La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—Aquí tiene la medicina, señora. En el frasco, van las instrucciones de uso. Procure que la niña no coja frío y dele una dieta blanda.

—Muchas gracias, señor; muy amable.

Cargó con la niña y se fue hacia la puerta.

—Disculpe, señora —dijo el doctor, hecho un manojo de nervios-; ¿cree que merece la pena que le prepare una factura por tan poca cosa? Quizá fuera mejor dejarlo arreglado ahora mismo.

La gitana le dirigió una mirada cargada de reproches con el único ojo que le quedaba al descubierto.

—¿Va a cobrarme por tan poca cosa? —preguntó—. ¿Cuánto le debo?

—Pongamos que media corona.

Dijo la suma como quien no quiere la cosa, como si fuera una cantidad demasiado baja para tomársela en serio, pero, al oírla, la gitana empezó a dar gritos.

—¿Media corona por una nadería?

—Pero, señora, si no podía permitírselo, ¿por qué no ha acudido al médico de los menesterosos?

La mujer rebuscó en el bolsillo, moviéndose de un lado para otro con tal de no soltar a la niña.

—Aquí tiene: siete peniques —dijo, entregándole un montoncito de monedas de cobre-; le daré eso, y un escabel de mimbre.

—Pero mis honorarios ascienden a media corona.

El alto concepto que tenía el doctor de su profesión se rebelaba contra aquel miserable trapicheo; pero ¿qué otra cosa podía hacer?

—¿De dónde voy a sacar yo media corona? Eso está bien para la gente como usted, que vive en bonitas mansiones, que puede comer y beber cuanto desea y reclamar media corona por el mero hecho de preguntar «cómo se encuentra usted». Pero nosotros no ganamos las medias coronas con tanta facilidad. Lo que tenemos nos cuesta mucho ganarlo. Esos siete peniques son lo único que tengo. Me ha recomendado que la niña siguiese una dieta ligera. Y tanto que ligera, porque ni siquiera sé si podré darle algo de comer.

Mientras la mujer hablaba, el doctor Horace Wilkinson había dirigido la mirada hacia el montoncito de monedas que había dejado encima de la mesa, que era todo cuanto tenía para no morirse de hambre, y se rió para sus adentros a costa de aquella patética broma que lo hacía pasar, a ojos de aquella pobre mujer, por alguien que vivía rodeado de lujos. Recogió, pues, las monedas de cobre y sólo dejó en la mesa las dos medias coronas.

—Aquí tiene —dijo, con rudeza—. Lo de menos son mis honorarios. Quédese con las monedas; seguro que le vendrán bien. ¡Hasta la vista!

La acompañó hasta la calle y cerró la puerta tras ella. A fin de cuentas, no dejaba de ser un primer paso, porque esas personas que van de un lado para otro pueden hablar de uno a muchas personas, que es como se han consolidado todas las consultas importantes. Quienes gorronean la comida hablan de la cocina en las cocinas de otras casas, de ahí los comentarios llegan a los salones y la bola se hace mayor cada vez. Por lo menos, ya estaba en condiciones de decir que había atendido a una paciente.

Volvió al despacho, y encendió el hornillo de alcohol para poner a hervir el agua del té, sin dejar de reírse al recordar cómo se había desarrollado la conversación. Si todos los pacientes iban a ser como aquella mujer, no le resultaría difícil calcular cuántos habrían de acudir para acabar en la más completa indigencia. Y eso, sin tener en cuenta que le había ensuciado la alfombra y la pérdida de tiempo, que se había gastado dos peniques en el vendaje y cuatro o más en la medicina, sin contar el frasco, el corcho, la etiqueta y el papel. O sea, que le había regalado cinco peniques; es decir, que su primera paciente se había quedado con no menos de la sexta parte del dinero con el que contaba. Si aparecían otros cinco como ella, se vería en la ruina. Se sentó en el baúl y, muerto de risa ante semejante perspectiva, tras medirlo, puso en la tetera de barro una cucharada y media de aquel té que le salía a un chelín y ocho peniques. De repente, sin embargo, se le borró la sonrisa de la cara y, después de escuchar atentamente hacia la puerta, se puso en pie para oír mejor, con la cabeza inclinada, mientras miraba de reojo. Le había parecido oír el ruido de unas ruedas que chocaban contra el bordillo de la acera, seguido de unos pasos en el exterior hasta que el timbre sonó con estrépito. Con la cucharilla del té en la mano, echó un vistazo por la ventana y, para su sorpresa, contempló un carruaje tirado por dos caballos a la puerta de su casa, y un lacayo con peluca que esperaba en la calle. La cuchara tintineó al caer al suelo, mientras él, perplejo, no dejaba de mirar al exterior. Tras recuperar el dominio de sí mismo, se dirigió a abrir la puerta.

—Joven —le espetó el sirviente—, ¿tendría la bondad de avisar al señor, al doctor Wilkinson, de que le esperan con urgencia para ir a ver a lady Millbank, en The Towers? Debería acudir lo más rápidamente posible. Lo llevaríamos con nosotros, pero hemos de desandar el camino para saber si el doctor Mason ya ha vuelto a casa. De modo que arrea, y vamos a llevarle el recado.

El lacayo se dio media vuelta, tras dedicarle un saludo precipitado, con el tiempo justo para que el cochero azuzase los caballos, antes de que el carruaje desapareciese por la calle.

¡Aquello sí que no se lo esperaba! El doctor Horace Wilkinson se quedó en la puerta, tratando de encontrar una explicación para lo que acababa de pasar. ¡Lady Millbank, de The Towers! Personas pudientes e importantes, sin lugar a dudas. Y debía de tratarse de un caso pues, de no ser así, ¿a qué tantas prisas y por qué requerir la opinión de dos médicos? De lo contrario, ¿cuál era la causa del milagro de que hubieran ido a buscarlo?

Era uno más del montón, un desconocido, carente de reputación. Ahí debía de estar la explicación, a menos que alguien hubiera querido gastarle una broma de mal gusto. En cualquier caso, el recado que había recibido era lo bastante urgente y no podía hacer caso omiso. Tenía que ponerse en camino de inmediato, y ya se las arreglaría para encontrar una respuesta a aquella cuestión.

Pero disponía de otra fuente de información. En la esquina de la calle había una pequeña tienda en la que uno de los más viejos lugareños del barrio vendía periódicos y propalaba chismes. Si en algún sitio podía obtener información, aquél era el lugar idóneo. Se puso la chistera perfectamente cepillada, se llenó los bolsillos con instrumental y vendajes y, sin tomar el té, cerró la consulta y se lanzó a la aventura.

El quiosquero de la esquina era un repertorio andante de todas las personas y cosas de Sutton, de modo que no tardó en recabar la información que andaba buscando. Al parecer, sir John Millbank era un personaje muy conocido en la ciudad. Era uno de los reyes de los negocios, exportador de plumas, alcalde en tres ocasiones y poseedor de una fortuna estimada en dos millones de libras esterlinas.

En The Towers, en las afueras de la ciudad, era donde tenía su residencia principesca. Su esposa llevaba unos cuantos años enferma y cada día se sentía peor. Hasta ahí todo parecía encajar perfectamente. Por alguna extraordinaria coincidencia, aquellas personas habían reclamado su presencia.

Pero, asaltado por una nueva duda, regresó al quiosco.

—Soy un vecino suyo, el doctor Horace Wilkinson —adujo—. ¿Hay algún otro médico por aquí con ese nombre?

No; el quiosquero estaba seguro de que no había nadie más con ese nombre.

Aquella respuesta le pareció definitiva. Tenía una formidable oportunidad por delante, y tenía que sacar partido de la circunstancia. Alquiló un simón, y pidió que lo llevasen a toda prisa a The Towers; la cabeza le daba vueltas, pletórico de esperanza y de satisfacción por un momento, aunque agobiado de temores y dudas por si el caso le viniese demasiado grande, o se produjese una situación crítica en la que echase en falta el instrumento o el accesorio precisos. Recordó todos los casos más extraños y extremos de los que había oído hablar, o que había leído, hasta el punto de que, mucho antes de llegar a The Towers, estaba seguro de que lo menos que se esperaba de él era que llevase a cabo una trepanación.

The Towers era una enorme mansión, rodeada de árboles, que se alzaba al final de un paseo sinuoso. En cuanto llegó, el médico se bajó de un salto del simón, pagó la carrera con la mitad de todos los bienes que poseía en este mundo, y siguió a un estirado lacayo que, tras haberle preguntado su nombre, lo condujo a través de un vestíbulo revestido de roble, decorado con vidrieras, cabezas de ciervo y antiguas armaduras, y que lo invitó a pasar a un enorme salón. Un hombre de aspecto irritable y de gesto agrio ocupaba un sillón junto a la chimenea; dos señoritas vestidas de blanco estaban de pie junto al saliente de una ventana, en uno de los extremos de la estancia.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¡A quién tenemos aquí! —exclamó el hombre irritable—. ¿De modo que usted es el doctor Wilkinson?

—Así es, señor. Soy el doctor Wilkinson.

—La verdad es que parece muy joven, mucho más de lo que me había imaginado. Bueno, bueno; el caso es que Mason ya está mayor y casi no se entera de nada. Por eso he pensado que debíamos recurrir al otro extremo. Usted es el mismo Wilkinson que escribió algo acerca del pulmón, ¿no es así?

¡Ahí estaba la clave! Las dos únicas contribuciones que el doctor había enviado en toda su vida a The Lancet, dos modestas colaboraciones relegadas a las últimas páginas, entre consideraciones diversas sobre deontología médica y disquisiciones acerca de lo caro que resulta tener un caballo en el campo, tenían que ver con afecciones pulmonares. Al parecer, no habían caído en saco roto. Algún lector había reparado en ellas, y se había quedado con el nombre del remitente. ¿Quién se atrevería a decir, pues, que hay trabajos que no valen para nada, o que la excelencia no acaba por recibir la recompensa que merece?

—Así es; he escrito sobre el particular.

—Ya; y bien, ¿dónde está Mason?

—No tengo el gusto de conocerlo.

—¿Ah, no? ¡Qué raro! Él sí que está al tanto de quién es usted, y tiene en alta estima sus opiniones. ¿No es usted de por aquí, verdad?

—No; estoy aquí desde hace poco.

—Eso fue lo que me dijo Mason. Ni siquiera me dio su dirección. Me dijo que él iría a verlo y lo traería aquí pero, como mi esposa se ha puesto peor, hice mis indagaciones y envié a alguien a buscarlo. También pedí que avisasen a Mason, pero había salido. De todos modos, no podemos esperar a que aparezca, así que suba cuanto antes y haga lo que pueda.

—El caso es que me veo en una situación comprometida —observó el doctor Horace Wilkinson, poniendo de manifiesto las dudas que tenía—. Entiendo que estoy aquí para emitir un diagnóstico con el doctor Mason, y no estaría bien por mi parte visitar a la paciente sin que él esté presente. Creo que debería esperar a que llegase.

—¡Cómo que debería esperar! ¡Por Júpiter! ¿No pensará que voy a tolerar que mi mujer empeore, mientras un médico se pasea por una habitación de la planta baja? Por supuesto que no; soy un hombre sencillo, y más claro no se lo puedo decir: o sube ahora mismo o sale de esta casa.

Aquella forma de hablar cayó como un jarro de agua fría sobre lo que el médico tenía a bien considerar decoroso pero, cuando la esposa de alguien está enferma, hay que pasar por encima de muchas cosas. Así que, no sin cierto envaramiento, se limitó a señalar:

—Ya que insiste, subiré a verla —dijo.

—Pues claro que insisto. Y una cosa más: nada de darle golpes en el pecho ni perradas por el estilo. Lo único que tiene es bronquitis y asma. Si puede hacer algo por ella, estupendo. Pero limitarse a darle golpecitos y escuchar no le hace ningún bien, y sólo contribuye a que se sienta más débil.

El médico podía soportar que, como persona, le faltasen al respeto; pero su profesión era sagrada, y cualquier comentario a la ligera sobre ella lo sacaba de sus casillas.

—Gracias por todo —dijo mientras se ponía el sombrero—. Espero que pase un buen día. No estoy dispuesto a hacerme cargo de este caso.

—Pero bueno, ¿se puede saber qué mosca le ha picado?

—No tengo por costumbre emitir una opinión sin haber examinado antes al paciente, y me sorprende que se permita darle consejos a un médico sobre cómo debe actuar. Le reitero que pase un buen día.

Pero sir John Millbank era un hombre de negocios, y creía a pies juntillas en esa máxima que afirma que tanto más vale algo cuanto más difícil es de conseguir. Para él, la opinión de un médico no había sido cuestión más que de unas cuantas guineas. Pero allí estaba aquel joven, al que poco parecían importarle su título o su fortuna, lo que hizo que aumentase considerablemente el respeto que su opinión le merecía.

—¡Vaya, vaya! Mason tiene más aguante. ¡Está bien, está bien! ¡Hágalo a su modo! Haga lo que crea conveniente; no diré ni una palabra más. Subo corriendo para decirle a lady Millbank que ha llegado usted.

Apenas había cerrado la puerta cuando las dos muchachas salieron disparadas del lugar que ocupaban, y se pusieron a revolotear alegremente en tomo al sorprendido médico.

—¡Muy bien, muy bien! —gritó la más alta, mientras daba palmadas.

—No permita que lo apabulle, doctor —dijo la otra—. Ha sido maravilloso ver cómo le plantaba cara. Así trata al pobre doctor Mason; el pobre nunca ha llegado a examinar a mamá, y se contenta con lo que le dice papá. Pero silencio, Maude, que aquí vuelve.

Y se volvieron al rincón que ocupaban, tan calladas y recatadas como antes.

Tras los pasos de sir John, el doctor Horace Wilkinson subió por una amplia escalera alfombrada y se adentró en la penumbra de la habitación de la enferma. Un cuarto de hora después, ya había auscultado y diagnosticado el caso por completo, y regresó al salón en compañía del marido. Frente a la chimenea se encontraban dos caballeros; uno era un médico de cabecera, perfectamente afeitado; el otro era un hombre de mediana edad, de buen aspecto, con ojos de color azul pálido y una barba larga y pelirroja.

—¡Hombre, Mason, por fin se ha dignado aparecer!

—Así es, sir John y, como verá, me acompaña el doctor Wilkinson.

—¿El doctor Wilkinson? ¡Pero si ya está aquí!

El doctor Mason le dirigió una mirada cargada de asombro.

—Nunca había visto a este caballero —exclamó.

—¡Pues soy el doctor Wilkinson, el doctor Horace Wilkinson, de Canal View, número 114.

—Pero ¡cómo puede creer sir John —se indignó el doctor Mason— que tendría la ocurrencia de recurrir a un novato en un caso tan serio! Le presento al doctor Adam Wilkinson, especialista en enfermedades de pulmón del Regent’s College, de Londres, miembro del equipo médico del Hospital St. Swithin y autor de unas cuantas obras sobre su especialidad. Me enteré de que estaba de paso en Sutton, y pensé que sería bueno contar con él para tener una opinión de primera mano sobre el estado en que se encuentra lady Millbank.

—Gracias —dijo sir John, con sequedad-; pero mucho me temo que mi mujer está muy cansada en estos momentos, porque acaba de pasar un reconocimiento a fondo a manos de este joven caballero. Creo que es mejor no molestarla más. Pero ya que se ha tomado la molestia de venir, le agradecería que me dijese a cuánto ascienden sus honorarios.

Una vez que se hubieron ido el doctor Mason, muy molesto, y su amigo el especialista, que se había divertido lo suyo, sir John escuchó todo lo que el joven médico tenía que decir respecto de aquel caso.

—Y ahora, permítame que le diga algo —observó, cuando éste hubo terminado—. Como tendrá ocasión de comprobar, soy un hombre de palabra. Cuando alguien me cae bien, me pongo de su parte. Soy un buen amigo y un mal enemigo. Creo en lo que usted me dice, no en lo que me cuenta Mason. Quiero que, a partir de hoy, sea mi médico y el de toda mi familia. Le ruego que se pase todos los días a ver a mi mujer. ¿Le parece bien a usted?

—Le agradezco su buena disposición, pero mucho me temo que no podré aceptarlo.

—¿Cómo? ¿Qué significa eso?

—Que, en un caso como éste, no podría sustituir al doctor Mason. Sería una falta grave contra las normas por las que se rige nuestra profesión.

—¡Puede hacer lo que le venga en gana! —exclamó sir John, disgustado—. Nunca he conocido a nadie que ponga tantos reparos. Le he propuesto algo con toda sinceridad, y usted lo ha rechazado, así que ¡váyase por donde ha venido!

El millonario abandonó la estancia a toda prisa, y el doctor Wilkinson regresó a su casa, a su hornillo de alcohol y a su té de un chelín y ocho peniques, con una guinea en el bolsillo y la sensación de haber sido fiel a las más elevadas tradiciones de su profesión.

No obstante, aquel mal comienzo tuvo también buenas consecuencias, porque el doctor Mason no tardó en enterarse de que, a pesar de que aquel joven colega podía haberse quedado con su mejor paciente, se había abstenido de hacerlo. Digamos en honor de la profesión médica que tal disposición, más que excepcional, es algo normal, y eso que, en este caso, con un médico tan novato y un cliente tan rico, la tentación era aún mayor. Se cursó una carta de agradecimiento, una visita, nació una amistad y, en la actualidad, la consulta de los doctores Mason y Wilkinson es la más importante de Sutton.

LA MALDICIÓN DE EVA

Robert Johnson era un hombre como tantos otros, carente de todo rasgo que lo distinguiese de un millón de hombres como él. Era pálido, de físico normal, neutral en sus opiniones; tenía treinta años y era un hombre casado. De profesión, era sastre de caballeros en New North Road, y la competencia profesional a la que tenía que hacer frente había acabado por despojarlo del escaso carácter que tenía. Su afán por atraer clientes lo había obligado a ser acomodaticio y obsequioso hasta el punto de que, al llevar la misma rutina diaria, había acabado por convertirse en algo más parecido a una máquina que a un hombre. Ninguna cuestión de importancia lo había inquietado nunca. En los tranquilos estertores de aquel fin de siglo, en el seno del reducido círculo en el que se movía, tenía la sensación de vivir ajeno a las ineludibles y primitivas pasiones que sufre el resto de la humanidad. Lo que no quita para que el alumbramiento, el deseo, la enfermedad o la muerte no sean situaciones inmutables que, cuando en el curso de la vida de cada cual, le tocan a uno de repente, no puedan arrumbar con los afeites de la civilización y obligamos a vislumbrar el rudo y desconocido rostro que se oculta tras ellos.

La esposa de Johnson era una mujer callada y menuda, de pelo castaño y amables modales. El cariño que sentía por ella constituía el único rasgo positivo de su carácter. Juntos preparaban el escaparate de la tienda todos los lunes por la mañana: camisas inmaculadas con sus cajas de cartón verde, en la parte de abajo; las corbatas, por encima, colgadas y alineadas a lo largo de barras de latón; los botones baratos de cuello de camisa, resplandecientes en sus cartones blancos a ambos lados y, en la parte de atrás, hileras de gorros de tela y unas cajas alineadas que protegían de la luz del sol los sombreros más caros. Como era ella quien llevaba los libros de contabilidad y la que se encargaba de las facturas, nadie conocía mejor las satisfacciones y las preocupaciones que poblaban los minúsculos confines de la vida de su marido. Con él había compartido la alegría en aquella ocasión en que un caballero, que se iba a la India, había comprado diez docenas de camisas y un increíble número de cuellos, igual que compartió el desánimo, cuando, una vez expedidas las mercancías, recibieron la factura devuelta desde el hotel, con la aclaración de que tal persona jamás se había alojado en él. Mano a mano, dado que no tenían hijos, llevaban trabajando cinco años para sacar adelante aquel negocio. Pero, en aquellos momentos, todo parecía indicar que se iba a producir un cambio de forma inmediata. La señora Johnson ya no podía bajar las escaleras, y su madre, la señora Peyton, había venido desde Camberwell para echarle una mano y asistir al nacimiento de su nieto.

A medida que se aproximaba el momento en que su mujer habría de dar a luz, Johnson atravesó breves períodos de ansiedad. Después de todo, era un proceso natural. Si las esposas de otros pasaban por lo mismo sin mayores percances, ¿por qué no la suya? Él mismo provenía de una familia de catorce hermanos, y su madre aún vivía y gozaba de buena salud. Raro sería que algo saliera mal. Mas, a pesar de aquellos razonamientos, el simple hecho de recordar el estado de su esposa era como una sombra que se cernía sobre cuanto se le venía a la cabeza.

El doctor Miles, de Bridport Place, el mejor del vecindario, había sido puesto al corriente con cinco meses de antelación y, a medida que se acercaba el momento, junto a los enormes envíos de prendas masculinas, comenzaron a recibir un montón de pequeños paquetes de ropita blanca, absurdamente minúsculos, cargados de volantes y cintas. Una tarde, en la que Johnson se dedicaba a poner etiquetas en unas bufandas en la tienda, oyó jaleo en el piso de arriba, momento en el que apareció la señora Peyton para decirle que Lucy no se encontraba bien y que el médico debería pasarse a verla cuanto antes.

Apresurarse era algo que no iba con la forma de ser de Robert Johnson. Era un hombre pausado y formal, al que le gustaba proceder con orden. Un cuarto de milla separaba la tienda de New North Road de la casa del doctor, en Bridport Place. Como no vio ningún coche de punto por allí, se puso en marcha, tras dejar la tienda en manos del dependiente. Al llegar a Bridport Place, le dijeron que el doctor había tenido que ir a Harman Street para atender a un hombre que había sufrido un ataque. Menos calmado porque su preocupación iba en aumento, Johnson se dirigió a Harman Street. Mientras iba de camino, dos simones, ocupados, pasaron de largo. Una vez en Harman Street, se enteró de que el médico se había ido para atender un caso de sarampión aunque, por suerte, había dejado una dirección, el número 69 de Dunstan Road, al otro lado del Regent’s Canal. Al pensar en las dos mujeres que lo esperaban en casa, Johnson se olvidó de la compostura, y echó a correr con todas sus fuerzas por Kingsland Road. Por el camino, se topó con un coche de alquiler que estaba estacionado y le pidió que lo llevase a Dunstan Road. Pero el médico acababa de irse y, sumido en la desesperación, Robert Johnson se quedó sentado en los escalones de la entrada.

Por suerte no había despedido al simón, por lo que no tardó en encontrarse de vuelta en Bridport Place. Aunque el doctor Miles aún no había regresado, lo aguardaban de un momento a otro. En una habitación de techos altos y escasa luz, en la que reinaba un olor difuso y nauseabundo a éter, Johnson se dispuso a esperar, mientras tamborileaba con los dedos en las rodillas. Los muebles de la estancia parecían sólidos, los libros de las estanterías eran de tonos oscuros, y un reloj negro y tripudo desgranaba un melancólico tictac en la repisa de la chimenea; gracias a él supo que ya eran las siete y media, y que llevaba fuera de casa una hora y cuarto. ¡Qué pensarían de él aquellas dos mujeres! Cada vez que, a lo lejos, oía una puerta, impaciente, daba un bote en el asiento que ocupaba, y aguzaba el oído para captar el tono grave de la voz del médico. Hasta que, de repente, con un estallido de gozo, oyó unos pasos rápidos en el exterior, y el chirrido de una llave en la cerradura. Antes de que el médico hubiera cruzado el umbral, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba en el vestíbulo.

—Acompáñeme, doctor, se lo ruego —exclamó-; lo he buscado por todas partes; mi esposa se ha sentido indispuesta a las seis de la tarde.

Ni siquiera sabía qué haría el médico. En cualquier caso, reaccionaría con rapidez, quizá recogiera algunas medicinas y echara a correr con él por esas calles iluminadas con luz de gas. Por el contrario, el doctor Miles dejó el paraguas en el paragüero, se sacudió el sombrero con gesto malhumorado y casi le obligó a que entrase de nuevo en la consulta.

—¡Vamos por partes! ¿Tiene usted una iguala conmigo? —le preguntó, en un tono poco cordial.

—Por supuesto doctor; desde el pasado mes de noviembre. Mi nombre es Johnson, ya sabe, el sastre de New North Road.

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