La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—Sí, sí; ya veo que se ha retrasado un poco la cosa —comentó el doctor, mientras comprobaba una lista de nombres que tenía anotados en una agenda de tapas lustrosas—. Y bien, ¿cómo se encuentra?

—No sabría decirle...

—Entiendo; es la primera vez. Para usted. Verá como para la próxima ya es un experto.

—La señora Peyton aseguró que había llegado el momento en el que se requería su presencia, doctor.

—Querido amigo, tratándose de una primeriza, no puede ser tan urgente. Me imagino que nos llevará toda la noche. Señor Johnson, no es posible que una máquina funcione sin carbón, y se da la circunstancia de que, aparte de un ligero almuerzo, no he comido nada en todo el día.

—Podríamos prepararle algo, algo caliente y una taza de té.

—Se lo agradezco, pero supongo que tendré la cena ya en la mesa. Además, en esta fase, mi presencia será de escasa utilidad. Vuélvase a casa, y diga que me pasaré en seguida por allí; le aseguro que no tardaré mucho.

Al ver como aquel hombre era capaz de pensar en ponerse a cenar en un momento así, un escalofrío de horror recorrió el cuerpo de Robert Johnson. No era capaz de darse cuenta de que aquel acontecimiento, de primordial importancia para él, no era sino una situación banal que se le presentaba a diario al médico, quien, de no haber mirado por su propia salud, no habría soportado siquiera un año la urgencia que requería su trabajo. A ojos de Johnson, sin embargo, era poco mejor que un monstruo, y regresó a la tienda, sumido en acerbos pensamientos.

—Pues sí que has tardado —le reprochó su suegra desde lo alto de la escalera, en el momento en el que puso el pie en casa.

—No he podido hacer otra cosa —dijo, jadeante—. ¿Ya ha pasado todo?

—¿Que si ya ha pasado? Mucho peor habrá de pasarlo, antes de que empiece a sentirse mejor. ¿Y el doctor Miles?

—Vendrá en cuanto acabe de cenar.

A punto estaba la anciana de decir algo cuando, a través de la puerta entreabierta, oyó un grito agudo y quejoso que la llamaba. Fue al cuarto a toda prisa y cerró la puerta, mientras Johnson, desconsolado, se dirigió a la tienda. Una vez allí, le dijo al dependiente que podía irse a casa y, frenético, se puso a cerrar las trapas y a mover cajas de un lado para otro. Cuando consideró que la tienda estaba en orden y bien cerrada, fue a sentarse en la salita de la trastienda. Pero estaba inquieto. No hacía más que levantarse, dar unos cuantos pasos y sentarse otra vez. De repente oyó un tintineo de porcelana, y vio que, por delante de la puerta, pasaba la criada con una taza y una tetera humeante en una bandeja.

—¿Para quién es ese té, Jane? —preguntó.

—Para la señora, señor Johnson. Dice que le sentaría muy bien.

Aquella simple taza de té supuso un enorme consuelo para él. Si, a pesar de todo, su esposa aún podía pensar en eso, las cosas no estaban tan mal. Fue tal el alivio que experimentó que pidió que le llevase a él otra taza de té. Acababa de tomársela cuando apareció el médico, con un pequeño maletín negro de piel en la mano.

—Y bien, ¿cómo se encuentra? —preguntó con cordialidad.

—Yo creo que está mucho mejor —repuso Johnson, muy animado.

—¡Qué fastidio! —replicó el doctor—. A lo mejor basta con que me pase mañana por la mañana, cuando vaya a visitar a mis pacientes...

—No, no —exclamó Johnson, aferrándose al grueso abrigo satinado del médico—. Estamos encantados de que haya venido. Suba a verla, doctor, y regrese cuanto antes a contarme qué impresión le ha causado.

Con unos pasos firmes y pausados, que resonaron por toda la casa, el médico subió al piso superior. Johnson oyó el chirrido de sus botas, mientras andaba por arriba, y escuchó aquel ruido como un consuelo: eran los pasos rápidos y decididos de alguien que sabe lo que se trae entre manos. Aguzó el oído para tratar de discernir lo que pasaba, y oyó cómo arrastraban una silla por el suelo; un instante más tarde, oyó cómo la puerta se abría de repente, y cómo alguien bajaba por las escaleras a toda velocidad. Con los pelos de punta, Johnson dio un brinco, convencido de que había ocurrido algo espantoso; pero no se trataba más que de su suegra, que, hecha un manojo de nervios, iba en busca de unas tijeras y unas vendas. Desapareció de nuevo y Jane subió las escaleras con un montón de toallas limpias. Más tarde, tras un rato de silencio, Johnson oyó otra vez unos fuertes pasos que hacían que el suelo retumbase, y el doctor apareció en el salón.

—Ahora parece que se encuentra mejor —dijo, tras detenerse con una mano apoyada en la puerta—. Está usted pálido, señor Johnson.

—Oh, no, señor, nada de eso —replicó, como si buscase disculparse, al tiempo que se secaba la frente con un pañuelo.

—No hay motivo inmediato de preocupación —observó el doctor Miles—. El caso no se presenta de la mejor forma posible, pero hay que ser optimistas.

—¿Hay algún peligro, doctor?

—Está claro que algún peligro hay; no es un parto que se presente bien, pero podría ser mucho peor. Le he administrado un calmante. Cuando venía hacia aquí, he visto que han construido un edificio enfrente del suyo. Es una zona que cada vez está mejor. Seguro que las rentas no paran de subir. Me imagino que tiene usted el local en traspaso.

—Así es, señor —repuso Johnson, que no se perdía ninguno de los ruidos que le llegaban del piso de arriba, pero a quien no dejaba de resultar tranquilizador que el médico pudiese entablar una conversación trivial en tales circunstancias—. Es decir, no, doctor; tengo un contrato de alquiler por un año.

—En su caso, yo trataría de hacerme con el traspaso. Mire lo que le pasó a Marshall, el relojero, que está al cabo de la calle. He asistido a su mujer en dos partos, y a él le curé de unas fiebres tifoideas que atrapó cuando abrieron las alcantarillas de Prince Street. Fíjese, el propietario le subió de golpe la renta anual a casi cuarenta, y no le quedó más remedio que pagar o buscarse otro sitio.

—Pero ¿su mujer dio a luz sin problemas, doctor?

—Por supuesto; todo salió bien. ¡Vaya, vaya!

El médico aguzó el oído, se preguntó qué estaría pasando allí arriba y salió a toda prisa de la habitación.

Estaban en el mes de marzo, y las noches aún eran frescas; Jane había encendido la chimenea, pero el aire hacía que el humo revirtiese y el ambiente estaba cargado, viciado. Más por la aprensión que le oprimía que por el tiempo, Johnson estaba helado hasta los tuétanos. Se agachó delante del fuego, y arrimó a las llamas sus manos delicadas y blancas. A las diez, Jane puso la mesa y le sirvió una cena fría, pero no se sintió con fuerzas ni de probarla. Se tomó, sin embargo, un vaso de cerveza que le sentó muy bien. La tensión nerviosa parecía haber agudizado su capacidad auditiva, y podía escuchar con toda claridad hasta el menor de los movimientos que se producían en el piso de arriba. En un momento dado, aún bajo los efectos de la cerveza, se atrevió a subir de puntillas por la escalera para oír mejor lo que pasaba. La puerta del dormitorio estaba ligeramente entreabierta y, a través de aquella ranura, contempló el rostro rasurado del médico, que le pareció más cansado y nervioso que antes. Bajó las escaleras como un poseso y se llegó corriendo hasta la puerta de la casa, donde, mientras trataba de pensar en otra cosa, se entretuvo mirando lo que ocurría por la calle. Todas las tiendas estaban ya cerradas, y unos cuantos juerguistas salían de la taberna dando voces. Se quedó en la puerta hasta que desapareció el último rezagado, y entró en casa de nuevo para sentarse junto a la chimenea. Su confuso cerebro se hacía preguntas que nunca antes se había planteado. ¿Qué clase de justicia era aquélla? ¿Qué había hecho su cariñosa e inocente mujercita para merecerse algo así? ¿Por qué era tan cruel la naturaleza? Aunque estaba asustado de las cosas que pensaba, no dejaba de preguntarse por qué no se las había planteado con anterioridad.

Cuando el día comenzó a despuntar, Johnson, sumido en la desdicha y aterido de frío, seguía en el mismo sitio, envuelto en un grueso abrigo, sin dejar de mirar aquellas cenizas grises y esperando algo que pudiera aliviarlo. Tenía el rostro blanco y cubierto de sudor y, por culpa de la angustia, se encontraba en un estado de semiinconsciencia. Pero cuando oyó cómo se abría la puerta del dormitorio y los pasos del médico por las escaleras, recuperó de pronto toda la fuerza vital. En su vida diaria, Robert Johnson era un hombre predecible y poco emotivo pero, en aquel instante, a punto estuvo de ponerse a chillar mientras corría para enterarse de si todo había terminado.

Al observar el rostro tenso y grave que tenía ante sus ojos, al instante comprendió que no eran buenas las noticias que traía el médico. Con el paso de las horas, el semblante del doctor parecía tan alterado como el del propio Johnson. Estaba despeinado, con el rostro congestionado y, en la frente, tenía gotas de sudor. Un resplandor animal lucía en su mirada y trazos de agresividad se le reflejaban en la comisura de los labios, como corresponde a un hombre que, durante horas, ha estado disputando la presa más preciada al enemigo más encarnizado. Al mismo tiempo, parecía cabizbajo, como si su siniestro adversario hubiera podido con él. Tomó asiento y apoyó la cabeza en las manos, como si fuera un hombre abatido.

—He creído, señor Johnson, que tenía la obligación de hablar con usted, para decirle que las cosas se presentan muy mal. Su esposa no goza de un corazón muy resistente, y da muestras de algunos síntomas que no me gustan. Lo que quería decirle era que, si desea buscar una segunda opinión, estaré encantado de reunirme con la persona que usted designe.

Johnson estaba tan confuso por la falta de sueño y las malas noticias que acababa de oír que apenas comprendió lo que el médico trataba de decirle. Al ver que parecía dudar, éste pensó que estaba echando cuentas de cuánto podría costarle algo así.

—Smith o Hawley se pasarían por aquí por dos guineas —le comentó—. Pero, en mi opinión, el mejor es Pritchard, de City Road.

—Claro que sí; tráigame al mejor —exclamó Johnson.

—Pero Pritchard le cobrará tres guineas. Es toda una autoridad.

—Le daría todo cuanto tengo, con tal de que ella se ponga bien. ¿Quiere que vaya a buscarlo?

—Sí; pero, antes, pásese por mi casa, y diga que le den el maletín de fieltro verde. Mi ayudante se lo entregará. Dígale que necesito un preparado A. C. E. Tiene el corazón demasiado débil para soportar el cloroformo. Luego, vaya a buscar a Pritchard y venga para acá con él.

A Johnson le supo a gloria saber que podía hacer algo y serle de alguna utilidad a su esposa. Acompañado por el ruido de sus pasos, que retumbaban por las calles silenciosas mientras fornidos policías de oscuro lo enfocaban con sus linternas de luz amarilla, fue tan rápido como pudo hasta Bridport Place. Dos llamadas al timbre bastaron para que bajase a abrir un ayudante somnoliento y a medio vestir, que le entregó un frasco de cristal tapado y un maletín de tela en cuyo interior, al moverlo, resonaba algo. Johnson se metió el frasco en un bolsillo, recogió el maletín verde y, tras calarse el sombrero a duras penas, echó a correr a toda prisa hasta llegar a un lugar de City Road en el que vio el apellido Pritchard grabado en letras blancas sobre una placa de color rojo. Encantado, subió de un salto los tres escalones que lo separaban de la puerta de entrada y entonces, a sus espaldas, oyó un estruendo: el precioso frasco que llevaba se había hecho añicos contra la acera.

Por un instante tuvo la sensación de que allí yacía el mismísimo cadáver de su mujer. Pero la carrera le había refrescado las ideas, y comprendió que se trataba de algo que bien podía remediarse, y llamó al timbre con la máxima energía.

—Está bien. ¿Se puede saber qué pasa? —preguntó una voz, en tono áspero, que parecía provenir de su propio codo; retrocedió unos pasos y miró a las ventanas, pero no vio a ningún ser vivo. Ya se aproximaba al timbre de nuevo, con intención de llamar otra vez cuando, a través de la pared, pudo escuchar un rugido perfecto—. No puedo quedarme aquí tiritando toda la noche —gritó la voz—, así que dígame quién es y qué es lo que quiere, o cerraré el tubo de comunicación.

En ese momento, Johnson acertó a distinguir que, justo por encima del timbre, sobresalía el extremo de un tubo acústico, de modo que gritó a través de él:

—Quiero que me acompañe ahora mismo para que se reúna con el doctor Miles, que está atendiendo un parto.

—¿Queda muy lejos? —gritó la voz malhumorada.

—New North Road, en Hoxton.

—Mis honorarios por consulta ascienden a tres guineas, pagaderas al instante.

—De acuerdo —gritó Johnson—. Procure llevar una botella de preparado A.C.E.

—Muy bien. Espere un momento.

Cinco minutos después abría la puerta un hombre mayor, de rostro adusto y cabellos canosos. Cuando salía, se oyó una voz que gritaba desde la oscuridad de la casa:

—No olvides ponerte el pañuelo, John —a lo que el médico masculló algo por encima del hombro a modo de respuesta.

El médico era un hombre endurecido por una vida de trabajo constante y que, al igual que tantos otros, se había visto obligado por las exigencias de una familia que iba en aumento a centrarse más en el aspecto económico de su profesión que en la vertiente filantrópica. Pero, bajo aquella apariencia de rudeza, latía un corazón bondadoso.

—No es preciso que batamos ningún récord —exclamó, tras detenerse para recuperar el resuello, después de haber intentado seguir el paso de Johnson durante cinco minutos—. Tenga por seguro que andaría más deprisa si pudiera, amigo mío, y comprendo perfectamente su preocupación, pero le juro que no puedo hacerlo.

De este modo, Johnson, aunque corroído por la impaciencia, se vio obligado a aminorar el paso hasta que llegaron a New North Road: entonces salió pitando para que, al llegar, el doctor encontrase la puerta abierta. Oyó cómo ambos médicos se saludaban fuera del dormitorio, y escuchó algunos retazos de la conversación que sostuvieron: «Lamento haberlo molestado a estas horas... Un asunto feo... Es buena gente», hasta que la charla se convirtió en un murmullo y cerraron la puerta tras ellos.

Rígido y atento, Johnson se sentó en una silla, porque estaba seguro de que iba a producirse una crisis. Oía cómo ambos doctores se afanaban en el piso de arriba, incluso era capaz de distinguir la forma de andar de Pritchard, que arrastraba un poco los pies, de los pasos precisos y rápidos de su colega. Se produjo un silencio que duró unos cuantos minutos hasta que, de repente, se oyó una voz, para él desconocida, vacilante, cantarina, como de alguien en estado de ebriedad. Al mismo tiempo, por las escaleras, llegó hasta la estancia en la que se encontraba un olor dulzón y penetrante, del que quizá no se hubiera percatado nadie que no se hallara en su estado de nervios. Aquella voz acabó por convertirse en un zumbido hasta fundirse con el silencio, y Johnson emitió un hondo suspiro; acababa de caer en la cuenta de que las medicinas habían cumplido su cometido y que, pasase lo que pasase, la paciente ya no sentiría ningún dolor.

Pronto el silencio le resultó más insoportable que los gritos que había oído. Como no tenía ni idea de lo que estaba pasando, se imaginó una variedad de espantosas posibilidades. Se puso en pie de nuevo, y se acercó a la escalera. Escuchó el ruido de un metal al chocar contra otro, y la conversación en voz baja de ambos médicos. A continuación oyó cómo, asustada o disgustada, la señora Peyton decía algo, a lo que siguió el susurro de la conversación de los médicos. Y allí se quedó, apoyado en la pared veinte minutos, escuchando de vez en cuando retazos de conversaciones cuyo sentido no llegaba a captar. Hasta que, de repente, en medio del silencio, oyó un chillido más que agudo y sorprendente, la señora Peyton daba gritos de contenta, y el hombre corrió al salón y se desplomó en el sofá relleno de crin de caballo mientras, encantado, no paraba de golpear el suelo con los tacones.

Pero son muchas las ocasiones en las que ese gato gordo que es el Destino nos deja rienda suelta por un instante para volver a atraparnos con más fuerza entre sus garras. A medida que pasaban los minutos sin que, desde arriba, le llegasen más que aquellos leves gemidos insistentes, Johnson llegó a olvidarse de la alegría que había sentido y, sin respiración, aguzó el oído. Se movían despacio, y hablaban en voz baja. Pasaban los minutos, pero no oyó la voz que él esperaba. Con los nervios destrozados después de aquella noche de angustia, se quedó en el sofá sumido en la más negra desesperación. Y allí estaba todavía cuando los médicos bajaron a verlo: era un hombre sucio y miserable, con la cara sucia y el pelo despeinado después de una vigilia tan larga. Cuando los vio llegar, se puso en pie y buscó apoyo en la repisa de la chimenea.

—¿Ha muerto? —les preguntó.

—Se encuentra perfectamente —repuso el médico.

Y, al oír tales palabras, aquella alma tan pequeña y corriente, que nunca hasta aquella noche había experimentado la capacidad de lacerante tortura que llevaba en su interior, tuvo la oportunidad de descubrir, además, que también había estallidos de alegría que jamás había sentido. De no haber sido por la presencia de los médicos, que lo intimidaban, se habría postrado de rodillas.

—¿Puedo subir a verla?

—Es mejor que espere un poco.

—Doctor, le estoy... le estoy muy... —intentó decir—. Aquí tiene sus tres guineas, doctor Pritchard. Ojalá fueran trescientas.

—Ya me gustaría a mí —dijo el médico de más edad mientras, entre risas, se estrechaban la mano.

Johnson les abrió la puerta de la tienda, y escuchó durante un momento lo que hablaban una vez que ya estaban en la calle.

—Al principio, las cosas no pintaban nada bien.

—Menos mal que he contado con su ayuda.

—La verdad es que ha sido un placer. ¿Le apetece que vayamos a tomar una taza de café?

—Se lo agradezco, pero estoy a la espera de otro aviso.

Y tanto los pasos firmes como los que iban a rastras se fueron cada uno por su lado. Con el corazón aún henchido de alegría, Johnson se apartó de la puerta. Tenía la sensación de que la vida comenzaba de nuevo para él, incluso se sentía más fuerte y sereno. Quizá tanto sufrimiento tenía algún sentido, podía llegar a ser una especie de bendición tanto para su esposa como para él. Doce horas antes, ni siquiera se le hubiera ocurrido pensar tal cosa. En su interior, todo eran emociones nuevas. Si había sido preciso rastrillar el terreno, eso quería decir que algo había germinado.

—¿Puedo subir? —preguntó en voz alta y, sin esperar respuesta, subió las escaleras de tres en tres.

Con un bulto en las manos, la señora Peyton estaba en pie junto a un barreño de agua con jabón. Entre los pliegues de un chal marrón, asomaba una carita sorprendentemente rubicunda, arrugadita y húmeda, con los labios caídos y unos párpados que se agitaban como el hocico de un conejo. El cuello, aún débil, no le sujetaba la cabeza, que apoyaba contra el hombro.

—¡Dale un beso, Robert! —gritó la abuela—. ¡Dale un beso a tu hijo!

Pero él albergó una especie de rencor por aquella criaturita enrojecida, que no dejaba de parpadear. No era capaz de perdonarle aún aquella larga noche de sufrimiento. Contempló un rostro lívido en la cama, y corrió hacia él con tanto cariño y compasión que no podía expresarlos con palabras.

—¡Gracias a Dios, ya ha pasado todo! ¡Lucy, querida, ha sido espantoso!

—Pero estoy tan contenta en estos momentos. Creo que nunca en mi vida había sido tan feliz.

Y clavó la mirada en aquel bulto de color marrón.

—Casi mejor que no hables —dijo la señora Peyton.

—Pero no te vayas —musitó su mujer.

Se sentó en silencio, con su mano entre las suyas. La luz de la lámpara se debilitaba por momentos y, por la ventana, aparecían ya las primeras luces frías del amanecer. La noche había sido larga y oscura, así que el día sería más apacible y radiante. Londres comenzaba a despertarse, y empezaba a oírse el ruido de la calle. Nuevas vidas habían aparecido; otras se habían ido, mientras la gran maquinaria seguía adelante, cumpliendo con su incierto y trágico destino.

DOS ENAMORADOS

A un médico de cabecera, que atiende día y noche a sus pacientes, cuando no tiene que ir a verlos a su casa, no le resulta nada fácil encontrar un hueco a diario para salir a tomar el aire. Si quiere hacerlo, ha de levantarse temprano y caminar entre tiendas que aún están cerradas, a esa hora en que todavía hace fresco, cuando el aire parece limpio y el perfil de las cosas se dibuja con nitidez, como cuando cae una helada. Es una hora que tiene un encanto peculiar porque, a menos que nos encontremos con un cartero o con un lechero, uno tiene la calle sólo para sí y hasta las cosas más corrientes recuperan un aspecto novedoso, como si aceras, farolas y señales acabasen de abrir los ojos a un nuevo día. Se trata de un momento en el que hasta una ciudad del interior puede resultar hermosa, y ofrecer su rostro más amable, a pesar del aire enrarecido que en ella se respira.

Yo vivía, sin embargo, en una ciudad que estaba a orillas del mar, una ciudad desagradable sobremanera si no fuera por los magnificentes parajes que la rodeaban. Además, nadie se agobia por cómo sea una ciudad, siempre y cuando pueda sentarse en un banco, en lo alto de un promontorio, y contemplar una inmensa bahía azul y esa cimitarra amarilla que la circunda. Me encantaba contemplar aquel enorme rostro, salpicado de botes de pesca, igual que me encantaba ver cómo, a lo lejos, pasaban enormes barcos, majestuosos y pausados, pequeñas colinas blancas, sin casco, con las gavias tan abombadas como un canesú. Pero cuando más a gusto me sentía era cuando la huella del hombre no turbaba el esplendor de la naturaleza; cuando, entre veloces nubes cargadas de lluvia, los rayos oblicuos del sol iluminaban aquellos parajes. Más tarde, tendría ocasión de contemplar el horizonte envuelto en tules de ráfagas de lluvia, con el delicado halo gris que le prestaba el paso de unas lentas nubes plomizas, mientras el sol doraba el lugar en el que me encontraba, resplandecía por encima de las olas que rompían, sus rayos hendían las ondas verdes que crecían a lo lejos, y dejaban al descubierto esas zonas de color púrpura donde se mecen las algas. Una mañana así, con el aire azotándonos el pelo, el sabor de las olas en los labios y los graznidos de las gaviotas arremolinadas, hace que uno se sienta como un hombre nuevo al regresar a las hediondas habitaciones de los enfermos y al aburrimiento taciturno y mortal de la profesión que ha elegido.

Fue en otra de esas mañanas cuando vi por primera vez a aquel anciano, que se acercó a mi banco justo en el momento en que me disponía a irme. Me habría fijado en él incluso en una calle atestada, porque era un hombre corpulento y de aspecto refinado, con un toque de distinción en la curvatura de los labios y en la forma que tenía de ladear la cabeza. Con esfuerzo, apoyado en un bastón, subía aquel sendero sinuoso, como si sus anchos hombros fueran demasiado grandes para los vacilantes miembros que habían de cargar con ellos. A medida que se acercaba, no pude dejar de observar las señales de peligro que la naturaleza me ofrecía, como aquel leve color azulado de la nariz y de los labios, síntomas evidentes de un corazón cansado.

—Es un camino un poco empinado, señor —le dije—. Como médico, creo que tengo la obligación de decirle que haría bien en pararse a descansar aquí un momento, antes de continuar.

Inclinó la cabeza con gesto amable, pero a la antigua, y se sentó en el banco. Al ver que no parecía tener deseos de hablar, también yo me callé, aunque no pude dejar de mirarlo de reojo porque, con aquel sombrero plano de bordes alzados, la corbata de seda negra sujeta con un broche a la altura de la nuca y, sobre todo, aquel ancho y carnoso rostro, perfectamente rasurado, y aquellas arrugas, se trataba de un magnífico representante de la primera mitad del siglo. Antes de perder su agudeza, aquellos ojos habían observado lo que los rodeaba desde el pescante de una diligencia y habían visto a montones de obreros excavando por las cunetas. Seguro que aquellos labios habían esbozado una sonrisa al hojear los primeros capítulos de Pickwick, y algo habrían comentado acerca de cuánto prometía el joven que los había escrito. Su rostro, en realidad, era como un almanaque de los últimos setenta años: cada una de sus arrugas era un reflejo de las penalidades tanto públicas y privadas que había pasado. La profunda arruga de la frente probablemente se debía al motín de los hindúes; esa otra arruga de preocupación quizá tuviera relación con aquel invierno en Crimea, y aquellas patas de gallo, me imaginaba yo, con la muerte de Gordon. Mientras yo dejaba volar mi imaginación, aquel anciano caballero de reluciente corbata se había difuminado y, con él, se habían ido setenta años de la historia de una gran nación que, aquella mañana y en aquel promontorio, habían tomado cuerpo ante mis ojos.

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