La dominación masculina, tan difícil de romper



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De Barbieri, Teresita. La dominación masculina, tan difícil de romper. En publicación: Género en el trabajo parlamentario. La legislatura mexicana a fines del siglo XX. Teresita De Barbieri. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. Becas CLASO/ASDI. 2003. 320 p.

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Capítulo 12

La dominación masculina,

tan difícil de romper
Al concluir este trabajo, no es posible realizar una reflexión teórica más general. Son muchas las particularidades: un sistema jurídico-político cuyas especificidades van más allá de las clasificaciones y los límites de lo comparable, un momento de cambio en la composición partidaria y de género, la escasa referencia bibliográfica sobre el tema propio. Todas ellas me obligan a reflexionar con cautela y, siguiendo a Lovenduski y Norris (1993), a postergar todo intento de teorización hasta contar con la densidad de conocimientos necesaria para tal tarea.

Estas limitaciones no impiden una sistematización de los principales resultados y hallazgos, ni establecer comparaciones con resultados de otras investigaciones cuando resulte pertinente. La mirada desde el género al trabajo parlamentario desarrollada en los capítulos precedentes ha privilegiado la localización de los espacios y momentos de la colaboración y el conflicto entre varones y mujeres, entre varones y entre mujeres en los distintos ámbitos en que aquél se desenvuelve, atendiendo a las normatividades que rigen en cada caso. Sólo en algunos momentos se tuvo la oportunidad de introducir la distinción entre grupos de edad, según a las especificidades de la condición juvenil. ¿Cuáles han sido entonces los resultados de este esfuerzo intelectual?

Sin lugar a dudas, la LVII legislatura es un hito en la historia política mexicana por su integración partidaria, su accidentado inicio, y las reformas que introdujo en las normas de funcionamiento, que le permitieron acotar el desequilibrio de poderes tradicional pese a la precaria diferencia entre el partido oficial y las oposiciones. Pero el régimen no dejó de ser presidencialista, ni los y las diputadas priístas gozaron de mayor autonomía respecto de la voluntad presidencial. Podría hablarse de una fisura en el sistema por la que permearon las exigencias ciudadanas de las tres décadas precedentes.

Mediante esa pequeña rendija se introdujeron algunos cambios en el trabajo parlamentario y en la organización y funcionamiento de la HCD, que la acercaron a los modelos recibidos de cámaras más democráticas. Se impuso el criterio de la proporcionalidad de los grupos parlamentarios en el gobierno y la administración internas, y en la integración de las comisiones legislativas y comités, sus presidencias y secretarías. Muchas comisiones se volvieron lugares de trabajo efectivo; se registraron sesiones del Pleno con debates intensos. Se tomaron acuerdos que limitaron prerrogativas de legisladores y funcionarios que atentaban a la dignidad de la Cámara; se construyeron y equiparon espacios necesarios, de los que carecía el recinto a pesar de su tamaño y monumentalidad; se introdujeron innovaciones tecnológicas y servicios que garantizan el cumplimiento de normas elementales y el acercamiento de la ciudadanía.

No obstante el hecho de que se dieron condiciones para que en el lugar en que se hacen las leyes sus propias reglas se cumplieran, el hiato entre éstas y las prácticas –característico de la cultura jurídico política mexicana– no desapareció, como tampoco se pudieron resolver las graves carencias de disponibilidad de información y asesoría que requiere el ejercicio de esa función del Estado. Pese a esas y otras limitaciones, la LVII legislatura amplió la gama de opciones que cada diputado o diputada ha tenido para desarrollar su trabajo, de acuerdo con sus preferencias y las que imponen o inducen las fracciones parlamentarias, sus dirigentes y las autoridades partidarias. Los y las más activas elaboraron y presentaron iniciativas de ley, participaron en el seguimiento de programas de gobierno y el uso de los recursos públicos, presidieron comisiones o ejercieron sus secretarías, usaron la palabra en tribuna e intervinieron en los debates parlamentarios. Otros tuvieron poca presencia, ya sea porque prefirieron privilegiar la vinculación con sus electorados a través de la gestoría en los distritos y estados o porque, como en el PRI, para un amplio porcentaje ser diputado o diputada significa ser gestor y estar a disposición de las autoridades partidarias para cualquiera encomienda, además de asistir a las sesiones del Pleno y de las comisiones.

A partir de la instalación de la legislatura, las oposiciones –en particular las fracciones del PRD y el PAN– debieron dejar atrás el papel testimonial que habían desempeñado hasta entonces, pero la fisura no se convirtió en grieta. En su condición de minoría mayor, el grupo parlamentario del PRI controló a partir de las presidencias de comisiones, las convocatorias a sesiones, que según la normatividad vigente les corresponden. Como consecuencia, varias de las de dictamen no tuvieron existencia real, y otras fueron desactivadas cuando no convino a los intereses del partido o del Poder Ejecutivo. Desde diciembre de 1997, fecha en que el PAN volvió a su antiguo papel de oposición leal, el PRI contó con su apoyo en los temas más polémicos de la política económica y de gobierno, o logró los votos del PVEM y de algunos independientes para desempatar a su favor una alianza coyuntural del PAN y el PRD. Pero no vio coronada su apuesta a las 13 deserciones opositoras que le hubieran otorgado la mayoría absoluta, y con ella la condición necesaria para reclamar la institucionalidad anterior, recuperando la tradición de una Cámara de Diputados subordinada al Poder Ejecutivo. Sin embargo mantuvo la mayoría en la Cámara de Senadores, desde donde bloqueó iniciativas de ley aprobadas por la HCD, como las relativas a la reforma del Estado.

En la LVII legislatura también se altera la presencia numérica de varones y mujeres, acompañando los cambios en las relaciones de género ocurridos en distintos segmentos de la sociedad nacional y bajo la influencia de la movilización internacional de mujeres, particularmente activa en la década de los ‘90. Se pasa de una proporción de una diputada cada 6,9 diputados en la legislatura anterior, a una cada 5,5. Aunque el porcentaje de incremento no llega a tener significación estadística y en cada partido la proporción adquiere pesos muy diferentes, se abre un espacio parlamentario para trabajar coincidencias y acuerdos que permiten iniciativas de reformas en leyes y códigos para reducir las brechas de género.

La diversidad del trabajo parlamentario

Debo confesar que a pesar de considerarme una persona que tenía algún conocimiento del trabajo de las y los legisladores, no dejan de sorprenderme las formas en que éste se despliega en la situación bajo observación. Como dije en el capítulo introductorio, las tareas concretas son hablar, escuchar, observar, leer, estudiar, escribir. Las y los diputados lo hacen en varios espacios geográficos y sociales, la mayor parte de ellos en el ámbito público. En cada uno de éstos varían las normas, a veces muy rígidas y formales; las tareas concretas, desde las modalidades coloquiales y sin libreto a la exposición rigurosa que llevó semanas y hasta meses preparar; los insumos humanos y materiales para realizarlas; las disponibilidades, los conocimientos, las habilidades que se deben desplegar para hacer bien el trabajo. Cambian las y los interlocutores.

A partir del momento en que las precandidaturas adquieren alguna probabilidad, se inician dinámicas intensas de las que se ha procurado de dar cuenta en el capítulo respectivo. Por lo general hay un periodo en el que todo transcurre dentro un ámbito no público, tanto si la iniciativa la tiene la persona interesada en competir como si la candidatura le es ofrecida. La selección está determinada por las normas de cada partido, hecho que lleva a que en el PRI se continúe con los espacios discretos y de secrecía. En el PAN y en el PRD las decisiones se toman en ámbitos públicos: el primero lo hace en el más restringido de las asambleas de delegados, y el segundo en el más amplio de la votación de sus bases afiliadas en cada distrito y en la Convención Electoral.

Una vez concluidas las nominaciones, tiene lugar un periodo de alrededor de tres meses de intensidad creciente para las de mayoría, y menos agitado o incluso inexistente para las plurinominales. Las y los candidatos deben diseñar las estrategias de campaña, para las que se requieren dinero, materiales y la construcción de equipos basados en la confianza política, técnica y personal, elaborar la propuesta y la imagen, la propaganda, y paralelamente poner a punto el control de casillas para el día de la elección. Más allá de las modalidades encontradas, empresarial y artesanal, necesitan hablar y escuchar al segmento de la ciudadanía al que deben convencer de que vote por su candidatura. En esos meses se ponen a prueba las capacidades de organización, de inventiva, la flexibilidad y la rigidez intelectual, ese imponderable para captar el estado de ánimo colectivo que se llama intuición u olfato político, el carisma, el ángel y hasta la resistencia física. Es el momento de mayor exposición en el espacio público más amplio, en el que todo puede pasar, porque hay que dirigirse e interactuar con grupos y personas tanto conocidas, con las que se comparte la membresía partidaria, como desconocidas, a las que hay que abordar en sus casas, las calles, los mercados y las plazas. Pero es un ámbito con escasa normatividad y las formalidades e informalidades, al gusto del candidato o candidata y de quienes participan en la organización de la campaña. Es también el periodo del máximo protagonismo.

Ya pasado el protocolo de la incorporación a la HCD, cambian los contextos en los que se desarrollan los trabajos concretos y las relaciones sociales. Ahora no se trata de ganar votos, y por lo tanto es necesario bajar el tono y redefinir el protagonismo. Aquí las relaciones son entre pares y las jerarquías existentes tienen otros fundamentos. Las normas y formalidades son menores en el grupo parlamentario, intermedias en las comisiones y muy rígidas en el Pleno, lo cual exige readecuar las capacidades a dichos espacios. Estos procesos, junto al conocimiento del edificio de San Lázaro y las formas específicas de acción, se llevan el primer año de la legislatura para los y las diputadas que llegan por primera vez a la Cámara. El esfuerzo es grande, puesto que cada quien debe mantener su individualidad, estudiar en solitario, hacerse de información y analizarla, dar sus puntos de vista en la fracción y en las comisiones, usar la tribuna. Es cierto que las y los hay que no hacen más que acto de presencia en las comisiones y comités, o no asisten con asiduidad y están presentes en las sesiones del Pleno sin tomar la palabra durante toda la legislatura. Pero quienes tienen participaciones más activas, presentan iniciativas de ley y se interesan por incidir en otras, dedican varias horas a la semana a actividades que exigen disciplina, concentración mental y rigor. Al mismo tiempo, el trabajo parlamentario requiere de la interacción constante con sus pares de partido y con los y las antagonistas, con la meta de obtener los consensos posibles que permitan seguir trabajando. En este nivel se necesita claridad, precisión, capacidad de convencer respetando al o la otra en sus peculiaridades, maneras de razonar, conocimientos, tiempos, visiones del mundo y escalas de valores. Actitudes distantes de las que predominan en las militancias y cuadros políticos tradicionales y de las que son corrientes en las campañas electorales. También exigen oído fino y rapidez mental para cambiar las tácticas argumentativas, valorar las contrapropuestas, fijar los límites de lo innegociable, ceder dentro de márgenes posibles. Destrezas muy diferentes a cuando se hace uso de la tribuna, donde las artes de la oratoria son fundamentales. O si la sesión deviene en debate entre interlocutores de varios partidos, habrá que agudizar la elocuencia, concisión, dominio de las normatividades específicas, sentido del humor, capacidad de poner en ridículo sin ofender al o la antagonista. Esto en lo que hace a la tarea de legislar.

Muy cercano está un conjunto de actividades que pueden considerarse extensión o divulgación del hacer propio de las y los legisladores federales. Otro grupo de trabajos concretos es recibir, escuchar e intercambiar puntos de vista con representaciones de organizaciones y grupos ciudadanos cuyos intereses colectivos pueden ser afectados en algún sentido por iniciativas en trámite, o que requieren de la instancia legislativa para solucionar algún problema específico. Por lo general, éstas concurren al edificio de la HCD o son atendidas en sus respectivos distritos.

Pero se ha visto que no se limitan sólo a legislar. Existe una variedad de tareas hacia afuera y más allá de los recintos parlamentarios, que las y los vinculan con segmentos de la ciudadanía. Una es el relacionamiento con las bases y los organismos partidarios en sus distintas instancias. Algunas diputadas y diputados rinden informes semestrales o anuales del trabajo realizado ante sus membresías distritales, acuden como presencia solidaria en situaciones problemáticas, asisten a las fiestas de los pueblos y colonias, participan en movilizaciones locales y estatales, etc. En tanto que como cuadros partidarios integran órganos colegiados que sesionan con regularidad, deben asumir representaciones en otras entidades y en el plano internacional, apoyar campañas electorales en otros estados, redactar informes cuando les son solicitados por las autoridades respectivas, y otras actividades que los y las obligan a movilizarse dentro y fuera del territorio nacional.

Sin embargo, el conjunto de las tareas que en la tradición política mexicana mejor define la función de diputado o diputada y da cuenta del compromiso con las y los electores, las bases partidarias, las y los ciudadanos, es la gestión social. Esto es, dar cauce y resolver las solicitudes de ayudas muy diversas, que pueden ir de lo insignificante a lo trágico, en las que los y las representantes ponen en acción la investidura y sus influencias para acercar bienes y servicios estatales que de otra manera no llegarían a los distintos sectores de la población. El énfasis dado a estas tareas depende de varios factores. La gestoría es obligatoria en el PRI, voluntaria en los partidos de oposición, casi ineludible para los y las de mayoría, pero pueden prescindir de realizarla los y las plurinominales; es más exigente para los y las diputadas que representan los distritos carenciados y con población de niveles socioeconómicos bajos. Si bien en cada partido adquiere pesos y modalidades de organización diferentes, deben atender personalmente a las y los solicitantes, encauzarlos a las instituciones que correspondan, darles seguimiento a través de personal dedicado a esas tareas, comunicarse por teléfono para exigir y estar al tanto de que se cumpla con lo solicitado. Para ello deben recorrer los distritos con cierta frecuencia y recabar las demandas, informar del estado de los trámites, acudir a comprobar el buen uso y funcionamiento, etc. Actividades que insumen más tiempo cuanto más dispersa se encuentre la población, cuanto más grandes sean los distritos y cuanto menos recursos e infraestructura disponible tengan. Necesitan afinar la atención que les permita aceptar a las y los solicitantes en sus demandas, pero con la habilidad para discernir entre la posibilidad o imposibilidad de sus intervenciones y descartar ilegalidades, interferencias indebidas, así como trampas que se les llegan a tender. No es extraño que la demanda irrumpa sin previo aviso y, en ciertas situaciones muy apremiantes, que la atención a la gestoría interfiera en las tareas propias de legislar. En el despliegue de estas acciones los y las diputadas ponen en juego sus capacidades de organización del trabajo propio y de las personas que las auxilian dentro de la HCD y en los distritos, un cierto orden y disciplina en el uso del tiempo. Deben estar siempre armados de paciencia para oír relatos lacerantes, tediosos, absurdos, y sobre todo para insistir en las instituciones públicas cuando las gestiones se estancan y quedan sin respuestas.

A lo largo de los capítulos anteriores aparecieron muchas veces referencias al protagonismo o personalismo que reina en todos los ámbitos del quehacer de las y los diputados. Su uso más frecuente, tanto en la Cámara como fuera de ella, tiene tintes peyorativos y se emplea para descalificar al sujeto, olvidando que ocupar una curul es tener un lugar en el espacio público. Por ello están bajo la mirada de los medios de comunicación, las organizaciones partidarias y la ciudadanía, quienes al observar la actuación de las y los representantes juzgan sus aciertos, sus pifias y sus errores para posteriormente premiar o castigar –a partidos y personas– con el voto. Las diputadas y diputados son actores privilegiados en cualquier sistema político y, en todas estas actividades, están sometidos al escrutinio público. De ahí que la mayoría cuide la imagen personal e intente mantener un perfil propio que le caracterice. El lapso de tres años que las y los legisladores pasan en la HCD es un peldaño en cursos de vida muy competitivos. El futuro, al finalizar la legislatura, dependerá de la figura forjada a través de acciones protagónicas realizadas durante ese lapso. No es de extrañar entonces que, para labrarse éxitos en las contiendas por venir, busquen destacar sus conocimientos, habilidades, opiniones y destrezas mediante el uso de la palabra en la tribuna del Pleno, los debates parlamentarios intensos, la convocatoria a conferencias de prensa y el mayor uso posible de los medios de comunicación. Una carrera política no se hace en el cubículo universitario ni en la casa, y tampoco exclusivamente en la oficina en San Lázaro.

En otras palabras, el oficio parlamentario exige el desarrollo de una gama amplia de aptitudes, pericias y capacidades según sea el espacio social en que tienen lugar, las normatividades que rigen en cada uno de ellos, el carácter de los y las interlocutores, la materia sustantiva de que se trate. Al llegar a la HCD, es probable que en algunas de ellas puedan tener un camino recorrido y experiencia suficiente que les permita moverse con holgura. Pero es seguro que deberán ensayar en otras que no han tenido ocasión de externar y en las que tendrán que partir de sus rudimentos. Otra cosa es la disposición que tengan a aceptar las limitaciones y trabajar para superarlas. El alto número de curules permite la apatía o el desinterés por realizar esos esfuerzos. Sin embargo, en la medida en que el acceso a la HCD sea una disputa sujeta a las reglas del proceso electoral, la superación de las limitaciones personales será cada vez más un requisito a llenar entre los y las aspirantes.

En todos estos ámbitos y tareas, varones y mujeres participan por igual. Ninguno de ellos es coto de caza o refugio de unos u otras. Es decir, la organización y el funcionamiento del Poder Legislativo determinan los ámbitos y tareas concretas del trabajo de las y los diputados. ¿Que ellos han sido creados por varones? Sin duda. ¿Que se han construido de acuerdo con las modalidades y especificidades de lo masculino? Por supuesto. Pero esas son las reglas del juego que hoy por hoy las mujeres deben aceptar si quieren ocupar curules y ser corresponsables del quehacer parlamentario. No es éste el plano en el que se dan los monopolios, predominios, selectividades y exclusiones de varones y mujeres. Ésas se producen y reproducen de otras maneras.

Comparados estos resultados con los obtenidos por Norris (1996[a]) sobre la orientación hacia los roles legislativos de las y los integrantes de la Cámara de los Comunes en Gran Bretaña, se puede sostener que en México no es una función del género ni está asociada a él. Son el tipo de curul por la que se accede a la HCD y el partido los que determinarían las tareas y los pesos de las mismas tanto en las mujeres como en los varones. Se puede hipotetizar que el llegar por votación directa y el pertenecer al PRI serían dos características asociadas a una alta dedicación a la gestión, en tanto que la representación proporcional y la pertenencia al PAN determinarían actividades estrictamente parlamentarias y de partido. Investigaciones más precisas podrán dar información sobre las prioridades en el PRD. También quedan planteadas preguntas sobre la relación que se puede llegar a establecer entre las diputadas y las membresías femeninas, y comprobar, desechar o introducir matices en la hipótesis respectiva.



Tres partidos, tres modalidades del hacer legislativo

La Mesa Directiva de la Coordinación del grupo parlamentario del PRI debió escuchar argumentaciones y convencer a sus propios legisladores dubitativos ante asuntos polémicos, aceptar ausencias y unos pocos votos discrepantes. Pero al final estas actitudes fueron excepciones a la regla de la obediencia al coordinador de la fracción, la dirigencia y en última instancia al Presidente de la República.

A los sucesivos grupos parlamentarios del PRI los ha unido una débil coherencia ideológica. Más bien, los aglutinantes han sido lealtades, intereses y temores. A medida que el proceso de achicamiento del Estado redujo el número de cargos disponibles en las burocracias estatal y paraestatal, creció la competencia por los escaños, y con ella el miedo a quebrar carreras y cerrarse caminos de ascenso social y consolidación patrimonial. En la LVII legislatura la competencia electoral dio otra vuelta de tuerca en el proceso de disminución de las probabilidades de acceso a las curules de sus militantes, aunque el partido mantuvo alta su votación en los distritos rurales.

A lo largo del trabajo de campo se pudo observar el temor de varios diputados, pero sobre todo de las diputadas priístas, a ser entrevistadas. Cuando accedían, después de varios intentos fallidos y de solicitar la pauta unos días antes de fijar la cita, había reticencias en las respuestas. Varios de los testimonios transcriptos en los capítulos anteriores dan cuenta de respuestas generales, frases hechas, el persistente recurso al olvido, vueltas y circunloquios hasta que ante la insistencia de las entrevistadoras salían abruptamente explicaciones con una fuerte carga de malestar y resentimiento. Estos versaron principalmente por ser designados candidatos y candidatas en distritos ajenos a los de sus trayectorias políticas; condicionamientos, reticencias y trampas tendidas durante la campaña electoral por las membresías partidarias locales heridas –individual o colectivamente– por la derrota de sus aspiraciones. Una vez en posesión de la investidura, el grupo dirigente de la coordinación parlamentaria mostró ignorancia a sus voluntades manifiestas en el momento de la integración de las comisiones; seleccionó a diputadas y diputados para formar parte de las mesas directivas de aquéllas que no eran del interés de las y los mismos. Se sienten sujetos de injusticias, de no reconocimiento a su trabajo, a la dedicación, los sacrificios y las lealtades demostradas. No faltaron algunos señalamientos a las limitaciones a la libertad para decidir el voto a conciencia en el Pleno en algunos asuntos importantes y controvertidos. Y quedábamos con la sensación de haber tocado una llaga dolorosa, no fácil de disimular.

Particularmente destacadas son las tensiones existentes entre varones y mujeres. A pesar del discurso de los diputados priístas de afirmación y alabanza a las capacidades y esfuerzos de sus compañeras diputadas, a pesar de manifestarse siempre a favor de la justeza de las causas que enarbolan las mujeres en torno a la igualdad y la equidad, los datos agregados muestran fuertes segregaciones. El acceso a la HCD no llegó a 18%, sin diferencias entre las de mayoría y las plurinominales; están sobrerepresentadas en las comisiones de menor estatus, pero subrepresentadas en las que se deciden los problemas fundamentales del Estado; tienen promedios más bajos que los varones en el uso de la palabra en las sesiones del Pleno. De los tres partidos considerados, es el que menos oportunidades da a las mujeres para el crecimiento personal y de sus capitales políticos.

Para el PRD y el PAN, la LVII legislatura ha sido la primera ocasión en que cada uno bordea la cuarta parte de aquélla y más de la mitad de las curules se obtuvieron por candidaturas de elección directa. Se trató, por lo tanto, de inducir procesos inversos al desplegado por el PRI, por los que debieron abandonar el carácter de espectadores selectos y buscar estrategias que los perfilaran como oposiciones legislativas reales. Para enfrentar estos desafíos contaban con grupos parlamentarios más jóvenes y educados que los del partido oficial, personas comprometidas que en términos generales entendían la política como proyecto colectivo y vocación personal y no como carrera ocupacional. Pero salvo muy destacadas excepciones, sin experiencia en la representación legislativa y el gobierno federales. En ambas bancadas se escucharon críticas a las conducciones respectivas por falta de liderazgo, incapacidad para realizar gestiones incluyentes, potenciar la diversidad de capacidades y posibilidades que yacían en las mismas.

Hacia la izquierda, el PRD era en 1997 un partido con apenas ocho años de fundado, integrado por personas de muy diferentes trayectorias y experiencias en partidos políticos, pero sobre todo en los movimientos sociales y ciudadanos. Su membresía es heterogénea, y en ese año logró arrebatarle al PRI importantes distritos urbanos y 10% de los rurales. La corta pero agitada historia opositora signó un grupo parlamentario con fuerte cohesión ideológica en los temas clave del ejercicio legislativo, la política y la política económica que lo enfrentaban al partido oficial, al Poder Ejecutivo, pero también al PAN. En los temas no centrales a su definición se mostraba la pluralidad de perspectivas de sus integrantes y de sus bases partidarias. Pero ha estado atravesado por corrientes internas cuyos enfrentamientos limitaron su eficacia y le imprimieron un carácter de desorden hacia el exterior, en la Cámara y ante la opinión pública. Las corrientes se manifiestan principalmente en el momento de la elección de cargos internos en la coordinación de la fracción parlamentaria y de su representación dentro y fuera de la HCD. Porque a pesar de recurrir permanentemente a los mecanismos de votación, los acuerdos previos entre ellas llevan al fracaso los intentos de las minorías y de las y los diputados no alineados en algún grupo. Esto generó desde el comienzo de la legislatura la marginación de las y los perdedores, que aunado al desconocimiento del proceso legislativo y de la especificidad del trabajo en la Cámara, los y las llevó a ver frustradas sus aspiraciones de integrar comisiones acordes a sus antecedentes y preferencias, participar en las mesas directivas de las mismas, subir a la tribuna con más frecuencia y aprovechar los tres años en San Lázaro para desarrollar carreras que acrecentaran sus pesos políticos. Una de las más ricas tradiciones de los partidos de izquierda, la solidaridad entre las y los militantes donde se encuentren, no fue rescatada como valor orientador del accionar interno. Con la consecuencia de ver minados los espacios de la interacción propios del grupo parlamentario, al punto que debió bajarse el quorum de las juntas de coordinación y arriesgar la existencia de éstas.

Al mismo tiempo, las y los diputados perredistas tienen espacios de libertad para desenvolver proyectos políticos y legislativos acordes con sus intereses y posibilidades personales. Ni el partido ni la Mesa Directiva de la Coordinación les ponen trabas o los obligan a hacer o no determinadas actividades o asumir compromisos contra la voluntad individual. Cada diputado, cada diputada son libres de destinar el tiempo que consideren para las labores de gestoría, trabajo con las bases, estudiar o profundizar en las actividades propiamente legislativas.

Estas características de la bancada y del partido facilitaron el trabajo de campo con las y los perredistas. El lenguaje fue franco y directo en términos generales. No percibimos temores ni negativas a hablar sobre algunos temas; hicieron críticas abiertas a las y los compañeros de fracción, a las prácticas dominantes y también ejercieron alguna autocrítica.

Por otro lado, a lo largo de los capítulos precedentes se ha visto que de los tres partidos referidos en esta investigación, el PRD está a la vanguardia en términos de incorporación de las mujeres a la representación parlamentaria. Los orígenes feministas y en los movimientos de mujeres de muchas de sus militantes, dirigentes y bases partidarias han apuntalado la cuota de 30% de mujeres en todos los cargos dentro y fuera del partido, porcentaje que se rebasó en las plurinominales y estuvo en algo más de la mitad en las de mayoría. En el grupo parlamentario se observa la insistencia en exigirla en todo momento, dando como resultado la creación de una vicecoordinación de mujeres en la bancada, más allá de las corrientes internas. Esta perspectiva más igualitaria también se refleja en la integración de comisiones y comités, la menos sesgada de los tres grupos parlamentarios y en el uso de la palabra en tribuna. Pese a su buena puntuación en estos parámetros, no puede dejar de mencionarse que en dos de las áreas centrales del hacer parlamentario, gobierno y finanzas, la presencia de las perredistas en las comisiones está por debajo del promedio esperado para dicho partido. Dentro del grupo parlamentario, las diputadas han tenido que verse con la oposición –la mayor parte de las veces solapada, pero a veces abierta– de algunos de sus compañeros. En términos sustantivos, al momento de votar la penalización de la violación en el matrimonio; en términos de procedimiento, los cuestionamientos a la puesta en práctica de la cuota de mujeres; en todas partes, los comentarios sexistas en voz baja y los chistes de mal gusto.

El grupo parlamentario del PAN, distanciado sólo siete escaños del PRD, mostró una cara muy diferente. Una historia de seis décadas, cinco de integrar la HCD, una membresía surgida de los sectores medios urbanos, fuerte participación de feligresías católicas en un espectro que va del pensamiento social cristiano al individualismo liberal pasando por ideas y prácticas familísticas: ha sido la bancada más homogénea en términos de estratificación social de las tres consideradas. Esas notas que caracterizan al partido tal vez no sean independientes de su presentación como el grupo parlamentario más ordenado y sistemático en la organización y funcionamiento internos: reuniones semanales de toda la fracción y de las cinco subcoordinaciones en que está dividida, presentación y análisis del estado que guardan las iniciativas de ley en las comisiones, revisión de los puntos de la orden del día de las sesiones del Pleno y los temas relevantes de la HCD, así como cuestiones propias de la bancada y sostenimiento por sus legisladores de un grupo permanente de asesoría. Este orden y disciplinamiento no es cuestionado por las y los diputados.

Aparentemente, la fracción panista no presentaría discrepancias internas como las que se ponen de manifiesto en el PRD. Sin embargo, carece de la consistencia ideológica que distingue al grupo parlamentario perredista. Esta ausencia relativa se hace evidente principalmente en las votaciones en materias clave de política económica, en las que se registran porcentajes no despreciables en contra de la posición mayoritaria y de legisladores ausentes a tales sesiones. A pesar de la prudencia, las entrevistas fueron fáciles de concertar, y en su transcurso no percibimos malestar para responder a preguntas que buscaban poner de manifiesto tensiones internas.

Pero tal vez el elemento más llamativo de la fracción del PAN sea el carácter profundamente masculino. El bajo porcentaje de diputadas se corresponde con posiciones muy tradicionales en relación al acceso de las mujeres a la vida pública, en particular de las casadas, las representaciones sobre la familia y los hogares, la división sexual del trabajo, una valoración descontextualizada de la igualdad. Estas se pusieron de manifiesto con claridad meridiana en el momento en que estuvieron en debate intereses estratégicos de género en el ámbito doméstico, durante el primer periodo de sesiones de la LVII legislatura. No obstante, y a pesar de que las diputadas se integran principalmente a las comisiones de las áreas de política social y cultura y están ausentes en los temas financieros, tienen una presencia importante en justicia, y en gobierno es la más alta, proporcionalmente, de los tres partidos. En las sesiones del Pleno el número de las intervenciones no tiene gran diferencia con los varones.

Podría pensarse que mientras el grupo parlamentario del PRI debió realizar esfuerzos por ceder y compartir espacios con la oposición sin alterar las normas y tradiciones de funcionamiento interno, las fracciones perredista y panista también tuvieron dificultades para ocupar el espacio legislativo. De alguna manera, las tres se vieron sobrepasadas por la nueva situación. Ésta estaba exigiendo bancadas opositoras más sincronizadas internamente, con mayores conocimientos sobre el derecho público, el Estado mexicano y su sistema político, con experticia en los temas clave que competen a la HCD. Para ello se hubieran requerido esfuerzos que potenciaran las diferentes virtudes y talentos presentes en sus colectivos. Al final de cuentas, la realidad había cambiado demasiado y, aunque paradójico, registré más balances positivos en los y las diputadas del partido oficial, mientras que las y los opositores externaron sentimientos de pesar y frustración.


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