La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—No lo dudo, señor —exclamó el sargento—, y ojalá Dios nos envíe a otro como él. Pero ya le he cansado bastante con mi visita. Volveré a verlo y, si me lo permite, traeré a uno o dos compañeros conmigo, porque todos se sentirían orgullosos de poder hablar con usted.

Tras saludar de nuevo al veterano y mostrar sus relucientes dientes blancos a Norah, el soldado de artillería se despidió, dejando una estela de tela azul y dorados trenzados. No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que volviese a presentarse y, durante todo aquel largo invierno, fue un visitante asiduo de Arsenal View. Llevó a otros compañeros suyos con él y, al poco, fuera cual fuese su rango, todos se vieron en la obligación de ir en peregrinación a casa del tío Brewster. Soldados de artillería y zapadores, soldados de infantería y dragones, todos se llegaban con respeto hasta aquel reducido salón, acompañados por el ruido de los sables o el tintineo de las espuelas, para estirar sus largas piernas por encima de la alfombra de retales, mientras buscaban en los bolsillos de sus guerreras la petaca de tabaco o la bolsa de rapé que habían llevado consigo como muestra de afecto.

Fue un invierno tremendamente crudo: el suelo estuvo cubierto de nieve seis semanas, en las que Norah hizo cuanto estuvo en sus manos para alentar la vida en aquel cuerpo exhausto por el paso del tiempo. Hubo momentos en los que se le iba la cabeza y, aparte de un lamento animal cuando se acercaba la hora de la comida, no decía ni una sola palabra. Pero, con la vuelta del buen tiempo, cuando los árboles se cubrieron de nuevo de verdes yemas, se le desheló la sangre de las venas y se atrevía a llegar hasta la misma puerta por su propio pie para disfrutar de los vivificantes rayos del sol.

—Me siento tan reanimado —dijo una mañana en que disfrutaba de un cálido sol de mayo—. ¡Aunque es una pesadez esto de tener que espantar las moscas, porque cuando hace así de bueno se atreven con cualquier cosa y me tienen martirizado!

—Ya las espantaré yo, tío —dijo Norah.

—Pero si no importa... Este sol me lleva a pensar en la gloria que ha de venir. Podrías leerme algunos párrafos de la Biblia, muchacha, es algo que me deja maravillosamente tranquilo.

—¿Qué quiere que le lea, tío?

—Pues las guerras.

—¿Guerras?

—¡Por supuesto que sí! ¡Sólo las batallas! Algo del Antiguo Testamento, en cualquier caso. ¡A mi entender, es de lo más sabroso! Cuando el pastor viene por aquí, siempre prefiere otros pasajes pero, para mí, no hay nada como el Libro de Josué. Los israelitas eran buenos soldados, todos eran buenos soldados, bien entrenados.

—Pero, tío, todo será paz en la otra vida —sugirió Norah.

—No lo creas, chiquilla.

—¡Por supuesto que así será, tío!

Irritado, el viejo cabo golpeó el suelo con el bastón.

—Ya te he dicho que no, muchacha. Se lo pregunté al pastor.

—Bueno, ¿y qué dijo él?

—Dijo que habría una postrer batalla. Incluso le dio un nombre, la batalla de Arm... Arm...

—Armagedón.

—Eso es; ése fue el nombre que le dio el pastor. Y espero que participe en ella el tercer regimiento de la Guardia. Y el duque, porque algo tendrá que decir el duque.

Un caballero de edad madura, que ya peinaba canas, estaba paseando por la calle y contemplando los números de las casas. En cuanto vio al anciano, se fue derecho hacia él.

—Buenos días —dijo, a modo de saludo—. ¿No será usted por casualidad Gregory Brewster?

—Ése es mi nombre, señor —repuso el veterano.

—Por lo que tengo entendido, ¿el mismo Brewster que formaba parte de las filas de la Guardia Escocesa en la batalla de Waterloo?

—El mismo, señor, aunque en aquella época lo designábamos con el nombre de tercer regimiento de la Guardia, un magnífico regimiento; sólo falto yo para que esté al completo.

—Calle, calle; habrán de pasar aún muchos años antes de que ocurra una cosa así —replicó el caballero, con afecto-; soy el coronel de la Guardia Escocesa, y me gustaría hablar con usted.

El viejo Gregory Brewster se puso en pie al instante, mientras se llevaba la mano a su gorro de piel de conejo.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó—. ¡No puedo creerlo, no puedo!

—¿No sería mejor que el caballero pasase dentro? —apuntó una práctica Norah, desde el umbral.

—Claro, señor, claro; pase, señor, si me permite el atrevimiento.

Tan nervioso estaba que se le olvidó el bastón y, cuando se dirigía al salón, las rodillas le flaquearon y echó las manos por delante. Al momento, el coronel lo sujetó por un lado, y Norah por el otro.

—Despacio, despacio —dijo el coronel, mientras lo ayudaba a llegar al sillón.

—Gracias, señor; esta vez he estado a punto de caerme. Pero es que le juro que casi no me lo puedo creer: que haya pensado usted en mí, cabo de una compañía, cuando usted es el coronel de todo un batallón. ¡Qué vueltas da la vida, por Júpiter!

—No sé por qué dice eso —comentó el coronel-; en Londres estamos más que orgullosos de usted. Así que es usted uno de los hombres que se ocuparon de la defensa de Hougoumont —dijo, mientras observaba aquellas manos huesudas y temblorosas, de prominentes y nudosas articulaciones, aquel cuello escuálido y aquellos hombros caídos y encorvados: ¿sería posible que aquel hombre fuese el único superviviente de aquel grupo de héroes? Echó un ojo a unos frascos medio llenos, a los recipientes azules de linimento, a la tetera de pitorro largo y a los sórdidos detalles de la estancia de un hombre enfermo. «Más le habría valido, seguramente, haber muerto bajo las ardientes vigas de aquella granja belga», pensó el coronel—. Confío en que esté bien y cómodamente instalado —apuntó, tras un momento de silencio.

—Gracias, señor. Los bronquios me dan mucha, pero que mucha lata. No se puede hacer ni idea de lo difícil que resulta expulsar las flemas. Y, además, necesito mi rancho porque, de lo contrario, me quedo frío. De las moscas, mejor no hablar, porque ya no tengo fuerzas ni para defenderme de ellas.

—¿Cómo andamos de memoria? —preguntó el coronel.

—De eso estupendamente, señor. Podría repetirle los apellidos de todos los hombres que estaban en la compañía del capitán Haldane.

—¿Se acuerda de la batalla?

—Por supuesto. La rememoro cada vez que cierro los ojos. Jamás podría hacerse idea de la claridad con que la veo. Imagínese que nuestro frente está ahí, desde la botella de paregórico hasta la caja del rapé. ¿Se sitúa usted? Ese bote de píldoras, que está ahí a la derecha, es Hougoumont, donde estábamos nosotros, mientras que el dedal de Norah está en el lugar de La Haye Sainte. Ésa era la situación, señor; aquí estaban nuestros cañones y, más atrás, los reservistas y los belgas. ¡Malditos belgas! —y escupió en la chimenea, con furia—. Ahí, donde he dejado la pipa, estaban los franceses, y aquí, donde la petaca, los prusianos, que avanzaban sobre nuestro flanco izquierdo. ¡Hermoso espectáculo contemplar el humo que salía de sus fusiles, por Júpiter!

—Y cuando piensa en todo aquello, ¿qué es lo que más le llama la atención?

—Que allí perdí tres medias coronas —gruñó el viejo Brewster—. No me extrañaría nada que nunca recuperase ese dinero. Se las presté en Bruselas al compañero que me seguía en el mando, a Jabez Smith. «Sólo hasta el día que nos den la paga, Grig», me dijo. Pero un lancero acabó con él en Quarter Brass, y yo sin un recibo siquiera para reclamar aquella deuda. Perdí sin remedio aquellas tres medias coronas.

Riéndose, el coronel se puso en pie.

—Los oficiales de la Guardia desean que se compre algo que le ayude a sentirse mejor —le dijo—. No es mío, así que no tiene que darme las gracias.

Tomó la petaca del anciano y metió un billete nuevo en su interior.

—Muchas gracias, muy amable de su parte, señor. Pero me gustaría pedirle un favor, coronel.

—Dígame, se lo ruego.

—Si me reclaman, ¿me envolverá en una bandera y me dedicará una salva de disparos?

—Me ocuparé de ello personalmente, amigo mío —repuso el coronel—. Y ahora, hasta la vista. En cuanto a usted, confío en recibir sólo buenas noticias.

—Un amable caballero, Norah —dijo el viejo Brewster, cuando lo vieron pasar por delante de la ventana-; pero ¡te juro que no le llegaría ni al estribo a mi coronel Byng!

Fue al día siguiente, exactamente, cuando el estado de salud del cabo se agravó de repente. Ni siquiera los dorados rayos del sol que se colaban por la ventana bastaban para hacer entrar en calor aquel cuerpo agotado. El médico fue a verlo, y movió la cabeza en silencio. El anciano se quedó en cama todo el día; las únicas señales de que aún alentaba algo de vida en su interior eran el jadeo de los labios azulados y las convulsiones de aquel cuello consumido. Norah y el sargento MacDonald se habían pasado toda la tarde a su lado, pero el anciano no parecía darse cuenta de que estaban allí. Yacía tranquilo, con los ojos medio cerrados y las manos bajo la mejilla, como si estuviera muy fatigado.

Lo dejaron a solas un instante para pasar al salón, mientras Norah preparaba el té, cuando, de repente, oyeron un grito que resonó por toda la casa. Les retumbó en los oídos fuerte y claro, como un rugido; fue una voz fuerte, enérgica y preñada de pasión.

—¡Los guardias necesitan pólvora! —gritaba y gritaba-; ¡les hace falta pólvora!

El sargento saltó de la silla y se precipitó a la habitación, seguido por una Norah temblorosa. Allí estaba el anciano levantado, con los ojos azules relucientes y los cabellos blancos erizados, su figura destacaba sobre todo lo que le rodeaba, con la cabeza de un águila y una mirada que desprendía fuego.

—¡Los guardias necesitan pólvora —repetía una vez más—, y, vive Dios, que la tendrán!

Alzó sus largos brazos al aire y se desplomó en la silla con un gemido. El sargento se inclinó sobre él, y el rostro se le ensombreció.

—Archie, Archie —sollozó la joven, asustada—, ¿qué crees que le pasa?

El sargento se volvió para mirarla.

—Creo —respondió— que el tercer regimiento de la Guardia ya está al completo.

LA TERCERA GENERACIÓN

Al caer la noche, Scudamore Lane, que baja hasta el río por detrás del Monumento, discurre encajonada entre las sombras de dos negros y descomunales muros que se alzan por encima de la luz que emiten unas escasas farolas de gas. Las aceras son estrechas, y por la calzada, pavimentada con cantos rodados, circulan innumerables carros de carga, en medio de un estruendo similar al de las olas cuando rompen. Entre los locales de negocios, quedan algunas casas anticuadas; en uno de esos edificios, en mitad de la calle, según se va a mano izquierda, es donde el doctor Selby atiende a su numerosa clientela. Es sorprendente que un hombre tan importante viva en una calle así, pero ya se sabe que un especialista, que goza de reconocimiento en toda Europa, bien puede abrir consulta donde quiera. Por otra parte, si tenemos en cuenta su especialidad, los pacientes no consideran una desventaja que los atienda en un lugar tan apartado.

Eran sólo las diez. El sordo estruendo del tráfico que a diario convergía hacia London Bridge ya se había convertido en un confuso murmullo. Llovía a cántaros y, sólo de vez en cuando, era posible ver el resplandor de las farolas de gas que proyectaban minúsculos círculos de luz amarilla sobre el pavimento mojado, a través de unos cristales empapados por los que chorreaba el agua. El ruido de la lluvia saturaba el aire: el suave siseo que acompañaba su caída, las gotas que se precipitaban con más fuerza desde los aleros, y los remolinos y el gorjeo procedente de las dos cunetas en pendiente y de la rejilla de la alcantarilla. A lo largo de todo Scudamore Lane, sólo se veía la silueta de un hombre que estaba a la puerta de la consulta del doctor Horace Selby.

Acababa de llamar, y esperaba a que le abriesen la puerta. La luz que salía por las ventanas le daba en los hombros relucientes de la gabardina y en la cara, que miraba hacia arriba. Era un rostro lánguido, sensible, de rasgos bien moldeados, con un gesto sutil e indefinible que llamaba la atención, similar al de un caballo desbocado en cuanto al círculo blanco de alrededor de los ojos, parecido al de un niño asustado por las mejillas tensas y la escasa firmeza del labio inferior. Como más de una vez se había encontrado con una expresión semejante al abrir la puerta, con sólo echar un vistazo a aquellos ojos atemorizados, el criado se dio cuenta de que el desconocido era un paciente.

—¿Está el doctor en casa?

El sirviente pareció dudar.

—Tiene invitados a cenar, señor. No le gusta que lo molesten fuera de las horas de consulta.

—Dígale que he de verlo, que se trata de un asunto de la mayor importancia. Aquí tiene mi tarjeta. —Mientras, con dedos temblorosos, trataba de extraer una de la cartera—. Soy sir Francis Norton. Dígale que sir Francis Norton, de Deane Parke, desea verlo cuanto antes.

—Muy bien, señor —repuso el mayordomo, al tiempo que se hacía con la tarjeta y con el medio soberano que la acompañaba—. Puede dejar la gabardina aquí, en el vestíbulo, señor, porque está empapada. Si tiene la amabilidad de aguardar un momento en la consulta, creo que conseguiré que el doctor venga a atenderlo.

El joven aristócrata se encontró en una estancia espaciosa y decorada con gusto. En el suelo, había una alfombra tan mullida y espesa, que no hizo ningún ruido al pisarla. Las dos lámparas de gas del cuarto sólo funcionaban a medias, y aquella penumbra, junto con el leve aroma que impregnaba el aire, producía una sensación cargada de vagas reminiscencias religiosas. Tomó asiento en un sillón de cuero resplandeciente, al lado de las brasas que aún quedaban en la chimenea, y miró tristemente a su alrededor. Dos de las paredes de la estancia estaban cubiertas por gruesos y oscuros volúmenes, con caracteres dorados en los lomos. Junto a él, una alta y antigua bocana de chimenea de mármol blanco, en cuya repisa había algodón y vendas, probetas graduadas y frascos pequeños. Uno de éstos, el que estaba exactamente encima de él, contenía sulfato de cobre, al lado de otro más estrecho, que contenía algo parecido a los restos de la boquilla de una pipa, con una etiqueta roja en la que se podía leer «Cáustico». Sobre la repisa de la chimenea, encima de la mesa que ocupaba el centro del cuarto y a ambos lados del escritorio, se amontonaban termómetros, jeringuillas hipodérmicas, bisturís y espátulas. En la parte derecha de esa misma mesa de trabajo, había ejemplares de los cinco libros que el doctor Horace Selby había escrito sobre el mal que suele ir asociado a su nombre, mientras que, en la parte izquierda, encima de un vademécum rojo, se veía una gigantesca réplica en cristal de un ojo humano, del tamaño de un nabo, abierto por el centro, que permitía observar el cristalino y la cavidad doble.

Aunque contemplaba todas aquellas cosas con la mayor atención del mundo, sir Francis Norton nunca se había distinguido por sus dotes de observador. Incluso le llamó la atención el corcho corroído que cerraba una botella de ácido, y se extrañó de que el doctor no utilizase tapones de cristal. Todo lo que veía parecía reclamar su interés, desde los minúsculos arañazos en los que se reflejaba la luz que daba sobre la mesa, hasta las pequeñas manchas que jalonaban el vademécum de cuero o las fórmulas químicas garabateadas en las etiquetas de unas cuantas ampollas. También sus oídos estaban aguzados. El pausado tictac del solemne reloj negro que estaba encima de la chimenea retumbaba penosamente en sus oídos. A pesar de eso, sin embargo, a pesar de los anchos tabiques antiguos de madera que aislaban aquella estancia, le llegaban las voces de unos hombres que hablaban en la habitación de al lado, e incluso captaba retazos de la conversación que mantenían. «Tenía que haberse fijado en la segunda mano.» «Pero si ha sido usted el último en tirar.» «¿Cómo iba a jugarme la reina, si sabía que tenía el as enfrente?» Sólo percibía algunos fragmentos de aquellas frases, que se disolvían en el sordo murmullo de una conversación. De pronto, escuchó el chirrido de una puerta y unos pasos en el vestíbulo, lo que le llevó a darse cuenta, con una estremecedora mezcla de impaciencia y espanto, de que se le venía encima la crisis de su vida.

El doctor Horace Selby era un hombre fornido, corpulento, de imponente presencia. A pesar de sus rasgos abotargados, tenía una barbilla y una nariz muy pronunciadas, características que irían más en consonancia con las pelucas y las corbatas de cuando reinaban los Jorges que con el pelo cortado al rape y la levita de finales del siglo XIX. Iba perfectamente rasurado; tenía una boca demasiado espléndida para ocultarla: grande, expresiva y sensible, acompañada de un gesto más que compasivo en la comisura de los labios que, junto a unos ojos castaños y comprensivos, había ayudado a muchos pecadores avergonzados a confesar su secreta falta. Bajo las orejas le crecían dos imperiosas patillas poco pobladas, que llegaban a unirse con los espesos rizos de sus erizados cabellos. La corpulencia y el aspecto digno de aquel hombre bastaban para que sus pacientes tuviesen la sensación de estar en buenas manos. Porque en el terreno de la medicina, como en la guerra, un gesto de suficiencia y pericia basta para que recordemos victorias del pasado y confiemos en la promesa de otras que están por llegar. El rostro del doctor Horace Selby representaba un alivio, igual que sus grandes manos blancas y tranquilizadoras, una de las cuales tendía ya a su visitante.

—Lamento haberle hecho esperar, pero como comprenderá me veía en un dilema de obligaciones, las del anfitrión con sus invitados y las del galeno con sus pacientes. Pero ahora ya estoy a su entera disposición, sir Francis. Me atrevería a decir que está usted muerto de frío.

—Es cierto; tengo mucho frío.

—Y está usted temblando. No me lo puedo creer. Está usted congelado por culpa de esta noche infernal. Quizá si tomase algo para reanimarse...

—No, gracias; no me apetece nada. Y no estoy tieso por culpa de esta mala noche, doctor; es que estoy asustado.

El doctor se dio media vuelta en el asiento que ocupaba y dio unas palmaditas en la rodilla de aquel joven, como si se tratase del pescuezo de un caballo nervioso.

—¿Qué le ocurre, pues? —preguntó, mientras contemplaba por encima del hombro aquella cara pálida de mirada preocupada.

Por dos veces, el joven trató de articular palabra. A continuación, se inclinó con rapidez, se levantó la pernera derecha de los pantalones, se bajó el calcetín y dejó la espinilla al descubierto. Al contemplarla, el doctor chasqueó la lengua.

—¿Le ha aparecido en las dos piernas?

—No, sólo en ésta.

—¿Ha sido de repente?

—Me di cuenta esta mañana.

—¡Vaya! —dijo el doctor con un mohín, mientras se acariciaba la barbilla con los dedos índice y pulgar—. ¿Tiene alguna explicación para una cosa así? —le preguntó a continuación.

—No.

Una expresión grave se cernió sobre aquellos enormes ojos castaños.



—No creo que sea necesario explicarle que, a menos que me hable usted con toda franqueza...

El paciente se puso en pie de un salto.

—Por el amor de Dios, doctor —exclamó—, llevo una vida intachable. ¿Cree que sería tan necio como para venir aquí a contarle mentiras? Créame, no hay nada de lo que tenga que arrepentirme.

De pie allí en medio, con una pernera del pantalón levantada hasta la rodilla y el infinito horror que se reflejaba en sus ojos, tenía un aspecto lamentable, a medio camino entre lo cómico y lo grotesco. Los jugadores de cartas de la habitación de al lado prorrumpieron en gritos de alegría, mientras los dos hombres se observaban en silencio.

—Tome asiento —dijo el doctor de forma brusca-; me basta con su palabra —comentó, mientras pasaba el dedo a lo largo de la espinilla del joven para retirarlo en un determinado lugar—. ¡Vaya! Serpiginoso —musitó, meneando la cabeza—. ¿Ha observado algún otro síntoma?

—Se me ha debilitado un poco la vista.

—¡Permítame que le vea los dientes! —Y, tras examinarlos, chasqueó la lengua, en tono compasivo y desaprobatorio—. ¡Ahora los ojos! —Encendió una lámpara a la altura del codo del paciente y, tras concentrar la luz con una pequeña lente de cristal, dirigió de forma indirecta el haz luminoso al ojo del enfermo. Su enorme y expresivo rostro se iluminó de placer, con el mismo entusiasmo con que un botánico introduce una planta rara en su mochila, o el de un astrónomo que, por primera vez, observa el cometa por el que tanto tiempo ha suspirado en el campo de visión de su telescopio—. Es lo normal, lo típico —musitó, al tiempo que se acomodaba en la mesa para tomar algunas notas en una hoja de papel—. Da la casualidad de que estoy escribiendo un ensayo monográfico sobre este mal, y no deja de ser sorprendente que, gracias a usted, haya tenido ocasión de observar un caso tan claro.

Al contemplar aquellos síntomas, se había llegado a olvidar hasta tal punto del paciente que tenía delante que parecía estar dándole las gracias por ser portador de ellos. Pero recuperó su faceta más compasiva y humana, en cuanto el joven le rogó que se lo explicase de la mejor forma posible.

—Mi querido amigo, no creo que sea el momento de adentrarnos en consideraciones profesionales —respondió, con afabilidad—. Porque ¿qué sacaría usted en limpio si, por ejemplo, le dijese que padece una queratitis intersticial? Observo síntomas de diátesis en el bocio. Hablando vulgarmente, diría que es usted portador de una tara congénita y hereditaria.

El joven aristócrata se desplomó en la silla, con la cabeza hundida en el pecho. El médico se dirigió a toda prisa al velador y le sirvió media copa de coñac, que acercó a los labios del paciente. A medida que éste lo tomaba, las mejillas recuperaron un poco de color.

—Quizá me haya expresado con excesiva franqueza —dijo el doctor—, pero estoy convencido de que usted está al tanto de la enfermedad que padece. De no haber sido así, ¿por qué habría venido a verme?

—Que Dios me ayude; me lo imaginaba, pero hasta que no me he visto la pierna hoy, no había querido aceptarlo. Mi padre tenía lo mismo en una pierna.

—Entonces, de él le viene...

—No, de mi abuelo. Sin duda habrá usted oído hablar de sir Rupert Norton, un gran libertino.

El doctor era un hombre muy leído y gozaba de una memoria excelente. Aquel nombre le recordó al instante la siniestra reputación del personaje, un vividor muy conocido en la década de 1830, aficionado al juego y a los duelos, que se había dado al alcohol y al desenfreno hasta tal punto que las viles compañías que frecuentaba se habían apartado de él horrorizadas, y lo habían abandonado durante la lúgubre vejez que pasó al lado de la camarera de un bar con la que se había casado en una francachela. Al contemplar a aquel joven hundido en el sillón de cuero, por un instante, tuvo la impresión de que algo le recordaba vagamente a aquel infame y anciano caballero, con sus leontinas, sus bufandas enrolladas en varias vueltas y su siniestra cara de sátiro. ¿Y en qué se había convertido? En un puñado de huesos dentro de un ataúd mohoso. Pero sus hazañas aún seguían vivas, y corrompían la sangre que corría por las venas de un hombre inocente.

—Ya veo que ha oído hablar de él —comentó el joven aristócrata—. Me contaron que había tenido una muerte horrible, aunque me imagino que no más horrorosa que la vida que llevó. Mi padre era su único hijo. Era un hombre dado al estudio, y amante de los canarios y del campo. Pero esa vida sin tacha no le libró de semejante lacra.

—Deduzco que sus síntomas eran cutáneos.

—Llevaba guantes en casa. Ése es el primer recuerdo que conservo de él. Más tarde, se le manifestó en la garganta y, después, en las piernas. Solía preguntarme con frecuencia por mi salud, tanto que llegó a parecerme excesivo, pero ¿cómo habría podido adivinar el sentido de aquellas preguntas? No dejaba de observarme, me observaba continuamente de reojo. Ahora ya sé qué es lo que trataba de descubrir.

—¿Tiene hermanos o hermanas?

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