La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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»—De modo que no se trataba de neuralgias intercostales —afirmó.

»Así fue como me enteré de que había sufrido aquellos pinchazos agudos, y que reunía todos los síntomas. No había nada que decir, y me senté para reconocerlo, mientras él daba una calada y otra a su cigarrillo. Tenía ante mí a un hombre en lo mejor de la vida, uno de los hombres más apuestos de Londres, rico, famoso y socialmente distinguido, un hombre que tenía el mundo rendido a sus pies, y que, sin esperárselo siquiera, acababa de descubrir que la inapelable muerte lo acechaba, una muerte acompañada de tormentos más refinados y tenaces que si se hubiera visto amarrado al poste de unos pieles rojas. En medio de una nebulosa de humo azulado, con la mirada baja y los labios muy levemente apretados, no se movió de la silla. Se puso en pie e hizo un gesto con los brazos, como quien rechaza viejos conceptos y se adentra por nuevos caminos.

»—Más vale que pongamos las cosas en claro cuanto antes —dijo—. Tengo que concertar nuevos compromisos. ¿Puedo utilizar su papel de cartas y sus sobres?

»Se sentó en mi mesa, y escribió media docena de cartas. No creo que falte a su confianza si digo que no iban dirigidas a sus colegas de profesión. Walker era un hombre soltero, lo que no significa que se limitase a una sola mujer. Una vez que hubo acabado, abandonó mi minúsculo despacho, dejando tras él todas las esperanzas y las ambiciones de su vida. Sin aquella demostración improvisada que ofreció durante la clase, podría haber vivido un año más tranquilamente, ignorante de todo.

»Fueron cinco los años que tardó en morir, y estuvo a la altura de las circunstancias. Si había cometido algunos pecadillos, desde luego los expió con creces en el tiempo que duró aquel martirio. Llevó un admirable y minucioso registro de los síntomas que se iban manifestando, y analizó las variaciones oculares que sufría como nadie lo había hecho antes. Cuando la ptosis se manifestó de forma severa, se sujetaba el párpado con una mano y seguía escribiendo. Cuando ya no fue capaz de coordinar los músculos para escribir por sí mismo, le dictó a su enfermera. Así murió, a la edad cuarenta y cinco años, James Walker, en olor de ciencia.

»El pobre Walker era un hombre muy aficionado a la cirugía experimental, terreno en el que llevó a cabo muy diferentes incursiones. Quede entre nosotros que alguna de aquellas intentonas no desembocaron en nada que mereciera la pena, pero hizo todo cuanto estuvo a su alcance para ayudar a sus enfermos. ¿Saben ustedes quién es M’Namara, verdad? Siempre lleva el pelo largo. Insinúa que se debe a sus inquietudes artísticas, pero la verdad es que sólo trata de disimular la pérdida de una de sus orejas. Fue Walker quien se la amputó, pero no le digan a M’Namara que he sido yo quien se lo ha contado.

»Les relataré lo que pasó. Walker tenía una idea fija sobre la portio dura, el músculo facial, como ustedes saben, y estaba convencido de que la parálisis que afectaba a esa zona se debía a una disfunción del flujo sanguíneo. Pensaba que, si era capaz de corregir tal disfunción, conseguiría restablecer la normalidad. En las salas del hospital, teníamos un caso grave de parálisis de Bell, y habíamos intentado todos los remedios imaginables, desde la cauterización y los tónicos, hasta la estimulación nerviosa, el galvanismo o las agujas, pero sin ningún resultado. A Walker se le metió en la cabeza que, si seccionábamos la oreja, incrementaríamos la circulación sanguínea en esa zona, y no le fue difícil obtener el consentimiento del enfermo para la operación.

»Lo hicimos una noche. Como es de suponer, Walker consideraba que se trataba de un experimento, y prefería que no se hablase de aquel asunto mientras no culminase con éxito. Éramos unas seis personas en total, contando a M’Namara y a mí. La habitación era pequeña; en el centro había una estrecha camilla, con una almohada cubierta con una tela impermeable y una manta que llegaba casi hasta el suelo por ambos lados. La única luz provenía de dos velas en una mesilla cerca de la almohada. Introdujeron al paciente, que tenía un lado de la cara tan liso como el de un bebé, en tanto que el otro le temblaba de miedo. Lo tumbaron en la camilla, y le aplicaron una toalla impregnada de cloroformo, mientras Walker enhebraba las agujas a la luz de las velas. El encargado de suministrar el cloroformo se encontraba en la cabecera de la camilla, y M’Namara estaba a un lado para sujetar al paciente. Los demás esperábamos con atención por si se requería nuestra asistencia.

»Cuando el hombre ya estaba medio dormido, entró en uno de esos estados de agitación convulsiva que se manifiestan en la semiinconsciencia. Empezó a dar patadas, mientras levantaba las manos y las bajaba con fuerza, hasta que tiró la mesilla en la que estaban las velas e inmediatamente nos vimos sumidos en la más completa oscuridad. Como imaginarán, nos pusimos todos manos a la obra: uno puso la mesilla en pie de nuevo; otro, fue en busca de unas cerillas, mientras los demás nos afanábamos en inmovilizar al paciente, que no dejaba de moverse. Una vez sujeto, dos enfermeros aumentaron la dosis de cloroformo. Cuando las velas lucieron de nuevo, aquellos gritos incoherentes y medio apagados ya se habían transformado en un sonoro ronquido. Lo acomodaron de lado sobre la almohada, y siguió la operación, con la cara cubierta con la toalla. Cuando se la retiramos, imaginen cuál no sería nuestra sorpresa al contemplar el rostro de M’Namara.

»¿Qué había ocurrido? Pues algo muy sencillo. Cuando las velas fueron a parar al suelo, el encargado del cloroformo olvidó su cometido por un instante e intentó recogerlas. Cuando éstas se apagaron, el paciente había rodado y se había caído al suelo, y el pobre M’Namara, que trataba de sujetarlo como podía, acabó tumbado en la camilla. Al ver que estaba ya en su sitio, el anestesista le puso la toalla con el cloroformo en la nariz y en la boca. Los demás seguían inmovilizándolo, y cuantas más patadas y gritos daba, más cloroformo le suministraban. Walker estuvo a la altura de las circunstancias, y se disculpó como el caballero que era. Se ofreció incluso a realizar en aquel mismo momento una operación de cirugía plástica para reconstruir la oreja del mejor modo posible, pero M’Namara decidió que ya había tenido más que suficiente. En cuanto al paciente, nos lo encontramos apaciblemente dormido debajo de la camilla, oculto bajo los extremos de la manta. Al día siguiente, Walker le envió a M’Namara la oreja en un frasco de alcohol metílico, pero aquel gesto sólo sirvió para que su esposa se enfadase aún más y le guardase rencor para siempre.

»Hay gente que opina que cuanto mayor es el trato con la naturaleza humana y más íntimo el contacto con ella, menor es el respeto con que se la considera. No creo, sin embargo, que las personas más informadas piensen así. Mi propia experiencia me lleva a opinar lo contrario. Fui educado en esa corriente teológica que afirma que no somos sino arcilla, miserable y mortal; pero después de treinta años en íntimo contacto con la humanidad, aquí me tienen, considerándola con el mejor de mis respetos. Si bien es la maldad lo que suele aflorar a la superficie, las capas más profundas son buenas. He visto en cientos de ocasiones a personas condenadas a muerte de una forma tan brutal como la que sufrió el pobre Walker. He conocido también casos de ceguera o de mutilaciones, que son peores que la propia muerte. Tanto hombres como mujeres lo han aceptado de forma admirable; algunos con una generosidad tan maravillosa, tan preocupados por cómo la fatalidad podría afectar a sus allegados que hasta el hombre de mundo o la más frívola de las mujeres han llegado a convertirse en ángeles a mis ojos. También he visto a muchas personas en su lecho de muerte, de todas las edades, de todas las convicciones religiosas, o carentes de ellas. Nunca me he encontrado con nadie que se echase para atrás, con la excepción de un pobre hombre exaltado, que había llevado una vida intachable en una de las sectas más estrictas. No hay duda de que un cuerpo agotado ya no le teme a nada, como les aseguraría cualquiera que, estando mareado, se enterase de que el barco en el que viaja va a hundirse. Por eso, tengo en mayor estima el valor que se necesita para afrontar una mutilación que el coraje para aceptar con paciencia el final de una enfermedad que nos lleva a la muerte.

»Voy a poner un ejemplo, un caso con el que me topé, el pasado miércoles, en mi propia consulta. Vino a verme una dama, la esposa de un barón que es un gran vividor. Si bien el marido la había acompañado, la mujer le rogó que se quedase en la sala de espera. No es preciso entrar en detalles, pero le descubrí un caso de cáncer especialmente maligno. “Estaba segura —me dijo—. ¿Cuánto tiempo de vida me queda?” “Mucho me temo que pueda acabar con usted en cuestión de pocos meses”, fue mi respuesta. “¡Pobre Jack! —exclamó—. Le diré que no es nada.” “¿Por qué quiere engañarlo?”, le pregunté. “Porque es un hombre muy aprensivo y ahora mismo estará hecho un manojo de nervios en la sala de espera. Esta noche, vienen a cenar a casa dos viejos amigos suyos, y preferiría no estropearle la velada. Ya habrá tiempo mañana de decirle la verdad.” Nada más irse aquella mujer tan menuda y valiente, apareció en la consulta su marido, con aquella enorme cara enrojecida y más contento que unas castañuelas, para estrecharme la mano. No, señor; respeté el deseo de la dama, y no le saqué de su error. Me jugaría lo que fuera, pero estoy seguro de que aquélla fue una de las noches más felices de su vida, y el día siguiente, uno de los más tristes.

»Es una maravilla contemplar el valor y el ánimo con que una mujer afronta un golpe fatal. Es algo que no pasa con los hombres. Un hombre puede encajarlo sin una queja pero, al mismo tiempo, la noticia lo deja aturdido y confuso. En cambio, igual que le echa valor, la mujer no llega a perder la cabeza. Hace unas semanas, se me presentó un caso que les resultará bastante ilustrativo. Un caballero vino a verme para consultarme algo que le ocurría a su esposa, una mujer muy hermosa. Según él, tenía un pequeño nódulo tuberculoso en un brazo. Aunque estaba convencido de que no tenía la menor importancia, quería saber qué clima le sentaría mejor, si el de Devonshire o el de la Riviera francesa. Tras examinarla, descubrí que padecía un sarcoma óseo de los más agresivos, apenas apreciable en la superficie, pero que afectaba al omóplato, a la clavícula y al húmero, por si fuera poco. Nunca había visto un tumor de tal malignidad. Rogué a la mujer que saliese de la consulta, y le dije la verdad al marido. ¿Qué dirán que hizo? Pues bien; despacio y con las manos a la espalda, se dio una vuelta por la consulta, observando los cuadros de las paredes, como si fueran lo que más le interesase en el mundo. Me parece estar viéndolo ahora mismo, colocándose unas gafas de montura de oro y con la mirada perdida en los cuadros, de lo que deduje que ni se fijaba en ellos ni en la pared en la que estaban colgados. Por fin, me preguntó: “¿Tendrá que amputarle el brazo?”. ‘Y la clavícula y el omóplato”, le respondí. “Entiendo; la clavícula y el omóplato”, repitió, mientras seguía mirando a su alrededor con aquellos ojos sin expresión. Se había quedado fuera de combate. No creo que nunca vuelva a ser como era antes. Pero su esposa reaccionó con todo el valor y la presencia de ánimo imaginables, y en estos momentos se encuentra muy bien. Tenía el brazo tan mal que, cuando le quitamos el camisón, se le partió. No, no creo que le queden secuelas y confío plenamente en que llegue a curarse.

»El primer paciente que uno ve es algo que se recuerda toda la vida. El mío fue una persona corriente, a quien no le ocurría nada que merezca la pena reseñar. Sin embargo, los primeros meses que pasé consulta después de colgar el rótulo, recibí una visita que me sorprendió. Se trataba de una mujer mayor, muy bien vestida, que llevaba una cesta de mimbre de picnic. La abrió con el rostro cubierto de lágrimas; dentro había el más gordo, feo y sarnoso bulldog enano que haya visto en mi vida. “Me gustaría que lo ayudase a abandonar este mundo sin sufrimiento, doctor —exclamó—. Pero ha de ser cuanto antes, no sea que me eche para atrás.” Y se desplomó en el sofá, mientras sollozaba de forma histérica. No creo que haya de recordarle, mi joven amigo, que cuanta menos experiencia tiene un médico, más elevado es el concepto que defiende de la dignidad de la profesión que ejerce, por lo que a punto estaba de negarme indignado a cumplir aquel encargo cuando me dio por pensar que, si dejábamos la medicina de lado, los allí presentes éramos un caballero y una dama, que me había rogado que hiciera por ella algo que, a sus ojos, era visiblemente de la mayor importancia. Así que me llevé al perrito, y le acerqué un plato de leche en la que había puesto unas gotas de ácido prúsico; dejó este mundo de forma tan rápida como indolora. “¿Ya está?”, me preguntó la señora en cuanto volví. La verdad es que daba pena ver cómo todo el amor que podría haber dispensado a un marido y a unos hijos había ido a parar, en su defecto, aquel animalito tan feo. Destrozada, se fue en su carruaje, y tan sólo cuando ya se había ido me di cuenta de que, encima del vademécum de sobremesa, había un sobre cerrado con un enorme sello de lacre rojo. En él a lápiz estaba escrito: “Estoy segura de que habría hecho esto gratis, pero le ruego tenga a bien aceptar el contenido de este sobre”. Lo abrí, pensando que se trataba de una millonaria excéntrica que me habría dejado un billete de cincuenta libras, pero lo único que encontré fue un giro postal por valor de cuatro chelines y seis peniques. Toda la situación se me antojó tan descabellada que me eché a reír a carcajadas. Ya tendrá tiempo de descubrir, muchacho, que son tantas las tragedias que ve un médico a lo largo de su vida que nadie es capaz de soportarlas si no es con esa vertiente cómica que contribuye a aliviarlas de vez en cuando.



»Y un médico tiene, además, muchas razones para mostrarse agradecido. No lo olvide nunca. Es tal el placer que se siente al hacer un pequeño favor que cualquier hombre pagaría por tener ese privilegio en lugar de cobrar por ello. Qué duda cabe de que tiene una casa a su cargo, una esposa y unos hijos a los que mantener. Pero sus pacientes son sus amigos, o deberían serlo. Cuando va de casa en casa, en todas ellas sus pasos y su voz son acogidos con cariño y recibidos con alegría. ¿Qué más puede desear un hombre? Por si fuera poco, tiene la obligación de ser un buen hombre. No puede ser de otra manera. Porque ¿quién que se pase la vida contemplando sufrimientos que se aguantan con entereza puede mostrarse intransigente o perverso? Es una profesión noble, generosa y afable, y ustedes los jóvenes tienen la obligación de hacer cuanto esté en su mano para que siga siéndolo.
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