La investigación Urbana en América Latina: las ideas y su Contexto (1989) Introducción1



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La investigación Urbana en América Latina: las ideas y su Contexto (1989)


1. Introducción1
Ante la tarea de editar le volumen de la serie sobre La Investigación Urbana en América Latina2, referido a las ideas sobre lo urbano y su contexto, la definición misma del tema, por su vaguedad inicial, plantea varios problemas. Así, parece necesario empezar por justificar el significado ambiguo que los términos “ideas”, “contexto” y “urbano” tendrán en este trabajo.
Por “urbano” podríamos estar refiriéndonos a lo empíricamente dado como “urbano”, o bien a un determinado “objeto” de investigación, construido según un determinado marco teórico. Entre los autores aquí incluidos predomina el segundo de los usos del término, aunque sin referencia a un sistema teórico común.
En cuanto a “las ideas”, podríamos referirnos a las ideas que pretenden ser científicas o en general al pensamiento social, cualquiera sea su método de producción, incluyendo las concepciones del conocimiento ordinario, compartidas por amplios sectores de la población, la literatura, las artes en general, el discurso de los políticos y otros actores sociales (como los “comunicadores”, por ejemplo). En los trabajos referidos aquí predomina el primer sentido, aunque por momentos se haga referencia al discurso “tecnológico” de agentes estatales o de otros organismos3.
Finalmente, en cuanto al “contexto”, éste tiene dos connotaciones claramente diversas: el contexto real constituido por los procesos de orden local, nacional, regional o mundial, es decir las situaciones sociales que se fueron dando a la vez que iban modificándose las ideas, y el contexto ideal, es decir el conjunto más amplio de ideas socialmente vigentes: sobre lo social en general, sobre el Estado, sobre la planificación, etc. El contenido de los trabajos nos llevará a referirnos con igual importancia a uno u otro sentido del contexto de las ideas sobre lo urbano.
De los siete trabajos compilados en este volumen, tres son prácticamente las versiones originales presentadas al seminario (Topalov, Pradilla, Coraggio), otro es una versión largamente ampliada de la original (Hardoy), dos fueron encargados especialmente para este volumen (Federico y Roberts, Lattes), a los que se agrega un trabajo reciente de Portes. La relación de esos trabajos con la producción de ideas en el período estudiado es variable. El trabajo de Federico y Roberts ha cubierto sistemáticamente los trabajos sobre planificación publicados en algunas revistas científicas, en particular la de la SIAP. El trabajo de Hardoy se refiere a un amplio espectro de la producción científica del período. El de Topalov hace lo propio para la literatura francesa. Mi propio trabajo4 se apoya en la lectura de las ponencias presentadas al seminario (las incluidas en este volumen y la mayoría de las que entraron en los volúmenes 1 y 2 de la serie), que a su vez fueron intentos de cubrir la temática entrando sea por temas o por países. Finalmente, los trabajos de Pradilla, Lattes y Portes hacen referencia a bibliografías más específicas, relativas a los temas de la crisis, los aspectos demográficos y los estudios relativos al empleo urbano y temas vinculados. En conjunto y de manera directa o indirecta, nos estamos apoyando entonces en una revisión bastante amplia de las ideas producidas en el período de tres décadas.
Sin embargo, la limitación de partir de trabajos realizados sin una metodología o al menos un objetivo común, hace que las generalizaciones a que podemos llegar sobre el tema deban ser tomadas como hipótesis de trabajo. Por ello, la tarea de investigar cómo se gestaron, evolucionaron, transformaron o conservaron los diversos tipos de ideas sobre lo urbano, y sus relaciones con los contextos ideal y real, quedará apenas esbozada.
2. La inscripción social de las ideas sobre lo urbano
2.1. Cientificidad y eficacia de las ideas
Este seminario estuvo dedicado a una recapitulación de la historia de la investigación urbana en América Latina. Sin embargo, no se puso como condición el acotar nuestras discusiones a trabajos sobre los que pudiera acordarse previamente el carácter científico. Porque ni la mera intención de los investigadores ni el cumplimiento de ciertos aspectos formales del discurso sobre lo urbano5 garantizan su cientificidad. Dudar sobre la cientificidad de lo presentado y analizado por los participantes como producción científica de estas últimas décadas, hubiera implicado abrir la cuestión de los métodos de comprensión de la realidad urbana y del estatuto de esa realidad, asuntos que fueron soslayados de hecho.
Para una perspectiva centrada en la acción, esta cuestión puede parecer superflua. Las ideas, concebidas como guía para las diversas prácticas de producción o regulación de lo urbano, pueden ser eficaces aunque sean falsas, o ineficaces a pesar de ser consideradas verdaderas desde una perspectiva científica. Por otra parte, el término “investigación” a secas incluye formas muy diversas de producir ideas sobre lo urbano, desde la actividad protocientífica dedicada a ordenar campos de datos en el marco de visiones asistemáticas hasta la especulación con escaso asidero empírico y, como caso especial (cuya superioridad está muy discutida en la actualidad) la investigación según métodos categorizados como científicos. Parecería entonces que mi preocupación atañe a un segmento particular de las ideas sobre lo urbano, que debe necesariamente ser complementado por el análisis de otros procesos de generación de ideas.
Aceptando lo anterior, creo que no debemos olvidar que las ideas no valen por sí mismas, y que uno de los criterios en la crítica de las ideas es el que se refiere a su adecuación a la realidad: su “verdad”. Si despreciamos todo criterio de verdad, a partir de argumentaciones pragmatistas, perderíamos mucho. Por ejemplo, perderíamos la posibilidad de orientar los futuros procesos de gestación y evaluación de ideas sobre lo urbano. La investigación dejaría de ser un trabajo para reducirse a una mera actividad, sin proyecto prefigurado, sin método.
No se trata, sin embargo, de limitarnos a examinar sólo las ideas pretendidamente científicas, negando toda eficacia a ideas resultantes de otro tipo de procesos, sino de ubicar las ideas científicas en el más amplio contexto ideal sobre lo urbano, para establecer cuál ha sido su función, sentido o eficacia relativa, y hacer lo propio con las ideologías, las nociones y representaciones producidas sin objetivo o con objetivos diversos6 al de la búsqueda de una creciente aproximación a la verdad. Pero esto hubiera requerido pasar las ideas por el cedazo de la diferenciación científico/no-científico.
Intentar esa discriminación hubiera llevado, por un lado, a determinar qué ideas estuvieron suficientemente justificadas por su contrastación con la realidad, por la solidez de su marco teórico, o al menos por el rigor del método con que habían sido producidas, para luego seguir su proceso de socialización y eventual rechazo o aceptación por el discurso y las prácticas del sector público o de otros agentes privilegiados en la escena urbana. Pero la necesidad de esa precisión no fue planteada desde el comienzo del seminario, y por ello los artículos incluidos en este volumen se refieren a trabajos de muy diverso carácter, desde ensayos y especulaciones teóricas de gran eclecticismo, hasta trabajos empíricos con escasa interpretación, y en contados casos se refieren a su utilización en prácticas sociales7.
Todo esto no es mero preciosismo, sino una condición cuyo incumplimiento limita las conclusiones que pueden extraerse del análisis del discurso sobre lo urbano. En primer lugar, porque nos enfrentamos a una masa de ideas indiferenciadas según su alcance; en segundo lugar porque establecer o suponer conexiones entre el discurso científico y la realidad, o entre el discurso científico y otros tipos de discurso, presupone cierto marco de interpretación dado por el método de producción del mismo. Así, si no se tiene resuelta previamente la cuestión de la cientificidad, se hace difícil evaluar la eficacia comparativa del discurso científico para incidir en las intervenciones de los actores sociales, o su capacidad para interpretar la cambiante realidad de las sociedades urbanas. O, al menos, no podríamos decidir si ello tuvo que ver con factores propios de la historia interna de esta disciplina o bien con el contexto cultural de la época8.
2.2. Cultura política y ciencia urbana
Se nos plantea entonces la cuestión acerca de la cultura predominante en el período considerado. Por ejemplo: ¿en qué medida formaba parte de la cultura política, como elemento de legitimidad de los gobernantes, el justificar sus decisiones según el mejor conocimiento científico de la época? Esa misma legitimidad, ¿requería una secuencia precisa entre teoría, diagnóstico y propuestas de acción, o podía lograrse eficazmente con un esquizofrénico apoyo a una investigación urbana considerada inútil, o mediante la mera adopción de su jerga, o a lo sumo la adopción acrítica de sus hipótesis?.
En esto habría que tener en cuenta niveles y mecanismos diversos. El período que se intenta cubrir incluye la época en que se desarrollan en América Latina las nuevas carreras científicas (fines de los 50 en adelante), en que el paradigma de la programación racional es impulsado no sólo por quienes oponían la racionalidad socialista a la capitalista, sino por organismos internacionales como la CEPAL, y por los nacientes BID, BM y AID, que reclamaban presentaciones sistemáticas y formalmente científicas en los pedidos de recursos.
Aún si afirmáramos cínicamente que el discurso de los gobernantes (burócratas y políticos) se “disfrazaba” de científico por razones puramente de imagen, deberíamos establecer por qué esa imagen tenía un valor político alto en esa época9. O bien podríamos afirmar la hipótesis de que la lógica de las decisiones tenía que ver más con el juego de fuerzas, con las presiones, con las representaciones concretas de intereses, antes que con una racionalidad que se suponía atendía al “interés general”.
3. Utopías racionales, Estado y sujeto social


    1. Ascender hasta el Estado

La investigación urbana fue inicialmente orientada por una gran hipótesis acerca del carácter racional o racionalizable de las decisiones públicas, centrada en el concepto-límite de una sociedad planificada según una racionalidad medios-fines colectivos (la función del bienestar). Ello permitió analizar los fenómenos de la urbanización, de la evolución de la vida urbana y de las políticas estatales a partir de su caracterización como situaciones consideradas aberrantes, distorsionadas o irracionales, que necesitaban correctivo según el modelo idealizado.


De hecho, la investigación urbana fue campo propicio para una discusión –usando crecientemente la jerga científica- sobre órdenes sociales: el actual y el utópico. A esta tarea podían igualmente abocarse posiciones contrapuestas, como las corrientes neoclásica y la marxista. Aún cuando no llegaran a las mismas conclusiones ni hicieran las mismas propuestas, todas parecían empeñadas en poner su cientificidad, orientada por un modelo ideal propio, al servicio del poder estatal.
Así, los investigadores progresistas visualizaron la posibilidad del cambio a través de la ilustración de los gobernantes, y el sentido del cambio estuvo dado por una utopía racional-igualitarista, en lucha contra quienes planteaban que esa racionalidad debía ser provista automáticamente por el funcionamiento sin trabas del mercado. En esa pugna se levantó la bandera de la planificación a cargo del Estado (la descentralización aparecía fundamentalmente como un aspecto interno a la estructura estatal misma). Los intelectuales aparecían como los portadores de esa racionalidad superior, capaces de diagnosticar las causas de los problemas sociales urbanos, distinguir entre paliativos y soluciones estructurales y, eventualmente, implementar sus propuestas si el soberano los llamaba.
Pero el soberano (los políticos) parecía limitarse a utilizar a los investigadores urbanos como productores de un discurso cientificista que la época de modernización requería para fundar su legitimidad. Un obstáculo para que la conexión se diera de forma diversa fue que el discurso de la racionalidad venía envuelto en una crítica al “sistema”. Y el sistema era en general identificado con el mercado10, personificado más o menos abiertamente (menos en el discurso del organismos como CEPAL-ILPES, que propugnaba, comprensiblemente, una planificación abstracta) en los agentes del capital, en particular (en algunas versiones) del capital extranjero, con lo cual se entraba en conflicto con el proyecto político desarrollista, modernizante, que prevalecía en la época.

Porque, paradojalmente, la investigación urbana crítica tenía que fundamentar sus propuestas al Estado capitalista mediante la investigación de los comportamientos y la lógica de los agentes del capital, con el objetivo principal de demostrar la contradicción entre el interés privado del capital y el interés social, representado por esa racionalidad de la utopía.




    1. Bajar a la sociedad

La frustración de que habla Hardoy11, de los intelectuales cuya propuesta “no prendía”, creó condiciones para otro tipo de pensamiento. Este se extendió con ritmos y formas diversas en una América Latina que sufrió situaciones políticas de gran traumatismo en algunos de sus países, lo que redujo el espacio de lo que podía ser expresado públicamente, incidiendo esto de varias maneras sobre lo que podía ser pensado12.


Sobre ese trasfondo se fue abriendo paso la segunda gran hipótesis: no era suficiente juzgar a la realidad desde la perspectiva de una racionalidad pública abstracta. Era el juego de fuerzas e intereses organizados y no ciertos mecanismos objetivos lo que iba determinando el sentido del desarrollo urbano. La preocupación por ilustrar a los gobernantes fue dando paso a la de asumirse como intelectuales de las fuerzas potencialmente portadoras de una cierta racionalidad social (clase obrera, capital industrial) o bien la de tomar partido por el interés de los menos favorecidos (los marginales, el capital nacional dirigido al mercado interno).
En esta tesitura, el aporte mínimo que la aproximación científica podía aspirar a brindar consistía en descifrar los mecanismos del poder político, si es que no ponerse al servicio de la acción racional de aquellas fuerzas capaces de propiciar otros desarrollos de la sociedad. No se trataba ya de convencer a los que detentaban el poder de que cierta propuesta era la óptima para lograr determinados objetivos sociales, sino de incidir en la lucha por el poder, poniendo el conocimiento objetivo al servicio de la construcción de fuerzas políticas. Esto pudo comenzar produciendo análisis para que fueran “consumidos” o asumidos por los agentes del cambio social, o bien pasando directamente a la investigación participativa. En este movimiento, se trataba de que la atención de las investigaciones, antes centrada sobre los agentes del capital y el Estado, se desplazara ahora hacia la comprensión de los procesos de constitución y desarrollo de los agentes populares, provocando una autorreflexión de los movimientos populares urbanos.
Del intento por convencer a los gobernantes para que instauraran desde el Estado una nueva racionalidad, se pasó entonces a considerar la cuestión del sujeto social de esa racionalidad, primeramente puesto en la clase proletaria, pero luego atomizado en una multiplicidad de identidades populares articuladas (la matriz del movimiento popular urbano). El Estado pasó a visualizarse como instrumento necesario de los agentes del capital, nacional o extranjero, como sujeto a contestar, o bien como posición estructural cuyas funciones de reproducción de la sociedad estaban determinadas por la naturaleza de ésta. En esta nueva hipótesis sería desde la sociedad civil, desde los nuevos movimientos sociales, de donde vendría el cambio.
Pero en este desplazamiento de la problemática se abandonó, subrepticiamente primero y abiertamente después, la cuestión del poder, de la política. Se planteó la posibilidad de que en el seno mismo de la sociedad civil se fuera constituyendo una nueva sociedad. No se plantearon nuevas formas de estatalidad sino el rechazo a la estatalidad misma; se planteó como posibilidad inmediata el desarrollo de nuevas formas de gestión y “autogobierno” barrial, comunal, etc.
Se reconoció que, al margen o en los intersticios del mercado capitalista, se iba produciendo buena parte de la ciudad, donde los agentes principales no eran los monopolios de la construcción o el capital inmobiliario, sino los invasores, los pobladores, en contraposición directa con el Estado. La reivindicación por el consumo colectivo venía a confirmar la marginalidad estructural de los sectores populares respecto al mecanismo de mercado como resolutor de sus necesidades básicas.


    1. La situación actual

La comprensión de las estructuras generales de la sociedad va perdiendo interés y se pasa a una investigación-acción inmediatista, localizada y particularista, centrada en la descripción de “lo concreto” empíricamente dado. Lo cotidiano, el mundo de los actos concretos, controlables, cambiables, se convierte en centro de atención, cuando no de mistificación.


Por un acto del pensamiento desaparecen las grandes fuerzas, las estructuras económicas, el imperialismo, las leyes de reproducción social, y nos quedamos en el mundo de los fenómenos, de las percepciones, de las iras y las necesidades. El lenguaje cotidiano y el saber popular se convierten no tanto en objeto de estudio como en límites al sistema de representaciones permisible. Esto cuando no es posible meramente atenerse a “la práctica” y se vuelve indispensable pensar y expresar ideas sobre el mundo, avanzar alguna interpretación y anticipar resultados.
En la medida que sigue habiendo investigadores que viven de esa profesión, esta transformación en la matriz de pensamiento afecta la formulación de los problemas que encaran con su trabajo y no sólo las formas de llevarlo a cabo. Los grandes problemas del cambio social, encarados desde la perspectiva de una acción transformadora de totalidades, de estructuras, dejan paso a los problemas más particulares. La problemática del cambio y la consiguiente búsqueda de contradicciones en la profundidad de la materia social para facilitar las tendencias al cambio, o al menos mostrar su necesidad o posibilidad, dejan paso a la descripción empirista de fenómenos (evidentes para los sectores populares) traídos a la mesa de los lectores como cuadros impresionísticos de la dramática realidad social.
Se descubre que las familias populares tienen unas “estrategias”, que tienen una capacidad sin límites de creación, de adecuación, de sobrevivencia. Se abandona el problema de la crisis, sus salidas o sus desenlaces, tema demasiado complicado y riesgoso, y se pasa a analizar la “vida en crisis”, sin advertir que los sectores populares siempre vivieron en crisis, y que lo seguirán haciendo aunque el sistema salga de esta coyuntura o sufra transformaciones mayores sin cambiar su esencia capitalista. Se hacen, como nos describe Hardoy, “exposiciones” del hábitat popular, no sin cierta poesía o estética, que lógicamente son para ser consumidas por los que viven fuera de dicho hábitat.
3.4. ¿Cómo llegamos aquí?
Desde mi punto de vista, la situación descrita es altamente problemática. ¿Por qué la comunidad investigativa –aún si quiere dar respuesta efectiva al problema de la vivienda o del agua, si quiere contribuir a la superación de la migración sin posibilidades de empleo estable, etc.- considera actualmente menos comprometido realizar un diagnóstico del carácter estructural de los problemas sociales urbanos que concluya en la necesidad de revolucionar las estructuras sociales, antes que mostrar los problemas en sus aspectos más evidentes? ¿Por qué se considera más comprometido contribuir a la alineación popular evitando la referencia a las grandes fuerzas que enmarcan la vida cotidiana, que establecer los límites a la acción inmediatista, cortoplacista, sin estrategia? ¿Por qué se considera correcto abandonar la lucha política por un nuevo orden macro y micro social en aras de un basismo reproductor de los sistemas de dominación? ¿Por qué se acepta mistificar las prácticas de sobrevivencia, llevándolas al límite y viéndolas como prefiguración de una nueva sociedad, como nueva lógica social, cuando esas prácticas son producto de las modalidades que el desarrollo capitalista ha tomado en nuestros países?.
Una explicación es que todo lo hoy rechazado ha sido asociado con ciertas prácticas políticas (el vanguardismo, el sustitucionismo, el foquismo, el clasismo, etc.) que “fracasaron”, que llevaron a derrotas traumáticas, y que han sido asociadas con el pensamiento científico de la época. Pero esto es pretender que las ideas y las acciones tienen una relación mucho más estable de lo que tienen en realidad. Es más, llevado a sus extremos, implica cambiar sistemáticamente los términos, exorcizando a las palabras para que las realidades no vuelvan a derrotarnos.
En contexto real, sociopolítico, vendría así a determinar enfoques, métodos, temas y sentidos de la investigación urbana, respondiendo más a mecanismos subjetivos de reacción al fracaso que al intento sostenido de comprender la realidad. En esto, los esquemas de pensamiento de la vida cotidiana, proclives a identificar verdad con éxito y falsedad con fracaso, parecen imponerse al espíritu científico en el campo mismo de la ciencia.
Otra posibilidad sería pensar que la realidad urbana misma, desde su propia base, se modificó, y que el pensamiento no hizo más que ajustarse a esos cambios (aparición de nuevos movimientos sociales, imposibilidad del desarrollo, pérdida de peso cuantitativo y cualitativo de la clase obrera, etc.) Pero se hace difícil admitir que la autoconstrucción, la informalidad, los movimientos barriales, las invasiones de tierras, la pobreza y las estrategias de sobrevivencia, el clientelismo, son nuevas realidades objetivas surgidas en los años 70 –respecto a los 50 o los 60- en nuestras ciudades. Hay, claro, cambios de magnitud, en la medida de las penurias, etc., pero no está claro que automáticamente se dé aquello del cambio en cantidad que se troca en calidad.
La revisión que hago en mi propio trabajo13 sobre las opciones dicotómicas y los correspondientes “giros” en la orientación de las ideas sobre lo urbano sugieren que parece haberse dado un cambio en las percepciones de la realidad, no tanto por avance científico como por efecto de fenómenos de otro orden. Porque un auténtico avance científico hubiera implicado una mayor penetración conceptual en la realidad, una complejización de las interpretaciones, una nueva visualización de los fenómenos y una nueva vinculación entre los fenómenos aparentes (nuevos o viejos) y las estructuras profundas de la sociedad urbana, de todo lo cual seguimos careciendo.


    1. Cambios de paradigma: ¿decisión o determinación por el contexto?

Como intento mostrar en mi trabajo, el cambio de paradigma no habría resultado de la contrastación de las ideas con la dureza de los hechos, siguiendo las múltiples vías de la investigación empírica, del desarrollo de tecnologías sociales adecuadas a esas teorías y de una práctica efectivamente orientada y realimentadora de la teoría, sino de la sustitución de un dogmatismo por otro, de unas afirmaciones pseudo científicas por otras, de una “filosofía” por otra.


La necesidad de diferenciación, el tomar distancias respecto de una forma dominante de pensamiento, se habría convertido en criterio supletorio de verdad más que la relación eficaz con la realidad misma o el rigor de la investigación. Hablar de “modas” puede ser muy sofisticado para describir esto, pues no se habría tratado tanto de adoptar nuevas teorías o conceptos de eficacia demostrada, como de rechazar los preexistentes. Conducta inexplicable si no recurrimos a las nociones de desesperación, de anomia, de pérdida de sentido. Pero esta interpretación enfrenta un problema cuando se examina el movimiento más o menos paralelo que ha ocurrido en Francia, presentado por Topalov14.

Si encontramos demasiadas similitudes e incluso cierto retraso entre Francia y América Latina, podemos fácilmente interpretar esto pensando en términos de anticipación/adopción, renovando nuestra visión de unas ciencias sociales dependientes, limitadas a la copia de aquellas viejas y de estas nuevas ideas, planteando una vez más el déficit de originalidad deseable en un pensamiento social atenido a nuestras realidades nacionales o locales.


Pero también podemos interpretar que hay leyes que rigen estos cambios con un dominio de orden mundial, que incluso atraviesa sociedades tan diversas como las socialistas y las capitalistas o como las centrales y las periféricas. O asociando esos cambios con el estrato más visible de la realidad, con la vida cotidiana misma, plantear la hipótesis de que el sistema capitalista mundial tiene tanta eficacia como para integrarnos (mucho más de lo que podemos admitir) a un sistema cultural con algunos rasgos únicos, generalizados, que incluyen la forma de pensamiento característica de este modo de producción: el pensamiento científico. A la vez, podemos remitir esos cambios culturales a cambios en las estructuras económicas, políticas, etc., también de orden mundial.
Si trabajáramos con esta última hipótesis, el movimiento histórico del pensamiento social urbano –en América Latina y en Francia a la vez- sería visto como la expresión del cambio real en la vida urbana, posiblemente con desplazamientos, pero incluso éstos estarían también determinados. Pero ¿qué haríamos con estas constataciones? ¿a qué reglas de acción podrían conducirnos? Si el pensamiento dominante de una época resulta meramente de las bases materiales de esa época, ¿qué sentido tiene la creación, la búsqueda individual o grupal de respuestas a temas?.
Una obvia respuesta es que estos son, precisamente, los mecanismos que producen el efecto no buscado de la uniformidad. Que así como en la competencia económica el libre accionar de los agentes realiza las tendencias al oligopolio, aquí también las reglas de la competencia científica producen un efecto estructural independiente de la voluntad. Pero aún aceptando un enfoque estructuralista, descifrador de matrices inobservables detrás del pensamiento de una época, deberíamos encarar teóricamente la relación entre la realidad (que pone los límites) y el pensamiento.
Además, tratándose de un campo de problemas tan específico como el urbano, deberíamos tal vez considerar que tanto o más condicionante que el contexto de la realidad urbana puede ser el contexto de las ideas sociales en general y científicas en particular. Esto debería llevarnos nuevamente a preguntarnos por la especificidad de lo urbano, tanto como proceso y como objeto teórico diferenciado en el seno de lo social, de lo económico, de lo cultural, etc.
Por otro lado, en el intento de detenernos para reflexionar sobre el pasado, las expectativas, los proyectos, también juegan un papel fundamental en la interpretación de nuestra historia. ¿Será que la atomización reciente de los temas refleja un momento analítico y lo que viene ahora es la síntesis?

¿Cómo entenderlo así si los trabajos se realizan justamente como expreso rechazo a las síntesis, a las generalizaciones, como propuestas más o menos explícitas de quedarnos allí?15.


Por lo demás, si el pensamiento no opera como quieren sus portadores sino que tiene ciertas leyes objetivas –como la de que en todo análisis están operando necesariamente visiones de la totalidad- ¿qué significan esas declaraciones y hasta dónde debemos tenerlas en cuenta?.
¿No será que por complejas razones socio-políticas el cambio consiste en que las visiones del todo han pasado a la categoría de presupuestos, dejando de ser objeto de indagación en sí mismas? ¿Será por esto que se puede llegar a paradojas como las convergencias en las ideas de izquierdas y derechas sobre las virtualidades de lo local, la descentralización territorial del Estado, las potencialidades de la informalidad, el antiestatismo? No es que tengan la misma concepción global, ni que compartan valores básicos. Es la falta de explicitación de los esquemas subyacentes la que permite la confusión, que obviamente hace el juego a la derecha, pues ésta, además de las ideas, tiene de su lado a las fuerzas predominantes en el momento actual.
Por otro lado, si se trata de cambiar la situación y no sólo de interpretarla, se hace igualmente imprescindible volver a constituir tentativamente lo urbano como objeto integral, so pena de pretender intervenciones parciales, ineficaces, imposibles de ser derrotadas porque ya estarían derrotadas de partida. ¿Será esto un nuevo gesto de voluntarismo? ¿Podremos encontrar las claves para resolver esta cuestión en nuestra propia historia como agentes del proceso?.




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