La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—No, gracias a Dios.

—Bueno, sin duda se trata de una triste historia, muy similar a muchas otras que me salen al paso. No es usted el único que padece ese mal, sir Francis. Hay millares de personas que llevan la misma cruz que le ha tocado a usted.

—¿Qué clase de justicia es ésta, doctor? —exclamó el joven, tras levantarse del sillón y ponerse a andar por la consulta, de un lado para otro—. Si fuera el heredero de los pecados de mi abuelo y de sus consecuencias, podría entenderlo, pero yo soy como mi padre. Me encanta todo lo refinado y hermoso, la música, la poesía y el arte; me horroriza la grosería y todo lo que guarda relación con nuestro lado animal. Pregunte a cualquiera de mis amigos; ellos se lo confirmarán. Y, para colmo, este mal infame y repugnante. ¡Estoy podrido hasta la médula, hundido en la abominación! ¿Por qué? ¿Acaso no tengo derecho a preguntarme cuál es la razón? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Qué pecado he cometido? ¿Soy culpable de haber nacido? Pero aquí estoy, echado a perder y condenado, precisamente cuando la vida me mostraba su rostro más amable. Hablamos mucho de las faltas de nuestros padres, pero ¿qué decir de los desmanes del Creador?

Y aquel pobre átomo impotente, arrastrado por su cabeza de chorlito en el torbellino de la infinitud, alzó al cielo los puños apretados.

El médico se puso en pie y, tras sujetarle por los hombros, lo obligó a sentarse de nuevo.

—Quédese ahí, hijo mío —le exhortó—, y no se ponga nervioso. Está usted temblando; los nervios pueden jugarle una mala pasada. Hemos de perseverar en la confianza ante unas preguntas que nos trascienden. ¿Qué somos a fin de cuentas? Criaturas que han evolucionado a medias en una etapa de tránsito, más cercanas quizá de las medusas que de una humanidad perfecta. Estará usted de acuerdo conmigo en que, con un cerebro como el nuestro, sólo a medias desarrollado, es imposible que lleguemos a comprender un hecho en todas sus dimensiones. Todo nos parece confuso y oscuro, sin duda, pero creo que el conocido pareado de Pope refleja a las claras nuestra situación y, tras cincuenta años de experiencias de todo tipo, puedo asegurarle con el corazón en la mano que...

Pero, impacientado, el joven aristócrata profirió un grito de desánimo.

—¡Eso no son más que buenas palabras! Por supuesto que puede pronunciarlas, e incluso pensarlas, ahí cómodamente sentado en su sillón. Usted ha vivido lo suyo, pero yo no puedo decir lo mismo. Mientras por sus venas corre sangre normal, por las mías, a pesar de no tener culpa de nada, como usted, circula un fluido nauseabundo. ¿De qué le servirían a usted las palabras, si estuviera sentado en mi sitio y fuese yo quien ocupase su lugar? Es todo una mofa, una quimera. No piense que soy un maleducado, doctor, no era eso lo que pretendía. Lo único que quiero decir es que ni usted ni nadie es capaz de saber qué se siente en tales circunstancias. Pero he de hacerle una pregunta, doctor, una pregunta de la que dependerá mi vida entera.

Y se retorció los dedos con un gesto de extrema preocupación.

—Dígame, mi querido amigo. Ya sabe que cuenta con todo mi apoyo.

—¿Cree usted..., cree usted que es posible que esta ponzoña se haya consumido en mí? ¿Piensa que, si tuviera hijos, también ellos podrían verse afectados?

—Sólo tengo una respuesta para su pregunta, la que nos proporciona el antiguo y trillado texto «hasta la tercera y cuarta generación». Con el tiempo, podrá llegar a eliminarla de su organismo, pero habrán de pasar muchos años antes de que pueda pensar en casarse.

—Pues me caso el martes —dijo el enfermo en un susurro.

En ese instante, fue el doctor Horace Selby quien se sintió horrorizado. Raras eran las ocasiones en que sus bien templados nervios conocían esa sensación. Guardó silencio mientras, hasta ellos, llegaba de nuevo el ruido de la mesa de juego. «Si hubiera sacado un corazón, habríamos conseguido un tanto. Pero era la única baza que me quedaba.» Parecían alterados y encolerizados.

—¿Cómo se le ha ocurrido algo así? —le preguntó el doctor, con semblante serio—. Sería un delito.

—No olvide que hasta este momento no sabía cuál era mi estado —replicó, mientras se llevaba las manos a las sienes, con gesto convulso—. Usted es un hombre de mundo, doctor Selby, y habrá visto, o le habrán contado, situaciones como ésta con anterioridad. Aconséjeme. Estoy en sus manos. Todo ha sido tan repentino y terrible que no me veo con fuerzas para soportarlo.

Al doctor se le erizaron las pobladas cejas mientras, perplejo, se mordía las uñas.

—Ese matrimonio no debe celebrarse.

—¿Qué debo hacer entonces?

—El matrimonio no puede celebrarse en ningún caso.

—¡Y habré de renunciar a mi novia!

—Por supuesto; sin lugar a dudas.

El joven sacó una cartera y extrajo de ella una pequeña fotografía que alargó al doctor. Al contemplar aquella imagen, el rostro severo del médico pareció dulcificarse.

—Entiendo que ha de hacérsele muy cuesta arriba, y más después de haber visto esa fotografía. Pero no tiene otra salida: habrá de renunciar a ella por encima de todo.

—Pero es una locura, doctor, una verdadera locura, se lo aseguro. Disculpe, olvidaba que no tengo que levantar la voz. Pero piénselo un momento, ¡hombre! Tengo que casarme el martes, el martes que viene, ¿sabe?, al igual que todo el mundo. ¿Cómo podría insultarla a ojos de todos? Sería una monstruosidad.

—Pues así habrá de ser, mal que le pese. No tiene otra alternativa, mi querido amigo.

—¿Pretende que me limite a escribirle unas abruptas líneas en las que dé por zanjado nuestro compromiso sin más explicaciones? Le aseguro que no sería capaz de hacer una cosa así.

—Hace unos cuantos años, atendí a un paciente que se encontraba en una situación parecida —le dijo el doctor, tras pensárselo un rato—. Cometió un delito con toda intención, de forma que la familia de aquella señorita se vio obligada a no dar su consentimiento para la celebración de los esponsales.

El joven aristócrata negó con la cabeza.

—Mi honorabilidad como persona no tiene tacha —aseguró—. Es de las pocas cosas que me quedan, pero me gustaría conservarla.

—Comprendo que se trata de una alternativa difícil; sólo usted puede tomar una decisión.

—¿No se le ocurre ninguna otra cosa?

—¿No tendrá usted por casualidad algunas tierras en Australia?

—No.

—Pero ¿dispone de algún dinero?



—Así es.

—En ese caso, podría comprar alguna cosa, mañana mismo, por ejemplo. Bastaría con que adquiriese un millar de acciones de compañías mineras. A continuación, podría redactar una nota en la que explicara que, por causa de urgentes asuntos de negocios, se ha visto obligado a partir de inmediato para velar por sus intereses. Lo que le daría un respiro de seis meses, cuando menos.

—Sí; ésa podría ser una solución, desde luego que sí. Pero piense en la situación en que se verá ella, con la casa repleta de regalos de boda e invitados que han venido desde lejos. Espantoso. Con todo, me asegura que no hay otra alternativa.

El doctor se limitó a encogerse de hombros.

—De modo que podría escribirle ahora mismo y partir mañana, ¿no es así? ¿Me permite que utilice su mesa? ¡Se lo agradezco! Lamento haberlo retenido tanto tiempo y que no haya podido atender a sus invitados. Pero será sólo cuestión de un minuto —y escribió una escueta nota pero, tras ceder a un repentino impulso, la hizo pedazos y los arrojó a la chimenea—. No puedo quedarme aquí sentado, escribiéndole mentiras, doctor —exclamó, tras ponerse en pie—. Tengo que encontrar otra manera de solucionarlo. Lo pensaré, y le haré saber cuál es mi decisión. Confío en que, como he abusado de su tiempo sin medida, acepte que le pague el doble de sus honorarios. Y ahora, hasta la vista; le doy mil gracias por su apoyo y su consejo.

—Aguarde un instante, que aún no le he dado la receta. Éste es el preparado que debe encargar; le recomiendo que se ponga estos polvos todas las mañanas; el boticario le pondrá por escrito las indicaciones que debe seguir para aplicar el ungüento. Se encuentra usted en una difícil situación, pero confío en que pronto verá las cosas con más claridad. ¿Cuándo volveré a tener noticias suyas?

—Mañana por la mañana.

—Muy bien. ¡Hay que ver cómo llueve! Aquí tiene su gabardina. Le hará falta. Adiós, pues, hasta mañana.

Y abrió la puerta. Una bocanada de aire frío y húmedo recorrió el vestíbulo. A pesar de lo cual, el médico se quedó un minuto o más en el umbral, sin dejar de contemplar aquella silueta solitaria que caminaba lentamente bajo los halos amarillos de las farolas de gas y las anchas zonas de oscuridad que los separaban. Cuando pasaba por debajo de las farolas sólo se veía su sombra, que se proyectaba en las paredes de los edificios; sin embargo, a ojos del doctor, era como si una lúgubre y gigantesca figura anduviese junto a aquel hombrecillo y lo arrastrase en silencio hacia el extremo de la calle.

Al día siguiente por la mañana, antes incluso de lo que se esperaba, el doctor Horace Selby tuvo noticias de su paciente. Una noticia del Daily News hizo que no probase el desayuno y se sintiese enfermo y fracasado. Bajo un titular que rezaba «Un lamentable accidente», leyó lo que sigue:

Se nos ha informado de que en King William Street se ha producido un fatal accidente en circunstancias especialmente trágicas. Hacia las once de la noche de ayer, algunos transeúntes observaron cómo, mientras trataba de esquivar un cabriolé, un joven resbaló y cayó bajo las ruedas de una pesada carreta de carga, tirada por dos caballerías. Al recogerlo, comprobaron que las heridas que tenía eran de extrema gravedad, por lo que falleció cuando lo trasladaban al hospital. Tras examinar la billetera y la cartera que llevaba, se llegó a la conclusión de que el fallecido no era otro que sir Francis Norton, de Deane Park. El accidente resulta aún más trágico por cuanto el difunto, que acababa de alcanzar la mayoría de edad, estaba a punto de casarse con una joven perteneciente a una de las familias de más linaje del sur del país. Habida cuenta de su fortuna y de sus aptitudes, bien podría decirse que todo en la vida le sonreía, por lo que sus numerosos amigos no podrán por menos que lamentar que una carrera tan prometedora se haya visto truncada de un modo tan inesperado como trágico.

AZAROSOS COMIENZOS

—¿Está en casa el doctor Horace Wilkinson?

—Servidor. Pase por favor.

El visitante pareció sorprendido al comprobar que quien le había abierto la puerta era el señor de la casa.

—Me gustaría hablar con usted un momento.

El médico, un hombre joven, pálido y nervioso, ataviado con una levita negra más larga de las que usaban sus colegas de profesión, rematada por un cuello blanco alto, del que pendían, en medio, unas gafas impecables, esbozó una sonrisa, al tiempo que se frotaba las manos. Algo le decía que aquel hombre fuerte y fornido que tenía delante era un paciente, el primero de todos. Sus escasos recursos habían rozado un nivel bastante bajo y, aunque tenía a buen recaudo el primer pago del alquiler en el cajón derecho de la mesa, ya empezaba a preguntarse cómo haría frente a los gastos normales de sus modestas condiciones de vida. Esbozó un saludo, invitó al visitante a que pasase, cerró la puerta de la calle con toda la normalidad del mundo, como si su presencia en aquellas circunstancias no se debiera más que a un hecho fortuito, y acompañó al robusto desconocido hasta su despacho, pobremente amueblado, y le acercó una silla. El doctor Wilkinson tomó asiento detrás de la mesa y, tras juntar las puntas de los dedos, contempló con semblante preocupado al hombre que tenía enfrente. ¿Qué podía pasarle a aquel hombre? Le pareció que tenía la cara muy roja. Algunos de sus antiguos profesores ya habrían diagnosticado el caso, y habrían dejado patidifuso al paciente con la descripción de los síntomas que tenía, antes incluso de que a éste se le ocurriese abrir la boca. El doctor Horace Wilkinson se devanó los sesos en busca de algún indicio, pero era lento por naturaleza, lento pero seguro, eso sí. Tan sólo reparó en que la cadena del reloj del visitante parecía de latón, de lo que dedujo que, con mucha suerte, no le sacaría más de media corona. Aunque no estaba nada mal media corona en aquellos difíciles comienzos.

Mientras el médico lo examinaba, el desconocido había rebuscado uno por uno en todos los bolsillos del grueso abrigo que llevaba encima. El tiempo caluroso, la ropa y aquel trajín que se traía con las manos en los bolsillos del abrigo, todo contribuía a que su rostro pareciese aún más rojo, hasta pasar del color de un ladrillo al de una remolacha; además tenía la frente reluciente y sudorosa. Una rubicundez tan marcada pareció ofrecer una pista al perspicaz doctor. Estaba claro que sólo podía deberse al alcohol. El alcohol era la clave de las dolencias de aquel hombre. Pero se requería cierta delicadeza para hacerle ver que había dado con lo que le pasaba, que una sola mirada le había bastado para llegar a la raíz profunda de sus males.

—Hace mucho calor —comentó el desconocido, mientras se secaba la frente.

—Sí; hace un tiempo que invita a beber más cerveza de la que uno debería —replicó el doctor Horace Wilkinson, sin dejar de mirar con aires de suficiencia al hombre que tenía enfrente, por encima de la punta de los dedos.

—Hombre, no debería hacer una cosa así.

—¡Pero si nunca tomo cerveza!

—Ni yo; soy abstemio desde hace veinte años.

Aquella respuesta acabó de hundirlo, y el doctor Wilkinson se ruborizó hasta ponerse casi tan rojo como aquel hombre.

—¿Puedo preguntarle qué se le ofrece? —preguntó, mientras se hacía con el estetoscopio y lo golpeaba suavemente con la uña del dedo pulgar.

—Iba a decírselo ahora mismo. Había oído que iba a abrir aquí la consulta, pero no me ha sido posible venir antes...

Se interrumpió con una leve tos nerviosa.

—Está bien —dijo el médico, como si pretendiese darle ánimos.

—Tendría que haberme pasado hace tres semanas, pero ya sabe usted, uno va dejando las cosas para otro día.

Y tosió de nuevo, después de taparse la boca con su enorme mano enrojecida.

—No hace falta que me diga nada más —le interrumpió el doctor, haciéndose cargo del caso con desenvoltura y autoridad—. Me basta con oír esa tos. Tal como suena, es de los bronquios. No hay duda de que así es como se manifiesta en este instante, pero hay que ser precavido, porque siempre se corre el riesgo de que vaya a más. Ha hecho bien en venir a verme. Un cabal y suave tratamiento le hará sentirse como nuevo. Quítese el chaleco, por favor; la camisa, no hace falta. Tome aire, y diga treinta y tres con voz profunda.

El hombre de rostro rubicundo se echó a reír.

—Me encuentro bien, doctor —dijo—. La tos es por mascar tabaco; ya sé que es una mala costumbre. La única cifra que debo decirle es la de nueve con nueve peniques, porque soy el cobrador de la Compañía de Gas, y ésa es la cantidad que debo reclamarle, según indica el contador.

El doctor Wilkinson se arrebujó en la silla.

—Así que usted no está enfermo —acertó a decir.

—No he ido al médico en toda mi vida, caballero.

—Mejor que mejor —repuso el doctor, que trataba de disimular el sonrojo con una gracia forzada—. Por su aspecto, no es usted hombre que vaya a darles muchos quebraderos de cabeza. ¿Qué sería de nosotros si todo el mundo fuera tan fuerte como usted? Ya me pasaré por las oficinas de la Compañía para solucionar este asunto.

—Si no le importa, señor, y ya que estoy aquí, sería más sencillo...

—¡Por supuesto!

Aquellos interminables y sórdidos problemillas de dinero le resultaban más difíciles que la austera vida que llevaba o la escasez de alimento. Sacó la bolsa, y desparramó el contenido encima de la mesa. Había dos medias coronas y unos cuantos peniques. En el cajón tenía diez soberanos de oro, pero eran para pagar el alquiler. Si los tocaba, estaba perdido. Más valía morirse de hambre.

—¡Vaya por Dios! —dijo, con una sonrisa, como si se tratase una circunstancia inesperada, insólita—. No tengo más monedas. Mucho me temo que, después de todo, tendré que pasarme por las oficinas de la Compañía.

—Como guste, señor.

El cobrador se puso en pie y, tras echar un crítico vistazo a su alrededor, lo que le permitió establecer una valoración de todo lo que había en aquella estancia, desde la alfombra de dos guineas hasta los visillos de muselina de ocho chelines, se despidió y se fue.

Una vez que salió, el doctor Wilkinson se dedicó a poner en orden el despacho, algo que solía hacer no menos de doce veces al día. Colocó encima de la mesa el voluminoso Diccionario de Medicina de Quain, como si pretendiese dar a entender a un eventual paciente que tenía de su lado a las más respetadas autoridades. A continuación, sacó todo el instrumental del maletín —tijeras, fórceps, bisturís, lancetas— y lo colocó al lado del estetoscopio para causar la mejor impresión posible. Delante tenía el libro de cuentas, su diario y el dietario de consultas. Aún no había podido escribir nada en ninguno de ellos y, dado que, si las tapas parecían demasiado relucientes y nuevas, podría causar una mala impresión, las frotó una contra otra y las manchó de tinta. Como tampoco sería bueno que ningún paciente cayese en la cuenta de que era el primero en figurar en uno de aquellos libros, rellenó la primera página de cada uno de ellos con consultas imaginarias efectuadas a pacientes anónimos en las tres últimas semanas. Tras lo cual, apoyó la cabeza en las manos para volver a sumirse en la terrible ocupación de aguardar.

Si angustiosos resultan para cualquier joven los comienzos de su andadura profesional, mucho más lo son para quien sabe que tiene contadas las semanas, por no decir los días, que podrá resistir. Porque, por mucho que trate de ahorrar, el dinero se esfuma en esa sarta de innumerables obligaciones menores en las que un hombre no suele reparar hasta que no toma la decisión de vivir por su cuenta. Sentado, pues, a la mesa, y con los ojos puestos en aquella pequeña colección de objetos de plata y de cobre, el doctor Wilkinson se vio obligado a reconocer que cada vez tenía menos posibilidades de llegar a convertirse en un reputado médico en Sutton.

Y eso que era una ciudad floreciente y próspera, donde había tanto dinero que resultaba incomprensible que un hombre de buena cabeza y manos hábiles tuviese que morirse de hambre por falta de trabajo. Desde la mesa, el doctor Horace Wilkinson contemplaba el interminable cortejo de transeúntes que iban y venían por delante de su ventana. Era una calle comercial, animada, donde se respiraba el sordo rumor de la vida, con chirridos de ruedas y el murmullo de innumerables pisadas. A lo largo de todo el día, pasaban por allí millares de hombres, mujeres y niños, pero todos parecían tener prisa por ir a sus cosas, sin fijarse siquiera en aquella pequeña placa de latón o pararse a pensar un instante en el hombre que aguardaba en aquella consulta. Y pensar que muchos de ellos se sentirían mucho mejor si recurriesen a su consejo profesional. Hombres dispépticos, mujeres anémicas y rostros biliosos pasaban por delante de sus narices; lo necesitaban tanto como él a ellos, pero el implacable listón del recelo profesional los alejaba. ¿Qué hacer? Podía plantarse en la puerta, tirar de la manga al primer desconocido que pasase y susurrarle al oído: «Permítame que le diga, caballero, que padece usted un grave acné rosáceo, que le convierte en una persona de aspecto poco agradable. Acepte que le recete un preparado a base de arsénico, que no le costará mucho más de lo que se gasta en una sola comida y que le sentará muy bien». Pero estaba claro que proceder así sería como insultar al excelso y noble oficio de médico, y no hay defensores más acérrimos de la ética de dicha profesión que aquellos con quienes ella se ha comportado como una madre resentida y rencorosa.

El doctor Horace Wilkinson seguía mirando por la ventana con semblante melancólico cuando, de repente, llamaron al timbre de la puerta. Había sonado con frecuencia y, aunque sus esperanzas renacían cada vez que eso pasaba, pronto se quedaban en nada y se convertían en decepción al comprobar que se trataba de un mendigo o de un vendedor a domicilio. Pero, como el doctor gozaba de una moral alta e irreductible, a pesar de las experiencias anteriores, se dirigió a atender aquella emocionante llamada. Se puso en pie de un salto, echó un vistazo a la mesa, colocó un poco más a la vista sus libros de medicina y fue a toda prisa a abrir la puerta. No pudo evitar un gemido al llegar al vestíbulo y contemplar, a través de los cristales de la parte superior de la puerta, un carromato de gitanos que, cargado de mesas y de sillas de mimbre, estaba detenido delante de su domicilio, y a una pareja de aquellos vagabundos, con un bebé en los brazos, que esperaba fuera. Por experiencia, sabía que era mejor no tener tratos siquiera con aquella gente.

—No tengo nada —dijo, tras retirar apenas la aldaba—. ¡Váyanse! —y cerró la puerta de nuevo; pero el timbre volvió a sonar—. ¡Váyanse, váyanse! —gritó con impaciencia, mientras regresaba al despacho; pero, apenas se había sentado, cuando el timbre sonó por tercera vez; furioso, volvió al vestíbulo y abrió la puerta de golpe—. ¿Qué diablos...?

—Por favor, señor, necesitamos ver a un médico.

Al instante, ya estaba frotándose las manos de nuevo, mientras exhibía la más forzada de sus sonrisas profesionales. Aquellas personas a las que había tratado de alejar eran pacientes, sus primeros pacientes, los que con tanta impaciencia había esperado. Aunque no eran como para echar las campanas al vuelo. El hombre, un gitano alto, de pelo lacio, había regresado junto al caballo, y sólo se había quedado una mujer baja, de aspecto duro, con un enorme maratón en un ojo. Llevaba la cabeza envuelta en un pañuelo de seda amarillo y, contra su seno, apretaba a un bebé cubierto con un chal de color rojo.

—Pase, señora, se lo ruego —le dijo el doctor Horace Wilkinson, con un tono de voz más que comprensivo; al menos en ese caso, no se equivocaría en el diagnóstico—. Tome asiento en ese sofá; verá como consigo que se encuentre más aliviada de inmediato.

Echó un poco de agua de una jarra en un platillo, empapó una compresa de gasa que le aplicó sobre el ojo malherido y se la sujetó con vendaje de espica, secundum artem.

—Muchas gracias, señor, muy amable —le dijo la mujer, cuando hubo acabado-; es reconfortante y agradable; que Dios le bendiga. Pero no es por lo del ojo por lo que quería consultar con un médico.

—¿Ah, no?

El doctor Horace Wilkinson empezaba a albergar ciertas dudas acerca de las ventajas de un diagnóstico precipitado. Es estupendo sorprender a un paciente pero, hasta aquel momento, siempre había sido él el sorprendido.

—La niña tiene el sarampión.

La madre retiró el chal rojo, y dejó al descubierto a una niñita gitana, de piel oscura y ojos negros, que tenía su morena carita moteada y salpicada con un sarpullido de color rojo oscuro. La respiración de la pequeña era jadeante, y miraba al médico con unos ojos que se le caían de sueño y los párpados entrecerrados.

—Pues, sí; es sarampión; y le ha dado fuerte.

—Quería que la viera usted para que pudiera extender un certificado.

—¿Extender qué?

—Un certificado, por si llegase a ocurrir cualquier cosa.

—Claro, claro, un certificado.

—Y ahora que ya la ha visto, señor, debo volver junto a Reuben, mi marido; tiene prisa, ¿sabe usted?

—¿Y no quiere que le dé algún remedio?

—Ahora que ya la ha visto, no creo que haga falta. Si llega a pasar algo, se lo haré saber.

—Pero necesita algún medicamento. La niñita está muy enferma.

Bajó a una pequeña habitación que había transformado en dispensario, y preparó un frasco de dos onzas de una poción calmante. En una ciudad como Sutton, son pocos los pacientes que pueden permitirse pagar los honorarios del médico y del farmacéutico, de modo que, si no se está dispuesto a desempeñar ambas funciones, pocas posibilidades tiene un médico de ganarse la vida con cualquiera de las dos.

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