La lección fue representada por primera vez en el Théátre de Foche el 20 de febrero de 1951



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LA LECCIÓN

Drama cómico

La lección fue representada por primera vez en el Théátre de Foche el 20 de febrero de 1951.

La puesta en escena estuvo a cargo de Marcel Cuvelier.

PERSONAJES

el profesor, 50 a 60 años. Marcel Cuvelier.

la joven alumna, 18 años. Rosette Zuchelli.

la sirvienta, 45 a 50 años. Claude Mansard.

DECORACIÓN



El gabinete de trabajo, que sirve también de comedor, del viejo profesor.

A la izquierda de la escena una puerta que da a las escaleras del edificio; en el fondo, a la derecha de la escena, otra puerta que lleva a un pasillo del departamento.

En el fondo, un poco a la izquierda, una ventana, no muy grande, con cortinas sencillas; en el borde exterior de la ventana macetas de flores vulgares.

Se ven, a lo lejos, casas bajas con tejados rojos: la pequeña ciudad. El cielo es de un color azul grisáceo. A la derecha, un aparador rús­tico. La mesa sirve también como escritorio; se halla en medio de la habitación. Tres sillas alrededor de la mesa, otras dos a ambos lados de la ventana, el papel de las paredes claro y algunos anaqueles con libros.

Al levantarse el telón, el escenario está vacío y sigue así durante bastante tiempo. Luego se oye la campanilla de la puerta de entrada. Se oye la:

Voz de la sirvienta (entre bastidores). — Sí. Inmediatamente.



En seguida aparecen en escena LA sirvienta, que ha bajado corrien­do las escaleras. Es robusta; de 45 a 50 años, coloradota y lleva toca de campesina. Entra como un vendaval, hace que la puerta golpee tras ella, se enjuga las manos en el delantal mientras se oye sonar por segunda vez la campanilla.

la sirvienta. — Paciencia, ya voy. (Abre la puerta. Aparece la joven. alumna, de 18 .años. Delantal blanco, pequeño cuello blan­co, carpeta bajo el brazo.) Buenos días, señorita.

la alumna. — Buenos días, señora. ¿El profesor está en casa?

la sirvienta. — ¿Es para la lección?

la alumna. — Sí, señora.

la sirvienta. — Le espera. Siéntese un momento mientras voy a

avisarle.



la alumna. — Gracias, señora.

Su sienta junto a la mesa, de cara al público; a su izquierda queda la puerta de entrada; ella da la espalda a la otra puerta, por la que siempre, apresuradamente, sale la sirvienta, quien llama:

la sirvienta. — Señor, haga el favor de bajar. Ha llegado su alumna. voz del profesor (un poco alfeñicada). — Gracias. Ya bajo... dentro de dos minutos.

La sirvienta sale; la alumna, con las piernas recogidas y la car­peta en las rodillas, espera graciosamente; lanza una o dos miradas a la habitación, los muebles y también al techo; después saca de la carpeta un cuaderno, que ojea, y se detiene más tiempo en una página, tanto para repasar la lección como para lanzar una última ojeada a sus deberes. Parece una muchacha cortés, bien educada, pero muy vivaz, alegre y dinámica. Tiene una sonrisa fresca en los labios. Durante el drama que se va a representar disminuirá progre­sivamente el ritmo vivo de sus movimientos, irá abandonando su apostura, dejará de mostrarse alegre y sonriente para ponerse cada vez más triste y taciturna. Muy animada al principio, se mostrará cada vez más fatigada y soñolienta. Hacia el final del drama su rostro deberá expresar claramente un abatimiento nervioso, su ma­nera de hablar lo dejará ver, su lengua se hará pastosa, las palabras acudirán con dificultad a su memoria y saldrán de su boca también con dificultad; parecerá vagamente paralizada, con un comienzo de afasia. Voluntariamente al principio, hasta parecer casi agresiva, se hará cada vez mes pasiva, hasta no ser más que un objeto blando e inerte, al parecer inanimado, entre las manos del profesor, hasta el punto de que cuando éste llegue a hacer el gesto final, la alumna no reaccionará; insensibilizada, carecerá ya de reflejos; sólo sus ojos, en un rostro inmóvil, expresarán un asombro y un terror indecibles. El paso de un comportamiento al otro se deberá hacer, por supuesto, insensiblemente.

El profesor entra. Es un viejecito de barbita blanca. Lleva bi­nóculos, y viste birrete negro, larga blusa negra de maestro de escue­la, pantalones y zapatos negros, cuello postizo blanco y corbata negra. Excesivamente cortés, muy tímido, con la voz amortiguada por la timidez, muy correcto, muy profesor. Se frota constantemente las manos; de vez en cuando tiene un brillo lúbrico en los ojos, rápida­mente reprimido.

Durante el transcurso del drama, su timidez desaparecerá progresivamente, insensiblemente; los fulgores lúbricos de sus ojos terminarán convirtiéndose en una llama devoradora, ininterrumpida. De aspecto más que inofensivo al comienzo de la acción, el profesor se mostrará cada vez más seguro de sí mismo, nervioso, agresivo, dominante, hasta hacer lo que quiere con su alumna, convertida entre sus manos en una pobre cosa. Evidentemente la voz del profesor deberá trans­formarse también, de débil y alfeñicada, en una voz cada vez más fuerte y, al final, extremadamente potente, retumbante, sonora como un clarín, en tanto que la voz de la alumna se hará casi inaudible, de muy clara y bien timbrada que habrá sido al comienzo del drama. En las primeras escenas el profesor tartamudeará, muy ligeramen­te, quizás.

el profesor. — Buenos días, señorita... ¿Usted es... usted es, verdad, la nueva alumna?

la alumna (se vuelve vivamente, con mucha desenvoltura, como muchacha mundana; luego se levanta, avanza hacia el profesor y le tiende la mano). — Sí, señor. Buenos días, señor. Como ve, he venido a la hora. No he querido retrasarme.

el profesor. — Está bien, señorita. Gracias, pero no tenía que apresurarse. No sé cómo disculparme por haberla hecho esperar... Terminaba justamente... de... Me disculpo... Usted me per­donará...

la alumna. — No es necesario, señor. Nada malo hay en ello, señor.

el profesor. — Mis excusas... ¿Le ha costado encontrar la casa?

la alumna. — De ningún modo. Además he preguntado. Aquí le conocen todos.

el profesor. — Hace ya treinta años que vivo en esta ciudad. Us­ted no lleva en ella mucho tiempo. ¿Qué le parece?

la alumna. — No me desagrada ni mucho menos. Es una ciudad linda, agradable, con un hermoso parque, un colegio, un obispo, buenas tiendas, calles, avenidas...

el profesor. — Así es, señorita. Sin embargo, preferiría vivir en otra parte: en París, o por lo menos en Burdeos.

la alumna. — ¿Le gusta Burdeos?

el profesor. — No lo sé. No lo conozco.

la alumna. — ¿Pero conoce París?

el profesor. — Tampoco, señorita, pero, si usted me permite, ¿po­dría decirme si París es la capital de... la señorita?

la alumna (busca durante un instante y luego contesta, feliz por saberlo). — París es la capital... de Francia...

el profesor. — Así es, señorita. ¡Bravo, muy bien, perfecto! Le felicito. Usted conoce su geografía nacional al dedillo. Sus capi­tales.

la alumna. — ¡Oh!, no las conozco todas todavía, señor; no es tan fácil, me cuesta aprenderlas.

el profesor — Oh, ya las aprenderá... Valor, señorita... Hay que tener paciencia... poco a poco... Verá usted cómo las aprenderá... Hoy hace buen tiempo... o más bien no tan bue­no. .. Oh, sí, a pesar de todo... En fin, no hace un tiempo demasiado malo, y eso es lo principal... No llueve, ni nieva.

la alumna. — Eso sería sorprendente, pues estamos en verano.

el profesor. — Discúlpeme, señorita, yo iba a decírselo... pero usted sabe que se puede esperar todo.

la alumna. — Evidentemente, señor.

el profesor. — En este mundo, señorita, no podemos estar segu­ros de nada.

la alumna. — La nieve cae en el invierno. El invierno es una de las cuatro estaciones. Las otras tres son... son... la pri...

el profesor. — ¿Sí?

la alumna. —...primavera, y luego el verano... y... y...

el profesor. — Comienza como otoño, señorita.

la alumna. — ¡Ah, sí, el otoño!

el profesor. — Eso es, señorita. Muy bien contestado, perfecto. Estoy convencido de que usted será una buena alumna. Progre­sará. Es inteligente, me parece instruida y tiene buena memoria.

la alumna. Conozco mis estaciones, ¿verdad, señor?

el profesor. — Claro que sí, señorita... o casi. Pero ya llegará. De todos modos, ya está bien. Usted llegará a conocer todas sus estaciones con los ojos cerrados, como yo.

la alumna. — Es difícil.

el profesor. — ¡Oh, no! Basta con un pequeño esfuerzo y buena voluntad, señorita. Ya verá. Eso llegará, esté segura.

la alumna. — ¡Cómo lo desearía, señor! ¡Estoy tan sedienta de instrucción! También mis padres desean que profundice mis conocimientos. Quieren que me especialice. Creen que una simple cultura general, aunque sea sólida, no basta en nuestra época.

el profesor. — Sus padres, señorita, tienen completa razón. Usted debe llevar adelante sus estudios. Le pido que me disculpe por decírselo, pero eso es necesario. La vida contemporánea se ha hecho muy compleja.

la alumna. — Y muy complicada. Mis padres son bastante ricos, en eso tengo suerte. Podrán ayudarme a trabajar, a hacer estu­dios muy superiores.

el profesor. — Y usted podría presentarse...

la alumna. — Lo más pronto posible, en el primer concurso de doctorado. Se realiza, dentro de tres semanas.

el profesor. — ¿Ha hecho ya su bachillerato, si me permite la pre­gunta?

la alumna. — Si, señor, soy bachiller en ciencias y bachiller en letras.

el profesor. — ¡Oh! Está usted muy adelantada, incluso dema­siado adelantada para su edad. ¿Y en qué quiere doctorarse: en ciencias materiales o filosofía normal?

la alumna. — Mis padres desearían, si usted cree que eso es posi­ble en tan poco tiempo, que obtenga el doctorado total.

el profesor. — ¿El doctorado total?... Es usted muy valiente, señorita, y le felicito sinceramente. Procuraremos, señorita, hacer todo lo que podamos. Por otra parte, usted sabe ya mucho, a pesar de ser tan joven.

la alumna. — ¡Oh, señor!

el profesor. Entonces, si usted me lo permite, y le ruego que me disculpe, le diré que hay que ponerse a trabajar. Apenas te­nemos tiempo que perder.

la alumna. — Al contrario, señor, yo también lo deseo. E incluso se lo ruego.

el profesor. — Entonces, ¿puedo rogarle que se siente?... Ahí... ¿Me permite, señorita, si no ve en ello inconveniente, que me siente frente a usted?

la alumna. — Por supuesto, señor. Se lo ruego.

el profesor. — Muchas gracias, señorita. (Se sientan a la mesa, el uno frente al otro, de perfil a la sala.) Ya está. ¿Tiene sus libros, sus cuadernos?

la alumna (sacando cuadernos y libros de m carpeta). — Sí, señor. Por supuesto, tengo aquí todo lo necesario.

el profesor. Muy bien, señorita. Perfecto. Entonces, si eso no le molesta, ¿podemos comenzar?

la alumna. — Sí, señor, estoy a su disposición.

el profesor. — ¿A mi disposición? (Fulgor en los ojos rápida­mente extinguido y un gesto que reprime.) Oh, señorita, soy yo quien está a su disposición. No soy sino su servidor.

la alumna. — ¡Oh, señor!

el profesor. — Si usted quiere... entonces... nosotros... nos­otros... yo... yo comenzaré haciendo un examen sumario de sus conocimientos pasados y presentes, a fin de despejar el camino futuro... Bueno. ¿Cómo va su percepción de la pluralidad?

la alumna. — Es bastante vaga... confusa.

el profesor. — Bueno. Vamos a ver eso.

Se frota las manos. Entra la sirvienta, lo que parece irritar al profesor; se dirige al aparador y busca, algo, demorándose.

el profesor. — Veamos, señorita. ¿Quiere que hagamos un poco de aritmética, si no tiene inconveniente?

la alumna. — Sí por cierto, señor. En verdad, no deseo otra cosa.

el profesor. — Es una ciencia bastante nueva, una ciencia moder­na; hablando propiamente, es más bien un método que una cien­cia... Es también una terapéutica. (A la sirvienta.) María, ¿no ha terminado aún?

a sirvienta. — Sí, señor. Ya he encontrado el plato y me voy.

el profesor. — Dése prisa. Vaya a su cocina, por favor.

la sirvienta. — Sí, señor. Ya voy. Falsa salida de la sirvienta.

la sirvienta. — Discúlpeme, señor, pero tenga cuidado. Le reco­miendo la calma.

el profesor. — Es usted ridícula, María. No se preocupe.

la sirvienta. — Siempre se dice eso.

el profesor. — No admito sus insinuaciones. Sé perfectamente cómo debo conducirme. Soy bastante viejo para eso.

la sirvienta. — Precisamente, señor. Haría mejor si no comenzase por la aritmética con la señorita. La aritmética fatiga, enerva.

el profesor. — Más a mi edad. ¿Pero quién la mete en lo que no le importa? Este es asunto mío. Y lo conozco. Su lugar no está aquí.

la sirvienta. — Está bien, señor. No dirá que no le he advertido.

el profesor. — María, no necesito sus consejos.

la sirvienta. — Hágase la voluntad del señor. Sale.

el profesor. — Perdóneme, señorita, por esta estúpida interrup­ción... Disculpe a esa mujer. Teme constantemente que me fa­tigue. Vela por mi salud.

la alumna.— ¡Oh, todo está disculpado, señor! Eso prueba que le es leal y que le estima. Las buenas sirvientas son raras.

el profesor. — Pero exagera. Su temor es estúpido. Volvamos a nuestras matemáticas.

la alumna. — Le sigo, señor.

el profesor (ingenioso). — Pero sin levantarse de la silla.

la alumna (que aprecia el chiste). — Como usted, señor.

el profesor. — Bueno. Aritmeticemos un poco.

la alumna. — Con mucho gusto, señor.

el profesor. — ¿No le molesta decirme...?

la alumna. — De ningún modo, señor, continúe.

el profesor. — ¿Cuántos son uno y uno?

la alumna. — Uno y uno son dos.

el profesor (admirado por la sabiduría de la alumna). — ¡Oh, muy bien! Me parece muy adelantada en sus estudios. Obtendrá fácil­mente su doctorado total, señorita.

la alumna. Lo celebro, tanto más porque es usted quien lo dice.

el profesor. — Sigamos adelante: ¿cuántos son dos y uno?

la alumna. — Tres.

el profesor. — ¿Tres y uno?

la alumna. — Cuatro.

el profesor. — ¿Cuatro y uno?

la alumna. — Cinco.

el profesor. — ¿Cinco y uno?

la alumna. — Seis.

el profesor. — ¿Seis y uno?

la alumna. — Siete.

el profesor. — ¿Siete y uno?

la alumna. — Ocho.

el profesor. — ¿Siete y uno?

la alumna. — Ocho... bis.

el profesor. — Muy buena respuesta. ¿Siete y uno?

la alumna. — Ocho... triplicado.

el profesor. — Perfecto. Excelente. ¿Siete y uno?

la alumna. — Ocho... cuadruplicado. Y a veces nueve.

el profesor. — ¡Magnífica! ¡Es usted magnífica! ¡Es usted exqui­sita! Le felicito calurosamente, señorita. No merece la pena de continuar. En lo que respecta a la suma es usted magistral. Vea­mos la resta. Dígame solamente, si no está agotada, cuántos son cuatro menos tres.

la alumna.— ¿Cuatro menos tres?... ¿Cuatro menos tres?

el profesor. — Sí. Quiero decir: quite tres de cuatro.

la alumna. — Eso da... ¿siete?

el profesor. —'Perdóneme si me veo obligado a contradecirle. Cua­tro menos tres no dan siete. Usted se confunde: cuatro más tres son siete, pero cuatro menos tres no son siete... Ahora no se trata de sumar, sino de restar.

la alumna (se esfuerza por comprender). — Sí... sí...

el profesor. — Cuatro menos tres son: ¿Cuánto?... ¿Cuánto?

la alumna. — ¿Cuatro?

el profesor. — No, señorita, no es eso.

la alumna. — Entonces, tres.

el profesor. — Tampoco, señorita... Perdóneme, pero debo decír­selo: no es ésa la respuesta... Discúlpeme.

la alumna. — Cuatro menos tres... Cuatro menos tres... ¿Cua­tro menos tres? ¿No son diez?

el profesor. — No, ciertamente, no lo son, señorita. Pero además no se trata de adivinar, sino de razonar. Procuremos deducirlo juntos. ¿Quiere usted contar?

la alumna. — Sí, señor. Uno... dos... tres...

el profesor. — ¿Sabe usted contar bien? ¿Hasta cuántos sabe us­ted contar?

la alumna. — Puedo contar... hasta el infinito.

el profesor. — Eso es imposible, señorita.

la alumna. — Entonces, digamos hasta dieciséis.

el profesor. — ¡Eso basta. Hay que saber limitarse. Cuente, pues, por favor, se lo ruego.

la alumna. — Uno... dos... y después de dos, vienen tres... cuatro...

el profesor. — Deténgase, señorita. ¿Qué número es mayor: el tres o el cuatro?

la alumna. — ¿Es?... ¿El tres o el cuatro? ¿Cuál es mayor? ¿El mayor de tres o cuatro? ¿En qué sentido el mayor?

el profesor. — Hay números más pequeños y números más gran­des. En los números más grandes hay más unidades que en los pequeños...

la alumna. — ¿Que en los números pequeños?

el profesor. — A menos que los pequeños tengan unidades me­nores. Si son muy pequeñas, es posible que haya más unidades en los números pequeños que .en los grandes... si se trata de otras unidades.

la alumna. — En ese caso, ¿los números pequeños pueden ser ma­yores que los grandes?

el profesor. — Dejemos eso. Nos llevaría mucho más lejos. Sepa únicamente que no sólo hay números. Hay también dimensiones, sumas, grupos, montones, montones de cosas tales como las cirue­las, los coches, las ocas, los pepinos, etcétera. Supongamos sim­plemente para facilitar nuestro trabajo que no tenemos más que números iguales: los mayores serán los que tengan más unidades, iguales.

la alumna. — ¿El que tenga más será el más grande? ¡Ah, com­prendo, señor! Usted identifica la calidad con la cantidad.

el profesor. — Eso es demasiado teórico, señorita, demasiado teó­rico. No tiene por qué preocuparse de ello. Tomemos nuestro ejemplo y razonemos sobre ese caso concreto. Dejemos para más tarde las conclusiones generales. Tenemos el número cuatro y el número tres, cada uno de ellos con un número igual de unidades. ¿Qué número será mayor, el número más pequeño o el número más grande?

la alumna. — Discúlpeme, señor. ¿Qué entiende usted por el nú­mero mayor? ¿El menos pequeño que el otro?

El, profesor. — Eso es, señorita. ¡Perfecto! Me ha comprendido muy bien.



la alumna. — Entonces, es el cuatro,

el profesor. — ¿Qué es el cuatro? ¿Mayor o menor que el tres?

la alumna. — Menor..., no, mayor.

el profesor. — Excelente respuesta. ¿Cuántas unidades hay entre tres y cuatro? ¿O entre cuatro y tres, si usted prefiere?

la alumna. — No hay unidades, señor, entre tres y cuatro. El cua­tro viene inmediatamente después del tres, ¡pero no hay nada ab­solutamente entre el tres y el cuatro!

el profesor. — Me he explicado mal. La culpa es mía, sin duda. No he sido bastante claro.

la alumna. — No, señor, la culpa es mía.

el profesor. — Escuche. He aquí tres fósforos. Y aquí otro más, en total cuatro. Ahora observe bien; usted tiene cuatro, yo retiro uno, ¿cuántos le quedan? No se ven los fósforos ni ninguno de los objetos de que habla. El profesor se levantará de la mesa y escribirá en una pizarra inexistente con una tiza inexistente, etcétera.

la alumna. — Cinco. Si tres y uno hacen cuatro, cuatro y uno hacen cinco.

el profesor. — No es eso, no es eso en modo alguno. Usted tiende siempre a sumar. Pero también hay que restar. No sólo es nece­sario integrar, también hay que desintegrar. Eso es la vida. Eso es la filosofía. Eso es la ciencia. Eso son el progreso y la civi­lización.

la alumna. — Sí, señor.

el profesor. — Volvamos a nuestros fósforos. Tengo cuatro de ellos. Como usted ve, son cuatro. Quito uno, y ya sólo quedan...

la alumna. — No sé cuántos, señor.

el profesor. — Vamos, reflexione. Admito que no es fácil, pero usted es lo bastante culta para que pueda hacer el esfuerzo inte­lectual necesario y llegue a comprender. ¿Entonces?

la alumna. — No llego a comprenderlo, señor. No lo sé, señor.

el profesor. — Tomemos ejemplos más sencillos. Si usted tuviese dos narices y yo le arrancase una, ¿cuántas le quedarían?

la alumna. — Ninguna.

el profesor. — ¿Cómo ninguna?

la alumna. — Sí, precisamente porque usted no me ha arrancado ninguna es por lo que tengo una ahora. Si usted me la hubiese arrancado, ya no la tendría.

el profesor. — No ha comprendido mi ejemplo. Suponga que no tiene más que una oreja.

la alumna. — Sí. ¿Y después?

el profesor. — Yo le agrego otra. ¿Cuántas tendrá entonces?

la alumna. — Dos.

el profesor. — Está bien. Y si le agrego otra más, ¿cuántas tendrá?
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