La defensa moral del capitalismo por ayn rand



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LA DEFENSA MORAL DEL CAPITALISMO POR AYN RAND

María Blanco González1

Introducción.

Ayn Rand es conocida por muchas cosas: guionista, escritora, filósofa, pero no tanto como pensadora económica. Sin embargo, su defensa del capitalismo es, desde mi punto de vista, una de las más sólidas, precisamente debido a que acusa a los pensadores económicos de haberle hecho un flaco favor centrándose en los aspectos exclusivamente económicos de este sistema, en lugar de haberlos asociado a la filosofía subyacente a la sociedad que vive bajo el capitalismo. Es por ello que la defensa que ella hace es una defensa moral, y no de otro tipo.

En este ensayo pretendo analizar las ideas económicas de Rand, sobre todo su defensa del capitalismo, y su relación con los economistas de la época, en especial con los austriacos, a los que les unió una relación de amor/odio a pesar de ser sus compañeros de viaje más cercanos.

En el primer apartado se esboza una pequeña biografía de la autora, que en realidad se llamaba Alisa Rosembaum. Se destacan sobre todo aquellos aspectos que influyeron más en su obra.

A continuación, se analiza su defensa del capitalismo como sistema social mejor desde un punto de vista moral.

En el tercer apartado se estudia la relación de Ayn Rand con los economistas de la Escuela Austriaca en especial. El que se hayan publicado sus comentarios a algunas obras de Mises, Hayek y Hazlitt, así como su relación con Murray Rothbard y el que entre sus lecturas recomendadas estuvieran obras de maestros austriacos y de ninguno más, explica que este apartado se centre en esta escuela.

A continuación se dedica un epígrafe a considerar las opiniones que los economistas de su época y de la nuestra han expresado acerca de las ideas económicas de Ayn Rand.

Por fín, en el último, se recopilan las conclusiones generales.




Biografía

Ayn Rand, cuyo nombre real era Alisa Rosembaum, nació en San Petersburgo en 1905 (cuando aún no era Leningrado). Desde pequeña demostró su capacidad para el auto aprendizaje, aprendió a leer sola a los seis años, y a los nueve, después de leer novelas de ciencia ficción, decidió dedicarse a escribir relatos fantásticos.

Su madre le enseñó francés y fue quien le empezó a comprar novelas para chicos con héroes de marcado carácter. El primer ídolo que tuvo fue Cyrus Paltons, un oficial indio del ejército británico, protagonista de una novela de segunda escrita al estilo de Rudyard Kipling. Más adelante, se hizo seguidora de Walter Scott, Alejandro Dumas (padre) y Victor Hugo, su escritor favorito. Este detalle es relevante porque explica que le marcaran tanto los personajes heroicos que luego encontraremos en sus propias novelas. Además, muestra cómo, a pesar de la literatura rusa de la época que le tocó vivir, se formó a sí misma como escritora europea.

Vivió la Revolución de Kerensky y la Bolchevique en 1917. Para evitar conflictos y revueltas tuvo que acabar sus estudios escolares en Crimea. La victoria comunista supuso la confiscación de la farmacia de su padre. Los siguientes años fueron muy duros, sufrieron muchas penalidades económicas y pasaron hambre. No es extraño que, cuando le enseñaron Historia de los Estados Unidos en su último años de instituto, aún en Crimea, decidiera que ese era el país en el que cualquier ser libre querría estar. A la vuelta, se graduó en Filosofía e Historia en la universidad de Petrogrado, donde descubrió a Rostand, Schiller y Dostoievsky, desde un punto de vista literario, y terminó un programa de tres años de Pedagogía Social, en el que estudió entre otros a Nietzche. En la universidad, también vivió cómo desaparecía la libertad investigadora, cómo el espíritu del Partido Comunista Soviético manipulaba y censuraba y, en lugar de doctorarse, en 1924 se matriculó en el Instituto Estatal de Artes Cinematográficas. La razón era clara: las películas occidentales eran para ella la única ventana a la libertad. Un año después, justo con 20 años, obtuvo permiso de las autoridades soviéticas para realizar una corta visita a unos parientes en Estados Unidos y no volvió más.

Fue la casualidad la que hizo que al segundo día de estar en Hollywood, Cecil B. DeMille la viera y le ofreciera un papel de extra en Rey de Reyes. A partir de ahí, consiguió entrar en el sub-mundo del cine, trabajó de extra, en guardarropía, en la RKO, etc., y en ese mundo conoció al actor Frank O’Connor con quien se casaría en 1929 hasta la muerte de él cincuenta años después.

Su primera novela, We, the Living!, la más autobiográfica, como suele pasar, la terminó en 1935 y tardó un año entero en encontrar editor. Después vinieron El Manantial (rechazada por doce editores antes de ser publicada en 1943) y La Rebelión del Atlas (escrita en 1946 y publicada en 1957). Tres años después de ser escribir El Manantial, la Warner Brothers la llevó a la gran pantalla con Gary Cooper en el papel de Howard Roark, el arquitecto innovador que se niega a rendir su obra a los burócratas. Su rival es Ellsworth Toohey, el arquetipo del parásito que no soporta contemplar el éxito de los demás pero cuyos frutos reclama para sí en nombre de la sociedad. Entremedio hay una serie de personajes, principalmente el mediocre arquitecto Peter Keating, el editor populista Gayl Winnand y la bella Dominique Françon que se debaten entre el bando de los creadores y el de los aprovechados. Este tipò de dicotomías será muy común en las novelas de Ayn Rand.

A pesar de ser una escritora de ficción, como deseaba desde niña, Ayn Rand se dio cuenta de que su héroe, sus tramas de ficción, tenían que estar dotadas de una idiosincrasia, de una filosofía que las sustentara. Es entonces cuando crea la filosofía Objetivista, muy arraigada en el individualismo, que (en sus palabras) es una filosofía “para vivir en la Tierra”.

Su escuela filosófica tuvo cierto éxito, publicó revistas filosóficas objetivistas entre 1962 y 1976 y escribió seis libros de filosofía. Y es a partir de aquí cuando Ayn Rand se interroga por el sistema capitalista y analiza qué razones hacen que sea mejor y, de serlo, porque no está implantado en todo el mundo, sino que, al contrario, tiene tantos detractores.

Ayn Rand murió en Nueva York en 1982, hace relativamente poco. Pero su influencia en los Estados Unidos y fuera es aún en nuestros días enorme, no solamente por las novelas, o por sus películas. Sino como filósofa individualista fundadora de la corriente objetivista.

El éxito de Rand en los Estados Unidos, donde fue un verdadero fenómeno de masas, le vino en primer lugar como la escritora que pintó al capitalista innovador como un héroe, pero no cualquiera, sino un héroe americano. Si en El Manantial retrata la frustración del creativo, en La Rebelión del Atlas, este hombre se aparta de la mediocridad y consigue que emerja una nueva sociedad individualista, donde se premia la excelencia y no el parasitismo. Estas ideas plasmadas en sus personajes, el ambiente tan típicamente americano, el tono épico, explica el éxito de la autora rusa en los Estados Unidos.

Más adelante, con un nombre conocido, no le resultó muy difícil crear una escuela filosófica en el sofisticado ambiente bohemio del Nueva York de los años 50. Mujer, inmigrante, judía2, atea, famosa, casada con un actor, guionista de Hollywood y defensora del capitalismo: reunía lo necesario.

Lo malo fue que ella se lo creyó. Su actitud de diva, jaleada por los snobs neoyorquinos del momento, no solamente le restó credibilidad intelectual y le apartó de economistas y filósofos serios. También tuvo como consecuencia que, a su muerte, sus escritos más serios quedaran relegados y se hiciera hincapié en la parte más excéntrica de su personalidad.



La filosofía objetivista
La filosofía objetivista tal y como la describía la autora se basaba en los siguientes cuatro pilares:

  1. Metafísica: la realidad objetiva

  2. Epistemología: la razón humana

  3. Ética: el propio interés

  4. Política: el capitalismo

  5. Estética: romanticismo realista

Su explicación era la siguiente. Para manejar o dominar la naturaleza, en primer lugar has de obedecerla. No vale solamente con desear las cosas, hay que ceñirse a la realidad. En segundo lugar, la razón es la herramienta privativa del ser humano, la que nos lleva a realizar elecciones asumiendo riesgos, como dice el refrán “No puedes comerte el pastel y conservarlo” o el más castizo “No se puede nadar y guardar la ropa”. El tercer punto, se refiere a que el hombre es el protagonista de su vida, es un fin en sí mismo, no debe ser empleado como medio. Y finalmente, explica el cuarto punto con la famosa frase “Give me liberty or give me death3.


Los principios básicos del Objetivismo se pueden resumir analizando y centrando el discurso en esas bases, de la siguiente forma:
- Metafísica

La realidad, el mundo exterior, existe independientemente de la conciencia del hombre, independientemente de cualquier conocimiento, creencias, sentimientos, deseos o miedos del observador. Esto quiere decir que, siguiendo la Ley de la Identidad, A es A, que las cosas son lo que son, y que la tarea de la conciencia humana es percibir la realidad, no crearla o inventarla. Así, el objetivismo rechaza cualquier creencia en lo sobrenatural, y a cualquiera que reivindique que los individuos o los grupos crean su propia realidad. Una cosa es percibir la realidad y otra interpretarla.


- Epistemología

La razón humana es perfectamente competente para conocer los hechos de la realidad. La Razón, la facultad conceptual, permite identificar e integrar el material provisto por los sentidos humanos, y es el único medio que tiene a su disposición el hombre para adquirir conocimientos. De esta manera, el objetivismo rechaza el misticismo, es decir, la aceptación de cualquier fe o religión o sentimientos como medios de obtener conocimientos. Rechaza también el escepticismo, es decir, pensar que es imposible obtener un conocimiento cierto.


- La Naturaleza Humana

El hombre es un ser racional. La Razón, como único medio de obtención del conocimiento humano, es también, su medio básico de supervivencia. Pero el ejercicio de la razón depende de la elección de cada individuo. El hombre es un ser con conciencia volitiva. Lo que llamamos alma o espíritu es la conciencia, y lo que llamamos libre albedrío o libre voluntad es la libertad de tu mente de pensar o no, que es la única libertad que tienes, la única voluntad. Esa es la elección que controla las demás elecciones que hacemos y que determinan el carácter y la vida de cada cual. Por eso, el objetivismo rechaza cualquier forma de determinismo, la creencia de que es el hombre es una víctima de fuerzas que le superan y que están fuera de su control (como Dios, el destino, los genes, o las condiciones económicas)


- La Ética

La Razón es el único juez de valores y la única guía de acción correctos. El estándar ético adecuado es la supervivencia del hombre como lo que es, un hombre. Es decir, entendiendo por necesidades de supervivencia lo que el hombre demanda de la naturaleza humana para vivir como un ser racional (no su supervivencia física momentánea como un bruto sin mente). La Racionalidad es la virtud básica del ser humano y sus tres valores fundamentales son la razón, la intención y la autoestima. El hombre sabe que es un fin en sí mismo, no debe dejarse utilizar como si fuera un medio para los demás; debe vivir por su propio interés, buscando su bien, ni sacrificándose por los demás ni sacrificando los demás a sí mismo. Debe trabajar por su propio interés racional, para alcanzar su propia felicidad como la más alta meta moral de su vida. De ahí que el Objetivismo rechace cualquier forma de altruismo parasitario y coactivo, la reivindicación de que la moralidad consiste en vivir para los demás o para la sociedad.


- La Política

El principio básico social de la ética objetivista es que ningún hombre tiene derecho a buscar los valores de otro por medio de la fuerza física. Es decir, ningún hombre o grupo de hombres tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza contra otro u otros. Los hombres tienen derecho a usar la violencia en defensa propia y solamente contra quienes iniciaron el ataque. La forma en la que deben los hombres relacionarse con los demás es el intercambio, el comercio, cambiando valor por valor libremente, obteniendo mutuo beneficio consentido por ambas partes.

El único sistema social que bloquea la fuerza física en las relaciones humanas es el capitalismo de laissez-faire. El capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos de los individuos, incluyendo derechos de propiedad; es el sistema en el que la única función del gobierno es proteger los derechos individuales, es decir, proteger a los hombres de aquellos que intenten iniciar el uso de la fuerza física contra ellos. Por eso, el objetivismo rechaza cualquier forma de colectivismo, como el fascismo o el socialismo. También rechaza la noción tan común de “economías mixtas”, como en la que vivimos, que son aquellas economías en las que el Estado regula y redistribuye la riqueza y controla las transacciones libres, por lo que el mercado no es un mercado libre sino semi-libre o regulado.

  

- La Estética



El arte, para Ayn Rand, es una re-creación selectiva de la realidad de acuerdo con los juicios de valor metafísicos del artista. El propósito del arte es concretar la visión fundamental del artista respecto a su existencia. Su aproximación al arte la llamó Realismo Romántico. Se declaraba una romántica en cuanto que presentaba al hombre como debería ser. Pero también se consideraba una realista en el sentido de que emplaza a ese hombre en el aquí, ahora, en este planeta. El objetivo de sus novelas no era didáctico sino artístico: se trataba de la proyección del hombre ideal. En sus palabras:
Mi objetivo, causa primera y fuerza motriz es el retrato de Howard Roark o John Galt o Hank Rearden o Francisco d’Anconia mostrando a cada uno de ellos como un fin en sí mismo, no como medio para un fin futuro.
Estos principios filosóficos marcaron todo el mundo de Ayn Rand. Desde su defensa del capitalismo hasta su relación ideológica con economistas como Mises y su relación personal con discípulos austriacos como Murray Rothbard. La rigidez en la defensa de sus principios, heredada por sus sucesores en la escuela objetivista, principalmente Leonard Peikoff, unido a su carácter un tanto excéntrico, le dio la fama de sectaria y radical.

El capitalismo para Ayn Rand
Cuando Ayn Rand se enfrenta a los problemas del comportamiento económico, a las cuestiones económicas, lo hace desde una posición crítica hacia el tratamiento que los economistas pro-capitalismo le han dado a la defensa del sistema. Precisamente, la queja de Ayn Rand es que los economistas políticos estudian los sistemas sociales sin tener en cuenta el comportamiento humano. Esa es la causa, para ella de que hayan fallado a la hora de defender el capitalismo como sistema económico. Al definir su propia ciencia como el estudio de la gestión, organización, dirección, o manipulación de los recursos de una comunidad o una nación, especialmente quienes defienden el capitalismo, caen en la mayor de las trampas y entregan sus armas al enemigo: el colectivismo socialista que genera una sociedad contraria a la naturaleza del hombre.

Porque la naturaleza de esos “recursos” no está definida y además la propiedad comunitaria de los mismos simplemente se asume como dato del problema. Y sin embargo, supuestamente la función de los economistas es emplear esos recursos para el bien común. Desde esta perspectiva, el hombre no es nada más que un factor de producción más, un medio y, además, según Rand, no siempre se contempla como el más importante ya que muy a menudo se dedican más estudios económicos a analizar a la calidad e influencia de otros recursos como minas, bosques, etc. que al papel desempeñado por el trabajo. Este punto, probablemente ha cambiado en las postrimerías del siglo XX y el comienzo del siglo XXI, y sí se le da actualmente la importancia que tiene a la aportación y el desarrollo del trabajo humano en la producción. Sin embargo, incluso la denominación de capital humano indica que sí es cierto que el hombre aparece como un medio no como un fin, en cierta medida al menos. Pero sigue siendo un punto confuso.

Después de hacer una exégesis de la definición de “capitalismo” por la Enciclopedia Británica, que toma como punto de partida, Rand se da cuenta de que en ella hay dos características básicas:
a) no se diferencia entre expropiación de riqueza mediante impuestos y riqueza producida industrialmente; de esta forma

b) era el “excedente de riqueza” de su época lo que los capitalistas pioneros demandaban y elegían invertir, y eran finalmente esas inversiones la causa de la enorme prosperidad a la que la era capitalista había dado lugar, y no la riqueza expropiada mediante los impuestos.


El error de base para Rand de la perspectiva más difundida (la de la Enciclopedia Británica) consiste en que no existe tal cosa como “excedente social”. El objetivo de la economía no es aumentar ese excedente social, no se trata de un objetivo tribal. Toda la riqueza está producida por alguien y pertenece a alguien. La virtud especial que permite al capitalismo aventajar a otros sistemas económicos es la libertad, que no lleva a la expropiación sino a la creación de riqueza.

La raíz de esta visión tribal del sistema social por el hombre del siglo XX es múltiple. La primera es la moral altruista. La segunda es el creciente estatismo de los intelectuales del XIX. Tiene también que ver la dicotomía (debida en última instancia a Descartes) entre cuerpo/alma que se ha traducido, en nuestra tradición occidental judeocristiana, en un rechazo o minusvaloración de los trabajos manuales frente a la superioridad del intelecto. Estas bases son las que se van a explicar a continuación.

Aunque la esclavitud y la servidumbre medievales aparentemente se abolieron para Rand únicamente se sustituyó al amo. Se abolió políticamente gracias al capitalismo, pero no supuso una desaparición de la esclavitud “real”. No hay que olvidar, en primer lugar, que la institución de la propiedad privada en la era pre-capitalista existía de facto aunque no de iure, es decir, no estaba reconocida por ley como un derecho. En Europa, la idea de “emancipación” consistió, básicamente, en sustituir el concepto del hombre como esclavo de un estado absoluto representado por un rey, por el concepto de un hombre esclavo de un estado absoluto representado por “el pueblo”, que no es sino una ficción. Es decir, en vez de ser esclavo del jefe de la tribu, eres esclavo de la tribu.

Los pensadores europeos hablaron entonces de “egoísmo antisocial de los industrialistas, que sacan tanto de la sociedad sin devolver nada a cambio”, asumiendo el supuesto, aún no cuestionado inexplicablemente, de que la riqueza es un producto anónimo, social, tribal. Este es el supuesto sobre el que, de acuerdo con la autora, se edificaban la mayor parte de las políticas económicas de su época. Y es el supuesto que aún prevalece en los distintos niveles de política económica: autonómico, nacional o europeo.

La premisa tribal, curiosamente, prevalece tanto en los detractores como en los defensores del capitalismo. Y en éste último caso, les dota de un aura de hipocresía que hace que el error, por quedar difuso, poco claro, resulte aún más nocivo. Los pro-capitalistas pueden defender el capitalismo basándose en el “bien común” o en la “mejor asignación de recursos sociales”, sin atender a la pregunta relevante, la más relevante… ¿los recursos de quién?

La mayoría de los economistas asumen una metodología que consiste en estudiar un sistema (la sociedad) y las interrelaciones entre las entidades que lo componen (los hombres) sin haber identificado o estudiado realmente esos agentes individuales. El hombre se adecua a las ecuaciones; de ahí que los economistas ortodoxos, curiosamente, sean incapaces de relacionar sus abstracciones con las cuestiones concretas de la existencia actual. Esta metodología, para Ayn Rand, genera, además, desconcertantes perspectivas duales en su manera de contemplar a los hombres y los hechos que les acontecen.

Por ejemplo, los economistas pro-capitalistas cuando se enfrentan a la doctrina comunista según la cual toda propiedad debe pertenecer al Estado, la rechazan de pleno y sinceramente sienten que combatirían el comunismo hasta la muerte; pero en política económica hablan del deber del Estado de ofrecer una “justa redistribución de la riqueza” y se refieren a los hombres de negocios como los más eficientes depositarios de los “recursos de la nación”. Y aquí Ayn Rand ve un despunte de colectivismo, o al menos una puerta abierta muy peligrosa al socialismo.

Para desmontar la premisa tribal que tanto daño hace lo primero que hay que hacer es identificar la naturaleza del hombre: su facultad racional. Esta facultad es individual, no hay tal cosa como “cerebro colectivo” como órgano decisor colectivo. Un hombre puede aprender de otro, los hombres pueden cooperar en el descubrimiento del nuevo conocimiento, el hombre puede transmitir y expandir su almacenaje de conocimiento de generación en generación, pero esto requiere procesos mentales individuales. La cultura, las tradiciones se transmiten de uno a uno, y se comparten siempre teniendo en cuenta que la interpretación de las mismas es individual.

Un aspecto importante que marcará las ideas económicas de Ayn Rand y su defensa del capitalismo es que para ella la acción necesaria para sustentar la vida humana es la intelectual: la producción no es sino la aplicación de la razón al problema de la supervivencia. El hombre necesita de su capacidad intelectual para sobrevivir pero también puede elegir no pensar y sobrevivir por imitación de los que sí lo hacen.

En cuanto que el conocimiento, el pensamiento, y la acción racional son propiedades del individuo, en cuanto que ejercer esa función privativa de los humanos es una decisión individual, la supervivencia humana requiere que los que deciden pensar por sí mismos estén libres de interferencias de quienes deciden imitar o parasitar la capacidad intelectual de los demás. Además, dado que el hombre no es infalible ni omnisciente, debería ser libre para coincidir o discrepar, cooperar o seguir su propio rumbo, de acuerdo con su propio juicio racional. La libertad es el requisito fundamental de la mente humana.

Es gracias al trabajo y a la inviolable integridad de las mentes que no se doblegan (los innovadores intransigentes) que se han alcanzado el conocimiento y los logros a los que ha llegado la humanidad.

La novela El Manantial refleja el espíritu de estos innovadores intransigentes, mientras que en La Rebelión del Atlas describe hasta qué punto la supervivencia de toda la humanidad depende de estos creadores. Pasados los años, Ayn Rand preparó una presentación en la que se planteaba si esta obra era profética intencionadamente, tratando de responder a los lectores que la acosaban con esa pregunta4.

La progresiva nacionalización de grandes empresas de su época, la intromisión del Estado en la empresa privada, la fuga de cerebros, la moral parasitaria y la penalización de la excelencia que implican los sistemas socialistas y que era la tendencia en los Estados Unidos en los que vivió Ayn Rand lleva a pensar que la novela se anticipó a la realidad.

En la base de las ideas implícitas en estas novelas está el hecho irrefutable, para Rand, de que, en la medida en que el hombre se guía por su juicio racional, está actuando de acuerdo con las necesidades de su propia naturaleza y, por tanto, tendrá éxito en hallar una manera de sobrevivir y de obtener bienestar.

El reconocimiento social de la naturaleza racional del hombre se materializa en el concepto clave de los derechos individuales. Para Ayn Rand, los “derechos” son un principio moral que define y sanciona la libertad de acción del hombre en un contexto social, que se derivan de la naturaleza del hombre como ser racional y representan una condición necesaria de su modo de supervivencia particular. El derecho a la vida es la fuente de todos los demás, incluido el de propiedad5.

Estas consideraciones, llevadas a la Economía política tienen ciertas implicaciones, en especial, cuando se cuestiona qué sistema social es el más apropiado para el hombre. Para determinar la naturaleza de los sistemas sociales, Rand considera que hay que plantearse dos preguntas:

1.- ¿es un sistema que reconoce los derechos individuales?

2.- ¿elimina la fuerza física (la coacción) de la relación entre las personas?

La primera plantea el problema de la soberanía individual: el hombre es propietario de su mente, su capacidad, su vida, su trabajo y el resultado de su esfuerzo, o, por el contrario, es esclavo de la tribu (léase estado, colectivo o sociedad) que puede disponer de él, dictar sus ideales, prescribir la trayectoria de su vida, expropiar su trabajo y expropiar sus productos.

En este sentido, el capitalismo es el único sistema que reconoce la propiedad privada, y los derechos individuales en general de forma irrenunciable.

La respuesta a la segunda pregunta está relacionada con la primera, en realidad, ya que los derechos individuales solamente pueden ser violados mediante el uso de a fuerza. Y, en un sistema capitalista, ningún hombre o grupos de hombres pueden iniciar la violencia contra otro (u otros). El gobierno, Para Ayn Rand debería defender los derechos individuales y proteger al hombre de la violencia de los demás. El propio gobierno, solamente puede utilizar la violencia como represalia contra los infractores, contra los violentos. Este tema es ampliado en el ensayo “The Nature of Government”. En él explica que, aunque la sociedad es el mejor entorno para que el hombre asegure su supervivencia, no siempre es así. Solamente si se pueden obtener beneficios para cada cual del comercio y del conocimiento (intercambio de bienes e intercambio de ideas) merecerá la pena vivir en sociedad. Mejor vivir en el desierto que bajo un sistema nazi o soviético. Ella sabía muy bien lo que decía al respecto, no en vano creció en un régimen totalitario.

Pero, el tema del papel que debe desempeñar el gobierno es ambiguo en Ayn Rand, como se discutirá más adelante cuando se estudie su relación con la Escuela Austriaca.

Además, hay que destacar que en una sociedad capitalista las relaciones humanas son voluntarias y se manifiestan pacíficamente, empleando la razón: la persuasión, la discusión y la firma de contratos, voluntariamente y siempre para obtener un beneficio mutuo. El problema en la sociedad no es el estar de acuerdo, sino la discrepancia, y en este sentido la institución de la propiedad privada, que protege y representa la implementación del derecho a discrepar del resto, deja el camino abierto a la mente creativa, que es el atributo de mayor valor de la persona. Esta es la principal y más rotunda diferencia entre la sociedad capitalista y la sociedad colectivista.

La justificación moral del capitalismo, como ha quedado demostrado, no está relacionada con la reivindicación altruista de que representa la mejor manera de llegar al “bien común”. La noción tribal del “bien común” ha servido de justificación moral de la mayoría de los sistemas socialistas y tiranías a lo largo de la historia. El grado de esclavización o de libertad de una sociedad corresponde al grado en el que ese slogan tribal se invoca o no.

El “bien común” o “interés público”, de acuerdo con Ayn Rand, es un concepto tramposo porque está sin definir y, además porque carece realmente de definición. No hay tal entidad como la tribu o el público, sino un número de personas que viven más o menos coordinadamente, porque así lo decide cada uno de ellos. De modo que nada es bueno o malo para algo como “la tribu”. Pero, además, lo bueno y lo malo, lo valioso, pertenecen al ámbito de los organismos vivos de manera individual, no a un agregado de relaciones desencarnadas, que no se personifican en nadie en concreto. Precisamente, este concepto tiene tanto predicamento porque es elástico, indefinible, y aporta un carácter místico que sirve, no solamente de guía moral, sino más bien como escape a la moralidad; se convierte en un cheque en blanco para aquellos que pretenden encarnarlo.

Cuando el bien común se contempla como algo aparte y superior al bien individual de los miembros de esa comunidad, quiere decir que el bien de algunos hombres va por delante del bien de los otros: el “bien común” significa “el bien de la mayoría” enfrentándose con el bien de la minoría o del individuo.

Pero ese “bien de la mayoría” es también una pretensión y un espejismo porque, de hecho, la violación de los derechos de un individuo implica la abrogación de todos los derechos. Significa la entrega de la mayoría desprotegida al poder de una banda que se auto proclaman “la voz de la sociedad”, y procede a gobernar empleando la fuerza física, hasta que es depuesta por otra banda que emplea los mismos medios. La Unión Soviética fue el perfecto ejemplo de país dedicado de manera profesional al “bien común”.

Pero ¿por qué las víctimas y los testigos de semejante realidad no hacen nada? La respuesta es de tipo filosófico: tiene que ver con las teorías filosóficas de los valores morales.

Estas teorías son principalmente tres: la teoría del valor intrínseco, la teoría del valor subjetivo y la teoría del valor objetivo.

La primera mantiene que lo bueno es intrínseco a algunas cosas o actos, con independencia de las consecuencias de los mismos, y desvincula, por tanto, el concepto de bueno del beneficiado, y el concepto de valor del evaluador y de la intencionalidad.

La teoría subjetivista, en cambio, defiende que lo bueno es una creación de la mente, y que no tiene relación alguna con los hechos de la realidad, ya que se genera a partir de los sentimientos, deseos, caprichos e intuiciones de la persona. Lo bueno, entonces se acepta como tal por compromiso emocional, pero no es sino un postulado arbitrario.

Finalmente, la teoría objetivista que defendía Rand considera que lo bueno es el resultado de una evaluación de los hechos de la realidad por la conciencia del hombre de acuerdo con el estándar racional de valor. Y aquí, racional significa validado por un proceso de razonamiento, es decir, empleando la razón.

De todos los sistemas sociales solamente el capitalismo está basado en una teoría de los valores objetivista. La teoría objetivista no consiente separar valor del bien del objetivo de los beneficiarios. Cuando un subjetivista trata de perseguir un bien social se siente moralmente autorizado a forzar a los demás hombres por su propio bien, ya que “siente” que tiene razón y que los demás tienen sentimientos desviados que él puede corregir o guiar. La actitud de quien cree en el valor intrínseco, en realidad es muy parecida. Se siente en conocimiento de lo que es bueno y debe mostrarlo a los demás y obligarles a buscar ese bien que él conoce y los demás no.

El reconocimiento de los derechos individuales implica el reconocimiento del hecho de que el bien no es una abstracción inefable situada en una dimensión sobrenatural, sino que es un valor que pertenece a esta realidad, a la vida de los seres humanos considerados individualmente. Implica, en otras palabras, que el bien no puede separarse de sus beneficiarios, que los hombres no son intercambiables, y que ningún hombre o tribu debería poder intentar conseguir un bien para algunos al precio de la inmolación de otros. Esta es la razón del empecinamiento de Rand contra Mises y su teoría subjetiva del valor, si bien, el problema es que Rand no entendió que Mises hablaba de valor económico en el sentido en que lo definió Menger, el fundador de la Escuela Austriaca.

El libre mercado representa la teoría objetivista porque nunca pierde de vista la pregunta “¿valioso para quién?”. El valor de mercado de un producto no representa su valor filosófico objetivo, sino solamente su valor socialmente objetivo, es decir la suma de los juicios individuales de las personas involucradas en el intercambio en un momento dado. Estos juicios individuales se aúnan en el mercado cuando los individuos expresan sus preferencias eligiendo, y su primera elección es innovar o imitar.

El libre mercado es un proceso continuo que no puede permanecer inmóvil, sino un proceso ascendente que demanda lo mejor de cada hombre, en el sentido de lo más racional, y le recompensa como corresponde.

La pequeña minoría de adultos que no puedan (no que no quieran) trabajar tendrán que depender de la caridad voluntaria. Pero para Ayn Rand, la desgracia no justifica el trabajo esclavo; no hay tal cosa como derecho a consumir, controlar y destruir a aquellos sin quienes seríamos incapaces de sobrevivir. El desempleo masivo y las depresiones económicas no están causados por el libre mercado sino por las interferencias del gobierno en la economía.

El significado moral de la ley de la demanda y la oferta, por tanto, es que representa el rechazo total a dos doctrinas viciadas: la premisa tribal y el altruismo coactivo6. El altruismo coactivo implica que los más competentes e inteligentes deben trabajar para quienes no lo son. La premisa tribal niega la diferenciación y, por tanto, la inteligencia o capacidad superior de algunas personas.

Los principales ataques al capitalismo se centran en dos argumentos: el libre mercado es injusto hacia los genios y es injusto hacia las personas mediocres.

La primera cuestión, que plantea fenómenos como por qué los científicos cobran menos, por ejemplo que los cantantes famosos o los futbolistas, olvida la pregunta crucial respecto al valor de las cosas ¿Valioso para quién? Resulta que quienes compran espectáculos deportivos los valoran más que quienes adquieren los servicios de los científicos, por poner un ejemplo. Las valoraciones de cada persona no son justas o injustas, es un problema diferente, de valores individuales.

La segunda acusación, que es más habitual en nuestros días es la que responde Ayn Rand con su novela La Rebelión del Atlas. En ella, explica que en una sociedad libre, donde hay libre mercado, son las mentes medianas, mediocres e incapaces de crear, quienes salen más beneficiadas ya que pueden adquirir y emplear inventos que facilitan su trabajo, mejoran su rendimiento y su forma de vida7. De lo contrario, el inepto se vería abocado a una vida mucho peor en términos de facilidades materiales. No existe explotación en la competencia del mercado, ni compiten injustamente fuertes y débiles intelectualmente.

En La Rebelión del Atlas plantea, precisamente qué pasaría si las mentes brillantes, los innovadores, se declararan en huelga y emigraran a un lugar secreto. El título hace referencia a Atlas quien, en la mitología griega, era el gigante que sujetaba la Tierra sobre sus hombros. En un pasaje, uno de los personajes, Francisco d’ Ancona, uno de los cerebros que se fuga para irse a vivir con John Galt, le pregunta a otro qué le diría al Atlas, al personaje mitológico si pudiera, el otro personaje no sabe qué decir e interroga a su vez a Francisco, quien simplemente responde “To shrug”. Este verbo en inglés significa encogerse de hombros como señal de conceder poca importancia a algo. Por eso, lo que dice Francisco tiene doble significado. Por un lado, si el Atlas se encoge de hombros, deja de sujetar la Tierra, por otro lado, le transmite la idea de que le quite importancia o que “pase” de mantener el equilibrio del planeta.

Y lo que sucede cuando los “atlas” del mundo se declaran en huelga y desaparecen para no ser forzados a seguir manteniendo la sociedad parasitaria con sus innovaciones, es que el mundo guiado por mediocres colapsa, como colapsó el panal rumoroso de Mandeville. Es muy interesante que, como he mencionado, al cabo de los años, Ayn Rand explicara que mientras escribía la novela, mantenía un archivo de noticias en las que basó los hechos de ficción, lo llamo The Horror File. La fuga de cerebros, las situaciones extremas a que llevan las economías basadas en principios morales tribales, altruistas, colectivistas, estaban en los periódicos (incluso el apagón de Nueva York de los años 50 fue anticipado en la novela)8. Como ella misma dice, lo que muestra la trama es que el conflicto principal no es ya la política económica sino la filosofía y la moral en las que descansa la sociedad occidental. Estas bases morales y filosóficas van contra el hombre y su naturaleza, suponen un ataque a la razón, y una de sus manifestaciones superficiales aunque se le dé tanta importancia, es la redistribución de la riqueza. En ese sentido, la novela no es profética incluso si anticipa hechos. Simplemente cuando se estudia en profundidad la base del comportamiento humano y de la sociedad en la que está inmerso es más fácil prever el siguiente paso (Rand, A. 1964, pp.180-183).

Para reforzar su defensa del capitalismo como sistema moral, lo compara con la sociedad tribal por excelencia: la Unión Soviética, que conoció bien. Como ella misma cuenta, muchos años atrás, tras la Revolución, los líderes comunistas pidieron un ímprobo esfuerzo al pueblo soviético en aras de la industrialización, y, mientras que los sacrificios fueron mucho mayores, los resultados fueron mucho peores que los de las sociedades libres. Y lo que es peor, al ser la industrialización un objetivo dinámico, que queda obsoleto enseguida, la lentitud de los procesos productivos, políticos y sociales de la sociedad soviética, con su filosofía tribal, resultaba demasiado rígida e impedía una rápida adaptación. De manera que, en los estados populares (o populistas) el avance científico y tecnológico es una amenaza para el propio pueblo porque lo paga con su sacrificio, al tener que concentrar recursos en ello.

Al compararlo con los Estados Unidos, Rand se da cuenta de que los industrialistas no sometieron coactivamente a sacrificio alguno a los americanos, sino que fue la búsqueda de su propio interés lo que permitió que se consiguieran mejores trabajos para los menos favorecidos y un nivel más alto de vida para todos.

Lo relevante, insiste, no es el efecto sino la causa: el derecho de cada cual a buscar su propio interés.

Finalmente se pregunta, con toda la razón ¿y por qué un sistema como el capitalista, que genera riqueza y que es el único sistema social moral, se destruye en lugar de prevalecer?

La respuesta es siempre la misma: lo que alimenta en última instancia todo sistema social es la filosofía dominante en esa cultura. Y ese es el fallo del sistema capitalista. Aunque las bases del capitalismo sí se asentaron sobre el terreno filosófico, durante el siglo XIX esa filosofía se fue vaciando y el capitalismo se fue sustentando cada vez más en una suerte de misticismo. De ahí que los economistas políticos no implementaran realmente el capitalismo, sino que las economías eran mixtas, se defendía el laissez-faire y la premisa tribal a un tiempo, y el capitalismo no puede sobrevivir sin una filosofía que lo respalde, y menos si la filosofía de la cultura capitalista se basa en la dicotomía alma-cuerpo, el comunitarismo, el altruismo coactivo y el misticismo.


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