La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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Pero no tardó mucho en devolverme al mundo real. En cuanto recuperó el aliento, sacó una carta del bolsillo y, tras ponerse unas gafas de montura de concha, la leyó con extrema atención. Aunque no tenía intención alguna de espiar lo que hacía, caí en la cuenta de que se trataba de una escritura de trazo femenino. Cuando hubo terminado, la leyó de nuevo, y sin moverse, con las comisuras de los labios caídas y la mirada perdida en un vacío que se extendía más allá de la bahía; su imagen era la del anciano más desamparado que había visto en mi vida. Al observar aquel rostro melancólico, noté cómo se revolvía en mi interior la mejor parte de mí mismo pero, al mismo tiempo, supe que no tenía ganas de hablar, así que, atendiendo al reclamo de mi desayuno y de los pacientes que me esperaban, lo dejé allí, en aquel banco, y regresé a mi casa.

No volví a pensar a él en todo el día; pero, a la mañana siguiente, a la misma hora, apareció de nuevo por el promontorio, y tomó asiento en aquel banco que yo ya consideraba de mi propiedad. A pesar de que hizo un gesto de saludo antes de acomodarse, igual que el día anterior, no parecía tener ganas de entablar conversación. Durante esas veinticuatro horas había experimentado un cambio a peor. Tenía el rostro más abotargado y arrugado, y aquel preocupante color azulado se manifestó con mayor nitidez una vez que hubo subido la cuesta. Una barba gris de un día ocultaba los nítidos rasgos de sus mejillas y de su barbilla, y su grande y bien formada cabeza había perdido algo de aquella prestancia que me había llamado la atención la primera vez que lo vi. Llevaba una carta en la mano, la misma u otra, pero también escrita por una mujer; y la contemplaba, sin dejar de farfullar, con aspecto senil, con la frente fruncida y las comisuras de los labios apretadas, como un niño enfurruñado. Me aparté de él, no sin dejar de preguntarme quién podría ser y cómo era posible que, en el transcurso de un solo día de la primavera, hubiera experimentado tal cambio.

Tanto me picaba la curiosidad que, al día siguiente, aguardé su llegada con impaciencia. Como era de esperar, a la misma hora, vi que subía la cuesta, pero muy despacio, con la espalda encorvada y la cabeza colgando. Al verlo de cerca, me quedé sorprendido del cambio.

—Mucho me temo que el aire de por aquí no le sienta bien, señor —me aventuré a decir.

Pero daba la impresión de que no se encontrase con fuerzas para hablar. Creí que iba a darme una respuesta, pero ésta se quedó en un susurro, seguido de un silencio. ¡Qué hundido, débil y viejo me pareció, como si le hubieran echado por lo menos diez años encima desde la primera vez que lo había visto! Ver cómo aquel admirable anciano se venía abajo me llegó al corazón. Y siempre aquella carta, que desdoblaba con dedos temblorosos. ¿Quién sería aquella mujer cuyas palabras llegaban a conmoverlo hasta tal punto? Una hija, sin duda o, quizá, una nieta, que habrían tenido que ser la alegría de su hogar en vez de..., y sonreí para mis adentros al caer en la cuenta de lo ácido que me estaba volviendo, por la ligereza con que me había inventado un episodio romántico a propósito de aquel hombre mayor sin afeitar y su correspondencia. El caso es que no se me fue de la cabeza en todo el día, y no dejé de atisbar retazos de aquellas manos temblorosas, cargadas de venas azuladas y nudosas, que desplegaban una carta.

La verdad es que no tenía esperanzas de volver a verlo, porque pensé que otro día de declive lo obligaría a quedarse en su cuarto, o en su cama. Así que me sorprendí mucho cuando, al acercarme a mi banco, observé que él ya estaba allí. En cuanto me acerqué, sin embargo, no estaba muy seguro de que se tratase del mismo individuo, a pesar de que llevaba el mismo sombrero de alas, la reluciente corbata y las gafas de concha; pero ¿qué había sido de aquella espalda encorvada, de aquel rostro cubierto de vello gris que daba pena? Estaba recién afeitado, tenía los labios firmes, una mirada penetrante y una cabeza que se alzaba sobre sus anchos hombros, como la de un águila erguida en lo alto de un peñasco. Tenía la espalda tan tiesa y recta como la de un granadero y, con una vitalidad increíble, removía guijarros con el bastón que llevaba en la mano. Lucía una flor de color dorado en el ojal del abrigo negro y bien cepillado y, en el bolsillo de la pechera, destacaba la punta de un coqueto pañuelo de seda roja. Cualquiera hubiera dicho que se trataba del mayor de los hijos de aquel individuo agotado que había estado sentado allí mismo la mañana anterior.

—¡Buenos días, señor, buenos días! —gritó, agitando alegremente el bastón.

—¡Buenos días! —repuse—. ¡Qué hermosa está la bahía!

—Sin duda. Pero tendría que haberla visto antes de que saliera el sol.

—¿Cómo es que lleva aquí tanto tiempo?

—Estoy aquí desde que no había ni suficiente luz para ver el sendero.

—Pues sí que es usted madrugador.

—Sólo a veces, señor, sólo a veces —y clavó en mí los ojos, como para discernir si era digno de que depositase en mí su confianza—. La verdad, señor, es que hoy mi esposa vuelve a mi lado.

Me imagino que mi rostro no daba a entender que comprendiese lo que acababa de decirme por completo. Pero, por mi mirada, debió de reparar en que estaba de su lado, porque se acercó a mí y comenzó a hablarme en voz baja, en tono confidencial, como si fuese a hacerme partícipe de algo tan importante que ni siquiera las gaviotas tenían por qué darse por enteradas.

—¿Está usted casado?

—No, no lo estoy.

—En ese caso, no podrá entenderlo. Mi mujer y yo llevamos casados desde hace casi cincuenta años, y nunca, nunca hasta ahora, nos habíamos separado.

—¿Ha sido una larga separación? —pregunté.

—Así es, señor. Hoy hace cuatro días. Unos asuntos requerían su presencia en Escocia, y los médicos no me han permitido acompañarla. Ellos jamás me habrían parado los pies, por supuesto, pero ella se puso de su parte. En cambio, ahora, gracias a Dios, ya ha pasado todo, y en cualquier momento habrá vuelto.

—¿Aquí mismo?

—Así es. Este promontorio y este banco nos han acompañado desde hace treinta años. Si he de serle sincero, las personas con las que vivimos no son muy agradables y, en su casa, apenas tenemos intimidad. Por eso prefiero que nos veamos aquí. No sé en qué tren ha de regresar pero, aunque hubiera tomado el primero de la mañana, me habría encontrado aquí, esperándola.

—En ese caso... —dije, poniéndome en pie.

—¡Oh, no, señor! —me suplicó—. Le ruego que se quede, siempre y cuando no le aburran estas reflexiones hogareñas.

—Todo lo contrario.

—¡Me he sentido tan apocado estos pocos días! ¡Han sido como una pesadilla! A lo mejor, le resulta extraño que un anciano como yo sea capaz de experimentar tales sentimientos.

—Me parece maravilloso.

—¡No piense que es cosa mía, señor! Cualquier hombre sentiría lo mismo que yo, si hubiera tenido la dicha de casarse con semejante mujer. Quizá, al verme con este aspecto y, después de haberle hablado del mucho tiempo que llevamos juntos, piense que ella también es mayor.

Y se echó a reír con ganas, mientras los ojos le hacían chiribitas sólo de pensarlo.

—Debe saber que se trata de una de esas mujeres que están dotadas de un corazón joven, algo que, por fuerza, ha de reflejarse en su rostro. Para mí, se conserva igual que en el cuarenta y cinco, cuando tomó mi mano entre las suyas por primera vez; quizá lo hiciera con un poco más de fuerza, y eso que, cuando era joven, su defecto más sobresaliente consistía en que era más delgada de lo normal. Ella estaba por encima de mí: yo era un empleado, y ella era la hija de mi jefe. Le juro que fue un verdadero flechazo, y acabé por conquistarla, aunque, debo confesarle que jamás me he habituado a las delicias y maravillas de tal situación. Pensar que una mujer tan delicada y adorable se ha pasado la vida a mi lado, y que he sido capaz de...

Se calló de repente, mientras yo, sorprendido, me quedé observándolo. Todas las fibras de su enorme cuerpo, de los pies a la cabeza, se pusieron a temblar. Se agarraba con las manos al asiento de madera del banco, sin dejar de patear la gravilla. Supe lo que le pasaba: trataba de ponerse en pie, pero estaba tan nervioso que no era capaz de hacerlo. Hice ademán de tenderle la mano, pero, por cortesía, me sentí obligado a retirarla y mirar al mar. Un instante después, se había puesto en pie y corría cuesta abajo.

Una mujer se dirigía hacia nosotros. Antes de que él llegase a verla, estaba ya cerca, a unas treinta yardas como mucho. No sé si alguna vez había sido tal como él la describía, o si se trataba de un ideal forjado en su imaginación. En efecto, la persona que tenía ante mis ojos era alta, pero gruesa y carente de formas, de rostro rubicundo y simpático, y llevaba la falda recogida de un modo grotesco. Llevaba una cinta verde en el sombrero que me hizo daño a la vista, y un canesú en forma de blusa, carente de gracia, que parecía que iba a estallar. ¡Conque aquélla era la chica adorable, la eternamente joven! Me entristecí al pensar en lo poco que había de quererlo una mujer así, tan poco merecedora de tanto amor. Subía por el sendero con paso firme, mientras él iba dando tumbos a su encuentro. Cuando se alcanzaron, observé discretamente, de reojo, cómo él le tendía las manos, mientras ella, acobardada por recibir una caricia en público, le estrechaba una mano entre las suyas y lo saludaba. En ese momento, me fijé en su rostro, y recobré la tranquilidad al pensar en aquel anciano. Quiera Dios que, cuando mis manos se tornen temblorosas y se me encorve la espalda, cuente con una mujer que me mire a los ojos de ese modo.

LA ESPOSA DE UN FISIÓLOGO

El profesor Ainslie Grey no había bajado a desayunar a la hora que tenía por costumbre. El reloj de carillón que, en la repisa de la chimenea del comedor, sobresalía entre los bustos de terracota de Claude Bernard y John Hunter, había dado la media y los tres cuartos. En aquel instante, el minutero dorado se acercaba a las nueve, y el dueño de la casa aún no había dado señales de vida.

Se trataba de un hecho sin precedentes. En los doce años que llevaba al frente de aquella casa, su hermana menor nunca había observado que se retrasase ni un segundo. Así que, sentada ante la impresionante cafetera de plata, dudaba si ordenar que tocasen el gong o aguardar en silencio porque, en ambos casos, podía cometer un error, y su hermano no era un hombre que tolerase los yerros.

La señorita Ainslie Grey era un poco más alta de lo normal, delgada, con patas de gallo y esos hombros encorvados que distinguen a una persona aficionada a la lectura. De rostro enjuto y alargado, y de pómulos sonrosados, tenía una frente que denotaba prudencia y reflexión, mientras que los labios finos y la barbilla prominente indicaban una obstinada cabezonería. Reflejo de sus gustos eran un cuello y unos puños blancos, como único adorno de un vestido negro tan sencillo como el de una cuáquera. En su pecho liso, lucía una cruz de ébano. Muy tiesa en su silla, con las cejas arqueadas, estaba atenta a todo lo que pasaba a su alrededor, sin dejar de mover las gafas de atrás hacia delante, en un gesto nervioso que era muy suyo.

De pronto, al oír el sonido apagado de unos pasos cadenciosos sobre la alfombra mullida, hizo un gesto de satisfacción con la cabeza, y comenzó a servir el café. Se abrió la puerta y, con paso rápido y nervioso, apareció el profesor. Hizo un ademán con la cabeza para saludar a su hermana y, tras sentarse enfrente de ella, al otro extremo de la mesa, empezó a abrir el pequeño montón de correo apilado junto a su plato.

El profesor Ainslie Grey tenía por aquel entonces cuarenta y tres años, casi doce más que su hermana. Había hecho una brillante carrera y, tanto en Edimburgo como en Cambridge y en Viena, gozaba de una enorme reputación en los campos de la fisiología y de la zoología.

Había llegado a ser miembro de la Royal Society gracias a su opúsculo Sobre el origen mesoblástico de las terminaciones nerviosas excitomotrices, y sus investigaciones Acerca de la naturaleza del Bathybius junto con algunas observaciones sobre los Lithococci habían sido traducidas por lo menos a tres de las lenguas que se hablaban en Europa. Una de las más reputadas autoridades vivas lo había calificado de claro ejemplo y encarnación viviente de lo mejor que deparaba la ciencia moderna. No tiene, pues, nada de extraño que, cuando la industriosa ciudad de Birchespool decidió dotarse de una facultad de medicina, ofreciese encantada la cátedra de fisiología al señor Ainslie Grey, que gozaba aún de mayor consideración, pues no en vano todo el mundo pensaba que aquel puesto no era sino un paso más en su camino a la cima y que, en cuanto se produjese una vacante, lo dejaría para ocupar alguna cátedra más prestigiosa.

Físicamente, se parecía a su hermana, idéntica mirada, perfil similar, idéntica frente de intelectual. No obstante, tenía la boca más firme, y su alargada y delgada mandíbula inferior, que acariciaba de vez en cuando con el pulgar y el índice, mientras echaba un vistazo a la correspondencia, era más angulosa, más decidida.

—Estas criadas son muy parlanchinas —comentó, mientras a lo lejos se oía lo más parecido a un chasquido de lenguas.

—Es Sarah —dijo su hermana-; hablaré con ella.

Le había acercado una taza de café, mientras ella tomaba la suya a sorbitos, sin dejar de observar a hurtadillas el rostro austero de su hermano.

—El primer gran avance de la raza humana —aseguró el profesor— se produjo con el desarrollo de las circunvoluciones frontales del hemisferio izquierdo del cerebro, gracias a lo cual adquirió la capacidad del lenguaje. El segundo avance, en este sentido, fue cuando aprendió a controlar dicha facultad. Pero la mujer aún no ha alcanzado dicha fase.

Cuando hablaba solía hacerlo con los ojos entrecerrados y la barbilla echada hacia delante pero, en cuanto se callaba, abría unos ojos como platos y miraba fijamente a su interlocutor.

—Yo no soy charlatana, John —dijo su hermana.

—Tienes razón, Ada; en muchos aspectos estás más cerca del tipo superior o masculino.

El profesor se inclinó sobre el huevo que tenía delante con los mismos modales con que un hombre acompaña un cumplido, pero la muchacha hizo un mohín y, molesta, se encogió de hombros.

—Esta mañana te has retrasado, John —señaló tras un momento de silencio.

—Así es, Ada; he pasado una mala noche. Una congestión cerebral sin duda, debida a una estimulación excesiva de los centros del pensamiento. Se me ha dispersado un poco la mente.

Atónita, su hermana clavó la vista en él. Hasta aquel instante, los procesos mentales del profesor habían sido tan regulares como sus costumbres. Después de doce años de convivencia, ya había caído en la cuenta de que su hermano vivía en una serena y rarificada atmósfera de calma científica, que lo situaba muy por encima de las emociones cotidianas que influyen en mentes no tan superiores como la suya.

—Veo que te ha pillado de sorpresa, Ada —añadió él—, y no me extraña nada. También yo me habría sorprendido si alguien me hubiera dicho que era tan sensible a las molestias de origen vascular. Porque, en definitiva, cuando se las estudia a fondo, todas nuestras molestias tienen un origen vascular. Estoy pensando en casarme.

—¡Supongo que no será con la señora O’James! —exclamó Ada Grey, al tiempo que dejaba la cucharilla para el huevo.

—Querida, tienes altamente desarrollada esa capacidad tan femenina que es la receptividad. En efecto, se trata de la señora O’James.

—Pero si no sabes casi nada de ella; ni siquiera los Esdaile están muy al tanto. No es más que una conocida, por mucho que viva en The Lindens. John, ¿no sería mejor que hablases antes con la señora Esdaile?

—Ada, no creo que la señora Esdaile vaya a decirme nada que modifique sustancialmente el patrón de conducta que he de seguir. He considerado el asunto desde todos los puntos de vista. Un espíritu científico tarda en extraer conclusiones pero, una vez que ha llegado a ellas, no suele cambiar de idea con facilidad. El matrimonio es el estado natural de los seres humanos. Como de sobra sabes, he andado tan ocupado con mis obligaciones académicas y de otra índole que apenas he tenido tiempo de prestar atención a mis asuntos personales. Ahora veo las cosas de un modo diferente, y no se me alcanza razón alguna para desechar la ocasión de encontrar una compañera que esté a mi altura.

—¿Estáis comprometidos?

—No hay que precipitarse, Ada. Ayer me atreví a decirle a la dama en cuestión que estaba dispuesto a seguir el destino común de todos los hombres. Iré a verla después de la clase de hoy por la mañana, a fin de recabar noticias de cómo ha recibido mi proposición. ¡Estás frunciendo el ceño, Ada!

Su hermana pareció sobresaltarse, y trató de que desapareciese de su rostro aquel gesto de contrariedad. Llegó incluso a balbucir algunas palabras de enhorabuena, pero su hermano parecía tener la mirada ausente, signo inequívoco de que no la escuchaba.

—Por supuesto, John, deseo que seas todo lo feliz que te mereces. Si te pareció que albergaba alguna duda, es porque conozco la importancia de un asunto así, y porque todo ha sido tan de repente, tan inesperado —aseguró, llevando su delicada mano blanca hasta la cruz que pendía de su pecho—. Se trata de momentos en los que todos necesitamos que alguien nos guíe, John. Si pudiera convencerte para que buscases asistencia espiritual...

Con un gesto de censura con la mano, el profesor declinó tal sugerencia.

—No merece la pena volver sobre eso —apuntó—. No podemos enzarzarnos en una discusión otra vez. Tú das por sentadas muchas cosas que yo no estoy dispuesto a aceptar, lo que me lleva a poner en duda las premisas de las que partes. No partimos de la misma base.

Su hermana emitió un suspiro.

—Porque te falta fe —le dijo.

—No es así; creo en las inmensas fuerzas de la evolución que hacen que la raza humana camine hacia un desconocido, aunque sin duda excelso, destino.

—No crees en nada.

—Al contrario, mi querida Ada; creo en la diferenciación protoplasmática.

La joven negó tristemente con la cabeza. Se trataba del único asunto en el que se atrevía a poner en duda la infalibilidad de su hermano.

—En cualquier caso, ésa no es la cuestión —añadió el profesor, doblando la servilleta—. Si no me equivoco, existe la posibilidad de que, en nuestra familia, se produzca algún otro acontecimiento que también tiene que ver con el matrimonio. ¿No es así, Ada? ¿No dices nada?

Con una mirada cargada de gracia picarona, le guiñó un ojo a su hermana. Ella estaba muy tiesa en la silla y trazaba surcos sobre el mantel con las pinzas del azúcar.

—El doctor James M’Murdo O’Brien —dijo el profesor, en voz alta.

—No, John, no —le rogó la señorita Ainslie Grey.

—El doctor James M’Murdo O’Brien —continuó su hermano, de forma implacable— es un hombre que ya ha dejado su huella en la ciencia de nuestros días. Es el mejor, el más cualificado de mis alumnos. Te doy mi palabra, Ada, de que sus Observaciones sobre los pigmentos biliares, con especial mención de la urobilina llevan camino de convertirse en todo un clásico. Ni que decir tiene que ha revolucionado los conocimientos de que disponíamos sobre dicho pigmento.

Hizo una pausa, pero su hermana, con la cabeza gacha y las mejillas ruborizadas, guardó silencio, mientras la pequeña cruz de ébano subía y bajaba al ritmo de su respiración acelerada.

—Como ya sabrás, al doctor James M’Murdo O’Brien le han ofrecido la cátedra de fisiología de Melbourne. Ya ha vivido cinco años en Australia, y tiene ante él un prometedor futuro. Hoy se despide de nosotros, porque se va a Edimburgo y, dentro de dos meses, partirá para hacerse cargo de su nuevo cometido. Sabes lo que siente por ti. Así que de ti depende que se vaya solo o no. Por mi parte, no soy capaz de concebir una misión más excelsa para una mujer cultivada que la de acompañar en su existencia a un hombre capaz de llevar a cabo con éxito investigaciones como las realizadas por el doctor James M’Murdo O’Brien.

—Pero no me ha dicho nada —musitó la dama.

—Hay insinuaciones más sutiles que las palabras —repuso su hermano, mientras afirmaba con la cabeza—. Estás pálida. Tu sistema vasomotor está sobrecargado; por eso se te han contraído las arteriolas. Trata de sobreponerte. Me parece oír un coche. Imagino que quizá esta mañana tengas una visita, Ada. Y ahora, te ruego que tengas a bien disculparme.

Tras echar una ojeada al reloj, salió al vestíbulo y, unos minutos más tarde, recorría en el interior de su silencioso y confortable carruaje las calles de fachadas de ladrillo de Birchespool.

Cuando terminó la clase, el profesor Ainslie Grey se dio una vuelta por su laboratorio; reguló diversos instrumentos científicos, tomó algunas notas sobre la evolución de tres distintos cultivos de bacterias, preparó unas cuantas muestras para el microscopio con un micrótomo y, finalmente, resolvió las dificultades que le presentaron siete estudiantes que llevaban a cabo otras tantas y diferentes investigaciones. Tras haber cumplido metódicamente y a conciencia con sus obligaciones diarias, regresó al carruaje y ordenó al cochero que lo llevase a The Lindens. Por el camino, mostraba un rostro frío e impasible pero, de vez en cuando, se llevaba los dedos a aquella barbilla prominente, con gesto inquieto y nervioso.

The Lindens era una mansión antigua, cubierta de hiedra, situada en un lugar que, en otro tiempo, se consideraba ya campo, pero que se había visto atrapado entre los largos tentáculos de ladrillo rojo del ensanche de la ciudad. Con todo, el recinto quedaba apartado de la carretera, y tenía su propio jardín. Un camino sinuoso, con laureles a ambos lados, conducía hasta un pórtico en forma de arco que estaba a la entrada. A la derecha había césped y, al fondo, a la sombra de un espino blanco, vio a una dama sentada en una silla de jardín, con un libro en las manos. Al oír el ruido de la puerta de la entrada, se incorporó; al verla, el profesor se apartó de la puerta y se acercó a ella.

—¡Cómo! ¿No viene a ver a la señora Esdaile? —le preguntó, tras abandonar con rapidez la sombra del espino blanco.

Era una mujer menuda, muy femenina, desde los generosos bucles de sus cabellos rubios y delicados hasta el delicado calzado de jardín que sobresalía por la parte inferior de su vestido de color crema. Mientras lo saludaba con una delicada mano, enguantada con elegancia, sujetaba con la otra un grueso libro de tapas verdes. Sus modales seguros, naturales y comedidos eran los de una mujer madura y desenvuelta; pero el rostro que alzaba hacia él conservaba la expresión inocente, incluso infantil, de una joven, gracias a unos enormes y confiados ojos grises, y a una boca sensual y burlona. A sus treinta y dos años, la señora O’James era viuda, pero nada en su rostro daba pie a suponer tales circunstancias.

—Estoy convencida de que ha venido para ver a la señora Esdaile —insinuó, con una mirada tan desafiante como acariciante.

—No, no he venido a ver a la señora Esdaile —repuso él, sin abandonar su actitud fría y seria-; he venido a verla a usted.

—Me hace un gran honor —le replicó ella, con cierto deje irlandés—. ¿Qué harán esos pobres estudiantes sin su profesor?

—Ya he finalizado mis obligaciones académicas. Acepte mi brazo, y demos una vuelta al sol, verá lo fácil que resulta comprender que los orientales hayan hecho del sol una divinidad: es la representación de la gran fuerza benéfica de la naturaleza, aliado del hombre contra el frío, la esterilidad y todo cuanto le resulta aborrecible. ¿Qué está leyendo?

—Materia y vida, de Hale.

El profesor alzó sus espesas cejas.

—¡Hale! —dijo, para repetir de nuevo en una especie de susurro—: ¡Hale!

—¿No está usted de acuerdo con él? —le preguntó la dama.

—No, no se trata de eso. Yo no soy más que una mónada, algo insignificante; es la tendencia más excelsa del pensamiento moderno la que se aparta de él, porque defiende lo indefendible. Es un observador excelente, pero sus razonamientos son endebles. No le recomendaría que fundamentase en Hale sus opiniones.

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