La filosofía liberal del magistrado carlos gaviria



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UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA FACULTAD DE MEDICINA

ÁREA SALUD Y SOCIEDAD
SALUD Y SOCIEDAD I - PRIMER SEMESTRE


LA FILOSOFÍA LIBERAL DEL MAGISTRADO CARLOS GAVIRIA


Iván Darío Arango
Reproducido con fines docentes de:

El enigma del espíritu moderno.


..hay comportamientos que sólo al individuo atañen

y sobre los cuales cada persona es dueña de decidir

Magistrado Gaviria
En Colombia tenemos un partido liberal, pero no tenemos una mentalidad liberal: por esta razón las intervenciones y las ponencias del ma­gistrado Carlos Gaviria han causado tanta sor­presa en nuestra sociedad y hasta en algunos círculos intelectuales. Nuestra sociedad es una sociedad tradicional que todavía encuentra in­mensos obstáculos para entender los principios de convivencia propios de la cultura moderna: principios que por una parte corresponden a la filosofía liberal, pero que por la otra, constitu­yen la base de la democracia.

En varios de sus textos, el magistrado Gaviria ha logrado expresar con una claridad una precisión extraordinarias los principios básicos de la filosofía liberal, y lo ha logrado en unos tér­minos que hacen de su liberalismo una variante novedosa frente al legado de los autores clásicos.

Para entender la pertinencia de su pensamien­to, es necesario afirmar de entrada que él consi­gue avanzar sus argumentos apoyado en evidencias empíricas y en una conceptualización filosófica presentada en el estilo directo, sin ro­deos, de quien tiene algo para decir, razón por la cual encuentra el lenguaje apropiado para que el lector no se pierda en palabras ni en tecnicis­mos y pueda ocuparse de las solas ideas.
La realidad de las diferencias

La filosofía del magistrado Gaviria, como toda la tradición liberal, parte de la realidad empírica que tienen las diferencias de creencia y de opi­nión: desde el siglo XVII, a raíz de las guerras de religión, quedó plenamente claro que la diversi­dad es inevitable, que las diferencias de criterio y de convicción se presentan como se presentan los hechos más inmediatos, lo cual permitió en­tender por fin que no eran resulta o del egoís­mo o de la mala voluntad de algunos que estaban empeñados en contrariar a quienes aseguraban haber encontrado el único camino de salvación: "[...] lo que cada persona puede hacer es recla­mar del Estado un ámbito de libertad que le per­mita vivir su vida moral plena, pero no exigirle que imponga a todos como deber jurídico lo que e la vive como obligación moral". 1

Sobre la base incontrovertible de la diversidad empírica de creencias y de opiniones, las cuales determinan las diversas formas de vida de las per­sonas, nuestro autor insiste en que "hay compor­tamientos que sólo al individuo atañen y sobre los cuales cada persona es dueña de decidir".2 Se tra­ta de una esfera de actividad que al Derecho le corresponde proteger ante cualquier interferen­cia, venga de donde viniere, ya provenga de los particulares, de la sociedad o del Estado.

Queda entonces establecido que el objeto del Derecho, del orden jurídico, consiste ante todo en la protección de una esfera personal de acti­vidad, por lo cual la libertad es entendida, esen­cialmente, como la seguridad que ofrece o garantiza la ley ante la eventualidad de cualquier arbitrariedad que pretenda influir o intervenir en el ámbito privado.

En sus argumentos, el ilustre jurista acude a diferentes autores, especialmente a Hart y Kelsen, a Kant y Rorty, pero sus ponencias insisten con mejores razones en la existencia de un ámbito propio que merece ser sustraído de todo con­trol. La pregunta que se impone ahora consiste en saber cuáles son las consideraciones que él hace para justificar la protección por parte de la ley de actividades que habría que aceptar como eminentemente personales, aun cuando toda una tradición nos lleve a creer que son asun­to de la comunidad y que es preciso intervenir, olvidando que esos controles exteriores por lo general carecen de crédito, ni siquiera son per­suasivos, para quien tiene otros motivos a la hora de elegir.

Ya no basta decir que las diferencias son ob­vias porque encontramos, de hecho, las más diversas formas de vida o las más diversas culturas, religiones, partidos, asociaciones o intereses, como si habláramos de simples preferencias y como si elegir o decidir fueran cuestiones de gusto, acciones fáciles, similares a la actitud de un consumidor que frente a un artículo cualquie­ra, lo toma o lo deja.

No es esa la idea que aparece en los textos del magistrado Gaviria, ya que él tiene una concep­ción más completa de todo lo que conlleva una elección o una decisión. No hay nada que per­mita acercar su filosofía liberal al neoliberalismo o a los clásicos del liberalismo económico: sus presupuestos morales son otros, puesto que se ocupa de aclarar el derecho de las personas en situaciones límites, dramáticas, donde el sujeto elige en forma muy radical, no mediante un mero cálculo, sobre su salud o sobre su vida.
La verdad del pluralismo

Hasta ahora nos hemos movido dentro de los principios básicos del liberalismo político: dentro de la tolerancia o del respeto a las diferen­cias, un concepto que nos provoca dudas, aunque haya sido una verdadera conquista de la civiliza­ción. Generalmente, nos parece que un respeto apenas formal corresponde a una actitud indife­rente frente a diferencias que carecerían de rele­vancia y que por lo mismo se considera que son asunto privado o, sería como decir: "allá cada uno con la elección que mejor le parezca". Ésta no es la posición que encontramos en las ponencias so­bre "La despenalización del consumo de la dosis personal de estupefacientes" o sobre "Los funda­mentos ético jurídicos para despenalizar el ho­micidio piadoso consentido".

El respeto que encontramos en esos textos no es sólo formal, vacío de consideraciones morales. Todo lo contrario, es un respecto actitudinal que busca comprender la situación de la persona y que por lo mismo se niega a idealizar el concepto básico de la libertad de acción, puesto que con esa idealización se desconocen las diferentes opciones que llegan hasta el límite donde "yo puedo libremente elegir entre la vida y la muerte, del mismo modo que opta por quedarse quieto es una manera de ejercitar mi libertad de movimiento". 3

Pienso que la fuerza de sus argumentos consiste en la concepción franca y lúcida que tiene el magistrado Gaviria sobre el concepto de libertad, el concepto moral que más fácilmente se presta para retorcimientos y manipulaciones, pero que sin duda alguna es el concepto rector de la razón práctica o de la filosofía moral, es como un brújula cada vez que se trata de hacer juicios de valor, y una brújula es algo que se tiene o que no se tiene. No tenerla es forjarse una idea falsa de lo que es libertad, es creer que la libertad es lo mismo que la razón y el conocimiento, que la igualdad, la virtud o cualquier otro valor.

Ahora bien, no hay duda de que exige un presupuesto individualista propio de la filosofía liberal. Pero se trata de un presupuesto que se expresa en la pluralidad de los valores y de los fines de acción humana: toda l a dificultas reside en entender que los propósitos de la vida no tiene que coincidir, y que es inútil tratar de hacerlos coincidir por la fuerza, lo cual no im­plica que no sea posible llegar a acuerdos. Ha­bría que afirmar, como lo hizo Koyré, que la democracia sólo se construye a partir del reco­nocimiento de la independencia individual.

La base del argumento ya no es empírica sino conceptual: si hasta los propósitos mas elevados de la vida, los valores morales, no coinciden y en ocasiones no son siquiera compatibles y pueden llegar a chocar, es sencillamente porque la perso­na, con toda su singularidad, es en si misma fuen­te de tales propósitos y fines, y por lo mismo merece consideración y respeto cada vez que sus decisiones no causen daño a los demás:


El deber del Estado de proteger la vida debe ser entonces compatible con el respeto a la dignidad humana y al libre desarrollo de la personalidad. Por ello la Corte considera que frente a los enfermos terminales que experimentan intensos sufrimientos, este deber estatal cede frente al con­o sentimiento informado del paciente que desea morir en forma digna.4
El respeto a la dignidad humana es el respeto a la capacidad de elegir que tiene cada uno, en función de lo que es y de lo que conoce, de sus deseos y de sus ideales, y no en función de lo que quieren los demás o de la opinión de la mayoría. Pero elegir con responsabilidad, con la concien­cia clara de que los actos tienen consecuencias que es preciso asumir, lo que constituye todo un peso que quisiéramos poder descargar:
Por eso se busca el amparo de la colectividad, en cualquiera de sus modalidades: del partido, soy militante político porque las decisiones que allí se toman no son mías sino del partido; de la iglesia, si soy creyente de secta, porque allí se me indica qué debo creer y se me libera entonces de esa enorme carga de decidirlo yo mismo; del gremio, porque detrás de la solidari­dad gremial se escamotea mi responsabilidad personal. y así en todos los demás casos.5
Es cierto que toda una tradición filosófica cree poder resolver la dificultad de la libertad, la difi­cultad de decidir, asimilándola a la razón. Tam­bién es cierto que nuestro autor reconoce el valor de la filosofía que sostiene que la libertad requie­re del conocimiento: "Se trata de que cada perso­na elija su forma de vida responsablemente, y para lograr ese objetivo, es preciso remover el obstáculo mayor y de definitivo: la ignorancia".6

Sin embargo, encuentro que lo más propio de su pensamiento, lo que nos causa sorpresa y admiración, reside en que él entiende que la elección puede ser radical, esto es, cuando los motivos son enteramente propios, es decir, personales. El acier­to filosófico del magistrado Gaviria está en haber entendido que la libertad es ante todo libertad de elección, y que la elección se da entre diferentes opciones y que cuando se dice que las opciones son diferentes es porque de verdad son diferen­tes, pero no en el sentido caprichoso de las simples preferencias, que se toman o se dejan.

Las opciones son diferentes porque implican diferentes modos de vida, y porque diferentes modos de vida merecen la pena, como lo dijo Isaiah Berlin. A mi modo de ver, éste es un autor bastante próximo a la posición de nuestro mag­istrado, pues ambos logran una defensa de la libertad que, por no ser abstracta o académica, consulta el sentir las necesidades del hombre común: ninguno de los dos cree que todos deba­mos ser filósofos para poder ser libres, aunque le asignan a la filosofía la tarea primordial de pe­netrar los malos argumentos. y de develar toda clase de engaños y encubrimientos. Para ambos la filosofía esta al servicio de la dignidad y la li­bertad de la persona.

Ahora bien, si aquellos modos de vida, con sus concepciones del bien y de la felicidad, nos pa­recen raros, extraños o chocantes, aunque sea de mala gana, estamos obligados a respetarlos. Quie­nes los adoptan, deberán por su parte entender que las diferencias no son distinciones, y que a propósito de las mismas, cabe esperar y exigir el respeto, pero no la admiración. Una confusión en este punto sería fuente de conflictos y de malentendidos.


Un intelectual de verdad

... cada nación es tanto más civilizada

y culta cuanto mejor filosofan los hombres en ella.

Descartes


Para apreciar la coherencia y la lucidez del magis­trado Gaviria, quien se ocupa de cuestiones de prin­cipio, es necesario hacer un paréntesis y considerar la importancia del artículo primero de la Constitu­ción, donde se establece que el Estado colombiano está fundado en el respeto a la dignidad de la perso­na humana. ¿Cómo habría qué entender el respeto a la dignidad de la persona para poder entender el derecho al libre desarrollo de la personalidad?

Desde los inicios de la cultura moderna, cuando Descartes elevó la duda a la categoría de método de conocimiento, ningún filósofo ha logrado una de­fensa y una fundamentación racional más convin­centes de la moralidad que las conseguidas por Kant. Después de dos siglos de dudas sobre la moral que terminaron por reducirla a las costumbres, a los prejuicios y a las meras conveniencias, Rousseau planteó una polémica con los materialistas, quienes sostenían que el hombre es un ser más de la natura­leza, al alegar que la libertad es la verdadera distin­ción del ser humano, el rasgo definitivo que lo hace digno de respeto. Sobre esta base, Kant sostuvo que la mera razón permite establecer la existencia de un mandato universal, el imperativo categórico, que con­siste en el respeto que merece la persona, por el hecho de ser sujeto moral, es decir, por ser un yo capaz de fijarse propósitos y capaz de aceptar la necesidad de las normas.

El respeto es igual para todos, sólo por ser per­sonas, independientemente de cualquier distinción social, incluso de la educación y de la cultura. Es evidente que es un respeto igual hacia una digni­dad igual, la cual corresponde a la libertad de elegir y de decidir. Se trata de un concepto abstracto, porque se refiere a cualquier persona, con abstrac­ción de su pertenencia a un determinado grupo o comunidad, lo que significa el reconocimiento del individuo entendido como una entidad moral, en cierta forma como un ser independiente de la so­ciedad: "...ser individuo significa, ni más ni me­nos, no poder endosar esa temible carga que llamamos responsabilidad; porque ni la Iglesia, ni la corporación, ni el sindicato, ni el partido, pue­den dispensarnos de ella".7

Ahora bien, verdaderos rigoristas como lo fueron Rousseau y Kant, entendieron que no todos los fines son fines públicos, que existen excelencias que no son morales y fines particulares que sólo con­ciernen a cada uno. Kant entendió la legitimidad de la búsqueda de la felicidad y agregó que el con­cepto de felicidad es indeterminado hasta el extre­mo en que nadie puede decir de una manera definida lo que quiere y desea, por tratarse de una búsqueda enteramente personal y porque, según Kant: "...todos los elementos que pertenecen al concepto de felicidad son empíricos, es decir, tie­nen que derivarse de la experiencia".

Lo cual implica también el reconocimiento del individuo, de su dignidad de su derecho al libre desarrollo de la personalidad. Aunque, moral­mente por encima del individuo independien­te, para Kant está el sujeto autónomo, como para Rousseau está el ciudadano: de premisas libera­les, ambos obtuvieron conclusiones democráticas, lo que constituye finalmente la vigencia del pro­yecto moderno tal como lo dejó la filosofía de la Ilustración. Según Koyré: "la filosofía de las Lu­ces ha formulado un ideal humano y social que todavía es la única esperanza de la humanidad".

Entre las tareas que corresponden a los inte­lectuales, quizás las de mayor importancia consistan en ocuparse de cuestiones de principio y en evitar que las grandes ideas sean escamotea­das o retorcidas y cambiadas por ilusiones. Sin ninguna duda, puede afirmarse que el empeño del magistrado Gaviria está cifrado en destacar y preservar el sentido exacto de las ideas de liber­tad, igualdad y dignidad de la persona, tal como fueron adoptadas por la nueva Constitución, por lo tanto puede decirse que se trata de un intelectual de verdad, de alguien que sabe filosofar y consigue que sus argumentos sean coherentes, lú­cidos y de una gran pertinencia y actualidad.

Sus argumentos comienzan por reconocer la independencia individual pues, como se dijo, él se apoya en el carácter empírico de las diferen­cias y en la verdad del pluralismo de los valores. Sin embargo, las premisas de su filosofía liberal alcanzan conclusiones democráticas. Ya Rousseau había demostrado la validez de dicho razona­miento y ahí está su Contrato social para corre­gir la interpretación trillada, en la cual cae el propio Berlin al seguir a Constant, que pretende presentar la filosofía política del ginebrino como un despotismo democrático. En el capítulo IV, "De los límites del poder soberano", del libro segundo del Contrato, se encuentra lo siguiente:
[...] además de la persona pública, tenemos que tener en cuenta a las personas privadas que la componen, y cuya vida y libertad son naturalmente independientes de ella. Se trata, pues, de distinguir claramente los derechos res­pectivos que tienen los ciudadanos y el soberano, así como los deberes que tienen que cumplir los primeros en su condición de súbditos, y el derecho natural del que de­ben gozar por el hecho de ser hombres.
Es común encontrar que los autores liberales se muestren prevenidos ente a la filosofía de la democracia, ellos sostienen que la idea de la vo­luntad general, o del interés común, anula las libertades individuales en favor de la participa­ción en la soberanía colectiva. Benjamin Constant señaló que una cosa es la libertad y otra, la de­mocracia; como si Rousseau hubiera sostenido que es la multitud reunida la indicada para go­bernar, cuando la verdad es otra: él repitió una y otra vez que una cosa es la soberanía, cuya esfera de influencia es la actividad legislativa, y otra cosa es el Gobierno.

La filosofía liberal del magistrado Carlos Gaviria no tiene prejuicios frente al proyecto democrático moderno, tal como puede apreciarse en el siguiente texto:


[...] cuando el Constituyente incluye dentro de los dere­chos fundamentales, el libre desarrollo de la personalidad, lo que pretende es conformar una comunidad de hombres libres, y tal propósito no se persigue solamente en beneficio de éste o aquel individuo, sino en beneficio de todos, es decir, en función del interés común (en el len­guaje de Rousseau al que nuestra norma fundamental alude en su artículo 1 como interés general. 8
Se aprecia con claridad que en este texto la comunidad no está concebida en términos orgánicos, como una entidad misteriosa que abarca, comprende y resuelve a los individuos negando su libertad, con el pretexto de reencontrarla transfigurada en el cielo de la participación co­munitaria. De allí se infiere que la voluntad ge­neral está entendida en términos jurídicos, como la entendió Rousseau, es decir, como una garan­tía procedimental de la rectitud de la de libera­ción pública.

En su artículo "La tutela como instrumento de paz", se notan mejor las conclusiones democráti­cas que él obtiene de sus presupuestos liberales. En este texto, afirma con toda franqueza lo si­guiente:


[...] de nada sirve el enriquecimiento del catálogo de derechos y libertades sin un mecanismo que permita hacerlos efectivos cada vez que una instancia oficial (u homóloga) los desconozca. Es decir, que garantice un alto grado de coincidencia entre los derechos enunciados en abstracto, y los que en concreto se le adjudican a su titular.9
Es cierto que en primer término se está refi­riendo a la tutela, consagrada en el artículo 86 de la Constitución, pero también es cierto que él destaca allí mismo otros "mecanismos propios de la democracia directa" que llega a considerar como "la mejor garantía de la vigencia de las li­bertades". Lo más interesante del ensayo, lo que permite entender la epistemología racionalista del filósofo Gaviria, consiste en su refutación del realismo jurídico, el cual
considera la norma como un hecho más, al lado de otros de carácter social, psicológico, ideológico y económico, cuya virtualidad de incidencia en el fallo no debe sobres­timarse, so pena de distorsionar la forma como el control jurídico tiene lugar.10
Nuestro célebre jurista entiende de tal manera la superioridad de los principios y las normas, que a continuación defiende la convicción de que las re las generales sí tienen fuerza motivante sobre los funcionarios que actúan el derecho en casos específicos", posición que recuerda de nue­vo a Rousseau a Kant cuando sostuvieron que el derecho no se y fundamenta en los hechos y que lo que se debe hacer no depende para nada de lo que se ha hecho: es claro que dicha postura man­tiene la trascendencia de lo normativo, lo que no ocurre dentro del liberalismo económico, cuya base moral consiste en consagrar el interés egoís­ta y en pretender obtener el bien común con la intervención de una supuesta "mano invisible".

Al margen de la despenalización de la dosis personal o del homicidio piadoso consentido, independientemente de sus observaciones sobre el liberalismo, sobre la democracia o sobre el ca­rácter vinculante de las normas y de los valores, los textos del magistrado Gaviria constituyen au­ténticas lecciones de razonamiento lógico, im­prescindibles para nosotros tan acostumbrados a la verbosidad y a encubrir con palabras pom­posas la carencia de luz y la falta de análisis.



Ninguna de las jergas de moda aparecen en sus textos, los autores citados vienen después de haber interiorizado y mejorado algunos de sus conceptos. No hay en sus ponencias un afán dis­tinto al de comprender la acción humana sin dis­fraces y sin mascaras, pero con el profundo convencimiento de su dignidad: tolerancia y de­mocracia no son allí las palabras vacías, gastadas en tantas predicaciones, son más bien conceptos fundados en razones sólidas. Él no entiende la comunidad como un cuerpo místico, o un altar, ante el cual deban sacrificarse los sueños y los ideales de los hombres.

Tomado de: Iván Darío Arango. El Enigma del espíritu moderno. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2000. Capítulo 12. p. 162-175.





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1Carlos Gaviria. Fundamentos ético - jurídicos para despenalizar el homicidio piadoso consentido". Texto inédito, p. 3.

2Carlos Gaviria (ponente), "Despenalización del consumo de la do­sis personal de estupefacientes", Revista Universidad de Antioquia, (252), Medellín, 1999, p. 49.

3Carlos Gaviria. Fundamentos ético-jurídicos para despenalizar el homicidio piadoso consentido. p. 3.

4Carlos Gaviria (ponente). Despenalización del homicidio piadoso consentido (Sentencia C-239/97). p. 17.

5Carlos Gaviria. Despenalización de la dosis personal de estupefacientes. p. 55.

6Idem

7Carlos Gaviria. La Ética del “como si”. Revista Universidad de Antioquia (227), Medellín, 1992, p19.

8Carlos Gaviria. Consumo de droga y régimen de libertades. Revista Universidad de Antioquia, (241). Medellín. 1995, p. 10

9Carlos Gaviria. La tutela como instrumento de paz. Revista Uni­versidad de Antioquia (246), Medellín, 1996.

10Idem


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