La Eclesiología en el pensamiento de Mons. Oscar A. Romero



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La Eclesiología en el pensamiento de Mons. Oscar A. Romero

Luis Coto, SJ
1. Principios inspiradores de la práctica pastoral de Mons. Romero en la Arquidiócesis de San Salvador

Después de veinticinco años del asesinato de Mons. Romero, tratando de comprender y profundizar su corto pero fecundo magisterio episcopal, creo que es posible y útil reflexionar sobre la eclesiología que emerge de su pensamiento. La posibilidad está dada porque prácticamente en todas sus intervenciones, especialmente sus homilías y escritos pastorales, Mons. Romero trata acerca de la Iglesia. Algunas de sus homilías y cartas pastorales tienen el tema de la Iglesia como su objeto formal. Estas reflexiones quieren ser una pequeña contribución al conocimiento del pensamiento eclesiológico de Mons. Romero. Necesariamente pequeña, pues la vastedad del material desborda los límites de esta presentación que, por su naturaleza, no puede ser muy larga y no puede abordar todos los temas.

La Iglesia es un tema transversal en el magisterio episcopal de Mons. Romero; son numerosos los temas de relevancia eclesiológica que son tratados en sus homilías y cartas pastorales; así, él trato del origen trinitario de la Iglesia, de la relación de la Iglesia con cada una de las Personas divinas; de la relación María – Iglesia; de la misión de la Iglesia; de la Iglesia entendida como comunión; de la relación Iglesia –Mundo; de los estados de vida en la Iglesia; de la misión de la Iglesia en relación con la moral; de la liturgia en la vida eclesial; de la santidad de la Iglesia; de la índole escatológica de la Iglesia; de la Iglesia de los Pobres. Son algunos de los temas que emergen a lo largo de su magisterio episcopal. Presentar esos y otros temas eclesiológicos presentes en el magisterio episcopal de Mons. Romero, rebasaría ampliamente los límites de esta presentación. Me limitaré a algunos temas de relevancia eclesiológica, quedando otros sin siquiera ser aludidos.

Constataremos que Mons. Romero se nutre del Magisterio universal de la Iglesia. En sus tres años de Arzobispo de San Salvador, traduce fielmente las opciones pastorales de los obispos latinoamericanos en sus conferencias de Medellín y Puebla. Sus principios doctrinales y catequéticos se encuentran en sus cuatro cartas pastorales dirigidas a la Arquidiócesis de San Salvador, en sus homilías, en su Diario, en “Orientación”, el semanario oficioso del Arzobispado de San Salvador. A partir de esta enseñanza veremos como Mons. Romero une teoría y práctica pastoral en una nueva manera de ser Iglesia de los Pobres.

2.1. El Mundo, destinatario de la Pascua

Una

En su presentación a la Arquidiócesis de San Salvador, Mons. Romero escribió su 1ª Carta Pastoral: “La Iglesia de la Pascua”. La Iglesia es “sacramento de la Pascua”. Es una Iglesia que nace de la Pascua y vive para ser signo e instrumento de la Pascua en medio del mundo. Un principio fundamental para comprender y profundizar su visión de la Iglesia que “no vive para sí. Su razón de ser es la misma de Jesús: un servicio a Dios para salvar al mundo. Así lo proclamó el Concilio Vaticano II, al escribir sobre la misión de la Iglesia en el mundo actual: ‘Por solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana, el Concilio quiere dialogar con ella acerca de todos los problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su fundador’ (GS, 3)”.1

Como conocedor del magisterio de los obispos latinoamericanos recurre a él desde su primera carta pastoral de presentación a la Arquidiócesis de San Salvador. Mons. Romero tenía un gran conocimiento de Medellín desde el primer momento en 1968 y también ya como obispo auxiliar de San Salvador, pero era sumamente cuidadoso en su aplicación en cuanto a las líneas pastorales. ¿Cuál era su percepción de Medellín en sus inicios? Acudo aquí a lo que él mismo escribió en La Prensa Gráfica y en Orientación:

Lo que quisieron los obispos del continente, reunidos en Medellín, fue aplicar el espíritu del Concilio Vaticano II a la realidad de América Latina. Por eso resulta imposible hablar con exactitud de “Medellín”, sin un honrado conocimiento de los documentos conciliares; es querer comentar sin conocer lo que se comenta”

No es extraño entonces que un “Medellín” leído u oído sin tener en cuenta el soplo del espíritu que animó el Concilio y sin el ambiente de reflexión y oración que inspiró a nuestros obispos, resulte para muchos como dice monseñor Pironio “una invitación a la violencia, olvidando que el único camino de un cambio verdadero pasa siempre por el corazón de las bienaventuranzas del evangelio”. Tampoco es extraño que otros, por reacción contra los primeros o por no querer convertirse, consideran a “Medellín” “como una palabra prohibida, como si la Iglesia se hubiera olvidado de Jesucristo y hubiera adulterado la palabra de Dios”.

Medellín”, el verdadero, es un verdadero Pentecostés en nuestro continente. El espíritu marcó allí la hora y descubrió el verdadero rostro de la Iglesia de Cristo, encarnada y dando respuestas a nuestros pueblos. Frente a ese verdadero “Medellín” ambas posturas son un pecado contra el Espíritu Santo y contra la Iglesia de Cristo: la postura que se vale de “Medellín” para blandir rencores y odios sociales, y la postura del que cierra sus oídos, sus ojos y su corazón a la voz del Espíritu que invita a la conversión de corazón para realizar con un corazón renovado según Dios, los cambios que necesitamos con urgencia. Cuando el Espíritu de Dios habla, sólo hay una postura correcta, oírlo y ser fiel a sus reclamos”. (La Prensa Gráfica, 13 de septiembre de 1971, Su Pensamiento, T. II, p. 19-20)



Pero como lo ha dicho recientemente Mons. Rosa Chávez, la piedra de toque fue el redescubrimiento de Medellín, gracias a su encuentro con Monseñor Pironio, cuando éste predicó un retiro espiritual a los obispos de América Central. El obispo argentino se convertiría a partir de entonces en el amigo fiel y el confidente durante las tensas visitas de Monseñor Romero al Vaticano.

Ya como Arzobispo de San Salvador, desde el inicio de su episcopado hace referencia a los documentos de Medellín: “...los obispos de América Latina, para concretar este noble servicio de la Iglesia a nuestro Continente, se dieron cuenta de que el Espíritu de la pascua impulsaba urgentemente nuestra Iglesia a un diálogo y a un servicio hacia nuestros pueblos: ‘Estamos, dijeron, en el umbral de una nueva época histórica de nuestro Continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación a toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva’ (Introd. 4). Y proclamaron que la Iglesia no podía sentirse indiferente ante un ‘sordo clamor de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte’ (Pobreza, 2)” (Iglesia de la Pascua, San Salvador, 4 de abril de 1977).

Esos primeros planteamientos como pastor de San Salvador, los irá consolidando en sus siguientes cartas pastorales. Pero su pensamiento será creíble para el pueblo salvadoreño por la forma de como articuló lo que iba enseñando con su práctica de cada día. Y precisará que: “Un servicio de la Iglesia de la Pascua a las necesidades de nuestro pueblo, debe comenzar, como dijeron los obispos de Medellín, ‘por un afán de conversión. Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el Espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia católica’ (Mensaje). Y en un sincero análisis de esta confesión, retomando al Cardenal Pironio, piensa en estas tres líneas fundamentales:

  • Los cristianos no habíamos asimilado profundamente a Jesucristo (conocíamos superficialmente el Evangelio o habíamos estudiado técnicamente a Cristo sin saborearlo en su misterio).

  • Divorciamos la fe de la vida (nos contentamos con proclamar la fe o celebrarla en la liturgia, pero sin realizarla en lo concreto del amor y la justicia).

  • Por lo mismo habíamos perdido la sensibilidad cristiana frente a las angustias de los hombres, no supimos iluminar sus esperanzas y nos desentendíamos de la construcción positiva de la historia.

Una Iglesia de la Pascua y de Pentecostés debe ser una Iglesia de la conversión, de la vuelta fundamental a Cristo, cuya sencilla transparencia seremos, y a las exigencia radicales del sermón de la montaña. (Escritos Pastorales, p. 211)”. (Iglesia de la Pascua, 4 de abril de 1977).

2.2. La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la Historia

La Arquidiócesis ha sido marcada “con las señales dolorosas y gloriosas del martirio y de la persecución precisamente por su fidelidad de ser el Cuerpo de Cristo en nuestra historia”.2 Este fue su bautismo de fuego y sangre. La Iglesia se había convertido en un signo de contradicción y vivía en medio de una campaña de amenazas que se concretizaron el 12 de marzo con el asesinato del Padre Rutilio Grande y dos campesinos que le acompañaban y dos meses más tarde con el asesinato del Padre Alfonso Navarro y de un joven de 15 años. El 19 de mayo es la represión y masacre en la parroquia de Aguilares. Su 2ª Carta Pastoral muestra ya esta situación. La Iglesia que sale de sí misma, se encarna en el mundo y en la historia.3

Hoy, cuando el Divino Salvador del Mundo, titular de nuestra Iglesia particular, ilumina, como en una pascua salvadoreña, con el esplendor de la Transfiguración, el camino de nuestra historia eclesiástica y nacional, creo oportuno dirigirme de nuevo a ustedes que juntamente conmigo forman esta porción del ‘Pueblo de Dios que va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios’ (L.G., 8). Porque los acontecimientos que se han sucedido en el país antes y después de aquella pascua inolvidable y la intensa vida eclesial que, en nuestra Arquidiócesis, ha acompañado a estos acontecimientos, exigen una razón de nuestras actuaciones. Y nada me parece más propicio para ello, que esta nueva presencia luminosa y litúrgica del Divino Salvador para confrontar con sus designios divinos de salvación, el único camino por donde juntos hemos marchado como pueblo de Dios”.



En su 2ª C. P., Mons. Romero explica la relación Iglesia – Mundo, lo que es en sí mismo un cambio fundamental en la Iglesia: “Pero el cambio fundamental, el que explica los otros cambios, es la nueva relación de la Iglesia con el mundo, los nuevos ojos con que la Iglesia mira al mundo, tanto para cuestionarlo en lo que tiene de pecado, como para dejarse cuestionar por el mundo en lo que ella misma puede tener de pecado”.

Esto que acabamos de decir serán los principios y la fuerza inspiradora en sus tres años de magisterio episcopal en San Salvador: a) La Iglesia está en el mundo. Esto significa que la Iglesia da importancia a lo que está sucediendo en el mundo. Aquí se inspiró fuertemente de Ecclesiam Suam, de Pablo VI, de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 4, de Medellín, Justicia, n. 1. En este mundo, dirá Mons. Romero, existen cambios profundos... y que existe un hombre con anhelos de liberación integral; b) Estos cambios son signos de los tiempos para que la Iglesia pueda conocerse a sí misma; c) La Iglesia actual tiene conciencia de ser ‘Pueblo de Dios en el mundo’; o sea, una organización de hombres que pertenecen a Dios pero que está en este mundo.

La Iglesia que está al servicio del mundo: “Pero la Iglesia está en el mundo para los hombres. Este es el sentido de servicio que el Concilio expresa con estas palabras teológicas: la Iglesia es ‘signo’, es ‘Sacramento’. Como Sacramento y signo la Iglesia significa y realiza algo para los hombres. La Iglesia significa y realiza la ‘íntima unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (L. G., 1). La Iglesia está en el mundo para significar y realizar el amor liberador de Dios, manifestado en Cristo. Por eso siente la preferencia de Cristo por los pobres (L.G., 8), porque ellos son, explica Medellín, los que ‘ponen a los Iglesia latinoamericana ante un desafío y una misión que no puede soslayar y al que debe responder con diligencia y audacia adecuadas a la urgencia de los tiempos’ (Pobreza, n. 7)”.

El proceso de organización del pueblo salvadoreño fue una conquista de los pobres que estaban ya cansados de vivir en la humillación. Este proceso no estaba exento de sufrimiento, de persecución, porque en el camino quedaron vidas preciosas de muchos salvadoreños y salvadoreñas. Se hacía urgente un acompañamiento a este pueblo. Este fue uno de los grandes servicios del arzobispo de San Salvador. Esto lo vemos en su 3ª C.P., al tratar de la relación de la Iglesia con las organizaciones populares. El presenta de esta manera el servicio de la Iglesia al pueblo: “La Iglesia tiene una misión de servicio al pueblo. Precisamente de su identidad y misión específicamente religiosa ‘derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina’ (G.S., 42). A la Iglesia le compete todo lo que de humano haya en la causa y lucha del pueblo, sobre todo de los pobres. La Iglesia se identifica con la causa de los pobres cuando éstos exigen sus legítimos derechos. En nuestro país, estos derechos, en la mayoría de los casos, son apenas solo derechos a la supervivencia, a salir de la miseria”.4

Esto fue expresado de forma aún más contundente el dos de febrero de 1980, semanas antes de su asesinato, en su discurso a la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, en ocasión del Doctorado Honoris Causa otorgado por dicha universidad, donde explicaba Mons. Romero cómo se traduce la dimensión política de la fe en la Iglesia de El Salvador: “Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas; Por acción o por omisión, por la conveniencia con uno u otro grupo social los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe. Como primera idea, aunque todavía muy general, quiero avanzar la intuición del Concilio Vaticano II que está a la base de todo movimiento social en la actualidad. La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para ‘evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido’ (L.G., n. 8)”5

Este servicio de la Iglesia a la sociedad salvadoreña le quedó claro al pueblo porque supo encarnarse en ellos, les anunció la Buena Nueva y se comprometió en la defensa de sus derechos. Esto quedó manifestado en ese mismo discurso de Lovaina: “Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concretiza todo, el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres. Nuestro mundo salvadoreño no es una abstracción, no es un caso más de lo que se entiende por ‘mundo’ en países desarrollados como el de ustedes. Es un mundo en que su inmensa mayoría está formada por hombres y mujeres pobres y oprimidos. Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es la ‘polis’, la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo”.6

Esto es lo que podríamos llamar la gran novedad del arzobispo de San Salvador: hacer creíble a los salvadoreños la dimensión de la diaconía en su historia concreta que está saturada de una dimensión política con todos sus conflictos sociales que conlleva una sociedad tan discordante con los valores del Reino de Dios. En este marco concreto expuso la misión de la Iglesia de los pobres: “Para asegurar su propia identidad, la Iglesia ofrece primordialmente, como su servicio específico al mundo, su trabajo de evangelización...El origen de la Evangelización está en la misma persona y misión de Jesús, ‘Evangelio de Dios’ y el ‘primero y más grande Evangelizador’. De él nace la Iglesia evangelizada que se convierte a la vez en Iglesia evangelizadora, cuando él la envía, identificándose con ella para llevar su salvación a todos los pueblos (E.N., 13)”

En la 4ª C.P. de Mons. Romero encontramos el pensamiento eclesiológico en su máxima expresión y claridad fundamental de sus opciones. Su doctrina es conocida en la Iglesia salvadoreña, fue pronunciada en varias ocasiones, pero ahora ese pensamiento se pronuncia a partir de una práctica pastoral en medio de la crisis que vivía el pueblo salvadoreño: “Consecuente con esa rica teología moderna de la Evangelización y adaptándola a nuestro Continente, los obispos proclamamos en Puebla: ‘Evangelizados por el Señor en su espíritu, somos enviados para llevar la Buena Nueva a todos los hermanos, especialmente a los pobres y olvidados. Esta tarea evangelizadora nos conduce a la plena conversión y comunión con Cristo en la Iglesia; impregnará nuestra cultura; nos llevará a la auténtica promoción de nuestras comunidades y a una pregunta crítica y orientadora ante las ideologías y políticas que condicionan la suerte de nuestras naciones’ (Puebla, n. 164)”.7

En medio de la crisis del país que era la motivación de su 4ª C.P., Mons. Romero se hacía la pregunta en cuanto a saber de cuál o cómo debía ser la evangelización que la Arquidiócesis ofrecería al país para que, a través de ella, opere toda la fuerza liberadora con la que le ha dotado el Divino Salvador. ¿ Cómo respondía Monseñor?: “Reducirla sólo a algunos elementos, sería traicionar nuestra misión de Iglesia en una hora en que su contribución debe abrir una esperanza insustituible para todo nuestro pueblo. En nuestras circunstancia, este peligroso reduccionismo de la Evangelización puede hacerse principalmente en dos sentidos: o acentuando sólo los elementos trascendentales de la espiritualidad y del destino humano, o, al revés, destacando los elementos inmanentes de un Reino de Dios que ya debe comenzar en esta tierra. La evangelización que nuestra Arquidiócesis debe ofrecer, como contribución específica de la Iglesia a la patria en crisis, no debe ser víctima de ninguno de los reduccionismos, sino inspirarse en las orientaciones equilibradas del Concilio de nuestro siglo, tan claramente presentadas y vividas por los Papas contemporáneos y adaptadas a nuestro Continente por las dos grandes reuniones episcopales de Medellín y Puebla”.8

Y a continuación presentará los elementos de la evangelización a la cual se refiere y que está llevando a cabo como pastor en su Arquidiócesis. Son los lineamientos de una Iglesia de los pobres que hizo su camino entre un pueblo que cree en su Arzobispo. Enumeramos los puntos de reflexión en su 4ª C. P.:

- Una sólida orientación doctrinal;

- La denuncia profética del pecado, en función de la conversión;

- Desenmascarar las idolatrías de nuestra sociedad;

- Promover la liberación integral del hombre;

- Urgir cambios estructurales profundos;

- Acompañar al pueblo en las clases populares y en sector de clases dirigentes”9

Esos elementos de evangelización nos procuran una descripción del ministerio pastoral de Mons. Romero en beneficio de la transformación de la vida de los pobres. Y manifiestan también la unión perfecta de su pensamiento y de su práctica de pastor en la Arquidiócesis de San Salvador.

2.3. Medellín y Puebla

Mons. Romero asume proféticamente las opciones pastorales que hicieron los obispos latinoamericanos en las dos conferencias de Medellín y Puebla. Para Mons. Romero, Puebla fue una ratificación de Medellín, donde están expresadas las duras realidades de nuestros países y la orientación evangélica que exigen al pastor de América Latina, “en unos pueblos donde tiene que ser ante todo, testimonio solidario del Dios que libera a los pueblos y que oye el clamor y el gemido de los que sufren y de los que claman al Señor”. (16-02-1979)

La Iglesia de los Pobres que Mons. Romero impulsó en la Arquidiócesis se inspiró en esos documentos. Identificado con el magisterio de los obispos latinoamericanos prometió a la comunidad arquidiocesana ir dando a conocer el contenido del documento de Puebla. Decía Mons. Romero: “Si dirigimos una mirada a nuestro mundo latinoamericano, ¿qué espectáculo contemplamos? No es necesario profundizar el examen. La verdad es que va aumentando cada vez más la distancia entre ‘los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho’. Son palabras que Puebla cita de documentos pontificios que definen perfectamente nuestra realidad de Latinoamérica, va creciendo la distancia entre los muchos que tienen poco; y en El Salvador diríamos: entre los muchos que no tienen nada, y los pocos que lo tienen todo”.10 Desde aquí vemos que hay una inequívoca opción por los pobres que son la gran mayoría en El Salvador, sin que esto quiera decir que no llegó a hacer patente su voz a todos los estratos sociales del país.

Explicando las opciones pastorales de su ministerio episcopal, Mons. Romero decía: “Nuestras preocupaciones pastorales por los miembros más humildes del cuerpo social, algunas de ellas impregnadas de humano realismo, no tienen, fíjense bien en esta frase del mensaje, ninguna intención de excluir de nuestro pensamiento y de nuestro corazón a los otros representantes del cuadro social en que vivimos, los ricos. Por el contrario, son serias y oportunas advertencias para que las distancias, que se agrandan, no se agranden, los pecados no se multipliquen y el espíritu de Dios no se aparte de la familia latinoamericana”.11 Ante estas opciones era de esperar que los conflictos serían parte de esa opción a favor de los que no tienen nada. Pero desde estas opciones hizo también el llamado a los que detentan el poder económico en El Salvador, invitándoles a aceptar y a asumir la causa misma de Cristo: “Todo lo que hiciereis a uno de mis hermanos, por humildes que sean, es como si a mí mismo se hiciera”. La opción por los pobres, según Puebla, no quiere decir exclusión de los ricos, sino que quiere decir “ llamamiento también a los ricos para sentir suyos el problema de los pobres, y para estudiar, junto con el gobierno en un diálogo con los técnicos, con los que pueden resolver este callejón sin salida de El Salvador. Tienen obligación de estudiar y poner a todos los medios a su alcance como si se tratara de resolver su propio problema. No se resuelve el problema con mandar los capitales al extranjero; es necesario ponerlos a funcionar en un verdadero sentido social”. Evidentemente que este análisis pastoral de Mons. Romero estaba tocando el ‘cable de alta tensión y quien lo toque se quema’ como él mismo lo dijo y no fue bien visto por quienes no quieren participar de sus bienes que en justicia pertenecen al bien común del pueblo salvadoreño.

Mons. Romero quiso hacer de la Arquidiócesis una instancia eclesial a favor de la vida de los pobres. De una manera más diáfana expuso el tema de la opción por los pobres en el discurso de Lovaina. Dada su importancia para nuestro tema, en este discurso expone el trabajo de la Arquidiócesis de San Salvador y es donde se encuentra ,en parte, el resumen de su visión de Iglesia de los Pobres en continuidad con la Iglesia ‘Pueblo de Dios’. Y también la fidelidad al pensamiento de los obispos en América Latina: “Como en otros lugares de América Latina después de muchos años y quizá siglos han resonado entre nosotros las palabras del Exodo: ‘He oído el clamor de mi pueblo, he visto la opresión con que le oprimen’ (Ex 3, 9). Estas palabras de la Escritura nos han dado nuevos ojos para ver lo que siempre ha estado entre nosotros, pero tantas veces oculto, aun para la mirada de la misma Iglesia. Hemos aprendido a ver cuál es el hecho primordial de nuestro mundo, y lo hemos juzgado como pastores en Medellín y Puebla. ‘Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo’ (Medellín, Justicia, 1). Y en Puebla declaramos ‘como el más devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que viven millones de latinoamericanos expresada por ejemplo en salarios de hambre, el desempleo y subempleo, desnutrición, mortalidad infantil, falta de vivienda adecuada, problemas de salud, inestabilidad laboral’ (n. 29). El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres. En el hemos encontrado los rostros concretos de los pobres de que nos habla Puebla (cf. 31-39). Ahí hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos. Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación, y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas”.12

Es en este mundo sin rostro humano donde Mons. Romero encarnó su opción por los pobres. A partir de esta experiencia de ‘encarnación’ configuró la Iglesia de los pobres en El Salvador. Serán los pobres los principales interlocutores preferenciales en el anuncio del Evangelio. Así lo expresó Mons. Romero: “Este encuentro con los pobres nos ha hecho recobrar la verdad central del Evangelio con que la Palabra de Dios nos urge a la conversión. La Iglesia tiene una Buena Nueva que anunciar a los pobres. Aquéllos que secularmente han escuchado malas noticias y han vivido peores realidades, están escuchando malas noticias y han vivido peores realidades, están escuchando ahora a través de la Iglesia la palabra de Jesús: ‘El Reino de Dios se acerca’, ‘Dichosos ustedes los pobres porque de ustedes es el Reino de los Dios’. Y desde allí tienen también una Buena Nueva que anunciar a los ricos: que se conviertan al pobre para compartir con él los bienes del Reino”.13

Mons. Romero también se preocupó para que los pobres asumieran su responsabilidad en la participación en la construcción de una patria, con alegría los expresaba así: “Es una novedad en nuestro pueblo que los pobres vean en la Iglesia una fuente de esperanza y un apoyo a su noble lucha de liberación. La esperanza que fomenta la Iglesia no es ingenua ni pasiva. Es más bien un llamado desde la palabra de Dios a la propia responsabilidad de las mayorías pobres, a su conscientización, a su organización, en un país en que, unas veces con más intensidad que otras, está legal o fácticamente prohibida. Y es un respaldo, a veces también crítico, a sus justas causas y reivindicaciones. La esperanza que predicamos a los pobres es para devolverles su dignidad y para animarlos a que ellos mismos sean autores de su propio destino.”14

La Iglesia de la Arquidiócesis no sólo se ha vuelto hacia los pobres sino que hace de ellos el destinatario privilegiado de su misión, en cumplimiento de lo que dijo Puebla de los pobres: “Dios toma su defensa y los ama” (DP 1142).

Al final de su discurso en Lovaina dijo Mons. Romero de manera profética: “Pero en lugar de detallarles todos los vaivenes de la política en mi país he preferido explicarles las raíces profundas de la actuación de la Iglesia en este mundo explosivo de lo socio-político. Y he pretendido esclarecerles el último criterio, que es teológico e histórico, para la actuación de la Iglesia en este campo: el mundo de los pobres. Según les vaya a ellos, al pueblo pobre, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad uno u otro proyecto político. Creemos que ésta es la forma de mantener la identidad y la misma trascendencia de la Iglesia. Insertarnos en el proceso socio-político real de nuestro pueblo, juzgar de él desde el pueblo pobre e impulsar todos los movimientos de liberación que conduzcan realmente a la justicia de las mayorías y a la paz para la mayorías.”15
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