La Habana: Una Modernidad Atemporal Roberto Segre Facultad de Arquitectura



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La Habana: Una Modernidad Atemporal
Roberto Segre

Facultad de Arquitectura

ISPJAE


La Habana, Cuba

La Habana es la única ciudad “museo” de la Primera Modernidad en América Latina. En la mayoría de los centros urbanos del Continente y el Caribe, los años cincuenta abrieron un proceso de trasformaciones radicales, asociadas a un periodo de bonanza económica y de fuerte impulso a las construcciones, tanto del Estado “benefactor” como de la iniciativa privada. La expansión de los suburbios residenciales de las clases acomodadas y la conformación de los barrios “populares” de anónimos bloques de viviendas, coincidieron con el surgimiento de los centros político-administrativos y de los business districts, materializados en los códigos formales y espaciales de la Segunda Modernidad: las agresivas moles de hormigón armado a la vista o con las tersas superficies de cristal reflejante. La tímida y fragmentaria presencia del blanco racionalismo quedó marginada por la difusión de los símbolos del Estado “moderno”, la escenografía de los centros comerciales y el repertorio inducido por las corporaciones internacionales.


En La Habana, esta incipiente evolución fue bruscamente interrumpida en enero de 1959, al asumir el poder el Gobierno Revolucionario encabezado por Fidel Castro. Cambiaron de modo radical los objetivos constructivos de la nueva dirección política: resultan excluidas las residencias y apartamentos de lujo, los altos edificios de oficinas, los sofisticados bancos, los extendidos shopping centers y priorizadas las viviendas económicas, los asentamientos campesinos, las infraestructuras productivas. La capital reduce al mínimo la asimilación de nuevas obras multiplicadas en el interior del país. La orientación igualitarista que fundamenta el socialismo tropical resulta ajena a toda glorificación monumentalista del poder. En los 35 a–os de existencia del nuevo régimen, sólo se construye en el centro de La Habana la heladería “Coppelia”, principal espacio de comunicación social en la Rampa del barrio Vedado, “glorieta” magnificada por la ciclópea estructura de hormigón armado: no es casual su denominación popular de “catedral” del helado (Curtis: 1993). Las principales edificaciones que simbolizan las prioridades funcionales -educación, vivienda, salud pública, recreación, deporte-, se mantienen persistentemente periféricas: en los años sesenta, las Escuelas Nacionales de Arte, la Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría”, la Unidad Vecinal “La Habana del Este”; en los años setenta, el Parque “Lenin”, el Jardín Botánico y el Zoológico; en los años ochenta, Expocuba; en los años noventa, las instalaciones deportivas de los Juegos Panamericanos (Segre: 1992)
En la globalidad de la dimensión urbana, la etapa colonial posee una escala reducida. Por lo tanto, es licito afirmar que la imagen pregnante de la ciudad se forma desde principios de siglo hasta los años 50, con dos códigos esenciales: el historicista, en sus múltiples versiones y las aproximaciones al Movimiento Moderno. El silencio expresivo de la Revolución se debe a tres factores esenciales: a) la casi desaparición de la función comercial como atractivo de las áreas centrales -en su valor de socialidad, exhibicionismo y ritualización- al reducirse el consumo a las necesidades básicas primarias (Cabrera Infante:1992); b) el “mito de lo nuevo” (Segre: 1992) basado en la imagen “incontaminada” del entorno funcional de la nueva sociedad, alejado de los tradicionales contextos históricos -por ejemplo, los centros educacionales en las áreas rurales y las comunidades campesinas (Coyula: 1992)-; c) una visión negativa de la capital asumida como ciudad terciaria desarrollada y parásita en un país subdesarrollado, cuya riqueza proviene esencialmente de las áreas agrícolas. Persiste la irónica definición de La Habana “versión tropical en el Nuevo Mundo de la Pompeya perversa de la Antigüedad” (White: 1957).
Cabe hablar de nuevos contenidos dentro de una estática caparazón. La envoltura, detenida en los a–os cincuenta, más que Patrimonio Cultural de la Humanidad por la herencia colonial, debería redimensionarse ante la milagrosa perduración de una imagen “moderna”, salvada de la picota especulativa y de la acelerada obsolescencia de las estructuras urbanas de las décadas recientes. La vida social transformadora de las funciones, usos y rituales, constituyó el motor radical de la apropiación popular de los habituales espacios segregados, activados por la presencia de las masas: los jóvenes en el Malecón peatonalizado; el vacío de la “Plaza Cívica” contenedor de los masivos actos políticos; las elitistas residencias de Miramar repletas de jovenes becadas campesinas. Sin embargo, a partir de 1991, la crisis económica del llamado “periodo especial” generado por la desaparición de la URSS y del sistema socialista de Europa del Este, ha frenado la vitalidad renovadora de la envoltura urbana. La Habana pierde por ausencia los lugares de encuentro -perdura aún el atractivo del Malecón-; el silencio de las bicicletas predomina sobre el bullicio de la comunicación social; el aislamiento individual sobre la participación colectiva. A pesar nuestro, la dinámica de la cultura posmoderna de la televisión -factor aglutinante de la comunidad en detrimento de los espacios urbanos-, también ha llegado a Cuba (Colquhoun: 1992); la segregación ha reaparecido en la hipotética urbe unitaria: el barrio de Miramar, elitista e incontaminado espacio diplomático; las islas introvertidas de los hoteles para el turismo extranjero.

2. Etiqueta, turismo y velocidad


Resulta un lugar común el asociar la “modernidad” urbana con los códigos racionalistas o funcionalistas. Esta afirmación es válida en el contexto europeo en el cual, el historicismo haussmaniano mantuvo durante más de medio siglo su incontestado predominio. Pero en América Latina, la dinámica sincrónica no se corresponde con las estructuras secuenciales canónicas. En La Habana y Río de Janeiro, los urbanistas franceses J.C.N. Forestier y Alfred Agache elaboran en 1925 los planes directores de ambas capitales -dentro del más estricto academicismo-, en el momento en que Le Corbusier difunde sus teorías urbanisticas. La academia tiene su epígono en el plan de Caracas de Maurice Rotival en 1938, aunque en él ya se asimila el “monumental moderno” (Vallmitjana: 199l). Por lo tanto, si en la ciudad europea, queda definida con claridad la evolución tipológica que caracteriza las estructuras barroca, neoclásica y haussmaniana; en el hemisferio las alternativas posibles se simplifican: la persistente villa colonial se contrapone a la ciudad “moderna”, aunque ésta aún se vista de un ropaje historicista. ¿ Cuáles son los atributos de esta modernidad?, El acelerado incremento de la población urbana por el aluvión inmigratorio y la formación de los estratos medios (Romero: 1976); la creación de infraestructuras técnicas, un sistema vial y de transportes jerarquizado a una escala territorial que abarca el hinterland; la diferenciación y multiplicación de las funciones sociales; el surgimiento de un conjunto de espacios y edificios simbólicos que multiplican la tradicional unicidad de la relación trama-monumento existente en la colonia.
A partir de estas premisas, La Habana de la Primera Modernidad comienza en 1925 en coincidencia con el plan director de J.C.N. Foresties (Le Riverend: 1960) y culmina en 1956 con el plan de José Luis Sert., epígono caribeño de los postulados del CIAM. Aunque en términos expresivos resulten antagónicos -el academicismo opuesto al Movimiento Moderno-, hoy, que las interpretaciones en blanco y negro han sido suavizadas por los múltiples matices intermedios, encontramos diversos puntos de contacto entre ambos. Forestier, en coincidencia con los pioneros del urbanismo cubano -Pedro Martínez Inclán y Enrique Montoulieu- formula la primera visión integral de la ciudad e intenta controlar el diseño coherente del centro y los suburbios. Al percibir la modesta dimensión de las construcciones coloniales de La Habana Vieja, las envuelve con una pantalla de edificios altos, que ofrecen al visitante la imagen de una capital cosmopolita.
La valoración del flujo turístico proveniente de los Estados Unidos se manifiesta en la importancia otorgada a la Terminal Marítima, la Terminal de Trenes y al sistema de avenidas que las vinculan con los espacios centrales. Por primera vez se propone una estructura circulatoria que trasciende los límites del municipio de La Habana hacia la periferia. La llamada “Niza de América” (Martínez Inclán: 1925) debía caracterizarse por la originalidad de sus monumentos y la belleza de sus paisajes naturales. No es casual la identificación de Forestier con Le Corbusier, unidos por el mismo amor a la Naturaleza y a su significación dentro de la ciudad (Le Corbusier: 1948). En vez de la Cité Vert que el Maestro propugnaba para Buenos Aires, el académico francés imaginaba una Habana sombreada por frondosos árboles, circundada por extensos parques y jardines. El diseño del Malecón, articulación indisoluble entre la ciudad y el mar del Caribe; el proyecto del Gran Parque Nacional, cuya materialización hubiera dotado a la ciudad de un necesario pulmón verde a lo largo del río Almendares; el sistema de parterres de las principales avenidas -el Prado, Los presidentes, Paseo, Quinta Avenida-, transformaron a La Habana, de una aletargada villa colonial, en una moderna urbe antillana.

3. El olimpo tropical


En la capital de Cuba, las estructuras urbanas monumentales perduran a lo largo de la primera mitad del siglo XX y enmarcan el crecimiento acelerado de la población: un cuarto de millón a comienzos del siglo; medio millón en 1930; millón y medio en los cincuenta (Roig:1963). Ello significa que existe un denominador común que integra, sin solución de continuidad, los diferentes ropajes arquitectónicos: Academicismo, Neocolonial, Art Decó, Monumental Moderno, Racionalismo. Afirmación que se fundamenta en la hegemonía de algunas oficinas profesionales sobre las principales obras estatales. El estudio de Evelio Govantes y Félix Cabarrocas, realiza su primera obra en 1916 -el Hospital Municipal “Freyre de Andrade” (clasicismo ortodoxo) - y concreta la última en 1960 -Ayuntamiento de La Habana en la Plaza Cívica-, dentro de los códigos canónicos del postracionalismo. Sin embargo, ambos extremos mantienen una autonomía volumétrica y una proyección monumental dentro del espacio urbano (Rodríguez Martín:1992). Ello posee diversas causas, políticas, profesionales y funcionales: a) el predominio de regímenes “fuertes”, distantes de la voluntad popular y propensos a la glorificación arquitectónica - la Intervención Norteamericana (1898-1902); las dictaduras de Gerardo Machado (1925-1933) y Fulgencio Batista (1952-1959)-: b) una estructura profesional cerrada, moldeada dentro de los cánones organizativos y académicos provenientes de Estados Unidos, que se mantiene hasta la década del cincuenta, fecha en que se genera el movimiento de consolidación del Movimiento Moderno a partir de la “Quema de los Viñola” (1947) en la facultad de Arquitectura (Quintana: 1975); c) la sucesiva creación de un “centro” capitalino, desplazado del sitio originario de la centralidad colonial.
Hasta los años treinta se consolida el sistema monumental de obras estatales y privadas que le confieren una dimensión “moderna”, sin alterar la continuidad de la trama urbana tradicional. En el centro histórico se insertan oficinas, bancos, almacenes y ministerior; luego, en la espacialidad abierta del “ring” de La Habna, el eje monumental del Capitolio, el Palacio Presidencial y los conjuntos recreativos españoles: el Centro Gallego, el Asturiano, el Casino Español, el Centro de Dependientes, etc. Al “carnaval” de los estilos se opone una de las primeras imágenes modernas de la capital: las oficinas de la empresa Bacardi (1930), realizadas por Esteban Rodríguez Castellas, Rafael Fernandez Ruenes y José Menéndez, caracterizadas por un creativo ropaje Art Decó. En un área, en aquel entonces periférica -los límites externos del barrio Vedado-, surge el sistema hospitalario que se inicia con el Hospital “Calixto García” y la Colina Universitaria, Acrópolis del saber, cuya configuración clásica dominaba sobre el paisaje de la ciudad. A corta distancia, en 1932, ora vez el Art Decó vuelve a señalar el paso del tiempo: la torre de apartamentos “López Serrano” de Mira y Rosich, expresa la influencia de los rascacielos neoyorquinos en el paisaje urbano caribeño.
El concurso del Monumento a José Martí, celebrado en 1938, abre el camino hacia el abandono de los códigos clásicos y la difusión del Monumento Moderno (Weiss: 1947). No se trata solamente de la influencia de la Exposición Internacional de París de 1937 y del prestigio alcanzado por la arquitectura nazi-facista -cuyos códigos también proliferan en Estados Unidos y en la URSS-, sino del surgimiento de una nueva comitencia social. Mientras el academicismo era promovido por las tradicionales élites oligárquicas, los estratos medios presentes en el ejército y en la política pretenden diferenciarse por sus iniciativas dentro de la ciudad. Por una parte, el monumento a Martí define el hito del nuevo centro urbano fijado por Forestier, circundado de monumentales edificios públicos: el Palacio de Justicia de José Pérez Benitoa (1957) y la Biblioteca Nacional de Govantes y Cabarrocas. Por otra parte, en la conurbación de Marianao, en los alrededores del cuartel militar Columbia, surge un sub-centro, identificador de un poder alternativo al representado por el Capitolio Nacional. Elementos decorativos Art-Decó y las columnas abstractas del Monumental Moderno, caracterizan el Hospital Militar y el conjunto de la Plaza Finlay de José Pérez Benitoa (1940), mientras el hospital de Maternidad Obrera de Emilio de Soto (1939), introduce los primeros modelos mendelhsonianos de las cintas curvas continuas de antepechos y terrazas. Los atributos del Racionalismo, fragmentos enunciadores de una renovación estética, son asimilados tímidamente.
4. Terrones petrificados de azúcar
La década del cuarenta constituye el periodo de superación definitiva del academicismo. En coincidencia con una fuerte reactivación de la economía, luego del largo periodo de estancamiento generado por la Crisis Mundial de 1929, la ciudad de La Habana crece en términos urbanísticos y constructivos. El incremento del precio del azúcar a causa de la Segunda Guerra Mundial, crea una disponibilidad de recursos en manos del Estado que se invertirán en infraestructuras técnicas trazados viales, servicios sociales y precarios planes de viviendas populares (Bens Arrarte: 1956). El gobierno del presidente Ramón Grau San Martín (1944-1948) realizará un ambicioso plan de obras públicas identificado con los códigos expresivos de la Primera Modernidad, no en términos de arquitectura “de autor”, sino de estereotipos anónimos generados por las oficinas técnicas estatales. Más que una presencia de los paradigmas de la vanguardia europea, es asimilada la producción constructiva norteamericana llevada a cabo por el plan de New Deal de F.D.Roosevelt.
Existe una incipiente toma de conciencia de la necesidad de planificar el territorio urbano por parte de políticos y profesionales, evidenciada en la Constitución de 1940 que por primera vez se refiere al estudio técnico de las zonas industriales, la construcción de casas económicas y la creación de comisiones de urbanismo a nivel municipal, responsables de “las necesidades presentes y futuras del tránsito público, del ornato, de la higiene y del bienestar común” (Fernández Núñez: 1976). El Ministerio de Obras Públicas elabora los planes reguladores de las capitales provinciales con criterios “funcionalistas” ajenos a los esquemas académicos de ejes, focos y round-points contenidos en el proyecto de Forestier. El trazado de la Carretera Central en 1930 había suplantado definitivamente el ferrocarril por el transporte automotor, cuya importancia se incrementa aceleradamente en Cuba, país que en la década del cincuenta tuvo el índice más alto en América Latina, de automóvil por habitante. Estados Unidos exporta vehículos en gran escala y motiva la construcción de la Carretera Panamericana, cuyo ramal atlántico del Caribe terminaba en la capital cubana (López: 1987). La Habana es dotada de un moderno sistema de avenidas que integra los barrios residenciales con el centro y al mismo tiempo facilitar la distribución de mercancías llegadas al puerto, tanto en la capital como hacia el interior del país. Surge la Avenida de Circunvalación, la Avenida del Puerto, La Vía Blanca -acceso básico a las áreas fabriles-, la Avenida de Rancho Boyeros, -principal comunicación con el reciente aeropuerto-, y las ramificaciones hacia los municipios aleda–os como Guanabacoa, Regla y Marianao. También se diseña un sistema de parques públicos distribuidos por los “repartos” y el Parque Zoológico de La Habana (San Martín: 1947).
El mismo criterio de funcionalidad es aplicado a la arquitectura estatal. La construcción en hormigón armado de escuelas, hospitales, mercados, oficinas, define un repertorio tipológico común: volúmenes puros articulados, ventanas horizontales corridas, acentuación vertical de las cajas de escaleras, ligera monumentalización de los accesos principales por la escala y el uso de mármoles o piedra calcárea. Entre las obras más significativas que se realizan en La Habana entre 1944 y 1948, podemos citar: los Institutos de Segunda Enseñanza de La Víbora (Arq. Carlos Cabal) y Marianao; la Escuela de Comercio de La Habana; el Hospital Infantil Antituberculoso “Angel Arturo Aballi” (Arq. Luis Duval Guerra); el Hospital Las Ánimas; los proyectos del Estado Mayor de la Marina de Guerra (Arqs. Moenck y Quintana), el Palacio de Bellas Artes (Arqs. Govantes y Cabarrocas), el Palacio de los Trabajadores (CTC) (Arq. Macías Franco). Respecto a las obras de la etapa académica, estas edificaciones quedan absobidas en términos más homogéneos dentro de la trama urbana, al perder la autonomía monumental que caracterizaba a las anteriores. No sólo por una mayor expansión a escala territorial, fuera de las áreas centrales, sino también por la simplificación del vocabulario simbólico y la proximidad de los códigos formales al sistema del hábitat colectivo que comienza a proliferar en los barrios habaneros.
Ello se debe no sólo al incremento de la población urbana sino también a la promulgación de una Ley de Alquileres (1939) que hace rentable la construcción de edificios de apartamentos por la iniciativa privada. La inversión anual en este sector se eleva de 9 millones de pesos (1 $ = 1 $US) en 1939 a 34 millones en 1946 (De Armas, Robert: 1975). Sin embargo, casi un tercio de los habitantes de La Habana (300,000 personas) viven en condiciones precarias en los “solares”, “cuarterías” o “casas de vecindad” insertadas en la mayoría de los barrios de la ciudad, tanto de la clase media como la periferia proletaria (Chailloux: 1945). De allí la escasa significación del primer conjunto habitacional “moderno” realizado por el Estado, basado en la integración de viviendas individuales y de bloques de apartamentos, construidos en un área industrial de La Habana. El Parque Residencial Obrero de Luyano (1948), -diseñado por Pedro Martínez Inclán y Antonio Quintana ( Segre 1980)- preveía 1500 casas y 8 edificios de cuatro plantas con diez apartamentos cada uno; equipado con un centro escolar, un asilo de ancianos, mercado, locales de abastecimiento cotidiano y áreas verdes. Aunque sólo se terminaron los bloques y 177 viviendas, demostró la incipiente asimilación de los principios del CIAM, que luego se aplicaron en gran escala a partir de 1959.
5. La difícil simplicidad antillana
A diferencia de otros países del Continente, que en forma temprana asimilan la vanguardia europea -Argentina, Brasil, México -, el racionalismo canónico aparece en Cuba a finales de los a–os cuarenta. A pesar del esfuerzo realizado por los profesores de la Facultad de Arquitectura, Alberto Camacho y Joaquín E. Weiss, quienes difunden las teorías y realizaciones de los Maestros del Movimiento Moderno en la revista del Colegio de Arquitectos (1928-1932), no logran el eco esperado entre los profesionales. Todavía estaba muy arraigado el academicismo y el neocolonial aparecía como un eslabón valido entre las corrientes internacionales y la búsqueda de un lenguaje local, próximo también a la persistente influencia de los modelos de California y La Florida. Hasta la década del cuarenta, predomina la difusión de las investigaciones sobre la arquitectura colonial cubana - Joaquín E. Weiss, Luis Vay Sevilla, José María Bens-, Latinoamérica -Angel Guido, Mario J. Buschiazzo, Emilio Harth Terré -, y las diatribas contra Le Corbusier contenidas en el texto de Guido La machinolatrie de Le Corbusier. Los códigos funcionalista son asimilados por su valor pragmático, por la reducción de los costos al desaparecer la decoración o como alternativa “moderna” en el catálogo estilístico.
Los arquitectos que construyen entre los años treinta y cuarenta no interiorizan los valores ideológicos y morales que fundamentan el Movimiento Moderno. Al no existir una comitencia social identificada con un proceso de renovación política o cultural, los componentes formales son asimilados en forma autónoma, sin estar referidos a un discurso integral, que comprenda la técnica, la función, el espacio, los vínculos con las artes plásticas, etc. De allí que en la arquitectura de La Habana resulta fácil encontrar una multiplicidad de contaminaciones, de formulaciones estéticas en las cuales predomina la mezcla o la autonomía de los componentes fachadísticos, en algunos casos, totalmente fuera de contexto, Por ejemplo, los apartamentos Santeiro (1937) de Emilio de Soto, interacción de elementos Art Decó, racionalista y neocoloniales; los apartamentos de Manuel Copado en la calle Soledad (1944), con las fuertes bandas horizontales mendehlsonianas, ajenas al sistema de aventanamiento y a la estructura de la planta; el primer intento de articular el racionalismo “neoempirista” con los elementos caracterizadores de la arquitectura colonial cubana, realizado por Eugenio Batista en la residencia Falla Bonet (1939) y en su vivienda personal (1944). Mayor ortodoxia poseen los primeros apartamentos en el barrio Vedado de Alberto Prieto y algunas casas lujosas de Rafael de Cárdenas a lo largo del río Almendares, que sin embargo, conservan una organización de los espacios interiores totalmente tradicionalista.
Los cambios aparecen con la generación de la “Quema de los Viñola”: Mario Romañach, Nicolás Arroyo, Antonio Quintana, Emilio de Junco, Alberto Beale, Eduardo Montolieu, Max Borges, Miguel Gastón, el español Martín Domínguez, Nicolás Quintana, Aquiles Capablanca y otros. Formados bajo la tutela de los Maestros, en particular los emigrados a Estados Unidos -Breuer, Neutra, Mies, Moholy, Gropius, Sert, Saarinen - son conscientes de los términos expresivos que identifican los códigos del Movimiento Moderno. Surgen las primeras obras significativas que abren la etapa de madurez del lenguaje en los a–os cincuenta. No resulta fácil delimitar la línea divisoria entre los edificios de la Primera y Segunda Modernidad. Es probable que se trate de una separación que en Cuba carezca de validez, por lo menos hasta el año 1959. O sea, existe un vocabulario representativo del racionalismo canónico, seguido por la adecuación a los materiales naturales y las búsquedas de una identidad arquitectónica local; cambio que se articula en una interrelación constante de idas y venidas, de sutiles variaciones sin profundas contradicciones.
Dos viviendas individuales aisladas constituyen los paradigmas expresivos del lenguaje de las “cajas blancas”: la residencia de el Malecón (1947) de Max Borges y la Casa Noval en el Country Club (1949) de Mario Romañach. En el primer caso, la referencia es el Gropius de la casa en Lincoln; en el segundo se trata de un homenaje tropical a las búsquedas de Le Corbusier, aunque anticipadora de las reapropiaciones postracionalistas white de Peter Eisenman, Michael Graves y Richard Meyer. La vivienda de Borges resulta un ejercicio compositivo de volumetrías cerradas, que se contextualizan con el quiebrasol integrado a la configuración de la fachada. Por el contrario, Romañach demuestra su maestría en el manejo de los espacios reales y virtuales, al perforar el paralelepípedo esencial de la vivienda, con galerías y terrazas, que obligan a una percepción cinética de las tersas superficies y volúmenes blancos. La tradicional distancia respecto al entorno natural queda invalidada por la exhuberante vegetación tropical que penetra hasta el interior de la casa. Ejemplo representativo del cuestionamiento a la persistente monumentalidad de los conjuntos funcionales complejos dentro de la ciudad resulta la sede de la emisora CMQ en una privilegiada esquina del barrio Vedado (1947) diseñada por los arquitectos Junco, Gastón y Domínguez, quienes articulan asimétricamente los elementos identificadores del cinematógrafo, las oficinas, los estudios de radio y televisión y la galería comercial.
En los años cincuenta, el vocabulario del “estilo internacional” se contextualiza y adapta al uso de los materiales naturales locales y a la expresión de los atributos protectores del sol y del condicionamiento climático, producto de la asimilación de las vanguardias latinoamericanas, en particular de Brasil, México y Venezuela. Aunque aparece una incipiente influencia del brutalismo, la arquitectura dominante conserva una nitidez formal y una simplicidad compositiva en las que persisten los enunciados básicos de la Primera Modernidad, en los edificios públicos, la cadena de hoteles surgida en el barrio Vedado y en las viviendas colectivas e individuales. Se destacan los nuevos edificios de la Plaza Cívica -el Ministerio de Comunicaciones (1954) de Ernesto Gómez Sampera, el Tribunal de Cuentas (1953) de Aquiles Capablanca, el Teatro Nacional de Arroyo y Menéndez (1958)-; el primer gran conjunto residencial en altura, equipado con servicios y centro comercial - el bloque curvilíneo de apartamentos Focsa (1956) de Ernesto Gómez Sampera -; las torres del Retiro Odontológico (1953) y del Retiro Médico (1958) de Quintana, Beale, Rubio y Pérez Beato. Mientras Mario Romañach se aleja de los principios formales presentes en la casa Noval, la obsesiva racionalidad de los volúmenes puros persiste en las casa de Frank Martínez, Max Borges y Manuel Gutiérrez
6. Una utopía esperanzadora
A pesar del intento del gobierno de Machado y del Ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, de imponer un control al desarrollo urbano de La Habana, materializado en el plan de Forestier, la ausencia de una normativa urbanística que controlara la autonomía especulativa de la iniciativa privada, hacía de La Habana una ciudad cargada de profundas contradicciones internas. La creación arbitraria de “repartos” suburbanos, promovidos por políticos inescrupulosos y propietarios de tierras, la carencia de servicios públicos, el incremento de las vivienda precarias y de la población proveniente de las áreas rurales, el caótico asentamiento de las instalaciones fabriles, hacían necesaria una intervención concreta del Estado en la planificación de la ciudad, función establecida por la Constitución, pero carente de una estructura operativa real. De allí la formación de grupos profesionales orientados hacia la defensa de los valores funcionales, sociales y estéticos de la ciudad. En 1939, de paso hacia Estados Unidos, José Luis Sert visita La Habana y entra en contacto con los jóvenes miembros de la vanguardia arquitectónica y promueve la creación de una filial cubana del CIAM (Noceda: 1984).
En 194l, Eugenio Batista, Miguel Gastón , Nicolás Arroyo, Gabriela Menéndez, Manuel de Tapia Ruano, Carlos Alzogaray, Beatriz Masó, Rita Gutiérrez, Emilio de Junco y Eduardo Montolieu fundan el grupo ATEC (Agrupación Tectónica de Expresión Contemporánea), que organiza encuentros nacionales para crear una toma de conciencia de los problemas urbanísticos y difundir los postulados del Movimiento Moderno. Algunos de sus miembros viajan al extranjero y participan activamente en los congresos del CIAM que se inician a partir de la Segunda Posguerra. En 1942, Pedro Martínez Inclán encabeza el Patronato Pro-Urbanismo, también orientado hacia los mismos objetivos, con mayor énfasis en la conservación del patrimonio histórico y promoviendo la creación de los Monumentos Nacionales para salvaguardar los valores de la arquitectura colonial. El mismo profesional, con el profesor Eduardo Cañas Abril, crean en 1950 en la Facultad de Arquitectura, la cátedra de Arquitectura de Ciudades, y sugieren la formación de un Instituto de Urbanismo similar al existente en París. La revista Arquitectura comienza a incluir semanalmente temas de diseño urbano, entre los cuales predominan el esquema de la Unidad Vecinal aplicado en Estados Unidos, los proyectos de las nuevas ciudades inglesas y el plan de Londres, elaborados durante la guerra; artículos de especialista extranjeros, entre los cuales figuran Karl Brunner, Gastón Bardet, Le Corbusier, Carlos María della Paolera, José Luis Sert y otros.
El clímax de la teorización urbanística se alcanza en el quinquenio 1949-1954, marcado por dos hitos fundamentales: la publicación del –“Código de Urbanismo” de Pedro Martínez Inclán y la creación de la Junta Nacional de Planificación por el gobierno “de facto” del general Batista. El texto de Martínez Inclán -también denominado “Carta de la Habana”-, retoma la estructura de la Carta de Atenas y la adecúa a la realidad local con el propósito de colaborar en la creación de una “Carta de América”; instrumento de salvaguardia de la ciudad latinoamericana. Aunque la propuesta del urbanista cubano mantiene una temática similar al documento elaborado por Le Corbusier, fustiga a los políticos corrompidos e inescrupulosos que obtienen beneficios de la especulación urbana, denuncia la total precariedad de la vivienda popular en La Habana; exige la preservación de los espacios verdes, en proceso de desaparición en la capital; propungna la restauración y conservación del centro histórico, progresivamente ocupado por los estratos más pobres o por anónimos edificios comerciales. El triunfo definitivo de los enunciados del CIAM se logra en el Forum de la Plaza Cívica celebrado en 1954, en el cual se enfrentan por última vez los académicos y la joven generación de arquitectos y urbanistas. Si bien seguirá ejecutándose el plan tradicionalista de la Plaza y el monumento a José Martí, resulta un triunfo pírrico de la “vieja guardia”: a partir de la creación de la JNP, los fundamentos urbanísticos contenidos en la Carta de Atenas serán aplicados en la ciudad de La Habana.
7. Inocencia y perversión del Movimiento Moderno
La Primera Modernidad posee un claro fundamento ideológico, social, económico y cultural. Las necesidades básicas de amplios estratos de población urbana de escasos recursos requieren soluciones basadas en las posibilidades de la tecnología industrial para crear un entorno humanizado, definido por nuevos valores estéticos que enmarquen una vida productiva, armónica y equilibrada. Si bien las posibilidades de concretar la utopía del Movimiento Moderno se identificaban con el sistema socialista, fue el capitalismo el mayor campo de experimentación de las propuestas -con excepción del breve interludio de la vanguardia soviética-, que alcanzaron algunas concreciones paradigmáticas: los barrios holandeses, los Siedlungen berlineses a los Hof de viena roja. En América Latina, también surgieron iniciativas de hábitat popular que intentaban adaptar los nuevos esquemas a la realidad continental: recordemos los barrios de Carlos Raúl Villanueva en Caracas, las viviendas de bajo costo de Fermín Bereterbide en Argentina, la obra escolar, hospitalaria y residencial de la Revolución Mexicana. Es la candidez y la inocencia presente en la utopía social, en la reivindicación de los desposeídos de la tierra.
Sin embargo, la burguesía implementó la perversa tergiversación de aquellos enunciados, al ponerlos en función de sus restringidos intereses económicos, llevados a cabo por los ingenuos forjadores de los principios programáticos. La figura de José Luis Sert resulta un ejemplo significativo. En los a–os treinta, como joven miembro de la vanguardia arquitectónica republicana, participa en ambiciosos planes de contenido social; La “Ciutat de Repós i de Vacances”(1934), el plan Maciá para Barcelona en colaboración con Le Corbusier (1935) y la “Casa Bloc” (1936), en equipo con Subirana y Torres-Clavé (Freixa:: 1979). En la Segunda Posguerra, al organizar su oficina de planificación con Schulz y Wiener, interviene en América Latina y secunda los intereses económicos de Estados Unidos en la región que requieren la modernización de las estructuras urbanas en los países en los cuales se realizan ingentes inversiones de capital: Cuba, Brasil, Perú, Colombia. Ahora no poseen la primacía los asentamientos proletarios -concebidos segregados en las afueras de la ciudad-, sino las áreas centrales que contienen las funciones administrativas, bancarias y comerciales. La trama tradicional, la arquitectura histórica pasa a un segundo plano en la nueva configuración del “Corazón de la ciudad”. En estos términos finaliza la Primera Modernidad en La Habana: la previsión de un capital regional de 3 millones de habitantes, vértice del triángulo Las Vegas-Miami-La Habana, basada en la magnificación de la función turística que inclusive trasciende a escala nacional: Sert no sólo participa en el Plan Director de la capital, sino de la plana Varadero; de la ciudad histórica de Trinidad; de la Isla de Pinos, previsto para un fuerte flujo turístico (Bastlund:1967).
Habría sido un final trágico -afortunadamente evitado por los cambios iniciados en enero de 1959-, de llevarse a cabo las obras propuestas en el plan: tanto la fantasiosa isla “lúdrica” frente al Malecón -remedo del proyecto de Le Corbusier para Buenos Aires-, como la radical intervención en La Habana Vieja que barría con la mayor parte de la trama urbana histórica, salvándose sólo algunos monumentos aislados. La modernidad perversa, en aras del consumismo, del sistema de imágenes impuesto por el creciente kitsch del eje Las Vegas-Disneylandia, sacrificaba el pasado para reconstruir un edulcorado falso presente, ascéptico e incontaminado. La moral de la Primera Modernidad quedaba sustituida por la inmoralidad de una política corrompida asociada al juego de azar en manos de la “mafia”, disfrazada de buen diseño, de edificios “futuristas”, de urbanizaciones primermundistas. En las realizaciones de la Revolución persistieron los clichés de la modernidad, ahora identificados con los valores morales que los hicieron nacer, al convertirse bloques, torres y pantallas de los suburbios periféricos en viviendas para los estratos populares. Los nuevos contenidos sociales no supieron distanciarse de los modelos originarios y crear un lenguaje renovado que abriera una Segunda Modernidad urbana y arquitectónica representativa del socialismo caribeño.

Roberto Segre



La Habana, julio de 1993
Roberto Segre/La Habana: una modernidad atemporal
BIBLIOGRAFÍA
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