La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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Cuando volvió en sí, estaba tendido en el anfiteatro, ya vacío, con el cuello y la camisa desabrochados. El estudiante de tercero le pasaba una esponja húmeda por la cara, mientras un par de enfermeros lo observaban con una sonrisa en los labios.

—Ya lo sé —exclamó el novato, sentado en el suelo, mientras se frotaba los ojos-; siento haberme comportado como un necio.

—Eso mismo pienso yo —repuso su acompañante—. ¿Cómo demonios te desmayaste?

—No pude evitarlo. Fue por la operación.

—¿Qué operación?

—La de cáncer...

Se produjo un momento de silencio, hasta que los tres estudiantes se echaron a reír.

—Pero mira que eres bruto —replicó el veterano-; la intervención no se ha hecho. Se dieron cuenta de que la paciente no toleraba el cloroformo, y la anularon. Archer nos ha ofrecido una de sus sabrosas lecciones, y a ti no se te ocurre nada mejor que desmayarte en mitad de su anécdota preferida.

Un veterano de 1815

Era una desapacible mañana de octubre, en la que espesos jirones de niebla pasaban por encima de los tejados húmedos y grises de las casas de Woolwich. A ras de tierra, en las largas calles, bordeadas de construcciones de ladrillo, todo parecía empapado, sucio, lóbrego. Desde los altos edificios de Arsenal se oía un zumbido producido por innumerables máquinas, el ruido de un martilleo constante y la estridente algarabía de los obreros. Más allá, las viviendas poco acogedoras y tiznadas de humo de aquellos trabajadores se extendían en una perspectiva decreciente de calles cada vez más estrechas y fachadas engurruñadas.

Había poca gente por la calle porque, desde el amanecer, aquel descomunal monstruo que no dejaba de echar humo y acogía en su seno a todos los hombres de la ciudad se había tragado a los esforzados obreros para, más tarde, regurgitarlos agotados y sucios. A la entrada de las casas, encaladas, se asomaban fornidas mujeres, de brazos rojos y rollizos y mandiles manchados que, apoyadas en sus escobas, cacareaban saludos matinales de un lado a otro de la calle. Una de ellas había reunido a un pequeño grupo de comadres y las interpelaba con garbo, mientras la concurrencia recibía con agudas risitas sus aseveraciones.

—¡Con lo viejo que es, bien podría tener más cabeza! —gritó a modo de respuesta a una afirmación que había hecho una de las presentes—. Porque ¿cuántos años tendrá? Os doy mi palabra de que nunca lo he sabido.

—Pues no es tan difícil de calcular —replicó una mujer de rasgos angulosos, cutis pálido y ojos de un azul desvaído—. Estuvo en la batalla de Waterloo, y ahí están la pensión y la medalla que lo atestiguan.

—De eso hace muchísimo tiempo —comentó una tercera-; yo ni siquiera había nacido.

—Fue quince años después de que empezase este siglo —exclamó una mujer más joven, que se había quedado recostada contra la pared, con una sonrisa de superioridad—. Eso fue lo que me dijo mi Bill el pasado sabbat, cuando le hablé del viejo tío Brewster.

—Y, aun suponiendo que dijese la verdad, ñora Simpson, ¿cuánto hace de todo eso?

—Ahora estamos en el año ochenta y uno —dijo la primera que había hablado, mientras echaba cuentas con sus gruesos dedos enrojecidos—, y aquello pasó en el año quince. Así que diez y diez, y diez, y diez, y diez...; vaya, pues sólo han pasado sesenta y seis años, así que no es tan viejo, después de todo.

—Pero, cuando se libró aquella batalla, ya no era un recién nacido, tonta —exclamó la joven, sin dejar de reír—. Pongamos que tuviera entonces veinte años; de modo que, ahora mismo, como poco tendrá ochenta y seis.

—Tiene razón. Esos son los años que tiene —dijeron unas cuantas.

—Yo ya he tenido suficiente —aseguró la mujer fornida, apesadumbrada—. Si su sobrina, sobrina nieta o lo que sea, no llega hoy, me voy, y que se busque a otra que le saque las castañas del fuego. Y, ahora, a nuestros menesteres, señoras.

—Pero ¿aún da guerra, ñora Simpson? —preguntó la más joven del grupo.

—Paraos a escuchar un momento —le respondió, con una mano a medio levantar y la cabeza inclinada hacia la puerta: en el piso superior alguien arrastraba, o deslizaba, los pies, acompañado por los más que audibles golpes de un bastón—. Ahí lo tenéis, yendo de un lado para otro, mientras hace lo que él llama la guardia. Así se pasa la mitad de la noche ese viejo imbécil. A las seis de esta misma mañana, ya estaba llamando a mi puerta con ese bastón. «¡Cambio de guardia!», me gritó, junto con algo más de esa jerga en la que habla y que yo no entiendo. Si a eso le sumamos que no para de toser, de carraspear y de escupir, no hay forma de cerrar el ojo por la noche. ¡Escuchad, escuchad!

—Ñora Simpson —gritó una voz quebrada y quejumbrosa desde el piso de arriba.

—Ya lo veis —comentó, mientras movía la cabeza como quien se sabe imbuida de razón—. Sus modales son realmente escandalosos. Sí, señor Brewster, ya voy.

—Quiero mi rancho de por la mañana, ñora Simpson.

—En seguida estará listo, señor Brewster.

—Dios mío, es como un niño que gime para que le den la papilla —comentó la mujer joven.

—A veces me dan ganas de sacudir esos viejos huesos —exclamó la señora Simpson, con crueldad—. ¿Qué tal si nos vamos a tomar media jarra de cerveza?

Cuando se disponían todas a dirigirse a la taberna, una joven cruzó la calle y, con timidez, rozó el brazo de la señora Simpson.

—Creo que éste es el número cincuenta y seis de Arsenal View —dijo—. ¿Podría decirme si es aquí donde vive el señor Brewster?

La asistenta miró con descaro a la recién llegada. Era una joven de unos veinte años, de rostro redondeado y atractivo, nariz respingona y unos enormes y sinceros ojos de color gris. Tanto el vestido estampado como el sombrero de paja adornado con un ramillete de vistosas amapolas y el petate que llevaba daban a entender que acababa de llegar del campo.

—Supongo que es usted Norah Brewster —dijo la señora Simpson, mientras la miraba de arriba abajo con escasa cordialidad.

—Así es; he venido para cuidar de mi tío abuelo Gregory.

—No sabe lo que le ha caído encima —exclamó la asistenta, con un movimiento brusco de cabeza—. Ya era hora de que apareciera alguien de la familia para hacerse cargo de él, porque yo no puedo más. ¡Ahí lo tiene, jovencita! Adelante, y siéntase como en su casa. Encontrará té en la lata, y tocino ahumado en el aparador; si no le sube el desayuno, el viejo se pondrá hecho un basilisco. Esta tarde, vendrá alguien para recoger mis cosas.

Tras negar con la cabeza, se fue a la taberna, en compañía de las comadres que la esperaban.

Abandonada a su suerte, la joven campesina se adentró en la habitación principal de la casa, y se quitó el sombrero y el sobretodo que llevaba. Era una estancia de techo bajo: en ella crepitaba un fuego en el que silbaba alegremente un pequeño hervidor de latón. Encima de un mantel manchado, que cubría la mitad de la mesa, había una tetera marrón vacía, una barra de pan y algunas piezas de una vajilla corriente. Norah Brewster echó una rápida ojeada y, en un abrir y cerrar de ojos, se hizo cargo de sus nuevas tareas. Aún no habían pasado ni cinco minutos, y el té ya estaba preparado, dos lonchas de tocino chisporroteaban en la sartén, la mesa puesta y alisados los tapetes que cubrían los respaldos de los sillones marrón oscuro: toda la estancia daba ahora una impresión de comodidad y limpieza renovadas. A continuación, contempló los cuadros de las paredes. Se fijó en una medalla marrón que colgaba de una cinta de color púrpura, metida en una caja cuadrada, colocada encima de la chimenea. Debajo, había un recorte de periódico. Se puso de puntillas, con los dedos en el borde de la campana de la chimenea, y estiró el cuello para ver de qué se trataba, sin dejar de echar un vistazo de vez en cuando al tocino que crepitaba y chisporroteaba a sus pies. En aquel recorte ya amarillento por el paso del tiempo, pudo leer lo que sigue:

El martes, en el transcurso de una vistosa ceremonia que se celebró en el acuartelamiento del tercer regimiento de la Guardia, en presencia del príncipe regente, de lord Hill, de lord Saltoun y de una concurrencia en la que resplandecían por igual la belleza y el valor, se hizo entrega de una medalla especial al cabo Gregory Brewster, de la compañía del capitán Haldane, como reconocimiento por la valentía de la que dio muestras en los recientes combates en los Países Bajos. Es bien sabido que aquel memorable 18 de junio, cuatro compañías del tercer regimiento de la Guardia y de los Coldstreams, al mando de los coroneles Maitland y Byng, defendieron la importante granja de Hougoumont, emplazada a la derecha de las posiciones británicas. Al ver que los generales Foy y Jérôme Bonaparte reagrupaban sus infanterías para atacar la posición, el coronel Byng ordenó al cabo Brewster que fuese a retaguardia para agilizar el envío de municiones. Brewster se cruzó con dos carretas cargadas de pólvora de la división Nassau y, tras amenazarlos con el mosquete, consiguió que llevaran aquel cargamento de pólvora a Hougoumont. En su ausencia, sin embargo, una batería de obuses de los franceses, había prendido fuego a los setos que rodeaban la posición, lo que aumentó, y mucho, el peligro de que pasasen los carromatos con la pólvora. El primero de ellos explotó, y el conductor murió hecho pedazos. Asustado por lo que le había ocurrido a su compañero, el otro conductor ya se disponía a dar media vuelta cuando el cabo Brewster saltó al pescante, arrojó al suelo al conductor y, tras precipitarse a través de las llamas con la carreta cargada de pólvora, consiguió llegar hasta las líneas de sus compañeros. Mucho tuvo que ver la victoria de las tropas británicas con aquel gesto de bravura porque, sin pólvora, habría sido imposible defender Hougoumont, y más de una vez el duque de Wellington había asegurado que, de haber caído Hougoumont o La Haye Sainte, habría sido imposible entablar batalla. Que Dios conceda larga vida al heroico Brewster, para que conserve como un tesoro la medalla que se le ha concedido por su valentía y recuerde siempre con orgullo el día en que, en presencia de sus compañeros, recibió el reconocimiento a su valor de las augustas manos del primero de los caballeros del reino.

La lectura de aquel recorte acrecentó la veneración que la muchacha siempre había sentido por aquel pariente que había sido soldado. Desde pequeña, lo había considerado un héroe y siempre recordaba lo que su padre comentaba acerca de su coraje y de su fuerza, cuando aseguraba que era capaz de abatir a un buey de un puñetazo o de cargar con un cordero bien cebado en cada brazo. La verdad es que, aunque no lo había visto nunca, siempre se le venía a la cabeza el tosco retrato de un hombre fornido, de rostro cuadrado, bien rasurado y tocado con un enorme sombrero de piel de oso que había en su casa.

Aún estaba contemplando aquella medalla marrón, preguntándose qué significaría aquello de dulce et decorum est que llevaba grabado alrededor cuando, de repente, desde la escalera le llegó el ruido de un bastón y de un arrastrar de pies y, en el umbral, hizo acto de presencia aquel hombre en el que había pensado tantas veces.

Pero ¿era realmente aquel hombre? ¿Qué había sido de su presencia marcial, de aquella mirada despierta, de aquel rostro aguerrido que conservaba en su imaginación? En el marco de la puerta no veía más que a un anciano alto y encorvado, demacrado y arrugado, de manos temblorosas, que arrastraba los pies con paso vacilante. Lo único que se le ofrecía a la vista era una nube deshilachada de cabellos canos, una nariz con venillas rojas, dos poblados mechones, a modo de cejas, y unos ojos de un color azul pálido, levemente sorprendidos. Apoyado en el bastón, se inclinaba hacia delante, mientras los hombros subían y bajaban al ritmo de una fatigosa y entrecortada respiración.

—Quiero mi rancho para desayunar —masculló, camino de su silla—, de lo contrario me quedaré helado. ¡Fíjese en mis dedos!

Tras lo cual, exhibió unas manos deformes, con unos dedos arrugados y retorcidos, de nudillos prominentes y yemas azuladas.

—Ya está casi listo —respondió la joven, mientras lo observaba con mirada sorprendida—. ¿No sabe usted quién soy, tío abuelo? Soy Norah Brewster, de Witham.

—El ron está caliente —farfulló el anciano, mientras se mecía en su silla—, lo mismo que el aguardiente, y la sopa, también, pero, para mí, nada como una taza de té. ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Norah Brewster.

—¿Puede hablarme más alto, joven? Tengo la impresión de que la gente ya no habla tan alto como antes.

—Soy Norah Brewster, tío. Soy su sobrina nieta, y he venido desde Essex para vivir con usted.

—De modo que eres la hija de mi hermano Jarge. ¡Dios mío! No me puedo creer que el pequeño Jarge ya tenga una hija.

Renqueó con fuerza para sus adentros, al tiempo que los largos y tensos tendones de la garganta se le estremecían temblorosos.

—Soy la hija del hijo de su hermano George —contestó la muchacha, mientras daba la vuelta al tocino.

—¡Claro! El pequeño Jarge era todo un carácter —añadió—. ¡Por Júpiter! No había quien engañase a Jarge. Le regalé un cachorro de bulldog cuando me dieron la gratificación. Es probable que hayas oído hablar de él.

—Pero si hace ya veinte años que murió el abuelo George —respondió la joven, mientras servía el té.

—Era un cachorro precioso, y bien cuidado, ¡por Júpiter! Tengo frío porque aún no he tomado el rancho. El ron es estupendo, igual que el aguardiente, pero con el mismo placer me tomo un té.

Respiró con fuerza, mientras devoraba el desayuno.

—Te habrá costado lo tuyo venir hasta aquí —dijo, por fin—. Probablemente habrás venido en la diligencia que salió anoche.

—¿En qué, tío?

—Me refiero al carruaje en el que habrás venido.

—No; llegué en el tren de esta mañana.

—¡Dios mío! ¡A quién se le ocurre! ¿No te dan miedo esos ingenios tan novedosos? ¡Pensar que has venido en tren! ¿Dónde iremos a parar?

Se produjo un silencio que se prolongó varios minutos, durante los cuales Norah se dedicó a dar vueltas al té mientras, con el rabillo del ojo, observaba los labios azulados y las mandíbulas en acción de su pariente.

—Cuántas cosas ha debido de ver a lo largo de su vida, tío —le comentó la joven—. ¡Debe de parecerle larga, muy larga!

—No tanto, no te vayas a creer. Cumpliré los noventa por la Candelaria pero, desde que recibí la gratificación, no se me ha hecho tan largo. Es como si aquella batalla se hubiera librado ayer mismo. Siento todavía el olor de la pólvora quemada, ¡y el rancho me da fuerzas!

La verdad es que parecía menos agotado y pálido que en el momento en que la joven lo vio por primera vez. El rostro había cobrado color, y tenía la espalda más derecha.

—¿Lo has leído? —le preguntó, mientras señalaba con un gesto de cabeza el recorte de periódico.

—Sí, tío, y estoy segura de que estará orgulloso de una cosa así.

—¡Ah, fue un gran día para mí! ¡Un día magnífico! Allí estaba el regente, ¡un hombre apuesto de verdad! «El regimiento está orgulloso de usted», me dijo. «¡Yo también lo estoy del regimiento!», respondí. «Una respuesta como Dios manda», le dijo a lord Hill, y ambos se echaron a reír. Pero ¿qué andas mirando por la ventana?

—Pues un regimiento de soldados que avanza por la calle, tío, con una banda que va tocando por delante.

—¿Conque un regimiento? ¿Dónde habré puesto las gafas? ¡Dios mío, oigo la música con toda claridad! ¡Ahí va la avanzadilla y el tambor mayor! ¿Qué número lucen?

Los ojos le brillaban mientras, como las garras de una vieja ave de presa, apretaba el hombro de la muchacha con aquellos dedos amarillentos y huesudos.

—No llevan ningún número, tío. Llevan algo escrito por detrás. Algo así como Oxfordshire.

—¡Ah, sí! —refunfuñó—. Ya tenía noticias de que habían dejado los números y habían adoptado nombres nuevos. ¡Ahí llegan, por Júpiter! Casi todos son jóvenes, pero no se les ha olvidado la forma de desfilar. Tengo que reconocer que saben marcar el paso, claro que sí. Saben llevar el paso.

Y se quedó mirándolos, hasta que las últimas hileras doblaron la esquina, y la cadencia de aquel paso se perdió en la distancia.

Apenas acababa de volver a sentarse, cuando se abrió la puerta y un caballero entró en la estancia.

—¿Qué tal, señor Brewster? ¿Se siente mejor hoy? —le preguntó.

—¡Adelante, doctor! Me encuentro mejor. Aunque noto como un borboteo aquí en el pecho, por todos los bronquios. Si no tuviera estas flemas, me sentiría mucho mejor. ¿Podría darme algo para que desaparezcan?

El médico, un hombre joven, de aspecto serio, le tomó entre los dedos la muñeca surcada de tendones azulados.

—Tiene que cuidarse —le dijo—, y no hacer locuras.

Más que latir bajo sus dedos, parecía que el flujo de la vida sólo palpitase.

El anciano se echó a reír por lo bajo.

—A partir de ahora, será la hija de mi hermano Jarge quien se haga cargo de mí. Ella será quien esté pendiente de que no me salga de madre, o de que haga algo que no debiera. ¡Maldita sea mi estampa! ¡Ya sabía yo que algo no iba bien!

—¿Por qué lo dice?

—Por esos soldados. ¡No me diga que no los ha visto pasar, doctor! No llevaban puesta la corbata, ninguno de ellos —dijo, mientras gruñía y reía para sí por aquel detalle en el que había reparado—. ¡Eso no le habría gustado al duque! —musitó—. ¡Algo habría comentado el duque al respecto, por Júpiter!

El doctor esbozó una sonrisa.

—Bueno, le encuentro muy bien —comentó—. Vendré más o menos una vez a la semana para ver cómo sigue.

Como Norah lo acompañó hasta la puerta, el médico le indicó con un ademán que saliera de la casa.

—Está muy débil —le dijo, a media voz—. Si nota que desfallece, avíseme sin falta.

—¿Qué le pasa, doctor?

—Pues que tiene noventa años; ésa es su enfermedad. Sus arterias son depósitos de cal. El corazón se le ha encogido y carece de vigor. Es un hombre agotado.

Norah se quedó inmóvil, mientras observaba cómo el doctor se alejaba con paso ligero, y sopesaba las nuevas responsabilidades que se le habían venido encima. Cuando se dio media vuelta, a su lado estaba, con la carabina en la mano, un soldado de artillería, alto y de rostro tostado, que lucía en el brazo los tres galones de sargento.

—¡Buenos días, señorita! —exclamó, al tiempo que se llevaba un grueso dedo a su elegante gorro adornado con una banda de color amarillo—. Tengo entendido que vive aquí un señor mayor que se apellida Brewster, y que tomó parte en la batalla de Waterloo.

—Es mi tío abuelo, señor —repuso Norah, tras bajar la vista, ante la intensa y atenta mirada del joven soldado—. Está en la sala de la parte de delante.

—¿Podría hablar un momento con él, señorita? Si no es buen momento, volveré más tarde.

—Estoy segura de que estará encantado de recibirlo, señor. Está en casa, así que pase, por favor. Tío, hay aquí un caballero que desea hablar con usted.

—¡Es un honor poder verlo, señor, un honor y un motivo de orgullo! —exclamó el sargento, que se plantó en la estancia con sólo dar tres pasos; después de dejar la carabina en el suelo, saludó con una mano alzada y la palma vuelta hacia el anciano.

Junto a la puerta, boquiabierta y con unos ojos como platos, Norah se preguntaba si, en su juventud, su tío abuelo se habría parecido a aquella magnífica criatura y si, a su vez, aquel joven llegaría a parecerse a su tío abuelo.

El anciano entrecerró los ojos para ver a su interlocutor, y movió la cabeza con lentitud.

—Tome asiento, sargento —dijo, mientras señalaba una silla con el bastón—. Es usted muy joven para llevar esos galones. Ya veo que es más fácil obtenerlos hoy en día que en mis tiempos. En aquella época, los soldados de artillería eran todos viejos, y peinaban canas antes de lucir esos tres galones.

—Llevo ocho años de servicio, señor —exclamó el sargento—. Soy MacDonald, el sargento MacDonald, de la batería H, de la División de Artillería del Sur. He venido a verlo en representación de mis compañeros de los cuarteles del cuerpo de artillería para transmitirle lo orgullosos que nos sentimos de que viva usted en esta ciudad, señor.

El viejo Brewster sonrió, frotándose sus manos huesudas.

—Lo mismo que dijo el regente —comentó—. «El regimiento está orgulloso de usted», me dijo. «¡Yo también lo estoy del regimiento!», respondí. «Una respuesta como Dios manda», le dijo a lord Hill, y ambos se echaron a reír.

—La compañía de suboficiales se sentiría orgullosa y honrada con su visita, señor —añadió el sargento MacDonald—. Si alguna vez viene a vernos, siempre habrá una pipa de tabaco y un vaso de ponche para usted.

El anciano se echó a reír, hasta que empezó a toser.

—¿Conque les gustaría verme, eh? ¡Perros! —respondió—. Está bien, está bien; cuando llegue el buen tiempo quizá me pase por allí, seguro que sí. ¿Una cantina como Dios manda, eh? Ahora tienen su propio comedor, como los oficiales. ¡Dónde iremos a parar!

—Usted estuvo en infantería, ¿no es cierto, señor? —preguntó el sargento, respetuosamente.

—¿Infantería? —gritó el anciano, con agrio desdén—. Jamás llevé esa gorra. Soy un hombre de la Guardia, eso es lo que soy. Serví en el tercer regimiento de la Guardia, el mismo al que ahora designan con el nombre de Guardia Escocesa. Por desgracia todos han desaparecido ya, todos, desde el coronel Byng hasta los tambores más jóvenes, mientras que yo sigo aquí, rezagado, porque eso es lo que soy, sargento, ¡un rezagado! Que estoy todavía aquí, cuando debería estar con ellos. Aunque tampoco pueda decir que sea culpa mía, porque estoy dispuesto a reincorporarme en cuanto reciba la orden pertinente.

—Todos habremos de reagruparnos allí —repuso el sargento—. ¿No quiere probar mi tabaco, señor? —añadió, al tiempo que le acercaba una petaca de piel de foca.

El viejo Brewster se sacó del bolsillo una pipa de arcilla ennegrecida y comenzó a llenar la cazoleta. Sin darse cuenta, se le escurrió entre los dedos y se hizo añicos contra el suelo. Frunció los labios, arrugó la nariz y se echó a llorar con largos y desconsolados sollozos, como si fuera un niño.

—Se me ha roto la pipa —gimió.

—No llore, tío, no llore —exclamó Norah, inclinándose sobre él y acariciándole la blanca cabeza como a un niño—. No tiene ninguna importancia. Ya compraremos otra.

—No se aflija, señor —añadió el sargento—. Mire, si me hace el honor de aceptarla, aquí tiene una pipa de madera con una boquilla de ámbar. Me encantaría que lo hiciera.

—¡Por Júpiter! —exclamó el anciano, con una sonrisa que le brillaba a través de las lágrimas—. Mira, tengo una pipa nueva, Norah. Te juro que Jarge jamás ha tenido una pipa como ésta. ¿Lleva consigo su fusil, sargento?

—Así es, señor. Cuando pasé a verlo, volvía del campo de tiro.

—Permítame que lo acaricie. Tener un fusil en las manos; es como en los viejos tiempos, Dios mío. ¿Qué dicen las ordenanzas, sargento? Amartille el fusil, tras comprobar que está cargado y presente el arma, ¿no es eso, sargento? ¡Por Júpiter, le he partido el fusil por la mitad!

—Exacto, señor —dijo el soldado, entre risas—, ha presionado en la palanca que abre la culata, que es por donde se carga, como sabe.

—¡Así que se cargan por donde no es! ¡Vaya, vaya, qué ocurrencia! ¡Y nada de baqueta! Había oído hablar de ello, pero nunca había llegado a creérmelo. Pero nunca será como nuestro Brown Bess. Acuérdese de lo que le digo: cuando haya faena por delante, ya verá como echan mano de nuestro antiguo fusil, de nuestro Brown Bess.

—Ojalá eso ayude a cambiar las cosas en Sudáfrica ahora mismo, señor —exclamó el sargento, encendido—. Esta mañana he leído en el periódico que los bóers habían aplastado a las tropas gubernamentales. Le aseguro, señor, que en el comedor de suboficiales todo el mundo está enardecido.

—Está bien, está bien —gruñó el viejo Brewster—. Puedo asegurarle que el duque no se mostraría precisamente satisfecho, sino que tendría algo que decir sobre el particular.

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