La lámpara roja Realidades y fantasías de la vida de un médico



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La lámpara roja

Realidades y fantasías de la vida de un médico

Arthur Conan Doyle

DE OTRA ÉPOCA

La primera entrevista que tuve con el doctor James Winter se celebró en circunstancias de las que no se olvidan. Fue a las dos de la mañana, en el dormitorio de una antigua casa de campo. Le propiné dos patadas en el chaleco blanco que llevaba puesto y le tiré al suelo unas gafas de montura de oro, mientras él, con ayuda de una cómplice, ahogaba mis gritos con unas enaguas de franela y me sumergía en un baño caliente. Al parecer y según me han contado, uno de mis parientes, que andaba por allí, por pura casualidad, dijo en un susurro que, desde luego, mis pulmones no podían ser motivo de preocupación. No recuerdo el aspecto del doctor Winter en aquella época, porque tenía otras cosas en la cabeza, pero la descripción que él conserva de mí no es muy halagadora: una cabeza cubierta de pelusa, un cuerpo como el de una oca atada antes de ponerla a asar, unas piernas muy torcidas y unos pies metidos hacia dentro. Tales son las principales características que recuerda de mí entonces.

A partir de aquel momento, las diferentes etapas de mi vida se vieron marcadas por las agresiones que, de forma periódica, sufría por parte del doctor Winter. Me vacunó, me reventó un absceso y, en una ocasión en que tuve paperas, me aplicó ventosas. En un mundo tan apacible como aquél, él era el único nubarrón negro y amenazante. Hasta que llegó el momento en que padecí una enfermedad de las de verdad, una época en la que hube de quedarme varios meses en mi cama de mimbre. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que aquel rostro tan serio también era capaz de esbozar un gesto de cariño, de que aquellas chirriantes botas de factura campesina podían acercarse dulce y furtivamente hasta un lecho, y de que aquella voz fuerte podía convertirse en un susurro cuando hablaba con un niño enfermo.

Hoy, aquel niño es médico también, aunque el doctor Winter no ha cambiado nada. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, no he advertido ningún cambio en él, aparte de que sus cabellos moteados se hayan tornado un poquito más blancos y se le hayan encorvado un poco unos hombros que parecían muy anchos. Aunque reducida en unas cuantas pulgadas por culpa de esa leve joroba, es todavía un hombre de buena estatura. Algo que no es de extrañar, porque esas espaldas tan anchas se han inclinado tantas veces sobre los lechos de los enfermos que han acabado por adaptarse. Su rostro, tan oscuro como el de una nuez, es fiel testigo de muchas y muy largas caminatas en invierno por desolados caminos rurales, plantando cara al viento y a la lluvia. A cierta distancia, parece que tiene la piel lisa pero, cuando se lo observa de cerca, se advierte que, al igual que una manzana del año anterior, está cubierta de innumerables y delicadas arrugas. No es fácil observarlas cuando está tranquilo; pero, cuando se echa a reír, la cara se le quiebra, como un cristal agrietado, momento en el que uno se da cuenta de que, si bien parece mayor, debe de serlo mucho más de lo que aparenta.

Cómo de mayor es algo que nunca llegué a descubrir. Muchas veces traté de averiguarlo, y remonté el curso de su existencia hasta Jorge IV e incluso a la Regencia, mas nunca llegué a la fuente. Su espíritu debió de abrirse a toda clase de impresiones muy pronto, aunque debió de cerrarse con la misma celeridad, porque las cuestiones de política cotidiana le traen al fresco, aunque se deja llevar por la pasión en asuntos que son realmente prehistóricos. Así, mueve la cabeza cuando se refiere a la primera Reform Bill, al tiempo que expone serios reparos a la oportunidad de llevarla a cabo; he tenido ocasión de escuchar la acritud con que se refería a Robert Peel y a la derogación de las Corn Laws, cuando se encontraba más animado gracias a una copa de vino. Para él, la muerte de aquel estadista representaba el broche final de la historia de Inglaterra, de forma que el doctor Winter considera que todo lo ocurrido desde entonces es un asunto menor.

Hizo falta que también yo llegase a ser médico para darme cuenta de hasta qué punto ese hombre era un vestigio de una generación anterior. Había estudiado medicina según ese sistema obsoleto y ya olvidado en el que un joven llevaba a cabo el aprendizaje del oficio al lado de un cirujano, una época en la que con frecuencia el estudio de la anatomía progresaba gracias a la violación de tumbas. Es más reaccionario en cuestiones profesionales que en asuntos políticos. Poco es lo que le han aportado cincuenta años de profesión a la espalda, y menos aún aquello de lo que le han privado. Aunque en su juventud hubo de estudiar a fondo la vacunación, no me cabe duda de que, desde su punto de vista, es preferible la inoculación. De no ser porque la opinión pública es contraria, estoy seguro de que con gusto practicaría sangrías. Opina que el cloroformo es una innovación peligrosa y, siempre que se habla de dicho compuesto, chasquea la lengua. Incluso se le ha oído proferir fruslerías a propósito de Laēnnec, y referirse al estetoscopio como «ese juguete francés tan de moda». Como oye bastante mal, a pesar de llevar uno en el sombrero, por deferencia a las preferencias de sus pacientes, poco importa en realidad si recurre, o no, a semejante instrumento.

Se ha impuesto la obligación de leer todas las semanas su revista médica, lo que le permite hacerse una idea aproximada de los progresos de la ciencia moderna, aunque se empeña en considerarlos tremendos y ridículos experimentos. La teoría de los microbios como origen de las enfermedades le pareció divertida en extremo durante mucho tiempo y, en la habitación de cualquier paciente, siempre repetía el mismo chiste: «Cierren la puerta, o los microbios se nos colarán dentro». Pero, para él, la farsa suprema del siglo que le había tocado vivir era la teoría de Darwin. «Los niños en su habitación, y sus antepasados en los establos», solía decir, al tiempo que se le saltaban las lágrimas de la risa.

Como es tan retrógrado, en ocasiones el curso natural de las cosas lo sitúa, para mayor sorpresa por su parte, por delante de los usos que están de moda. Los tratamientos dietéticos, por ejemplo, habían estado muy en boga en su juventud, y no sé de nadie que, como él, poseyera tantos conocimientos prácticos al respecto. Lo mismo le ocurría con los masajes, práctica con la que estaba más que familiarizado, cuando aún representaban toda una novedad para nuestra generación. Había realizado su aprendizaje en una época en que el instrumental era aún rudimentario, y en que los médicos se fiaban sobre todo de sus propios dedos. Posee una mano perfecta de cirujano, palma fuerte y dedos afilados, «con un ojo en la yema de cada uno de ellos». Nunca se me olvidará cuando el doctor Patterson y yo abrimos al diputado del condado sir John Sirwell, sin que llegáramos a dar con el cálculo. Fue un momento espantoso, del que dependían las carreras de ambos. En ese instante, el doctor Winter, a quien, por cortesía, habíamos rogado que estuviese presente durante la operación, introdujo un dedo en la incisión que, para nosotros, que teníamos los nervios a flor de piel, se nos antojó que medía no menos de nueve pulgadas, y retiró el cálculo.

—Nunca está de más llevar uno de éstos en el bolsillo del chaleco —dijo entre risas—, aunque me imagino que ustedes los jóvenes están muy por encima de todas estas zarandajas.

Lo elegimos presidente de nuestra especialidad de la British Medical Association, pero presentó la dimisión tras la primera reunión. «Estos jóvenes me superan con creces —aseguró-; no entiendo lo que dicen.» Sus pacientes, sin embargo, se encuentran muy a gusto, porque posee el don de curar, ese impulso magnético que es capaz de plantar cara a cualquier explicación o análisis, aunque no por eso sea menos evidente. Su sola presencia basta para que el paciente se sienta más esperanzado y con más ganas de vivir. La contemplación de la enfermedad le afecta tanto como los restos de polvo irritan y ponen de mal humor a un ama de casa hacendosa. «¡Vaya por Dios! ¡Esto no tiene buena pinta!», suele decir cuando aborda un nuevo caso. Si estuviera en sus manos, como si se tratara de una gallina que se hubiera colado de tapadillo, ahuyentaría la muerte de ese cuarto. Pero, cuando la intrusa se niega a verse desalojada, cuando la sangre circula con lentitud y al paciente se le enturbia la mirada, el doctor Winter es capaz de dar de sí más que cualquiera de los fármacos utilizados en cirugía. Los moribundos le toman de la mano, como si el contacto con esa vigorosa masa les infundiese más valor a la hora de afrontar el tránsito, y muchos han sido los enfermos para quienes la última impresión que se llevaron de este mundo fue la del rostro bondadoso y curtido por la intemperie del doctor Winter.

Cuando el doctor Patterson y yo, jóvenes ambos, rebosantes de energía y al corriente de los últimos avances, abrimos nuestra consulta en su mismo barrio, el anciano doctor nos recibió con los brazos abiertos: parecía más que encantado de que nos hiciésemos cargo de algunos de sus pacientes. Pero éstos, siguiendo esa censurable inclinación que tienen todos los enfermos, dejaron claro por dónde iban sus preferencias personales, de forma que, a pesar de nuestro moderno instrumental y de nuestros alcaloides más novedosos, nos vimos dejados de lado, mientras el doctor Winter recetaba sen y calomelanos por todo el condado. Patterson y yo sentíamos un enorme afecto por nuestro anciano colega pero, al mismo tiempo, en las conversaciones privadas que, en confianza, sosteníamos, no dejábamos de hacer comentarios acerca de su lamentable carencia de juicio.

—Es perfecto para la gente más humilde —aseguraba Patterson—, pero también las clases educadas tienen derecho a fiarse de un médico que sea capaz de distinguir un soplo en la válvula mitral del silbido de una bronquitis. Porque vale más una opinión acertada que un trato agradable.

Yo estaba completamente de acuerdo con los planteamientos de Patterson. Muy poco después, sin embargo, se produjo un brote epidémico de gripe, y todos tuvimos trabajo para dar y tomar. Una mañana, cuando iba a visitar a mis pacientes, me encontré con Patterson; me pareció que estaba pálido y extenuado. Por su parte, él me hizo idéntica observación. La verdad es que me sentía de todo menos bien, y me pasé la tarde tumbado en el sofá, aquejado de una fuerte jaqueca y con todas las articulaciones doloridas. Al caer la noche, hube de reconocer que también yo estaba aquejado de la gripe, y pensé que lo mejor sería que me viese un médico cuanto antes. Como es natural, Patterson fue el primero en quien pensé pero, por algún motivo, la idea de recurrir a Patterson se me hizo cuesta arriba. Pensé en su actitud fría y crítica, en las interminables preguntas que me haría, en las pruebas y palpaciones a las que me sometería. Lo que yo necesitaba era algo que tuviera un efecto más tranquilizador, algo más entrañable.

—Señora Hudson —le rogué a mi casera—, ¿sería usted tan amable de ir a ver al anciano doctor Winter y decirle que le agradecería mucho si se pasase a verme?

No tardó en regresar con la respuesta:

—El doctor Winter vendrá dentro de una hora más o menos, señor, porque acaba de recibir un aviso para ir a ver al doctor Patterson.

LA PRIMERA OPERACIÓN

Era el primer día del primer semestre del curso; un estudiante de tercero iba con otro de primero. Daban las doce en el campanario de Tron Church.

—O sea —decía el estudiante de tercero— que nunca has presenciado una operación.

—Jamás.

—En ese caso, acompáñame. Vamos al renombrado bar de Rutherford. Por favor, una copa de jerez para el caballero. Estás acobardado, ¿no es así?



—Mucho me temo que tengo los nervios desatados.

—¡Qué se le va a hacer! A ver, otra copa de jerez para el caballero. Ahora vamos a presenciar una operación, ¿te das cuenta?

El novato se encogió de hombros y apuntó un gesto de bravura con tal de parecer indiferente.

—Espero que no sea demasiado duro, ¿verdad?

—Bueno, se trata de una operación seria.

—¿Quizá... una amputación?

—No; algo mucho más arriesgado.

—Creo... creo que me esperan en casa.

—No hay que tener miedo. Si no asistes hoy, tendrás que hacerlo mañana. Más vale que te lo quites de encima cuanto antes. ¿Te encuentras con ánimos?

—Faltaría más. —Pero la sonrisa que esbozó no surtió el efecto deseado.

—Pues otra copa de jerez. Y ahora vayámonos o llegaremos tarde, porque me gustaría que estuvieses en primera fila.

—No creo que sea imprescindible.

—¡Claro que sí! Es mucho mejor. No sabes la cantidad de estudiantes que hay. Y la mayoría son también novatos. Se los reconoce a la legua, ¿no te parece? Porque están más lívidos que si los fueran a operar a ellos.

—Confío en no ponerme tan pálido.

—Mira, lo mismo me pasó a mí. Pero es una sensación que desaparece en seguida. Un día ves a alguien con una cara tan blanca como una escayola y, antes de que acabe la semana, ya lo ves tomando el almuerzo en las salas de disección. En cuanto lleguemos al anfiteatro, te contaré de qué se trata.

Una multitud de estudiantes, con unos cuantos cuadernos de apuntes bajo el brazo, caminaba por la calle en pendiente que desembocaba en el hospital. Eran muchachos pálidos y asustados, recién salidos del instituto; también antiguos y curtidos repetidores, a quienes los de su promoción habían superado y dejado atrás. Una riada tan incesante como tumultuosa fluía desde la puerta de la universidad hasta el hospital. En cuanto a sus cuerpos y su forma de andar, parecían muchachos jóvenes, pero en la mayoría de aquellos rostros no se apreciaba una apariencia juvenil. Unos tenían aspecto de no comer lo suficiente; otros, de beber en exceso. Altos y bajos, vestidos con prendas de cheviot o de negro, de hombros redondeados, con gafas y delgados, se agolpaban a la puerta del hospital, entre un murmullo de pasos y un entrechocar de bastones, y se alineaban a ambos lados de la calle cuando, por los adoquines, aparecía un carruaje que conducía a algún cirujano de la plantilla.

—Habrá mucha gente en el quirófano de Archer —susurró el veterano, con emoción contenida—. Es genial ver cómo opera. Lo he visto trastear con una aorta hasta tal punto que me puse nervioso sólo de observarlo. Es por aquí; cuidado con las paredes enjalbegadas.

Pasaron por debajo de un arco, y siguieron adelante por un largo corredor enlosado, con puertas grises a ambos lados marcadas con un número. El novato, con los nervios a flor de piel, miraba a hurtadillas por las que estaban entreabiertas, y se sintió más tranquilo al observar chimeneas encendidas, hileras de lechos cubiertos con colchas blancas y un montón de láminas coloreadas que cubrían las paredes. El pasillo llegaba hasta una pequeña sala en la que había gente humildemente ataviada sentada en unos bancos. Un hombre joven, con un par de tijeras que le sobresalían en el bolsillo superior, como si de una flor se tratase, y un cuaderno en la mano, hablaba en susurros con aquellas personas y anotaba sus impresiones.

—¿Se trata de algo que merezca la pena? —preguntó el estudiante de tercero.

—Tendrías que haber estado aquí ayer —les dijo el interno que daba los pases, tras observarlos un instante—. Fue un día de los que no se olvidan: un aneurisma poplíteo, una fractura de Colles, una espina bífida, un absceso tropical y una elefantiasis. ¿Qué te parece lo que se nos vino encima de una sola tacada?

—Lamento habérmelo perdido. Pero seguro que habrá situaciones parecidas. ¿Qué le ocurre a ese señor mayor?

Sentado en la penumbra, sin parar de quejarse y balanceándose de atrás hacia delante, había un obrero que había sufrido un accidente. Junto a él, con una mano cubierta de curiosas y pequeñas ampollas blanquecinas, una mujer le acariciaba el hombro para darle ánimos.

—No está mal como forúnculo —dijo el interno, con el mismo talante con que un aficionado a las orquídeas le hubiera mostrado las flores que cultivaba a alguien que supiera apreciarlas—. Lo tiene en la espalda, pero aquí hay corriente, así que mejor no lo miramos, ¿verdad, papi? Pénfigo —observó, tan tranquilo, al tiempo que señalaba las manos desfiguradas de aquella mujer—. ¿Os apetece extraer un metacarpiano?

—No, gracias, hemos de ir al anfiteatro de Archer. Vamos allá —y se sumaron a la multitud que se dirigía al aula del afamado cirujano.

Las gradas de bancos que, en forma de herradura, ascendían desde el suelo hasta el techo ya estaban repletas y, al entrar, el novato contempló frente a él unas imprecisas hileras curvas de rostros, al tiempo que escuchaba el zumbido de un centenar de voces y una risa que sobresalía en algún sitio por encima de su cabeza. Su compañero se fijó en que había un hueco en la segunda fila y, apretados, se acomodaron allí los dos.

—Fantástico —musitó el veterano-; podrás observarlo todo de maravilla.

Una sola hilera de cabezas era lo que se interponía entre ellos y la mesa de operaciones. Era de pino natural, lisa, fuerte, escrupulosamente limpia y cubierta hasta la mitad con una sábana impermeabilizada; debajo de ella, un enorme barreño de estaño lleno de serrín. En el otro extremo de la sala, junto a la ventana, se veía una mesita repleta de instrumentos relucientes, pinzas, erinas, sierras, cánulas y trocares. A un lado, había una serie de instrumentos cortantes, de hojas largas, finas y delicadas. Dos jóvenes se afanaban delante de la mesita: uno ensartaba unas agujas, mientras el otro manipulaba un objeto parecido a una cafetera de latón del que salían vaharadas de vapor.

—El alto y calvo que está en primera fila es Peterson —susurró el veterano—. Es especialista en injertos de piel. El otro es Anthony Browne, que llevó a cabo una extirpación de laringe el invierno pasado. Aquel otro es Murphy, el patólogo, y el de más allá, Stoddart, oftalmólogo. Pronto los conocerás a todos.

—¿Quiénes son los dos hombres que están al lado de la mesita?

—Nadie. Sólo enfermeros. Uno se encarga del instrumental, y el otro vigila a Billy el que resopla. Como ya sabrás, se trata de un pulverizador de antiséptico de Lister, porque Archer es partidario de recurrir al ácido fénico, mientras que Hayes encabeza el movimiento de quienes preconizan sólo limpieza y agua fría. No pueden ni verse.

Cuando, acompañada por dos enfermeras, hizo su aparición una mujer en enaguas y sujetador, de los bancos atestados surgió un murmullo de sorpresa. Llevaba el cuello y la cabeza envueltos en una bufanda roja de lana, bajo la que se apreciaba el rostro de una mujer en la flor de la vida, aunque con visibles marcas de sufrimiento y una llamativa tez cerúlea. Llevaba la cabeza gacha al tiempo que andaba, mientras una de las enfermeras, que la sujetaba por la cintura, le musitaba palabras de consuelo al oído. Al pasar echó un rápido vistazo de reojo a la mesa en la que reposaba el instrumental, pero las enfermeras la apartaron de allí.

—¿Qué le ocurre? —preguntó el novato.

—Cáncer de parótida. Se trata de algo muy grave, porque se extiende justo por detrás de las arterias carótidas. Sólo un hombre como Archer se atrevería a operarla. Pero, mira, ahí lo tienes.

Al tiempo que lo decía, un hombre menudo, nervioso y de pelo cano irrumpió en el aula dando grandes zancadas y frotándose las manos. Tenía el rostro rasurado tan al rape como un oficial de la Armada, unos ojos grandes y chispeantes, y unos labios finos, pero firmes. Tras él apareció el cirujano titular, un hombre grueso, con unas lentes relucientes, seguido por una comitiva de enfermeros que se dispersó en grupos por los rincones del recinto.

—Señores —exclamó el cirujano, con una voz tan fuerte y enérgica como sus propios modales—, nos encontramos con un interesante caso de un tumor en la parótida, que comenzó como una excrecencia cartilaginosa, pero que se ha convertido en maligno, por lo que lo más aconsejable es proceder a extirparlo. ¡Enfermera, póngala en la camilla! ¡Gracias! ¡A ver, el cloroformo! ¡Gracias! Ya puede retirarle la bufanda, enfermera.

Cuando recostaron a la mujer en la almohada impermeabilizada, el mortal tumor quedó a la vista. A primera vista, con aquel blanco marfileño, entre un amasijo de venas azuladas y con una trayectoria delicadamente arqueada desde la mandíbula hasta el pecho, resultaba precioso. Pero aquel rostro afilado y amarillento y aquel cuello fibroso ofrecían un estremecedor contraste con tan monstruosa masa redonda y lustrosa. El cirujano la rodeó con las manos, y la desplazó lentamente hacia atrás y hacia delante.

—Hay un único punto de adherencia, caballeros —exclamó—, pero el tumor ha afectado a la carótida y a la yugular, y se extiende por detrás de la articulación maxilofacial, y ahí será donde tengamos que limpiar. Es imposible saber, en consecuencia, lo profunda que habrá de ser la incisión que practiquemos. ¡El instrumental con el ácido fénico! ¡Gracias! ¡Gasas impregnadas de ácido fénico, por favor! Adelante con el cloroformo, señor Johnson. Tenga la sierra pequeña preparada, por si fuera necesario extirparle la mandíbula.

Bajo el paño con el que le habían cubierto el rostro, la paciente gemía suavemente. Intentó alzar los brazos y doblar las piernas, pero dos enfermeros se lo impidieron. Saturada como estaba de penetrantes olores a ácido fénico y cloroformo, la atmósfera que allí se respiraba resultaba agobiante. Un grito ahogado brotó por debajo de aquel paño, seguido de los versos de una canción, entonada con voz aguda, temblorosa y monótona.

Él nunca deja de insistir:

si conmigo quieres venir,

un carrito de helados

te regalaré, te regalaré...

La voz se convirtió en un sonsonete, hasta que se extinguió. El cirujano dio un paso adelante, sin dejar de frotarse las manos y se dirigió a un hombre mayor que estaba sentado delante del novato.

—El Gobierno ha salido de ésta por los pelos —comentó.

—Por diez votos; no está mal.

—Que no cuenten con ellos mucho tiempo. Lo mejor que podrían hacer es dimitir antes de verse obligados a hacerlo.

—Yo, en su lugar, afrontaría la situación.

—¿Para qué? No obtendrán la aprobación de la comisión, aunque consigan los votos de la Cámara. Lo comentaba con...

—Doctor, la paciente está preparada —dijo el enfermero.

—... Con MacDonald, pero mejor se lo cuento dentro de un rato —y se acercó a la enferma, que respiraba con largos y profundos jadeos—. Voy a tratar de practicar —dijo, mientras pasaba la mano de forma casi acariciante por encima del tumor— una incisión sobre el límite posterior, y otra más, perpendicular a la primera, que llegue hasta la parte inferior. ¿Le importaría pasarme un bisturí de los medianos, señor Johnson?

Con unos ojos horrorizados y como platos, el novato observó cómo el cirujano se hacía con un largo y reluciente escalpelo, lo introducía en una palangana de estaño y lo movía entre los dedos, igual que hace un pintor con el pincel. Vio, a continuación, cómo, con la mano izquierda, pellizcaba la piel que cubría el tumor. Al contemplar aquello, los mismos nervios que ya había puesto a prueba una o dos veces aquel día se le desataron por completo. La cabeza comenzó a darle vueltas, y pensó que iba a desmayarse allí mismo. No se atrevía a mirar a la paciente; apretó los pulgares contra los oídos para no tener que escuchar ningún grito que lo asustase, y no apartó la vista del reborde de madera que tenía enfrente. De sobra sabía que una mirada o un grito bastarían para acabar con aquella pizca de dominio de sí mismo que aún conservaba. Intentó pensar en grillos, en verdes praderas, en arroyos cantarines, en sus hermanas que se habían quedado en casa, en cualquier cosa con tal de no prestar atención a lo que estaba sucediendo a un paso de donde estaba.

Sin saber cómo, sin embargo, y a pesar de tener los oídos tapados, le pareció que llegaba a captar determinados sonidos que trataban de decirle algo. Escuchó, o creyó que eso era lo que pasaba, el prolongado silbido de la máquina del ácido fénico. Se dio cuenta, a continuación, de que los enfermeros se movían. ¿Acaso no escuchaba también unos gemidos, un ruido uniforme aún más horroroso y sugerente? Seguía de memoria cada uno de los pasos de la operación y, en su imaginación, se los representaba aún más aterradores de lo que eran en realidad. Los nervios lo reconcomían por dentro, lo desazonaban. El mareo iba en aumento en cuestión de minutos, y la angustia le paralizaba el corazón, que le daba vuelcos. Hasta que, con un gemido, acabó por desplomarse; la cabeza se le fue hacia delante, y se golpeó con fuerza la frente contra el estrecho reborde de madera que tenía enfrente.

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