La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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—Todo en orden —dijo, mientras se dejaba caer en una silla—. Era el tonto del perro, que había conseguido abrir la puerta. No sé cómo pudo olvidárseme cerrarla con llave.

—No sabía que tuviera perro —replicó Smith, sin perder de vista el rostro compungido de su compañero.

—Hace poco que lo tengo. Pero tendré que deshacerme de él, porque es muy molesto.

—Desde luego que así debe de ser, a la vista de lo que se resiste a quedarse solo. Pensaba que bastaba con cerrar la puerta, sin necesidad de echar la llave.

—No me gustaría que el viejo Styles lo sacase de aquí. Se trata de un perro valioso, y sería una pena que se perdiese.

—A mí me gustan mucho los perros —contestó Smith, sin perder de vista a su amigo de reojo—. Confío en que me deje verlo.

—Faltaría más. Pero no será esta noche, porque tengo una cita. Si ese reloj va bien, ya llevo un retraso de un cuarto de hora. Espero que sepa disculparme.

Recogió la gorra y salió a toda prisa de la habitación. A pesar de lo que le había dicho, Smith oyó cómo regresaba a su aposento y cerraba la puerta por dentro.

Aquella conversación le dejó mal sabor de boca al estudiante de medicina. Bellingham le había mentido, y lo había hecho de una forma tan descarada que parecía tener razones de peso para ocultarle la verdad. Smith sabía que su vecino no tenía perro. Sabía también que los pasos que había oído en la escalera no eran los de un animal. Mas, de no ser así, ¿quién podía haber sido? Tenía en mente lo que le había contado el viejo Styles de los pasos que oía en aquellas habitaciones, cuando el inquilino no se encontraba en ellas. ¿Podría tratarse de una mujer? Smith parecía inclinarse por esa posibilidad. Si así fuera, si las autoridades académicas llegasen a descubrirlo, Bellingham podría verse desacreditado y expulsado, razón más que suficiente para entender tantas mentiras y el estado de ansiedad en que se hallaba. Pero parecía casi imposible que un estudiante pudiese tener a una mujer en sus habitaciones sin que nadie se diese cuenta al instante. Fuera cual fuese la explicación, había algo que le desconcertaba, y optó por volver a enfrascarse en sus libros, después de haber tomado la decisión de que, a partir de entonces, no alentaría ningún intento de acercamiento por parte de aquel vecino que hablaba tan bien, pero que era tan desagradable.

Pero estaba escrito que aquella noche se vería obligado a interrumpir su trabajo. Apenas acababa de volver a coger el hilo, cuando oyó unos pasos firmes y sonoros, que subían los escalones de tres en tres, y Hastie, con blazer y pantalones de franela, irrumpió en sus aposentos.

—¡Todavía trabajando! —exclamó, mientras se desplomaba en un sillón que consideraba propio—. ¡No tienes medida! Aunque hubiese un terremoto capaz de destruir Oxford, tú te quedarías tan tranquilo con tus libros en mitad de las ruinas. Pero no te quitaré mucho tiempo. Tres caladas a la pipa, y me voy.

—¿Qué novedades traes? —preguntó Smith, apretando un pellizco de tabaco en la pipa con el dedo índice.

—No hay grandes cosas. Wilson marcó setenta a favor de los de primer año, que se enfrentaban al once titular. Se comenta que le van a pedir que juegue en el puesto de Buddicomb, que ya no está en su mejor momento. Antes era bastante bueno a la hora de lanzar, pero ahora sólo llega a hacer algunas jugadas y a dar unos cuantos saltos.

—Un centrocampista —apuntó Smith, con ese gesto grave que adoptan los universitarios a la hora de hablar de deportes.

—Muy rápido, con un buen juego de piernas. Llega a tres palmos con el brazo. Temible en terreno mojado. Por cierto, ¿te has enterado de lo que le ha pasado a Long Norton?

—¿Qué le ha ocurrido?

—Que lo han agredido.

—¿Agredido?

—Así es; nada más salir de High Street, a un centenar de yardas de la puerta del Old College.

—Pero ¿quién ha sido?

—Ahí está la cuestión. Si hubieras preguntado «qué», hubiera sido más correcto desde un punto de vista gramatical. Norton jura que no era un ser humano y, a juzgar por los arañazos que tenía en el cuello, me pongo de su parte.

—¿Qué fue entonces? ¿Un fantasma?

Unas cuantas bocanadas de humo bastaron para manifestar el escepticismo que, como científico, profesaba Abercrombie Smith.

—Hombre, no. No creo que tenga nada que ver con eso. Más bien me inclino a pensar si algún domador no habrá perdido a alguno de sus grandes monos, y el simio anda por estos parajes; seguro que a un jurado le sobrarían buenas razones para condenarlo. Como sabes, Norton pasa por allí todas las noches, a la misma hora más o menos. En ese camino está el gran olmo del jardín de Rainy, cuyas ramas llegan casi hasta el suelo. Norton cree que lo que fuera se lanzó sobre él desde ese árbol. En cualquier caso, asegura que estuvo a punto de morir estrangulado por dos brazos que, según él, eran tan duros y finos como barras de acero. No llegó a ver nada; tan sólo notaba cómo aquellos espantosos brazos lo apretaban cada vez con mayor fuerza. Se puso a chillar como un loco y acudieron dos estudiantes corriendo, pero aquella cosa se encaramó al muro como si fuera un gato. En ningún momento llegó a ver con claridad de qué se trataba. Pero te aseguro que Norton está muy afectado. Traté de convencerlo de que aquel susto había sido tan saludable para él como un cambio de aires a orillas del mar.

—Quizá fuese un estrangulador —aventuró Smith.

—Es muy posible, aunque Norton asegura que no, y no creo que tenga mucha importancia lo que él afirme. El estrangulador tenía unas uñas muy largas, y dio muestras de una habilidad excepcional a la hora de escalar muros. Además, me malicio que, si llegase a enterarse de lo que ha pasado, tu simpático vecino estaría encantado. La había tomado con Norton y, por lo que tengo oído, no es hombre demasiado inclinado a dar por zanjadas las diferencias. Pero ¿qué pasa, amigo mío? ¿Qué te ronda por la cabeza?

—Nada —replicó Smith, de forma tajante.

Se había puesto en pie de golpe, y en su rostro se reflejaba el gesto de un hombre al que de pronto le ronda por la cabeza algo desagradable.

—Tengo la sensación de que algo de lo que he dicho te ha dejado más que sorprendido. Por otra parte, ya sé que has tenido ocasión de conocer a maese B. desde la última vez que vine a verte. Algo me comentó el joven Monkhouse Lee al respecto.

—Así es; es un conocido. Ha venido a verme en un par de ocasiones.

—Bueno, eres lo bastante grande y feo para saber cuidar de ti mismo. No casa precisamente con la idea que yo me hago de un compañero sano, aunque no hay duda de que es muy inteligente y todo eso. Pero no tardarás en darte cuenta por ti mismo. Lee es un buen muchacho, un compañero que merece la pena. ¡Tengo que irme, chico! Del miércoles en ocho días, remo para medirme con Mullins por la copa del vicecanciller, así que, en caso de que no nos veamos antes, confío en que asistas al evento.

Como un corderito, Smith dejó la pipa y, con toda la paciencia de que era capaz, volvió a los libros. Pero, por más empeño que pusiera, se le hacía muy difícil concentrarse. Se le iba el santo al cielo y, de pronto, se encontraba pensando en el hombre que vivía en el piso de abajo y en el pequeño misterio que rodeaba aquellos aposentos. Sin querer empezó a pensar a continuación en aquella sorprendente agresión que Hastie le había referido, y en la inquina que, al parecer, Bellingham alimentaba contra la víctima. Ambas ideas no dejaban de darle vueltas en la cabeza, como si las dos guardasen una profunda y estrecha relación. Se trataba, sin embargo, de una sospecha tan poco consistente y confusa que no se sentía capaz de darle forma.

—¡Maldito sea ese individuo! —gritó Smith, al tiempo que mandaba a hacer gárgaras el libro de patología al otro extremo del cuarto—. Me ha echado a perder una noche de trabajo, razón más que suficiente, aunque no hubiera ninguna otra, para evitarlo de ahora en adelante.

En los diez días siguientes el estudiante de medicina se dedicó por completo a sus estudios, de forma que ni vio ni supo nada nuevo de los dos hombres que vivían en los pisos de abajo. Puso cuidado en cerrar la puerta a las horas en que Bellingham solía ir a verlo y, si bien en más de una ocasión oyó que alguien llamaba, se mantuvo en sus trece y no abrió. Una tarde, sin embargo, cuando bajaba las escaleras, al pasar por delante de la puerta de Bellingham, ésta se abrió de par en par y vio salir al joven Monkhouse Lee, echando chispas por los ojos y con aquellos pómulos aceitunados arrebolados de ira. Con su cara gruesa y de aspecto poco saludable, cargada de malas intenciones, Bellingham le pisaba los talones.

—¡Estúpido! —le susurró—. Te arrepentirás.

—Ya lo creo —replicó el otro, a gritos—. Oye bien lo que voy a decirte: se acabó. No quiero volver a oír hablar de eso.

—¡Hiciste una promesa, de todos modos!

—¡Y la cumpliré! No abriré la boca. Pero preferiría ver a la pequeña Eva en su tumba. De una vez por todas, te digo que se acabó. Ella hará lo que yo le diga, y no volveremos a verte.

Aunque Smith no había tenido más remedio que escuchar aquella conversación, bajó lo más deprisa que pudo, porque no quería verse mezclado en aquella discusión. Estaba claro que se había producido una profunda desavenencia entre ellos, y que Lee iba a romper el compromiso contraído por su hermana. Smith pensó en la comparación que Hastie había hecho entre el sapo y la paloma, y se sintió satisfecho al ver que la relación había concluido. Cuando estaba furioso, no era agradable contemplar el rostro de Bellingham. No era hombre en quien se pudiera confiar de por vida la suerte de una muchacha inocente. Mientras andaba, alicaído, Smith no dejaba de preguntarse cuál habría sido el motivo de aquella disputa, y en qué consistiría aquella promesa que Bellingham pretendía que Monkhouse Lee cumpliese por encima de todo.

Era el día de la competición de remo entre Hastie y Mullins, y una multitud de espectadores se dirigía a las orillas del Isis. Lucía un sol de mayo esplendoroso, y las sombras oscuras de los altos olmos proyectaban sus negras manchas sobre los senderos arenosos. A uno y otro lado, aunque apartados del camino, se alzaban los colegios grises donde ancianas madres de cabellos blancos contemplaban desde sus ventanas con parteluces aquella marea de jóvenes tan felices que se agitaba en la calle. Profesores vestidos de negro, funcionarios remilgados, estudiantes paliduchos, jóvenes atletas bronceados con sombreros de paja, jerséis blancos o blazers de colores, todos se dirigían al tortuoso río azul, cuyos meandros discurren a través de los prados de Oxford.

Con intuición de viejo remero, Abercrombie Smith eligió su sitio justo allí donde sabía que se produciría la disputa, en caso de que la hubiera. Oyó a lo lejos el murmullo que anunciaba la salida, el creciente rugido de los remos, el estruendo de la gente que corría y los gritos de los hombres en las embarcaciones. Un puñado de personas que corrían sin resuello y a medio vestir pasó por delante de él, pero se puso en pie, y vio cómo Hastie remaba con una cadencia estable de treinta y seis paladas, mientras que su adversario, a un jadeante ritmo de cuarenta, no lograba acortar una distancia de una embarcación por detrás de él. Smith dio ánimos a su amigo y, tras consultar la hora, ya se disponía a volver a sus aposentos cuando notó que alguien le ponía la mano en el hombro y se encontró con el joven Monkhouse Lee a su lado.

—He visto que andaba por aquí —dijo con timidez, como si buscara disculparse—, y me gustaría hablar con usted, si dispone de media hora. Esta casita es mía. La comparto con Harrington, del King’s College. Venga a tomar una taza de té.

—He de volver a mis habitaciones ahora mismo —repuso Smith—. Tengo mucho trabajo por delante. Pero estaré encantado de dedicarle unos minutos, aunque, si Hastie no fuese amigo mío, le aseguro que no habría salido de casa.

—También es amigo mío. Tiene un estilo formidable, ¿no cree? Mullins no tenía nada que hacer. Pero entremos en la casita. Es como un refugio, en el que resulta muy agradable trabajar en los meses estivales.

Era un pequeño edificio blanco y cuadrado, con puertas y contraventanas de color verde y una veranda recubierta de espalderas, que se alzaba a unas cincuenta yardas de la orilla del río. En el interior, la pieza principal estaba acondicionada como lugar de estudio: una mesa de pino, estanterías de madera sin pintar repletas de libros y unas cuantas oleografías baratas en las paredes. Un hervidor silbaba en un hornillo de alcohol y, encima de la mesa, había una bandeja con todos los utensilios para tomar el té.

—Acomódese en esa silla, y fume un cigarrillo —dijo Lee—. Permítame que le sirva una taza de té. Es muy amable por su parte haber aceptado venir, porque sé lo ocupado que está. Tan sólo quería decirle una cosa. Yo, en su lugar, me mudaría cuanto antes.

—¿Cómo dice?

Smith se quedó boquiabierto, con una cerilla prendida en una mano y un cigarrillo sin encender en la otra.

—Ya sé que debe sonarle raro lo que le digo, y lo peor es que no puedo exponerle mis razones, porque he hecho un juramento firme y solemne. Pero creo que no lo quebrantaré si le digo que no creo que sea muy seguro que tenga usted a Bellingham por vecino. Por mi parte, tengo la intención de instalarme aquí durante una temporada.

—¿Qué quiere decir con eso de que no es muy seguro?

—Eso es lo que no puedo contarle. Pero haga caso de lo que le digo y trasládese a otras habitaciones. Hoy nos hemos enzarzado en una acalorada discusión. Ha tenido que oímos cuando bajaba por las escaleras.

—Sí, ya vi que habían discutido.

—Es una mala persona, Smith. No puedo definirlo de otra manera. He albergado muchas dudas desde aquella noche en la que, como recordará, perdió el conocimiento y usted bajó a ver qué pasaba. Hoy le he puesto a prueba, y me ha dicho algunas cosas que me han dado escalofríos y, encima, me pidió que estuviese de su parte. Como habrá tenido oportunidad de comprobar, no soy un tipo estirado, pero sí hijo de un pastor, y creo que hay algunas cosas que no se pueden consentir. Doy gracias a Dios por haberme percatado antes de que fuese demasiado tarde, porque iba a casarse con alguien de mi familia.

—Me parece muy bien, Lee —repuso Abercrombie Smith, con frialdad—. Pero no sé si lo que me dice es de verdad importante, o si se trata de una nimiedad.

—Sólo trato de ponerlo sobre aviso.

—Si de verdad hay una buena razón para que lo haga, no creo que esté sometido a ningún juramento. Si yo supiera que un individuo se disponía a volar un edificio con dinamita, tenga por seguro que no habría promesa alguna que me impidiera evitarlo.

—Pero el caso es que no puedo impedírselo a él; lo único que puedo hacer es ponerle a usted en guardia.

—Sin aclararme contra qué debo defenderme.

—Contra Bellingham.

—Eso es una niñería. ¿Por qué voy a tener miedo de él, o de cualquier otra persona?

—No puedo explicárselo. Lo más que puedo decirle es que debe trasladarse a otras habitaciones porque, si sigue en las que ocupa ahora mismo, está usted en peligro. Fíjese en que no le estoy diciendo que Bellingham pretenda hacerle daño. Pero podría ocurrir cualquier cosa porque, en estos momentos, no es un vecino recomendable.

—Quizá sepa más de lo que usted se imagina —dijo Smith, sin dejar de observar con atención el rostro juvenil y preocupado del joven—. Imagínese que le dijera que hay otra personal viviendo en los aposentos de Bellingham.

Dominado por un tremendo nerviosismo, Lee se levantó de golpe de la silla.

—O sea, que está usted al tanto —dijo, con voz entrecortada.

—Se trata de una mujer.

Lee se sentó de nuevo con un gemido.

—Mis labios están sellados —añadió—. No puedo decirle nada.

—Muy bien; en cualquier caso —continuó Smith, poniéndose en pie—, es poco probable que el miedo me obligue a abandonar unas habitaciones que me resultan muy cómodas. Por mi parte, sería una debilidad trasladar todas mis cosas, todo lo que tengo, porque usted afirme, sin darme razones, que Bellingham podría hacerme algún daño. Creo que tentaré al destino y me quedaré donde estoy y, como ya son casi las cinco, le ruego que tenga a bien disculparme.

Se despidió del joven estudiante con unas breves fórmulas de cortesía, y regresó a sus aposentos bajo aquella suave tarde de primavera, tan preocupado como divertido, como cualquier hombre enérgico y escasamente imaginativo al que hubieran amenazado con un peligro tan tenebroso como desconocido.

Por muy agobiado que anduviese de trabajo, había un humilde descanso que Abercrombie Smith se concedía siempre que tenía oportunidad: dos veces por semana, los martes y los viernes, tenía por costumbre ir andando hasta Farlingford, donde residía el doctor Plumptree Peterson, a una milla y media más o menos de Oxford. Peterson había sido íntimo amigo del hermano mayor de Smith, Francis, y, como estaba soltero, gozaba de una buena posición económica, disponía de una buena bodega y de una biblioteca aún mejor, aquella casa se había convertido en un refugio acogedor para un hombre con necesidad de hacer ejercicio. De modo que, dos veces a la semana, el estudiante de medicina se internaba por recónditos senderos campestres, y pasaba una hora muy agradable en el confortable despacho de Peterson, dedicado a charlar, en tomo a una copa de oporto, de lo que pasaba en la universidad o de los avances más recientes en el campo de la medicina o de la cirugía.

Al día siguiente de aquella conversación con Monkhouse Lee, a las ocho y cuarto, Smith cerró los libros; era la hora a la que solía salir cuando iba a casa de su amigo. Sin embargo, justo cuando se disponía a irse, reparó por casualidad en uno de los libros que Bellingham le había prestado, y le remordió la conciencia por no habérselo devuelto. Por muy desagradable que le resultase aquel individuo, no había motivo para mostrarse descortés con él. Cogió el libro, bajó las escaleras y llamó a la puerta de su vecino. No obtuvo respuesta; pero, al girar el pomo de la cerradura, se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Encantado con la perspectiva de no tener que encontrarse con él, entró en el aposento y, junto con una tarjeta de visita, dejó el libro encima de la mesa.

Aunque la lámpara iluminaba parcialmente, Smith podía contemplar con toda nitidez cada detalle de la estancia. Todo parecía tal y como lo había visto la otra vez: aquella especie de friso, los dioses con cabezas de animales, el cocodrilo colgando del techo y la mesa repleta de un montón de papeles y de hojas secas. El sarcófago estaba apoyado en vertical contra una pared, pero faltaba la momia. No reparó en nada que denotase la presencia de una segunda persona en aquel aposento y, al marcharse, le dio por pensar que, probablemente, no había sido justo con Bellingham. Si tuviera algún oscuro secreto que ocultar, seguro que no dejaría la puerta abierta para que entrase cualquiera.

La escalera en espiral estaba tan oscura como boca de lobo y, cuando Smith bajaba lentamente aquellos escalones irregulares, de repente, en medio de la oscuridad, sintió la presencia de alguien a su lado. Oyó un ruido apagado, percibió una agitación del aire, algo que le rozó levemente en un codo, pero con tanta suavidad que ni siquiera estaba seguro. Se detuvo y escuchó, pero no oyó nada aparte del viento agitando la hiedra.

—¿Anda usted por ahí, Styles? —preguntó.

No obtuvo respuesta; a sus espaldas sólo reinaba el silencio. Debía de haber sido una corriente de aire, porque aquel viejo torreón tenía resquicios y grietas por todas partes. Sin embargo, habría jurado que había oído pasos a su lado. Salió al patio, sin dejar de darle vueltas a lo que acababa de pasarle, y entonces apareció un hombre corriendo deprisa por el césped recién cortado.

—¿Eres tú, Smith?

—¿Qué hay, Hastie?

—¡Date prisa, por lo que más quieras! ¡El joven Lee ha aparecido ahogado! Ha sido Harrington, del King’s College, quien ha venido a avisarnos. El médico está fuera. Así que tendrás que hacerte cargo del asunto; pero tienes que ir cuanto antes, porque a lo mejor aún es posible hacer algo.

—¿Tienes coñac?

—No.


—Ya lo llevo yo. Tengo una botella en mi cuarto.

Smith subió las escaleras de tres en tres, cogió la botella y ya corría con ella escaleras abajo cuando, al pasar por los aposentos de Bellingham, observó algo que lo obligó a detenerse en seco y se quedó boquiabierto en el rellano.

La puerta que había dejado cerrada al salir estaba ahora abierta y, ante él, a la luz de la lámpara, se veía el sarcófago de la momia. Habría podido jurar que tres minutos antes estaba vacío. Sin embargo, allí estaba el cuerpo enjuto de su espantoso ocupante, erguido, tieso y macabro, con la cara negra y apergaminada mirando hacia la puerta. Aunque era una forma inanimada, carente de vida, al detenerse a contemplarla, a Smith le pareció observar un horripilante destello de vitalidad, un leve atisbo de animación en los pequeños ojos que acechaban desde el fondo de aquellas órbitas huecas. Tan sorprendido y sobrecogido se quedó que hasta se olvidó de la razón por la que había vuelto, y aún seguía contemplando aquella enjuta figura descamada cuando las voces de su amigo le hicieron volver a la realidad.

—¡Venga, Smith! —gritó—. Es cuestión de vida o muerte. ¡Date prisa! Muy bien —exclamó, al ver que el estudiante de medicina estaba de nuevo a su lado—; tendremos que echar una carrera. Hay menos de una milla hasta allí, así que deberíamos llegar en cinco minutos. Más vale correr por salvarle la vida a un hombre que por conseguir una copa.

Ambos se precipitaron en la oscuridad, y no pararon de correr hasta que, sin aliento y agotados, llegaron a la casita junto al río. Desfallecido y echando agua como una planta acuática tronchada, el joven Lee estaba tendido en el sofá, con los cabellos negros cubiertos del verde musgo del río; de sus labios inertes salía un hilillo de espuma blanca. De rodillas, a su lado, estaba su compañero Harrington, que se esforzaba en frotar aquellas extremidades rígidas para transmitirles algo de calor.

—Creo que aún vive —dijo Smith, tras palparle un costado con la mano—. Ponga el cristal de su reloj junto a sus labios. Sí; se ha empañado. Sujétale por el brazo, Hastie, y haz lo mismo que yo haga; verás como conseguimos que pronto vuelva en sí.

Se esforzaron en silencio durante diez minutos, inflando y desinflando el pecho del muchacho inconsciente. Por fin, un estremecimiento recorrió aquel cuerpo, le temblaron los labios y abrió los ojos. Los tres estudiantes gritaron entusiasmados.

—Despierta, viejo amigo. Vaya susto nos has dado.

—Toma un poco de coñac. Echa un trago de la botella.

—Ya se encuentra bien —comentó su compañero, Harrington—. ¡Por Dios, qué miedo he pasado! Yo me había quedado aquí leyendo, y él salió a dar un paseo hasta el río, cuando oí un grito y un chapoteo. Eché a correr, pero cuando por fin lo encontré y pude sacarlo del agua, parecía estar muerto. Simpson no podía ir a avisar al médico, porque anda mal de una pierna, así que eché a correr; no sé qué habría hecho si no llego a dar con vosotros. Ya estás bien, amigo. Siéntate.

Monkhouse Lee se incorporó sin ayuda, mirando a su alrededor con ojos de loco.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. Estaba en el agua. Ah, sí; ya me acuerdo.

Pudieron leer en sus ojos una expresión de espanto, y Lee se cubrió el rostro con las manos.

—¿Cómo te caíste?

—No me caí.

—Entonces, ¿qué pasó?

—Que alguien me empujó. Estaba de pie en la orilla, cuando algo me levantó por detrás, como si fuera una pluma, y me arrojó al agua. No oí nada. Pero sé cuál fue la causa, de todos modos.

—Y yo también —musitó Smith.

Lee alzó la cabeza al instante, y lo miró, sorprendido.

—Así que también está usted al tanto —dijo—. ¿Recuerda la advertencia que le hice?

—Sí, y creo que voy a hacerle caso.

—No sé de qué demonios estáis hablando —intervino Hastie—, pero, si yo estuviera en tu lugar, Harrington, metería a Lee en la cama de inmediato. Ya habrá tiempo de hablar de lo que pasó y de cómo fue cuando se haya repuesto un poco. Smith, creo que tú y yo deberíamos irnos. Vuelvo al colegio; si vas por el mismo camino, podemos charlar un rato.

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