Y ahora mismo. Acompáñeme al saloncito. Estará encantada de saludarlo.

Recorrieron el suelo de linóleo del vestíbulo. El profesor abrió la puerta de la sala de estar, y entró, seguido de su amigo. Luminosa y radiante, la señora Grey estaba sentada en un sillón de mimbre al lado de la ventana, ataviada con un amplio salto de cama de color rosa. Al ver que tenía visita, se puso en pie y se acercó a ellos. El profesor oyó un golpe sordo a sus espaldas. O’Brien se había desplomado en una silla, y se llevaba una mano crispada al corazón.

—¡Jinny! —acertó a decir-; ¡Jinny!

La señora Grey se detuvo en seco, y clavó en él sus ojos, con un rostro carente de cualquier otra expresión que no fuera ajena a la sorpresa y el horror que sentía. A continuación, tras recuperar el aliento, pareció tambalearse y se habría caído al suelo si el profesor no la hubiera rodeado con su largo y enérgico brazo.

—Acomódate en el sofá —le dijo.

Con un rostro lívido, frío y carente de vida, se dejó caer en aquellos cojines. De pie, y de espaldas a la chimenea vacía, el profesor no paraba de mirarlos a ambos.

—Bueno, O’Brien —dijo, por fin—, ¡creo que ya ha conocido a mi esposa!

—Su esposa —gritó el amigo, con voz ronca—. No es su esposa. ¡Que Dios me ampare! Es la mía.

El profesor se quedó inmóvil y rígido delante del hogar. Había cruzado sus largos y delicados dedos y tenía la cabeza un poco hundida. Las otras dos personas allí presentes no hacían más que mirarse el uno a la otra.

—¡Jinny! —decía el hombre.

—¡James!

—¿Cómo pudiste abandonarme así, Jinny? ¿Cómo tuviste agallas para hacerlo? Pensaba que habías muerto, y te lloré; he llevado luto por una persona que estaba viva. Has destrozado mi vida.

La mujer no dijo nada; siguió recostada en los cojines, sin apartar los ojos de él.

—¿No tienes nada que decir?

—Que tienes razón, James; que me he comportado contigo de un modo vergonzoso y cruel, pero no tan terrible como piensas.

—Te fugaste con De Horta.

—No, no fue así. En el último instante, se impuso mi lado bueno. Se fue solo. Pero, después de lo que te había escrito, me sentí avergonzada de volver a tu lado. No habría sido capaz de mirarte a la cara. Con un nuevo apellido, adquirí un pasaje para Inglaterra, y he vivido aquí desde entonces. Llegué a pensar que había conseguido rehacer mi vida. Sabía que creías que había muerto ahogada. ¡Quién se hubiera atrevido a pensar que el destino habría de reunirnos de nuevo! Así que, cuando el profesor me pidió...

Hizo una pausa, y jadeó casi sin aliento.

—Estás desfallecida —aseveró el profesor, mientras aplastaba uno de los cojines-; baja la cabeza; eso favorece la circulación en el cerebro. Siento tener que dejarle, O’Brien, pero mis obligaciones académicas me reclaman. Es posible que aún siga aquí usted a mi regreso.

Con rostro severo e impasible, abandonó la estancia. Ninguno de los trescientos alumnos que asistieron a su clase notaron ningún cambio ni en sus modales ni en su aspecto; ninguno habría sido capaz de imaginarse que aquel hombre austero que les hablaba se había dado cuenta, por fin, de lo difícil que es a veces estar por encima de la propia humanidad. Concluida la clase, continuó con sus tareas habituales en el laboratorio y, más tarde, regresó a su casa. No entró por la puerta de delante, sino que cruzó el jardín y entró por la puerta acristalada que daba al saloncito. Mientras se acercaba, pudo oír las voces de su esposa y de O’Brien, que sostenían una animada conversación en voz alta. Se detuvo junto a los rosales, sin saber si debía interrumpirlos o no. Nada era tan ajeno a su forma de ser como espiar a hurtadillas, pero, cuando se quedó quieto, asaltado aún por la indecisión acerca de qué debía hacer, escuchó algo que lo obligó a quedarse donde estaba.

—Sigues siendo mi esposa, Jinny —decía O’Brien-; te perdono de corazón. Te quiero; nunca dejé de quererte, a pesar de que tú me habías olvidado.

—No, James, mi corazón siempre se quedó en Melbourne. Siempre he pensado que era tuya. Pero creí que, para ti, sería mejor que todo el mundo pensase que había muerto.

—Ha llegado el momento de que elijas entre nosotros, Jinny. Si decides quedarte aquí, me callaré la boca, y no habrá ningún escándalo. Si, por el contrario, tomas la decisión de venir conmigo, poco me importará lo que pueda pensar la gente. Sin duda, tengo tanta culpa como tú, por haber pensado demasiado en mi trabajo y muy poco en mi mujer.

El profesor tuvo ocasión de escuchar aquella risa arrulladora y acariciante que tan bien conocía.

—Me iré contigo, James —le dijo.

—¿Y el profesor?

—¡Pobre profesor! Aunque no lo sentirá demasiado, James, porque no tiene corazón.

—Tenemos que informarle de la decisión que hemos tomado.

—No hará falta —dijo el profesor Ainslie Grey, entrando por la puerta abierta—. He escuchado la última parte de la conversación. Y he tenido mis dudas acerca de si debía interrumpiros antes de que llegarais a una conclusión.

O’Brien extendió un brazo y tomó de la mano a la mujer. Y así se quedaron ambos, con el sol dándoles en la cara. Con las manos a la espalda, el profesor se detuvo en el umbral, mientras su sombra, alargada y negra, se cernía sobre la pareja.

—Habéis tomado una sabia decisión —afirmó—. Volved juntos a Australia, y dejad que caiga en el olvido todo lo que os ha pasado.

—Pero usted, usted... —balbució O’Brien.

El profesor hizo un gesto con la mano.

—No debéis preocuparos por mí —dijo.

La mujer reprimió un grito.

—¿Qué puedo hacer o decir? —se lamentó—. ¿Cómo podría haberme imaginado algo así? Pensaba que no quedaba nada de mi antigua vida. Pero se ha hecho presente de nuevo, preñada de esperanzas y deseos. ¿Qué puedo decirte, Ainslie? Soy responsable de la vergüenza y el deshonor de un hombre intachable. He arruinado tu vida. ¡Cómo debes odiarme, aborrecerme! ¡Ojalá Dios no hubiese permitido que llegase a nacer!

—Ni te odio ni te aborrezco, Jeannette —repuso el profesor, con voz tranquila—. Te equivocas al desear no haber nacido, porque tienes ante ti una importante misión, la de ayudar a que un hombre como él, que ha demostrado que es capaz de llevar adelante una investigación científica de primer orden, culmine el propósito de su vida. En justicia, no puedo echarte la culpa de lo que ha ocurrido. La ciencia aún no ha dicho la última palabra acerca de hasta qué punto esa mónada que es cada individuo ha de ser responsable de las predisposiciones que ha desarrollado o recibido en herencia.

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