La defensa



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La defensa.

El papel flotó en el pesado y cálido ambiente del salón de clases. Por azar, la maestra Sofía levantó su mirada del texto que en esos momentos leía con voz monótona y sedante.


– ¿Quién arrojó esa hoja de papel? –preguntó con timbre helado.
Nadie contesto, un silencio de negros presagios invadió el aula.
– ¿Quién fue? – preguntó de nuevo.
Sólo silencio, nadie se movía.

El metálico sonido de sus zapatos altos se escuchó mientras se dirigía hasta donde el papelucho se había posado, cerca de la ventana. Tomándolo en su mano, regresó al escritorio y con gestos teatrales ante la impaciencia de los alumnos lo miró; era un bello dibujo, en la parte superior un enorme corazón clásicamente atravesado por una flecha. En ambos lados aparecían dos nombres: Rosa María y Alberto. Bajo el corazón estaban dos siluetas de forma humana completamente desnudos. Un hombre y una mujer.

¡Vaya, vaya! –exclamó la maestra Sofía–, ¡con que ésas tenemos! ¿Quién fue el autor de semejante tontería? ¿Fuiste tú, Alberto?
Alberto se revolvió en la butaca, quiso decir algo pero las palabras le faltaron. La maestra atacó de nuevo: – ¿acaso fuiste tú Rosa María? La chica, con ojos vidriosos no contestó, sólo bajo su mirada hasta el piso.

–¿Cómo es posible, que mientras yo explico un tema tan importante como es la revolución francesa, la caída de la monarquía de los Luises, los anhelos de libertad del pueblo francés, la lucha fratricida, ustedes estén pensando en otras cosas? Perdiendo el tiempo de una manera tan miserable con esas tonterías. ¿Qué pensarán tus padres si vieran esto, Rosa María? Tu madre se llenaría de vergüenza. Y tú, Alberto, a tus dieciséis años no eres más que un muchacho inmaduro que sueña con ser hombre. ¿Acaso te sientes capacitado para sostener una familia? ¿Ya tienes trabajo? ¿Serías a tu edad un padre responsable? Y ahora díganme, ¿quién hizo esta porquería de dibujo?

Alberto no contestó, Rosa María tampoco. El salón se llenó de murmullos sordos adornados con una que otra sonrisa de burla.

–El vista de que no quieren confesar quién fue, me hacen el favor de presentarse a la hora del recreo en la dirección.

La maestra Sofía continúo su clase y el papelito, prueba de las urgencias juveniles, fue a parar en la enorme bolsa de mano de la maestra.

A la hora del descanso los dos jóvenes se dirigieron a la dirección. La autoridad máxima del plantel ya estaba enterada del problema y pronto los hizo pasar a su despacho.

Rosa María estaba a punto de llorar, con ojos angustiados buscaba la excusa, el perdón, y borrar de una vez por todas tamaña vergüenza. Alberto iba callado, aparentemente sereno.
–Lo que pasó hoy en la clase de ciencias sociales merece una severa amonestación, su delito es grave jovencitos y esto lo tendrá que considerar el Consejo Técnico Escolar y deberá tomar una resolución. Por lo pronto, quedan suspendidos hasta el día de mañana en que dicho consejo se reunirá a las cinco de la tarde y por lo tanto, ustedes deberán presentarse a esa hora.

Cuando los dos jóvenes salieron de la oficina, Rosa María con lágrimas en las mejillas le dijo: – ¿Por qué lo hiciste?


–Perdóname, Rosa María. – Contestó Alberto–. Te juro que no sé qué me pasó, la clase estaba aburrida y yo empecé a imaginarme cosas...

–Ahora me has metido en un gran problema. ¿Es así como me demuestras el amor que sientes por mí? ¿Qué va a pasar si nos expulsan? ¿Y cuando mis padres se enteren, qué les voy a decir? ¡Dios mío! ¿Qué voy hacer ahora? Tú sabes Alberto, que te he correspondido, que te quiero, que lo nuestro ha sido un amor limpio. ¿Por qué tenías que llegar a esa vulgaridad? Ahora tendrás que confesar la verdad, que tú hiciste ese sucio dibujo y que en este caso tú eres el único culpable. Pues tú sabes que yo soy completamente inocente.

–Así es –replicó Alberto muy apenado–. Yo diré la verdad, yo fui quien hizo el dibujo y lo confesaré ante el consejo técnico.

No hubo respuesta, ni despedida. Cada uno salió en dirección opuesta.

Al día siguiente el Consejo se reunió, los maestros de las diferentes materias estaban presentes. Alberto y Rosa María permanecieron en el exterior del salón mientras se trataban los diferentes problemas que afrontaba la institución. Por fin, el maestro de Orientación Vocacional los llamó. Se sentaron y escucharon al director que daba a los maestros los pormenores de la acusación.

– ¿Quién hizo el dibujo? –preguntó el de Ciencias Naturales.


–Fui yo –contestó Alberto–. No sé qué me pasó, mi mente empezó a volar, a imaginarme cosas...
–Eres un inmoral, jovencito –dijo el maestro de español–. ¿Ese es el ejemplo que te dan tus padres?
–Debemos poner un remedio a esto. Hoy en día los jóvenes están enfermos de sexo y violencia –exclamó la maestra de inglés.
–Todo este problema se debe a la influencia del cine y la televisión –dijo el maestro de Matemáticas.
–Yo pido a este Honorable Consejo Técnico que Alberto sea dado de baja de la institución, para que sirva de ejemplo y freno a los demás alumnos –dijo la maestra Sofía.

– ¿Y cuál es su opinión maestro orientador? –interrumpió el director.

–Yo –contestó el de orientación vocacional–, estoy por lo que la mayoría decida...

Se guardó un profundo silencio, el momento pareció una eternidad. Y fue entonces que de manera sorpresiva cuando nadie lo esperaba, Alberto habló:

–Señores maestros –empezó con voz titubeante–, sé que cometí un error, una falta grave, y estoy consciente de ello. Pero permítaseme hablar. Rosa María y yo somos novios, creo que nos amamos, estamos muy jóvenes, lo sé, pero de alguna manera tenemos que aprender a conocer el amor. Les aseguro que este amor es limpio, que nos respetamos, que ella no tiene nada de qué avergonzarse.

Por las tardes estudiamos juntos, vamos al parque y nos comentamos nuestros problemas, y entre los dos tratamos de solucionarlos. Ella me comprende y yo la comprendo. Nuestras calificaciones si no son excelentes, sí son buenas; yo prefiero su compañía a la de mis amigos. Cuando estoy con ellos sólo platicamos de tonterías, simplezas y bromas sin sentido, en cambio con Rosa maría, hablamos de nuestros temores, de nuestras inquietudes y de nuestros proyectos.

¿Qué hice siluetas obscenas? De acuerdo. ¿Por qué las dibujé? No lo sé. Creo que estoy sufriendo cambios. Para Rosa María yo deseo lo mejor, jamás intentaría algo que pudiera hacerle daño. Sin embargo, y haciendo una comparación, amo también a mi madre, pero es un sentimiento diferente que no puedo o no me he sabido explicar. Si por las dos siento un profundo amor, si a las dos respeto, si no quiero verlas sufrir, ¿por qué ese amor es diferente en una y en la otra?

¿Me han explicado acaso los maestros en qué consiste esa profunda diferencia entre un amor y otro? No, ¿verdad? Entonces déjenme encontrarlo por mi cuenta, permítaseme experimentar para aprender, déjenme encontrar el camino correcto a pesar de mis errores de adolescente. Ahora bien; en la escuela no hablan del amor que en realidad es sexo, será quizá porque el sexo es concreto y aparentemente sencillo de explicar y comprender, y el amor, ese sentimiento que no podemos dominar y que casi nadie comprende es abstracto. Lo sentimos, yo lo siento dentro de mí, amo a Rosa María con un amor puro, limpio, pero les aseguro que es un amor diferente al que siento por mi madre. Quizá ese amor por mi novia es abstracto-concreto. Yo no sé pero déjenme experimentarlo.

–Ahora bien, –continuó Alberto– Usted, maestro de Español, dígame ¿la declaración de Isthar a Gilgamesh en la literatura mesopotámica, es amor o sexo? ¿Y cuando la diosa Surpunaka trata de seducir a Rama en el Ramayana, es amor o sexo? Cuándo García Lorca dice “Se la llevó al río creyendo que era mozuela y le regaló un costurero grande de raso pajizo” porque era muy gitano y hombre. ¿Es amor o es sexo? ¿O cuando Sor Juana acusa a los hombres como si fueran demonios en sus famosas “Redondillas”, es amor o es sexo? Y usted, maestro de “Naturales”, nos habla en clase del aparato reproductor tanto masculino como femenino, de enfermedades venéreas, de su prevención, del control natal, ¿eso cómo se llama, sexo concreto o amor abstracto? Y en la clase de Sociales sólo nos hablan de países en guerra, de locos y fanáticos ambiciosos que anhelan el poder; inclusive de anormales sexuales como Hitler o sifilíticos como Cortés. ¿Es así como vamos a aprender lo que es el verdadero amor? Nos pueden criticar, juzgar y hasta expulsar los maestros de una institución que están enajenados con las telenovelas y donde se muestran infidelidades, la corrupción, la prepotencia y la estupidez humana’ Si es así, –terminó Alberto con voz quebrada por la emoción–, yo mismo solicito mi baja en esta escuela.

Todos guardaron silencio y por fin el director revolviéndose en el asiento con incomodidad, exclamó:

– ¡Está bien! ¡Está bien, jovencitos! Pueden retirarse a su casa, mañana se presentarán normalmente a su clase, sólo te suplico Alberto, que eso no vuelva a suceder y también quiero que te pongas en contacto con el maestro comisionado del club de oratoria para que te prepare y participes en los próximos eventos regionales.

Los dos jóvenes abandonaron el recinto. Alberto iba sonrojado y trémulo mientras Rosa María lo veía con admiración.

Antes de que se retiraran los maestros del local, el profesor de Educación Física recibió bajo la mesa de juicios un papel que decía:

Te espero hoy en la noche en mi departamento.


¡Te deseo CONCRETAMENTE!
Sofía.

1 Arenívar, José. “La vida en la escuela”, Fundación SNTE para la Cultura del Maestro Mexicano, A.C., México, 1992, pp.35-40.









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