La formación permanente del traductor. Una necesidad apasionante



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LA FORMACIÓN PERMANENTE DEL TRADUCTOR. UNA NECESIDAD APASIONANTE
Sergio Viaggio, Naciones Unidas

... There is a mode of implicit theorisation within translational practice, since the generation of alternative [translations] depends on a series of at least intuitively applied hypotheses. Even though this theorisation usually never becomes explicit, the ability to develop and manipulate hypothetical [translations]] is an essential part of translational competence. Unsung theory -a set of premises resulting from theorisation- may... be seen as the constant shadow of what translators do every day; it is what improves as student translators advance in their specific craft; it is the mostly unappreciated form of the confidence slowly accrued through the making of countless practical decisions; it is what most competent translators know without knowing that they know it. A. Pym (1992a: 175-6)1



Introducción
Este trabajo está fundamentalmente dirigido a los purretes de la profesión, a los traductores pollos y a los pichones de traductor que apenas empiezan a dar tímidos pero impacientes picotazos a la cáscara del académico huevo. A fuer de años y años de probar, equivocarnos y reflexionar, sus mayores hemos llegado hasta aquí. Si Uds. vuelven a partir desde donde partimos nosotros, tampoco van a poder llegar sino hasta aquí. Por eso los veteranos nos esforzamos por objetivar y transmitir nuestras experiencias e ideas, para que a Uds. nos les tome toda su vida aprenderlas -basta con la nuestra- y puedan recoger la antorcha y seguir adelante. ¡Buena suerte, entonces, mis tan queridos y cada vez más distantes jóvenes!

1. Del traductor como chofer y como pianista

Según mi experiencia, existe entre la mayoría de los traductores e intérpretes (en adelante, simplemente traductores) una concepción errada de nuestra profesión2: suelen creer que si uno ya es traductor no queda mucho más por aprender sobre la traducción. Recibirse de traductor y/o afianzarse más o menos en el mercado se toman un poco como sacar el registro: ya se sabe manejar y no tiene mayor sentido seguir aprendiendo; la muñeca viene sola y en la calle. Así, la mayor parte de los colegas creen que para desarrollarse profesionalmen­te, para ser mejores profesionales, todo se ciñe a adquirir más vocabulario, conocimien­tos temáticos más vastos y mayor pericia con los chiches electróni­cos. Como un pianista que creyese que una vez que ha sacado el diploma del Conservatorio, la cosa fuera no más que ampliar el repertorio y aprender a manejar teclados psicodélicos.

Pero sucede que, así como hay maneras anticuadas -obsoletas incluso- o erradas de tocar Bach y técnicas anticuadas -obsoletas incluso- o anatómicamen­te nocivas para pulsar las teclas3, las hay de traducir. Por otra parte, igual que las características del piano, la acústica de la sala y la idiosincrasia de los demás instrumentistas aconsejan o desaconsejan según el caso determinadas maneras de tocar, independien­temente de su valor en abstracto, las característi­cas del original, lo mismo que las de nuestros clientes y destinatarios, no pueden menos de modificar nuestro abordaje del traducir. El traductor que traduce todo igual, como el pianista que toca todo igual o el chofer que maneja siempre igual, tiene mucho, muchísimo que aprender. Siempre hay una manera mejor, más adecuada, más eficiente de traducir, y no tiene que ver tanto con nuestros conoci­mientos de los idiomas ni del vocabulario técnico ni del tema, sino con la esencia de la traducción como acto de comunicación interlingüe mediada, es decir como proceso mediante el cual un acto de habla entre determinados locutor e interlocutor en determina­dos idioma, situación, momento y cultura es re-producido por el traductor en función de otros interlocutores, idioma, situación, momento y cultura (recojo aquí en lo fundamental la definición de García Landa 1990a y b4). Como con las nuevas técnicas o concepción musical del pianista, esa manera mejor suele habérsele ocurrido a otro. Y si ese otro ha tenido la solidaria decencia de consignar su descubrimien­to, en algún sitio ese descubrimiento nos aguarda para que lo podamos asimilar, incorporar y desarrollar todos los demás traductores. Como veremos, ese lugar es el que Popper llama mundo tres, el de los productos de la mente humana, donde se halla depositado todo el acervo del conoci­miento objetivo.

2. Algunas reflexiones sobre la traducción y la traductología

Se ha dicho que la traducción se reduce a una lectura inteligente seguida de una competente escritura. No es cierto. Si así fuera, cualquier lector inteligente y escritor baquiano que conociese dos lenguas podría traducir como un profesional. A despecho de afirmaciones contrarias -casi siempre interesa­das- no suele ser así. La audacia para desaferrarse del original, la distancia para aquilatar los objetivos a que obedecen los textos de partida y de llegada requiere algo más entre leer y escribir; y eso sólo lo da la teoría de la traducción.

Los avances en traductología, el refinamiento y la concre­ción del concepto mismo de traducción, su delimitación paulatina de fenómenos periféricos como la adaptación5 son producto de una comprensión más profunda del lenguaje, el discurso y la comunica­ción. Es lógico, entonces, que el apuntala­miento de la teoría de nuestro oficio provenga de gran número de disciplinas que estudian diversos aspectos pertinentes de los tres mundos: la lingüística, la estilística, la teoría literaria, el análisis del discurso, la teoría de la comunica­ción, la etnología, la psicología cognitiva, la neurofisio­logía, etc.; es decir aquellas que -de una u otra forma y a diferentes niveles- nos explican, describen o aclaran qué es y cómo opera la comunicación. No podemos avanzar sino con ellas, pero tampoco podemos quedarnos atrás.

3. Pasar del Tercer Mundo al mundo tres

Y aquí es donde entra Karl Popper6, el insigne filósofo de la ciencia. Frente al tradicional dualismo cuerpo/mente, Popper distingue tres mundos, llamados con admirable sencillez mundos uno, dos y tres. El mundo uno es el de los objetos materiales, incluidos nuestro cuerpo y demás organismos, el dos el de los estados mentales y las emociones del individuo, y el tres -y esta es una de las aportaciones decisivas de Popper- el de los productos del espíritu humano, el de las ideas, las religiones, los mitos, los prejuicios, el arte y la ciencia. Allí están, también, las teorías de la interpreta­ción musical y de la traducción. El mundo dos (el subjetivo de cada uno) media entre el uno (el material) y el tres (el de todo aquello que la humanidad ha pensado). Cuando leemos un libro o el diario, cuando vamos al cine, cuando asistimos a un congreso sobre traducción, nos 'enchufamos' en el mundo tres. Sólo a través de él podemos trascender los límites de nuestra propia experien­cia, de nuestra propia capacidad de pensar. Y es así como desde que Arquíme­des objetivó su principio, ya no hace falta meterse en la bañadera para descubrir que un cuerpo sumergido desplaza una cantidad de líquido igual a su volumen7.

Los traductores estamos entre los grandes beneficiarios de ese mundo. Conocemos, por lo pronto, más de un idioma y hemos leído más que el común de los mortales. También, con nuestras traducciones, estamos entre los que más han contribuido a él. Sin embargo, como decía, los más de nosotros dejamos sin explorar y, desde luego, sin explotar todo lo que el mundo tres guarda en materia de traducción propiamente dicha. Cuando recurrimos a él, cuando penetramos en su infinita biblioteca, suele ser para consultar gramáticas, diccionarios o enciclopedias que nos ayuden a resolver problemas aislados, pero que no desarrollan nuestra manera de abordar los textos, nuestra metodología, nuestra manera de traducir, nuestra concepción de la tarea, nuestra teoría de la traducción; es decir el sistema articulado -y no el simple amontona­miento- de nociones y criterios, basados, desde luego, en nuestra experiencia e ideas personales, pero enormemente enriquecidos gracias a lo que otros traductores, profesores de traducción, traductólogos, especialistas en lingüística del texto, en filosofía del lenguaje, en teoría de la comunicación, etc. han experimen­ta­do, pensado y propuesto, así como a la crítica a que han sometido esas ideas propias y ajenas.

A mi modo de ver, esa es en especial la gran limitación de los traductores intuitivos y autodidactas, de aquellos que, como yo mismo, para bien o para mal hemos recalado en la profesión. Su conocimien­to, su criterio de la traducción como forma particular de mediar entre dos culturas y trasladar textos de una a otra, de generar un segundo acto de habla sobre la base de uno primero -esencia fundamental de nuestro quehacer- son casi exclusiva­mente subjetivos. Ese conocimiento y ese criterio subjetivos sólo pueden desarrollarse si se analizan críticamente, y ese análisis crítico exige la confronta­ción. Para criticar y comparar nuestra concepción subjetiva de la traducción, es preciso verbalizarla, ponerla "allí" y ver si de veras se aplica e igualmente bien a todas las situaciones, a todos los textos, a todos los clientes; si sirve para generar todos esos segundos actos de habla -siempre inéditos y singulares- que la profesión requiere. Una vez que los hemos verbalizado, nuestros criterios se hacen objetivos, con lo que pasan al umbral del mundo tres. Y apenas los comunicamos o los comenta­mos, quedan instala­dos en él, expuestos a ser asimilados, criticados y desarrolla­dos; por otros, sí, pero sobre todo por nosotros mismos. Solo así conseguimos mejorar de verdad.

Armado de un sólido andamiaje teórico, en efecto, el traductor no está ya a la exclusiva merced de su intuición, competencia y buena suerte; como no lo está el médico ante cada paciente, pues el conocimiento objetivo, el saber profesio­nal colectivo permiten al practicante calificado de cualquier disciplina una visión global de su quehacer concreto. Y ahora que el grueso de las traducciones está relaciona­do con la producción económica y que ha surgido una enorme necesidad social de traductores profesionales, el oficio de aficionados va transformándose precisamente en eso, en una profesión hecha y derecha, es decir en la práctica consciente, socialmente condicionada y reconocida de una disciplina que va desarrollándose a la par de las fuerzas productivas. No es casual, como vemos, que la traductología se encuentre más desarrollada donde las traducciones son mejores, ni que las traducciones sean mejores allí donde mejor las pagan, ni que las paguen mejor donde se entienden más inmediatamente como accesorios fundamentales de la economía. Tanto, que el traductor de textos literariamente anodinos pero relacionados con la política, la industria o el comercio puede ganar mucho más que los herederos de Dryden o Gerard de Nerval.

Pero todavía falta mucho. Con nuestro título desprotegido y la formación librada muchas veces al azar, la brecha entre nuestros saberes objetivo y subjetivos es mucho mayor que en las profesiones estableci­das (especialmente en los países menos industrializados). Al punto que muchísimos colegas ni siquiera ven la traducción como una forma particular de la comunicación. Es una pena, claro, pero natural en el estado presente: estamos en una etapa en que el pensamiento científico apenas comienza a filtrarse entre nosotros, en que las ideas y descubrimientos individuales recién empiezan a estructurarse en un conoci­miento sistemático, en que por fin estamos empezando a salir al mundo tres: a leernos y criticarnos.



4. El mundo tres y sus insospechados tesoros traductológicos

¿Y qué puede decirnos acerca de nuestra profesión, de nuestra tarea, ese mundo tres -¡ay, a veces tan inaccesible desde el Tercer Mundo!- que nos ayude a traducir mejor y con mayor eficiencia? Al fin y al cabo, de eso, que no de otra cosa, depende nuestro éxito profesional y económico. Hasta hace unos treinta o cuarenta años, las contribuciones no habían sido de traducto­res, sino de gente que traducía. De Cicerón a Titler, de San Jerónimo a Ortega y Gasset, hablan los literatos, los filósofos, los diletantes más o menos geniales, que nunca debieron depender del oficio para pagar el alquiler, ni se habrían dignado jamás traducir el manual de instrucciones de una ballesta o una partida de nacimiento del Imperio Austrohún­garo. Eso, que hoy llamamos textos pragmáticos o utilitarios, Schleiermacher se lo dejaba a los escribas intonsos, o sea a nosotros. La profesión de traductor, como la de intérprete simultáneo, es criatura de la posguerra, y todas las reflexiones genuinamente pertinentes provienen de sus primeros proletarios, sobre todo de aquellos que vieron la necesidad imposterga­ble de empezar a enseñarla. Y ahí sí que nuestro mundo tres empieza en verdad a enriquecerse a pasos agigantados.

Si en los albores de la traductología (allá por la estilística comparada de Vinay y Dalbernet y los atisbos geniales de Mounin) la cosa se limitaba casi exclusiva­mente a detectar problemas de lengua y recomendar maneras de neutralizarlos, se comprende ahora que hay tantas traducciones válidas de un texto como diferentes usos tienen las versiones en lengua terminal. La equivalencia dinámica de Nida, los métodos comunicati­vo y semántico de Newmark, la teoría interpreta­tiva de Seleskovitch, la Skopostheorie de Vermeer y Reiss, la aplicación que hace Gutt de la teoría de la pertinencia y el análisis de la traducción como caso especial de la transferen­cia de textos propuesto por Pym no son sino intentos cada vez más refinados de conceptuali­zar este decisivo salto epistemológico. Todos ellos han sido etapas dialécticas en la evolución de la idea de qué es la traducción, qué propósitos debe8 fijarse en general y en cada caso, y cómo pueden lograrse. Y todos han dado fundamento teórico a, precisamente, distintas maneras de traducir9. Cualquier profesional serio y calificado que haya seguido esta evolución no habrá podido menos de refinar asimismo su práctica. Pero, como venía diciendo, este proceso dista todavía mucho de impregnar la praxis general, y la mayoría de los traductores traducen sin darse cuenta siquiera de que se les pide que traduzcan textos funcionalmente distintos, de modo que un aviso publicitario, una receta, un contrato, hasta un poema se encaran igual, como si todos los actos de habla originales fueran idénticos, e idénticos a ellos y, por ende, entre sí debieran resultar también los actos segundos que nos toca generar. Y sin embargo, como las ideas no pertenecen a quienes las han tenido sino a quienes saben valerse de ellas, cualquiera de nosotros puede hacer suyas, totalmente o en parte, las que proponen los expertos y extrapolar­las para decidir en forma más y más ajustada la manera de abordar cada problema, cada texto, cada encargo.

Hay, desde luego, muchas teorías -a menudo encontradas- en esa colosal marmita del mundo tres. Algunas las conozco directa­mente, otras de mentas no más. Mi práctica no ha dejado de mejorar casi con cada cucharón que he sacado. Así he ido confeccionándome mi propio guiso con lo que me ha parecido atinado en cada una, más algún aderezo de mi propia cosecha. Y hoy lo he vertido en este texto, que ahora regresa a enriquecer el caldero original.



5. Mi propia concepción

Puedo resumirla de esta manera. Hurgando en el mundo tres, he podido sonsacar con los años y entre otras cosas que lo primero que debo preguntarme es quién y por qué me pide que traduzca este texto, para que lo lea quién con qué fin; en otras palabras, qué tipo de acto de habla me toca iniciar o re-producir. Ese es el skopos, la finalidad de la traducción, y ese skopos determina mi estrategia global; a él se supeditarán todas mis decisiones tácticas. Con frecuencia, este abordaje me lleva a hacer muchas preguntas y sugerencias antes de encender la computado­ra, porque ya no traduzco igual para el público lego que para el informado, para enterar que para convencer10. Sólo después hinco el diente al original, que tomo como la materialización lingüística de un querer decir individual o colectivo, personal o institucional. Para mí, las palabras no son más que pruebas circunstanciales del sentido: pienso que, frente a ellas, el traductor debe erigirse en Sherlock Holmes o Sigmund Freud (sus métodos son casi idénticos). No me interesa tanto qué dice el original como qué quiere decir, qué quiere hacer el autor u originador a través de ese texto, porque a partir de Grice, pasando por Austin y Searle, sabemos que decir es hacer11.

Comprendo ahora que todo texto se presta a tantas interpre­taciones (más o menos adecuadas) como una partitura, pues ni el lenguaje articulado ni la notación musical permiten consignar todo lo que se pretende comunicar. Toda lectura es, por consi­guiente, una interpretación; sólo que la traducción es una interpretación ostensible y, por ende, inmediatamente criticable. Me sé obligado, pues, a quemar naves a cada paso y a responder por cada una que incinero. Sé, además, que el destinatario tiene conocimientos, expectativas y necesidades diferentes, y que esas diferencias aconsejan o exigen toda clase de ajustes. Sobre la base del primer acto de habla -que no puedo modificar, y esta es mi limitación- y de las instrucciones del cliente -en las que sí puedo, a veces, influir- me toca generar un segundo acto, esta vez en la lengua terminal, sopesando la nueva relación dialéctica entre el querer decir y la intención pragmática originales, las instrucciones del cliente y los nuevos destinatarios, que han de traer a su extremo de este nuevo acto expectativas, conocimientos y actitudes diferentes -acto que iniciaré en función de mi análisis de todas estas circunstancias y de mi destreza, y esa es mi libertad responsable-. (El traductor cobra, fundamental­mente, porque, sobre la base de su saber específico, ejerce una libertad responsable, que es lo que jamás podrá hacer ninguna máquina esclava... ni ningún advenedizo ignaro, por más idiomas que sepa o crea saber.)

Así pues, como no soy autor sino traductor, mi texto -bien que casi siempre autónomo en la lengua y cultura de llegada- no es totalmente mío. Debe guardar cierta relación necesaria (aunque diferente en cada caso) con el original, con su contenido, con su intención e incluso con su forma; debe serle -de una u otra manera, en una u otra medida- "fiel". Una vez más, es en el mundo tres donde he podido hallar y analizar críticamente el riquísimo debate sobre la fidelidad en traducción12. Sólo una idea atinada de la fidelidad (que, como he llegado a ver, no es únicamente al original, pues soy un mediador, y como tal, tengo, por lo menos, una doble lealtad; triple si contamos al que me paga) me permite no gastar pólvora en chimangos y traducir, entonces, mejor y más rápido. Y he aquí que Popper, que no es traductor ni habla de traducción, me ha dado la clave decisiva: Words do not matter, so long as no one is misled by them [mientras no llamen a engaño a nadie, las palabras no importan]. Hasta nuevo aviso, ése será mi lema (y debiera serlo, pienso, de todo traductor). Me define la fidelidad en forma negativa; ya no me preocupa tanto qué tengo que hacer con las palabras, como qué no tengo que hacer con ellas: llamar a engaño respecto del querer decir original dentro del skopos de la traducción. Entiendo que el lenguaje es meramente vehicular, y que sus características formales sólo adquieren pertinencia en la medida en que en ellas se plasme algo de la substancia pertinente del querer decir (y ahí sí entran en juego los efectos formales como la rima, el metro, el estilo, el registro y tantas otras cosas que, de otro modo, carecen de sentido propio alguno y pasan a ser totalmente negociables). Pues en tanto las palabras, la forma no dificulten, perturben o empobrezcan innecesaria o injustificadamente el entender, todo vale: las adiciones, las omisiones, los atajos, los circunloquios, las adaptacio­nes, los cambios de registro, etc.

De Seleskovitch y la Escuela de París he aprendido la lección fundamen­tal de que el traductor traduce para que el destinatario entienda, para que un segmento pertinente del mundo dos (el querer decir del autor), objetivado en el mundo tres (el texto) como elemento del mundo uno (el papel), vuelva a convertirse pertinentemente en mundo dos (el haber entendido del destinatario). Hِrmann13 (otro no traductor) me ha hecho ver, por su parte, la asimetría entre querer decir y entender, que persiguen fines diferentes. Es más, hay diferentes entenderes y distintos querer entender (el mismo querer decir del acusado no desemboca en idéntico querer entender según lo escuche su madre, su abogado, el fiscal, el juez o el taquígrafo). También es fundamental, desde luego, la respectiva capacidad de decir del emisor o de entender del receptor, que no todo querer decir logra decirse bien ni todo querer entender consigue enten­der de veras. Comprendo ahora que para el traductor sólo están verdadera­mente dados los puntos de origen y de llegada: el querer y poder decir previo al texto y distinto, por ende, de él, y el corres­pondiente querer y poder entender -singular o múltiple- que dará lugar a un entender posterior al texto y también distinto, entonces, de él. Descu­brirlos -o adivinarlos- es, acaso, mi responsabi­lidad máxima, pues sólo así puedo lograr que el querer decir original se entienda adecuadamente. Entre esos dos polos, mediamos el texto original inmerso en su (sub)cultura y articulado en la lengua de partida, yo y mi texto traducido inmerso en la nueva (sub)cultu­ra y articulado en la lengua de llegada. Soy el pilar que sostiene, separa y une dos tramos de un mismo puente por donde debe fluir el habla del locutor original al destinatario de la traduc­ción: en mí termina el acto de habla original y comienza el segundo. Si ese puente, por primoroso que se vea, no permite el tránsito del habla, es como el submarino de que habla Gila: de pintura bien, pero no flota.

Nord, House y Gutt me revelan que lo que Newmark llama traducción semántica y comunicativa se explican mejor de otra manera: La traducción puede ser documental (Nord), patente (House) o directa (Gutt) -o sea representar el texto original en la otra lengua/cultura- o, respectivamente instrumental, encubierta o indirecta -valiendo autónomamente como documento de la lengua/cultura meta-14. Armado de esta teoría, traduzco y, si es necesa­rio, explico y defiendo mis soluciones ante usuarios, clientes y colegas. Este debate constante me enriquece y me permite perfeccionar cada vez más mi práctica.

Todo esto he venido aprendiendo entre mis incursiones en el mundo tres y mi trabajo cotidiano. Pero en el mundo tres hay más, mucho más que me parece menos pertinente, o desatinado, o aburrido, o que no he comprendido bien, o que no conozco. Y seguirá habiendo cada vez más. Soy consciente de que no puedo permitirme el lujo de solazarme en lo que ya sé, en lo que ya se me ha ocurrido. En este trabajo, por ejemplo, sostengo cosas que ya había dicho muchas veces (en especial Viaggio 1992a, b y c), pero careciendo del magnífico asidero de los modelos de Popper y Hِrmann; más aún, hasta hace unos meses ni conocía su existencia. Como he procurado mostrarles, el mundo tres de la traductología (accedido a través de lecturas, charlas con amigos, congresos de traductores) me ha permitido acceder, a su vez, a un segmento pertinente del mundo tres de la filosofía y de la comunica­ción. Tengo ahora una visión más rica de mi misión como traductor y de los criterios e instrumentos necesarios para cumplirla con éxito.

Pero hay algo más importante. Con cada incursión en el mundo tres -¡ay, tan lleno también de baratijas!- regreso a mi mundo dos sintiéndome mejor traductor, más profesional, más convencido de esta fe y muchísimo más resuelto a defenderla de sus detractores y a propagarla entre los colegas que no la comparten; vuelvo con mayor entusiasmo, con redoblada pasión, más feliz.


6. Algunos ejemplos prácticos
Permítanme ilustrar con algunos ejemplos sacados de la vida real cómo, a raíz del desarrollo de la teoría, he venido refinando mi práctica15. Tomemos el manual de instruccio­nes de una videocámara que me hayan encargado traducir al castellano para los mercados ibérico y latinoamericano. Al principio, una frase como "Press the lid until it clicks into place" me habría dado un dolor de cabeza. Seguramente la hubiera traducido como "Oprima la tapa hasta que calce audiblemente" o, menos horrísono, "Apriete la tapa hasta que la oiga calzar", pasando el ruido del substantivo al verbo y éste del objeto al agente. Pero extrapolan­do el hallazgo de Vinay y Dalbernet de que la diferencia básica entre el inglés y el francés es que el uno opera en el plano concreto de la realidad y el otro en el abstracto del entendimiento (fíjense, si no, cómo el ruido que se oía explícito y concreto en inglés pasa a sobreenten­der­se implícito y abstracto en castellano), comprendo que es menester un criterio radicalmente nuevo. Mi problema es, en efecto, la repentina irrupción de la realidad, del sonido, en el verbo. Pasando al nivel del entendimiento puedo decir tranquila­mente "Oprima la tapa hasta que calce", o, mucho mejor, "Cierre bien la tapa". Con ello, la lingüística comparada comienza a orientarme entre las equivalencias de forma y mi traducción se vuelve más idiomática, pero eso no es suficiente. Como decía, para el buen traducir hace falta más que haber entendido bien y escribir bien. En otras palabras, aunque es necesario, no basta optar por lo que Newmark llama traducción comunicativa.

Nida me ha enseñado que, amén de la idiomaticidad, debo velar por la aceptabilidad cultural de mi versión. Si el original reza "Keep an image of your favorite batter in his moment of glory", me detengo a pensar que el béisbol es popular sólo en América central y Cuba. No vacilo entonces en añadir un ejemplo tomado del fútbol; excepto que en el fútbol no cuenta tanto el jugador como la jugada, de modo que pongo "Conserve una imagen de su bateador favorito en un momento de gloria o de ese formidable gol de medio campo". He compren­dido dos cosas traductológicamente decisivas: una es que puedo adaptar, incluso re-escribir; la otra es que debo.

De Seleskovitch he adquirido el hábito de distinguir entre significado y sentido. Sé, además, que el sentido aprehendido por el lector es el producto de la conexión que él establece mentalmente entre el significado lingüístico del enunciado y lo que sabe del mundo; de modo que el conocimiento compartido entre emisor y receptor es decisivo para que éste entienda el enunciado como aquél lo desea. Tengo que ponerme en los zapatos de mis lectores, pensar qué conocimientos y presuposicio­nes han de traer o no a colación para entender mi texto.

Teniendo presente las clasificaciones de Bühler y Nord, me doy cuenta de que este original, utilitario por excelencia, debiera ser ante todo informativo (pese a la pertinacia persuasiva del originador que insiste en seguir vendiendo la cámara que el usuario ya ha comprado). Mi texto, en otras palabras, por encima incluso de su idiomaticidad y aceptabilidad cultural, debe ayudar a usar la cámara. Busco, entonces, mejores formas de transmitir el sentido al lector hispano. Me siento libre de ser más explícito o, sobre todo, menos. Lederer me ha hecho ver que la comunicación opera sobre la base de la sinécdoque (basta mencionar una parte para evocar el todo), de modo que procuro transmitir el sentido lo más económicamente posible, sin repeticiones innecesarias o instruc­ciones para infradotados -tan típicas de los manuales norteamericanos- como "In order to replace the cassette, open the lid marked 'cassette' on the left side of your HARAKIRI 6000 Super Eight Super-Compact Enhanced Image Recorder. After opening the lid, replace the cassette, then close the lid once again by applying pressure on it until it clicks into place (see figure 2 below on this page)16". Como he asimilado la tesis parisina de la no-imbecilidad del lector, corto por lo sano y escribo "Para cambiar la casete, abrir la tapa (figura 2)".

Con ayuda de la escuela soviética y la skopostheorie, me hago cargo de que mi traducción, más que equivalente al original, ha de ser adecuada a su fin. El originador (o sea el que ha encargado el texto original y su traducción) desea una cosa: vender cámaras. Dentro de ese skopos general, el manual es un complemento del producto. Unas instrucciones agrada­blemente presentadas, idiomáticas, claras y concisas son tan importantes como el atractivo embalaje y el diseño futurista. Gutt, a su vez, me explica que la pertinencia es la razón entre el esfuerzo que el lector necesita para entender el texto y la informativi­dad que éste reviste para él17. Como el 99% de las cámaras se venderán en México, Colombia, Perú, Chile, la Argentina y España, que no en Cuba o Panamá, tacho al bateador; distrae. La desventaja de discriminar a algunos usuarios queda más que compensada por la concisión, la coherencia y la familiaridad uniforme de las alusiones culturales del texto. Por otra parte, el lector ya ha comprado la cámara y no hace falta que le recuerden a cada paso que tiene que aprender a filmar con una HARAKIRI 6000 Super Eight Super-Compact Enhanced Image Recorder, abuso onomástico que en nuestra cultura resulta hasta exasperante. (Y también el originador debiera comprenderlo; después de todo, recordemos, la cámara ya está vendida y lo único que le interesa de ahora en más es no verse obligado a respetar la garantía.)

Es también Gutt quien corrobora la creciente sospecha que me ha perturbado desde que me animé a traducir idiomáticamente; a saber que el original, en este caso y tantos otros, carece en definitiva de importancia. El manual inglés no es sino un modelo, un formato, una secuencia de texto e imágenes; imágenes que son, por cierto, lo único que ha de mantenerse constante en la traducción. O sea que mi trabajo no es producir una traducción como la había concebido hasta aquí; es decir como un texto castellano supeditado a un texto inglés, aunque lingüística, cultural y prácticamente adaptado. Mi versión debe ante todo ser fiel a) a los skopoi -los respectivos querer decir y querer entender- básicamente económi­cos del originador y los usuarios y b) a la realidad extralin­güística de los aparatos electrónicos. Seguramente sin sospecharlo, mi cliente no espera una traducción sino un texto paralelo, pertinen­te por sí mismo y no en virtud de su semejanza a un original en otra lengua. Si se obceca, bautizaré al aparato "Registradora de imágenes" o algo igual de pretencioso, pero del título en más le diré "cámara" y a otra cosa.

Por último, de Pym colijo que toda mención de instituciones, prácticas comerciales y concesionarios específicamente estadouni­denses está destinada exclusivamente a los usuarios del original y que es mucho mejor, por consiguiente, eliminarla. El lector extranjero se sentirá confuso, desorientado o simplemente disgustado cada vez que el texto lo deje excluido: es su cámara que ha comprado con su dinero. Poco le importa si en Ohio hay que pagar un impuesto especial o si la garantía no es válida en Nebraska; todo lo que quiere son instrucciones claras y concisas. Para él hay un solo manual, el suyo, en castellano; que sea original o traducción o adaptación del inglés o del chino le tiene sin cuidado.

Así, mis segundos actos de habla, mis esfuerzos de mediación interlingüe, van adquiriendo mayor autonomía, mayor dinámica propia. Y, a la vez que mis textos se van tornando cada vez más míos, por esas cosas de la dialéctica van resultando al propio tiempo más y más fieles a su skopos específico, más y más adecuados... al menos creo. Precisamente eso, más que mi vocabulario enriquecido o mis conoci­mientos temáticos más profundos y variados o mi mayor ductilidad estilística, es lo que me va haciendo mejor traductor. Y como, aparte de haberse venido tornando cada vez más conformes a la finalidad que -las más de las veces inconsciente­mente- mis clientes persiguen con ellas, mis traducciones han devenido, encima, peligrosa­men­te más cortas, he aumentado mi tarifa por palabra. Tengo, por otra parte, la enorme ventaja de poder explicar a mis clientes la teoría de mi práctica, como puede el médico explicar al paciente por qué debe tomar la píldora que le receta y no la que le recomendó su tía... u otro médico.



7. ¿Cómo orientarse en el mundo tres?
Todo esto está muy bien, claro, pero ¿cómo acceder a los sectores pertinentes del mundo tres? ¿Y cómo no perder tiempo y entusiasmo leyendo cosas de interés ninguno o marginal, obsoletas o lisa y llanamente desatinadas? Por desdicha, no hay una antología periódicamente actualizada. Lo mejor es dividirse el trabajo entre varios. En mi bibliografía he consignado algunos de los escritos que más me han marcado a mí. Esos los recomiendo. Pero no hace falta leerlos para digerir sus ideas (la Skopostheorie, por ejemplo, ha sido expuesta casi exclusivamente en alemán y yo sólo la conozco indirectamente). Los trabajos más recientes suelen asimilar críticamente los anteriores; y así como no hace falta leer a Darwin o Newton para conocer sus teorías, tampoco es indispensable leer a los clásicos de la traducción, ni a Popper ni a Hِrmann (no que no valga la pena, claro) para aprovechar las suyas. Basta con acceder a sus ideas traductológica­mente pertinentes, y para eso están la literatura de divulgación y los colegas más informados. En principio, creo, es suficiente -y al mismo tiempo necesario- mantenerse al día en forma indirec­ta. Si es posible hojear de vez en cuando las revistas especializa­das, tanto mejor. Para pagar y leer menos, las subscripcio­nes y la lectura pueden repartirse, de modo que cada quien haga circular entre los demás sólo los artículos pertinentes. Un par de libros (Delisle 1994, Hatim & Mason 1990, por ejemplo) pueden dar una visión más acabada. En todo caso, no hace falta convertirse en ratas de biblioteca; podemos dejar que el trabajo de selección, análisis y asimilación lo hagan los especialistas. Mejor, en cambio, asistir de vez en cuando a algún congreso como éste, donde las ideas se confrontan y se enfrentan. Pero menos de eso, no. Porque el mundo tres sigue su marcha inexorable hacia ese horizonte inalcanzable del conoci­miento del universo, del ser humano, de la traducción; y con el tercer milenio es hora de que todos los traductores verdaderos avancemos con él, ayudándolo simultánea­mente a avanzar. Para que las traducciones sean cada vez mejores y más eficientes, y para que a nosotros, sus autores, nos consideren auténticos profesionales y nos paguen en consecuencia.
BIBLIOGRAFÍA
1) Obras mencionadas o utilizadas en este trabajo cuya lectura no me parece indispensable para el traductor de textos pragmáticos
BASTIN, G.: (1990) La notion d'adaptation en traduction. étude de l'adaptation ponctuelle et globale dans la version espagnole de "L'analyse du discours comme méthode de traduction" de Jean Delisle, Doctoral Dissertation, Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris Interpretation), ESIT, 800 pp.

CHESTERMAN, A.: (1993) "From 'Is' to 'Ought': Laws, Norms and Strategies en Translation Studies", Target 5:1, pp. 1-20.

--(1994) "Karl Popper in the translation class", en DOLLERUP, C. and LINDEGAARD, A. (eds): Teaching Translation and Interpreting. Training, Talent and Experience 2, John Benjamins, Amsterdam, pp. 89-96.

GARCIA LANDA, M.: (1990a) Teoría de la traducción, (manuscrito no publicado... lástima grande!).

--(1990b) "A General Theory of Translation (and of Language)", Meta 35:3, pp. 476-488.

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2. Obras que conviene leer al traductor profesional
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CHESTERMAN, A.: (1995) "The succesful translator; the evolution of homo transferens", Perspectives 1995:2, pp.253-270.

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HURTADO ALBIR, A.: (1990) La notion de fidelité en traduction, Didier érudition, Paris, 237 pp.

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MOSSOP, B.: (1983) "The Translator as Rapporteur: A Concept for Training and Self-Improvement", Meta XXVIII-3, pp. 244-278.

MUñOZ MARTIN, R.: (1995) Lingüística para traducir, Teide, Barcelona, 328 pp.

NORD, Ch.: (1991) "Skopos, Loyalty, and Translational Conven­tions", Target 3:1, pp. 91-110.

PYM, A.: (1992b) "The Relations Between Translation and Material Text Transfer", Target 4:2, pp. 171-190.

SAGER, J.C..: (1995) Language Engineering and Translation. Consequences of Automation, John Benjamins Publishing Company, Amsterdam, 345 pp.

SELEKOVITCH, D. and LEDERER, M.: (1986) Interpréter pour traduire, Didier érudition, Paris, 311 pp.

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VIAGGIO, S.: (1991) "The First Thing to Teach (Which Is Often Never Taught)", Fremdsprache 4-1990.

--(1993) "Lo primero que hay que enseñar", Núcleo 7, pp. 41-62 (versión castellana de Viaggio 1991).

--(1994) "Theory and Professional Development, or Admonishing Translators to Be Good", en DOLLERUP, C. and LODDEGAARD, A. (Eds.): Teaching Translation and Interpreting 2, pp. 97-106.

--(1995) "Pero la traducción finalmente de quién es? El traductor y sus ménades", Sendebar 6, pp.159-174.

VINAY, J.-P. and DALBERNET, J.: (1957) Stylistique comparée du français et de l'angalais, Beauchemin, Quebec, 1977, 329 pp.


LAS REVISTAS ESPECIALIZADAS MAS CONOCIDAS

(En orden de prioridad para el traductor de textos utilitarios)


Meta, Translators' Journal, Les Presses de l'Universté de Montréal, Montréal. (Acaso la mejor y más pertinente de todas).

Sendebar, Boletín de la Escuela Unoversitaria de Traductores e Intérpretes de Granada, Granada. (Anual. Exasperantemente llena de gazapos y errores tipográficos, pero muy buena y, en castellano, la única realmente pertinente para el traductor de textos utilitarios)

Perspectives, Studies in Translatology, Museum Tusculanum Press, University of Copenhagen. (Muy buena y accesible a todo traductor.)

The Translator, Studies in Intercultural Communication, St. Jerome Publishing, Manchester. (Muy buena.)

The Interpreters' Newsletter, Scuola Superiore di Lingue Moderne per Interpreti e Traduttori, Università degli Studii di Trieste,Trieste. (La única dedicada exclusivamente a la interpretación, y excelente.)

Rivista internazionale di tecnica della traduzione, Scuola Superiore di Lingue Moderne per Interpreti e Traduttori, Università degli Studii di Trieste, Trieste. (Anual. Excelente, y, pese al título, casi toda en inglés. En el número 0 -sí, cero- puede leerse el único artículo de M.A.K. Halliday sobre traducción.)

Target, International Journal of Translation Studies, John Benjamins Publishing Co., Amsterdam. (Semestral. De altísima escuela. De las revistas más 'teóricas' es decididamente la que hay que leer.)

Turjuman, Revue de Traduction et d'Interprétation, Ecole Supérieure ROI FAHD de Traduction, Tanger. (Semestral. Muy buena, aun para quienes no sepan árabe, pues la mitad está en francés e inglés.)

Cuadernos de traducción e interpretación, EUTI, Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona. (Aparece irregularmente. Hace tiempo que no veo un numero. De los que conozco, ólo el 4 me parece pertinente para el traductor de textos utilitarios)

Livius, Revista de Estudios de Tradución, Universidad de León. (Anual. Más bien literaria.)

Paralèlles, Cahiers de l'Ecole de Traduction et d'Interprétation, Université de Gnenève, Geneva. (Aparece de una a tres veces por año. Más bien literaria.)

TTR, Etudes sur le texte et ses transformations, Université de Québec a Trois Rivières, Quebec. (Anual. De escuela aún más alta que Target, incluso demasiado.)

Babel, International Journal of Translation, John Benjamins Publishing Co., Amsterdam. (Trimestral. Apenas tres artículos por número y no siempre pertinente para el traductor de textos utilitarios)

Professional Translator & Interpreter, The Journal of the Institute of Translation and Interpreting, and the Translators Association of the Society of Authors, London. (Poco pertinente para el traductor de textos utilitarios)

Núcleo, Revista de la Escuela de Idiomas Modernos, Universidad Central de Venezuela, Caracas. (Sólo conozco números aislados, pero parece muy buena, salvo que no es exclusivamente de traducción.)

Taller de Letras, Revista del Instituto de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile (idem.)

Revue de phonetique appliquée, Université de l'Etat à Mons, Mons. (idem.)

Multilingua, John Benjamins Publishing Co. (No la encuentro pertinente para nosotros.)

Language International, John Benjamins Publishing Co. (idem.)
Conozco dos revistas alemanas: Lebendesprache y Fremdsprachen (QEPD con el muro de Berlín)
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Sendebar 7, 1996, pp. 287-302.

1Existe, dentro de la práctica traslaticia cierta teorización implícita, pues para concebir diferentes posibles traducciones de un pasaje es menester una serie de hipótesis aplicadas al menos intuitivamente. Aunque esta teorización casi nunca se hace explícita, la capacidad para producir y manipular versiones hipotéticas es componente esencial de la competencia del traductor. Una teoría callada -conjunto de premisas producto de la teorización- viene a ser, pues, como la sombra constante de lo que los traductores hacen día a día; es lo que mejora a medida que los estudiantes de traducción desarrollan su oficio; es la forma, casi nunca valorada, como la confianza va afianzándose lentamente a través de innúmeras decisiones prácticas; es aquello que los traductores más competentes saben sin saber que lo saben [S.V.]

2A nadie alarme mi puntuación a la inglesa: no es una apostasía, sino la adopción consciente de un sistema que aprovecha con mayor sagacidad el punto y coma y los dos puntos (¡y cómo me tienta adoptar el guión!). Vayan a guisa de compensación mis argentinismos descarados.

3Tratando de agilizar los anulares, el pobre Schumann casi los pierde, y a eso le debemos que haya debido abandonar su carrera de pianista.

4Para esta ponencia, me puse a releer su artículo en Meta 35-3. Es un trabajo áspero de tan riguroso, pero que vale el enorme esfuerzo de cooperación que exige del lector. A no dejarse amilanar por el matete de la notación matética (la traducción se define como LPIoK-Fo(XmL,SmH)GtmP-LPCoK=LPIiK-Fi(XnL,SnH)GtnP-LPCiK) ¡les juro que tiene sentido... y, básicamente, razón! (Por cierto, matético es neologismo de MGL, que lo saca del griego mathein, que diz que significa 'pensamiento puro' o algo similarmente helénico. Según MGL la notación matemática, como la de la química o la lógica, no son sino ejemplos de escritura matética, en que las nociones se reducen a letras y cifras y las relaciones a símbolos gráficos.)

5Por ejemplo, la espléndida adaptación castellana de Delisle 1984 realizada por Bastin, y que es la base de su tesis doctoral de 1990.

6Debo mi reciente afición por este gran pensador a Andrew Chesterman, que en los artículos citados y en su intervención ante el Primer Congreso de la Sociedad Europea de Traductología (desgraciadamente inédita) demuestra, además, la enorme pertinencia del modelo popperiano de la evolución para nuestra disciplina (el modelo está implícito en la introducción a esta ponencia). Hago este tipo de comentario para ilustrar cómo el saber específicamente traductológico se va nutriendo de los más insospechados caudales del saber objetivo. Vean si no el título del apasionante artículo de Kruzhkov (1992), en el que se aplican -¡con éxito!- las nociones de la mecánica cuántica a la traducción poética. Es así como diferentes especímenes de nuestra traductoril especie (otra vez, indirectamente, Popper) van hollando terrenos distantes y trayéndonos sorprendentes descubrimien­tos -un poco como Colón traía indios de América para solaz de la corte de Fernando e Isabel- que, asimilados, pasan a ser acervo de la especie toda.

7Por cierto que, salvo para el filólogo o el historiador de la ciencia, poco importa el original griego del principio, como que importa poco cómo se diga o pueda decirse en cualquier lengua. Recuerde el joven traductor (y también algún traductor viejo) que el principio de Arquímedes no es un enunciado sino una idea que, no lingüística que es como todas las ideas, puede enunciarse en cualquier lengua de infinitas maneras, algunas más claras, más elegantes o más precisas que otras.

8Nótese la negrita. Yo sostengo que los estudios descriptivos son insuficien­tes, pues si aceptamos que hay maneras mejores de traducir, tiene que haber también mejores traducciones. Se trata de que esos modelos mejores cundan y desplacen a los peores. En este sentido, merece la pena el magnífico artículo de Chesterman (1993).

9Junto a estos trabajos teóricos, aparecen otros de sesgo didáctico, como los manuales de Delisle y Hatim & Mason que ilustran prácticamente los problemas y las posibles estrategias para su solución, que nos enseñan a aplicar las teorías (por cierto, los libros de Nida son también manuales de traducción de la Biblia). Otros se orientan más a los pedagogos, como Kussmaul. Luego están los escritos sobre traducción literaria y los de la llamada Manipulation School (Holmes, Toury), que no revisten, a mi modo de ver, tanto interés directo para nos los traductores de textos utilitarios, aunque sí me parece muy fecunda la noción de normas.

10Ni tampoco por diez pesos que por mil, pero esa es harina de otro costal.

11Dentro de esta óptica he propuesto también un principio de análisis de los diferentes estratos del sentido (Viaggio 1996 en prensa).

12Y aquí no puedo menos de recomendar Hurtado Albir 1990.

13Debo este libro a Mariano García Landa, que poco menos que me obligó a leerlo.

14Estos tres pares de nociones, que se traslapan sin coincidir totalmente, me parecen de gran utilidad práctica. Por desdicha, no me da el espacio para explicarlos, de modo que ¡a leer!

15Un análisis similar puede hallarse en Viaggio 1994.

16En descargo del pobre lector estadounidense y para escarnio de la sociedad en que vive, aclaremos que la cosa obedece al pavor de que algún usuario malintencionado -o imbécil, que los hay- aduzca la falta de claridad de las instrucciones en un juicio por daños y perjuicios (no hace mucho una mujer ganó un juicio porque, como las instrucciones de su microonda no lo desaconsejaban explícitamente, había puesto a secar al gato, con lo que se quedó sin animal y sin horno). Como, por otra parte, en nuestros países suele no haber responsabilidad civil efectiva cuando una pobre alma muere electrocutada por su lavaplatos (y eso para escarnio de la sociedad en que vivimos), las precauciones violatorias de la máxima de calidad son innecesarias.

17Toda violación de las máximas de la conversación (calidad, cantidad, pertinencia, modo e idiomaticidad) merma la pertinencia del texto.


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