La invención de los Territorios: “ Yo”, “El Otro”, “El Mundo”, “El Cosmos”



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La invención de los Territorios: “ Yo”, “El Otro”, “El Mundo”, “El Cosmos”.
José Luis Ramírez (1)  
Publicado originalmente en: Transversal , nº 6.  Lleida: Departament de Cultura de la Paeria.
http://www.ub.es/geocrit/sv-75

Hay una forma racional, cartesiana de imaginarse el descubrimiento y apropiamiento del entorno que procede en forma de círculos concéntricos. Según esa forma artificial y preconcebida de descubrimiento, primero me descubriría a mí mismo, después descubriría al otro y luego continuaría avanzando en mi entorno terrestre, para llegar finalmente al descubrimiento del universo entero. ¿Qué método cabría imaginar más lógico que éste? Se trata sin embargo de un proceder racionalista que recuerda al omfalopsiquismo, aquella secta helénica cuya actividad característica era la contemplación del propio ombligo. Es una forma de proceder, digo, meramente imaginaria y totalmente engañosa. Frente a esa forma de descubrimiento propongo un planteamiento fenomenológico, una inquisición o investigación del proceso de nuestro conocimiento, tal como realmente se inicia y se desarrolla. Planteamiento fenomenológico digo, siguiendo a Husserl, que consiste en dirigir la atención "a las cosas mismas", en hacerse consciente de lo que realmente hace la mente y de lo que a ella de manera inmediata se ofrece.


"Somos" -escribe Antonio Machado en su prólogo a Campos de Castilla - "víctimas de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ... Un hombre atento a sí mismo, y procurando auscultarse, ahoga la única voz que podría escuchar: la suya; pero le aturden los ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo? Pero nuestros ojos están cargados de razón, y la razón analiza y disuelve. Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, nuestra sola sombra proyectada en la escena."

Se debe a la modernidad el descubrimiento del individuo. Y se debe al racionalismo el establecimiento del YO como centro del universo. Se ha hablado de revoluciones y contrarrevoluciones copernicanas, según las cuales el hombre unas veces se considera centro y otras periferia. Para Descartes todo saber cierto -que no es un cierto saber, sino el "saber" sin más- comenzaría con el YO. Pero una observación atenta de la afirmación Cogito ergo sum , «Pienso, luego (yo) existo», pone de manifiesto que ese YO, en torno al cual girará la sociedad y el mundo, no es, fenomenologicamente hablando, el punto de partida, sino una mera deducción. Cuando Descartes dice: "luego existo", la conjunción "luego" está denunciando el carácter deductivamente posterior del YO. El pensamiento no es un producto de la actividad de un YO previo, sino que el YO es constituido por el pensar: primero pienso que pienso, y luego, por deducción, pienso que existo yo. El Sujeto no es más que el lugar donde el lenguaje se lleva a cabo, dirá Lacan. Lo realmente innegable, ineludible, aquello que no puedo negarme a mi mismo sin contradecirme y saber que miento, no es la existencia de mi "yo" sino la existencia de mi pensar. Intuyo el pensar, no el yo. Si existo o no existo yo es algo cuestionable, pura deducción, pero mi experiencia de la discursividad del pensar es algo fenomenologicamente evidente, algo que no podría negar sin la conciencia de que estoy mintiendo. Es cierto que al decir que "pienso" lo digo conjugando el verbo en primera persona, pero eso no hace al YO menos hipotético.


Pero el propio pensar no es tampoco lo que, biográficamente hablando, descubrimos o nos es dado en primer lugar. La conciencia de lo exterior a nosotros precede al pretendido descubrimiento de nuestro pensar y de nuestro yo. Y cuando finalmente accedemos a ello, cabe preguntarse si no se trata de algo semejante al alguacil alguacilado .
"En principio era el Verbo", dice la Escritura. Para nosotros, sin embargo, en principio es el Sustantivo. Es difícil para una mente moderna (indoctrinada por los prejuicios de la gramática, obra a su vez de la alfabetización y de la lengua escrita, reguladora del pensar y, como decía Nebrija, compañera del dominio de unos hombres sobre otros), concebir una realidad que no arranque de lo sustantivo. La idea inmutable, la cosa en sí y no la actividad, es, desde Parménides y Platón, lo que se supone otorga estructura y punto de partida a la realidad. He ahí el origen del pensamiento ontológico. Sin embargo, lo realmente originario en nuestro contacto con la realidad es la actividad, el devenir, el hacerse. Es la actividad la que da sentido a las cosas y a nosotros mismos, no al revés. Nuestro yo es constituido por nuestro pensar y por nuestro obrar. Y también el ser inteligible de las cosas se constituye en relación a nuestra actuación, pues sólo entendemos el mundo al tratar de intervenir en él activa, no pasivamente. Si además cabe hablar de un ser no inteligible de las cosas (lo que Kant llamaría "la cosa en si"), de ese ser que, según Vico, sólo Dios entiende, también éste se constituye en un hacerse, en télos . Naturaleza y finalidad o tendencia a la realización eran para Aristóteles conceptos equivalentes ( Fýsis télos estín ). Así lo revela la propia palabra "naturaleza" (que viene de natura , que viene de nascere = nacer) que, al igual que su correspondiente griega, la fýsis , no significa el entorno de la cosas, sino el proceso que las da origen y desarrollo. Es muy significativo que en la terminología gramatical llamemos "verbo" a la categoría significante de la actividad y el movimiento. Pues "verbo" significa sin más "palabra", es decir la palabra por antonomasia. La concepción originaria de la realidad, esa concepción que originó las explicaciones míticas del Cosmos por el hombre antiguo, no era una concepción ontológica, sino genealógica. Nietzsche vio esto claro. La oración gramatical originaria es una oración sin sujeto: "Llueve", "Truena", "Hace sol". Es falso que la oración exija sujeto y verbo. La oración originaria es una oración sin sujeto, pero sin verbo no hay afirmación o negación alguna.

El yo y la individualidad son cosas del pensamiento moderno. En la Edad Media la persona humana tenía dificultad para separar incluso su cuerpo del entorno en que se hallaba. La moderna manía de la higiene es algo que no sólo hace relación a la preservación de la vida y de la salud, sino a la tendencia a aislar y a definir, a delimitar y separar mi cuerpo. Y en la antigüedad griega el yo tampoco gozaba de la individuación que nosotros le otorgamos. Los griegos atribuían -como dice el filólogo sueco Jesper Svenbro, del Centre National de la Recherche Scientifique en París (en Historia de la lectura en el mundo occidental , Taurus, 1998- escaso espesor psicológico al "yo". Parece ser que la cultura micénica ni siquiera conocía el concepto. Cabe preguntarse si el YO es posible en una cultura material arcaica en la que el espejo todavía no se ha inventado. La posibilidad de ver la propia imagen reflejada residía en usar la superficie del agua a guisa de espejo. El mito de Narciso surge de la contemplación de su imagen en la fuente y de la tragedia de jamás poder alcanzar su posesión. Es sabido que Protágoras afirmaba que "el hombre es la medida de todas las cosas", pero sería exagerado, como algunos pretenden, interpretar ese "hombre", al que el sofista alude, como individuo humano, atribuyendo así a Protágoras una concepción relativista de la verdad y del conocimiento. Más ajustado parece entender la proposición del homo mensura como una afirmación de que la humanidad, el hombre genéricamente hablando, es decir "los hombres", determinan en comunidad o consenso tácito lo que es y lo que no es.


Nos hemos acercado así al verdadero origen o punto de partida en el descubrimiento humano de territorios. Nadie parte, en la biografía del conocimiento, del YO, sino del TÚ y del NOSOTROS. Jacques Lacan, en su ponencia sobre el Estadio del Espejo, puso de manifiesto que el descubrimiento del yo por el niño se inicia entre los 6 y los 12 meses, cuando el infante advierte e identifica su propia imagen en el espejo. Pero el uso de la denominación "yo" no se produce generalmente hasta el tercer año de vida.

*No es el YO -la "yoidad" fichteana- el primer territorio a descubrir. Pues el ser humano nace alienado, sumido en su entorno inmediato: primero en la madre, luego en el entorno más próximo. Un ver más lejano, un ver "mas allá de sus narices", exige cierto esfuerzo pero es, al fin y al cabo, accesible y constituye la tarea más inmediata. Lo más difícil de todo, lo más tardío y casi inasequible, es estudiar la propia nariz sobre la cual reposan los lentes que configuran nuestra visión de la realidad. Y cuando al fin se nos antoja que arribamos a ello, lo hacemos mediatizados por lo externo. Lo inmediato es descubrir lo de fuera, el entorno: primero la madre que nos dio el ser y los objetos circundantes, luego el entorno más lejano, el que nos entra por los ojos en la estrellada noche y el que nos llega por el oído en la narración, ese mundo encantado de los cuentos que la escuela sustituirá por las narraciones históricas y las descripciones geográficas. Ser el sujeto de esos descubrimientos es algo distinto que ser objeto del mismo descubrimiento. El YO que descubre no es el YO descubierto. La conciencia es en principio necesariamente inconsciente de sí misma. Lo inconsciente es la conciencia misma como acto. Quien no entiende esto jamás entenderá a Freud que ha planteado esta cuestión en su trabajo acerca de El Yo y el Ello . Para los otros animales la propia conciencia permanece definitivamente oculta. El animal humano en cambio, que posee el don del lenguaje y con ello la capacidad y la compulsión de entender algo a través de algo distinto, a través de los signos mediatizadores de todo conocimiento (que por algo decía Lacan que la conciencia está estructurada como un lenguaje), puede llegar a erigir una imagen de sí mismo y hacer de ella su Significante. En esto reside la caída en la sustantivación, ya que incluso la actividad se sustantiva en la palabra, especialmente cuando ésta es escrita y visible. El paso a la autoconciencia, que supone la objetivación del propio yo, surge sin embargo solamente en una etapa avanzada del descubrimiento del mundo. Lo cual tampoco deja de ser un paso en falso, pues lo único que encontramos en la búsqueda del yo es un reflejo en el que ese yo se desvanece, como insinuaba Machado en la cita recogida al comienzo de este artículo. *El TÚ y el NOSOTROS que descubrimos en las primeras etapas de nuestra excursión por la vida, determinará y mediatizará nuestros sucesivos descubrimientos del entorno o mundo y el descubrimiento del propio yo como una proyección o reflejo del exterior. Pues el "yo" es una mera palabra vacía, deíctica (como el "aquí" y el "ahí", el "esto" y el "aquello") un mero dedo índice que nada significa sin la persona o máscara que lo muestra al exterior. Ser "yo" es ser visto y oído, dejarse ver y oír, y la persona no es sino el rol que desempeñamos en el juego del nosotros. Son los otros, antes que nada el otro fundamental que es la madre y el Orden Paternal ( le Nom du Père ,le Non du Père , diría Lacan) los que me dan el ser y me dicen quien soy, antes de que otras personas empiecen a participar en mi identificación y mucho antes de que me la plantee a mí mismo. Y cuando lo haga, lo haré en términos de ellos, ya que todo lenguaje es lenguaje nuestro . NOSOTROS es el espejo de mi identidad. Por eso decía Aristóteles que lo social es primario y el individuo humano sólo secundario, que el hombre sin sociedad no puede ser hombre. De ahí lo genéricamente humano de la comunicación lingüística.
La primera etapa de descubrimiento territorial humano es pues el entorno de un nosotros y el entorno inmediato del mundo real. Pero también la identificación de este mundo real se debe a la comunidad del "nosotros", cuyo lenguaje configura mi imagen del mundo. Como individuos humanos nacemos dotados de competencia lingüística, pero el lenguaje concreto en el que esa competencia pasa de la potencia al acto, nos lo facilita primordialmente nuestra madre. Sin lengua materna careceríamos del instrumento o clave para descubrir el mundo. Y cuando comenzamos a descubrir el funcionamiento de la realidad, las leyes que rigen el mundo, lo hacemos por relación a la comunidad humana que nos enseña a conceptualizar la realidad. La Ley natural es así una metáfora tomada de la Ley de la ciudad, no al revés, como quizá pudiera creerse. La forma originaria de descubrir y entender el mundo es el mito, la narración en la que los fenómenos naturales se comportan como si se tratara de actuaciones humanas, como si fueran personas, esas personas que son sujetos actuantes, no yos puros. La manía de personificar nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida: decimos que " los precios suben", que " el poder corrompe" y que " Cataluña está en fiestas", como si el Precio, el Poder o el Territorio gozaran de personalidad propia para subir, para corromper y para festejar. El lenguaje, incluso el más científico, está plagado de mitos, de metáforas que predeterminan nuestra visión de la realidad física y sobre todo social, haciendo del territorio objetivo un territorio inventado. La aparición de las llamadas Ciencias Sociales supone la creación de un soporte supuestamente científico a los mitos de la sociedad moderna, en la que los hombres son suplantados por el Hombre abstracto de la Estadística.
La comunidad humana inventa el territorio, pero no lo hace sino dentro de una perspectiva dada. Las condiciones materiales son codeterminantes de la forma de descubrir y entender nuestros territorios. La comunidad del nosotros determina la imagen individual del mundo porque los individuos que la integran son de constitución semejante. En otro caso la comunicación y la influencia mutua serían imposibles. "Aunque un león pudiera hablar", decía Wittgenstein, "no podríamos entenderlo". Pero como seres humanos somos semejantes, aunque no iguales, y por eso formamos una comunidad. Si nuestra estatura normal aumentara 100 veces o disminuyera 1000, si nos convirtiéramos en dinosaurios o en insectos sin menoscabo de la facultad racional, la concepción de nuestro entorno se vería transformada y muchos aspectos que ahora nos pasan desapercibidos serían de pronto los más importantes, perdiendo al mismo tiempo de vista otros que hoy nos son primordiales. Pues lo más importante en el descubrimiento del territorio no es la sensación , sino la atención . Es la atención (espontánea o libremente provocada) la que nos ayuda a captar unos rasgos dejando otros de lado. No existe visión total objetiva de la realidad. Todo territorio es territorio interpretado.
A partir del giro racionalista moderno, que trata de colocar al fantasma del YO en el centro, se produce una transformación en el propio concepto de territorio. El límite territorial es una invención moderna. Los territorios antiguos eran territorios sin fronteras claramente definidas. Una vez circundado el mundo y descubiertos todos los territorios que constituyen el globo terráqueo, la territorialidad comienza a ser determinada por las fronteras. La determinación pontifical de la línea divisoria entre los territorios pertenecientes a los descubridores hispanos y a los portugueses es el paradigma de lo que la territorialidad vendría a significar en lo sucesivo. La historia de las guerras y de los armisticios modernos es una historia de la fijación de límites y del control de fronteras. Y la xenofobia, más que un resto de irracionalidad y primitivismo, será una enfermedad moderna. Como toda delimitación, la del territorio se hace necesaria cuando la identidad territorial flaquea. El hombre antiguo se consideraba más ligado a la tierra; en la sociedad feudal la clase inferior eran los siervos de la gleba, adscritos de por vida a su terreno. La sociedad moderna liberará al individuo humano de esa adscripción mediante la concepción abstracta del trabajo, según la cual lo que se vende no es ya la persona sino su fuerza laboral. El individuo de la sociedad moderna será libre, libre de morirse de hambre o de trabajar para otros. Si es que hay quien quiera darle trabajo, habrá que añadir en estas postrimerías del milenio.
La economía política transcendió de la fisiocracia, en la que la riqueza era la propia tierra, a la economía capitalista que supone una riqueza de cosas, un sistema de producción de artículos. Una empresa capitalista no se halla ya atada al territorio, sino que puede trasladarse en cualquier momento a otros lugares en los que las condiciones de producción sean más rentables. Los territorios del capitalismo som territorios evanescentes e imaginarios que rompen las fronteras del espacio, en esa telépolis o territorialidad global que la tecnología va creando. El internacionalismo capitalista tiene como contrapartida los nacionalismos de Estado en los que el territorio es la frontera que protege nuestras cosas contra la intromisión y la utilización foránea. El poder del Estado postmoderno no reside ya en el dominio del territorio geográfico, sino en el control de los individuos y de sus actividades. La aduana controladora del paso de hombres y mercancías es el símbolo de la diferencia territorial establecida por el Estado actual. Dentro de éste, sin embargo, los nacionalismos culturales evocan un concepto vernacular del territorio, tratando de conquistar su autonomía y de rescatar sus formas de vida y sus códigos de interpretación de la realidad, sus formas de descubrimiento de territorios condicionada por la lengua materna.
La exaltación del YO por la modernidad, acompañada de la aceleración científica y tecnológica, ha venido así a crear una paradójica reducción de los territorios de nuestra conciencia: al mismo tiempo que la técnica permite la exploración de territorios extraplanetarios, la atención humana se restringe a territorios infraplanetarios más estrechos, discontinuos y esporádicos. El proceso de urbanización y la electrificación del territorio atraen la atención del hombre moderno hacia lo más inmediato y el interés mítico del hombre arcaico por el Cosmos, pierde su carácter poético y pasional para hacerse utilitarista y racional. La luz de la ciudad electrificada (colonizadora del ambiente rural como en el caso de la Canadiense y el ejemplo de la explotación del territorio leridano en aras de Barcelona) desplaza la atención humana del cielo nocturno estrellado a los anuncios luminosos y a las atracciones comerciales y lúdicas. El hombre moderno carece ya, a pesar de la nueva física, de mitologías sobre el origen y la estructura del universo. Sólo las mitologías del Mercado y del Consumo están hoy presentes en la llamada Sociedad el Bienestar.
Jamás ha tenido el ser humano más facilidad de desplazarse de un territorio a otro. Sin embargo, el contacto con el otro no exige ya que nos movamos de nuestro escritorio o de nuestra sala de estar. Requiere casi más esfuerzo entrar en contacto con el vecino de la casa de al lado que con un antípoda terrestre. Y cuando, a pesar de todo, nos desplazamos a territorios alejados, constatamos que todos los territorios se van pareciendo cada vez más unos a otros y que "en todas partes cuecen habas", siguiendo además la misma receta culinaria. Hasta las extravagancias, que por definición representan lo inusual, son exactamente las mismas en todas las urbes: las cabezas rapadas, los Hara Krisna, el pantalón vaquero andrajoso, la droga.
El desarraigo territorial del hombre moderno se advierte no menos en lo que respecta al conocimiento de los detalles de su ambiente más próximo. Cuando el desplazamiento geográfico todavía requería tiempo, el individuo humano tenía ocasión de ir registrando y estudiando con minuciosidad los pormenores de la naturaleza y de la ciudad que recorría a pie o en un transporte lento. Curiosamente, cuanto más rápidamente nos movemos, menos tiempo decimos tener. El ahorro de tiempo que suponen las comunicaciones y los transportes modernos ha hecho de la carencia de tiempo un rasgo definitorio de nuestra cultura. Un tiempo que se medía en jornadas, pasó en nuestro siglo a medirse primero en horas y ahora hasta en décimas de segundo. En un solo día recorremos lugares que, tan sólo hace unos decenios, requerían muchos días de viaje. Nuestra capacidad cotidiana de recepción no ha aumentado, pero los objetos que reclaman nuestra atención son cada vez más numerosos. La conciencia de los detalles desaparece así con la velocidad. La configuración del territorio se desvanece. Hemos adquirido la perspectiva del dinosaurio a que antes aludí, sin siquiera haber incrementado nuestro volumen corporal. Resultado de esta transformación de nuestra conciencia es la extraterritorialidad que nos caracteriza, un estar siempre en otra parte que hace del hombre moderno un ser desarraigado y un exiliado nato.

(1) Nota biográfica sobre el autor: José Luis Ramírez es doctor en filosofía de la planificación por el Instituto Nórdico de Planificación de Estocolmo (hoy reconvertido en Centro Nórdico de Estudios Territoriales) y privatdozent en Planificación Territorial por la Escuela Superior Politécnica de Estocolmo. Esta dedicado a la tarea de desarrollar, con alumnos de doctorado en arquitectura del paisaje, diseñadores y urbanistas, una teoría de la acción humana y de la intervención pública desde el punto de vista de la ciencia humana. Ramírez reside en Suecia desde 1962 y ha desarrollado tareas municipales de planificación y de política cultural.


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